lunes, 28 de septiembre de 2026

La noche en que atraparon a la Almamula

 



En Tala Pozo, cuando la luna estaba alta, había cosas que nadie necesitaba explicar. Bastaba con que la noche quedara demasiado silenciosa y que, desde algún lugar del barrio, comenzara a escucharse un tintinear de cadenas. Tin... tin... tin... Entonces las puertas se cerraban, las luces se apagaban y cada uno se quedaba adentro de su casa. ¿Por qué? Porque todos sabían que algo andaba dando vueltas.

Aquella noche, sin embargo, Manu todavía estaba despierto. El changuito se había quedado navegando con el celular mientras en la casa todos dormían. La luz de la pantalla le iluminaba apenas la cara y, afuera, Tala Pozo parecía tranquilo. Hasta que escuchó un ruido. Tin... tin... tin... Manu levantó la cabeza. Al principio pensó que había escuchado mal. Bajó el volumen del celular y se quedó quieto, tratando de escuchar. Y ahí volvió. Tin... tin... tin... Esta vez estaba más cerca.

El changuito dejó el teléfono sobre la cama y se quedó sentado. Desde la calle llegaba aquel sonido extraño, acompañado por un silencio que parecía hacerse cada vez más grande. Los perros fueron los primeros en darse cuenta. Uno se escondió debajo de un carro. Otro se quedó junto a la escalera, mirando hacia la oscuridad. Después comenzaron a inquietarse los caballos. Golpeaban el suelo dentro de los corrales y levantaban las orejas, como si estuvieran escuchando algo que los demás todavía no podían ver. Manu también escuchaba.

Entonces llegó el resoplido. Fue profundo, áspero, casi humano. El changuito quedó duro. Se acercó despacio a la ventana y miró hacia afuera. No se animó a abrirla. La calle estaba iluminada por la luna y las sombras de los árboles se movían apenas con el viento. No se veía nada. Pero algo estaba ahí.

De pronto volvió a escucharse el ruido. Tin... tin... tin... Ahora las cadenas parecían arrastrarse sobre la tierra. Después se escuchó un golpe seco. Y enseguida, algo parecido al sonido de unos cascos golpeando el suelo. Manu retrocedió. Quiso convencerse de que no era nada. Pero entonces escuchó aquel relincho largo y feroz que parecía salir desde el fondo mismo de la noche.

El changuito se asustó tremendamente. Se metió debajo de las sábanas y apretó el celular entre las manos. Afuera, las cadenas volvieron a sonar. Tin... tin... tin... Mientras tanto, algo avanzaba por el barrio. Era grande. Se movía de una manera extraña. No parecía un animal conocido y tampoco caminaba como una persona.

Durante unos segundos todo volvió a quedar en silencio. Y ese silencio era peor. Hasta que, bajo la luz de la luna, apareció una silueta. Primero se distinguieron las ancas. Después, una figura oscura cruzó por un espacio iluminado. Tenía manchas claras y oscuras sobre el cuerpo y avanzaba con una fuerza extraña, como si llevara algo pesado detrás. Las cadenas volvieron a tintinear. La criatura se detuvo. Levantó la cabeza. Y de la oscuridad salió otro relincho largo y feroz. Después, nada.

Los vecinos de Tala Pozo conocían esas historias desde hacía mucho tiempo. Sabían que algunas noches, cuando la luna estaba alta y las calles quedaban vacías, algo recorría los alrededores del barrio. Algunos hablaban de una condena. Otros decían que era un alma que no encontraba descanso. También estaban los que aseguraban haber visto unas ancas overas y una marca terrible en el vientre. ¿Pero qué era realmente? Nadie se ponía de acuerdo. Hasta que alguien pronunció su nombre. Almamula.

Y con ese nombre alcanzaba. Decían que era una criatura feroz, sin orejas, que recorría los caminos arrastrando cadenas. Pero había algo más. Algo que hacía que hasta los más corajudos pensaran dos veces antes de acercarse. Cuando alguien intentaba atraparla, la Almamula podía largar un fuego tan fuerte que quemaba las sogas y el cuero. ¿Quién iba a querer acercarse después de saber eso? Durante mucho tiempo nadie quiso probar suerte.

Hasta que un viejo corajudo decidió esperarla. Se escondió detrás de unos matorrales, cerca de uno de los caminos del barrio. Los vecinos sabían lo que estaba haciendo. También sabían que podía pasarle cualquier cosa. Pero el hombre esperaba. Pasó el tiempo. La noche siguió avanzando. Y cerca de la medianoche volvió a escucharse. Tin... tin... tin... Esta vez el sonido venía directamente hacia él.

El viejo salió de su escondite y se lanzó sobre la criatura. Pero la Almamula soltó un relincho que pareció sacudir toda la noche y escapó hacia la oscuridad. El hombre volvió mucho después. Venía cubierto de polvo y con el orgullo bastante lastimado. Había salido decidido a enfrentarla. Había regresado sin conseguirlo. Desde aquella noche, nadie volvió a tomar a la criatura a la ligera.

