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sábado, 11 de abril de 2026

El general San Martín en Santiago

Por Crístian Ramón Verduc


Los atardeceres veraniegos en la provincia de Santiago del Estero se hacen agradables con el aroma de yuyos, con el canto de los pájaros y “lejos lejos” (de vez en cuando) el cantar de una vidala. Los recuerdos de esa conjunción de horizonte rojizo y alta temperatura, hacen que el vidalero cante en tierras lejanas: “Atardeceres de fuego ¡Ay, quién pudiera volver a aquellos tiempos ya idos, revivir aquel ayer!” La vidala llamada La Manogasteña, que interpretan Los Manseros Santiagueños, nos cuenta de la nostalgia que siente el criollo de Manogasta que vive en un pago lejano, diferente al de su origen.

Es muy posible que esa persona se sienta inconscientemente obligada a parecer lo que no es. Esto ocurre generalmente con los provincianos que emigran hacia Buenos Aires. Estando allá, procuran ocultar su verdadera identidad y mimetizarse en la masa de gente llegada de todo el país. Es una enorme masa humana de diversos orígenes, casi todos procurando imitar a los “porteños”.

Esos llamados porteños son en su mayoría gente que ha llegado antes, como tributo de las provincias al remolino succionante que son la Capital Federal y alrededores. Si una persona joven provinciana es de escasos recursos económicos, es muy probable que deba viajar a Buenos Aires para procurar empleo y enviar dinero a la familia que quedó en el pago querido.

En otros casos, en los que no hay apuros materiales, la juventud debe emigrar de su lugar de origen hacia Buenos Aires u otro centro urbano desarrollado para tener mejores posibilidades en cuanto a educación. Los artistas viajan hacia Buenos Aires para procurar el éxito, pues en el pago se reconoce más a lo que viene desde la gran ciudad. Lamentablemente, el centralismo no es una característica exclusiva de nuestro país ni de estos tiempos. Se puede ver históricamente en los imperios y países, grandes o pequeños, todos con su ciudad capital recibiendo tributos desde los confines territoriales, como cuando se exprime una fruta, presionando de afuera hacia adentro.

Históricamente han sido las ciudades sede del gobierno las que han recibido los mayores recursos y ofrecido para sus habitantes las mejores oportunidades. Se puede afirmar sin temor a errar, que esa situación se viene dando desde el fondo de los tiempos en todos los continentes de nuestro planeta. A fines del Siglo XVIII, un matrimonio español que vivía en un lejano departamento del Virreynato del Río de la Plata, quiso darles a sus hijos buenas oportunidades, con visión de futuro, así que todos emigraron a Buenos Aires, y de ahí a España.

El menor de los cinco hijos era un “gurí” correntino, que había nacido el 25 de Febrero de 1778 en Yapeyú, departamento de las Misiones Guaraníticas. Era José Francisdo de San Martín y Matorras, hijo de Juan de San Martín, Teniente Gobernador del departamento Yapeyú, y de Doña Gregoria Matorras del Ser. Como era costumbre en esa época, el niño fue criado en su primera infancia por una empleada o criada de la casa.

En el caso de José de San Martín, su niñera era guaraní, de nombre Rosa Guarú. Hay sospechas de que Rosa Guarú sería la madre biológica de nuestro prócer, lo que le otorgaría criollismo de sangre, además del que demostró en los sentimientos. Más allá de especulaciones, el hecho es que el mayor prócer argentino nació en Yapeyú, actual provincia de Corrientes, y amó a su lugar natal, a todo el país y su gente.

José de San Martín tenía seis años de edad cuando toda la familia se estableció un tiempo en Buenos Aires y de allí partió hacia España. A los once años de edad ingresó como Cadete en el Regimiento de Murcia. Pocos años después, combatió en el Norte de África, también en territorio español y francés. A los treinta y cuatro años de edad, cuando ya era Teniente Coronel de Caballería del Ejército de España, retornó a Buenos Aires junto con otros oficiales nacidos en nuestro territorio.

El Triunvirato reconoció el grado militar de San Martín y le encomendó la formación de un cuerpo de caballería, unidad terrestre de rápida movilización y poderosa en el combate. Así nació el Regimiento de Granaderos a Caballo, el que tuvo su bautismo de fuego en San Lorenzo, unos kilómetros al Norte de Rosario, el 3 de Febrero de 1.812. Poco después, San Martín tomó el Camino Real, con orden de relevar al General Manuel Belgrano en el mando del Ejército del Norte, recientemente derrotado por los españoles en Vilcapugio y Ayohuma. Ambos próceres de la Patria se encontraron en la provincia de Salta, posiblemente en Yatasto, y en Tucumán conversaron largamentesobre las dificultades para hacer retroceder a los españoles del Alto Perú (hoy Bolivia), naciendo así en el Padre de la Patria la idea de cruzar hacia Chile para expulsar a las tropas realistas y de allí pasar a Perú con el mismo objetivo.

