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miércoles, 22 de enero de 2025

Gumersindo Sayago, figura destacada de la salud pública de Córdoba (Primera parte)

La historia de Villa Independencia es rica en personajes increíbles. Entre ellos, hay uno que sobresale no sólo por su reconocida trayectoria profesional, sino también por su calidad como vecino; estamos haciendo referencia al doctor Gumersindo Sayago.

 


Nacido el 10 de diciembre de 1893 en Santiago del Estero, era hijo de Rosario Gallardo y del Dr. Gumersindo Sayago, ex diputado provincial y profesor del Colegio Nacional de esa provincia. Allí terminó de cursar sus estudios secundarios, trasladándose luego a Buenos Aires para estudiar medicina. Según Ada R. del Valle Iturrez de Capellinni [2012], Gumersindo vivió en la urbe porteña una vida bastante sacrificada debido a las difíciles condiciones materiales en que se desarrollaba su existencia. Pese a ello, fue un alumno brillante, aunque no pudo continuar sus estudios debido a que se enfermó de tuberculosis. Con la meta de tratar de curarse, viajó y se radicó en la ciudad de Córdoba, donde finalmente pudo recuperarse y recibirse como profesional de la medicina. Sin dudas, la afección que tuvo que sufrir lo marcó para siempre, ya que se especializó en la lucha contra esta enfermedad. Gracias a la labor realizada en este campo durante todo el resto de su vida, Sayago terminó por convertirse en uno de los médicos más reconocidos de su época y pionero en Córdoba en el estudio y la prevención contra la tuberculosis, ese terrible flagelo que asoló nuestra sociedad entre fines del siglo XIX y las primeras décadas de la centuria siguiente.

Vale la pena, pues, conocer un poco más de su historia, la cual dejó una huella imborrable en el campo de la medicina nacional y la villa serrana, y que como justo tributo nuestra comunidad honró designando al hospital municipal con su nombre.

La tuberculosis y sus graves secuelas

El proceso de extensión y acumulación capitalista que vivió nuestro país entre el último tercio del siglo XIX y el primero del siguiente profundizó las desigualdades sociales entre quienes concentraban la mayor parte de la riqueza generada por la hegemonía de la producción agroexportadora y aquellos que, aún siendo gran mayoría, debían sobrevivir en las más difíciles condiciones de vida a causa de los magros ingresos que percibían por la venta de su fuerza de trabajo. Hacinados en pequeños espacios habitacionales, la mayoría de los cuales no tenían acceso a servicios públicos esenciales para garantizar las mínimas condiciones higiénicas, estas familias de trabajadores se hallaban fuertemente expuestas a un diverso número de enfermedades. Además, la situación empeoraba en los casos donde todavía no se había hallado un tratamiento efectivo o antibiótico capaz de detener el avance de determinado padecimiento. Uno de estos ejemplos era la tisis o tuberculosis, que se había transformado por esos años en una de las causales de mortandad más elevadas de la ciudad de Buenos Aires.

La ciudad de Córdoba, como el resto de las grandes ciudades del país, no vivía aislada de este panorama. Específicamente hablando de la tuberculosis, ésta también presentaba un alto nivel de mortalidad en la urbe mediterránea, tal como lo demuestra Adrián Carbonetti:

“Partiendo en 1887 de una tasa de mortalidad cercana al 21,8 por diez mil habitantes, llega a su máximo en 1915 con 49,3. […] Con estas tasas de mortalidad la tuberculosis se transformó en la principal causa de muerte para la ciudad de Córdoba, […].” [1999: 67]

Sayago y su destacado rol en la tisiología cordobesa

Teniendo en cuenta que la capital provincial contaba con una de las universidades más prestigiosas del país, no extrañó que salieran de ella varios profesionales de la salud que, en virtud del grave problema social que representaba la tisis, se abocaran a estudiar y elaborar proyectos para tratar de disminuir su influencia. Entre ellos, se destacó el tisiólogo santiagueño Gumersindo Sayago, quien había recibido su título de doctor en medicina en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) el 16 de abril de 1919.