Pero otro viejo creyó tener la solución. Era conocido por saber cosas que los demás preferían no preguntar. Algunos decían que había aprendido secretos de los antiguos. Otros, que era brujo. Preparó un cabestro, le puso un cencerro y esperó. Esta vez, pensaba, no habría escapatoria.

La noche estaba cerrada cuando apareció la Almamula. El viejo dejó que se acercara. Esperó un poco más. Y cuando la tuvo cerca, lanzó el lazo. Por un instante, el cabestro se tensó. La criatura estaba atrapada. El hombre había conseguido lo que otros no habían podido. Pero la alegría duró poco.

La Almamula abrió la boca y de ella salió un fuego tan intenso que los árboles quedaron iluminados como si hubiera amanecido de golpe. Las sogas comenzaron a arder. El cuero se retorció entre las manos del viejo. El cencerro cayó al suelo. Y aquello que parecía una captura segura se convirtió, en cuestión de segundos, en un verdadero peligro.

El hombre soltó el cabestro y salió corriendo. Esta vez no hubo coraje ni desafío. Había que escapar. Cuando llegó a su casa estaba pálido y temblando. Su comadre lo vio en semejante estado y no quiso preguntarle demasiado. Le preparó un té caliente de palancho y se quedó a su lado hasta que recuperó el aliento. El hombre había salido convencido de que podía atrapar a la Almamula. Volvió sabiendo que no.

Después de aquella noche nadie volvió a intentarlo. Y quizás ahí estuvo la verdadera enseñanza. La Almamula no necesitaba que nadie creyera en ella. Bastó con que dos hombres intentaran enfrentarla para que el barrio volviera a recordar por qué, durante tanto tiempo, las puertas se cerraban cuando comenzaba a escucharse aquel sonido. Tin... tin... tin...

Y Manu tampoco olvidó aquella noche. Cuando finalmente se animó a sacar la cabeza de debajo de las sábanas, Tala Pozo había vuelto a quedar en silencio. El celular seguía encendido sobre la cama, pero ya no tenía ganas de seguir navegando. Se quedó quieto, escuchando, esperando.

Desde entonces, dicen que cuando la luna ilumina las calles de Tala Pozo y el barrio queda en silencio, todavía puede escucharse un lejano tintinear de cadenas. Tin... tin... tin... Algunos aseguran que es ella. Que todavía anda por ahí. Y cuando ese sonido aparece en medio de la noche, hasta los más valientes prefieren cerrar las puertas y esperar que la criatura siga de largo.

Porque hay historias que sobreviven al paso del tiempo. Algunas quedan guardadas en los recuerdos de los mayores. Otras vuelven en una canción, en una copla, en la voz de un cantor. Y de vez en cuando, como para que nadie las olvide, la noche parece devolverlas. Quizás por eso Manu, cuando escucha un ruido parecido en la oscuridad, ya no necesita que nadie le explique de qué se trata.

En Tala Pozo, la respuesta sigue siendo la misma: cerrar la puerta, apagar la luz y esperar en silencio.

Historia inspirada en "Chacarera del Alma Mula".

 

 

 

 

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Así soy



Pablo era conocido en Atamisqui por una cosa sencilla: decía lo que pensaba. No siempre caía bien, claro, pero tampoco buscaba caerle bien a todo el mundo. Los viernes, cuando el día empezaba a aflojar y el frío se hacía sentir, solía juntarse con sus amigos alrededor del fuego. Alguna guitarra, unas copas y las historias de siempre alcanzaban para pasar la noche. Ahí, entre charla y charla, Pablo cantaba, escuchaba y también observaba. Porque con los años había aprendido a conocer a la gente. Sabía quién estaba cuando las cosas iban bien y quién aparecía solamente cuando había algo para sacar.

También tenía sus principios. A los mayores los respetaba, porque así se lo había enseñado su madre. Y había algo que no soportaba: escuchar a alguien hablar mal de una persona que no estaba presente para defenderse. Para Pablo, esas cosas decían mucho de quien las hacía. Quizás por eso algunos lo querían y otros preferían mantener cierta distancia. Él seguía siendo el mismo.

Pero había algo que por esos días le preocupaba más que cualquier comentario. No tenía trabajo. Hacía tiempo que mandaba currículums, preguntaba, dejaba solicitudes donde podía y esperaba una oportunidad. Necesitaba trabajar. Tenía cuentas, responsabilidades y una casa que mantener. No quería que nadie le regalara nada. Lo único que pedía era una posibilidad para ganarse la vida honestamente.

