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jueves, 23 de julio de 2026

Historia del Ferrocarril en la Estación Matará, Santiago del Estero

 


La estación Matará, ubicada en el departamento Juan Felipe Ibarra, provincia de Santiago del Estero, nació con la expansión del Ferrocarril Central Norte Argentino a comienzos del siglo XX. La llegada del tren transformó la vida del pueblo, ya que permitió el transporte de pasajeros, hacienda, madera, algodón y otros productos regionales hacia diferentes provincias del país. También facilitó la llegada de mercaderías, el correo y el crecimiento económico de la zona. Durante muchos años, la estación fue el centro de la actividad social y comercial de Matará.

El ferrocarril dio origen a nuevas oportunidades de trabajo y favoreció el desarrollo de comercios y servicios. Muchas familias dependían directamente de la actividad ferroviaria y el paso del tren marcaba el ritmo cotidiano de la comunidad.

Con el paso de los años y la reducción de los servicios ferroviarios, el ramal fue perdiendo importancia hasta quedar fuera de funcionamiento. El abandono provocó el deterioro de la estación y de toda la infraestructura ferroviaria.

Uno de los hechos más lamentables fue el saqueo de las vías. Durante varios años, personas ingresaron al ramal y retiraron los rieles, los durmientes, las fijaciones y otras piezas de hierro para venderlas como chatarra o reutilizarlas. Este desmantelamiento se produjo de manera gradual y dejó grandes tramos del recorrido sin vías, haciendo imposible el regreso del servicio ferroviario.

La desaparición de los rieles y durmientes significó una enorme pérdida para Matará, no solo por el valor económico de los materiales, sino también porque se destruyó una parte importante de la historia y del patrimonio cultural del pueblo. Recuperar un ramal ferroviario sin sus vías requiere inversiones muy importantes, por lo que el saqueo redujo considerablemente las posibilidades de reactivar el tren.

Actualmente, la antigua estación permanece como un símbolo del pasado ferroviario de Matará y forma parte de iniciativas que buscan preservar la memoria histórica del Ferrocarril Central Norte y valorar el legado que el tren dejó en la identidad y el desarrollo de la comunidad. Fuente: Matará - Red de Noticias

domingo, 27 de julio de 2025

Matará: la larga agonía de un pueblo olvidado en Santiago del Estero

 


Matará —o Matará de San Miguel, como se la conocía en tiempos más antiguos— no es apenas un lugar más en los confines de Santiago del Estero. Es, más bien, una herida abierta, un vestigio que resiste en el mapa como puede, rodeado de silencio, ruinas y memorias que se niegan a morir. En su quietud polvorienta, este pueblo encarna como pocos la agonía lenta de esas comunidades que, de a poco, se apagan sin testigos, sin despedidas.

Una tierra atravesada por el río y la historia

Ubicada a orillas del Río Salado, cuyas aguas turbias arrastran siglos de historias y desencuentros, Matará está rodeada por un paisaje de árboles robustos y casi sagrados: algarrobos inmensos que parecen guardianes, molles endurecidos por el viento, palos borrachos que se aferran a la tierra como si supieran que están defendiendo un pasado. Pero ese entorno que alguna vez fue fértil, vivo y promisorio, ha cambiado. El deterioro ambiental ha sido brutal.

Los ríos alteraron su curso natural. Los bosques fueron arrasados por una tala que no entendió de límites ni consecuencias. Y las grandes obras hidráulicas, pensadas como motores de progreso, terminaron por secar la esperanza. El ejemplo más crudo: el famoso canal navegable, una promesa que costó millones y dejó poco más que polvo.

Matará, una historia casi sepultada

Los primeros documentos que dan cuenta de su existencia datan de 1727, cuando ya contaba con 105 habitantes. A lo largo del siglo XVIII y buena parte del XIX, Matará tuvo un rol destacado en la vida política, religiosa, ganadera y agrícola de la región. Fue sede de curato junto a Manogasta y Soconcho, y vio crecer entre sus calles a personajes notables como Don Francisco de Ibarra y María Antonia Paz de Ibarra.

