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martes, 5 de mayo de 2026

El hombre que tiñó de compromiso la palabra: Pablo Raúl Trullenque

Entre libros clásicos, la orfandad y la tintorería, el poeta santiagueño construyó una obra que se niega al eufemismo. Conocé la historia de una de las plumas más sentidas de nuestro folclore.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay hombres que escriben para adornar el mundo y hay hombres que escriben porque el mundo, tal como está, les duele. Pablo Raúl Trullenque pertenecía a los segundos. Lejos de las metáforas que esconden miedos y de los versos de porcelana, el poeta santiagueño entendió el arte como un compromiso de vida, un puente tendido entre la crudeza de la realidad y la esperanza de la canción.

El observatorio del barrio y la obsesión de una abuela

La historia de Trullenque no se explica sin el silencio de su infancia. Huérfano de padres desde muy pequeño, su universo se redujo al abrazo de una abuela que, con la sabiduría de los años, le dio la libertad necesaria para volverse "dueño de sí mismo".

Fue ella, una mujer analfabeta, quien sembró en Pablo la semilla que germinaría en su poesía. Paradójicamente, la obsesión de Trullenque por la palabra nació del vacío de su abuela; ella le contaba todo lo que se había perdido por no saber leer ni escribir. Esa carencia se transformó en un mandato.

Más tarde, en el aula de sexto grado, la maestra Petrona Mendívez le abriría las puertas de los cielos literarios: Bécquer, Rubén Darío y Horacio Quiroga pasaron a ser sus compañeros de ruta. Pero Pablo no se quedó encerrado en los libros. Desde su humilde barrio, al que definió como un "observatorio social", fue testigo de la fractura de su tierra: la Santiago del Estero que tiene y la que no tiene.

"La cuestión no es tener, sino agradecer a Dios por tener y, fundamentalmente, saber dar", solía decir el poeta, resumiendo una ética que atravesó cada una de sus estrofas.

De la tintorería a la inmortalidad: El encuentro con los Carabajal

Como toda gran historia argentina, la de su consagración tiene un toque de azar y otro de humildad. Instalado en Buenos Aires, Pablo frecuentaba a la familia Carabajal. Sabía que allí había un motor creativo único. Sin embargo, el camino no fue una alfombra roja.

Cuenta la anécdota que Trullenque le entregó a Carlos Carabajal la letra de "Pa’ carnavalear". En aquel entonces, Carlos se mostró indiferente, guardando aquellos versos en algún rincón de la memoria o de algún cajón.

El tiempo pasó. Pablo seguía con su vida cotidiana, atendiendo su tintorería, entre el vapor y el olor a solvente. Un día, mientras trabajaba, la radio rompió el aire. Eran Los Chalchaleros. La sorpresa fue total cuando reconoció su propia letra, ahora convertida en una chacarera que recorría el país. Ese fue el chispazo inicial de una de las duplas más prolíficas y exitosas de nuestra música popular.

Un legado sin eufemismos

Trullenque no buscaba el aplauso fácil. Su búsqueda era la verdad. "He leído muchas palabras bonitas, pero eso no es todo, hay que decir algo más", afirmaba con la convicción de quien sabe que la poesía es una herramienta de transformación.

Hoy, al volver a sus letras, no solo encontramos ritmo y paisaje; encontramos un hombre que se animó a mirar de frente a la discriminación y al dolor, devolviéndonos una obra cargada de humanidad. Pablo Raúl Trullenque no solo escribió canciones; nos dejó un mapa ético sobre cómo habitar este suelo: con los ojos abiertos, las manos dispuestas al dar y la palabra siempre puesta al servicio del compromiso social.

Basado en testimonios de Alcira Mancilla de Trullenque y el libro "Anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños" de Omar "Sapo" Estanciero.

domingo, 15 de marzo de 2026

Pablo Trullenque, el poeta que puso al ser humano como paisaje

 Nació sin padre, sobrevivió con los zapatos de los demás en la mano y terminó escribiendo versos que hoy recorren la piel de toda la Argentina. Pablo Raúl Trullenque - el coplero que transformó el barro santiagueño en poesía eterna - prueba que, a veces, los grandes artistas no bajan de un palco: suben desde la calle.



