lunes, 17 de agosto de 2026

Bajo el suelo de Santiago: La amenaza silenciosa que pocos conocen

Entre la profundidad del subsuelo y el recuerdo de antiguas grietas, Santiago del Estero guarda una historia que pocas veces ocupa un lugar en la conversación cotidiana: la de una tierra que parece quieta, pero que nunca está completamente inmóvil.


 

Para el santiagueño, la imagen habitual de la provincia está asociada a la siesta, al monte, al calor del verano y al Río Dulce avanzando con su ritmo pausado. Los terremotos parecen pertenecer a otros paisajes, sobre todo a las provincias cordilleranas de Cuyo o del Noroeste. Sin embargo, debajo de esa llanura aparentemente tranquila existe una actividad geológica que, aunque muchas veces pasa inadvertida, forma parte de la historia natural de la región.

La tierra santiagueña también tiembla. A veces lo hace a cientos de kilómetros de profundidad y otras, mucho más cerca de la superficie, con consecuencias que pueden dejar huellas visibles.

Cuando la tierra dejó de estar quieta

Para encontrar uno de los episodios sísmicos más importantes de la historia provincial hay que viajar hasta el 4 de julio de 1817. La Argentina todavía estaba dando sus primeros pasos como nación independiente cuando un fuerte terremoto sacudió la región, con epicentro ubicado al norte de la actual ciudad de Santiago del Estero.

El movimiento, estimado en una magnitud cercana a 7,0, alcanzó una intensidad de VIII en la escala de Mercalli. Las construcciones de adobe, habituales en aquella época, sufrieron graves daños y muchas terminaron convertidas en escombros. También se registraron grietas en el terreno y fenómenos asociados a la licuefacción de los suelos.

Para una sociedad que no contaba con los conocimientos ni los recursos técnicos actuales, aquel terremoto debió sentirse como una verdadera conmoción. La tierra, que hasta entonces parecía firme e inmutable, había demostrado que también podía convertirse en una fuerza capaz de alterar en pocos minutos la vida de una comunidad.

Pero aquel episodio no fue un hecho aislado.

El 17 de junio de 1997, más de 180 años después, Santiago del Estero volvió a sentir un fuerte movimiento. Eran aproximadamente las 19:15 cuando un sismo de magnitud 5,5, con epicentro en el área de las Sierras de Guasayán y a unos 15 kilómetros de profundidad, volvió a despertar el temor entre los habitantes.

Aunque su magnitud estuvo muy lejos de la del terremoto de 1817, el movimiento fue suficiente para provocar grietas en algunas construcciones, desprendimientos de revoques y cortes de servicios en distintos sectores. La capital santiagueña y Termas de Río Hondo estuvieron entre las zonas donde el temblor se hizo sentir con mayor intensidad.

Fue un recordatorio incómodo, pero necesario: la tranquilidad de la llanura no significa que el suelo sea completamente ajeno a la actividad sísmica.

Bajo los caminos del monte no solo permanece la memoria de generaciones. También existe una tierra que se mueve lentamente, impulsada por fuerzas que se originan muy lejos de nuestros ojos.

Un movimiento que nace en las profundidades

Para entender por qué tiembla Santiago del Estero hay que mirar mucho más allá de lo que vemos en la superficie.

Una parte importante de la explicación está relacionada con la interacción entre la Placa de Nazca y la Placa Sudamericana. La primera se introduce progresivamente por debajo de la segunda y genera una enorme zona de actividad tectónica a lo largo de buena parte del oeste de Sudamérica.

Ese proceso también tiene consecuencias en el interior del continente. En Santiago del Estero pueden registrarse sismos de características muy diferentes.

Sismos profundos

Algunos movimientos tienen su origen a cientos de kilómetros bajo nuestros pies. Se relacionan con la denominada zona de Wadati-Benioff, vinculada al hundimiento de la Placa de Nazca.