Pero la historia de Matará es también la de una decadencia sistemática. En 1777, el número de habitantes cayó a solo 10. Para 1810, quedaban apenas 9. Ese vaciamiento no fue casual: llegó de la mano de decisiones estructurales que cambiaron el destino del pueblo para siempre.

Las rutas que se llevaron el alma

Uno de los golpes más duros fue el trazado de nuevas líneas ferroviarias que, lejos de incluir a Matará, la dejaron al margen de toda ruta comercial. Sin transporte, sin mercado, sin oportunidades, el éxodo fue inevitable. Y lo más doloroso: no hubo esfuerzos reales por detenerlo. Las autoridades, en lugar de resistir el abandono, parecieron fomentar la huida.

El canal navegable —una obra que prometía modernizar la provincia— fue tal vez el símbolo más rotundo de esa traición al desarrollo local. En 1889, luego de ocho años de estudios por parte de la empresa Duilloy y Cía., se aprobó un plan que implicaba tomar el 5% de las aguas de los ríos Dulce y Salado y llevarlas hasta el Paraná. El costo fue descomunal: 21.621.901 pesos oro. Las promesas incluían bajar los costos de transporte, modificar el clima y crear nuevos asentamientos. Nada de eso ocurrió. Al contrario: el canal fue un fracaso rotundo que solo sumó más sequía y aislamiento.

Entre guerras, cuarteles y fronteras

Matará también cargó con el peso de ser frontera. Desde 1746 fue punto estratégico entre Santiago del Estero y Santa Fe, lo que la convirtió en escenario de batallas, cuarteles y levas militares. En 1856, la expedición de Antonino Taboada instaló aquí un destacamento como parte de su “Excursión al Salado”.

Durante las guerras civiles, el pueblo fue saqueado, abandonado y sangrado. Soldados fueron reclutados a la fuerza; muchos partieron sin regreso. Se mencionan fortines con muros gibosos, deformes, que hoy apenas son sombras. Incluso se relata un hecho ocurrido en 1889, cuando se oyó el último grito de un soldado en Matará antes de morir. La Guerra del Paraguay también dejó su huella: hombres de Matará partieron y muchos nunca volvieron.

Entre el polvo y el silencio

Hoy, caminar por Matará es como cruzar el umbral de un lugar suspendido en el tiempo. Las casas, antes llenas de voces, están caídas o desaparecieron. Lo que queda son montículos de tierra, muros vencidos por el viento y el olvido. La plaza está vacía. Las calles, mudas. Solo el canto de una torcaza o el silbido de una lechuza rompen el silencio denso.

Es una helada que no viene del clima, sino del abandono. Una especie de condena social. Como si la historia de este pueblo pudiera simplemente taparse con tierra.

Fiestas que el tiempo se llevó

Sin embargo, Matará tuvo días de fiesta. Su iglesia —antigua, modesta, pero viva— fue centro de la comunidad. Allí se celebraban ferias, misas, encuentros que marcaban el pulso del año. Hoy, esas tradiciones casi no existen. Apenas sobreviven en la memoria de algunos ancianos que aún recuerdan cuando el pueblo latía.

Lo que más duele no es la pérdida física, sino el olvido de las costumbres, de las palabras, de la vida que se tejía en torno a ellas.

Un símbolo de tantos

Matará no está sola. Es apenas uno más de esos pueblos del interior santiagueño que fueron empujados al olvido. Que por decisiones tomadas lejos y sin consulta, terminaron vaciados. En todos, la historia se repite: un pasado cargado de sentido, un presente en ruinas.

Y, sin embargo, Matará sigue ahí. Quieto, testigo. Como si esperara que alguien lo mire, que alguien lo escuche. Que alguien, por fin, lo recuerde.

Basado en:

Di Lullo, Orestes. La agonía de los pueblos. Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas, Ministerio de Educación y Justicia de la Nación, 1964.