¿Fue el
mestizaje un idilio voluntario o el resultado de una violencia sistemática
camuflada de romanticismo histórico? A partir de la obra fundamental de la
historiadora y filósofa Carmen Bohórquez, exploramos cómo las crónicas de
Indias y la moral cristiana sepultaron el verdadero estatuto de la mujer
originaria, transformando el despojo en una pretendida erótica de la sumisión.
La historia oficial de América
Latina suele apoyarse sobre un conjunto de mitos construidos con el paso del
tiempo. Uno de los más persistentes, quizá por su mezcla de sensualidad y
misticismo, es el del mestizaje entendido como un tierno abrazo fundacional. Se
nos enseñó a imaginar el nacimiento de nuestra cultura híbrida como el
resultado de un idilio biológico: la mujer indígena, deslumbrada por las
armaduras brillantes y aquellos hombres que llegaban acompañados por la imagen
de dioses barbados, se habría entregado dócilmente al conquistador europeo.
Pero detrás de esa imagen, de esa
especie de "leyenda dorada" que algunos sectores de la historiografía
eurocéntrica todavía intentan recuperar en pleno siglo XXI, existe una historia
mucho más dolorosa. La conquista produjo una ruptura profunda que afectó la
subjetividad, la libertad y también las formas en que los pueblos originarios
entendían el cuerpo, el deseo y las relaciones entre hombres y mujeres. El
mestizaje de Nuestra América no nació, entonces, de una simple sucesión de
encuentros amorosos y voluntarios. Se produjo en medio de una situación marcada
por la violencia, la desigualdad y el despojo, allí donde el amor y la muerte
llegaron a encontrarse.
Escribir la historia de la mujer
indígena supone, además, un enorme desafío. Como señala la filósofa e
investigadora venezolana Carmen Bohórquez en su ensayo La mujer indígena y
la colonización de la erótica en América Latina, estamos frente a un sujeto
doblemente invisibilizado: marginado por ser mujer y demonizado por ser india.
La historiografía occidental,
marcada durante siglos por una mirada machista y providencialista, prestó mucha
más atención a los grandes protagonistas, a los héroes de espada y crucifijo,
que a las acciones cotidianas de las comunidades anónimas. Cuando la mujer
indígena aparece en las páginas amarillentas de las crónicas coloniales, casi
nunca lo hace con su propia voz. Su imagen llega filtrada por la mirada del
europeo del siglo XVI, que muchas veces no podía comprender una realidad
cultural que desafiaba sus propias ideas religiosas y sociales.
Así, la diferencia americana
terminó convertida en una caricatura. Todo aquello que no encajaba en los
códigos del Viejo Mundo quedaba atrapado dentro de la vieja oposición entre
"civilización" y "barbarie", como si las sociedades originarias
carecieran de alma, de razón o incluso de valor propio.
La Malinche y la bifurcación del
relato americano
Para justificar el enorme despojo
territorial y humano producido por la Conquista, el imaginario colonizador
necesitó construir también una imagen de sumisión voluntaria. La figura que
mejor encajó en ese molde fue Malintzin, conocida universalmente como la
Malinche.
Su historia, recogida
originalmente por cronistas como Bernal Díaz del Castillo en su Historia
verdadera de la conquista de la Nueva España, puede leerse desde dos
dimensiones inseparables: la erótica y la cultural. Al quedar vinculada a
Hernán Cortés, la Malinche también puso al servicio de los conquistadores su
conocimiento de las lenguas, los territorios y los códigos de las sociedades indígenas.
Para el relato colonial, aquella
mujer terminó representando una transición casi natural y agradecida hacia la
"luz civilizadora" y el bautismo. Para el relato de los vencidos, en
cambio, se transformó en el símbolo de la traición.
Sin embargo, detrás de ese mito
existió una cadena concreta de violencias y despojos. La Malinche no eligió a
Cortés desde una situación de igualdad ni desde un ejercicio pleno del libre
albedrío. Fue vendida por sus propios padres a mercaderes de esclavos, mientras
su muerte era anunciada públicamente para ocultar lo ocurrido. Más tarde, los
señores de Tabasco la entregaron al invasor junto con otras mujeres, dentro de
las prácticas políticas y sociales de la época.
