En Tala Pozo, cuando la luna
estaba alta, había cosas que nadie necesitaba explicar. Bastaba con que la
noche quedara demasiado silenciosa y que, desde algún lugar del barrio,
comenzara a escucharse un tintinear de cadenas. Tin... tin... tin... Entonces las
puertas se cerraban, las luces se apagaban y cada uno se quedaba adentro de su
casa. ¿Por qué? Porque todos sabían que algo andaba dando vueltas.
Aquella noche, sin embargo, Manu
todavía estaba despierto. El changuito se había quedado navegando con el
celular mientras en la casa todos dormían. La luz de la pantalla le iluminaba
apenas la cara y, afuera, Tala Pozo parecía tranquilo. Hasta que escuchó un
ruido. Tin... tin... tin... Manu levantó la cabeza. Al principio pensó que
había escuchado mal. Bajó el volumen del celular y se quedó quieto, tratando de
escuchar. Y ahí volvió. Tin... tin... tin... Esta vez estaba más cerca.
El changuito dejó el teléfono
sobre la cama y se quedó sentado. Desde la calle llegaba aquel sonido extraño,
acompañado por un silencio que parecía hacerse cada vez más grande. Los perros
fueron los primeros en darse cuenta. Uno se escondió debajo de un carro. Otro
se quedó junto a la escalera, mirando hacia la oscuridad. Después comenzaron a
inquietarse los caballos. Golpeaban el suelo dentro de los corrales y
levantaban las orejas, como si estuvieran escuchando algo que los demás todavía
no podían ver. Manu también escuchaba.
Entonces llegó el resoplido. Fue
profundo, áspero, casi humano. El changuito quedó duro. Se acercó despacio a la
ventana y miró hacia afuera. No se animó a abrirla. La calle estaba iluminada
por la luna y las sombras de los árboles se movían apenas con el viento. No se
veía nada. Pero algo estaba ahí.
De pronto volvió a escucharse el
ruido. Tin... tin... tin... Ahora las cadenas parecían arrastrarse sobre la
tierra. Después se escuchó un golpe seco. Y enseguida, algo parecido al sonido
de unos cascos golpeando el suelo. Manu retrocedió. Quiso convencerse de que no
era nada. Pero entonces escuchó aquel relincho largo y feroz que parecía salir
desde el fondo mismo de la noche.
El changuito se asustó
tremendamente. Se metió debajo de las sábanas y apretó el celular entre las
manos. Afuera, las cadenas volvieron a sonar. Tin... tin... tin... Mientras
tanto, algo avanzaba por el barrio. Era grande. Se movía de una manera extraña.
No parecía un animal conocido y tampoco caminaba como una persona.
Durante unos segundos todo volvió
a quedar en silencio. Y ese silencio era peor. Hasta que, bajo la luz de la
luna, apareció una silueta. Primero se distinguieron las ancas. Después, una
figura oscura cruzó por un espacio iluminado. Tenía manchas claras y oscuras
sobre el cuerpo y avanzaba con una fuerza extraña, como si llevara algo pesado
detrás. Las cadenas volvieron a tintinear. La criatura se detuvo. Levantó la
cabeza. Y de la oscuridad salió otro relincho largo y feroz. Después, nada.
Los vecinos de Tala Pozo conocían
esas historias desde hacía mucho tiempo. Sabían que algunas noches, cuando la
luna estaba alta y las calles quedaban vacías, algo recorría los alrededores
del barrio. Algunos hablaban de una condena. Otros decían que era un alma que
no encontraba descanso. También estaban los que aseguraban haber visto unas
ancas overas y una marca terrible en el vientre. ¿Pero qué era realmente? Nadie
se ponía de acuerdo. Hasta que alguien pronunció su nombre. Almamula.
Y con ese nombre alcanzaba.
Decían que era una criatura feroz, sin orejas, que recorría los caminos
arrastrando cadenas. Pero había algo más. Algo que hacía que hasta los más
corajudos pensaran dos veces antes de acercarse. Cuando alguien intentaba atraparla,
la Almamula podía largar un fuego tan fuerte que quemaba las sogas y el cuero.