Hasta que una mañana recibió una llamada. Una empresa estaba interesada en contratarlo. El puesto era estable y el sueldo, bastante mejor de lo que esperaba. Pablo sintió que, después de tanto tiempo, finalmente una puerta podía abrirse. Fue a la entrevista con cierta esperanza. Al principio todo marchó bien. Hablaron de horarios, tareas y condiciones. Parecía el trabajo que estaba buscando.

Pero en un momento la conversación cambió. El hombre que lo entrevistaba le explicó que algunas cosas no eran tan sencillas como parecían. Había informes que debía firmar sin hacer demasiadas preguntas. También tendría que dejar pasar ciertas irregularidades. Nada grave, según le dijeron. Cosas que se hacían para que la empresa pudiera seguir funcionando. Y cuando Pablo mostró alguna duda, escuchó una frase que terminó de incomodarlo: "Acá todos lo hacen".

Pablo salió de aquella entrevista con la cabeza llena de preguntas. Necesitaba el trabajo. Eso era cierto. Necesitaba el sueldo y sabía que no todos los días aparecía una oportunidad así. Pero también sabía que, si aceptaba, iba a tener que hacer cosas que no estaban de acuerdo con su manera de pensar. ¿Hasta dónde puede uno ceder cuando la necesidad aprieta? ¿Cuánto vale un sueldo si para cobrarlo hay que dejar algo de uno mismo en el camino?

Esa noche volvió al fogón. Sus amigos hablaban, la guitarra pasaba de mano en mano y el fuego levantaba pequeñas chispas que se perdían en la oscuridad. Pablo estaba ahí, pero tenía la cabeza en otra parte. Pensó en su madre y en aquellas enseñanzas sencillas que había escuchado tantas veces cuando era changuito. Respetar a los demás. No aprovecharse de nadie. Hacer las cosas bien aunque nadie estuviera mirando. Quizás eran palabras simples, de esas que uno escucha tantas veces que parece que se las lleva el viento. Pero esa noche volvieron con fuerza.

Al día siguiente regresó a la empresa. Escuchó nuevamente las condiciones y tuvo claro lo que debía hacer. Podía aceptar. Nadie lo obligaba a rechazar aquel sueldo. Nadie iba a enterarse de lo que firmara mientras cumpliera con lo que le pedían. Pero Pablo también sabía que, después, tendría que vivir con esa decisión.

Entonces dijo que no.

No fue una decisión fácil. Tampoco solucionó sus problemas. Cuando salió de aquella oficina seguía sin trabajo y las cuentas continuaban esperando. Pero caminó de regreso a su casa con una tranquilidad que hacía tiempo no sentía. Había elegido según lo que pensaba y según aquello que había aprendido desde chico.

Cuando llegó, su madre lo miró y enseguida entendió que algo había pasado. Pablo le contó lo ocurrido. Ella no necesitó darle un largo discurso. Simplemente lo escuchó. Quizás porque algunas decisiones no necesitan demasiadas palabras.

En un pueblo donde conseguir trabajo puede convertirse en una verdadera lucha, la dignidad también puede ponerse a prueba en lugares inesperados. A veces ocurre en una oficina, frente a un papel y una firma. Pablo sabía que todavía tendría que seguir buscando. Sabía que la necesidad no desaparecía por haber dicho que no. Pero también sabía algo más: no quería que la necesidad terminara decidiendo quién era.

Y quizás por eso, aquella noche, cuando volvió a sentarse junto al fogón y el monte quedó otra vez en silencio, pudo tomar una copa, escuchar a sus amigos y quedarse tranquilo. El trabajo todavía no había aparecido. Las cuentas seguían esperando. Pero había algo que Pablo todavía conservaba: su manera de ser.

Inspirado en el poema "Así soy", de Pablo R. Trullenque.

 

 

La Vieja que nunca fue olvidada

 


Dicen que en Salavina, allá en el sur de Santiago del Estero, cuando la tarde comienza a ponerse dorada y el monte va quedando en silencio, hay guitarras que todavía recuerdan cosas que los hombres fueron dejando atrás. Villa Salavina, cabecera del departamento que lleva su mismo nombre, es una de esas tierras donde la música, el paisaje y la memoria parecen andar juntos. Allí, entre los caminos de tierra y la quietud del monte, nadie sabía muy bien cuándo había nacido La Vieja.

Los más ancianos decían que era tan antigua como aquellas primeras reuniones alrededor del fuego. Otros contaban que había nacido de una guitarra, una noche cualquiera, cuando un bombo hizo temblar la tierra y un bandoneón contestó desde algún lugar de la oscuridad. Cuántas historias habrán nacido así, entre una guitarra, un mate y una conversación que se fue haciendo larga.

Durante muchos años, La Vieja anduvo de casa en casa. Pasó entre guitarras, mandolinas, bombos y bandoneones. Y cada músico que la tocaba, sin saberlo, le entregaba algo. Un recuerdo, una fiesta, una despedida, un amor, una voz querida. La Vieja los iba guardando todos. Los juntaba dentro de su música, como si cada nota tuviera la capacidad de guardar aquello que el tiempo, tarde o temprano, termina llevándose.