En este punto, vale recordar que Sayago había sido uno de los principales protagonistas de la Reforma Universitaria de 1918, siendo uno de los firmantes del Manifiesto Liminar del 21 de junio de ese año, el célebre documento donde los reformistas exponían las metas a través de las cuales se proponían democratizar y superar el anacronismo de los programas de estudios en el que se hallaba la universidad cordobesa. Como recordaría tiempo después, aquella participación en la política estudiantil imprimiría una huella profunda en su consciencia, ya que le dejaría marcado por siempre los principios de acción que tuvo a lo largo de su vida pública:

“Y son aquellos días ya lejanos de mi actuación estudiantil en el año 18, llenos de fe y esperanza, los que representan para mí el mayor blasón de mi vida universitaria. En ellos se trazó un sendero de rectitud, de libertad y de justicia social, por el que siempre seguí afanosamente.” [Ibíd.]

Una vez recibido, Sayago comenzó poniendo en práctica esos principios trabajando en el hospital Tránsito Cáceres de Allende. Mientras tanto, seguía inserto en el ámbito universitario, donde comenzó su tarea docente como adscripto a la Cátedra de Clínica Epidemiológica. Los conocimientos teóricos y prácticos de los que se fue nutriendo en esos años le sirvieron para iniciarse en el campo de la investigación académica, donde ya en 1920 recibió el premio José M. Álvarez por su obra titulada “La tuberculosis en la provincia de Córdoba”.

El compromiso social asumido por Sayago se expresó concretamente en ese primer trabajo de investigación, donde expuso que la tuberculosis afectaba principalmente a los sectores socioeconómicamente más desfavorecidos, pues éstos se hallaban frente a condiciones de vida (vivienda y trabajo) que favorecían el desarrollo y propagación de esta enfermedad:

“En especial para el sexo femenino y para todos aquellos que trabajan en sus domicilios, las horas de trabajo diarias llegan fácilmente a 10 y 16 horas. Es en todos estos obreros en donde la tuberculosis hace mayores víctimas, pues son sujetos que viven en un continuo surmenaje físico.” [SAYAGO, 1921: 271, cit. por: CARBONETTI, 1999: 83]

En vista de esta situación, Sayago y otros higienistas cordobeses propusieron la intervención del Estado provincial en la implementación, tal como lo define Adrián Carbonetti, de una serie de “medios indirectos” que terminarían por ayudar a reducir la difusión de la tuberculosis. Entre ellos, se propugnaba la provisión de agua corriente potable y la ampliación del sistema de cloacas.

Asimismo, también sostuvieron la necesidad imperiosa de fijar estrategias “directas”, como aislar a los enfermos en hospitales para evitar el contagio en forma masiva. En este sentido, pusieron de relieve el alto valor que tenía el clima serrano cordobés para el tratamiento de esta enfermedad, ya que el mismo obstaculizaba la reproducción del bacilo debido a la escasa humedad que presentaba la zona. En esta posición, también había influido la experiencia de los sanatorios que se habían erigido en el área serrana, y cuyos resultados habían sido hasta ese momento en buena parte auspiciosos. De este modo, apoyaron la creación a principios de los años veinte de algunos sanatorios de este tipo en la ciudad de Córdoba, como el Misericordia y el Rawson.

Las medidas tomadas entonces dieron muy pronto sus frutos, pues no sólo se detuvo la espiral de mortalidad ascendente que había alcanzado su pico máximo en 1915, sino que ya desde la década de 1920 empezó a retroceder tanto en términos nominales como relativos.

La Escuela de Córdoba o Escuela de Sayago

Los logros alcanzados por los profesionales cordobeses les valieron el reconocimiento de sus pares a nivel nacional e internacional, aunque todavía no habían conseguido disponer de un espacio institucional específico. Esto se pudo lograr en 1933, luego de que se normalizara el funcionamiento de la universidad local tras la intervención del gobierno de facto. En ese momento, se procedió a crear el Instituto de Tisiología perteneciente a la Facultad de Ciencias Médicas de la UNC, cuya dirección quedó por concurso a cargo del doctor Gumersindo Sayago.

Una vez en funciones, éste reforzó los lazos con otros importantes centros de estudios especializados. En vista de ello, fue nombrado Académico del Instituto de Tisiología de Hamburgo e integrante de la Academia Real de Medicina de España.

En 1937, la Facultad de Ciencias Médicas de la UNC llamó a concurso para cubrir el cargo de profesor titular de la primera Cátedra de Tisiología que se creó en el país, la cual fue inaugurada el 19 de abril de 1938 bajo la dirección de Sayago.

