Entrevista realizada por José Luis Torres | Rosario - 1 julio 2003
Nací en la ciudad más linda del mundo: Santiago del Estero. Fue hace muchos años: voy a cumplir 90 años el 22 de julio. Bueno, me crié en Santiago de chico y a los 17 años me fui a Europa, a Roma a estudiar y ahí me quedé muchos años. Estalló la guerra y tuve que venirme, la guerra duró mucho más tiempo de lo que yo me imaginaba, porque pensaba volver ya que estaba muy bien ubicado: me había inscripto en el concurso mundial de ese entonces con reina Elizabeth. Empecé a hacer la carrera acá en Buenos Aires, empecé en la orquesta del Teatro Colón, empecé en el concurso de la Universidad y a partir de ahí me introduje en la enseñanza, tocando siempre solista y fui profesor de cinco universidades del país, además jubilado del teatro Colón, solista de la Sinfónica Nacional, he tocado intensamente en mi vida. Ahora, casi a los 90 años sigo enseñando, la nena esta que viene a dar el concierto del jueves toca muy bien. ¿A usted le gusta la música clásica? a mí me gusta mucho, y la chacarera también. Vaya a escucharla, tiene 15 años, va a ser la Menuhin argentina, vale le pena. Contento de ser santiagueño, contento de estar acá y que la guerra me ha evitado que me quede en Europa sino no hubiera podido ver a mis padres.
¿Mi relación con la
música folklórica? Ha sido poca, no mucha, porque yo lo hacía con los Abalos,
mis amigos de aquella época, le hablo de 1930. Hasta ese año yo tocaba en
Santiago del Estero en la orquesta, porque en esa época Santiago era una de las
ciudades que más música tenía: en los cines había música, en la confitería
había orquesta, y yo tocaba eso. Intervenía en algunas cosas folklóricas, pero
folklorista no le puedo decir que soy. Amo el folklore y amo sobre todo la
música criolla, hay grabaciones mías de esas cosas, lo hago con mucho gusto, y
ahora se van a hacer en Santiago los festejos de su fundación: me declaran
ciudadano ilustre, yo digo que no me conviene: me voy a tener que portar bien
entonces, un ciudadano ilustre no va a poder macanear.
En los programas yo
siempre pongo música argentina, yo he sido educado en Europa, pero amo la
música argentina. Han pasado los años, pero soy bien santiagueño, al contrario,
soy como los vinos: cuando el tiempo pasa más auténtico.
¡Cómo no lo voy a
conocer! Don Manuel Gómez Carrillo no era un gran músico, era casi un
autodidacta. Ha escrito muchas composiciones, algunas originales y otras
recopiladas, era director de coros en Santiago del Estero. Yo lo acompañé
muchas veces, la señora era una ilustre pianista, y la hija mejor pianista
todavía, la Muña, que ya es una mujer grande. Éramos de la misma época, lo he
acompañado muchas veces en sus conferencias: él hablaba y yo tocaba. A los 12
años comencé a tocar en público, porque mi papá me corría a las patadas si no
estudiaba, y claro, tanto estudiar tenía que tocar bien. Uno de sus hijos era
Manolo, murió joven ese muchacho, a Muña hace mucho que no la veo ¿usted está
en contacto con Jorge, como está? Sí, fueron los primeros de los grupos vocales
del país, pero muy buenos. No sabía que el Cuarteto Gómez Carrillo había nacido
acá en Rosario. En los Aires Santiagueños editado por la Casa Riccordi, me lo
tenía que dedicar a mí, Manolo me ha llamado muchas veces para hacer retoques,
me decía “Me tenés que poner una cadencia acá” y yo dejaba para mañana, pasado,
en ese momento tenía mi hija chiquita y andaba con muchas preocupaciones, y se
enojó y lo dedicó a Pezzina, que de música de Santiago no sabe un pito, el sabe
de tallarines nomás ¿qué sabe un italiano de chacareras? Yo sé de eso. Se enojó
porque no fuí y se lo dedicó a él. Hace muchos años hice un homenaje a la
música de él, Muña me mandó el material. Pero ahora hay un tal Garnica que hace
folklore, ¿cómo toca? He oído hablar, escuché una sola grabación de él, dicen
que ha estudiado con un alumno mío, Del Lungo, alumno mío tucumano, sobrino
nieto del luthier Del Lungo de Tucumán. Me han dicho que ha hecho capote en
Córdoba. Este Garnica lo escuché hace 15 días en Santiago, yo no quería creer:
toca folklore con virtuosismo académico, el quiere revolucionar todo eso, le da
a las chacareras o las zambas adornos, mueve los dedos ¿me entiende?
