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lunes, 7 de septiembre de 2026

La pucha con el hombre: cuando la canción popular desnuda la contradicción humana

Hace más de 35 años, en un día de diciembre de 1986, nació una canción que no se quedó en los discos, sino que entró en la piel de quienes la escuchan. La pucha con el hombre, un escondido que se convirtió en un espejo de la condición humana, fue obra de Pablo Raúl Trullenque y Saúl “Cuti” Carabajal. No es solo una canción, es una conversación entre dos voces que, sin pretenderlo, nos descubrieron a nosotros mismos.

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Hay canciones que se limitan a sonar y otras que se transforman en verdaderos refugios. "La pucha con el hombre" pertenece a esta última clase: no busca entretener, nos mira directo a los ojos y sacude nuestras certezas con interrogantes devastadores: ¿qué nos define realmente como humanos? ¿Por qué cargamos con una contradicción tan destructiva? La respuesta no descansa en la letra, sino en el peso de la interpretación, el tono elegido y ese silencio abrumador que sobreviene al apagar la música.

Pablo Raúl Trullenque nació en Santiago del Estero el 15 de enero de 1934. La ausencia marcó su vida desde el origen: quedó huérfano de padre a los cuatro meses. Creció bajo la tutela intelectual de don Julio Argentino Jerez —autor de "Añoranzas"—, y antes de ser la voz filosófica de su tierra, se ganó la vida en la calle como lustrabotas, vendedor de diarios y ayudante de sastre. Esa crudeza cotidiana esculpió una sensibilidad poética única.

Tras moldear su talento animando fiestas y recitando sus propias glosas, en 1957 migró a Buenos Aires. Allí unió fuerzas con Roberto Rimoldi Fraga para gestar obras de fuerte arraigo como "Argentino hasta la muerte" y "Revuelo de ponchos rojos". Sin embargo, su mayor esplendor surgió al consagrarse como el pensador más profundo del folklore santiagueño.

En paralelo, Saúl “Cuti” Carabajal crecía en el barrio Los Lagos de La Banda. Nacido el 3 de marzo de 1947 como el menor de doce hermanos, la música fue su destino inevitable. Fundó "Los Changuitos" a los 13 años con su hermano Kali, creó Los Carabajal en 1967 junto a Agustín, Carlos y Kali, y tras un paso clave por Los Manseros Santiagueños, se estableció como un pilar autoral con obras como "Ciudad de La Banda" y "Santiago chango moreno".

El 18 de diciembre de 1986, con ambos creadores cargando años de ruta y desencantos, nació "La pucha con el hombre". La canción arranca con una sentencia desgarradora: “El hombre nace y muere a veces sin vivir”. ¿Acaso hay frustración mayor que llegar al final descubriendo que jamás se habitó la propia existencia? ¿Cuántas vidas se escapan pasando de la niñez a la vejez sin rozar la felicidad, buscándola en horizontes lejanos mientras se diluye al lado nuestro?

Trullenque no suaviza el diagnóstico:

“Tropieza tantas veces en una misma piedra / Fruta es que llega a pasar sin madurar”.

Es el retrato de nuestra propia impotencia: repetir el error, caer en el mismo tropiezo y pudrirse sin haber alcanzado la madurez. Sin embargo, en esa misma naturaleza habita un contraste abismal: “Es muy capaz de dar la vida o de matar”. Somos un río que fluye a ciegas entre la nobleza y el horror.

El hito más crudo y revelador del poema sentencia: “Solo se diferencia del reino animal / Porque es el hombre el único capaz de odiar”. Una verdad incómoda que nos despoja de toda superioridad moral. Pero cuando el abismo parece definitivo, la obra rescata el deseo de redención: mientras el ser humano conserve la capacidad de asombrarse, llorar y reír, seguirá siendo la fantasía que Dios creó. Aun en la ruina de sus contradicciones, late la capacidad intacta de amar, crear y soñar.

Impacto cultural

El impacto de este himno traspasó los límites del género musical:

  • En la academia: Se volvió objeto de análisis en universidades y centros de investigación. Académicas como María Elena de la Fuente destacaron su precisión para condensar la condición humana en un solo verso, convirtiéndola en pieza clave para la crítica social.
  • En lo social: Resonó con fuerza durante la incertidumbre de los años 80 y 90. Se entonó en bares, peñas y casas con el fervor de una confesión íntima, dando voz a quienes buscaban desesperadamente un sentido en medio de profundas crisis económicas y sociales.
  • En el arte: Dejó una marca imborrable en referentes como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y León Gieco, impulsando a nuevas generaciones a abandonar la superficialidad comercial para cantarle a los abismos del alma.

