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lunes, 14 de septiembre de 2026

Tinta, plomo y libertad: el nacimiento de El Guardia Nacional y los primeros pasos de la prensa santiagueña

Por Leyendas del Folclore Santiagueño

NOMBRES DE DIARIOS y periódicos de diversas épocas, según los archivos de la historia periodística santiagueña.


Un nacimiento tardío bajo la sombra del despotismo

El 17 de septiembre de 1859 no fue un sábado cualquiera en Santiago del Estero. Tras décadas de silencio forzado, analfabetismo estructural y constantes luchas civiles, salió a la calle la primera hoja impresa producida en la provincia: El Guardia Nacional. Mientras Mendoza y Tucumán contaban con imprenta desde 1817, Córdoba desde 1825 y Corrientes desde 1829, Santiago fue la última provincia argentina en tener un periódico propio.

Como explicó el historiador José F. L. Castiglione en sus trabajos de 1948, semejante demora no fue casual. La prolongada tiranía de Juan Felipe Ibarra entre 1820 y 1851, junto a la escasez de escuelas y la inestabilidad política, ahogaron cualquier intento de libre expresión. El propio Manuel Belgrano lo había advertido en las vísperas de la Revolución de Mayo, en una cita que Castiglione rescata con precisión: «¿Quiénes se oponen a la libertad de prensa? ¿Quiénes le temen? Los déspotas, los tontos y los tímidos». Hizo falta que cayeran los viejos caudillismos y se sancionara la Constitución Nacional de 1853 para que la palabra escrita tuviera, por fin, una imprenta donde nacer.

Una prensa cobrada en deudas de guerra

El origen del equipamiento técnico que dio vida al primer periódico santiagueño parece sacado de una trama bélica. Según documentaron Castiglione y Alfredo Gárgaro, la llegada de la primera máquina tipográfica no respondió a un encargo comercial, sino al cobro de una deuda entre los gobiernos de Tucumán y Santiago del Estero.

Santiago había volcado sus fuerzas militares en la expedición del general Espinosa para derrocar al gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, conflicto que culminó en la batalla de Los Laureles. Para compensar los gastos militares ocasionados, el líder santiagueño Manuel Taboada negoció la entrega de una prensa usada propiedad del gobierno tucumano. El traspaso se formalizó mediante una ley de la Legislatura de Tucumán el 27 de julio de 1854.

La máquina, calificada en los registros de la época como pesada y manejada por "operarios sin inteligencia", exigió traer desde Tucumán a un experto, Pedro F. Robles, para ponerla a punto y capacitar a la primera generación de tipógrafos locales. Cinco jóvenes santiagueños asumieron el desafío de aprender el oficio del plomo y las tintas:

  • Segundo R. Araujo
  • Crisólogo Agüero
  • Crisóstomo Encalada
  • Ramón R. Bravo
  • Mauro Figueroa

Instalada en dependencias del Cabildo, la imprenta fue bautizada "31 de Octubre" —en homenaje a la victoria militar de los Taboada sobre las tropas tucumanas en Tacanitas (1853)— y comenzó a publicar los primeros decretos y papeles oficiales en 1858.

El debut de El Guardia Nacional: formato, voz y vicisitudes

El Guardia Nacional salió finalmente el 17 de septiembre de 1859, durante la gestión del primer gobernador constitucional, Juan Francisco Borges. Tenía salida semanal, una tirada modesta de 150 ejemplares y un formato chico de 30 por 40 centímetros, apenas más grande que un libro. Su primer editor fue el propio Pedro F. Robles, mientras que el rol de redactor principal lo asumió Ezequiel N. Paz, entonces ministro de Gobierno. Sin embargo, en la historiografía existe un debate sobre la conducción del medio: mientras algunos autores le otorgan la dirección a Paz por su rol de redactor, otros afirman que la dirección estaba en manos de Manuel Taboada.