Quizás es un poco
arrebatado, pero eleva la zamba a una cosa realmente virtuosa. Aunque con esas
cosas hay que tener cuidado, hay que respetar la esencia: por ejemplo, a una
vidala, si le pone cosas alegres se le cambia el sentido. La vidala es una cosa
triste, quejumbrosa, por ahí la quieren tocar con alegría: no corresponde. Ahí
en la vidala registro dos cosas: penas de amor y alegrías de amor, las dos
cosas, hay que ubicarse. Cristina va a tocar allá en Santiago “La canción del
árbol del olvido”, es una página simple con versos de Silva Valdés. Es la
historia de un tipo enamorado que está abandonado y no puede olvidar a la novia
y le dijeron “¿porqué no vas a dormir bajo un árbol así al día siguiente te
olvidas de tu sentimiento?, te quedas sin pena”. El fue y se durmió, pero
cuando despertó se olvidó que tenía que olvidar. Esa es la esencia. Ahora, el que
toca tiene que demostrarlo, Cristina hace eso. Después está “La rosa y el
sauce” de Guastavino, son dos notas, pero amigo..., el enamoramiento del sauce
con la rosa, nadie lo toca, hablan sin sentido, y los versos dicen así: un
sauce llorón crece a la orilla de un arroyuelo, en el monte, alrededor del
sauce crece una rosa y ella se enamora de él, ellos platican, conversan. Un día
pasa una negrita ve la rosa, la corta y se vá, y el sauce quedó llorando ¡qué
tema ese! El que toca eso, tiene que hablar... si es capaz, claro. Hay que
pensar lo que se va a tocar. Ahora este muchacho (Garnica) toca una chacarera,
y ahí puede ser, pero en una zamba ya es otra cosa. La zamba es una cosa ni
alegre ni triste: mediana. Es decir, el luce su virtuosismo, pero eso no tiene
nada que ver, entonces yo digo: si quiere hacer virtuosismo que toque Paganini.
Pero él tiene mucha facilidad, yo quisiera conocerlo para hablar de técnicas.
Mis grabaciones con los
Abalos fueron hace muchos años, yo no tocaba folklore, ellos me pidieron, yo
soy amigo de ellos: íbamos a hondear al parque, al colegio. “Mirá Humbertito,
yo sé que te molesto, pero tienes que venir, me hace falta un violín para tocar
“Santiago manta”, esas chacareras de hace muchos años están grabadas por mí 70
años atrás. Tenían el conjunto y ellos querían que yo siga con ellos, pero yo
estaba en otro callejón ¿me entiende? yo me fui a Europa a estudiar en serio.
Tal vez mi hermano que ya falleció sí podía hacerlo, el tocó algo de folklore.
Yo no lo quiero desmerecer: el folklore bien hecho, de mucha calidad, folklore
estilizado es algo hermoso.
Hoy se están tomando los temas de folklore en el plano clásico, como ha hecho Piazzolla que con su cultura musical lo eleva. Cristina va a tocar acá en Rosario una obra musical de Guastavino que se llama Pampa mapa, es una cadencia hermosa, no la conoce nadie. Son dos notas, pero como las dice. Yo fui amigo de él, murió hace poco, iba a la casa de él y me tocaba el piano, era químico, un hombre muy solitario, buen músico, mas que Ginastera. Tocaba el piano: cantaba y lloraba, sus obras están inspiradas por alguna poesía. En Pampa mapa, el personaje es abandonado por su mujer y el vá por la pampa llorando, es hermoso, no lo puedo contar. Creo que es de Rafael Obligado.