En una época obsesionada con el consumo efímero y el éxito distante, "La pucha con el hombre" opera como un espejo implacable. Nos confronta con una última pregunta: ¿somos apenas una fantasía fallida, o es precisamente esta contradicción entre odiar y amar, entre destruir y soñar, la única fuerza capaz de transformar el mundo?

 

martes, 5 de mayo de 2026

El hombre que tiñó de compromiso la palabra: Pablo Raúl Trullenque

Entre libros clásicos, la orfandad y la tintorería, el poeta santiagueño construyó una obra que se niega al eufemismo. Conocé la historia de una de las plumas más sentidas de nuestro folclore.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay gente que escribe para adornar el mundo y gente que escribe porque el mundo, tal como está, le duele. Pablo Raúl Trullenque era de los segundos. Lejos de las metáforas que buscan esquivar temas difíciles o de la poesía pura de adorno, entendió el arte como un compromiso: un puente entre lo dura que es la realidad y la esperanza que nace en una canción.

El barrio como punto de partida y el mandato de la abuela

La historia de Trullenque empieza con el silencio de su infancia. Se quedó sin padres de muy chico y su mundo pasó a ser el abrazo de su abuela, quien le dio la libertad para hacerse a sí mismo.

Ella no sabía leer ni escribir, pero le sembró la chispa de lo que vendría después. Justamente la fascinación de Pablo por las palabras nació de lo que a ella le faltaba; su abuela le repetía todo lo que se había perdido por no haber tenido acceso a las letras. Esa carencia se volvió para él un camino a seguir.

Tiempo después, en sexto grado, su maestra Petrona Mendívez le abrió las puertas a autores como Bécquer, Rubén Darío y Horacio Quiroga. Sin embargo, Pablo no se quedó encerrado en las lecturas. Desde su barrio humilde, al que siempre vio como un punto privilegiado para mirar la realidad, fue testigo de la brecha de su tierra: la Santiago del Estero que tiene y la que no.

"La cuestión no es tener, sino agradecer lo que uno tiene y, sobre todo, saber dar", decía siempre, sintetizando la postura con la que vivió y escribió.

De la tintorería a la radio: el cruce con Los Carabajal

Como buena historia argentina, su consagración combina un poco de casualidad y bastante de humildad. Ya instalado en Buenos Aires, Pablo frecuentaba a la familia Carabajal, sabiendo el talento enorme que había ahí. Pero las cosas no fueron fáciles desde el principio.

Se cuenta que le entregó a Carlos Carabajal la letra de "Pa’ carnavalear". En ese momento Carlos no le dio mucha importancia y guardó los versos en algún cajón.

Pasó el tiempo. Pablo seguía con su rutina, trabajando en su tintorería entre el vapor y el olor a solvente. Un día, con la radio prendida mientras trabajaba, escuchó a Los Chalchaleros. La sorpresa fue enorme cuando reconoció su propia letra hecha chacarera sonando para todo el país. Ese fue el impulso que dio inicio a una de las duplas más potentes de nuestro folclore.

Un legado directo y con identidad

Trullenque no buscaba el aplauso rápido; buscaba decir la verdad. "He leído muchas palabras bonitas, pero eso no alcanza, hay que decir algo más", sostenía convencido de que la poesía sirve para transformar.

Al repasar sus letras no solo encontramos ritmo y paisaje. Encontramos a alguien que se animó a hablar del dolor y de la discriminación sin dar vueltas, dejándonos una obra profundamente humana. Pablo Raúl Trullenque no solo compuso canciones: nos dejó una forma de estar en este mundo con los ojos abiertos, la mano tendida y la palabra comprometida con su gente.

Basado en testimonios de Alcira Mancilla de Trullenque y en el libro "Anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños" de Omar "Sapo" Estanciero.

 


domingo, 15 de marzo de 2026

Pablo Trullenque, el poeta que puso al ser humano como paisaje

 Nació sin padre, sobrevivió con los zapatos de los demás en la mano y terminó escribiendo versos que hoy recorren la piel de toda la Argentina. Pablo Raúl Trullenque - el coplero que transformó el barro santiagueño en poesía eterna - prueba que, a veces, los grandes artistas no bajan de un palco: suben desde la calle.