En esas profundidades pueden producirse terremotos de magnitudes considerables. Sin embargo, entre el lugar donde se origina el movimiento y la superficie existe una enorme cantidad de roca que modifica la forma en que las ondas sísmicas llegan hasta nosotros.

Por eso, un terremoto que en profundidad puede tener una magnitud importante no necesariamente provoca daños en Santiago del Estero. Muchas veces, lo que llega a sentirse en la superficie es apenas un movimiento suave, casi como un balanceo.

Sismos superficiales

La situación cambia cuando el origen del terremoto está mucho más cerca de la superficie.

Los sismos corticales pueden producirse a menos de 30 kilómetros de profundidad y están relacionados con fallas y estructuras geológicas presentes en las Sierras Pampeanas y en sectores de la cuenca Chacopampeana.

Son menos frecuentes que los movimientos profundos, pero tienen una característica que los vuelve más relevantes para la población: al encontrarse más cerca de la superficie, una parte importante de su energía puede transmitirse directamente al terreno y a las construcciones.

El terremoto de 1997 es un buen ejemplo de esta diferencia.

Una provincia de baja peligrosidad, pero no inmune

De acuerdo con la zonificación sísmica del Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), Santiago del Estero se encuentra principalmente dentro de sectores de peligrosidad sísmica muy reducida y reducida.

Esto significa que la provincia no pertenece a las regiones argentinas donde los terremotos fuertes son una amenaza permanente. Pero "baja peligrosidad" no significa "riesgo inexistente".

La diferencia es importante.

El riesgo de un terremoto no depende solamente de la fuerza del fenómeno natural. También intervienen las características de las construcciones, el tipo de suelo y la capacidad de una comunidad para responder ante una emergencia.

En ese sentido, existen dos cuestiones que merecen especial atención.

Las características de las construcciones

Las edificaciones antiguas de adobe o aquellas levantadas sin criterios de construcción sismorresistente pueden presentar una mayor vulnerabilidad frente a movimientos fuertes.

No hace falta imaginar un terremoto gigantesco para entender el problema. Una estructura debilitada, una pared sin el debido encadenado o una construcción antigua pueden sufrir daños importantes incluso frente a un movimiento moderado.

El comportamiento del suelo

El terreno también importa.

En sectores cercanos a los grandes cursos de agua, como las áreas vinculadas con los ríos Dulce y Salado, existen depósitos sedimentarios que pueden tener diferentes grados de consolidación. Dependiendo de sus características y de las condiciones del evento, determinados suelos pueden amplificar las ondas sísmicas o, en situaciones particulares, favorecer procesos como la licuefacción.

Por eso, estudiar el suelo es tan importante como estudiar el terremoto.

Recordar para estar preparados

Santiago del Estero no vive con el temor permanente a los terremotos. La vida cotidiana transcurre, como siempre, entre el monte, las ciudades, los caminos y el río. Y probablemente así continúe.

Pero la historia de 1817 y el recuerdo más cercano de 1997 muestran que tampoco sería prudente pensar que los sismos son algo completamente ajeno a nuestra provincia.

La prevención no consiste en vivir esperando que ocurra una tragedia. Consiste, más bien, en conocer el territorio donde vivimos y aprender a convivir con sus características naturales.

Respetar las normas de construcción, conservar adecuadamente las edificaciones antiguas, conocer las recomendaciones de seguridad y prestar atención al conocimiento de los organismos especializados son medidas mucho más útiles que cualquier alarma exagerada.

La tierra santiagueña puede parecer inmóvil durante años. El monte permanece en silencio, el Río Dulce sigue su curso y las ciudades continúan con su rutina.

Pero debajo de todo eso existe otra historia.

Una historia profunda, lenta y casi invisible, escrita por placas tectónicas, fallas y movimientos que comenzaron mucho antes de que existieran nuestras ciudades.

Quizás esa sea una de las grandes particularidades de Santiago del Estero: una provincia que aprendió a vivir bajo la calma aparente de su paisaje, sin olvidar que, muy por debajo de sus pies, la tierra también tiene memoria.

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