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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Homenaje a Guillermo González, compositor extraordinario nacido en Villa Silípica

 



A carga de su bisnieta, Romy González, quien nos envió estas maravillosas palabras de Cristian Ramón Verduc.

"Gatito silipiquero, lindo pa' bailar. Lo mismo que Sol de Enero, parece quemar."

Cantaba Negrita Ledesma en un Domingo de Alero Quichua por Radio Nacional. Este hermoso gato, de Juan Carlos Carabajal y Orlando Gerez, relata parte de la vida en Villa Silípica, antigua e histórica población ubicada en el departamento del mismo nombre.

También dice: "Si toca Guillo González... ¿qué puede faltar?", en memoria de uno de sus grandes músicos: Guillermo González, prolífico autor silipiquero.

"A la fiesta de la Virgen nadie ha de faltar." Es verdad. Quien haya ido alguna vez a la fiesta de la Virgen de Monserrat habrá percibido que todos los habitantes de la Villa se involucran y participan en la fiesta patronal. Quien conoce la cantidad de pobladores se da cuenta de que en la fiesta hay mucha más gente que esa cantidad. Dice Juan Carlos Carabajal en su gato: "Paisanos de todas partes, se saben juntar. A la Virgen milagrosa quieren homenajear". Es verdad, pues se ve gente de la región y de lugares lejanos, como la capital provincial, y otros venidos de Buenos Aires, todos afanosos por llegar hasta la imagen.

"Bien alegre va la gente, bien montados los jinetes". Para concurrir al día de la fiesta de la Virgen hay que ir con la mejor ropa, montado en el mejor caballo, con los mejores arreos. No es ostentación; es respeto por la imagen, por la Iglesia, por los vecinos, por los visitantes y por la celebración misma. No es cuestión de ir así nomás, sin preparar, como si uno fuese un turista curioso nomás.

"Entre el ruido de los cuetes sale la procesión", temprano nomás, el día dos de febrero. Muy temprano en la mañana de este lunes fue celebrada la misa y después salió la procesión detrás de la sagrada imagen.

"Si en casa de los Ledesma se oye un bandoneón, es seguro que en la fiesta la gente muy animada ha de estar, como si nada, casi hasta el aclarar." Mucha gente hizo vigilia durante la noche anterior, esperando al son de guitarras, bombo, violín, bandoneón y caja vidalera, cantando y conversando.

Este año, el dos de febrero ha sido día lunes. Los vecinos de Villa Silípica, al igual que los de campos y pueblos vecinos, son agricultores que no siguen la rutina ciudadana, en la que tendrían que descansar durante el fin de semana y volver al trabajo el lunes. La agricultura y la ganadería no conocen fines de semana ni feriados, sino que su gente se organiza para no parar de trabajar ningún día del año y, aún así, participar en las fiestas tradicionales, especialmente las religiosas.

Si uno vive en la ciudad de Santiago del Estero, para llegar a Villa Silípica puede hacerlo de distintas maneras. La más fácil y directa sería con vehículo propio. Para ello, sale hacia el sur por la avenida Belgrano, pasa por El Zanjón, Yanda, Santa María, La Abrita, Árraga y llega a Simbol. En la escuela de Simbol, entra hacia la izquierda por la ruta enripiada y avanza unos seis kilómetros, sin apurarse demasiado para no mandar tierra a las casas vecinas de la ruta y por posibles animales sueltos.

Si uno va en ómnibus, puede viajar en el que va dos veces por día hasta Sumamao y bajarse directamente en Villa Silípica, después de haber pasado por los lugares mencionados. De Silípica, ese colectivo sigue hacia Sumamao por una ruta interna enripiada. También puede tomar un ómnibus de línea o alguno de los vehículos utilitarios que hacen el servicio hacia Loreto, para bajarse en Simbol. El vehículo seguirá hacia el sur hasta llegar a Loreto, distante poco más de veinte kilómetros de Símbolo.

Cuando uno se ha bajado en Simbol, si es día de fiesta patronal, encontrará automóviles, camionetas y sulkys prontos para llevar pasajeros hasta la Villa por un precio bastante bajo. Entonces podrás disfrutar del paisaje de monte que, por trechos, quiere avanzar sobre la polvorienta ruta. De vez en cuando aparecerá una casa, con su represa, que en estos días está quishqui (muy llena, repleta) de agua. Un poco más allá se verá un sembrado.

Así, mirando el paisaje ya la espera de ver cruzar algún zorro, algún zorrino, algún ckoy (cuis) u otro animalito silvestre, se encontrará con un gran espacio abierto, que hace las veces de plaza y cancha, enfrente de la iglesia del pueblo. Antes habrá pasado ante un cartel que da la bienvenida y una inscripción en un muro con el mismo mensaje amable.

Si es dos de febrero y llega temprano, al amanecer, verás que en la iglesia comienza o está por comenzar la misa. Las dos campanas del templo tañen anunciando el oficio religioso. Una vez terminada la misa, los fieles y el párroco sacan la imagen de la Virgen de Monserrat en procesión. A la sombra de los árboles, caballos de montar y los de tiro de los sulkys esperan pacientemente, paciendo.