A partir de la ardua labor emprendida, la Escuela de Córdoba o Escuela de Sayago –como también se la conocía debido a su máximo impulsor- brindó un renovado impulso a la investigación, generando una serie de acciones que les permitieron a sus integrantes el reconocimiento de sus colegas y del Estado provincial para estar al frente de la lucha contra la tuberculosis:

“[La Escuela de Córdoba] generó publicaciones sobre la especialidad, como la revista Temas de Tisiología; consolidó redes con los principales centros de estudio de Europa y Estados Unidos; formó, mediante cursos de posgrado, especialistas del interior del país y de países limítrofes como Chile y Paraguay; y posibilitó la inserción de varios de sus integrantes en puestos claves de organismos estatales de control de la tuberculosis.” [CARBONETTI, 2008: 203]

El gobierno impide la concreción del plan de lucha contra la tuberculosis

Tratando de encontrar una vía más efectiva para atenuar los efectos de la tisis dentro del territorio provincial, el Instituto de Tisiología propuso al gobierno cordobés la puesta en práctica de un ambicioso plan de lucha. Fundamentalmente, se basaba en la necesidad de construir nuevos centros hospitalarios dirigidos por profesionales cordobeses, donde se internarían a los tuberculosos con la meta de aplicarles el tratamiento más efectivo hasta entonces conocido: aislamiento, higiene, dieta y abundante sol.

Lamentablemente, el erario requerido para la aplicación del plan diseñado por Sayago y sus colegas no fue aportado por el gobierno provincial, aduciendo sus responsables que el mismo implicaba elevar por triplicado el presupuesto previsto para el área de salud. Esta postura, que concebía a la salud pública como un gasto y no una inversión, era tributaria de una tradicional concepción liberal ortodoxa del Estado que se venía aplicando desde hacía varias décadas en la Provincia, donde se dejaba a las entidades de beneficencia y asistencia buena parte de la responsabilidad en la atención sanitaria de los sectores populares. De este modo, se evitaba contradecir aquellos principios que postulaban lo perjudicial que resultaría la intervención estatal dentro de los ámbitos propios de la sociedad civil, aunque en la práctica, como lo ha demostrado la Dra. Beatriz Moreyra [2009], esto era usualmente evitado debido a la asistencia monetaria y material del Estado en beneficio de las entidades privadas antes mencionadas.

Las disputas políticas marcan la decadencia de la tisiología cordobesa

El notable avance obtenido a partir del trabajo de campo y la institucionalización académica comenzó a verse perjudicado a partir del golpe de Estado ocurrido en junio de 1943. Tras subscribir, junto con varios de los más afamados científicos de la época, una solicitada en contra de aquel suceso, el doctor Gumersindo Sayago fue separado de la dirección del Instituto y la Cátedra de Tisiología. En solidaridad con él, otros integrantes de aquellas instituciones renunciaron a sus cargos, lo cual ponía fin al fructífero trabajo que hasta entonces habían desarrollado este conjunto de notables profesionales.

En 1945, en un contexto de fuerte deslegitimación del gobierno militar, Sayago volvió a ser designado el frente de sus cargos universitarios. Esto originó un fuerte conflicto con la Comisión Directiva de la Asociación Tránsito Cáceres de Allende, la que se había manifestado en contra de asumiera al frente del Instituto de Tisiología. Hay que tener presente que esta entidad civil tenía una gran influencia en la toma de decisiones por parte de las autoridades universitarias con respecto a esta institución, pues tenía a su cargo las dependencias del hospital donde funcionaba la misma.

Según Carbonetti [2007], esta posición de los directivos del hospital tenía que ver con el hecho de la adhesión de la Iglesia católica –con la cual estaba vinculada esta entidad- al candidato del partido laborista, Juan Domingo Perón, lo cual se contraponía con el posicionamiento público del tisiólogo santiagueño a favor de la Unión Democrática. Esta situación dio inicio a un enfrentamiento irreconciliable entre la UNC y la asociación civil, cuando esta última recurrió al gobierno provincial para que impidiese que Sayago se hiciese nuevamente cargo del Instituto de Tisiología. No obstante, el prestigioso médico pudo finalmente cumplir con la función asignada, cuando en febrero de 1946 la UNC dio por terminado el acuerdo con la Asociación Tránsito Cáceres de Allende. Pero esto, para desgracia de sus expectativas, aún distaba mucho de haber finalizado.