En una provincia con muy pocas escuelas, donde saber leer era un privilegio raro, los pocos ejemplares circulaban de mano en mano o se leían en voz alta ante grupos de vecinos analfabetos. Aun así, la vida del semanario fue corta. En 1860, el gobernador Pedro R. Alcorta cortó su publicación alegando la "escasez de recursos" del tesoro provincial. Se intentó alquilar la imprenta al club político "25 de Mayo", pero los incumplimientos del contrato terminaron en la rescisión del acuerdo, dejando a la provincia de nuevo sin órgano impreso.

Periodismo de trinchera y la figura del "editor responsable"

Tras el cierre de El Guardia Nacional vino una etapa prolífica pero violenta. Los periódicos que le siguieron - La Reforma Pacífica (1860), La Prensa Orgánica (1861) y La Fraternidad (1862) - nacieron al calor de la contienda política. Eran hojas marcadamente facciosas, escritas con un tono agresivo que apuntaba a las personas antes que a los debates de ideas.

Muestra de ese clima fue lo publicado por el periódico La Libertad en octubre de 1875, atacando al mitrismo tras la caída del régimen de los Taboada:

"Mitre, el más nefasto de los ciudadanos, habrá triunfado... A más de revoltoso, es traidor a la Patria".

Recién hacia 1880 empezó a abrirse paso un estilo más templado. En la edición número 287 de La Prensa Libre, el redactor Federico R. Álvarez lo planteaba claramente en su editorial de presentación:

"No, la misión de la prensa es mucho más digna y delicada, y está más arriba de todas esas bajezas y de todas esas miserias; el hogar es el recinto sagrado y el templo santo de la familia a cuyas puertas hemos de deponer todos nuestros odios y rencores..."

En ese contexto tenso, el rol del "editor responsable" - que solía ser el propio tipógrafo o regente del taller - entrañaba un peligro real. Antes de la sanción de la primera Ley de Imprenta provincial en 1885 y sin garantías policiales efectivas, el editor quedaba expuesto a agresiones físicas o a ser desafiado a duelo por cualquier artículo que causara ofensa. Por eso, como observó Castiglione, los cambios constantes de nombre en el pie de imprenta casi siempre delataban un episodio de violencia o persecución.

El legado de la palabra impresa

A pesar de su corta vida y sus limitaciones técnicas, El Guardia Nacional rompió el aislamiento cultural de Santiago del Estero e inició la historia de la prensa local, una trayectoria que Castiglione dividió en tres etapas fundamentales:

  1. Primera etapa (1859-1895): La proliferación de unos cuarenta semanarios de pequeño formato y tiradas reducidas.
  2. Segunda etapa (1895-1932): El salto al periodismo diario con La Provincia (1895) y la consolidación de cabeceras históricas del norte argentino como El Liberal, fundado el 3 de noviembre de 1898 por Juan A. Figueroa.
  3. Tercera etapa (1932 en adelante): La profesionalización del oficio, la despersonalización del comentario político, la llegada de las linotipias y el asentamiento del periodismo informativo moderno.

Aquel primer impreso abrió el camino para que la ciudadanía empezara a fiscalizar al poder. Como concluyó Castiglione al valorar el trabajo de los tipógrafos que manejaban el plomo en el Cabildo de 1859, la prensa no solo contuvo los abusos de los caudillos, sino que «esclareció conciencias y ayudó al pueblo a saber elegir mejor».

 Basado en: "HACE 89 AÑOS QUE VIO LA LUZ EL PRIMER PERIODICO SANTIAGUEÑO" -  Número del Cincuentenario * EL LIBERAL * 3 de Noviembre – 1948

domingo, 9 de marzo de 2025

Cantarranas

 


CANTARRANAS fue un barrio de la ciudad. Lo menciono en pretérito, seguro de que gran parte de la población actual, lo desconoce por el nombre que le dió características inconfundibles a fines de siglo.

Desapareció con él, cediendo a los impulsos del progreso, un típico arrabal de Santiago. La vieja ciudad fué desprendiéndose poco a poco de sus cuadros ambientales, para estrenar vistosos y extraños ropajes, como obligado tributo a las imposiciones del tiempo. Mudó su atuendo, sin quererlo quizás; pero enamorada de su estirpe guardó en la arcaza donde su pasado, el recuerdo de una época, que caracterizó como ninguna otra, su auténtica fisonomía criolla.