El 5 de septiembre de 2000, en la cálida ciudad de La Banda, se apagó la voz de quien mejor supo cantar “el color de la chacarera”. Pablo Raúl Trullenque, el poeta existencialista del folclore santiagueño, dejó este mundo a los 66 años, pero su obra —intima, terrenal y cargada de raíces— sigue resonando en cada guitarreada, en cada festín de pueblo, en cada grito de quien siente a Santiago del Estero como patria viva. Huérfano de padre a los cuatro meses, lustrabotas, vendedor de diarios y ayudante de sastre… jamás imaginó que sus palabras, forjadas entre trapicheos y humo de taller, se convertirían en clásicos inmortales. Hoy, cuando escuchamos “Entre a mi pago sin golpear” o “El coyuyo y la tortuga”, no estamos oyendo una canción: estamos escuchando el aliento mismo de un hombre que nunca se movió íntimamente de donde empezó.

Pablo Raúl Trullenque llegó al mundo el 13 de enero de 1934, en el corazón árido y fértil de Santiago del Estero. A los cuatro meses, la vida le dio su primer golpe: perdió a su padre. La infancia transcurrió entre la escasez y el trabajo infantil. Con apenas ocho años, sus manos ya conocían el cepillo de pelo y la cera: fue lustrabotas en las esquinas polvorientas de su pueblo. Luego, vendió diarios al grito de “¡La Prensa!” y, ya adolescente, encontró refugio en la oscura habitación de un sastre. Ese oficio - el de ayudante -  le dio pan diario y, sobre todo, tiempo para observar. Porque Trullenque no solo cosía telas; cosía historias. Escuchaba a los viejos sentados al pie del taller, absorbía sus refranes, sus penas, sus amoríos… y allí, entre hilos y tijeras, nació el poeta.

En 1957, como tantos jóvenes de provincia, emigró a Buenos Aires. Pero, a diferencia de quienes se diluyen en la gran ciudad, él llevó Santiago en la maleta. Nunca perdió el acento, nunca olvidó el olor del monte después de la lluvia, nunca traicionó su “pago”. De regreso - o sin siquiera irse del todo -  comenzó a escribir versos que no eran simples letras, sino mapas del alma santiagueña.

 “Trullenque no escribía sobre Santiago; vivía Santiago”, recuerda el escritor bandeño Felipe Rojas, amigo íntimo del autor. “Una vez le pregunté cómo encontraba tantas historias. Él me miró, sonrió y me dijo: ‘Felipe, la sabiduría está en el borracho del rincón, en el niño que vende empanadas, en el árbol que se resiste al viento… solo hay que pararse a escuchar’”.

Su pluma, sencilla y profunda, unió la tradición oral con una sensibilidad moderna. De su pluma surgieron títulos que hoy son himnos: “Argentino hasta la muerte”, “Chacarera del patio”, “Tradiciones santiagueñas” y esa joya existencial, “La pucha con el hombre” (publicada en 1996). Pero fue con los músicos cuando su voz alcanzó dimensión nacional. Grandes del folclore como Carlos Carabajal, Peteco Carabajal, Cuti Carabajal, Los Chalchaleros, Mercedes Sosa y hasta Horacio Guaraní musicalizaron sus palabras. ¿Quién no se estremece al escuchar a Peteco entonar “El coyuyo y la tortuga”? O a Mercedes Sosa gritar “Entre a mi pago sin golpear”?

Los reconocimientos, tardíos pero justos, llegaron. En 1993 recibió el Premio Ricardo Rojas de la Municipalidad de Santiago del Estero; años más tarde, la misma provincia lo declaró Ciudadano Distinguido y, finalmente, Ciudadano Ilustre. La Diócesis le otorgó el Premio Eslabón; la Fundación Estampas y Memorias de La Plata, el Cóndor; y hasta la Legislatura provincial le rindió homenaje. En julio del 2000, SADAIC lo celebró en vida con el Premio Chango. Hoy, una biblioteca popular lleva su nombre: porque Trullenque no solo dejó versos… dejó lectores.