Pero el tiempo pasó. Y con el tiempo también llegó el olvido.

Fuera de Salavina comenzaron a escucharse otras canciones. Los jóvenes dejaron de preguntar por aquella vieja melodía, de andar extraño y carácter indomable. Ya casi nadie hablaba de ella. ¿Qué pasa con una música cuando nadie vuelve a preguntar por su historia? ¿Qué queda de una canción cuando ya nadie se acuerda de quién la tocó primero?

La Vieja comenzó a sentir que todo aquello que había guardado durante tantos años podía desaparecer junto con ella. Entonces tomó una decisión. Se marchó.

Una noche cruzó los caminos de tierra y llegó hasta un pueblo lejano. Allí encontró una guitarra apoyada junto a una ventana. Se quedó a su lado durante días, esperando. Pero nadie la tocaba. Nadie preguntaba por ella. Nadie parecía saber que aquella música llevaba adentro tantos recuerdos.

Hasta que un muchacho entró en la habitación.

Había escuchado hablar de una música antigua que podía despertar recuerdos dormidos. No sabía muy bien si aquello era cierto, pero tomó la guitarra y comenzó a tocar. Lo hizo despacio, casi con timidez, como quien tiene miedo de romper algo que lleva mucho tiempo guardado.

Y entonces pasó algo.

La primera nota trajo la imagen de una anciana que, por un instante, volvió a verse joven, bailando bajo un cielo lleno de estrellas. La segunda hizo aparecer el rostro de un padre que ya no estaba. La tercera devolvió la risa de un amigo que nadie recordaba desde hacía muchos años.

Y siguieron apareciendo recuerdos.

Cada sonido parecía abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. Una casa, una fiesta, una voz, unos pasos sobre la tierra. Todo estaba allí, escondido dentro de aquella música.

Fue entonces cuando La Vieja comprendió algo. Todo aquello que había guardado durante tantos años no estaba muerto. Solamente esperaba que alguien volviera a hacerlo sonar.

Con cada nota comenzó también a cambiar ella misma. Su cuerpo de melodía se fue llenando de rostros, de voces, de manos y de pasos. Las notas salían de la guitarra y parecían quedarse suspendidas en el aire como pequeñas luces. Y dentro de cada una había un pedacito de aquel pasado que se negaba a desaparecer.

Ya no era solamente una canción vieja.

Era la memoria de quienes la habían tocado. De quienes la habían bailado. De quienes, alguna vez, habían dejado algo de sí mismos dentro de ella.

La Vieja había encontrado finalmente su destino. No había nacido solamente para ser escuchada. Había nacido para guardar. Para conservar aquello que el tiempo intenta llevarse. Y también para devolverlo, cada vez que alguien tiene la voluntad de volver a tocar.

El muchacho siguió tocando hasta que llegó el amanecer. Cuando terminó, las pequeñas luces fueron regresando lentamente a la guitarra. Después todo quedó en silencio.

Y desde entonces, La Vieja volvió a Salavina.

Regresó por los mismos caminos de tierra, llevando consigo algo que había aprendido lejos de su tierra. Había comprendido que una canción puede pasar muchos años en silencio y aun así conservar intacta la memoria de un pueblo.

Por eso, cada vez que alguien la interpreta con verdadera emoción, algo antiguo vuelve a despertar entre quienes escuchan. Algunos recuerdan un rostro. Otros, una casa. Otros sienten algo difícil de explicar, como si de repente pertenecieran a un lugar que quizás nunca conocieron.

Cuánta memoria puede guardar una canción.

Porque una canción puede envejecer. Puede quedar en silencio. Incluso puede parecer olvidada. Pero mientras exista alguien dispuesto a volver a tocarla, aquello que guarda seguirá viviendo.

Y por eso dicen que en Salavina nadie puede olvidar del todo.

Allá, en ese rincón del sur santiagueño donde la música forma parte de la memoria de su gente, La Vieja sigue andando. Y cuando suena una guitarra, un bombo o un bandoneón, ella vuelve a recordar por todos.

Inspirado en la chacarera "La Vieja".

 


El secreto de San Esteban: la fiesta santiagueña que esconde un ritual pagano de 500 años

 


En un paraje de Santiago del Estero, cada diciembre, bajo un calor que raja la tierra, un pueblo entero sale a hacer algo que ya no entiende. Corren descalzos desde el monte, se golpean las piernas con ramas verdes, dejan un gajo en cada puerta y terminan sangrando frente a la imagen de un santo.

Todos dicen que festejan a San Esteban. Lo que están haciendo, sin saberlo, es despertar al espíritu del monte.

