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martes, 4 de agosto de 2026

El mestizaje no fue un abrazo: las violencias fundacionales que seguimos escondiendo bajo la alfombra

 


Nos encanta contarnos el cuento de que bajamos de los barcos. En las sobremesas domingueras, entre un café, un amargo o una copa de Malbec, casi todos sacamos a relucir con orgullo al abuelo gallego, al bisnonno de Nápoles o, en el más exótico de los casos, a algún francés despistado que recaló en las orillas del Riachuelo. Nos enorgullece la idea del "crisol de razas", ese mito fundacional que nos vendieron en la escuela. Nos apasiona pensarnos como un mosaico armónico donde se fundieron los pueblos originarios, la diáspora africana y las oleadas europeas y asiáticas. Es un lindo relato. Tan lindo y reconfortante que nos sirve de escudo infalible: "¿Racistas nosotros? Imposible, che, si somos todos mezclados". Pero como bien advierten las lecturas más lúcidas y críticas sobre nuestra identidad - aquellas que se animan a hurgar en las heridas abiertas de nuestra historia - esta idea de la "igualdad abstracta" es una ilusión. Una zoncera funcional que esconde una matriz de castas, violencias y jerarquías raciales que seguimos arrastrando como un fantasma por las calles de nuestras ciudades.

El mestizaje no fue un baile de carnaval

A los argentinos nos vendieron la primicia de que el mestizaje fue un proceso democrático, casi un abrazo fraterno entre culturas en el patio de la patria. Nada más lejos de la realidad. Romanticar nuestra mezcla es hacerle el juego al olvido y, peor aún, a la impunidad histórica. El mestizaje en estas pampas tuvo una dimensión violenta y brutal que solemos esconder bajo la alfombra del discurso progre. Desde los tiempos coloniales, en los espacios de lo que hoy es Argentina, los colores y los orígenes importaron, y mucho. A los pueblos originarios se los sometió a diversas formas de explotación y tributo por el mero hecho de ser indígenas; a los africanos y a los hijos de las esclavas se los redujo a la condición de mercancía, con derechos nulos. Nuestra fundación como nación no fue una fiesta de integración, sino una maquinaria de exclusión que decidió, con la frialdad de un acta notarial, quiénes eran pasibles de ser libres e iguales, y quiénes directamente sobraban.

La Constitución y el reemplazo poblacional

Si hay un monumento al que los argentinos le rezamos de memoria es a la Constitución de 1853. El texto que abolió la esclavitud. El bronce puro, la cuna de la república. Pero pocas veces nos detenemos a leer la letra chica, esa que los próceres de la Generación del 80 escribieron con tinta de desprecio por lo criollo. Ese mismo documento que nos vendió la libertad, fue el manual de instrucciones para un "reemplazo poblacional". La consigna de Juan Bautista Alberdi y sus contemporáneos era clara y letal: "Gobernar es poblar", sí, pero había que traer inmigrantes del norte de Europa porque, en sus propias palabras, "la gente de acá no servía". Había que blanquear la nación.

Fue así como se declaró extinta la negritud - cuando ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Salta tuvieron una enorme y vibrante población afrodescendiente - y se redujo al indígena a una pieza de museo, un estorbo pintoresco para el progreso del telégrafo, el frigorífico y el ferrocarril. Se ensalzó la eurodescendencia como el único sinónimo de civilización, y se demonizó lo morocho, lo nativo, lo popular. De ahí a los "cabecitas negras" que bajaron del interior buscando trabajo en los años cuarenta, la línea es directa: siempre hubo un "otro" al que había que civilizar, esconder o disciplinar.

La hipocresía de la memoria selectiva

Lo que más abisma de nuestra idiosincrasia es esta ceguera selectiva, esa capacidad asombrosa para mirar hacia afuera y hacernos los distraídos con lo propio. Hoy, en la era de la corrección política y las redes sociales, somos rápidos para señalar con el dedo las leyes Jim Crow en el sur de Estados Unidos. Nos rasgamos las vestiduras por el racismo estructural ajeno, pero somos incapaces de mirar nuestras propias prácticas genocidas. ¿Dónde están en nuestro calendario escolar y en nuestro bronce las masacres de la Campaña del Desierto? ¿Cuándo fue la última vez que debatimos en serio en los grandes medios el despojo de tierras a las comunidades originarias?