El viejo barrio fué una prenda más que se arrumbó en el olvido. Habrá muchos, sin embargo, para quienes la evocación de su nombre sea el despertar de un largo sueño de inconstancia. Revivirá el recuerdo de pecaminosas aventuras, más gratas cuanto más lejanas; pero rememorará pasadas ilusiones que se esfumaron con la veleidad de su capricho; restañará profundas heridas de amargos desengaños; y como el toque del Angelus, sonará en los pechos para abrir el cofre de las afecciones más puras y de las más dulce reminiscencias.

TÍMIDO y humilde el barrio de Cantarranas se arrinconaba entre las vías del Central Córdoba y la avenida Moreno. Lo cerraba hacia abajo el blanco salitral del campo de Las Carreras, y entre éste y la cintura verdosa de las primeras quintas que daban al poniente, destacaba sus líneas renacentistas el chalet del Dr. Corvalán.

Le dieron fisonomía un antiguo cementerio, que ocupó el solar donde hoy muestra sus jardines la plaza San Martín, y vastas excavaciones siempre llenas de agua, vestigios de abandonados tabiques, en las que al caer la tarde los batracios atormentaban con Su incesante croar. Característica tan original fué captada por la fácil imaginación de nuestro pueblo, y lo que nació como ingeniosa humorada de algún noctámbulo divertido, terminó por imponerse como denominación de todo el barrio.

Su suelo salitroso fué hostil a los cultivos. Aisladas isletas de jumes y cachi yuyos surgían en aquella pampa de tierra floja y arenosa, y cuando entre ellas levantaba su redondeada copa un algarrobo o un tala, era la señal segura de que a su sombra se resguardaba la humilde casita de un morador criollo.

Hurafio e inhospito, albergaba, sin embargo, una población modesta, laboriosa y buena. Allí hundieron sus raíces los viejos troncos de algunas familias de tradición en nuestro me- dio, y en él encontraron las falanges de la guerra civil al soldado incansable, valeroso y digno.

Conservó hasta hace pocos años, en celosa custodia, los rasgos que le dieron nombre y ambiente; y si bien es cierto que los avances del progreso lo van transformando, no lo es menos que sobre los restos de su afanoso pasado conserva el ponderado empaque que le dió menta y fama.

EL antiguo cementerio se construyó en el 59 por suscripción pública. Fué el primer enterratorio secular y se conservó hasta el 87 en que se le dio el emplazamiento actual. Daba frente al naciente, y en el espacio que hoy ocupa la cancha del club Central Córdoba, se abría una amplia plaza que servía de refugio a las carretas y arrias de mulas que llegaban de las provincias andinas, cargadas de productos regionales.

La llegada de un convoy era motivo de justo regocijo. No ya sólo el animado trajín de los negociantes que se disputaban la adquisición de las primicias, sino también la novedad de los forasteros que entusiasmaban a los mozos del barrio con el halago de sus golosinas y el deleite de sus canciones en esas largas noches a cielo raso.

Los viejos vecinos recuerdan aún el espectáculo pintoresco de esas ferias y no se cansan de ponderar la variedad, exquisitez y baratura de sus productos. Un barrilito de aguardiente a un peso, el de vino a dos Ristras de ore- jones y de pasas. Quesos y Patay. Todo en abundancia y por muy poca plata,

Un convoy sucedía a otro y de esta suerte, la actividad comercial del barrio se mantenía en constante ritmo, provocando entusiasmo y vocación por este género de negocios. No fueron pocos los vecinos que encontraron en ellos un género de vida cómodo y provechoso; y esta situación de envidiable preeminencia se mantuvo hasta varios años después del 84, en que, como se sabe, llegó el primer ferrocarril a esta ciudad.

EN la esquina actual, formada por la calle Pedro León Gallo y la avenida Colón, a la derecha de la acequia pública se levantaba el cuartel de la guarnición local. Dos amplios salones, destinados a depósito de armas y asiento de la guardia, separados por un ancho zaguán, daban a la avenida.

