miércoles, 7 de octubre de 2026

Sixto Palavecino: Quichuista Hasta La Medula

 



Lo encontramos en esos informales camarines de un club, cuando ensayaba con sus acompañantes en medio de pequeños grupos de cantores.

Algunos entonaban una zamba salteña.

Otros desparramaban la alegría de una chacarera picaresca.

Los más, se acercaban, invadían ese universo de sencillez y sabiduría que había creado don Sixto Palavecino. Violín y guitarras sonaban entre los muros de la mediatridá.

No queríamos apartarlo de lo suyo. Sin embargo, a don Sixto le fue fácil convenir una charla: todo lugar sirve si se tiene algo que decir.

"Nací en Barrancas, departamento de Salavina, hace 62 años", prevee con astucia antes de que le insinuáramos la pregunta.

Después, claro, precisamos saber su andar de chico, en el campo santiagueño.

¿Qué hacía? Todas las tareas del campo: cuidar cabras y ovejas, sembrar.

Aun recuerda deslumbrado la figura de su abuelo.

—Era músico. Conservo algunos versos que cantaba mi abuelo:

"Si tienes un buen amigo,
bríndale todo tu aprecio,
pero no le participes,
los secretos de tu pecho".

Y otros del patrimonio de Santiago:

"Cuando quiero quiero mucho
si me olvidan no me quejo
cuando me quieren dejar
antes que me dejen dejo".

Coplas de la amistad y del amor, rotundas, reflejos de principios de vida y de conductas a seguir. Ese dejo milenario que se percibe en Santiago.

"Mi abuelo tocaba chacareras, vidalas, gatos, escondidos. Tenía guitarra, acordeón y violín. Hacia los 10 años me incliné por el violín. Como no tenía posibilidades para comprarme uno, lo hice a cuchillo nomás."

—Don Sixto ¿hablaba en quichua y en castellano en ese entonces?

—Hasta los 9 años, sólo quichua. Recién a esa edad comencé a aprender castellano. En las escuelas no permitían conversar en quichua; en realidad, era despreciado.

—Pero usted lo siguió hablando...

—Era el idioma de nuestros mayores: yo quería que se hablara. A medida que fui creciendo y cono- ciendo, empecé a componer chacareras, vidalas y gatos en quichua.

—Hace pocos minutos lo escuché saludando a una persona en quichua.

¿Qué dijo?

—"Amasua, Ama Lulla, Ama Ckella". Es un saludo que significa "Ni ladrón, ni mentiroso, ni haragán". Los quechuas santiagueños se saludaban así.

—Sabemos que su preocupación ha sido recuperar el quichua en todas sus posibilidades como idioma vigente.

—Así es. Viviendo en el campo, mi deseo permanente era mantenerlo y, además, tener un programa radial dedicado exclusivamente a esa lengua. Domingo Bravo fue uno de los investigadores que más aportó en ese sentido.

—¿Hasta cuándo vivió en el campo de Santiago?

—Hace recién 17 años que vivo en la ciudad, fundamentalmente porque mis hijos querían estudiar y lo hicieron.

—Don Sixto ¿cuál es su medio de vida?

—Soy peluquero, ese es mi trabajo fuera de mi actividad musical y de mi tarea en la institución "Alero quichua", de la que soy uno de los fundadores. El "Alero quichua" está dedicado a impulsar, rescatar y difundir en todos los ámbitos los recursos, la riqueza y la vigencia del quichua. Sus integrantes estudian y colaboran con diversas entidades, hogares, escuelas, etc.

—¿Suele salir contratado como intérprete?

—Sí, actúo. Este año estuve en Cosquín en la noche dedicada a Santiago del Estero.

En pocos minutos llamaron a don Sixto al escenario. Allí lo esperaba el canto El suyo, el de "Llajta y Manta Llojserami", que dice del abandono de la querencia.

Sin embargo, para Sixto Palavecino fue solo por un día. Santiago lo reclamaba.

Fuente: Revista Folklore

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