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domingo, 8 de marzo de 2026

Un 8 de marzo de 1883 – Nace Manuel Gómez Carrillo, el arqueólogo del alma musical del norte

 


Nació en Santiago del Estero. Fue músico, recopilador y compositor.

Se trasladó a Buenos Aires para estudiar en la Escuela Industrial y en 1916 se recibió de profesor superior de piano. Al año siguiente, la Universidad Nacional de Tucumán le encargó una compilación de música del norte argentino. Para eso presentó un plan de "recopilación y popularización de la música nativa".

En 1919 empezó el trabajo en Jujuy, donde estaba por cuestiones personales. En 1920 mostró la primera parte de la recopilación en la Sociedad Sarmiento de Tucumán y en el teatro Odeón de Buenos Aires. Después siguió por Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. La obra se publicó en dos tomos y cuadernos sueltos editados por la universidad.

En Santiago del Estero fue profesor de música en la Escuela Normal y el Colegio Nacional. Integró el grupo La Brasa y la comisión directiva de la Biblioteca Sociedad Sarmiento. Con su esposa Inés Landetta César fundó un conservatorio de música y en 1928 la agrupación Amigos del Arte.

En 1936 se mudó a Rosario, donde fue rector del Profesorado Nacional de Música. Después se instaló en Buenos Aires y trabajó como vicedirector del Instituto Nacional de la Tradición, dirigido por Juan Alfonso Carrizo.

Sus hijos formaron el Cuarteto Gómez Carrillo: Carmen, Manuel, Julio y Jorge Rubén.

Falleció el 27 de marzo de 1968.

Entre sus obras: Al tiempo de arrepentirse, Bailecito de Jujuy, Bajo un coposo pino, Canto indígena, Chacarera antigua, Churito, Danza del cuervo, Despedida de carnaval, Despierta joven querida, El angelito, El jardinero, El marote de doña Belisaria, El palito, Loretano, Estate quieto mischi, Gato deTarapaya, La chileciteña, La donosa de Gallardo, La shalaka, Media cifra de los Agüero, Mi corazón a tus rejas, Nostalgias indígenas, Rapsodia santiagueña, Urpila, Vida mía, Yerba buena, Zamba del chicharrón, entre otras.

sábado, 18 de octubre de 2025

El folklore y la obra divulgadora

  Por Manuel Gómez Carrillo



"Para salvar el patrimonio de nuestra cultura tradicional debe intensificarse el estudio, cultivo y divulgación del folclore nativo. Hoy casi resulta perogrullesco señalar esta verdad, no obstante que ayer no más hubo que repetirla con énfasis para persuadir a tantos espíritus desaprensivos que, por ignorancia o indiferencia, dejaban de lado el problema.

Recuerdo los afanes de Terán, Padilla, Heller, hombres de la joven Universidad de Tucumán, que treinta años hace prohijaron la trascendental iniciativa de recopilar y divulgar el folclore norteño: recopilar los tesoros esparcidos del acervo vernáculo para salvarlos del olvido de los años y conservarlos como expresión auténtica; divulgar sistemáticamente ese material folclórico para favorecer el desarrollo de una conciencia estética nuestra y la consolidación de una cultura genuinamente argentina."

Recopilación y divulgación del folklore: he ahí dos aspectos distintos, aunque inseparables, del mismo problema. Recopilar sin divulgar el material recogido equivale a realizar labor arqueológica, pero no folklórica. El folklore, lenguaje espiritual de los pueblos de las naciones civilizadas, perpetuado por la tradición, es material vivo, cuyo destino no puede estar en el museo arqueológico, como agudamente lo ha señalado Curt Lange, donde yacen los restos de culturas extinguidas, porque la cosecha del folklore responde a manifestaciones vivientes, y exige, por lo tanto, vida y posibilidad de expansión. La verdadera obra consiste en devolver al pueblo lo que del pueblo se ha recogido, estimulando así la conservación de sus tradiciones y el mantenimiento de las fuentes de producción del folklore, que están en el pueblo mismo. De ahí la importancia de emprender racional y orgánicamente la divulgación de todos los tesoros del saber tradicional recolectados.

