Lo encontramos en esos informales
camarines de un club, cuando ensayaba con sus acompañantes en medio de pequeños
grupos de cantores.
Algunos entonaban una zamba
salteña.
Otros desparramaban la alegría de
una chacarera picaresca.
Los más, se acercaban, invadían
ese universo de sencillez y sabiduría que había creado don Sixto Palavecino.
Violín y guitarras sonaban entre los muros de la mediatridá.
No queríamos apartarlo de lo
suyo. Sin embargo, a don Sixto le fue fácil convenir una charla: todo lugar
sirve si se tiene algo que decir.
"Nací en Barrancas,
departamento de Salavina, hace 62 años", prevee con astucia antes de que
le insinuáramos la pregunta.
Después, claro, precisamos saber
su andar de chico, en el campo santiagueño.
¿Qué hacía? Todas las tareas del
campo: cuidar cabras y ovejas, sembrar.
Aun recuerda deslumbrado la
figura de su abuelo.
—Era músico. Conservo algunos
versos que cantaba mi abuelo:
"Si
tienes un buen amigo,
bríndale
todo tu aprecio,
pero no
le participes,
los
secretos de tu pecho".
Y otros del patrimonio de
Santiago:
"Cuando
quiero quiero mucho
si me
olvidan no me quejo
cuando me
quieren dejar
antes que
me dejen dejo".
Coplas de la amistad y del amor,
rotundas, reflejos de principios de vida y de conductas a seguir. Ese dejo
milenario que se percibe en Santiago.
"Mi abuelo tocaba
chacareras, vidalas, gatos, escondidos. Tenía guitarra, acordeón y violín.
Hacia los 10 años me incliné por el violín. Como no tenía posibilidades para
comprarme uno, lo hice a cuchillo nomás."
—Don Sixto ¿hablaba en quichua y
en castellano en ese entonces?
—Hasta los 9 años, sólo quichua.
Recién a esa edad comencé a aprender castellano. En las escuelas no permitían
conversar en quichua; en realidad, era despreciado.
—Pero usted lo siguió hablando...
—Era el idioma de nuestros
mayores: yo quería que se hablara. A medida que fui creciendo y cono- ciendo,
empecé a componer chacareras, vidalas y gatos en quichua.
—Hace pocos minutos lo escuché
saludando a una persona en quichua.
¿Qué dijo?
—"Amasua, Ama Lulla, Ama
Ckella". Es un saludo que significa "Ni ladrón, ni mentiroso, ni
haragán". Los quechuas santiagueños se saludaban así.
—Sabemos que su preocupación ha
sido recuperar el quichua en todas sus posibilidades como idioma vigente.
—Así es. Viviendo en el campo, mi
deseo permanente era mantenerlo y, además, tener un programa radial dedicado
exclusivamente a esa lengua. Domingo Bravo fue uno de los investigadores que
más aportó en ese sentido.
—¿Hasta cuándo vivió en el campo
de Santiago?
—Hace recién 17 años que vivo en
la ciudad, fundamentalmente porque mis hijos querían estudiar y lo hicieron.
—Don Sixto ¿cuál es su medio de
vida?
—Soy peluquero, ese es mi trabajo
fuera de mi actividad musical y de mi tarea en la institución "Alero
quichua", de la que soy uno de los fundadores. El "Alero
quichua" está dedicado a impulsar, rescatar y difundir en todos los ámbitos
los recursos, la riqueza y la vigencia del quichua. Sus integrantes estudian y
colaboran con diversas entidades, hogares, escuelas, etc.
—¿Suele salir contratado como
intérprete?
—Sí, actúo. Este año estuve en
Cosquín en la noche dedicada a Santiago del Estero.
En pocos minutos llamaron a don
Sixto al escenario. Allí lo esperaba el canto El suyo, el de "Llajta y
Manta Llojserami", que dice del abandono de la querencia.
Sin embargo, para Sixto
Palavecino fue solo por un día. Santiago lo reclamaba.
Fuente: Revista Folklore

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