Si aquí vengo con
orquesta de cámara de cuerdas, puedo venir con Cristina que toca Adiós Nonino
con orquesta, y dar un curso de cello: no hay cursos de cello acá. ¿Sabe como
sonaría “Alfonsina y el mar” con cello? Yo la tengo grabada por Ariel, y en el
piano las notas son golpeadas. El tema es doloroso, porque es un homenaje a
ella cuando va al mar y se suicida, es trágico eso. Cuando los versos dicen
“Qué misterios vas a buscar adentro del mar..” tiene que sonar con dolor, y en
el piano está golpeado. En cambio, el cello...suena mucho mejor. En el piano se
corta la nota, se vá, en cambio en el cello usted la mantiene, es como la voz
humana. El cantar de un instrumento de cuerda no lo dá ningún instrumento, por
eso es que la cuerda es el corazón que está sonando.
En Santiago de 1925 había
mucha música, después de Buenos Aires era la ciudad con más música: humilde,
pero con más música que las demás, teníamos orquestas por todos lados. Los
cafés tenían orquestas, yo tocaba ahí, en la parte de arriba, tenía 14 años.
Dos funciones por día hacía en el teatro, en el cine Petite Palette, tocaba en
la orquesta con mi maestro, ahí tocaba Gennero y tantos otros, y cuando venía
la noche venía la mamá de los Abalos (el marido se quedaba a dormir porque era
ocioso, vago) ella venía solita y yo la acompañaba del brazo a doña Helvecia, y
ella me acompañaba al cine a tocar. Con los muchachos somos muy amigos.
¿Segundo Gennero? Claro,
fue mi maestro de piano y también de mi hermano Cayetano, hay muchas
composiciones de él, varias las toco yo, Poema Nocturnal es hermoso, El
Altiplano lo voy a tocar en Santiago para el 25 de julio. Primero ha sido
pianista, de La Banda, un hombre que se perfeccionó en Buenos Aires, grande,
hermoso, lindo hombre, culto pero bien cachaciento como buen santiagueño,
volvió a Santiago como pianista en el cine, y yo tocaba con él, Humbertito me
decía. Me dedicaba muchas obras, era compositor, pero era... no digo ocioso
pero vea: a mi hermano que estudiaba con él le daba clases en verano siesteando
en el catre a la siesta. Se apoyaba así, mi hermano tocaba su lección y de la
otra pieza lo iba corrigiendo “Ché, cuidado con la derecha, no te equivoques en
esa nota”, por no moverse vea, “cuidado con el cuarto dedo en ese pasaje” le
advertía. Escribía composición, se le caía una hoja y no se agachaba a
recogerla: el pedía otra. Escribió muchas cosas, era un hombre muy preparado,
cachaciento en forma, se casó con una señora mayor que él, muy inteligente
ella: no congeniaron. Conservo cartas de ella, una es hermosísima que me hizo
cuando vine de Europa después de 11 años, una mujer culta. El era muy
cachaciento, vivía el momento, no le importaba nada. Cuando vino de Buenos
Aires, habrá sido en el 30 vestía de sobretodo, a lo Carlos Gardel, una pinta
bárbara. Yo le dije a mi hermano “Mirá, es tan dejado ese hombre que va a
terminar en la miseria”. Cuando llegó la crisis se acabó todo, Renzi cerró el
cine y Gennero se quedó sin trabajo, no sabía hacer otra cosa mas que tocar el
piano, era muy bueno, muy inteligente, pero no fue previsor, era muy bohemio.
Pasaron muchos años, volvió a Buenos Aires, terminó tocando en los pirigundines
y un día amaneció muerto en la vereda, sentado y encogido de frío. Venía de
tocar en el bajo por la comida, en la miseria absoluta. Así terminó, ¿en qué
año?, puede ser por el 58 o 60, el nació en el 1900, tendría 103 años ahora. No
tiene descendientes, era de La Banda, lindo tipo, tenía una cicatriz acá (se
señala el rostro) tocábamos en el cine, se apagaban las luces y hacía un gesto
solamente y había que empezar a improvisar, alumno de Gaito era, otro famoso
músico, yo tengo un gran recuerdo de él. El nombre del cine Renzi es porque su
dueño era Armando Renzi, quedó el nombre de él, Cuando yo tenía 14 años iba a
tocar ahí de pantalón corto y ya era un viejo, grandote, de mucha guita.
Otro maestro de aquella
época era Cinquegrani que falleció a los 70 años, ya no me quedan compañeros de
aquella época.