Un fósil viviente en medio del monte

En 1942, un investigador se metió en Sumamao para ver la fiesta por cuarta vez y la anotó con una precisión de entomólogo. Lo que vio no era una procesión más.

Era un fósil viviente. La única fiesta del norte argentino que, según él, conservaba intacta su coreografía completa. Un teatro sagrado donde conviven dos capas que no deberían tocarse.

Y hay un detalle que la vuelve todavía más rara: es una fiesta de la cosecha que sigue viva donde ya no se cosecha.

El obraje arrasó con los algarrobos, el clima cambió, la agricultura se volvió imposible. Ya nadie cree en un dios de la vegetación. Nadie le pide por los frutos. Le rezan a un santo católico de túnica y barba. Pero los cuerpos siguen repitiendo los mismos gestos de hace cuatro siglos.

Una fiesta de la vegetación que se olvidó de sí misma. Por eso, para el que la estudia, es único en América.

La fiesta antes de la fiesta

Si sacamos al santo ya los caballos por un rato, esto es lo que quedaba.

En el centro de la aldea se levantaba EL Árbol. Un árbol joven trajo del monte a propósito, o un gajo grande pelado hasta arriba, dejando solo un penacho de hojas en la punta para que se viera que estaba vivo. A veces eran dos gajos arqueados y unidos arriba. En lo más alto le colgaban lo más valioso que tenían: frutos y pancitos de harina con forma de animales o de niños. Ese era el dios.

De madrugada — hoy lo hacen al mediodía por el calor, pero los viejos contaban que antes era antes del alba — un grupo de hombres, los "indios", salía corriendo hacia el bosque. Volvían a la carrera, descalzos, con el torso desnudo, mordiendo una ramita de albahaca y fustigándose con ramas frescas. No era castigo. Era limpieza.

Llegaban al caserío y se paraban en cada casa. Cantaban buenos augurios, dejaban el gajo verde en la puerta y la gente les daba algo a cambio. Después iban hasta donde estaba el Árbol, daban vueltas alrededor, bailaban, pasaban por debajo del arco. Uno o varios se trepaban y bajaban los frutos y los pancitos colgados para repartirlos entre todos en una comida común.

Al final venía lo más duro. El sacrificio. Hoy solo queda un gesto mínimo y brutal: frente al altar del santo, el indio se hace una sajada chiquita en la pantorrilla y deja correr un poco de sangre. Ahí mismo donde antes estaba el dios del monte. La ofrenda final.

Si lo pensás, es el mismo esquema del solsticio de verano que vas a encontrar en Grecia o en cualquier cultura agrícola del planeta. El rito para agradecer que la tierra dio.

Cómo los misioneros reescribieron todo sin prohibir nada

Cuando llegaron los españoles y los jesuitas, no vieron solo barbarie. Vieron una oportunidad.

Árbol sagrado, pan compartido, sangre derramada. Era demasiado parecido a la Eucaristía, a la idea de la transubstanciación. No hacía falta destruirlo. Alcanzaba con darlo vuelta.

El propio informe de 1942 cita el truco en un verso del Cid, que es la fórmula perfecta del conquistador:

Los moros e las moras vender non los podremos, que los descabecemos nada non ganaremos; cojámoslos de dentro, ca el señorío tenemos; posaremos en sus casas y dellos nos serviremos.

Traducido a santiagueño: ¿para qué quemar la casa del otro si me puedo mudar adentro y hacer que trabaje para mí?

Y así montaron la nueva fiesta.

Le corrieron el eje. El lugar sagrado ya no fue el Árbol. Lo llevaron unas varas más allá, al rancho donde pusieron el altarcito de San Esteban. El Árbol dejó de ser el centro y se volvió adorno. Multiplicaron los arcos hasta formar una avenida. Una escenografía hermosa. La jugada fue fina: mostrarle muchos árboles al indio para que se olvide de El Árbol.

Metieron el caballo. Y con el caballo entró la jerarquía. Al lado del indio descalzo y semidesnudo apareció el jinete, bien vestido, alto, a caballo. La diferencia de poder se hizo visible. La fiesta ya no era de todos por igual. El indio corre, el jinete lo azuza a los gritos. A veces, cuentan los viejos, a latigazos.

Por eso la gente le sigue diciendo "correr al indio". No es que el indio corre por devoción. Es que lo corren. En muchas fiestas del mundo hay un rito de expulsión del espíritu viejo de la vegetación. Acá los misioneros lo transformaron en otra cosa: la persecución de la barbarie pagana que huye hacia la redención cristiana.

Le invirtieron el sentido a la visita. Antes, el indio traía la fertilidad del monte a la casa. Ahora va de casa en casa a pedir gracia. En cada rancho hay un pesebre armado con el Niño Jesús. El indio ya no bendice. Adora. De portador de la abundancia pasó a ser el que pide perdón.