Tras la intervención decretada por el gobierno peronista en el ámbito de las universidades de todo el país en 1948, Sayago fue apartado de sus funciones. Como sucedía en todas las cátedras intervenidas, tanto él como sus colaboradores fueron reemplazados por un grupo de profesionales afín con el proyecto peronista.

Pese a los agravios recibidos por su posicionamiento político, Gumersindo estaba lejos de bajar los brazos. Junto con otros colegas crearon una institución civil sin fines de lucro denominada “Centro de Asistencia Médico y Social de la Tuberculosis”, la cual se mantenía con los aportes de los propios galenos. Además, continuó formando parte de la Sociedad de Tisiología de Córdoba, desde donde pudo continuar la labor pedagógica dictando varios cursos de especialización sobre la materia.

Luego del golpe de Estado de septiembre de 1955, Sayago asumió nuevamente la dirección de la Cátedra e Instituto de Tisiología. Sin embargo, y a pesar de recuperar lo que injustamente había perdido, Sayago ya no se encontraba con las mismas fuerzas de siempre, aquellas que solía fortalecer durante sus estadías veraniegas en las serranías cordobesas. Como pudimos ver, su vida fue muy intensa, debiendo continuamente debatirse con el poder político por los continuos obstáculos que éste ponía a la hora de limitar o frenar las numerosas iniciativas que surgían de su febril actividad. En el paisaje serrano de Villa Independencia lograba recargar las energías para hacer frente no sólo a tantos problemas, sino también para abordar los desafíos que implicaban avanzar en el mejoramiento del tratamiento de tan nefasta enfermedad.

Fuente: www.lajornadaweb.com.ar/

Por José Antonio Casas / Profesor en Historia

Gumersindo Sayago, figura destacada de la salud pública de Córdoba (Segunda parte)

 


Como vimos en la primera parte de este trabajo, el doctor Gumersindo Sayago fue un incansable luchador no sólo en el campo de la salud pública cordobesa, sino también en la defensa de los valores y el sistema democrático. Semejante nivel de actividad le implicaba un elevado esfuerzo físico y mental, que Sayago lograba recuperar cuando pasaba sus días de descanso y recreación en Villa Independencia, una pequeña urbe serrana turística al sur de Carlos Paz. Parte de su vida en ese hermoso paisaje serrano podemos conocerla gracias a los recuerdos de aquellos vecinos que llegaron a conocerlo y tratarlo, y que gracias a la amabilidad de los mismos podemos hoy en algo reconstruir.

Sayago y las sierras: su predilección por Villa Independencia

Como la mayoría de sus colegas, el doctor Sayago disfrutaba mucho de pasar sus tiempos de descanso y recreación en las serranías cordobesas. Su lugar preferido era Villa Independencia, la urbanización turística que había emprendido Juan Irós en 1928. Para Gumersindo, era el lugar ideal para alejarse del estrés y las exigencias de la vida diaria en la capital provincial. En ese paisaje de sierras y vertientes se sentía plenamente libre, independiente; de allí que gustaba de asociar el nombre de la villa con el estado de ánimo que sentía al pasar en esta tierra esos increíbles días de verano: “Tiene muy bien puesto el nombre. Es Villa Independencia y yo soy independiente; acá no me busca nadie.” [Entrevista al Sr. Rafael Guillermo De Simone, Villa Independencia, 26-X-2011]

En un hermoso terreno situado a la vera del río San Roque [actual San Antonio], Sayago había construido una hermosa residencia temporaria, a la cual solía asistir con su esposa y sus tres hijos. Según recuerda Rafael De Simone, lo hacía con todo aquello que necesitaba para mantener el nivel de vida al que estaba acostumbrado: “Él venía en el verano, con cocinera, servicio doméstico, tenía casero permanente ahí. Venía por dos meses y pico, y en el invierno venía todos los sábados.” [Ibíd.]