Toqué también con don
Andrés Chazarreta, tan delgado y con esos bigotes parecía un suncho, nació viejo
digo yo, Humbertito me decía, mire le estoy hablando del año 1924, yo tenía 12
años, me llamaban niño prodigio, ya tocaba en público, sabía lo que era un
escenario “Mirá Humbertito, me han invitado para tocar, decime ¿cómo me tengo
que poner, de frente o dando la espalda?”
“Nó don Andrés, usted
tiene que mirar la orquesta, de espalda al público” la hija tocaba la guitarra
y bien, siempre con el poncho andaba Chazarreta. El es dueño de muchas cosas
que trajo del interior, hizo un trabajo muy importante, vivía en la misma
cuadra mía de la calle Mitre, a dos cuadras de mi casa. Muy querido era.
Yo era muy chico, tenía
apenas 10 años y ya tocaba en público, a esa edad debuté en el teatro 25 de
Mayo, mi mamá me hizo traje de marinero: toqué las Czardas de Monti con
orquesta. Me acuerdo que hacía mucho frío y usé los guantes, grises eran, yo
miraba los guantes nomas. La orquesta la dirigía un viejito italiano, Carlos
Mozzini, yo era muy chico y no sabía que cuando aplaudían había que agradecer
al público, así que terminé de tocar y me quedé mirando asombrado al auditorio.
Viene uno de la orquesta y me dice “Ché guaso, saludá” y me agarró de la nuca y
me hacía mover la cabeza agradeciendo. Cuantos recuerdos...
¿Otros músicos de
Santiago? Hermann Kerr, Móttolla, Cinquegrani, Dávila Miranda, era una época
floreciente de músicos en Santiago. El violoncellista de la orquesta era de
Praga, la escuela de música tenía muchos alumnos, la Banda de Música daba
conciertos, el cine tenía orquestas, nosotros tocábamos fantasías, había
confiterías con orquesta, y palco. En la retreta la Banda tocaba música de
Chopin, de Verdi, de Donnizzetti, de todos esos maestros.
Llegó un periodista
porteño en esa época y no podía creer el movimiento musical que se había en
Santiago del Estero.
Por esa época tuve que ir a tocar a Tucumán, era chico, y salió un artículo en La Gaceta de Tucumán: “Santiago ya tiene un violín representativo, se llama Humberto Carfi ¿cuándo tendremos algo así en Tucumán? “
Ahora me quieren invitar
para hacer un homenaje, les voy a decir “yo he sido profesor en cinco
universidades y Santiago no se ha acordado de mí”.
Si a mí me contrataran,
en cuatro años les elevo el nivel de la universidad, yo digo acá hay muchos
coches pero no hay locomotoras.
Otro buen conjunto
musical era el de los hermanos Simón, el chico de uno de ellos estuvo
estudiando conmigo en Córdoba, músico de talento en el campo clásico, ahora
hace música folklórica en Canadá. Otro buen músico era Orejita, Hugo Díaz, le
decíamos así porque tenía una sola oreja. Una vez el Quinteto Llanos vino a mi
casa, eran amigos míos, les digo “acá hay una música folklórica”: quedaron
asombrados lo que hacía con la armónica. Lustraba zapatos, gustaba de zapatear
y silbaba mientras lustraba. Tomaba mucho, se quemó por dentro, si alguno le
decía algo contestaba “quiero morir contento”.
Cuando volví de Europa
después de 10 años, me dijeron “acá hay un hombre que toca el arpa”, me
interesa les dije. Yo me había casado con una arpista y conocía la temática, me
llevaron a verlo, atravesamos el monte, íbamos con una comitiva en medio del
monte, era difícil llegar al lugar. Llegamos, golpearon las manos y nos
recibió, “pasen, ¿quien anda?”, me presentaron al cieguito Gallardo. Nos atendió
con respeto típico del santiagueño “Bienvenido, pasen”, ese respeto indígena
propio de la raza, esa mansedumbre que tiene nuestra gente, no es como el
porteño atrevido. Cuando ví el arpa en un rincón me llamó la atención, era un
arpa clásica, con pedales. En 1875 uno de los hermanos Herhart inventó en
Europa un arpa con las cuerdas cruzadas, que permitía recursos musicales muy
particulares, pero era un lío para tocarla. Eran casi una rareza en el mundo, y
encuentro una en el medio del monte santiagueño ¡me quería morir! ¿Cómo ha
llegado esto aquí? “Y no sé señor, yo toco algunas cositas, alguna zambita”. No
podía creerlo, ni siquiera los arpistas sabían de ese instrumento y este hombre
tocaba en ese instrumento tan difícil, no usaba los pedales, todo lo hacía con
las cuerdas cruzadas.
