Un levantamiento olvidado que puso en jaque al poder de los Taboada y desafió los sueños internacionales de la elite argentina
Corría el año 1865. La Argentina se había embarcado en lo que muchos llamaban "la gran cruzada civilizatoria" contra el Paraguay, una guerra que el presidente Mitre prometía corta y efectiva. Pero en el norte profundo, en los polvorientos caminos de Santiago del Estero, los soldados que debían marchar al frente tenían otros planes.
Lo que ocurrió en el
fortín La Viuda en septiembre de 1865 fue mucho más que una simple sublevación
militar. Fue el momento en que el sueño internacional de la elite santiagueña
se estrelló contra la resistencia de hombres que no entendían por qué debían
pelear contra sus "iguales". Fue el día en que el poder, tan bien
construido por la familia Taboada, se tambaleó.
La
guerra que prometía gloria
Cuando estalló el
conflicto con Paraguay, el presidente Bartolomé Mitre sabía que necesitaba más
que voluntad para formar los 40.000 hombres que requería la campaña. Necesitaba
el apoyo político y militar de las provincias. Y en Santiago del Estero
encontró a sus mejores aliados: los hermanos Taboada.
Manuel y Antonino Taboada
eran los amos y señores de la provincia. Habían construido una red de poder que
se extendía desde los salones del gobierno hasta los fortines más remotos de la
frontera del Salado. Para ellos, la guerra del Paraguay era la oportunidad de
pasar del escenario local al internacional. Soñaban con un lugar en la historia,
con un trozo de esa "gloria futura" que prometía el conflicto.
No escatimaron esfuerzos.
Militarizaron la provincia, organizaron la logística, pusieron en marcha todo
el aparato estatal para reclutar hombres. El decreto fue tajante: todos los ciudadanos
entre 16 y 60 años debían alistarse. La provincia contribuiría con batallones
de 500 plazas, cada departamento debía aportar su cuota. Santiago del Estero,
tierra de "beneméritos" según Mitre, se preparaba para la guerra.
El
otro lado de la historia
Pero había un problema:
los reclutas no compartían el entusiasmo de sus gobernantes. La mayoría eran
campesinos, gente humilde que vivía en la frontera, lidiando con la pobreza,
las incursiones indígenas y la falta de oportunidades. Para ellos, la guerra
era una abstracción. Las ideas de Nación y Patria eran conceptos lejanos, sin
significado en sus vidas cotidianas.
No entendían por qué
debían ir a pelear contra los paraguayos, a quienes veían como sus iguales.
Sabían que los enviaban a someter a esos "hermanos" a la hegemonía
porteña, y eso no tenía sentido. "Nos venden, indios", gritarían más
tarde. Un grito que hablaba de traición, de despojo, de una identidad
compartida que trascendía las fronteras nacionales.
El "enganche",
como llamaban al reclutamiento, era prácticamente forzoso. Pocos se ofrecían
voluntarios. La mayoría era capturada, a veces engrillada para evitar la fuga.
Los que podían, huían a los montes o emigraban hacia Buenos Aires y Santa Fe.
La guerra estaba vaciando el territorio de brazos que trabajaban la tierra y
dejaba a mujeres solas con hijos y ancianos a su cargo.
La
mecha que se encendió
La tensión venía
creciendo desde antes. En otras provincias ya habían estallado rebeliones. Los
riojanos se habían levantado, los cordobeses marchaban atados por los codos,
los entrerrianos de Basualdo se habían amotinado. El descontento era
generalizado.
Pero en Santiago del
Estero, el gobierno confiaba. "Aquí no pasa nada de esas cosas
terribles", decían las cartas oficiales. "Los santiagueños son
leales, nunca se sublevarían". Era un deseo más que una certeza.
Los primeros síntomas
aparecieron durante la marcha. El diario de viaje de Manuel Taboada registra
las deserciones que comenzaron a mediados de agosto. Primero uno, luego dos, al
otro día cuatro. Los soldados del Batallón Tucumán fueron los primeros en
escapar, pero pronto los santiagueños los imitaron.
Las condiciones eran
duras. Los reclutas marchaban a pie o a caballo bajo el sol implacable, con
poca agua y alimentación irregular. Las caballadas se agotaban, los animales
morían. Los hombres enfermaban y algunos fallecían en el camino. Los jefes,
ebrios en ocasiones, vendían alcohol a la tropa. El descontento crecía como una
ola silenciosa.
El
día que explotó la furia
El 8 de septiembre de
1865, en vísperas de la sublevación, se descubrió a cuatro sargentos
"meditando" un alzamiento. Pero las autoridades no le dieron
importancia. "Conversaciones insignificantes", dijeron. "La
tropa tiene buen espíritu". Error fatal.
Al día siguiente,
mientras acampaban cerca del fortín La Viuda, estalló el infierno. En medio de
una espantada de caballos, se escucharon los gritos: "¡A las armas, nos
venden, indios, a la frontera de Córdoba o de Catamarca, a caballo!". La
rebelión se extendió como un reguero de pólvora.
Los dos batallones
santiagueños se alzaron. Tomaron el cuartel general. Intentaron asesinar a los
jefes militares, incluidos los Taboada. En el caos, cerca de 50 soldados
lograron huir en todas direcciones. La elite local quedó descolocada. No podían
creer que esto estuviera pasando en su provincia, con sus soldados, los que
siempre habían sido leales.