Quienes lo llegaron a conocer y tratar no han podido olvidar su figura, tan distinta al resto de los profesionales y comerciantes provenientes de los sectores medios residentes en las principales urbes del país. Éstos, como lo ha analizado Ezequiel Adamovsky en su estudio sobre la clase media argentina [2009], solían ser descendientes u originarios del continente europeo, pues las élites políticas y socioeconómicas dominantes asociaban el “progreso” a las personas blancas que provenían de los países que conformaban dicho territorio. En contraposición, quienes descendían de los grupos originarios o eran el producto del mestizaje de lo que se consideraban “razas inferiores” (como los afroamericanos) eran asociados a la “barbarie”, razón por la cual se los empujaba a través de diversos mecanismos económicos y culturales hacia los escalones más bajos del orden social. Por ello, los trabajadores que presentaban las características mencionadas en primer lugar tenían grandes oportunidades de obtener las mejores oportunidades educativas y laborales, hecho que terminó por diferenciar al campo del trabajo entre un sector medio y las clases populares.

En vista de estas circunstancias, no era nada fácil para alguien que portaba en su piel una fisonomía fuertemente estigmatizada poder superar estos prejuicios y acceder a una posición social más elevada. Sin dudas, la enorme capacidad que tuvo Gumersindo Sayago le posibilitó superar todos estos obstáculos, logrando así insertarse en un estrato societario al cual muchos de sus compatriotas no podían llegar debido al color de su piel. De allí que no fueron pocos los que en su tiempo les llamaba la atención de que uno de los “distinguidos” habitantes de la villa serrana no presentase los rasgos físicos tan típicos de sus integrantes, algo que ha quedado guardado hasta ahora muy vívidamente en el recuerdo de los pobladores más antiguos de la zona:

“Era un hombre criollo, criollo; era un indio, un coya totalmente. Una persona bien negra, unos pelos parados, ancho, petisón, gordo; vos te dabas cuenta, y él lo decía, que era descendiente de indios.” [Entrevista al Sr. Gerónimo “Mito” Llanos, Barrio El Canal, 08-IV-2012]

En Villa Independencia, Sayago podía disfrutar de una de sus grandes pasiones: los caballos. En tal sentido, solía compartir con algunos de los habitantes permanentes de la localidad largas cabalgatas en busca de disfrutar de la belleza de los paisajes serranos y la hospitalidad de su gente:

“Nosotros hacíamos cabalgatas con el doctor Sayago. A veces nos juntábamos 40 o 30, y nos íbamos a Cuesta Blanca, que no había nada. No estaba ni loteado Cuesta Blanca. Vivía el padre del casero del Dr. Sayago. El hombre tenía animales, así que un día hicimos un viaje allá. Ya nos esperaban con cabritos y todo eso. Fue hermoso. Cuando volvimos nos agarró la lluvia. Era un aguacero descomunal. Otra vez fuimos a Las Jarillas. No me acuerdo cómo se llamaba la institución religiosa que había ahí. También fuimos a andar un poco, comer cabritos y todo eso.” [Entrevista al Sr. Rafael Guillermo De Simone, op. cit.]

Además de las cabalgatas, a Sayago le encantaban los higos que se podían recolectar en la época veraniega. Pero, debido a que las higueras se encontraban en un lugar de difícil acceso, solía ir con el joven Gerónimo “Mito” Llanos para que éste le alcanzase los higos. Así lo recordaba tiempo atrás el inolvidable Mito:

“Y le gustaban mucho los higos. […] Había que subir por la calle de la escuela Bernabé Fernández y ahí había un camino que subía la quebrada hasta llegar arriba de la sierra, bajás como un kilómetro y allí hay un lugar de muchas vertiente, y las higueras están en lugares donde hay muchas vertientes. [Sayago] llevaba esos tarros que venían antes de cinco litros de aceite, y él llevaba uno, yo llevaba otro que atábamos [a los caballos] con unos tientos para no llevarlo en la mano así no nos cortaba el alambre de la manija. Así nos íbamos con él a caballo a cortar higo. Él me llevaba porque yo me tenía que subir de la higuera, cortarle los higos y luego alcanzárselos. Con él habremos ido cuatro o cinco veces a buscar higos para allá.” [Entrevista al Sr. Gerónimo “Mito” Llanos, op. cit.]