Pero más allá de los galardones, su mayor tesoro fue la gente del campo. Hay una anécdota - contada una y otra vez por su otro gran amigo, el periodista Oscar Díaz-  que lo define por completo. Tras una larga guitarreada en un rancho de los alrededores de La Banda, Trullenque, con los ojos desorbitados de preocupación, recorría las calles buscando a Samuel, un humilde “borracho propio” del pueblo, un personaje del monte al que él consideraba un sabio. “Me robaron a mi borracho”, repetía angustiado. “¡Samuel sabe más de Santiago que todos los libros juntos!”. Pasó horas enseñándole al hombre las historias del pago; perderlo de vista era, para él, perder un trozo de su propia identidad. Esa fue su brújula: la sabiduría del pueblo, no la de los libros.

La profesora Ada Umbides, quien compiló y estudió su obra integral, lo resume con precisión académica y emotiva: “Trullenque puso al ser humano como paisaje absoluto. Sus versos no describen la tierra; describen al hombre que la trabaja, que la sufre, que la ama”.

Incluso su adiós fue poético. Sabiendo que la muerte se acercaba, él mismo escribió la inscripción para su lápida. Allí, en piedra sencilla, se lee hoy:

«Por qué he vivido la vida ya no le temo a la muerte… vivir tiene un alto precio».

Pablo Trullenque nunca necesitó un palco ni un título universitario. Su aula fue la vereda, su biblioteca la plaza del pueblo, sus maestros los “borrachos propios” como Samuel. Desde el lustrabotas hambriento de los años ’40 hasta el Ciudadano Ilustre de los ’90, trazó un camino que demuestra que la grandeza no está en la altura desde la que miras, sino en la profundidad con que miras desde abajo.

Hoy, cuando un joven santiagueño canta “Cuando me abandone mi alma” con la garganta apretada, no está repitiendo una letra: está continuando la voz de Trullenque. Porque él, el poeta que nació en el barro y murió con el verso en los labios, logró lo imposible: que Santiago del Estero, con sus polvos, sus chacras y sus borrachos sabios, respirara para siempre en la memoria de la Argentina.

“Vivir tiene un alto precio”, escribió. Pero, gracias a él, ese precio se transformó en el más hermoso legado folclórico que tenemos.

jueves, 5 de marzo de 2026

Los muñecos de telgopor que tejieron una amistad

 Ricardo Manuel Gómez Oroná, el hombre que Horacio Guaraní bautizaría como Jacinto Piedra, pasó casi dos años fabricando juguetes de telgopor en un taller clandestino de Buenos Aires. Entre peponas rotas y peñas folklóricas, el futuro referente del folklore argentino forjó su camino.



Cuando Ricardo volvió de Bolivia, se reconectó de inmediato con el folklore. En el fondo - y ahora a la luz -  era santiagueño. Aún faltaban años para que Horacio Guaraní lo escuchara cantar y le pusiera el nombre que lo haría conocido: Jacinto Piedra. Por ahora era solo Ricardo, un pibe flaco y torpe que acababa de regresar a Buenos Aires.

La ciudad lo recibió con algunos trabajos esporádicos. Así llegó al restaurante de Raúl Trullenque en Liniers, sobre la calle Tellier. Trullenque era un coterráneo legendario que hacía maravillas con la chacarera. Pero además del restaurante, en el fondo funcionaba un taller clandestino de muñecos de telgopor.

El taller de los juguetes

Ahí Ricardo conoció a Toño Rearte, otro santiagueño con el que compartió durante casi dos años el oficio de fabricar juguetes. El taller era minúsculo: un silo de dos por dos metros y un compresor de aire para rellenar osos de peluche y peponas.

Toño lo recuerda con cariño: Ricardo era torpe. Su cuerpo largo y flaco no encajaba bien en ese espacio tan chico. De cada cuatro muñecos que armaba, rompía tres o provocaba una lluvia de telgopor.

Durante el armado, el cardenal se ponía nerviosísimo. Con cuidado pegaba los ojos de plástico, agregaba rubor en aerosol en las mejillas y deshilachaba arpillera para las pestañas. Cuando los muñecos no le salían bien - casi siempre - los revoleaba y los maldecía.

Siempre había sido hábil con las manos. Una vez le propuso al viejo Trullenque hacer un muñeco rasta. La idea fue descartada de inmediato.

Los recreos del taller

A veces tomaban té con galletitas, otras tardes comían sándwiches de mortadela. Ricardo estaba siempre de buen humor, aunque renegaba por el viaje eterno en tren hasta Liniers.