La
vergüenza y la furia
El gobernador Absalón
Ibarra escribió dos cartas ese mismo día a Marcos Paz, el vicepresidente. En la
primera, minimizó el hecho: fue un incidente aislado, producto de la mala
influencia de los federales, esos "enemigos de siempre". Los
responsables, dijo, estaban en Córdoba, no en Santiago.
Pero en la segunda carta,
horas después, el tono cambió. Ya no podía ocultar la verdad: los sublevados
eran santiagueños, del Segundo Batallón. Y lo peor, Santiago no podría
concurrir a la guerra del Paraguay. El sueño de gloria se desvanecía.
La elite provincial juró
venganza. "No tiene usted que abrigar la más pequeña duda de que el
Gobierno Nacional tiene plena confianza en el pueblo y gobierno de Santiago que
sabrá castigar el hecho ocurrido", escribió Ibarra. Pero era un intento
desesperado de salvar las apariencias.
La Viuda, como comenzaron
a llamar al suceso, se convirtió en el lugar del silencio. La historiografía
local lo ocultó durante décadas. Era demasiado vergonzoso admitir que los
santiagueños, esos "beneméritos", se habían rebelado contra la guerra
que debía darles gloria.
La
cacería y el castigo
La represión no se hizo
esperar. Durante más de tres meses, los Taboada organizaron una persecución
implacable. Mandaron a buscar a los desertores "palmo a palmo" por el
extenso territorio. No había horarios ni descanso. Las cartas entre Manuel y
Antonino Taboada muestran la obsesión por capturar a los sublevados.
Los nombres de los
cabecillas fueron apareciendo: Melitón Noriega, Juan Evaristo Catán, el
sargento Clímaco, el cabo Abel Albarracín. Algunos fueron delatados por
compañeros sometidos a torturas. Otros, atrapados mediante engaños. Los métodos
no importaban, siempre que se llegara al objetivo.
El Consejo de Guerra que
los juzgó fue rápido y despiadado. Los cabecillas fueron condenados a muerte
por fusilamiento. Los que tuvieron "suerte" fueron enviados a cumplir
penas de 5 a 10 años en los fortines más hostiles de la frontera. Otros, a
servir en las guardias comunes. Unos pocos fueron absueltos, pero fueron la
excepción.
Los fusilamientos fueron
espectáculos públicos, rápidos y visuales. El poder se mostraba en toda su
crudeza, dejando claro que la rebelión no sería tolerada. El cuerpo de los reos
se convirtió en el mensaje: esto pasa si desafían al orden establecido.
Las
heridas que quedaron
La rebelión de La Viuda
marcó un punto de inflexión. Los Taboada vieron frustradas sus aspiraciones
internacionales. El sueño de brillar en el escenario mundial se desvaneció
entre los gritos de "¡nos venden, indios!". Santiago del Estero, que
debía ser la estrella de la guerra, quedó relegada a un papel secundario.
Pero también dejó una
enseñanza. La guerra, para los sectores populares, no era una "cruzada
civilizatoria". Era una imposición, un despojo, una injusticia. Ellos no
eran los "beneméritos" de los que hablaba Mitre. Eran campesinos
arrancados de sus tierras, obligados a pelear contra sus iguales para sostener
los sueños de una elite que los veía como carne de cañón.
Los discursos oficiales
hablaban de patriotismo, de defensa de la Patria, de vengar el honor nacional.
Pero la voz de los sublevados contaba otra historia. "Nos venden,
indios", decían. Un grito que reivindicaba una identidad mestiza, popular,
que se negaba a ser homogeneizada en el proyecto de nación blanca y liberal que
se estaba construyendo.
Lo
que La Viuda nos enseña
Hoy, más de 150 años
después, el episodio de La Viuda sigue siendo una herida abierta en la historia
santiagueña. Durante décadas, la historiografía local lo silenció. Era
demasiado incómodo recordar que la elite local había sido humillada por sus
propios soldados.
Pero La Viuda es también
un ejemplo de la resistencia popular en los momentos más oscuros. Muestra cómo
los sectores subalternos, a pesar de todas las herramientas de control y
vigilancia que el poder desplegaba sobre ellos, encontraron formas de decir
"no". No a la guerra. No a la imposición. No a la pérdida de sus
vidas en un conflicto que no sentían como propio.
La lección de La Viuda
resuena hasta nuestros días. Nos recuerda que la historia no la escriben solo
los grandes nombres y las batallas épicas. La escriben también esos soldados
anónimos que, en un fortín perdido de la frontera del Salado, se atrevieron a
alzar la voz. Esos hombres que, al grito de "nos venden, indios",
mostraron que la resistencia siempre encuentra un camino, incluso en los
momentos más desesperados.
Santiago del Estero no
concurrió a la Guerra del Paraguay. O al menos, no como sus dirigentes soñaban.
La Viuda fue el principio del fin de los sueños internacionales de la elite
local. Y fue también, de alguna manera, una victoria para aquellos que
entendían que la guerra no era su guerra.
La historia tiene muchas
versiones. La oficial, la que se escribe en los libros de texto, nos habla de
héroes y gestas patrióticas. Pero hay otra historia, la que se cuenta en los
márgenes, la de aquellos que se negaron a ser parte del relato dominante. La
historia de La Viuda es de esas que merecen ser contadas.
Este artículo se basa en
la investigación "Un episodio de la Guerra del Paraguay en Santiago del
Estero: La Sublevación en el Fortín La Viuda – 1865 –", de la Dra. María
Cecilia Rossi. La investigación fue publicada en formato académico.

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