Cuando nos contaba sus anécdotas con el doctor Sayago, Mito también rememoraba el afecto que éste tenía hacia su abuela, con la que solía compartir charlas amenizadas por los mates que ella misma le cebaba. También había cultivado amistad con su tío, quien le cuidaba los caballos que utilizaba para viajar por las sierras:

“Él tenía caballos, y cuando se iba a Córdoba los dejaba en el campo de mi abuela; se los cuidaba Lino Quinteros, un tío mío. Cuando él venía en verano se llevaba los caballos a su casa, para él y el hijo. […] Era muy amigo de mi abuela. Mi abuela cebaba mate con yuyos, peperina, té de burro, con esas cosas de los molles, y hacía esas tortillas con grasa, y como ese hombre era de allá comía todas esas cosas. Y de ahí fue la amistad que tuvo con mi abuela, y como dejaba los caballos en invierno…” [Ibíd.]

Un hombre comprometido en todo momento

Si bien Sayago buscaba en Villa Independencia la tranquilidad que no le brindaba la ciudad, no por ello dejaba de estar al tanto de las vicisitudes políticas de la época. En especial, y como pudimos comprobar, hubo un hecho que marcó para siempre su actividad profesional, y fue el golpe de Estado de junio de 1943. Acérrimo defensor de los principios democráticos, su oposición al régimen militar le valió sus cargos universitarios. Pese a ello, nunca bajó los brazos y siguió luchando por sus ideales en todas las situaciones y contextos posibles. Aún en aquellos que, a priori, no acostumbraba a utilizar para estos fines, como sus días en la villa serrana.

Luego de ser depuesto de sus funciones en noviembre de 1943, se dirigió como era costumbre a su casa de veraneo. Todavía sensibilizado por lo que había pasado, un día de ese verano reunió a varios jóvenes del lugar para hablarles de la importancia de defender la democracia, algo que quedó para siempre guardado en la memoria de quienes escucharon de su voz tan elocuentes palabras, como Horacio Bardi:

“[…] Entonces, junto con el doctor Lafalle, [Sayago] nos reunió a los jóvenes en el río, en la costa -porque su casa daba al río- para hacernos una arenga. Fuimos los jóvenes más o menos de mi edad. Nos juntó para arengarnos y hacernos ver lo que era la democracia. […]

-¿Qué les dijo Sayago en esa arenga?

-Nos decía que teníamos que pensar lo que es la libertad, como debíamos comportarnos y pensar que teníamos que tener presente la libertad de la persona. Estuvo muy bien. Fue un momento muy lindo realmente. Fue una mañana, cerca del mediodía. Nos reunieron él y el doctor Lafalle; pero el que habló fue Sayago.” [Entrevista al Sr. Horacio Bardi, Villa Independencia, 29-X-2011]

Pero no sólo Sayago no dejaba de lado sus convicciones políticas en sus tiempos de descanso; en ciertas ocasiones, también disponía de sus conocimientos para tratar a algún vecino aquejado por la tisis. Uno de ellos fue el célebre músico andaluz Manuel de Falla, quien al enterarse de la presencia en Villa Independencia de uno de los más afamados tisiólogos del país decidió consultarlo y tratar así de calmar el sufrimiento que le causaba la enfermedad:

“A Manuel de Falla lo atendía Conde, pero él no era tisiólogo. Manuel de Falla se entera de este doctor [Sayago], y viene y lo ve. Y Sayago empieza a curarlo a Manuel de Falla y se siente bien.” [Entrevista al Sr. Gerónimo “Mito” Llanos, op. cit.]

Una terrible pérdida signa los últimos años de su vida

Como todos los que los conocieron, el doctor Sayago sentía un especial afecto por su hijo, a quien todos los vecinos de la villa solían conocer como “Charles” o “Charlie”. Según De Simone, Gumersindo hacía todo lo posible para que su hijo continuase la profesión donde él tanto se había destacado. A tal fin, “[…] para que no se distrajera él le estaba pagando la Facultad de Medicina en Buenos Aires. Se iba en avión y él se iba a verlo rendir allá.” [Entrevista al Sr. Rafael Guillermo De Simone, op. cit.]