Usamos la excusa del mestizaje para negar el racismo estructural. Decimos "acá no hay negros" y, por ende, "acá no hay racismo". Es una trampa lógica y moral de manual. Al no reconocernos en nuestra herencia afro e indígena, perpetuamos las jerarquías coloniales. Hace muy poco, en abril de 2024, vimos en las puertas del INADI una protesta de trabajadores despedidos, un organismo que, pese a sus claroscuros, intentaba poner un dique a estas violencias cotidianas. Desmantelar las políticas públicas de reparación es el primer paso para que el racismo naturalizado vuelva a campar por sus respetos.

De la igualdad abstracta al sálvese quien pueda

Y ojo, que esto no es un ejercicio de masoquismo histórico ni un intento de tirar por la borda el igualitarismo argentino. Nuestra cultura de derechos, ese plebeyismo visceral que nos hace pelearla en la calle cuando tocan la salud o la educación pública, es un faro en la región. El problema radica en los puntos ciegos de ese igualitarismo que profesamos. Si no entendemos que la igualdad no siempre estuvo disponible para todos, corremos el riesgo de perderla para siempre.

Hoy, ese viejo racismo naturalizado muta, se adapta y se viste de traje a medida en los tiempos que corren. Lo vemos en la proliferación de los barrios privados que se amurallan para no cruzarse con el "otro", el pibe chorro, el morocho, el distinto. Lo escuchamos en el cacerolazo del "sálvese quien pueda" y en la meritocracia de manual. Lo sufrimos cada vez que se estigmatiza a los sectores populares, o cuando la grieta se ensancha para querer restringir el derecho a la salud y a la educación a los hermanos migrantes de países limítrofes. El discurso de odio de hoy es el nieto directo de aquel proyecto de país que quería borrar a los que ya estaban.

El desafío de mirarnos al espejo

Dejar de idealizar la mezcla no significa dejar de ser lo que somos. Significa, en cambio, abrazar nuestra verdadera historia, con sus claroscuros, sus traiciones y sus manchas de sangre. Significa reconocer que el mestizaje no nos exime del racismo, sino que nos obliga a desarmarlo todos los días en la cancha, en la facultad, en el laburo. Defender la igualdad argentina hoy exige bajar del pedestal la ilusión abstracta y ensuciarse las manos con las políticas de reparación hacia los colectivos indígenas y afrodescendientes.

Porque si de verdad queremos sostener esa bandera de la igualdad que tanto nos enorgullece mostrarle al mundo, primero tenemos que dejar de mentirnos sobre quiénes fuimos. Y entender que la verdadera mezcla no se decreta en un censo ni se canta en un himno: se construye reconociendo al otro, al distinto, al que la historia oficial quiso borrar del mapa. Solo así, quizás, podamos dejar de ser un espejismo y empezar a ser, de una buena vez, un país.

lunes, 3 de agosto de 2026

Donde el algarrobo es mejor que el oro

 


 

GUANACO SOMBRIANA, Argentina - Cansadas de que la sequía les arrebate a sus hombres y mate sus animales, las mujeres de Guanaco Sombriana, un pueblo del norte de Argentina, salen a pelear su destino aprovechando un árbol que hasta ahora apenas daba sombra en estos paisajes áridos.

El campo de fútbol es un símbolo de esta región semiárida del departamento de Atamisqui, 120 kilómetros al sur de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima.

Dos arcos de ramas secas enmarcan la vegetación rala de cactus y arbustos bajos sobre el suelo blanco y salitroso que se extiende por el distrito de unos 10.000 habitantes.

