domingo, 16 de agosto de 2026

El increíble destino de los prisioneros ingleses que se quedaron en el norte argentino

Tras las invasiones de 1806, cientos de soldados británicos fueron enviados al interior del Virreinato. Muchos de ellos, lejos de volver a su tierra, decidieron quedarse para siempre.

 


En agosto de 1806, Buenos Aires atravesaba una situación bastante insólita. Después de derrotar a los ingleses en la primera invasión, el Virreinato del Río de la Plata se encontró con un problema que nadie había previsto del todo: había más de mil soldados británicos prisioneros y mantenerlos cerca de la capital era demasiado arriesgado.

La solución fue drástica. Los enviaron al interior, lejos de Buenos Aires y de cualquier posible intento de rescate. Algunos fueron destinados a Córdoba, otros a Tucumán, San Juan, Catamarca y San Luis. Y entre esos destinos estuvo Santiago del Estero.

Un viaje que les cambiaría la vida

Los prisioneros eran, en su mayoría, soldados rasos del 71° Regimiento de Highlanders. El traslado fue duro y las condiciones en las que llegaron estuvieron lejos de ser dignas.

El gobernador de Santiago del Estero llegó a quejarse ante las autoridades por el estado en que habían recibido a aquellos hombres. Según dejó escrito, habían llegado "casi desnudos". A los derrotados les habían quitado sus uniformes para vestir a las nuevas fuerzas organizadas en Buenos Aires, pero el problema no terminaba allí. Tampoco tenían suficientes elementos básicos y, en algunos casos, ni siquiera contaban con ropa de cama.

Un centenar de prisioneros fue enviado a Santiago del Estero. Otros doscientos llegaron a Tucumán, cuatrocientos fueron destinados a Córdoba y el resto quedó repartido entre Mendoza, San Juan y otras jurisdicciones.

La intención era clara: mantenerlos lejos de Buenos Aires y, sobre todo, de Montevideo, donde todavía podía producirse una nueva ofensiva británica. También había una cuestión práctica. Los porteños no estaban precisamente encantados con la idea de convivir, a pocos kilómetros, con los hombres que habían intentado conquistar la ciudad.

La convivencia en tierras santiagueñas

Pero una vez instalados en el interior, la historia tomó un rumbo inesperado.

En lugar de permanecer aislados y bajo una vigilancia permanente, muchos prisioneros comenzaron a relacionarse con los habitantes de los lugares donde habían sido destinados. Con el paso de los meses, algunos dejaron de ser vistos simplemente como enemigos derrotados y empezaron a formar parte de la vida cotidiana.

En la estancia jesuítica de Altagracia, por ejemplo, permaneció durante casi dos años un grupo de 56 prisioneros. Allí, según los relatos que han llegado hasta nuestros días, los vecinos llegaron a tratarlos con una familiaridad que difícilmente habría imaginado un soldado británico recién capturado.

Los ingleses recibían sus sueldos, realizaban compras, establecían pequeños comercios y participaban de reuniones y fiestas. Poco a poco, la frontera entre prisionero y vecino empezó a hacerse menos evidente.

Y, como suele ocurrir cuando las personas conviven durante mucho tiempo, también aparecieron historias de amor.

Una de ellas cuenta que un soldado inglés se enamoró de una mujer que trabajaba en la estancia. Se casó con ella, se convirtió al catolicismo y comenzó a trabajar la tierra. Parecía haber encontrado una nueva vida muy lejos de su país.

Pero la historia terminó de manera trágica.

Cuando llegó la orden de liberar a los prisioneros, en 1808, el hombre quiso regresar a su tierra natal. Su suegro, sin embargo, lo alcanzó y le disparó antes de que pudiera partir.

Es una historia difícil de comprobar en todos sus detalles, pero forma parte de la tradición oral de Altagracia. Dicen que todavía se cuenta en las noches, como esas historias antiguas que sobreviven porque alguien se las contó a otro y ese otro decidió no olvidarlas.