Lo conocí también al
ciego Aguirre, el arpista de Chazarreta, pero mi papá no me dejaba juntar con
esos músicos. Mi papá quería que fuera músico, y yo quería ser abogado, y
también boxeador. Me gustaba mucho el fútbol, a los 16 años jugué en primera en
Central Córdoba. En aquella época se jugaba realmente al fútbol, se jugaba
limpio, ni siquiera apoyarse para cabecear.
Es cierto, en el folklore
no hay grandes violinistas, porque el género no exige gran cosa. Mire, mi
hermano le decía “Dígame Don Sixto ¿cómo hace cuando tiene que cambiar de
posición” Vea mijito, le contestaba, yo me pongo en la mitad del mango y de ahí
no me muevo. Mire si hubiera estudiado....
Hablando de luthiers, recuerdo que en Roma conocí uno que en ese tiempo ya era famoso, un hombre que tendría como 68 años, de apellido Zannino, yo tendría 22. Era napolitano, vivo como él solo, había estado en París y vendió un violín falsificado: lo corrieron. Después hizo correr la voz que había un viejo sacerdote franciscano, que vivía en una iglesia lejana, en Nápoles y tenía un violín viejísimo. Andaba un inglés buscando un violín, se enteró del dato y después de largo andar y vencer muchas dificultades, cruzó la comarca, y encontró al monje. Este lo llevó a un lugar apartado, envejecido, casi destrozado, y le muestra finalmente un violín casi roto, lleno de tierra. El tipo se lo compró sin dudar por la plata que le pidieron: lo cagó, era él que se había disfrazado de monje. Lo querían linchar después...
A veces me invitaba a
comer, se llamaba Vincenzo, me hablaba en italiano y me decía “Mirá, vos te
haces unos cuantos violines, te los llevás a la Argentina y en 10 años los
vendés por auténticos” Nó, don Vicente “mirá: estos parten para Roma” y en el
sofá tenía 8 violines hermosos listos para enviar, y los vendía allá a una casa
de música por auténticos, realmente falsificaba tan bien que los hacía pasar
por buenos. No me podía convencer, un día se enojó y me dijo “Yo soy capaz de
hacerte a vos de madera y ni tu madre te va a reconocer” ¡Cómo imitaba, era un
artista falsificando! El sonido salía un poco duro, pero sonaba perfecto.
Claro que el sonido tiene
que ver con quien lo ejecuta, mire, esto me pasó hace muchos años en Buenos
Aires, un tipo que después se fue a Norteamérica. Rabbamus se llamaba, lindo
hombre, la señora había muerto en un bombardeo en Londres, empezó como luthier
y un día me conoce, en ese tiempo ya era un violinista conocido. Me escuchó
tocar y le gustó mi manera de interpretar, a partir de ahí cada vez que quería
vender un violín me llamaba para que yo lo toque. Me decía “te doy el 20 por
ciento de cada violín”, claro, no era un gran violín pero si uno lo sabe tocar
le va a sacar un buen sonido, parece que es otra cosa. Al violín hay que jinetearlo...
Hablar de música me
encanta, cuando estaba en la Sinfónica de Tucumán salíamos de tocar los ensayos
a las 11 de la noche, nos íbamos para el café, eran las 5 de la mañana los
tipos se quedaban dormidos y yo seguía conversando de música, contando cosas.
Por ahí me decían “oiga amigo ¿usted no se cansa nunca, se alimenta con
dinamita?”, y eso que estoy viejo, pero antes he sido incansable. Vea, después
de un partido de fútbol subía a tocar el violín ¿cuántas veces jugaba un
partido a la tarde y a la noche tocaba el violín?, ahora no puedo ni caminar.
