Aquella tarde de verano, el monte
santiagueño parecía arder bajo un cielo color cobre. El sol descendía
lentamente y dejaba una estela de nubes rojizas sobre los algarrobos. A lo
lejos, en el campo, comenzaban a encenderse los primeros fuegos de la fiesta.
Había cuadreras en el pago y,
desde temprano, habían llegado familias enteras, jinetes, vendedores y músicos.
Los caballos relinchaban detrás de los corrales, mientras cerca de las
trincheras las guitarras afinaban sus cuerdas. El polvo se levantaba bajo las
alpargatas y se mezclaba con el humo de los cuetes, envolviendo la fiesta en
una bruma tibia.
Entre aquella humareda apareció
una muchacha. Llegó bailando. Su vestido giraba con cada vuelta de la chacarera
y la enagua se movía al ritmo de una brisa suave que parecía seguirla. Un joven
que se encontraba cerca quedó mirándola. Había recorrido muchos caminos y había
estado en numerosas fiestas del pago, pero jamás había sentido algo semejante.
Sus miradas se encontraron. Por
un instante, las guitarras sonaron más lejanas. Los caballos quedaron quietos y
hasta el viento del monte pareció detenerse. Ella le sonrió.
El muchacho se acercó. Quiso
decirle alguna palabra sencilla para comenzar una conversación, pero la emoción
le ganó. Las palabras salieron desordenadas, nacidas desde lo más profundo de
su pecho. Mientras hablaba, sintió que el corazón le golpeaba con fuerza, como
un caballo lanzado a toda carrera. La joven volvió a sonreír.
Desde ese momento permanecieron
cerca de las trincheras. Conversaron, bailaron y compartieron aquellas horas
que parecieron demasiado breves. La música continuó hasta entrada la noche y
las estrellas cubrieron el cielo sobre el monte.
Entonces llegó la noticia. Al
amanecer, el muchacho tenía que partir. Permanecieron juntos hasta que la
oscuridad comenzó a retirarse. Cuando las primeras luces aparecieron detrás de
los algarrobos, una bandada de golondrinas cruzó el cielo. La joven sacó un
pañuelo blanco y lo levantó frente a él.
El muchacho montó su caballo.
Avanzó unos metros y miró hacia atrás. Ella seguía junto a las trincheras,
sosteniendo el pañuelo entre sus manos. En ese momento, una ráfaga de viento se
lo arrebató.
La tela subió lentamente. Pasó
por encima de los algarrobos y se mezcló con las golondrinas, que giraron en el
cielo como si quisieran acompañarla. El muchacho comprendió que aquella señal
quedaría entre ellos.
Después partió.
Pasaron los años. La joven siguió
viviendo en aquel mismo pago y, con el tiempo, se convirtió en una mujer
anciana. Sin embargo, cada vez que una chacarera comenzaba a sonar al caer la
tarde, regresaba hasta las viejas trincheras.
Una tarde, mientras las últimas
luces del sol teñían de rojo el monte, una bandada de golondrinas cruzó
nuevamente el cielo. Entre ellas apareció un pequeño pañuelo blanco. La anciana
lo vio y sonrió.
Desde entonces, los paisanos han
contado que, cuando las golondrinas vuelan sobre las trincheras al caer la
tarde, puede escucharse a lo lejos el galope de un caballo. También han contado
que, durante unos segundos, el viento trae consigo el recuerdo de aquel
muchacho que una tarde de cuadreras encontró al amor de su vida.
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