Entre la profundidad del subsuelo y el recuerdo de antiguas grietas, Santiago del Estero guarda una historia que pocas veces ocupa un lugar en la conversación cotidiana: la de una tierra que parece quieta, pero que nunca está completamente inmóvil.
Para la mayoría de los
santiagueños, la imagen de la provincia es siempre la misma: la siesta, el
monte, el calor del verano y el Río Dulce avanzando sin apuro. Los terremotos
parecen algo de afuera, típico de Cuyo o del Noroeste. Sin embargo, debajo de esa
llanura tan tranquila hay una actividad geológica que, aunque no la notemos
todos los días, también forma parte de nuestra historia natural.
La tierra en Santiago también
tiembla. A veces pasa a cientos de kilómetros bajo nuestros pies y otras mucho
más cerca de la superficie, donde sí deja marcas.
Cuando la tierra dejó de estar
quieta
El episodio sísmico más
importante del que se tenga registro ocurrió el 4 de julio de 1817. Argentina
recién estaba dando sus primeros pasos como país independiente cuando un
temblor sacudió con fuerza el norte de la actual capital provincial.
Con una magnitud estimada en 7,0
e intensidad de VIII en la escala de Mercalli, destruyó casi todo a su paso.
Lascasas de adobe, habituales en la época, quedaron hechas escombros, mientras
en el suelo aparecían grietas y zonas donde la tierra directamente se ablandaba
como barro. Para la gente de entonces, sin los conocimientos ni la tecnología
de hoy, tuvo que haber sido un verdadero espanto: el suelo que siempre creyeron
firme de pronto se volvía una amenaza.
Y no fue un caso aislado. El 17
de junio de 1997, pasados más de 180 años, la provincia volvió a sacudirse.
Eran cerca de las 19:15 cuando un sismo de 5,5 con epicentro en las Sierras de
Guasayán, a solo 15 kilómetros de profundidad, encendió las alarmas. Aunque no
tuvo la magnitud de 1817, alcanzó para agrietar paredes, desprender revoques y
cortar servicios. La capital y Las Termas de Río Hondo estuvieron entre las
zonas donde más fuerte se sintió.
Fue un recordatorio claro: que la
llanura parezca tranquila no significa que no se mueva.
Por qué tiembla en las
profundidades
Entender por qué pasa esto exige
mirar mucho más abajo de lo que pisamos. La causa principal es el choque entre
la Placa de Nazca y la Placa Sudamericana: la primera se mete por debajo de la
segunda y genera un roce enorme en todo el oeste del continente.
Ese choque también repercute en
el interior del país y produce dos tipos de sismos muy distintos:
- Sismos profundos: Ocurren a cientos de
kilómetros de la superficie. Aunque nacen con una potencia enorme, la masa
de roca que tienen por encima amortigua las ondas antes de que lleguen
arriba. Por eso, en vez de daños, muchas veces en Santiago solo percibimos
una especie de balanceo suave.
- Sismos superficiales: Ocurren a menos de 30
kilómetros de profundidad, impulsados por fallas en las Sierras Pampeanas
y la cuenca Chacopampeana. Al estar tan cerca de nosotros, liberan la
energía directo en la superficie. El temblor de 1997 fue un claro ejemplo
de esto.
Menos peligro no significa riesgo
cero
El Instituto Nacional de
Prevención Sísmica (INPRES) ubica a Santiago del Estero en una zona de
peligrosidad muy reducida. Es cierto que los terremotos no son una amenaza
constante como en otras provincias, pero "baja peligrosidad" no
equivale a "riesgo cero".
El impacto de un temblor no
depende únicamente de su fuerza, sino también de dos factores clave:
- El tipo de edificación: Las casas antiguas de
adobe o las construcciones levantadas sin normas sismorresistentes sufren
mucho más. No hace falta un megaterremoto para tirarlas abajo; un
movimiento moderado basta para agrietar una pared o dañar una estructura
débil.
- La calidad del suelo: En las zonas cercanas a
los ríos Dulce y Salado, el terreno está formado por sedimentos blandos.
Dependiendo de cómo sea el sismo, esos suelos pueden amplificar la
vibración o perder firmeza.
Saber convivir con el territorio
En Santiago no se vive con miedo.
La rutina transcurre entre el monte, la ciudad y el río, y probablemente siga
siendo así. Pero recordar 1817 y 1997 nos ayuda a no dar por sentado que la
tierra es un bloque inmóvil.
Prevenir no es vivir en alerta
permanente, sino construir bien, mantener en buen estado las viviendas viejas y
saber cómo actuar. Debajo del silencio del monte y la rutina diaria hay una
historia geológica muy antigua que sigue su propio curso, recordándonos que,
aunque no lo veamos, el suelo también tiene su propia vida.

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