Más al fondo, otras construcciones proporcionaban alojamiento a los jefes y tropa. Se le llamaba "El Polvorín" y había sido construido en los primeros años del gobierno de Ibarra. De tipo colonial, su factura era de material cocido y tejas, estando rodeado por un amplio campo de adiestramiento que se extendía hacia el lado de arriba y al poniente.

Allí alojó Ibarra en el año 40 su famosa "División de los Libertadores". La componían setecientas plazas y era su jefe el coronel don Francisco Ibarra, hermano del gobernador. Bien equipada, estaba lista para oponerla a la coalición del Norte, que con Avellaneda en Tucumán, Solá en Salta, Alvarado en Jujuy, Cubas en Catamarca, Brizuela en La Rioja, Fragueira en Córdoba y Martín Herrera en Santiago, amenazaba seriamente el poder de Rosas y sus secuaces.

Pero ocurrió un o insólito Al mediodía del 24 de septiembre de aquel año, ruido de armas y voces de mando turbaron la calma secular del barrio. La división de los Libertadores se sublevó al grito de "Viva la patria", "Muera el tirano Ibarra". El comandante Rodríguez y los oficiales Herrera, Fulco y Roldán, fueron los je- fes visibles de los amotinados.

La noticia llegó a la casa del gobernador, ubicada en el solar donde hoy se levanta el teatro 25 de Mayo, en circunstancias que éste se encontraba a la mesa, acompañado de su ministro Dr. Gondra, el jefe de la División y algún otro familiar. De inmediato el coronel Ibarra, a todo galope y seguido del capitán Albornoz y un asistente se dirigió al cuartel, seguro de que su sola presencia bastaría para apaciguar a los revoltosos. En lugar de entrar por la amplia puerta de la guardia, lo hizo por los fondos que daban a la actual calle San Martín. La presencia del jefe, hombre de ponderado valor y reconocido coraje, produjo un momento de vacilación entre los sublevados, pero bien pronto se renovó el empuje y el coronel Ibarra caía mortalmente herido, por sus propios soldados, en el campo de su comando.

Si bien triunfó el levantamiento, la falta de decisión de sus jefes, dió tiempo a Ibarra para reunir gente y retomar el gobierno. Muy caro costó a los revoltosos el afán de su aventura. Ya en el poder, el gobernador castigo despiadadamente a los cabecillas, y los nombres de Herrera. Rodríguez, Unzaga, Libarona y otros, se inscribieron en las tablas de sangre de aquella época luctuosa.

En memoria de don Pancho Ibarra, que así llamaban al mártir de esa triste Jornada, se levantó una gran cruz de quebracho con leyenda alusiva la que se conservó hasta fines de siglo en el ángulo sur de la intersección de las actuales calles San Martín y Colón.

EN junio del 80 conmovió al barrio un suceso impresionante. Desde el amplio carril (hoy calle Pedro León Gallo), se divisaba hacia el centro una masa informe que avanzaba lentamente, mientras llegaban ecos de órdenes y ruidos de voces, casi apagados por los sones de músicas marciales.

Momentos después, una larga caravana pisaba los umbrales del barrio. Carros y más carros, cargados de hombres con disimulada sonrisa en los labios, marchaban pesadamente bajo la custodia de soldados del 9 de Línea; mientras muchos más, mujeres y niños, seguían a pie en apiñada columna, como piadoso séquito de una postrera despedida.

¿Qué sucedía? El gobierno de la provincia enviaba a Buenos Aires su contribución de hombres, para sostener a las autoridades nacionales amenazadas por la revolución de Tejedor.

La columna dobló frente al "Polvorín", siguiendo por la hoy avenida Colón hasta encontrar el camino real (calle Libertad) que la conduciría a San Pedro, la estación más próxima del entonces ferrocarril Córdoba a Tucumán. Sin otras alternativas que la incomodidad de los medios de locomoción, pues cada carro llevaba diez o doce personas, el convoy continuó su viaje siempre rodeado de hombres, mujeres y niños, que no se resignaban a separarse de sus seres queridos. Estos abnegados acompañantes, algunos a pie y otros a caballo, siguieron la caravana a más de cuatro o cinco leguas afuera, hasta que, agobiados de cansancio, volvían, uno a uno, pesarosos y tristes, con la amarga desazón de un empeño inútil.