Cada tanto se sentaba a un costado del silo a escribir. Llevaba en el bolsillo una libreta chica que cerraba rápido cuando el viejo Trullenque pasaba a buscarlo en su Fiat 128 rojo. Juntos salían por toda la Avenida Santa Fe a repartir muñecos. En esas páginas Ricardo iba anotando letras, melodías, fragmentos de lo que vendría.

La noche en la peña

El restaurante de la calle Tellier también era punto de encuentro, escenario de peñas folklóricas. Fue en una de esas noches cuando Ricardo conoció a Cuti Carabajal, el menor de la familia Carabajal y tío de Peteco, su amigo de infancia.

Cuti era parte de los Manseros Santiagueños. Cuando escuchó la voz de Ricardo y sus canciones, lo invitó a tocar con ellos. El talento del muchacho no podía seguir escondido entre peponas y osos de peluche.

En 1979, cuando los Manseros celebraban sus 20 años de trayectoria en el Luna Park, Ricardo subió al escenario y brilló. Esa noche quedó claro: el pibe torpe del taller tenía algo especial cuando agarraba la guitarra.

Con Cuti Carabajal

Con Cuti las tardes pasaban rápido. Jugaban a componer, a arreglar chacareras. Cantaban con ganas. Nunca grabaron nada en serio. Quizá porque Ricardo seguía siendo, en el fondo, un niño cantor.

Cuti lo recuerda como un chico grande, divertido, despreocupado. Dice que tenía un estilo muy nuevo, distinto, y una voz que atraía: voz de indio. Una voz que venía de la tierra.

El nombre que lo hizo leyenda

Años después, cuando Horacio Guaraní lo escuchó cantar, supo que ese muchacho necesitaba un nombre a la altura de su voz. Lo bautizó Jacinto Piedra. Ricardo Manuel Gómez Oroná pasó a la historia con ese apodo que resonaba como el monte santiagueño.

Pero antes de ser Jacinto Piedra, antes de convertirse en referente del folklore argentino, hubo un pibe flaco que rompía muñecos de telgopor en un taller de Liniers. Un muchacho que viajaba en tren, comía sándwiches de mortadela y escribía a escondidas en una libreta.

Sin apuro

Ricardo llevó su talento sin preocupación, sin querer ser una estrella. Entre muñecos rotos y chacareras, entre el telgopor y el polvo santiagueño que nunca lo abandonó, construyó su camino sin prisa.

Jacinto Piedra nació en las peñas de Liniers, entre el telgopor y la mortadela, mucho antes de que tuviera ese nombre. Fue auténtico desde el primer día, incluso cuando fabricaba peponas que le salían mal.

Información extraída del libro “Que lo recuerden brillando” de Cecilia Rayen Guerrero Dewey

sábado, 20 de diciembre de 2025

La pucha con el hombre: cuando la canción popular desnuda la contradicción humana

 #LaPuchaConElHombre #FolkloreQueAbraza #CulturaSantiagueña #CancionesQueQuedan #FolkloreArgentino

Hace más de 35 años, en un día de diciembre de 1986, nació una canción que no se quedó en los discos, sino que entró en la piel de quienes la escuchan. La pucha con el hombre, un escondido que se convirtió en un espejo de la condición humana, fue obra de Pablo Raúl Trullenque y Saúl “Cuti” Carabajal. No es solo una canción, es una conversación entre dos voces que, sin pretenderlo, nos descubrieron a nosotros mismos.


En el rico universo del folklore argentino, hay canciones que se transforman en verdaderos himnos, mientras que otras se convierten en profundas meditaciones. "La pucha con el hombre" pertenece a esta última categoría. No es solo una canción; es un refugio que, con su letra poética y su música melancólica, nos mira a los ojos y nos plantea preguntas profundas: ¿qué es lo que nos define como humanos? ¿Qué nos hace tan contradictorios? La respuesta, como ocurre con muchas obras maestras del folklore, no se encuentra en las palabras, sino en la manera en que las interpretamos, en el tono que elegimos, y en el silencio que queda tras escucharla.

