Hay viajes que jamás se hacen por placer. Se hacen por mandato, por lealtad, por una última promesa que quema en el pecho. ¿Y los regresos? Hay regresos que no traen alegría alguna, pero sí esa grieta profunda donde se cruzan el orgullo, la pérdida y la nostalgia... esa herida abierta que solo el folclore es capaz de transformar en mito.
A las tres de la tarde de un día implacable, un edema agudo de pulmón le apágó la vida a Julio Argentino Jerez . La partida del gran poeta y compositor bandeño fue repentina, pero su deseo final era un mandato sagrado, casi un susurro desesperado a sus seres queridos: volver a descansar en su tierra . Sus amigos sintieron la urgencia inmediata. No había tiempo para vacilar. Apenas les llegó la trágica noticia, movieron cielo y tierra para que el ausente no quedara lejos de casa.
Tras 18 infinitas horas de viaje, deteniéndose en cada estación como si el paisaje entero le rindiera tributo, el tren Estrella del Norte frenó su marcha a las 9:20 de la mañana del sábado 23 de septiembre. A bordo venía el féretro, custodiado por su cuñado “el Duro” García —quien viajó con el alma en vilo a buscarlo— y por el Dr. José Antonio Faro en representación de SADAIC. El hijo predilecto estaba de vuelta, aunque ya no podía escuchar el alboroto de su gente.
Un recibo ahogado en flores y memoria.
¿Cómo se contiene el dolor de toda una ciudad? La estación de La Banda ya no era una plataforma de trenes; era un mar de gente contenido por la angustia. La noticia había corrido como reguerazo de pólvora y nadie —absolutamente nadie— quiso quedarse afuera de este abrazo de bienvenida y despedida.
Desde allí, el cortejo avanzó lentamente hacia la casa materna en Sarmiento 494 . Quienes pisaron esa vereda jamás olvidarán la escena: el féretro llegó literalmente tapado de flores, sepultado bajo el afecto físico e indestructible de un pueblo que se negaba a dejarlo ir.
El cuerpo permaneció en la casa hasta las cuatro de la tarde. El calor pegaba con fuerza, una siesta abrasadora que quemaba la piel, pero ese sol sofocante no logró dispersarse a la multitud. Nadie se movió. Era el preludio de una de las manifestaciones populares más desgarradoras y conmovedoras de las que se tenga memoria en la región.
Dieciocho cuadras de agonía, dieciocho chacareras de gloria
El pueblo se rebeló contra el silencio fúnebre. Un gigante del cancionero no podía irse a la tumba en penumbras ni con marchas acartonadas. La gente cargó el ataúd a pulso, sintiendo el peso muerto de su ídolo sobre los hombros, y emprendió una caminata de 18 cuadras hacia el cementerio local.
¿Una marcha fúnebre tradicional? En absoluto. Fue una auténtica elegía folclórica nacida de las entrañas de la tierra.
Entre el retumbo visceral de los bombos y el rasgueo desesperado de las guitarras, la procesión se frenaba en cada esquina. ¿Para qué detenerse en medio del sofocante trayecto? Para cantar. En cada cruce de calles, los músicos del pueblo alzaban la voz y ejecutaban una chacarera en su honor. La misma música que Julio les había reglado para siempre era ahora el único refugio para sobrellevar el andar de las 18 cuadras.
El llanto que desbordó en la tumba y la gran deuda pendiente
Al cruzar los portones del cementerio, la tensión acumulada durante horas llegó a su punto de quietud. Al borde de la fosa abierta, sus colegas y vecinos le dedicaron un último responso de música vernácula. Fue el colapso. Ese nudo asfixiante que oprimía las gargantas se rompió de golpe; la angustia contenida estalló en un llanto colectivo e incontenible que deshizo a los presentes en lágrimas sinceras. La ausencia dolía en el cuerpo.
En medio de ese clima de pesar, se alzaron las palabras de despedida para intentar ponerle voz a la tragedia:
- José Antonio Faro , por SADAIC y los folcloristas santiagueños exiliados por afecto en Buenos Aires.
- José Fernando Arias , por la Municipalidad y la Comisión Honoraria.
- Alejandro Bruhn Gauna , en nombre de la peña “Andrés Chazarreta” del Centro de Viajantes.
- Hipólito Noriega , por la comisión provisoria del Instituto del Folclore.
- Juan Simón , por sus amigos personales de la vida.
- Nabor Barrionuevo , en representación de la peña “Benicio Díaz”.
- Leandro Martínez , por sus entrañables hermanos de La Banda.
Fue Martínez quien, golpeado por la emoción pero con el deseo vivo de que su memoria no fuera devorada por el olvido, lanzó una propuesta que encendió a la multitud: fundar de inmediato la peña “Julio Argentino Jerez” .
Sin embargo, el tiempo pasó y la historia dejó al desnudo una realidad amarga: aquella promesa nunca se concretó en paredes y techo. Pero, ¿necesita acaso el espíritu de su música una estructura de ladrillos para mantenerse en pie? Su legado no quedó atrapado en el olvido, pero el desafío sigue abierto. El llamado continúa flotando en el aire, esperando que los folcloristas bandeños de hoy recojan la posta y le salden, de una vez por todas, la deuda de honor a quien lo dio todo por su tierra.

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