El teatro del poder

El autor del estudio del 42 deja una idea picando: acá está, en potencia, el acta de nacimiento de la tragedia americana.

¿Por qué? Mirá los personajes. No hay héroes con nombre. No hay próceres. Hay categorías sociales que actúan.

Los "alféreces", que son la autoridad política y tienen la presidencia absoluta de todo. Los "promesantes", que son la fe. Los "indios", que son la marca étnica. Los "celebrantes", que son el pueblo raso.

Es teatro medieval puro. Método ignaciano, jesuita, donde importa la masa y no el individuo. Y el que manda no es el cura. Es el poder civil. Es el patronato regio en acción: la corona por encima de la Iglesia, actuado en vivo, sin discurso.

Pasamos de un rito mágico para que brote el algarrobo a un auto sacramental barroco a caballo. Una clase de catecismo, una demostración de quién manda y una obra de teatro, todo al mismo tiempo.

Mientras todas las fiestas parecidas de Santiago y del norte se fueron perdiendo, esta quedó. Intacta. Como una cápsula.

La Fiesta de San Esteban no es solo una fiesta patronal curiosa. Es el manual de cómo se inventó América. Agarrás algo muy viejo, muy pegado a la tierra, le ponés arriba un santo, le sumás caballos y lo hacés desfilar por una avenida de arcos hasta que la historia original casi no se ve.

Casi.

Porque si te quedás a mirar un rato largo, cuando el indio deja el gajito verde en la puerta y cuando se hace la sajada en la pierna justo frente al santo, el monte sigue ahí, latiendo debajo.

Bibliografía consultada: burla, credo, culpa en la creación anónima – Bernardo Canal Feijoo

 

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

Los pueblos indígenas no hablamos dialectos, ni lenguas. Hablamos idiomas

 


 

La semana pasada, el diario El Comercio del Perú, publicó una nota informativa bajo el título: “El quechua muere de vergüenza en el Perú”, en la que, citando a la Agencia EFE, indica que las y los quechuas del país estaríamos abandonando nuestra lengua por vergüenza. Además, dicho matutino señala que la lengua quechua, históricamente promovida por la Iglesia Católica para la evangelización, comenzó a ser prohibida en el Perú a raíz de la rebelión de Túpac Amaru (siglo XVIII).

La colonialidad interna en los estados latinoamericanos se sustenta en la colonialidad cultural que las élites culturales oficiales imponen sobre el resto de las culturas subalternas. La cultura oficial, para justificar su violencia institucionalizada, y garantizar la permanencia de su “superioridad”, afianza el sentimiento de culpabilidad en sus víctimas, fustigando todo acto de rebeldía por parte de los subalternos. Por eso, el Perú criollo dice: “la lengua quechua se pierde porque los campesinos se avergüenzan de hablarlo, ya raíz de la rebelión de Túpac Amaru”. Es decir, ¡por culpa de la rebelión indígena y la vergüenza de los quechuas se pierde el patrimonio cultural peruano!

Las élites oficiales generalmente utilizan terminologías despectivas, no pocas veces prejuiciosas, para referirse y deslegitimar a las culturas no oficiales. Por eso, para aludir a los idiomas nativos utilizan el término de lengua y/o dialecto, pero lo que ellos hablan y enseñan lo categorizan como idioma. Nos llamamos campesinos a los indígenas con la finalidad de anular discursivamente nuestra condición de sujetos de derechos especiales a nivel internacional. Saben que a los campesinos no les asisten mayores derechos.

El lingüista lituano Max Weinreich (siglo XX), definió que la lengua “es un dialecto con un ejército y un navío detrás”. Del mismo modo, en la actualidad, el idioma es una lengua con un ejército y una marina detrás. Es decir, la progresiva jerarquización conceptual de dialecto, lengua, idioma, que supuestamente correspondía a los diferentes niveles de “desarrollo” civilizatario de los pueblos no tiene ningún sustento científico. Fue y es sólo producto de las circunstancias político militares del momento. Según la lingüística, la semiótica o la antropología, todos los pueblos hablamos idiomas, y ninguno es superior o inferior a otro.

Fueron los “vencedores” quienes, sobre los escombros de los pueblos, establecieron que su medio de comunicación se denomine idioma, y el medio de los “derrotados”, lengua o dialecto. Aquellos se imponen como la cultura, modelo oficial, a seguir. Los “derrotados”, idealizan, sueñan con ser parte de los “vencedores”. Por eso, el “vencedor” (ni quienes quieren sentirse parte de ellos) no aprende, ni promueve la “lengua” de los “derrotados”. Pero, regularmente los aymaras hablan quechua y castellano, los quechuas hablamos castellano y otros idiomas. Pero, generalmente los mestizos y/o criollos no hablan idiomas nativos, pero sí se esfuerzan por el inglés, francés, alemán, etc., idiomas de supuestas civilizaciones “desarrolladas”.