Después de la procesión, la gente se divide: unos vuelven a su casa, otros van a ver la feria de artesanías, otros van debajo de la gran carpa que reemplaza a los antiguos ramadones y se disponen a compartir comida y bebida; otros, venidos de otros pueblos, ciudades o parajes, aprovecharán para visitar amigos residentes en la Villa.

Muchos están desde la noche anterior, haciendo vigilia al son de los instrumentos musicales y el canto criollo, al calor de fogones y conversación amable. Llegaron desde los pueblos vecinos y algunos desde Buenos Aires. Para el silipiquero, el 2 de febrero y su novena son el acontecimiento esperado durante todo el año.

Tradicionalmente, la novena comienza el 2 de febrero y termina el día 10. Durante ese tiempo, celebran misa por la mañana y, por la tarde, la Salve. En los últimos tres años, por razones que ya están resueltas, la novena comenzó el día 24 de enero, para terminar el dos de febrero. La comunidad está contenta con la vuelta a la antigua costumbre.

Después del oficio religioso, hay música, canto, alegría por los reencuentros, mesas compartidas, vida en camaradería entre vecinos y con los visitantes. Quien llegó de la ciudad, si ha ido en un transporte público y se ha quedado hasta después de terminados los recorridos de ómnibus, seguramente hasta entonces se habrá relacionado con buena gente que le va a resolver el viaje hasta Santiago, o por lo menos hasta Simbol, de donde es muy fácil viajar hacia la ciudad Capital. Mientras tanto, en Villa Silípica continúa la fiesta.

La fiesta es bailable, con casi todo tipo de música, pero la que sobresale en el gusto popular es la música criolla de nuestra provincia. Cuando uno vuelve a la casa, aún suena en su cabeza y en su corazón lo vivido en Villa Silípica y, ya en casa, se dormirá canturreando mentalmente:

"Gatito silipiquero,
¡qué lindo pa' bailar!"

 

 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Silípica: Un Viaje a través del Tiempo y la Historia

En las entrañas de Santiago del Estero, un antiguo poblado indígena guarda cuatro siglos de memorias: desde las huelles de San Martín hasta los sueños truncos de la modernidad



Por siglos, las calles de tierra de Silípica vieron pasar gran parte de la historia argentina. Hoy, entre las ruinas de proyectos agroindustriales que no funcionaron y la fe devota de sus vecinos, este rincón santiagueño intenta sostenerse en el presente.

Mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles, el lugar ya tenía vida propia. Entre 1550 y 1552, cuando el capitán Juan Núñez de Prado exploró la región, el nombre de Silípica figuraba en las descripciones de la época. Según los registros del Padre Lozano, la zona estaba habitada por varios pueblos originarios —Alivigasta, Nacha, Manchigasta y Silípica—, este último bajo el mando del cacique Chanamba.

En ese entonces, Silípica funcionaba como un asentamiento clave a orillas del río Dulce, delimitado por Tontola al norte y Sumamao al sur. Era una comarca poblada y rodeada de montes de madera dura, de donde salieron los árboles para levantar las primeras estructuras de la actual capital provincial.

La colonización cambió el escenario por completo. Una Cédula Real de 1627 detalla los servicios del capitán Juan de Tejeda Miraval en la "pacificación" de los indígenas de la zona que se habían levantado en armas. El documento precisa que la tropa española logró someterlos atacando por la espalda, un detalle militar que da cuenta de la resistencia con la que los locales defendieron su territorio. Más allá de si las crónicas coloniales los tildaban de temibles o si simplemente defendían su suelo, la ferocidad de esos enfrentamientos quedó asentada en los archivos.

Con el dominio español establecido, la vida productiva se reorganizó. Aparecieron los obrajes para hilar el algodón y la lana local, se instalaron atahonas para moler el trigo y el trazado de caminos transformó a Silípica en una posta clave para el tránsito de carretas y diligencias entre Buenos Aires y el Perú.

Por el pueblo cruzaban dos rutas fundamentales. La primera, el camino de las postas, unía de norte a sur los poblados de Santiago, Manogasta, Silípica, Simbolar, Ayuncha, Remanso, Portezuelo, Pozo del Tigre y Chañar. La segunda era el clásico Camino Real del Perú, heredero de las sendas incaicas, que conectaba Silípica con Loreto, Atamisqui, Salavina y Córdoba.

El servicio de correos fijó parada allí a partir de 1746. Por esas mismas huellas pasaron, en 1767, las carretas que llevaban al exilio a los jesuitas expulsados del norte del país.

En el centro del poblado se levantaba una capilla humilde de adobe y techo de tierra que custodiaba la imagen de la Virgen de Monserrat. En 1780, durante su caminata hacia Buenos Aires para fundar la Santa Casa de Ejercicios, Sor María Antonia de la Paz y Figueroa —Mama Antula— se detuvo allí a orar. Poco después pasaron por el mismo punto el obispo San Alberto en 1782 y el propio virrey del Río de la Plata en 1789.

