En Atamisqui, Santiago del
Estero, todos conocían a Pablo. No porque fuera el más rico ni el más
importante, sino porque nunca había aprendido a esconder lo que pensaba. Si
algo le gustaba, lo decía; si algo le molestaba, también. Esa manera de ser a
veces le había traído problemas, pero prefería cargar con las consecuencias
antes que fingir una opinión que no sentía. Los viernes por la noche solía
reunirse con sus amigos alrededor del fogón. Cuando el calor del día empezaba a
aflojar y el monte quedaba en silencio, se juntaban a conversar. Allí Pablo
tomaba alguna copa y, cuando la charla se alargaba, terminaba cantando. Beber
solo le dejaba un sabor amargo; entre amigos, en cambio, hasta una copa
sencilla podía convertirse en un buen momento. Había aprendido que la vida
estaba llena de tropiezos y que algunos, aunque dolieran, enseñaban más que
cualquier consejo.
No todos sus amigos eran iguales.
Algunos habían desaparecido cuando las cosas se pusieron difíciles; otros
aparecían solamente cuando necesitaban algo. Pablo no los enfrentaba ni buscaba
enemigos, pero tampoco volvía a abrirles la puerta. Había cometido errores y
sabía que estaba lejos de ser un hombre perfecto. Justamente por eso había
aprendido a reconocer ciertas actitudes que no quería cerca de su vida.
Agradecía los favores, respetaba a los mayores por todo lo que habían vivido y
buscaba acercarse a las personas de las que podía aprender. En cambio, prefería
mantenerse lejos de quienes hablaban mal de los ausentes. Para Pablo, había
cosas que decían mucho de una persona, incluso cuando nadie las decía de
frente.
Por esos días estaba sin trabajo.
Había mandado solicitudes a varios lugares y preguntado a conocidos, pero las
respuestas no llegaban. Los días pasaban y las cuentas seguían acumulándose.
Cada vez le costaba más explicar en su casa que todavía estaba esperando una
oportunidad. Y mientras la vida seguía su ritmo en Atamisqui, con el calor
avanzando sobre las calles y las tardes que parecían estirarse sin apuro, para
Pablo cada día tenía el peso de una espera que no terminaba. Una jornada más
sin trabajo significaba otra jornada de incertidumbre.
No buscaba riquezas ni
privilegios. Quería algo mucho más sencillo: trabajar, cobrar por su esfuerzo y
poder vivir sin tener que pedir favores. No quería que nadie le regalara nada.
Quería ganarse la vida con su trabajo. ¿Qué podía pedir de más? Apenas una
oportunidad.
Una mañana lo llamaron de una
empresa de la zona. El puesto era bueno, estable y mejor pagado que los
trabajos que había tenido antes. Pablo sintió alivio. Después de semanas de
esperar una respuesta que no llegaba, por fin aparecía una posibilidad concreta.
Por primera vez en mucho tiempo imaginó que podía ponerse al día, ayudar en su
casa y dejar de contar las monedas antes de hacer una compra. Quizá aquella
llamada podía significar un cambio. El trabajo no era solamente un sueldo. Era
la posibilidad de volver a respirar un poco.
La entrevista comenzó bien. El
encargado habló del sueldo, los horarios y las tareas. Todo parecía estar en
orden. Pero después cerró la puerta y cambió el tono. Le explicó que había
ciertos números que debían presentarse de una manera conveniente. No era algo
que Pablo tuviera que hacer directamente, al menos no al principio. Bastaba con
que firmara algunos informes sin hacer preguntas y evitara comentar
determinadas irregularidades.
Pablo entendió enseguida y
preguntó si aquello era necesario. El hombre lo miró con una sonrisa cansada y
le dijo que todos lo hacían. También le recordó cuánto necesitaba el puesto.
Y ahí apareció el verdadero
problema.
Porque Pablo necesitaba ese
trabajo. No era una cuestión menor ni una oportunidad que pudiera rechazar sin
pensar. El sueldo podía resolver muchas de las dificultades que tenía encima.
Podía darle un poco de aire, ayudar en su casa y dejar atrás, aunque fuera por
un tiempo, la incertidumbre que venía soportando.
Pero aceptar también significaba
otra cosa.
Significaba firmar algunos
informes sin preguntar. Significaba callar frente a determinadas
irregularidades. Y quizá, con el tiempo, aprender a convivir con algo que desde
el principio sabía que no consideraba correcto.