Si deseamos realizar una sociometría de la estratificación sociopolítica de la realidad de un país colonizado, o de su condición de colonialidad, suficiente observar la estratificación idiomática en la cotidianidad. Unos pocos esforzándose en los idiomas de los ejércitos dominantes (despreciando los idiomas nativos), y otros muchos, producto del racismo institucionalizado, intentado esconder su milenaria riqueza idiomática. Es más, como bien sostiene el semiólogo suizo Ferdinand de Saussure (siglo XIX), las estructuras idiomáticas son la expresión de las estructuras culturales de los pueblos.

En el mundo coexisten cerca de 5 mil idiomas nativos hablados por otro tanto de pueblos. En el Perú, cerca de 50 idiomas. En Guatemala, 22 idiomas mayas. En Bolivia, más de 30 idiomas nativos. Todos son idiomas. Tan válidos como los de origen europeo, asiático o de cualquier otra procedencia. Si alguien, en el siglo XXI, se quiere atribuir la categoría de superioridad idiomática-cultural padece una gangrena terminal de la enfermedad del racismo, y un crónico complejo de inferioridad. A los pueblos indígenas nos vencieron, pero jamás nos derrotaron. Muestra de ello es la actualidad de nuestra riqueza idiomática milenaria.

Fuente: elciudadano.cl

Hugo Ocaranza: Adiós al amigo

El 30 de mayo de 1998, en horas de la madrugada, falleció a la edad de 54 años este personaje bohemio y singular que pobló radios y escenarios con su palabra inspirada e ingeniosa. Se silencia su voz, pero queda en el recuerdo de sus amigos y del público de peñas y festivales su imagen de ser humano recubierto con una coraza impenetrable, inmune a los avatares de la vida, pero con una ocurrencia a flor de labios y animando las reuniones donde invariablemente era el centro de la atención. Se fue Hugo y nos dejó un vacío que vanamente queremos llenar con la evocación de sus bromas y frases que se han convertido en citas legendarias.



ESCRIBE: OSCAR "CACHÍN" DÍAZ (ESPECIAL)

Difícilmente, pueda aparecer alguien que atestigüe haber visto de mal humor a Hugo Ocaranza. Es seguro que no existe ese alguien, en razón de que el querido locutor y presentador de números folklóricos era toda ocurrencia e ingenio. Un ejemplo, entre tantos, por ser reciente. Estaba presidiendo una tertulia en el bar HP Belgrano entre Urquiza y 9 de Julio, cuando me acerqué a saludarlo. Le puse la mano en el hombro y Ocaranza reaccionó bramando, preanunciando una de sus salidas con las que buscaba dejarme mal parado públicamente. Y lo logró, cuando dijo: "Salí, 'Negro', no me toques, que me desafinas...”, porque de fondo se escuchó una larga risotada de sus amigos contertulios, todos músicos, cantores o promotores de espectáculos, con los que contaba largas jornadas de cigarrillos y cafés.

El dictamen de los médicos dijo que se murió en el Hospital Regional por haber sufrido dos infartos en la cara anterior de su corazón. Tenía 54 años. Había enviudado hace dos años, cuando "Pelusa" murió allá lejos, en La Pampa, rodeada de los cinco varones adolescentes hijos del matrimonio. Pero Hugo se nos fue de pena. Sus amigos, a los que siempre nos cautivó con ese sesgo ocurrirte e ingenioso, ni se nos ocurrió jamás escudriñar adentro de los amigos que quisimos tanto. Por eso, cuando estuvo internado una semana en terapia intensiva del viejo hospital, recién nos avisamos, por ejemplo, que ni obra social tenía. Ni él ni su familia.

Hoy quedan estas líneas para el buen recuerdo. Con la nostalgia del personaje bohemio y el mejor presentador de números folklóricos que pasó en los últimos tiempos por Santiago, Buenos Aires, La Pampa; por radio, televisión y festivales. La gente de Santiago, que es lo que interesa, lo lleva también adentro de su corazón así, con la pinta siempre impecable y ese don innato de presentador sin igual, al que aplaudía fervorosamente como a un artista más.

(Foto: Gentileza Diario El Liberal)

Fuente: Santiago, Guitarra y Copla  

jueves, 24 de septiembre de 2026

El regreso del poeta: cuando La Banda despidió a Julio Argentino Jerez a puro bombo y guitarra

 


Hay viajes que jamás se hacen por placer. Se hacen por mandato, por lealtad, por una última promesa que quema en el pecho. ¿Y los regresos? Hay regresos que no traen alegría alguna, pero sí esa grieta profunda donde se cruzan el orgullo, la pérdida y la nostalgia... esa herida abierta que solo el folclore es capaz de transformar en mito.