Los que decidieron quedarse

Después de la segunda invasión inglesa de 1807, comenzó a plantearse el regreso de los prisioneros a Buenos Aires para ser intercambiados.

Para algunos, aquello significaba recuperar la libertad y volver a casa. Para otros, en cambio, la posibilidad de regresar a Gran Bretaña ya no resultaba tan atractiva.

Entre quienes consiguieron escapar antes estuvo el general William Carr Beresford y el coronel Dennis Pack. En febrero de 1807 aprovecharon la confianza que las autoridades españolas habían depositado en ellos y lograron huir.

Durante su permanencia en Luján habían llevado una vida bastante particular para tratarse de prisioneros. Cazaban perdices, asistían a reuniones sociales y disfrutaban de una libertad que, vista desde la distancia, resulta casi sorprendente. Finalmente, un plan de fuga les permitió regresar a Montevideo.

Pero la mayoría de los soldados tuvo que enfrentarse a una decisión mucho más personal.

Muchos eran hombres humildes, especialmente irlandeses y campesinos católicos que habían llegado al ejército británico después de escapar de las duras condiciones económicas y sociales de su tierra. Para ellos, regresar no necesariamente significaba volver al hogar.

En las provincias del interior habían encontrado algo distinto: tierra, trabajo, vínculos y, en algunos casos, una familia.

Y algunos decidieron quedarse.

Las huellas que quedaron

En Santiago del Estero y en otras provincias, varios de aquellos antiguos prisioneros terminaron integrándose a la sociedad local.

Algunos fueron bautizados como católicos. Otros adoptaron nombres españoles y comenzaron una nueva vida lejos de los uniformes militares. Se dedicaron a oficios diversos: hubo zapateros, ebanistas, comerciantes y trabajadores rurales. Incluso algunos terminaron incorporándose a los ejércitos que, pocos años después, lucharían por la independencia.

Con el paso de las generaciones, aquella presencia extranjera se fue haciendo cada vez más difícil de reconocer.

Los descendientes de esos hombres conservaron apellidos que, con el tiempo, fueron modificándose. Algunos nombres ingleses se castellanizaron, otros cambiaron su pronunciación y algunos terminaron convertidos en palabras que poco tenían que ver con su forma original.

Así, en Santiago del Estero, Tucumán y otras provincias del norte argentino, quedaron familias que quizá nunca imaginaron que, varias generaciones atrás, alguno de sus antepasados había llegado como prisionero de guerra.

La historia tiene esas vueltas.

Aquellos hombres llegaron al territorio rioplatense formando parte de un ejército que pretendía conquistarlo. Fueron derrotados, enviados al interior y obligados a vivir lejos de su país. Sin embargo, algunos terminaron haciendo exactamente lo contrario de lo que las autoridades habían previsto: echaron raíces.

Ya no regresaron.

Se quedaron, formaron familias y se convirtieron, poco a poco, en parte de la sociedad que inicialmente los había recibido como enemigos.

Un documento que revela una curiosa paradoja

En 1929, el investigador Pedro Grenón encontró un documento firmado por doce prisioneros que se encontraban en la cárcel de Córdoba.

Los hombres pedían autorización para permanecer en la ciudad. Entre sus argumentos había uno particularmente llamativo: temían "perder la fe católica" si regresaban a Inglaterra.

Resulta difícil no detenerse un momento ante esa frase.

Habían llegado al Río de la Plata como soldados de una potencia extranjera. Habían sido derrotados, hechos prisioneros y enviados a cientos de kilómetros de Buenos Aires. Sin embargo, después de vivir durante años entre criollos, comerciantes, campesinos y familias del interior, algunos ya sentían que regresar a Europa podía significar perder aquello que habían construido aquí.

La invasión inglesa dejó muchas heridas y enfrentamientos. Pero también dejó historias más pequeñas, casi íntimas, que rara vez aparecen en los grandes relatos de la historia.

Una de ellas es la de aquellos soldados que llegaron como prisioneros y terminaron convirtiéndose en vecinos, trabajadores, padres y abuelos.

Y quizás, sin saberlo, también en santiagueños.

 

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