El 5 de septiembre de 2000, en la cálida ciudad de La Banda, se apagó la voz de quien mejor supo cantar “el color de la chacarera”. Pablo Raúl Trullenque, el poeta existencialista del folclore santiagueño, dejó este mundo a los 66 años, pero su obra —intima, terrenal y cargada de raíces— sigue resonando en cada guitarreada, en cada festín de pueblo, en cada grito de quien siente a Santiago del Estero como patria viva. Huérfano de padre a los cuatro meses, lustrabotas, vendedor de diarios y ayudante de sastre… jamás imaginó que sus palabras, forjadas entre trapicheos y humo de taller, se convertirían en clásicos inmortales. Hoy, cuando escuchamos “Entre a mi pago sin golpear” o “El coyuyo y la tortuga”, no estamos oyendo una canción: estamos escuchando el aliento mismo de un hombre que nunca se movió íntimamente de donde empezó.

Pablo Raúl Trullenque llegó al mundo el 13 de enero de 1934, en el corazón árido y fértil de Santiago del Estero. A los cuatro meses, la vida le dio su primer golpe: perdió a su padre. La infancia transcurrió entre la escasez y el trabajo infantil. Con apenas ocho años, sus manos ya conocían el cepillo de pelo y la cera: fue lustrabotas en las esquinas polvorientas de su pueblo. Luego, vendió diarios al grito de “¡La Prensa!” y, ya adolescente, encontró refugio en la oscura habitación de un sastre. Ese oficio - el de ayudante -  le dio pan diario y, sobre todo, tiempo para observar. Porque Trullenque no solo cosía telas; cosía historias. Escuchaba a los viejos sentados al pie del taller, absorbía sus refranes, sus penas, sus amoríos… y allí, entre hilos y tijeras, nació el poeta.

En 1957, como tantos jóvenes de provincia, emigró a Buenos Aires. Pero, a diferencia de quienes se diluyen en la gran ciudad, él llevó Santiago en la maleta. Nunca perdió el acento, nunca olvidó el olor del monte después de la lluvia, nunca traicionó su “pago”. De regreso - o sin siquiera irse del todo -  comenzó a escribir versos que no eran simples letras, sino mapas del alma santiagueña.

 “Trullenque no escribía sobre Santiago; vivía Santiago”, recuerda el escritor bandeño Felipe Rojas, amigo íntimo del autor. “Una vez le pregunté cómo encontraba tantas historias. Él me miró, sonrió y me dijo: ‘Felipe, la sabiduría está en el borracho del rincón, en el niño que vende empanadas, en el árbol que se resiste al viento… solo hay que pararse a escuchar’”.

Su pluma, sencilla y profunda, unió la tradición oral con una sensibilidad moderna. De su pluma surgieron títulos que hoy son himnos: “Argentino hasta la muerte”, “Chacarera del patio”, “Tradiciones santiagueñas” y esa joya existencial, “La pucha con el hombre” (publicada en 1996). Pero fue con los músicos cuando su voz alcanzó dimensión nacional. Grandes del folclore como Carlos Carabajal, Peteco Carabajal, Cuti Carabajal, Los Chalchaleros, Mercedes Sosa y hasta Horacio Guaraní musicalizaron sus palabras. ¿Quién no se estremece al escuchar a Peteco entonar “El coyuyo y la tortuga”? O a Mercedes Sosa gritar “Entre a mi pago sin golpear”?

Los reconocimientos, tardíos pero justos, llegaron. En 1993 recibió el Premio Ricardo Rojas de la Municipalidad de Santiago del Estero; años más tarde, la misma provincia lo declaró Ciudadano Distinguido y, finalmente, Ciudadano Ilustre. La Diócesis le otorgó el Premio Eslabón; la Fundación Estampas y Memorias de La Plata, el Cóndor; y hasta la Legislatura provincial le rindió homenaje. En julio del 2000, SADAIC lo celebró en vida con el Premio Chango. Hoy, una biblioteca popular lleva su nombre: porque Trullenque no solo dejó versos… dejó lectores.

Pero más allá de los galardones, su mayor tesoro fue la gente del campo. Hay una anécdota - contada una y otra vez por su otro gran amigo, el periodista Oscar Díaz-  que lo define por completo. Tras una larga guitarreada en un rancho de los alrededores de La Banda, Trullenque, con los ojos desorbitados de preocupación, recorría las calles buscando a Samuel, un humilde “borracho propio” del pueblo, un personaje del monte al que él consideraba un sabio. “Me robaron a mi borracho”, repetía angustiado. “¡Samuel sabe más de Santiago que todos los libros juntos!”. Pasó horas enseñándole al hombre las historias del pago; perderlo de vista era, para él, perder un trozo de su propia identidad. Esa fue su brújula: la sabiduría del pueblo, no la de los libros.