La Revolución de Mayo de 1810 también dejó su huella. Por el camino de Silípica pasó Juan José Castelli y, tras él, las tropas del Ejército Auxiliar del Norte. Por allí marchó Manuel Belgrano —cuya abuela era de la vecina Loreto— y circularon los chasquis con las noticias de las victorias de Tucumán y Salta, entre ellos el exgranadero santiagueño Juan Nepomuceno Herrera.

Sin embargo, el paso de José de San Martín fue el hecho más relevante. A fines de 1813, el Libertador marchó al norte para hacerse cargo del ejército tras las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. Viajaba en el coche del correo, asistido por los chasquis Cayetano Maldonado y Francisco Hilario Muñoz, y guiado a través de la travesía seca por baqueanos como Carlos Peralta, Bernardo Morales, Sinforoso Santillán y José Vicente Rojas, quien lo condujo desde Silípica hasta Manogasta.

El 28 de mayo de 1814, San Martín regresó a la posta de Silípica. Venía enfermo, acompañado por Mario Guido, el médico Paroissen y una escolta a cargo de Toribio Luzuriaga, tras haber dejado el mando del ejército. Como analizó el historiador Ricardo Rojas a partir de los cuadernos de la época, esa parada técnica no fue menor: durante la convalecencia en el invierno santiagueño, San Martín terminó de descartar la ruta del Alto Perú y maduró el plan alternativo de cruzar los Andes para llegar a Lima por mar.

Con los años, el protagonismo del pueblo comenzó a decaer. En 1818, el doctor Juan Lasso de Puelles fundó la Capellanía de Nuestra Señora de Monserrat sobre la base de la estancia local. Décadas más tarde, la llegada del ferrocarril Belgrano desplazó el eje comercial hacia estaciones como Ezcurra, Árraga, Simbol y Nueva Francia. En 1885 el departamento se dividió, y en 1890 se levantó el templo actual para albergar a la Virgen.

A finales del siglo XIX hubo un intento serio por reindustrializar la zona. En Buenos Aires se creó la Compañía Territorial del Norte de la Argentina, dirigida por Luis Urdaniz, con el objetivo de colonizar 28.000 hectáreas. Se diseñó un canal desde el río Dulce bajo la supervisión del ingeniero Vignaux, se desmontó la tierra y llegaron los primeros colonos. El ingeniero agrónomo Juan Ramón Chávez llegó a publicar un manual técnico para optimizar los cultivos.

Pero el proyecto chocó con la geografía: el río cambió su curso, dejó la toma de agua fuera de alcance y el canal quedó inutilizable. La empresa quebró. Urdaniz compró las acciones e intentó un segundo proyecto que volvió a fallar.

Un tercer intento, bajo la firma Administración Urdániz y la dirección del ingeniero Emilio Benito Urdániz, pareció funcionar tras instalar bombas mecánicas Sulzer para extraer agua directamente del río. Los canales volvieron a tener caudal y las tierras produjeron algodón. Sin embargo, la maquinaria se había financiado con créditos del Banco Hipotecario Nacional. Ante un pedido de prórroga para saldar la deuda de 330.000 pesos tras la cosecha, el banco decidió ejecutar la hipoteca.

Los bienes se remataron, el algodón se echó a perder y la maquinaria quedó abandonada. Poco después, el mismo banco arrendó 27.000 hectáreas de ese monte a un privado por un peso con treinta y cinco centavos la hectárea. El resultado fue la tala masiva: cerca de 2.000 hacheros desmantelaron el bosque para extraer miles de toneladas de leña, carbón y más de 80.000 postes que salieron desde la estación Simbol.

Hoy, Silípica es la cabecera de un departamento dominado por el minifundio y el terreno árido. La iglesia de 1890 guarda todavía la imagen original de la Virgen de Monserrat, cubierta de exvotos de metal, monedas, fotografías y promesas. Cada 2 de febrero, los festejos patronales reúnen a familias de toda la zona en la procesión y el tradicional ritual de "hacerse pisar" por la imagen. Sin embargo, terminada la fiesta, muchos jóvenes vuelven a armar las valijas para buscar trabajo en otras provincias.

En paralelo a la devoción religiosa se mantiene la tradición oral. Cerca del río, en el paraje Pozokómer, la leyenda ubica una Salamanca donde la creencia popular dice que se escuchan violines por las noches y adonde acudían los "magiqueros" a hacer pactos para conseguir talento musical, suerte en el juego o fortuna.

Del viejo sueño de la colonia agrícola quedan apenas la estructura de una escuela, pequeñas huertas en el Pueblo Nuevo, las torres con las bombas de agua oxidadas y el cementerio de 1932 con su portón de entrada rodeado de vegetación baja.

Los interrogantes sobre el desarrollo del lugar siguen abiertos desde hace un siglo. Silípica conserva su fe y la memoria de su época de posta estratégica, mientras intenta resolver un problema concreto y cotidiano: cómo frenar el despoblamiento y ofrecer un futuro a las generaciones que vienen.

Fuente bibliográfica: Di Lullo, Orestes. La agonía de los pueblos. Viejos pueblos. Buenos Aires, 2017. (Consulta de fragmentos sobre archivos del siglo XVI, registros de postas y documentos del período 1746-1780).