Pablo Raúl Trullenque nació en Santiago del Estero el 15 de enero de 1934, en una familia de músicos que, aunque en ese momento no lo sabía, ya le habían regalado su primer instrumento: la voz. Huérfano de padre a los cuatro meses, su infancia estuvo marcada por la ausencia paterna, pero también por la influencia de un padrino intelectual: don Julio Argentino Jerez, autor de "Añoranzas", uno de los himnos más queridos del folklore santiagueño. Trullenque, que más tarde se convertiría en lustrabotas, vendedor de diarios y finalmente ayudante de sastre, no solo supo ganarse la vida con dignidad, sino que también mostró una profunda sensibilidad que se reflejó en sus letras.

Desde muy joven, Trullenque se dedicó a animar fiestas estudiantiles y a recitar las glosas que él mismo escribía. Su talento poético fue floreciendo a medida que acumulaba experiencias de vida, y en 1957, al mudarse a Buenos Aires, se cruzó con Roberto Rimoldi Fraga, un cantor que lo convertiría en una figura fundamental del folklore argentino. Juntos crearon obras memorables como "argentino hasta la muerte" y "Revuelo de ponchos rojos", pero fue en su etapa posterior, cuando Trullenque se destacó como el autor más profundo y filosófico de su provincia, que su obra alcanzó su mayor esplendor.

Por otro lado, Saúl “Cuti” Carabajal nació el 3 de marzo de 1947 en el barrio “Los Lagos” de La Banda, Santiago del Estero. Siendo el menor de doce hermanos, desde muy pequeño se volcó a la música. A los 13 años formó su primer dúo con Kali, llamándose “Los Changuitos”, y más tarde, en 1967, fundó el conjunto Los Carabajal junto a sus hermanos Agustín, Carlos y Kali. Después de una etapa con los Manseros Santiagueños, donde empezó a consolidarse como compositor, Carabajal se convirtió en una figura central del folklore santiagueño, con una amplia producción que incluye canciones como "Ciudad de La Banda", "Santiago chango moreno" y, por supuesto, "La pucha con el hombre".

La canción nació el 18 de diciembre de 1986, en un momento en que Trullenque y Carabajal ya habían recorrido largos caminos. "La pucha con el hombre" no es solo una canción, es un refugio que, a través de la letra de Trullenque, nos confronta con la contradicción esencial del ser humano. La canción comienza con una observación que parece sencilla, pero que, al escucharla, nos invita a reflexionar: “El hombre nace y muere a veces sin vivir”. Es una frase que, aunque pueda sonar triste, es profundamente cierta. ¿Cuántas veces pasamos de ser niños a viejos sin disfrutar de lo que llamamos felicidad? ¿Cuántas veces buscamos la felicidad en lugares lejanos, cuando en realidad ya está a nuestro lado?

Trullenque no se queda solo en describir esta contradicción, sino que la explora a fondo. “Tropieza tantas veces en una misma piedra / Fruta es que llega a pasar sin madurar”. Es una imagen poderosa: el hombre, como una fruta que cae sin madurar, repite los mismos errores, tropieza con las mismas piedras, sin lograr crecer. Y, sin embargo, también es capaz de hacer cosas grandiosas: “Es muy capaz de dar la vida o de matar”. La dualidad está presente en cada verso, como si el hombre fuera un río que fluye entre un monte denso, copla, río y manantial.

Uno de los versos más conmovedores dice: “Solo se diferencia del reino animal / Porque es el hombre el único capaz de odiar”. Esta afirmación, aunque dura, es verdad. El ser humano tiene la capacidad de odiar y destruir, pero también de amar, crear y soñar. Mientras se asombre, llore y ría, será la fantasía que Dios creó. Esta imagen nos devuelve la esperanza: a pesar de ser contradictorio y capaz de odio, el hombre también puede amar, crear y soñar.

Impacto cultural de La pucha con el hombre:

La pucha con el hombre no es solo una canción; es un fenómeno cultural que ha cruzado las fronteras del folklore para convertirse en un ícono de la cultura argentina. Su impacto se ha sentido en muchos niveles: desde la academia hasta las calles, desde los escenarios hasta los hogares.

En el ámbito académico, la canción se ha convertido en un tema de estudio en universidades y centros de investigación sobre folklore y literatura popular. Su letra, llena de metáforas y simbolismos, ha sido analizada por académicos como María Elena de la Fuente, quien resaltó su habilidad para capturar la esencia del ser humano en un solo verso. Además, la canción se ha incluido en programas de enseñanza de folklore argentino, convirtiéndose en un ejemplo clásico de cómo la música popular puede ser una herramienta poderosa para la reflexión y la crítica social.

