Por Luis Borelli
“Ya se viene el verano”, dicen los vallistos cuando, a mediados de octubre, escuchan al primer coyuyo de la temporada. En cambio, en el Chaco salteño sostienen que él hará madurar la algarroba. Lo cierto es que, en octubre, cuando el sol castiga los campos y a los animales, el coyuyo afina su voz, de cara al sol, y comienza a cantar día y noche en todo el norte. Entonces su chirrido se expande por toda la comarca como si en las copas de los árboles se hubiese instalado un gran coro polifónico. Su música dura lo que el verano y solo se interrumpe por mal tiempo. Por eso, el criollo sostiene que, cuando el coyuyo silencia, solo lo hace por mal tiempo. Y luego sigue con su canto hasta que, en los primeros días frescos del otoño, se apagará su voz para siempre. Entonces el vallisto dice: “Ya se ha ido el verano; se va con el coyuyo y el carnaval”.
Reproducción. Y mientras coyuyos
o cigarras cantan y se aparean, a poco las hembras mueren luego de desovar en
tallos y ramas secas. Al final del verano, esos huevos caerán al suelo
transformados en larvas que permanecerán bajo tierra nada menos que entre 2 y
17 años.
Humorada instructiva. Sobre el
canto del coyuyo recuerdo una humorada ilustrativa de Gustavo «Cuchi»
Leguizamón, profesor de Historia y Literatura del Colegio Nacional. Un curioso
dato de la zoología le permitió, allá por los años sesenta, gastar un chiste y,
de paso, dejar una enseñanza. Era noviembre y los coyuyos ya se habían adueñado
de las acacias de la Antipalúdica, muy cerca de la vereda por donde Leguizamón
solía pasar rumbo al Colegio Nacional.
—A ver —preguntó una calurosa
mañana—, ¿cuáles son los animales más felices del mundo?
Por temor al ridículo, muchos se
llamaron a silencio; pero, como siempre, uno cayó en el lazo. El chango, con
voz engolada y con aires de sabiondo, espetó: «Profesor, el más feliz es el
hombre. Los animales son instintivos».
¡Para qué! A todo pulmón, manos
en los bolsillos y desde el fondo del aula, Leguizamón respondió: «No, señor.
Los más felices de la tierra son los coyuyos y los sapos machos. ¿Y saben por
qué? Porque sus mujeres son mudas; sapas y coyuyas no dicen ni mu», remató, al
tiempo que lanzaba una estruendosa carcajada. Por supuesto, el curso entero
compartió su ocurrencia, pero el sabiondo seguramente estaba rogando que la
tierra se lo tragara.
Pero con esa humorada, a manera
de introducción, Gustavo Leguizamón comenzó, sin querer queriendo, a dar una
clase de zoología que pocos olvidaremos. Prosiguió hablando del coyuyo: «El
macho es el único que hace música. ¿Y saben dónde trae sus instrumentos
musicales? A los costados del abdomen», agregó. Eso le permite a este
maravilloso animalito hacer algo que muchos querrían imitar: comer y cantar al
mismo tiempo. Y ahí nomás aprovechó para enriquecer su matinal perorata con
otra humorada: «¿Se imaginan ustedes al turco Eduardo Falú tocar la guitarra
mientras se come un cupi? ¡Qué maravilloso! Lamentablemente - continuó - esto
es imposible para nosotros, los humanos. Nunca podremos alcanzar la perfección
musical del coyuyo, que canta y come hasta morir junto al verano. Pero sapo y
coyuyo - prosiguió explicando con entusiasmo - también son seres exquisitamente
románticos; cantan por amor, para enamorar a sapas y coyuyas, con las que
después tendrán sus hijitos».
Otros datos. Y así fue que, por
aquella entretenida humorada de Leguizamón, los changos del Nacional nos
enteramos esa mañana de que el coyuyo podía vivir hasta 17 años bajo tierra.
Allí permanece hasta que un buen día, en estado de ninfa, se le da por salir.
Marcha hacia la superficie por un túnel que cava ex profeso y, a partir de
entonces, vive entre los árboles. Allí se transforma en adulto, se alimenta de
savia y canta con tanta potencia que la frecuencia de su vibración puede
alcanzar, según los biólogos, los 86 Hz - 86 vibraciones por segundo -. También
aprendimos que el coyuyo canta para atraer a las hembras; que lo hace a
cualquier hora del día, pero con más frecuencia e intensidad cuando amanece y a
la oración - a la tarde -; que el sonido que emite lo produce con un aparato
estridulador ubicado a los costados del primer segmento del abdomen. Allí posee
unas membranas denominadas timbales y también unos sacos de aire que son
verdaderas cajas de resonancia.
Finalmente, como buen coreuta que
es, el coyuyo macho puede llegar a entregar su vida en plena función. Eso les
ocurre cuando, en su interior, se produce una brusca diferencia de presión
sonora.
Fuente: Patio Santiagueño

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