¿Acaso aceptar significaba
necesariamente convertirse en una mala persona? ¿O simplemente estaba
intentando sobrevivir?
Esa pregunta lo acompañó durante
todo el camino de regreso a Atamisqui. Mientras avanzaba por las calles de
tierra, Pablo volvía una y otra vez sobre la misma situación. Necesitaba el
trabajo, y lo necesitaba de verdad. Pero cuanto más pensaba, menos podía
convencerse de que aquello era solamente un trabajo.
De un lado estaba el sueldo que
esperaba y todo lo que podía resolver. Del otro, algo que no podía pagar con
dinero: la tranquilidad de saber que no estaba haciendo aquello que consideraba
incorrecto.
¿Cuánto tiempo podría sostener
una mentira antes de dejar de verla como una mentira? ¿En qué momento aquello
que primero incomoda empieza a parecer normal?
Había cosas que podían tener
precio. Pablo lo sabía. Lo que no estaba dispuesto a decidir tan fácilmente era
cuánto podía valer su conciencia.
Esa noche volvió al fogón. El
monte estaba oscuro y el fuego iluminaba apenas los rostros de los que estaban
sentados alrededor. Pablo escuchó a sus amigos, tomó una copa y permaneció
largo rato en silencio. Entonces recordó a su madre y aquella forma sencilla
que tenía de enseñarle, sin grandes discursos, que el respeto no debía depender
del dinero ni del miedo.
Para Pablo, ella representaba
algo que no estaba dispuesto a negociar.
Podía equivocarse, podía tropezar
y podía reconocer que había tomado malas decisiones. Sabía que estaba lejos de
ser perfecto. Pero una cosa era cometer errores y otra muy distinta era aceptar
conscientemente algo que no consideraba correcto. No quería vivir de rodillas
ante nadie.
Al día siguiente volvió a la
empresa. El encargado esperaba una respuesta. Pablo respiró hondo y rechazó el
puesto.
Salió con las manos vacías.
No había otro trabajo
esperándolo. No sabía cuánto tardaría en encontrarlo. Y las necesidades que lo
habían llevado hasta aquella entrevista seguían ahí. El sueldo que había
imaginado durante días ya no estaba. Tampoco estaban resueltas las cuentas ni
la incertidumbre.
Había elegido, pero la elección
no le había resuelto la vida.
Afuera seguían el mismo pueblo,
el mismo calor y los mismos caminos. Pero Pablo volvía a su casa sabiendo que
acababa de renunciar a algo que necesitaba. La decisión podía dejarle la
conciencia tranquila, pero no le pagaba las cuentas. No hacía desaparecer la
preocupación. No convertía la incertidumbre en seguridad.
Y justamente ahí estaba el peso
de lo que había decidido.
Cuando llegó a su casa encontró a
su madre despierta. Ella lo miró y comprendió que algo había ocurrido. Pablo no
explicó demasiado. Solo se sentó a su lado. Había cometido errores y sabía que
estaba lejos de ser perfecto, pero aquella noche entendió algo que no
necesitaba grandes palabras: también existen decisiones que cuestan dinero y,
aun así, permiten dormir con la conciencia tranquila.
Quizá ahí estaba la parte más
difícil de aquella verdad. En un pueblo de Santiago del Estero, donde el
trabajo no siempre aparece cuando se lo necesita y donde cada ingreso puede ser
importante para una familia, la dignidad no siempre se enfrenta a grandes
discursos. A veces se juega en una oficina, frente a una firma. A veces aparece
en un momento mucho más simple y mucho más difícil: cuando alguien tiene que
decidir entre aquello que necesita y aquello que está dispuesto a hacer para
conseguirlo.
Porque cuando falta el trabajo,
cuando las cuentas se acumulan y una oportunidad parece capaz de aliviarlo
todo, la elección deja de ser sencilla.
¿Qué pasa cuando aquello que más necesitas
puede obligarte a hacer algo que no quieres?
¿Cuánto puede resistir una
persona cuando la necesidad económica empieza a negociar con su conciencia?
Pablo no tenía una respuesta para
todos. Apenas tenía una para sí mismo: no quería que la necesidad terminara
decidiendo quién era.
Inspirado en el poema
"Así soy", de Pablo R. Trullenque.

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