En el ámbito social, "La pucha con el hombre" se transformó en un himno para aquellos que se sentían desconectados del mundo, buscando un sentido más profundo en la vida. En fiestas, reuniones familiares y bares, la canción se entonaba con una emoción única, como si cada verso fuera una confesión íntima. Su mensaje sobre la contradicción humana resonó con fuerza en una sociedad que, durante los años 80 y 90, atravesaba grandes cambios económicos y sociales.

En el ámbito artístico, esta canción dejó una huella en generaciones de músicos y cantores. Artistas como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y León Gieco, entre otros, reconocieron la profundidad de la obra de Trullenque y Carabajal. Además, la canción inspiró a nuevos creadores a adentrarse en temas más filosóficos y existenciales en su música, alejándose de las temáticas más comerciales y superficiales.

"La pucha con el hombre" es más que una simple canción. Es un espejo que nos mira a los ojos y nos cuestiona: ¿qué es lo que nos hace humanos? ¿Qué nos vuelve tan contradictorios? La respuesta no se encuentra en las palabras, sino en la manera en que las interpretamos, en el tono que les imprimimos, y en el silencio que queda después de escucharla.

En un mundo donde a menudo buscamos la felicidad en lo lejano, en lo material y en lo efímero, "La pucha con el hombre" nos recuerda que la verdadera felicidad se encuentra en lo presente, en lo simple, en lo humano. El hombre, a pesar de su capacidad para odiar, también tiene la capacidad de amar, de crear y de soñar.

Así que cada vez que escuchamos esta canción, nos surge la pregunta: ¿es el hombre más que una fantasía creada por Dios? ¿O es que, en su contradicción, en su habilidad para amar y odiar, para soñar y destruir, es precisamente eso: una fantasía que Dios creó, pero que, al mismo tiempo, es la única que puede transformar el mundo?

 


viernes, 1 de agosto de 2025

Chipaco: El pan que guardaba el alma de un pueblo

 Un cuento inspirado en el poema de Pablo Raúl Trullenque


El pregón llegó con el viento cálido de la siesta, arrastrando una voz antigua como la tierra misma. "¿Qué vende ese pájaro de la tarde?", murmuraron los niños, atraídos por el canto melancólico que surcaba las calles polvorientas. La respuesta fue unánime, susurrada con reverencia: "Chipaco".

Era un pan dorado y crocante, nacido de manos curtidas por el sol y la salmuera. Lo amasaban con harina, grasa y pedazos de chicharrón, pero también con algo invisible: el dolor heredado, la ciencia de los abuelos y un perdón que sabía a humo de horno de barro. En las tardes pajizas, cuando el calor adormecía el pueblo, las mujeres encendían el fuego lento, entre gorjeos de pájaros y ceniza que danzaba como memoria.

Carlos, el hijo que se fue a la ciudad, recordaba cómo su madre partía el chipaco en trozos desiguales. "Es pan de milagro", decía ella, mientras el aroma llenaba la mesa de navidades pobres y almuerzos en soledad. Lo comían con mate cocido, bebida que templaba el hambre y los días grises.

Una tarde, un chango flaco apareció en la plaza con su canasto. "¡Chipaco caliente!", gritó, y su voz era un eco de aquellos pregones que ya nadie lanzaba. Un forastero se acercó, curioso. "¿Qué lleva este pan?", preguntó. El chango sonrió: "Lleva el color de nuestra tierra, el ocre del trigo molido en bateas bajo el sol, y las noches largas donde la masa leudaba como el amor de madre".

El hombre compró un pan, y al morderlo, sintió el crujir de siglos: ahí estaban los ranchos humildes, las cosechas compartidas, la nostalgia por los hijos que jamás volvían. "Llévelo", le dijo el chango. "No es solo pan; es la gracia del Señor para bendecir su hogar". Y el forastero entendió que había comprado más que alimento: un sueño, una leyenda viva.

Esa noche, al partir el chipaco con su familia, el cuarto se llenó de antiguos olores. Y en el silencio, todos supieron que algún día, alguien preguntaría: "¿Qué vendía ese pájaro de la siesta?".

El Algarrobo en la medicina Popular