¿Quién iba a querer acercarse después de saber eso? Durante mucho tiempo nadie
quiso probar suerte.
Hasta que un viejo corajudo
decidió esperarla. Se escondió detrás de unos matorrales, cerca de uno de los
caminos del barrio. Los vecinos sabían lo que estaba haciendo. También sabían
que podía pasarle cualquier cosa. Pero el hombre esperaba. Pasó el tiempo. La
noche siguió avanzando. Y cerca de la medianoche volvió a escucharse. Tin...
tin... tin... Esta vez el sonido venía directamente hacia él.
El viejo salió de su escondite y
se lanzó sobre la criatura. Pero la Almamula soltó un relincho que pareció
sacudir toda la noche y escapó hacia la oscuridad. El hombre volvió mucho
después. Venía cubierto de polvo y con el orgullo bastante lastimado. Había
salido decidido a enfrentarla. Había regresado sin conseguirlo. Desde aquella
noche, nadie volvió a tomar a la criatura a la ligera.
Pero otro viejo creyó tener la
solución. Era conocido por saber cosas que los demás preferían no preguntar.
Algunos decían que había aprendido secretos de los antiguos. Otros, que era
brujo. Preparó un cabestro, le puso un cencerro y esperó. Esta vez, pensaba, no
habría escapatoria.
La noche estaba cerrada cuando
apareció la Almamula. El viejo dejó que se acercara. Esperó un poco más. Y
cuando la tuvo cerca, lanzó el lazo. Por un instante, el cabestro se tensó. La
criatura estaba atrapada. El hombre había conseguido lo que otros no habían
podido. Pero la alegría duró poco.
La Almamula abrió la boca y de
ella salió un fuego tan intenso que los árboles quedaron iluminados como si
hubiera amanecido de golpe. Las sogas comenzaron a arder. El cuero se retorció
entre las manos del viejo. El cencerro cayó al suelo. Y aquello que parecía una
captura segura se convirtió, en cuestión de segundos, en un verdadero peligro.
El hombre soltó el cabestro y
salió corriendo. Esta vez no hubo coraje ni desafío. Había que escapar. Cuando
llegó a su casa estaba pálido y temblando. Su comadre lo vio en semejante
estado y no quiso preguntarle demasiado. Le preparó un té caliente de palancho
y se quedó a su lado hasta que recuperó el aliento. El hombre había salido
convencido de que podía atrapar a la Almamula. Volvió sabiendo que no.
Después de aquella noche nadie
volvió a intentarlo. Y quizás ahí estuvo la verdadera enseñanza. La Almamula no
necesitaba que nadie creyera en ella. Bastó con que dos hombres intentaran
enfrentarla para que el barrio volviera a recordar por qué, durante tanto
tiempo, las puertas se cerraban cuando comenzaba a escucharse aquel sonido.
Tin... tin... tin...
Y Manu tampoco olvidó aquella
noche. Cuando finalmente se animó a sacar la cabeza de debajo de las sábanas,
Tala Pozo había vuelto a quedar en silencio. El celular seguía encendido sobre
la cama, pero ya no tenía ganas de seguir navegando. Se quedó quieto,
escuchando, esperando.
Desde entonces, dicen que cuando
la luna ilumina las calles de Tala Pozo y el barrio queda en silencio, todavía
puede escucharse un lejano tintinear de cadenas. Tin... tin... tin... Algunos
aseguran que es ella. Que todavía anda por ahí. Y cuando ese sonido aparece en
medio de la noche, hasta los más valientes prefieren cerrar las puertas y
esperar que la criatura siga de largo.
Porque hay historias que
sobreviven al paso del tiempo. Algunas quedan guardadas en los recuerdos de los
mayores. Otras vuelven en una canción, en una copla, en la voz de un cantor. Y
de vez en cuando, como para que nadie las olvide, la noche parece devolverlas.
Quizás por eso Manu, cuando escucha un ruido parecido en la oscuridad, ya no
necesita que nadie le explique de qué se trata.
En Tala Pozo, la respuesta sigue
siendo la misma: cerrar la puerta, apagar la luz y esperar en silencio.
Historia inspirada en
"Chacarera del Alma Mula".