El Camino Real era la ruta terrestre que unía Buenos Aires con Tarija, en el Alto Perú (actual Bolivia), pasando por las provincias de Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy. Cada tanto, entre las ciudades, había una posta, lugar de descanso y recambio de animales. Viniendo del Sur, la última posta antes de la ciudad de Santiago del Estero ha sido la de Manogasta, distante poco más de treinta kilómetros de la Madre de Ciudades.

 

Éste fue uno de los lugares donde paró a descansar el Padre de la Patria en su extenso viaje. Hoy es fácil llegar hasta Manogasta, pues la ruta que antes era el Camino Real está pavimentada. Se sale de la ciudad de Santiago del Estero por la calle Independencia y, pasando por Los Flores, Maco, Maquito, La Vuelta de la Barranca, Los Cardozo, San Pedro y Upianita, se puede ver una isleta en el centro de la ruta. En esa isleta está protegido el Algarrobo Histórico que diera sombra a Don José de San Martín.

Hacia la derecha nace el camino hacia Buey Rodeo y a la izquierda está el cementerio de Manogasta. Es posible que, mientras la tropa descansaba en Manogasta, San Martín haya tocado la guitarra y cantado bajo el algarrobo, o tal vez haya escuchado el cantar de algún manogasteño. El canto era una de los principales entretenimientos de aquellos tiempos no tan lejanos. “Pago antiguo y tan sufrido, vieja posta del ayer. Aquí te canta tu hijo, que tanto añora el volver.”

El santiagueño que canta desde la distancia, deseando regresar al pago, se siente más apegado a su terruño. Cuando está agrupado con los coterráneos también emigrados, deja de lado la ficción negadora de su origen y se muestra tal cual es. Desde Santiago del Estero, lo mejor que podemos hacer para que el emigrado y el visitante encuentren a Santiago del Estero cuando vengan, es mantener intactas las raíces folclóricas que nos dan personalidad. El quichua forma parte de nuestra identidad santiagueña.

Somos santiagueños; hemos nacido y pasado nuestros mejores años en nuestra provincia. Seamos lo que debemos ser: Auténticos santiagueños. Ya lo dijo el General José de San Martín, nacido hace doscientos cuarenta y seis años en Corrientes, el mismo Libertador que pasó por nuestra provincia hace doscientos dos años: “Serás lo que debas ser, o no serás nada.”


jueves, 14 de agosto de 2025

General San Martín, un hombre que luchó por su patria

 


 

SU VIDA: El 17 de agosto de 1850 moría en Francia José de San Martín. Tras pelear en España contra las tropas napoleónicas, regresó a su patria en 1812. Tuvo su primera victoria a favor de la causa de la independencia de América en el combate de San Lorenzo, al frente de los Granaderos a Caballo. Más tarde, como parte de su estrategia de liberar Chile y Perú del dominio español, asumió la gobernación de Cuyo y organizó el Ejército de los Andes. Tras cruzar la cordillera, obtuvo las victorias de Chacabuco, en 1817, y de Maipú, en 1818, que aseguraron la independencia de Chile. En julio de 1821 entró en Lima, Perú, y el 28 de ese mes declaraba la independencia de ese país. El 3 de agosto San Martín tomó el título “Protector del Perú”.

Junto con Bolívar es considerado el libertador más importante de Sudamérica de la colonización española.

SU RETIRO: Vuelto a Mendoza en enero de 1823, pidió autorización para regresar a Buenos Aires y reencontrarse con su esposa que estaba gravemente enferma. Bernardino Rivadavia, ministro de gobierno del gobernador Martín Rodríguez, se lo negó argumentando que no sería seguro para San Martín volver a la ciudad. Su apoyo a los caudillos del Interior y la desobediencia a una orden que había recibido del gobierno de reprimir a los federales, le valió que los unitarios quisieran someterlo a juicio.

No obstante, decidió viajar a Buenos Aires, donde el 3 de agosto de 1823 falleció su esposa. La lápida de su sepultura, reza: «Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín».

Al llegar a Ba As es considerado un conspirador. Desalentado por las luchas internas entre Unitarios y Federales, decide marcharse junto a su hija Mercedes el 10 de febrero de 1824 tenía 45 años.

Allí, en Francia, falleció a la edad de 72 años, a las tres de la tarde del 17 de agosto de 1850, en compañía de su hija Mercedes y de su yerno.

El General don José de San Martín en Santiago del Estero:

Sabías que... En Manogasta, un lugar histórico desconocido para muchos santiagueños, fue una de las postas donde durmieron, comieron y cambiaron sus caballos muchos próceres de la patria en su afán de tener una nación libre y próspera.