La profesora Ada Umbides, quien compiló y estudió su obra integral, lo resume con precisión académica y emotiva: “Trullenque puso al ser humano como paisaje absoluto. Sus versos no describen la tierra; describen al hombre que la trabaja, que la sufre, que la ama”.

Incluso su adiós fue poético. Sabiendo que la muerte se acercaba, él mismo escribió la inscripción para su lápida. Allí, en piedra sencilla, se lee hoy:

«Por qué he vivido la vida ya no le temo a la muerte… vivir tiene un alto precio».

Pablo Trullenque nunca necesitó un palco ni un título universitario. Su aula fue la vereda, su biblioteca la plaza del pueblo, sus maestros los “borrachos propios” como Samuel. Desde el lustrabotas hambriento de los años ’40 hasta el Ciudadano Ilustre de los ’90, trazó un camino que demuestra que la grandeza no está en la altura desde la que miras, sino en la profundidad con que miras desde abajo.

Hoy, cuando un joven santiagueño canta “Cuando me abandone mi alma” con la garganta apretada, no está repitiendo una letra: está continuando la voz de Trullenque. Porque él, el poeta que nació en el barro y murió con el verso en los labios, logró lo imposible: que Santiago del Estero, con sus polvos, sus chacras y sus borrachos sabios, respirara para siempre en la memoria de la Argentina.

“Vivir tiene un alto precio”, escribió. Pero, gracias a él, ese precio se transformó en el más hermoso legado folclórico que tenemos.

jueves, 5 de marzo de 2026

Los muñecos de telgopor que tejieron una amistad

 Ricardo Manuel Gómez Oroná, el hombre que Horacio Guaraní bautizaría como Jacinto Piedra, pasó casi dos años fabricando juguetes de telgopor en un taller clandestino de Buenos Aires. Entre peponas rotas y peñas folklóricas, el futuro referente del folklore argentino forjó su camino.



Cuando Ricardo volvió de Bolivia, se reconectó de inmediato con el folklore. En el fondo - y ahora a la luz -  era santiagueño. Aún faltaban años para que Horacio Guaraní lo escuchara cantar y le pusiera el nombre que lo haría conocido: Jacinto Piedra. Por ahora era solo Ricardo, un pibe flaco y torpe que acababa de regresar a Buenos Aires.

La ciudad lo recibió con algunos trabajos esporádicos. Así llegó al restaurante de Raúl Trullenque en Liniers, sobre la calle Tellier. Trullenque era un coterráneo legendario que hacía maravillas con la chacarera. Pero además del restaurante, en el fondo funcionaba un taller clandestino de muñecos de telgopor.

El taller de los juguetes

Ahí Ricardo conoció a Toño Rearte, otro santiagueño con el que compartió durante casi dos años el oficio de fabricar juguetes. El taller era minúsculo: un silo de dos por dos metros y un compresor de aire para rellenar osos de peluche y peponas.

Toño lo recuerda con cariño: Ricardo era torpe. Su cuerpo largo y flaco no encajaba bien en ese espacio tan chico. De cada cuatro muñecos que armaba, rompía tres o provocaba una lluvia de telgopor.

Durante el armado, el cardenal se ponía nerviosísimo. Con cuidado pegaba los ojos de plástico, agregaba rubor en aerosol en las mejillas y deshilachaba arpillera para las pestañas. Cuando los muñecos no le salían bien - casi siempre - los revoleaba y los maldecía.

Siempre había sido hábil con las manos. Una vez le propuso al viejo Trullenque hacer un muñeco rasta. La idea fue descartada de inmediato.

Los recreos del taller

A veces tomaban té con galletitas, otras tardes comían sándwiches de mortadela. Ricardo estaba siempre de buen humor, aunque renegaba por el viaje eterno en tren hasta Liniers.

Cada tanto se sentaba a un costado del silo a escribir. Llevaba en el bolsillo una libreta chica que cerraba rápido cuando el viejo Trullenque pasaba a buscarlo en su Fiat 128 rojo. Juntos salían por toda la Avenida Santa Fe a repartir muñecos. En esas páginas Ricardo iba anotando letras, melodías, fragmentos de lo que vendría.

La noche en la peña

El restaurante de la calle Tellier también era punto de encuentro, escenario de peñas folklóricas. Fue en una de esas noches cuando Ricardo conoció a Cuti Carabajal, el menor de la familia Carabajal y tío de Peteco, su amigo de infancia.