A las tres de la tarde de un día implacable, un edema agudo de pulmón le apágó la vida a Julio Argentino Jerez . La partida del gran poeta y compositor bandeño fue repentina, pero su deseo final era un mandato sagrado, casi un susurro desesperado a sus seres queridos: volver a descansar en su tierra . Sus amigos sintieron la urgencia inmediata. No había tiempo para vacilar. Apenas les llegó la trágica noticia, movieron cielo y tierra para que el ausente no quedara lejos de casa.

Tras 18 infinitas horas de viaje, deteniéndose en cada estación como si el paisaje entero le rindiera tributo, el tren Estrella del Norte frenó su marcha a las 9:20 de la mañana del sábado 23 de septiembre. A bordo venía el féretro, custodiado por su cuñado “el Duro” García —quien viajó con el alma en vilo a buscarlo— y por el Dr. José Antonio Faro en representación de SADAIC. El hijo predilecto estaba de vuelta, aunque ya no podía escuchar el alboroto de su gente.

Un recibo ahogado en flores y memoria.

¿Cómo se contiene el dolor de toda una ciudad? La estación de La Banda ya no era una plataforma de trenes; era un mar de gente contenido por la angustia. La noticia había corrido como reguerazo de pólvora y nadie —absolutamente nadie— quiso quedarse afuera de este abrazo de bienvenida y despedida.

Desde allí, el cortejo avanzó lentamente hacia la casa materna en Sarmiento 494 . Quienes pisaron esa vereda jamás olvidarán la escena: el féretro llegó literalmente tapado de flores, sepultado bajo el afecto físico e indestructible de un pueblo que se negaba a dejarlo ir.

El cuerpo permaneció en la casa hasta las cuatro de la tarde. El calor pegaba con fuerza, una siesta abrasadora que quemaba la piel, pero ese sol sofocante no logró dispersarse a la multitud. Nadie se movió. Era el preludio de una de las manifestaciones populares más desgarradoras y conmovedoras de las que se tenga memoria en la región.

Dieciocho cuadras de agonía, dieciocho chacareras de gloria

El pueblo se rebeló contra el silencio fúnebre. Un gigante del cancionero no podía irse a la tumba en penumbras ni con marchas acartonadas. La gente cargó el ataúd a pulso, sintiendo el peso muerto de su ídolo sobre los hombros, y emprendió una caminata de 18 cuadras hacia el cementerio local.

¿Una marcha fúnebre tradicional? En absoluto. Fue una auténtica elegía folclórica nacida de las entrañas de la tierra.

Entre el retumbo visceral de los bombos y el rasgueo desesperado de las guitarras, la procesión se frenaba en cada esquina. ¿Para qué detenerse en medio del sofocante trayecto? Para cantar. En cada cruce de calles, los músicos del pueblo alzaban la voz y ejecutaban una chacarera en su honor. La misma música que Julio les había reglado para siempre era ahora el único refugio para sobrellevar el andar de las 18 cuadras.

El llanto que desbordó en la tumba y la gran deuda pendiente

Al cruzar los portones del cementerio, la tensión acumulada durante horas llegó a su punto de quietud. Al borde de la fosa abierta, sus colegas y vecinos le dedicaron un último responso de música vernácula. Fue el colapso. Ese nudo asfixiante que oprimía las gargantas se rompió de golpe; la angustia contenida estalló en un llanto colectivo e incontenible que deshizo a los presentes en lágrimas sinceras. La ausencia dolía en el cuerpo.

En medio de ese clima de pesar, se alzaron las palabras de despedida para intentar ponerle voz a la tragedia:

  • José Antonio Faro , por SADAIC y los folcloristas santiagueños exiliados por afecto en Buenos Aires.
  • José Fernando Arias , por la Municipalidad y la Comisión Honoraria.
  • Alejandro Bruhn Gauna , en nombre de la peña “Andrés Chazarreta” del Centro de Viajantes.
  • Hipólito Noriega , por la comisión provisoria del Instituto del Folclore.
  • Juan Simón , por sus amigos personales de la vida.
  • Nabor Barrionuevo , en representación de la peña “Benicio Díaz”.
  • Leandro Martínez , por sus entrañables hermanos de La Banda.

Fue Martínez quien, golpeado por la emoción pero con el deseo vivo de que su memoria no fuera devorada por el olvido, lanzó una propuesta que encendió a la multitud: fundar de inmediato la peña “Julio Argentino Jerez” .

Sin embargo, el tiempo pasó y la historia dejó al desnudo una realidad amarga: aquella promesa nunca se concretó en paredes y techo. Pero, ¿necesita acaso el espíritu de su música una estructura de ladrillos para mantenerse en pie? Su legado no quedó atrapado en el olvido, pero el desafío sigue abierto. El llamado continúa flotando en el aire, esperando que los folcloristas bandeños de hoy recojan la posta y le salden, de una vez por todas, la deuda de honor a quien lo dio todo por su tierra.

 

 

El secreto del monte santiagueño