La recopilación folklórica se cumple en nuestro país de manera satisfactoria merced a la acción de prestigiosos investigares, desarrollada muchas veces por inicia­tiva propia, digna del mayor encomio. Nu­merosas instituciones públicas y privadas guardan en sus anaqueles millares de espe­cies folklóricas recogidas en las fuentes mis­mas de origen, que han servido ya de pre­cioso material para el estudio científico, abor­dado con notorio éxito por nuestros folklorógos, cuyo valioso aporte nos coloca entre los países dedicados con mayor seriedad a la cien­cia del folklore. Acaso reste ahora imprimir forma sistemática de conjunto a la investi­gación, para que la labor dispersa de los téc­nicos se encauce orgánicamente y rinda en proporción a sus esfuerzos. Resulta, pues, urgente trazar el plan básico nacional para la investigación del folklore en todo el país por medio de un cuerpo de técnicos especializados.

No sucede lo propio con la divulgación del folklore, que le va en zaga a la empresa recopiladora. Existe mucho material acopiado que hasta hoy yace sin difusión en el gabinete o el anaquel. Señalamos el hecho sin desmedro de la labor científica de quienes- han trabajado sobre ese material: el folklorista ha cumplido su misión, rescatándolo del olvido, indagando sus orígenes, ordenan- dolo, clasificándolo, dando fe de la autenticidad de la melodía, la danza, la copla, la cerámica o el tejido regional recolectado. aportando, en suma, los elementos indispensables para la acción divulgadora. Pero ésta no ha sido aún encarada sino aisladamente. en forma esporádica e inorgánica.

Preciso es reconocer que se han concretado esfuerzos significativos. gracias al entusiasmo de instituciones oficiales y priva das que, mediante conferencias, audiciones, conciertos, publicaciones, exposiciones, discos, radiotelefonía y cinematografía, han difundido múltiples manifestaciones de nuestro patrimonio vernáculo. Los resultados positivos de esta labor ya son perceptibles, aquí mismo en Buenos Aires, donde estos últimos años hemos presenciado el halagüeño despertar de una conciencia nativista que ha transformado, por así decirlo, la indiferente ciudad de otrora en un activo centro de recepción del cancionero rural. Sin embargo, esto no es suficiente para resolver el problema. menos aún si advertimos que tal movimiento ha sido favorecido por la gravitación de un impresionante fenómeno urbanístico: el éxodo rural, y con respecto a Buenos Aires, la afluencia inusitada de la población provinciana, que con su incorporación al medio culto y a la masa popular ha venido, en cierta manera, a influir en la fisonomía social y espiritual de la gran urbe. Esto se refleja particularmente en la actual proliferación de lugares de esparcimiento, en los cuales el baile y la música criollos constituyen un motivo de singular atracción pública. Allí se reúne abigarrada y heterogénea concurrencia de forasteros y residentes de tierra adentro, que cultivan fervorosamente sus añoranzas regionales. Y aun el medio culto cosmopolita, estimulado por este movimiento y bajo los dictados de la moda. se entrega tumultuosamente, digámoslo así. al folklore.