Cuti era parte de los Manseros Santiagueños. Cuando escuchó la voz de Ricardo y sus canciones, lo invitó a tocar con ellos. El talento del muchacho no podía seguir escondido entre peponas y osos de peluche.

En 1979, cuando los Manseros celebraban sus 20 años de trayectoria en el Luna Park, Ricardo subió al escenario y brilló. Esa noche quedó claro: el pibe torpe del taller tenía algo especial cuando agarraba la guitarra.

Con Cuti Carabajal

Con Cuti las tardes pasaban rápido. Jugaban a componer, a arreglar chacareras. Cantaban con ganas. Nunca grabaron nada en serio. Quizá porque Ricardo seguía siendo, en el fondo, un niño cantor.

Cuti lo recuerda como un chico grande, divertido, despreocupado. Dice que tenía un estilo muy nuevo, distinto, y una voz que atraía: voz de indio. Una voz que venía de la tierra.

El nombre que lo hizo leyenda

Años después, cuando Horacio Guaraní lo escuchó cantar, supo que ese muchacho necesitaba un nombre a la altura de su voz. Lo bautizó Jacinto Piedra. Ricardo Manuel Gómez Oroná pasó a la historia con ese apodo que resonaba como el monte santiagueño.

Pero antes de ser Jacinto Piedra, antes de convertirse en referente del folklore argentino, hubo un pibe flaco que rompía muñecos de telgopor en un taller de Liniers. Un muchacho que viajaba en tren, comía sándwiches de mortadela y escribía a escondidas en una libreta.

Sin apuro

Ricardo llevó su talento sin preocupación, sin querer ser una estrella. Entre muñecos rotos y chacareras, entre el telgopor y el polvo santiagueño que nunca lo abandonó, construyó su camino sin prisa.

Jacinto Piedra nació en las peñas de Liniers, entre el telgopor y la mortadela, mucho antes de que tuviera ese nombre. Fue auténtico desde el primer día, incluso cuando fabricaba peponas que le salían mal.

Información extraída del libro “Que lo recuerden brillando” de Cecilia Rayen Guerrero Dewey

viernes, 1 de agosto de 2025

Chipaco: El pan que guardaba el alma de un pueblo

 Un cuento inspirado en el poema de Pablo Raúl Trullenque


El pregón llegó con el viento cálido de la siesta, arrastrando una voz antigua como la tierra misma. "¿Qué vende ese pájaro de la tarde?", murmuraron los niños, atraídos por el canto melancólico que surcaba las calles polvorientas. La respuesta fue unánime, susurrada con reverencia: "Chipaco".

Era un pan dorado y crocante, nacido de manos curtidas por el sol y la salmuera. Lo amasaban con harina, grasa y pedazos de chicharrón, pero también con algo invisible: el dolor heredado, la ciencia de los abuelos y un perdón que sabía a humo de horno de barro. En las tardes pajizas, cuando el calor adormecía el pueblo, las mujeres encendían el fuego lento, entre gorjeos de pájaros y ceniza que danzaba como memoria.

Carlos, el hijo que se fue a la ciudad, recordaba cómo su madre partía el chipaco en trozos desiguales. "Es pan de milagro", decía ella, mientras el aroma llenaba la mesa de navidades pobres y almuerzos en soledad. Lo comían con mate cocido, bebida que templaba el hambre y los días grises.

Una tarde, un chango flaco apareció en la plaza con su canasto. "¡Chipaco caliente!", gritó, y su voz era un eco de aquellos pregones que ya nadie lanzaba. Un forastero se acercó, curioso. "¿Qué lleva este pan?", preguntó. El chango sonrió: "Lleva el color de nuestra tierra, el ocre del trigo molido en bateas bajo el sol, y las noches largas donde la masa leudaba como el amor de madre".

El hombre compró un pan, y al morderlo, sintió el crujir de siglos: ahí estaban los ranchos humildes, las cosechas compartidas, la nostalgia por los hijos que jamás volvían. "Llévelo", le dijo el chango. "No es solo pan; es la gracia del Señor para bendecir su hogar". Y el forastero entendió que había comprado más que alimento: un sueño, una leyenda viva.

Esa noche, al partir el chipaco con su familia, el cuarto se llenó de antiguos olores. Y en el silencio, todos supieron que algún día, alguien preguntaría: "¿Qué vendía ese pájaro de la siesta?".