domingo, 4 de octubre de 2026

El pañuelo de las trincheras



Aquella tarde de verano, el monte santiagueño parecía arder bajo un cielo color cobre. El sol descendía lentamente y dejaba una estela de nubes rojizas sobre los algarrobos. A lo lejos, en el campo, comenzaban a encenderse los primeros fuegos de la fiesta.

Había cuadreras en el pago y, desde temprano, habían llegado familias enteras, jinetes, vendedores y músicos. Los caballos relinchaban detrás de los corrales, mientras cerca de las trincheras las guitarras afinaban sus cuerdas. El polvo se levantaba bajo las alpargatas y se mezclaba con el humo de los cuetes, envolviendo la fiesta en una bruma tibia.

Entre aquella humareda apareció una muchacha. Llegó bailando. Su vestido giraba con cada vuelta de la chacarera y la enagua se movía al ritmo de una brisa suave que parecía seguirla. Un joven que se encontraba cerca quedó mirándola. Había recorrido muchos caminos y había estado en numerosas fiestas del pago, pero jamás había sentido algo semejante.

Sus miradas se encontraron. Por un instante, las guitarras sonaron más lejanas. Los caballos quedaron quietos y hasta el viento del monte pareció detenerse. Ella le sonrió.

El muchacho se acercó. Quiso decirle alguna palabra sencilla para comenzar una conversación, pero la emoción le ganó. Las palabras salieron desordenadas, nacidas desde lo más profundo de su pecho. Mientras hablaba, sintió que el corazón le golpeaba con fuerza, como un caballo lanzado a toda carrera. La joven volvió a sonreír.

Desde ese momento permanecieron cerca de las trincheras. Conversaron, bailaron y compartieron aquellas horas que parecieron demasiado breves. La música continuó hasta entrada la noche y las estrellas cubrieron el cielo sobre el monte.

Entonces llegó la noticia. Al amanecer, el muchacho tenía que partir. Permanecieron juntos hasta que la oscuridad comenzó a retirarse. Cuando las primeras luces aparecieron detrás de los algarrobos, una bandada de golondrinas cruzó el cielo. La joven sacó un pañuelo blanco y lo levantó frente a él.

El muchacho montó su caballo. Avanzó unos metros y miró hacia atrás. Ella seguía junto a las trincheras, sosteniendo el pañuelo entre sus manos. En ese momento, una ráfaga de viento se lo arrebató.

La tela subió lentamente. Pasó por encima de los algarrobos y se mezcló con las golondrinas, que giraron en el cielo como si quisieran acompañarla. El muchacho comprendió que aquella señal quedaría entre ellos.

Después partió.

Pasaron los años. La joven siguió viviendo en aquel mismo pago y, con el tiempo, se convirtió en una mujer anciana. Sin embargo, cada vez que una chacarera comenzaba a sonar al caer la tarde, regresaba hasta las viejas trincheras.

Una tarde, mientras las últimas luces del sol teñían de rojo el monte, una bandada de golondrinas cruzó nuevamente el cielo. Entre ellas apareció un pequeño pañuelo blanco. La anciana lo vio y sonrió.

Desde entonces, los paisanos han contado que, cuando las golondrinas vuelan sobre las trincheras al caer la tarde, puede escucharse a lo lejos el galope de un caballo. También han contado que, durante unos segundos, el viento trae consigo el recuerdo de aquel muchacho que una tarde de cuadreras encontró al amor de su vida.

 

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