El mito de la Malinche termina funcionando,
así como una especie de absolución histórica posterior para el conquistador. Si
ella es presentada como una mujer enamorada, voluntaria y fiel colaboradora,
resulta más sencillo ocultar la violencia sexual que sufrieron miles de mujeres
indígenas.
Su figura quedó atrapada en un
destino trágico. En la interpretación romántica del mestizaje, la mujer que se
relaciona con el conquistador parece convertirse en la protagonista de un
encuentro entre dos culturas. Pero esa mirada también puede suavizar una
realidad mucho más amarga: el cuerpo de la mujer indígena fue utilizado como
objeto de dominación y como botín de guerra.
"La consensualidad y la
participación incitadora que se le atribuye a la mujer indígena en la
constitución biológica del mestizaje, entraña un intento de ocultar o minimizar
la violencia sexual ejercida contra ella; violencia que, con toda probabilidad,
se dio desde el mismo primer momento en que su desnudez quedó expuesta a la
mirada cargada de tabúes del macho cristiano." - Carmen
Bohórquez
La distorsión del espejo
cronístico: el problema de las fuentes
¿Hasta qué punto podemos confiar,
sin cuestionarlas, en las descripciones que los cronistas e historiadores del
Siglo de Oro hicieron de las sociedades prehispánicas?
Autores como Bernardino de
Sahagún o Gonzalo Fernández de Oviedo estaban profundamente condicionados por
la cultura patriarcal y religiosa de la España de su tiempo. Esa mirada había
sido moldeada, entre otras cosas, por los tratados morales de figuras como fray
Martín de Córdova, Hernando de Talavera o Luis Vives.
Si en la propia sociedad española
las mujeres eran consideradas seres de menor capacidad intelectual, asociadas
con frecuencia al pecado y sometidas a la tutela masculina, y si los habitantes
de América eran descritos por algunos sectores como "un grado más que
micos o monas", resulta difícil imaginar que la mujer indígena pudiera
aparecer en las crónicas sin cargar con ese prejuicio.
El cronista no siempre estaba
describiendo aquello que tenía delante. Muchas veces estaba interpretándolo
desde sus propios miedos, sus creencias religiosas y sus ideas preconcebidas.
Esto también puede observarse en
obras fundamentales como la Historia general de las cosas de Nueva España,
de Sahagún. Los informantes indígenas eran, en buena medida, jóvenes
pertenecientes a la nobleza local que habían sido educados por los mismos
misioneros franciscanos dentro de la cultura letrada europea. Sus testimonios,
además, respondían a cuestionarios elaborados desde una lógica eclesiástica.
De esta manera, la enorme
diversidad de sociedades americanas terminó reducida bajo una única categoría:
"indio".
Para acercarnos a la verdadera
condición de la mujer originaria resulta necesario, entonces, leer esas fuentes
con una mirada crítica. Una de las herramientas consiste en practicar lo que
podría llamarse una "lectura en negativo": prestar atención a aquello
que los textos condenan, prohíben o consideran escandaloso. Precisamente allí,
en las prácticas perseguidas por la moral colonial, pueden aparecer indicios de
aquello que esa misma moral intentaba borrar.
Cuando los relatos de los
cronistas se contrastan con los aportes de la antropología y la arqueología,
comienza a aparecer una imagen muy diferente de aquella supuesta
"barbarie" original.
Cosmovisión dual: el lugar de la
mujer en las sociedades prehispánicas
La diferencia cultural aparece
con mayor claridad cuando se comparan las concepciones sobre el origen del
mundo.
En el relato bíblico del Génesis,
la mujer es creada a partir de una costilla masculina y queda asociada a la
culpa por la expulsión del Paraíso. En varias cosmovisiones originarias de
América, en cambio, el universo se organiza a partir de una idea de dualidad y
complementariedad.
En el Popol Vuh, el libro
sagrado de los mayas quichés, la creación de la luz, de la tierra y de la
humanidad no surge de un Dios único y solitario. El relato habla de parejas
creadoras: Tepeu y Gucumatz, Alom, la diosa madre que concibe, y Qaholom, el
dios padre que engendra; también aparecen el Corazón del Cielo y el Corazón de
la Tierra. La creación nace del acuerdo, de la reflexión conjunta, de
"juntar las palabras y el pensamiento".