Era gobernador de la provincia en ese entonces don Pedro Gallo. El reclutamiento fué obligatorio y la medida causó profundo desagrado en la población. El dia de la partida todo el pueblo se volcó para despedir a los que marchaban; unos por cumplir un humano deber; otros, quizás los más, por curiosidad. El gobernador dirigía los preparativos del viaje montado en un hermoso caballo blanco. Las mujeres lo rodeaban y se prendían a las riendas, para suplicar anhelantes la libertad de sus familiares; pero aquél, impasible y con despiadada energía, repartía latigazos sin respetar sexo ni edad, lo que ahondó el descontento y exacerbó los ánimos,

En realidad, de verdad, el reclutamiento del 80 no tuvo calor popular. Los hijos de Santiago, que habían contribuido con sus esfuerzos y su sangre para la organización definitiva de la República, no se hallaban ya con el ánimo dispuesto para arriesgarse en nuevas empresas políticas. Y mucho menos, en la que se pretendía embarcarlos, que al fin y al cabo respondía a intereses de grupo, discutibles como tales y ajenos a las preocupaciones de esta provincia. Faltaba igualmente, el estímulo de aquellos viejos caudillos, ya desaparecidos que se dejaban seguir al solo conjuro de sus nombres y que rubricaron en hazañas memorables, por todos los campos de la patria, el valor y corazón del soldado santiagueño. En tales condiciones, la nueva contribución de sangre que se impuso, tenía necesariamente que ser impopular e inoportuna.

Igual contingente partió el año 20 aunque esta vez por ferrocarril, desde la estación del Central Córdoba. En ambas ocasiones, los santiagueños llagaron a Buenos Aires cuando ya las hostilidades habían cesado. Más valía así. La leva se hizo sin ninguna selección, enrolando a la fuerza hombres de todas las edades, sin la menor noción del manejo de las armas. Carecían de instrucción militar, y mal alimentados y peor vestidos llegaron a destino en condiciones deplorables. En tal situación, habrían sido llevados a un sacrificio inútil, si la marcha de los acontecimientos no hubiese determinado un cambio de frente.

Me transporto en el recuerdo y contemplo, no sin cierta emoción, mi viejo barrio de Cantarranas de principios de siglo. El cementerio y la plaza de la feria habían desaparecido, y un espeso monte de jumes y cachi yuyos los cubrían por completo. El alto matorral adquiría formas fantásticas en la noche y desde aquella profunda oscuridad en la que a veces se engarzaba la parpadeante luz de alguna vela, puesta por manos cristianas como devoción a las ánimas- llegaban un rumor de fantasía y un hálito de superstición y de miedo.

Del "Polvorín" no quedaban más que el muro, cubierto totalmente por la maleza. Los niños llegábamos algunas veces, hasta aquellas ruinas y nos entreteníamos en separar uno por uno sus viejos ladrillos, profanando aquel solar que fué testigo mudo de un largo proceso de nuestra historia provinciana.

Las excavaciones, llamadas lagunas por los vecinos, quizás por semejanza, que en otros tiempos fueron famosas y dieron fisonomía y nombre al barrio, Iban cegándose poco a poco. La más grande ocupaba el tramo de la calle Santa Fe, entre Sarmiento y San Martin, extendiéndose hasta más de la mitad de las manzanas colindantes. Había otra sobre San Martin, frente a la plaza del mismo nombre y una tercera en San Luis, entre Sarmiento y aquélla.

En época de lluvia se unían, formando una sola masa de agua entre las avenidas Moreno y Colón, haciendo difícil el tránsito y fomentando la aparición de sapos y ranas que mantenían la sonora tradición del barrio. Pasadas las lluvias, comenzaba la afloración del salitre, mientras la tierra firme se volvía negra, en partes retinta, por obra de su descomposición. Bien pronto, el viento se encargaba de esparcir en densos nubarrones aquel polvo areno-salitroso, poniendo a prueba la resistencia y constancia de sus moradores.