Muchas veces me llamaban
para tocar en la iglesia y me pagaban unos pesitos, claro, había una misa a las
11 y yo jugaba en los infantiles en Central Córdoba, había partido y no me lo
iba a perder. Terminaba de jugar y con los botines de fútbol puestos me iba en
el coche, de esos tirados por caballos, subía a la iglesia con los botines y
tocaba, no tenía tiempo de vestirme.
¿Julio Jerez? Sí, claro,
vivía cerca de casa, allá por 1925 o 1928 en la calle Mitre, famoso era. Esos
son músicos natos que si hubieran tenido una cultura musical hubieran llegado
quien sabe dónde, es una pena que se desperdicien ciertos talentos. Lo mismo
que el caso de Sixto, él se ha hecho solito, si hubiera tenido la posibilidad
de estudiar música... De todas maneras, esta gente es necesaria en el folklore.
Esta nena que estoy dirigiendo tiene capacidad para llegar a ser una gran violinista, tiene talento, ella apunta arriba. Eso sí, yo le dije: esto exige dedicación total, hay que resignar muchas cosas y postergar otras, si no nada. Nosotros tenemos talento, acá hay mucho material.
En Santiago todos son
músicos, todo el mundo toca, es algo más natural que en otros lados, no sé por
qué. Yo les digo, aprovechen ese talento, le he dicho al gobernador “pongan una
escuela en serio, va a ver que músicos van a salir”, tienen un oído, un ritmo,
creo que eso es telúrico. Allá todavía hay gente que habla en quichua, yo
conozco algunas palabras.
Hace muchos años me
invitaron al Hotel Alvear en Buenos Aires, fuimos a tocar con Pezzini y otro
músico que no recuerdo el nombre, peronista era. Había venido un famoso músico
ruso, en esa época las relaciones con la Unión Soviétivaeran así..., entonces el
tipo vino con los guardaespaldas, unos gigantes de 2 metros. Yo estaba sentado
con Pezzini, nos habían invitado al hotel para conversar sobre música, en la
mesa todos hablaban en inglés. Uno de estos guardaespaldas se llamaba
Zubrysnky, y le hice algunas preguntas en inglés “¿Cuál es el sistema técnico
de la escuela violinística en Rusia”, no hubo respuesta? ¿Cómo se estudia?
Tampoco hubo respuesta, así me pasó varias veces. Después me dice Pezzini, en
esos momentos solista del teatro Colón, “Carfi, me parece que con estos rusos
no tenemos nada que hacer acá, únicamente que les hablé en quichua”, y dije un
par de palabras en quichua. El ruso se dio vuelta inmediatamente y apuntándome
con el dedo me dice “Quichua santiagueño”, me quedé asombrado. ¿Y cómo es que
un ruso puede reconocer el quichua santiagueño? La respuesta era que cuando
mandaban gente al extranjero, los preparaban para poder reconocer y entender
otras lenguas, aún las menos convencionales. Me quedé frío, nunca hubiera
imaginado que ellos hubieran podido entenderme, mire que yo había estado tantos
años en Europa, conocí y hablé varios idiomas, pero en quichua...
Acotaciones personales:
Más allá de su relevancia
internacional, Humberto Carfí sentía un gran orgullo de su identidad cultural
que conoció y absorbió desde su niñez en Santiago del Estero, provincia donde
se han rescatado y desarrollado las corrientes más puras y genuinas de nuestra
música folklórica.
Las grabaciones donde
intervino con Los Hermanos Abalos creo que son de 1943. Los Hermanos Abalos
llegaron a Buenos Aires en 1939 y en 1943 comenzaron sus primeras grabaciones.
Ellos pensaban que su formación (piano, guitarras, bombo, quena) era demasiado
“pobrecito” y querían presentarlo enriquecido con el sonido de violinistas que
ya tocaban en el Teatro Colón. Además, eran amigos personales de don Humberto,
del mismo lugar originario y de su misma edad. Actualmente queda un solo
sobreviviente de aquella agrupación, se llama Vitillo Abalos y tiene
actualmente 92 años.
Con Humberto Carfí esa
noche hicimos un brindis por dos cuestiones en común: la admiración por la
música santiagueña y la fecha de cumpleaños en común. Ambos nacimos en la misma
fecha: Carfí nació un 22 de julio de 1913 y yo en 1944.
Fuente: humberto-carfi.jimdofree.com