Este panorama, si bien revela un espíritu tradicionalista, no tranquiliza al observador desapasionado. El ambiente urbano nunca fue propicio para la vida del folklore. y me nos su medio culto, tan propenso a olvidar todo aquello que le impuso la moda o la curiosidad "snobista". Difícil es que en la urbe congestionada de hoy sobreviva la ex- presión folklórica nacida en pleno campo y acogida por una naturaleza generosa. Las poblaciones de las grandes ciudades, observaba Henry Georges mucho tiempo hace. se hallan enteramente divorciadas de todos los geniales influjos de la naturaleza, y la gran masa de ellas no pone en todo el año los pies sobre la madre tierra, ni deshoja una flor silvestre, ni oye el murmullo de los arroyos, el crujido de las mieses o el susurro de las aguas cuando la ligera brisa pasa a través de los bosques; todas las dulces y alegres influencias de la naturaleza, decía, les están vedadas. Nos hacemos un deber en señalar los ejemplos que a este respecto ofrecen las reiteradas deformaciones que en la metrópoli han sufrido tantas piezas musicales de nuestro cancionero vernáculo: los indigentes remedos de coplas y canciones tradicionales lanzadas a la difusión por des- aprensivos e Improvisados "folkloristas" que el público desprevenido acepta como ex- presiones auténticas; las falsas parodias teatrales de costumbres y modismos regionales. La comprobación es grave si se juzga que el fenómeno de polarización metropolitana que actúa como fuerza centrípeta se manifiesta también en sentido contrario, jugando como fuerza centrífuga que desplaza su influencia en círculos divergentes y expande hacia la periferia los bienes de la cultura y la civilización; pero que, como las avenidas periódicas de los grandes ríos, que depositan en los campos el limo productivo, también arrastra consigo la zupia y el desperdicio pernicioso. Así es como la ciudad devuelve al campo todo el caudal vernáculo recibido: a veces refundido en la obra artística superior, expresión de una cultura genuina y racial; otras, las más, adulterado, deformado, parodiado, como si aquella planta silvestre, enhiesta en el campo, se hubiera tornado raquítica y agobiada por asfixia en la ciudad. Resulta angustioso para el investigador de hoy comprobar que la melodía o la copla que le fue dictada en el más apartado rincón del país fue, en realidad, compuesta en Buenos Aires y aprendida por el campesino a través del éter...

En fin, el problema es sutil y complejo para abarcarlo en pocas líneas. Cumplo con señalarlo aquí para que se lo tenga muy presente y no se crea que la obra divulgadora del folklore consiste en lanzarlo a rodar por las ciudades, librado a su propia suerte. Habrá que meditar antes en el significado del folklore o saber tradicional, como mensaje del pasado que fraternalmente llega a las generaciones del futuro sin distinción de razas o nacionalidades, siguiendo los dictados de la madre tierra, que dio sus frutos a todos los hombres del mundo que quisieron cultivarla hasta los acogió en su seno, porque desde entonces ya fueron sus propios hijos. ¿Quién, si no, el niño será el más fecundo destinatario de aquel mensaje atávico? ¿Dónde si no, en la escuela resonará su eco más vigorosamente?... Recién nos situamos en campo fértil para la empresa divulgadora: la educación escolar de orientación tradicionalista mediante la aplicación pedagógica del folklore.

No se trata de "enseñar" el folklore en la escuela. Técnicamente la idea de folklore e extraña a la sistematización de conocimientos: el hecho folklórico o saber popular se transmite por el mecanismo de la tradición oral, que espontáneamente transfiere de una generación a otra los bienes culturales del pasado. Aquí se trata de "estimular" activamente en la escuela el cultivo del folklore regional, creándole así al niño un ambiente propicio para la maduración del espíritu tradicionalista, tal como el que le brinda su propio hogar, donde la criatura cultiva con instintivo amor y alegría la cantilena heredada de los abuelos, la narración atávica, el cuento regional, la danza folklórica, que aprendió diáfana y espontáneamente. La escuela debe prolongar ese ambiente familiar, incorporando a su programa, como lo quiere Torner, aquellos elementos que más y mejor contribuyen a despertar, con alegre impulso, el espíritu del niño, abriéndole a horizontes de infinita amplitud y de exquisita fragancia artística. Es- tos elementos los suministrará el folklore, fuente inagotable de motivos de inestimable valor pedagógico. Tomad, verbigracia, las manifestaciones del folklore espiritual: la poesía, la música, el canto, la danza, la literatura narrativa, los juegos, los episodios históricos: o las del folklore material: manufacturas, decoraciones, vestuarios, alimentación, alfarerías populares. La criatura humana, que vive en la escuela su infancia y recibe los primeros impulsos intelectuales, nutrida con tales emociones estéticas del saber tradicional, tendrá mejor abiertas las puertas de su naciente espíritu para la formación de una cultura genuinamente argentina, anhelo legítimo de quien aspira a tener personalidad.

Pero la obra divulgadora del folklore reclama, asimismo, el aporte de la enseñanza superior y de la universidad. De la primera, el reclutamiento del futuro técnico especializado que, además de querer y conocer su tierra. indague con disciplinado esfuerzo científico en las entrañas mismas de la tradición, para acopiar el rico material folklórico que mañana será objeto de aplicación pedagógica. De la universidad, también esto: pero. además. algo muy importante: el cultivo del folklore por el vehículo eficaz y trascendente de la extensión universitaria.