Predominaban los baldíos y las casas llamadas de parapeto eran muy pocas. Las habitaciones consistían, en su mayoría, en piezas de media agua, construidas con material cocido y muchos ranchos diseminados sin responder a un ordenamiento edilicio. Los únicos edificios de importancia que se levantaban, eran la escuela Zorrilla y la estación del Central Córdoba.

Los pobladores del barrio eran gente sencilla y de trabajo Conservaban las costumbres del patriarcado criollo y preferían el trabajo independiente de la artesanía a las otras formas de contratación laboral. Se desempeñaban en sus propias casas y eran maestros consumados en sus respectivos oficios.

Las mujeres fueron hábiles en las labores domésticas y renombradas en el amasijo. No será fácil olvidar las empanadas de doña Ermilia, los chipacos de doña Segunda, los panes y Toscas de doña Transito.

Más tarde, las principales tiendas de la ciudad implantaron el sistema de la costura de confección, lo que hizo desviar la vocación de las más Jóvenes hacia esa nueva forma de trabajo, alentadas con la perspectiva de medio de vida más cómodo y de mayor distinción.

Habla muy pocos negocios. La panadería de doña Manuela y don Mato, ubicada en Pedro León Gallo y Santa Fe, gozaba de celebrada fama por sus riquísimos blacochus, Instalados frente a frente, en la antigua quina de Sarmiento y Santa Fe, estaban los dos únicos almacenes que proveían de artículos alimenticios y que pertenecieron a don Victorio Terrera y a un español conocido por el Rose de Prolo.

El vecindario se proveía de agua para beber en la bomba del ferrocarril, utilizando para otros menesteres la salobre de los pozos de balde, que se habilitaban en cada casa con muy poco esfuerzo, pues el agua se encontraba a menos de dos metros. El baño se hacía en la acequia de la avenida. Colón. Los espesos jumes que la bordeaban servían de natural reparo, pues como no se usaban mallas, había que buscar la forma de resguardarse de las miradas furtivas. Los hombres lo hacían en lugar aparte. Sólo los niños tenían el privilegio de frecuentar uno y otro bando. Está demás decir que el baño era función de verano ya que, en invierno, eran muchas las dificultades que se oponían para practicarlo con frecuencia,

A vida se desenvolvía tranquila y sin 'alternativas dignas de mención. Las horas del dia se controlaban al son de la campanita de la escuela Zorrilla, y en la noche las campanas del reloj del cabildo se dejaban oír impresionantes en aquel profundo silencio.

Fuera de alguno que otro acontecimiento familiar que congregaba a los más allegados, el motivo principal de reunión lo constituían las celebraciones religiosas. Las familias principales tenían siempre alguna imagen que concitaba la devoción del vecindario. El dia de la festividad se reunían para acompañar al santo y velarlo durante la noche, entre rezos y cánticos. La ocasión era, además, propicia para estrechar amistades, extendiéndose en amenas conversaciones sobre temas intrascendentes, matizadas de vez en cuando, con dimes y diretes sobre la vida y andanzas de algún indefenso mortal. Los dueños de casa se esmeraban por dar al acto la solemnidad debida y los vecinos se hacían presentes con ofrendas de velas, sin faltar tampoco, los que cumpliendo una promesa se prestaban para ayudar a servir café, caña o masitas a la concurrencia.

 

Fue muy nombrado el velorio del Amo Jesús, que tenía lugar la noche del miércoles santo en casa de los Miranda. El calvario se armaba con cañas y ramas de árboles en un rincón de la amplia habitación que daba a la calle Pedro León Gallo. Entre Flores y gajos de albahaca, emergía la imagen del Nazareno con la Dolorosa a su lado, mientras a sus ples, ardía toda la noche un enjambre de velas.

Se rezaba hasta el amanecer, alternando con cánticos religiosos que se acompañaban con flauta, clarinete y trombón. Las niñas hacían gala de sus condiciones artísticas y los músicos Acosta, Herrera, Nolasquito y el negro Chagaray confirmaban su bien ganada fama de ejecutantes sacros.

El nacimiento del niño Dios se realizaba en casa de la familia Ludueña que vivía en la misma calle Pedro León Gallo casi esquina avenida Colón. El motivo de la recordación era distinto y por consiguiente la celebración tenía otro carácter. Pasado el oficio religioso, comenzaba el baile que se prolongaba hasta el amanecer. La calidad del padrino garantizaba la esplendidez de la fiesta, pues por fuerza de la costumbre debía ser su principal mantenedor.

Merecen igual recordación, el velatorio de la Virgen del Valle en casa de la familia Carabajal, el de San Gil en lo de Leiva, y el de la Virgen de las Mercedes en casa de los Coronel.

Como no podía ser menos, también el barrio tuvo sus políticos y sus vecinos fueron entusiastas y apasionados en las luchas cívicas.

Allí vivieron los hermanos Salvatierra, de reconocido coraje y decisión, elementos incondicionales de don Pedro García, con quienes éste armaba sus revoluciones, que pusieron en jaque, más de una vez, a varios gobernadores. Lo recuerdo también a don. Nicanor Salvatierra. Era alto, morocho y de porte distinguido. Vivía en una lujosa casa de la calle Pedro León Gallo y avenida Moreno y se le veía salir en un magnífico coche tirado por dos hermosos troncos, concitando la admiración de chicos y grandes. Fué una figura prominente de la política santiagueña y llegó a ocupar altas posiciones públicas. Tuvo sobrados motivos para vincular su nombre al barrio y es así, como por pasión o por afecto, amigos y adversarios le llamaban "el Conde Cantarranas".

Sólo conocí de vista a don Nicanor y no tuve oportunidad de tratarlo. En cambio, supe apreciar desde bien niño a otro caudillo del barrio, más modesto, pero de un gran corazón. Lo nombro a don Crescencio Carabajal. Fué el prototipo del santiagueño auténtico. Sencillo, afectuoso, desinteresado y valiente. De él podemos decir que fué guapo, en el doble sentido que tiene esta palabra en castellano culto y en la jerga popular. Caso curioso, le conocí militando siempre en la oposición. Las reuniones en su casa, el día del comicio, congregaban a todo el barrio y allí calamos hasta los niños, seguros de que habría empanadas para todos. Pero nuestra presencia no se reducía a ello solamente, Don Crescencio sabía ocuparnos en algo y recuerdo que cuando nos confiaba la búsqueda de los electores en el padrón para indicarles la ubicación de las mesas, nos sentíamos importantes, orgullosos de saber leer y confiados de que retribuíamos ampliamente la generosidad del dueño de casa.

DESPUÉS de ésta, para mí grata evocación del barrio Cantarranas de mis primeros años, no podría decir con el poeta, que todo está como era entonces. El progreso en su marcha implacable fué transformando intensiblemente el viejo barrio. Las gestiones dan la Asociación Pro Fomento y Cultura del Barrio Oeste, cuyo edificio social se levanta en el mismo solar que ocupaba una de las tantas lagunas que le dieron nombre, tuvieron la virtud de concitar la acción del vecindario y llamar la atención de las autoridades, para culminar en el año 1928 con la instalación de las cañerías distribuidoras de aguas corrientes y la construcción de la plaza San Martín. Ello abrió una ruta amplia al impulso vecinal, cada día que pasa, una nueva iniciativa acre- dita al acervo emprendedor de sus moradores, dando al barrio una fisonomía a tono con las exigencias de los tiempos que corren.

El barrio de Cantarranas está cambiado y hasta su nombre tradicional tiende a desaparecer para ser sustituido por el de un rumbo geográfico o el de una vía de ferrocarril.

No importa, es la ley fatal del progreso; pero si es verdad que el adulto se halla en el niño que fué, como el fruto que guarda en lo más recóndito el aroma de la flor que lo forjó en su seno, así seguirá Cantarranas siendo para muchos aquel barrio inolvidable, adentrado en el corazón por el afecto y vivo en la imaginación por su ambiente, sus costumbres y sus hijos.

Número del Cincuentenario * EL LIBERAL * 1898 - 3 de Noviembre