Una idea semejante aparece, con
diferentes formas, en otras culturas del continente. Entre los nahuas
encontramos a Omecihuatl y Ometecuhtli, asociados con la dualidad primordial.
Entre los guaraníes aparecen el Gran Padre y la Gran Madre. Incluso en el mundo
incaico, de carácter más patriarcal, la Pachamama, la Madre Tierra, comparte el
orden cósmico con el Padre Sol.
Desde esta perspectiva, la mujer
no aparece como una derivación subordinada del hombre ni como portadora de una
culpa original. Hombre y mujer forman parte de una misma creación y comparten
un lugar dentro del orden del universo.
Esta concepción también tuvo
consecuencias en la vida cotidiana y en la organización económica de las
comunidades.
Tierra comunitaria y división del
trabajo
La relación con la tierra era
fundamental para la vida de las sociedades prehispánicas. Desde las comunidades
del Caribe hasta las grandes sociedades de los Andes y Mesoamérica, existieron
formas de organización en las que la tierra no se entendía simplemente como una
propiedad privada individual.
En sociedades como la incaica,
mediante el ayllu, o entre los aztecas, a través del calpulli, la
tierra estaba vinculada a la comunidad. El individuo utilizaba una parcela en
tanto formaba parte de ese colectivo.
Esta manera de relacionarse con
la tierra sorprendió a los europeos. Cristóbal Colón, por ejemplo, interpretó
ese comportamiento desde sus propios parámetros y llegó a considerarlo una
falta de entendimiento que podía facilitar el despojo.
Dentro de ese sistema
comunitario, la división sexual del trabajo tampoco funcionaba necesariamente
de la misma manera que en la Europa feudal. Los cronistas se sorprendían al
encontrar mujeres indígenas trabajando la tierra, sembrando maíz y yuca y llevando
a sus hijos a la espalda.
El jesuita José Gumilla, en El
Orinoco Ilustrado, llegó incluso a reprender a los hombres indígenas y a
pedirles que "ayudaran a sus pobres mujeres". La respuesta que
recibió resulta reveladora:
"Las mujeres saben parir, y
nosotros no; si ellas siembran, la caña de maíz da dos o tres mazorcas...
porque ellas saben cómo mandar parir al grano que siembran".
Aquello que el europeo podía
interpretar como una forma de explotación tenía, dentro de esas sociedades,
otro significado. La fertilidad de la mujer estaba vinculada simbólicamente con
la fertilidad de la tierra.
Salvo determinadas actividades
que exigían una fuerza física extrema, como la guerra, o aquellas que tenían un
carácter estrictamente sagrado, como las tareas realizadas por las Vírgenes del
Sol o acllacuna en el Cusco, actividades como la cerámica, el hilado y
el cultivo formaban parte de la vida familiar y comunitaria.
Dentro de ese esquema, la mujer
ocupaba un lugar de reconocimiento y de importancia económica que, según esta
interpretación, resultaba muy diferente al de muchas mujeres de la Europa de su
tiempo.
La erótica de la genitalidad
frente al falocentrismo occidental
La distancia cultural se vuelve
todavía más evidente cuando entramos en el terreno de la intimidad y el deseo.
La moral cristiana de la Baja
Edad Media había construido una relación muy particular con el cuerpo. El deseo
sexual aparecía unido a la culpa y el placer carnal podía ser presentado como
pecado. La desnudez, además, quedaba asociada con frecuencia a la prostitución
y al vicio. El cuerpo era visto como uno de los caminos utilizados por el
demonio para conducir al ser humano hacia la perdición.
En distintas sociedades
originarias de América existían concepciones diferentes. La sexualidad podía
ser entendida como una fuerza vinculada con la vida y con el equilibrio del
universo, sin cargar necesariamente con la misma idea de culpa metafísica.
Hombres y mujeres podían ser
reconocidos como sujetos activos del deseo. La monogamia y la fidelidad
conyugal eran normas presentes en muchas sociedades, y el adulterio podía
recibir castigos severos, pero las reglas no estaban necesariamente reservadas a
uno solo de los sexos.
La separación o el divorcio
también podían ser posibles cuando la convivencia dejaba de funcionar. La mujer
podía disolver el vínculo y volver a casarse sin cargar necesariamente con el
mismo estigma religioso que imponía la moral cristiana europea.