Solamente la obra divulgadora así orientada contribuirá a salvar nuestra cultura tradicionalista, que equivale a la personalidad misma de nuestro pueblo en el concierto de las naciones. En tal grado conceptuamos trascendental el problema.

jueves, 9 de octubre de 2025

Una página del diario íntimo de Manuel Gómez Carrillo

Verano de 1912 – Santiago del Estero

 



EN esta mi querida ciudad, tan llena de recuerdos, se practica el folklore con personas venidas del campo, y que, sintiendo intensamente la emoción nativa, se complacen en tocar y cantar para los amigos. Soy un buen amante de la música, y dicen que soy un buen pianista, pero mis inclinaciones, lo confieso, son por los cásicos y románticos, especialmente Chopin. Los bailes nativos me agradan y sé zapatear un gato y sentir la cálida dulzura de la zamba.

Ayer tuve un pequeño altercado con Santiago M. Lugones, buen amigo y extraordinario profesor. Lugones, sin- cero y ferviente partidario de las cosas criollas, no aceptaba lo que él llamaba "mi tibieza", y en el colmo de la discusión me dijo, casi como un estampido de bomba de remate:

Es que usted, que compone valses franceses al es- tilo de Crémieux, Berger o Waldteufeld, romanzas al estilo de Tosti, no le da importancia a nuestra música porque no es capaz de componer un triste gato ni menos una zamba. - Y terminó, rojo de indignación, mientras con el índice de su mano derecha me amenazaba frente a mis narices: - Para eso hay que ser músico de alma y no dejarse arrastrar por los gringos, y ser criollo, aunque no se sepa música...

Me quedé confuso por la injusticia de sus recriminaciones, y enojado por el calificativo de "patadura", siendo. yo un buen bailarín, y le repliqué:

Mañana a la tarde tendrá usted en su poder una zamba, que la compondré sin trabajo ninguno, y sólo para demostrarle que está en un injusto error.

Llegué anoche a casa, y fastidiado y anheloso de cumplir la promesa, me puse a pensar motivos musicales. Trabajé esta mañana intensamente. Todavía siento las palabras de Lugones pronunciadas delante de todos los amigos.

A las siete de la tarde llegué a la puerta del Club de Ajedrez, simulando no llevar nada, pero en uno de mis bolsillos, bien dobladito, estaba el papel donde había escrito mi zamba,

Oiganlé al guapito! me dijo socarronamente Lugones, mordiendo entre sus dientes un palillo; y ter- minó con una sonora carcajada: ¿No decía usted que era tan fácil hacer una zamba?... ¿Por qué no la ha hecho...? si es tan sabio?

- Vea, mi querido Santiago le respondí, gozando para- mis adentros; no me mortifique..., ¡qué le vamos a hacer!... Acompáñeme a tomar un vermut le dije, to- mando o de un brazo.

Después del vermut invité a Santiago a pasar al salón de baile, donde hay un hermoso piano de cola. Lugones se resistía a ir, creyendo que yo le iba a "endilgar" una audición de música foránea e intrascendente. Pero a tantos ruegos, por fin, accedió. Me senté en el taburete, y con toda solemnidad saqué mi papel con la música manuscrita, y, despaciosamente, lo extendí en el atril.

La sorpresa de Santiago fué grande cuando vio el título: "Zamba para el incrédulo Santiago Lugones". Cuando la terminé de ejecutar, su sorpresa no tenía límites. Veinte veces me obligó a que la tocara. Y nos quedamos allí, y perdimos el habitual paseo por el parque Aguirre.

Pero a esta zamba le pongo el nombre de "La estrellita". ¿Por qué? Lugones y yo nos disputamos el favor de la mirada de... una "estrellita" santiagueña. Ella no lo sabe; ¡y nosotros estamos tan lejos de merecer esa mirada!... Pero él es poeta, y yo soy músico...

Aquí, en un cajón de mi escritorio, guardo a "La estrellita", inédita en todas sus emociones, pero... pero esperando que algún día me mire...

Fuente: Revista "El Hogar" 1948