Gran amigo de Ennio Luengo y Rafael De Simone, Charlie solía compartir con éstos varias travesías en caballo por los senderos serranos. Un día, ya recibido de médico y con una beca para ir a estudiar a Alemania, decidió montar un equino que se mostraba bastante indócil. Tras iniciar la cabalgata sufrió a pocos metros un grave accidente, cuando cayó del caballo y golpeó con su cabeza en el suelo. Lamentablemente, las heridas recibidas fueron de tal gravedad que, a pesar de los esfuerzos por atenderlo en la clínica del Dr. Eugenio Conde, dejó de existir en un lapso muy breve de tiempo. Ennio, quien mantiene aún un vívido recuerdo de su amigo, fue testigo principal de aquella trágica jornada, la cual, según sus palabras, nunca más pudo olvidar:

“Yo era muy amigo de los Sayago, y aparte le gustaba al viejo porque yo escribía. Charlie iba siempre a visitarme. Un día me va a visitar a caballo –le gustaba mucho andar a caballo, tenían unos caballos hermosos- y estuvimos charlando un rato largo; cuando está por irse, recuerdo que al caballo lo tenía atado a un chañar que había entonces frente a mi casa y el caballo no se dejaba montar. Le dije: “Charlie, lleválo de tiro”. Eran cinco o seis cuadras. “No”, decía, era muy orgulloso. “Lo voy a montar” Bueno, tanto jodió –hablando mal y pronto- que se pudo subir, y salió galope tendido hacia abajo. A una cuadra de mi casa se produjo un tierral, y vi que se paró el caballo. “Uy”, decía y me reía. “Lo volteó”. Cuando se va la tierra estaba tendido en el suelo el Charlie. Llegué yo, lo levanto -estaba en coma- y venía un Ford 8 (modelo) 1938. Fue tan duro… Recuerdo que antes de salir de casa me dijo que se iba a ir a estudiar medicina a Alemania, y fijate que le digo: “Bien hecho, hombre, a vos que te gusta la medicina” “Mirá, me dice, porque total hoy estamos y mañana no estamos”. Llega el Ford 8 y le digo: “Por favor, llévenlo a una clínica en Carlos Paz, a la clínica Conde”. Me dice: “Espere, soy médico yo”. Lo mira y dice: “Sí, vamos”. Lo llevaron a la clínica Carlos Paz, y no sé quién le avisó enseguida a Sayago que vino pronto. Dicho sea de paso, admiraba el temple del viejo (viejo para mí), ni un gesto. Me dice Conde: “Salí, porque te vas a desmayar”. Bueno, me salí. Ya estaba muerto, prácticamente.” [Entrevista al Sr. Ennio César Luengo, Santa María de Punilla, 16-IX-2012]

La muerte de “Charlie” Sayago fue un golpe durísimo para la familia, la que ya había sido tremendamente afectada por la muerte de una de sus hijas algunos años antes. Ennio Luengo, quien por entonces tenía 30 años [teniendo en cuenta que había nacido en 1927, suponemos que el hecho tuvo lugar en el año 1957], aún no olvida cómo la madre de Charlie estaba afectada por lo sucedido, sin poder superarlo:

“Yo era muy amigo e iba siempre a visitarlo a Sayago, pero después que murió Charlie fui unas pocas veces más. Doña Susana me llamaba, me llevaba al dormitorio y me decía: “Vení, decime cómo murió Charlie”. Fui una, dos, tres veces, y me hace mal, y no fui más porque, pobre, me preguntaba siempre lo mismo y por eso me alejé, porque me daba pena.” [Ibíd.]

Como vemos, el recuerdo de Charlie y su muerte en la villa tuvo un hondo impacto en la familia. Poco tiempo después, más precisamente en 1959, el doctor Gumersindo Sayago fallecía en la ciudad de Córdoba, quedando del núcleo familiar original compuesto por cinco miembros sólo su esposa y una de sus hijas. Éstas últimas continuaron sus vidas en la ciudad de Córdoba, mientras que aquellos días en que la familia pasaba sus temporadas estivales en la villa serrana pasaron a ser un recuerdo cada vez más lejano.

En este contexto, la casa de la familia Sayago pasó a otras manos, y hoy, pese a las modificaciones sufridas, todavía es posible admirar parte de la fachada de lo que fuera la pintoresca morada del gran médico. Sus muros, como la memoria de los vecinos que lo conocieron, son los últimos testigos del paso de Sayago por estas tierras, aunque su huella quedó tan firmemente impresa que no hay olvido ni ignorancia que puedan borrar una vida dedicada al progreso y la justicia social.

Fuente: www.lajornadaweb.com.ar/

Por José Antonio Casas / Profesor en Historia