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| Foto: El Liberal |
Saliendo de Manogasta, después de atravesar un hermoso “bajo”, donde altos algarrobos y frondosos talas muestran la opulencia de sus follajes, se llega al “río viejo”, un brazo del Dulce, ya cegado por las arenas y la desviación de las aguas. En la misma barranca, que está profundamente orlada de talas que decoran la ribera, empieza Tuama, antigua población indígena de la época de la Conquista y muy anterior a ella.
Trasponiendo esta barranca, muy alta e imponente, ya unas cuadras de ella, se encuentra la capillita donde se venera la imagen de la Purísima Concepción, “patrona” del lugar, a mediados de diciembre, fecha en que un mundo de gente acude en peregrinación de los departamentos vecinos.
La capilla, rústica, pequeña y sencilla, es una pieza cuadrangular de material cocido con techo a dos aguas sobre cabriadas de quebracho. Su frente, enjalbegado, mira al cementerio que se extiende a sus pies entre alambradas. Más allá se divisa el talar de la barranca y por allá y por aquí, árboles centenarios, donde se guarece la gente de los rayos del sol.
Después de la misa, la Purísima es llevada en procesión. La acompaña San Antonio. Y entre banderas argentinas y adornos blanco-celestes y bombas, tiros y “estruendos”, la procesión recorre, a la vuelta, el cementerio, en cuyas cuatro esquinas hace una “parada”.
De espaldas al templo, después de la procesión, la Virgen hace su última estancia para que los fieles tomen gracia besando el ruedo de su vestidura. Durante la procesión se le cantaba, antes, “Nuestros Clamores” y al final, como despedida:
Adiós Reina del Cielo
madre del Redentor,
adiós prenda adorada
de mi sincero amor (CCI).
Luego, mientras se espera la llegada de los “indios”, la concurrencia se traslada a los bailes, instalados bajo el talar, a varias cuadras de la capilla. Son las 10 de la mañana. Se baila, se bebe, se canta, se viene. Hay un gentío apeñuscado en la sombra, entre el humo de las frituras y de los cohetes. Y se grita y se juega a la “taba”. Y más allá se pelea. Y por todas partes, en negocios improvisados, se oyen las notas de la música nativa.
Por fin, a las doce, se anuncia con “cornetas” la llegada de los “indios”. Y se escucha en todos la palabra de la espera ansiosa: “¡Ya vienen, ya vienen!”. Por un momento cesa la música, cesa el baile y todos escrutan la lejanía, hacia “Las Higueras”, lugar de donde han partido los corredores. Allá, se divisa el polvo que levantan los “indios”. Bajo el sol que quema, azotándose las piernas con una rama de algarrobo, llegan hasta la capilla, se postran y después de cumplir la promesa, retoman la carrera hasta el lugar de la fiesta donde son agasajados. Los “indios” son: Olegario Galván, Alfonso Caravajal, Gerásimo Corvalán y Liberato Caravajal, todos vecinos del lugar que, de este modo, reviven una antigua tradición indígena.
Después de la carrera, los corredores son sajados en las venas de la pierna con un cortaplumas.
Antes —nos cuenta doña Candelaria
Coronel— había más devoción. “Los indios sabían mear la tierra antes de salir,
señor, y al volver, pa acercarse a la Virgen, sabían caminar de rodillas”. Se
acostumbraba, también, a llenar de roscas de pan la caña de la “corneta” con
que se tocaba. Este instrumento, todavía usado en ciertas solemnidades
religiosas, consiste en una larga caña hueca, a cuyo extremo se aplica un
cuerno. Produce un sonido bronco y cavernario (CII).
Extraido del libro: El folklore
de Santiago del Estero – Orestes Di Lullo

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