En este lugar, San Martín junto a su Ejército detuvo su caballo buscando un alivio para tantas horas de sacrificio. “El general San Martín llegó a la posta de Manogasta y fue atendido por Bernardo Roldán, el hombre encargado de asistir a quienes allí paraban”.

viernes, 25 de julio de 2025

Manogasta: la lenta agonía de un pueblo con alma

 


Manogasta, allá en el corazón de Santiago del Estero, es mucho más que un punto en el mapa de la Argentina profunda. Es una herida abierta. Una de esas que el escritor Orestes Di Lullo supo mirar con ojos atentos y alma dolida, cuando habló de la “agonía de los pueblos”. Este relato quiere meterse en la historia y en la piel de Manogasta. Desde su geografía que aún conserva trazos de belleza salvaje, hasta la vida diaria de su gente, sus silencios y su lucha.

Un paisaje que habla

Manogasta es un villorrio antiguo, de esos que ya no se nombran tanto pero que alguna vez fueron el centro del mundo para quienes lo habitaban. Se levantaba —y aún lo hace, con dignidad— cerca del río Dulce, aunque hoy ese río ya no le pasa tan cerca como antes. Como si también él se hubiera ido alejando.

En su tiempo, fue uno de los pueblos más importantes de Santiago. Se extendía unas ocho o diez leguas al sur de la capital, en una región de contrastes: pequeñas parcelas cultivadas que sobreviven entre campos desiertos, quebradas solitarias, monte cerrado y ese cerro del oeste, con sus laderas rojas y su cima como plata gastada por los años.

A pesar del abandono, hay en esa tierra una belleza tozuda. Una vegetación que no se rinde y una fauna que aún canta su libertad. Es un lugar donde la naturaleza no se ha olvidado del todo de respirar.

Ecos de un pasado noble

La primera vez que se nombró a Manogasta en los papeles fue allá por 1566, en el itinerario de Matizenzo. Y más adelante, se convirtió en parte del sistema de encomiendas. En 1589, el fiscal de Charcas —Ruano de Téllez— no escatimó elogios para esta tierra en una carta dirigida al mismísimo rey.

Pero la historia también guarda sus sombras. Con el tiempo, la población indígena fue desapareciendo, poco a poco, como se borra un dibujo con la yema del dedo. En 1789 quedaban apenas diez indios en el lugar. Diez.

Los documentos de gobernadores como Joseph de Aguirre o Juan Felipe Ibarra dan cuenta de este declive. Manogasta tuvo sus pleitos, sus disputas por el territorio, sus intentos de desarrollo que no llegaron a puerto. Hubo incluso un proyecto de canal navegable, con un costo sideral para la época: más de 21 millones de pesos oro. Pero nunca se concretó.

Y mientras tanto, el pueblo fue quedando a un lado. Como olvidado por quienes podían hacer algo. La verdad es que los gobiernos miraron para otro lado, y el deterioro siguió su curso.

La vida que persiste

La vida cotidiana en Manogasta no era —ni es— fácil. Las familias vivían en ranchos de adobe, en chozas humildes de barro y paja. La economía giraba en torno a la agricultura y la ganadería. La siembra de cereales, el pastoreo… eso era lo que sostenía a la comunidad.

Pero entre tanto esfuerzo, también hay destellos de humanidad que conmueven. Se habla de la mujer manogasteña como alguien afable, trabajadora, con esa ternura rústica que nace del monte. Se desea, incluso, que el fruto de su labor haya traído algo de felicidad. Una esperanza chiquita, pero sincera.

La tierra en torno a Manogasta se volvió seca, vacía, desierta. La miseria se instaló como un huésped al que nadie invitó, pero que ya no se va. Y sin embargo, hay algo que se resiste: las costumbres. Las festividades. Esa llama débil, pero viva, de la vida comunitaria.

Fiestas que desafían el olvido

La religiosidad es profunda. Y se nota. Capillas como la de Santa Bárbara o la de la Inmaculada son referentes para el alma del pueblo. Las fiestas de la Candelaria, cada 2 de febrero, o el carnaval, son más que celebraciones: son actos de resistencia frente al olvido.

La música suena, las parejas giran, cantan, bailan. Hay alegría, sí. Pero también una tristeza que se cuela entre los acordes. La danza del pial, los coros que se funden con el cielo abierto y el monte… todo eso no es solo folklore. Es la voz del pueblo hablando en su propio idioma.

Y están las mujeres sabias, las viejitas que con su palabra protegen, enseñan, resisten. Es en ellas donde todavía se guarda el calor de la comunidad.

Un pueblo que se apaga, pero no se rinde

Hoy, Manogasta parece más un recuerdo que un pueblo. Un eco. Un cementerio silencioso que aún guarda el murmullo de lo que fue. Pero ese silencio no es vacío: está cargado de sentido, de historia, de nombres, de luchas.

Es como un árbol viejo que, a pesar de las raíces carcomidas por la sequía y la indiferencia, todavía intenta florecer. Aunque sea con pocas hojas. Aunque el suelo ya no le dé lo mismo de antes. Manogasta, con su historia, su paisaje y su gente, es una pregunta abierta. Una súplica.

Y tal vez también, una advertencia: que lo que se abandona, no siempre muere en paz.

El Algarrobo en la medicina Popular