La educación sexual también
formaba parte de la formación de los jóvenes. En los discursos morales
recogidos por Sahagún, los padres aconsejaban a sus hijos disfrutar del amor
con "templanza y discreción". Para explicar la importancia de esperar
el momento adecuado, comparaban el cuerpo humano con la planta del maguey: si
se abre antes de tiempo, pierde su sustancia y termina secándose.
La poesía erótica náhuatl,
especialmente los cantos conocidos como cuecuechcuicatl, ofrece otro
testimonio de esta concepción. En ellos aparece una mujer que no es simplemente
un objeto pasivo del deseo masculino. Es una mujer que toma la iniciativa,
juega, se adorna, se pinta el rostro y expresa abiertamente su deseo.
"Ay, mi chiquito y bonito
rey Axayacatito / Si de veras eres varón, aquí tienes dónde ocuparte... / Entre
alegres gozos estaremos riendo, entraremos en alegría, y yo aprenderé... / con
flores de ave preciosa mi vientre yo te entrego... allí está." - Cantares
Mexicanos
Estos versos muestran una
concepción del erotismo basada en la participación y el goce compartido. Es una
imagen muy diferente de aquella que imponía una sexualidad centrada
exclusivamente en la autoridad masculina y que podía considerar el placer
femenino como algo sospechoso o incluso pecaminoso.
La presencia de diosas como
Tlazoltéotl resulta significativa. Los frailes españoles llegaron a describirla
de manera despectiva como la "Diosa de las Cosas Carnales o de los
Vicios". En la cosmovisión indígena, sin embargo, la sexualidad podía
tener una dimensión sagrada y formar parte de manera natural del ciclo de la
vida y de la muerte.
Descolonizar la mirada y
recuperar la memoria
Más de cinco siglos después,
revisar la colonización de la erótica en América Latina no es solamente un
ejercicio académico. También permite comprender de dónde vienen algunas de las
formas de violencia de género, discriminación racial y exclusión que todavía
atraviesan nuestras sociedades.
La idea de un mestizaje pacífico
puede funcionar como una especie de analgésico histórico. Suaviza la herida y
hace más difícil reconocer que la discriminación contra la mujer y contra los
pueblos indígenas tiene también una historia. Una historia que hunde sus raíces
en aquella mirada despectiva y codiciosa con la que los conquistadores y
cronistas europeos observaron el continente durante el siglo XVI.
Descolonizar la historia
significa cuestionar los mitos románticos y devolverle a la mujer originaria su
lugar como sujeto histórico. Significa recuperar la memoria de su participación
económica en las comunidades, de sus expresiones poéticas y eróticas y también
de las múltiples formas de resistencia que desarrolló en su vida cotidiana.
Mirar el pasado de frente no
significa idealizarlo. Significa intentar comprenderlo sin aceptar
automáticamente la mirada de quienes tuvieron el poder de escribir los
documentos que llegaron hasta nosotros.
Solo desde esa mirada crítica es
posible empezar a comprender aquella vieja fractura del espejo americano y
preguntarnos qué hacer con esa memoria. No para permanecer atrapados en el
pasado, sino para construir una sociedad en la que la diferencia humana no sea
utilizada como motivo de despojo, subordinación o violencia.
Fuentes y referencias
bibliográficas
- Bohórquez, Carmen. La mujer indígena y la
colonización de la erótica en América Latina. 1.ª edición, Caracas:
Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2022. Serie Historia, Colección
Estudios.
- Díaz del Castillo, Bernal. Historia
verdadera de la conquista de la Nueva España (1632). Reedición,
México: Editorial Porrúa, 1969.
- Dussel, Enrique. Liberación de la mujer y
erótica latinoamericana. Bogotá: Editorial Nueva América, 1983.
- Garibay, Ángel María. Poesía náhuatl, III.
Cantares mexicanos. Segunda parte, México: Universidad Nacional
Autónoma de México (UNAM), 1968.
- Landa, Fray Diego de. Relación de las
cosas del Yucatán (1560-1566). En: Gómez, T. e Olivares, I., Culturas
y civilizaciones americanas, Francia: Editions de l’Espace Européen,
1989.
- Sahagún, Fray Bernardino de. Historia
general de las cosas de Nueva España (1524 / Códice Florentino).
Reedición, Madrid: Alianza Editorial, 1988.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario