Hace 74 años desaparecía en silencio el creador de "La López Pereyra", la zamba que se convirtió en el himno folklórico de Salta. Su vida fue un viaje entre melodías andinas y aulas escolares, pero terminó en la indigencia. La historia de cómo un compositor genial tuvo que luchar legalmente por reconocer su propia obra.
El 18 de octubre de 1950,
en una habitación del Asilo Santa Ana de Salta, falleció Artidorio Cresseri a
los 86 años. Pocos periódicos lo mencionaron. Pocos asistieron a su funeral.
Sin embargo, la melodía que este hombre de origen italiano había creado décadas
atrás seguía viva, vibrando en las voces de miles de argentinos que la cantaban
sin conocer el nombre de su compositor. Era como si Cresseri hubiera dejado su
alma en las notas de una zamba y se fuera del mundo habiendo entregado todo lo
que tenía: su música, su enseñanza, su vida entera.
Un
niño salteño criado entre mulas y melodías
Artidorio Cresseri nació
en Salta el 5 de marzo de 1862, en el seno de una familia italiana de artistas
y poetas. Su padre era uno de esos comerciantes arriesgados que recorría los
caminos andinos: llevaba mulas engordadas en los valles salteños hacia Bolivia,
Perú y otras tierras fronterizas, retornando con monedas de plata y artículos
traídos de España. Era el negocio de la época, el comercio que unía regiones y
generaba fortunas modestas.
A los once años, el joven
Artidorio acompañó a su padre en esos viajes que lo transformarían. Mientras
cruzaban serranías y valles, el niño escuchaba las músicas del altiplano, las
danzas que pulsaban en pueblos bolivianos, los ritmos que emanaban de una
cultura milenaria. Aquellos viajes no fueron turismo: fueron una escuela viva
de folklore.
De
Tarija a Sucre: El músico que emergió
Tanto le gustó aquella
experiencia que Artidorio decidió quedarse. Se instaló en Tarija, desde donde
comenzó a viajar con regularidad a Sucre, las dos ciudades más importantes del
sur boliviano. Allí continuó sumergiéndose en la música y los bailes andinos,
puliendo las lecciones que su madre le había enseñado en Salta.
A los dieciséis años, ya
no era un aprendiz: Artidorio Cresseri era "un experto pianista". En
1880, presentó su primera obra significativa: "Bailecito de Bolivia",
una pieza que fue "festejada y bailada por los bolivianos" con
entusiasmo inmediato. La composición viajó más rápido que el propio Artidorio:
pronto llegó a Salta y Jujuy, sembrando su nombre entre los músicos del norte
argentino.
El
maestro que enseñaba mientras componía
De regreso en su tierra
natal, Cresseri no fue solo un compositor romántico dedicado exclusivamente al
arte. Fue un hombre práctico que entendía que la música necesitaba difusores.
Se dedicó simultáneamente a tres oficios que se retroalimentaban: la
composición, la enseñanza y la interpretación musical.
Fue maestro de primeras
letras, oficio respetado en aquella época. Luego ascendió a Director de la
Escuela Elemental Número 1, posición que lo mantuvo ocupado durante años. Tras
su retiro de la educación formal, se entregó de lleno a la enseñanza musical.
Pero Cresseri hizo algo más: se convirtió en afinador de pianos, ese oficio
manual que lo obligaba a recorrer constantemente las provincias del norte
argentino. Cada casa donde afinaba un instrumento era una oportunidad para
enseñar, para divulgar el folklore, para sembrar semillas musicales.
Nace
"La López Pereyra": La obra maestra
A comienzos del siglo XX,
alrededor de 1910, Artidorio Cresseri compuso lo que sería su obra inmortal:
"La López Pereyra".
El título original era
tan poco glamoroso como revelador: "Chilena dedicada al doctor Carlos
López Pereyra". Circula una historia popular sobre sus orígenes: Cresseri
habría estado enfrentando una condena judicial, y el doctor López Pereyra lo
habría salvado. La zamba sería, en esta versión, un acto de gratitud infinita.
Es una historia hermosa, romántica, típica del folklore. Pero como muchas
leyendas que rodean a los grandes artistas, probablemente sea solo eso: una
leyenda.
Los documentos
posteriores sugieren que Cresseri vivió en paz, que se casó y que su esposa
murió de causas naturales. Sin embargo, existe otra versión más documentada: el
propio doctor López Pereyra colaboró en la versión final de la letra,
ajustándola meticulosamente a la melodía que Cresseri había creado. Fue una colaboración
que resultó perfecta.
El
fantasma de la autoría
Lo que sucedió después
cambiaría el curso de la vida de Artidorio Cresseri. La zamba fue registrada
por Andrés Chazarreta, un reconocido recopilador santiagueño de música popular.
Chazarreta era respetado, era un colector de tradiciones, un hombre que viajaba
recogiendo el acervo folklórico del norte.
Pero aquí comienza el
conflicto: la zamba comenzó a circular como anónima, o con atribuciones vagas.
Mientras Cresseri seguía con su vida, enseñando y afinando pianos en pueblos
del norte, su obra adquiría una vida propia, una existencia que no le
pertenecía del todo. Otros compositores y artistas la popularizaban. A mediados
del siglo XX, artistas de envergadura como Los Chalchaleros y Los Fronterizos convertían
"La López Pereyra" en un himno folklórico de dimensiones nacionales.
La zamba se había
convertido en "la zamba por excelencia de la provincia de Salta",
pero su creador permanecía en la sombra.
La
batalla legal por la verdad
Fue necesaria una batalla
legal para restaurar la justicia. Los conflictos sobre la autoría derivaron en
un largo y tortuoso proceso judicial. No fue rápido ni fácil. Recién a finales
de los años veinte del siglo XX se resolvieron las primeras discusiones sobre
quién era el verdadero autor. Pero el caso no terminó allí.
Fue necesario esperar
hasta 1978 —28 años después de la muerte de Cresseri— para que la justicia
argentina reconociera definitivamente a Artidorio Cresseri como coautor
legítimo de la obra. Le otorgaron el 50% de los derechos de autor. Era tardío,
pero era algo. Era al menos una validación legal de lo que siempre había sido
cierto.
Los
últimos años: Pobreza y olvido
Mientras su zamba se
convertía en un clásico del folklore argentino, mientras generaciones de salteños
la cantaban y la bailaban, Artidorio Cresseri vivía sus últimos años luchando
contra la pobreza. Ese hombre que había educado a generaciones de estudiantes,
que había viajado por todo el norte sembrando música, que había regalado al
país una de sus obras maestras, terminó sus días sin fortuna, sin
reconocimiento material, sin la recompensa que cualquier creador merece en
vida.
El 18 de octubre de 1950,
murió en el Asilo Santa Ana, perteneciente a la Iglesia del Valle —conocida
popularmente como León XIII—, en la ciudad de Salta. Tenía 86 años. Su partida
pasó casi desapercibida.
Cierre
reflexivo
La ironía es cruel y
perfecta: Artidorio Cresseri se hizo inmortal precisamente porque murió en la
pobreza y fue olvidado. Su melodía sobrevivió cuando él no. "La López
Pereyra" permanece viva, vibrante, resonando en cada provincia del norte
argentino como la voz más pura del alma salteña. Pero su nombre, durante
décadas, fue apenas un susurro.
Quiz los grandes artistas
tienen dos muertes: la del cuerpo y la del olvido. Cresseri experimentó ambas.
Lo que nos queda es la lección amarga de que la inmortalidad artística no
siempre viene acompañada de justicia temporal. Su obra lo trascendió, pero él
tuvo que irse sin ver ese triunfo consolidado, sin disfrutar del reconocimiento
material que sus creaciones merecían.
Hoy, 74 años después de
su muerte, al recordar a Artidorio Cresseri no solo recordamos al compositor de
una zamba. Recordamos al maestro que enseñó en aulas olvidadas, al afinador de
pianos que llevó música a pueblos remotos, al viajero que aprendió de las
serranías andinas y supo transformar lo que vio en arte inmortal.
Su música nos pertenece
ahora. Pero le pertenecía primero a él.
Fuente:
Por José de Guardia de Ponté. Según documentos oficiales del Registro Nacional
de la Propiedad Intelectual (1978).

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