La cancha vacía tiene un significado igual de desolador: los jugadores, maridos, hermanos, hijos y padres, volaron como trabajadores “golondrinas”, esta vez a la cosecha de maíz y de arándano en el sur del país.

“Me llegué a quedar sola con mis siete hijos hasta ocho meses por año. Para sobrevivir criaba vacas, cabritos, lechones y gallinas. Vendíamos y algo nos quedaba para nuestro consumo. Pero, como hace dos años venimos padeciendo una sequía, muchos animales se han muerto”, cuenta Graciela Sauco.

Dicen que es la peor sequía de los últimos 10 años. No hay dinero para forraje y los animales se mueren ante la impotencia de sus dueños. Son campesinos pobres, con predios de hasta 50 hectáreas, heredados de sus antepasados y que poseen en “ánimo de dueño” (sin título de propiedad).

Tampoco se puede sembrar, como antaño, zapallo ni maíz para los animales.

“Me gustaría que mis hijos tuvieran un trabajo mejor, para que no vayan tan lejos. Los extraños”, dice Sauco entre sollozos.

“El último hijo se fue hoy a la desflorada (de maíz) en Buenos Aires. Viven en casitas prefabricadas, pasan calor, duermen en catres”, se lamenta Eleuteria Ledesma.

Para las fiestas de fin de año, “no les dieron permiso para venir”, lo que entristece más a las mujeres de Guanaco Sombriana.

Pero ahora albergan una esperanza.

Una década atrás se organizaron en la Asociación de Pequeños Productores de las Salinas Atamisqueñas (APPSA Guanaco), hoy integrada por 80 familias en esta aldea de 566 habitantes.

 Los comienzos fueron difíciles, recuerda Lastenio Castaño, asesor técnico de la Subsecretaría de Agricultura Familiar del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina.

 “No hay agua a veces ni para el consumo de las personas, menos para los animales o para sembrar. Aquí lo único que se da es ganado caprino”, observa. Pero, “pese a ser un animalito muy aguerrido, en estos últimos años ha habido mucha mortandad”.

La biodiversidad del monte (bosque de arbustos bajos), tampoco ayuda para “emprender alguna cuestión productiva”, señala a Tierramérica. “Hay muy poca variedad de especies”.

Los campesinos tenían la ilusión de que el galpón de adobe que construyeron fuera “un lugar para acopiar frutos del monte y granos para hacer un alimento balanceado para sus animales”, recuerda Castaño.

APPSA, con apoyo de la Subsecretaría y de la Unidad para el Cambio Rural (UCAR), tiene además un pequeño molino para extraer harina de las vainas del algarrobo blanco (Prosopis alba) y negro (Prosopis nigra), típico de la región y presente hasta en las canciones folklóricas santiagueñas.

Las vainas solo se usaban en Guanaco Sombriana como alimento de ganado en épocas críticas. La Asociación tomó cursos de producción de harina de algarroba y alimentos panificados, de moda en tiendas naturistas y ferias orgánicas.

La harina es aromática y dulce, con sabor similar al cacao, rica en fibras, proteínas, fósforo, potasio, calcio, hierro, pectina, varias vitaminas y taninos.

“Antes molíamos las vainas con mortero. Con el nuevo molino molemos un montón en poco tiempo. No solo vainas, sino todo lo que queramos, también el maíz”, explica Lili Farías.

Tierramérica llegó a la sede de APPSA un día de diciembre de trabajo febril, en plena época de cosecha.

Una camioneta cargada de bolsas con vainas estaciona en la puerta. La Asociación ahora tiene recursos para comprar cosecha a otros poblados.

Las mujeres pesan las bolsas y llevan las cuentas en un cuadernito. Otras muelen, en una carrera contra el tiempo. La temperatura llega a 50 grados en esta época del año y las vainas pueden “abicharse”, explican.

Para hacer sus cuentas usan la calculadora de los teléfonos celulares, que “solo sirven para eso y para sacar fotos, porque no tenemos señal”, se queja Marcela Leguizamón.

Cada socia aporta una botella de agua de sus aljibes. Toman mate, la típica infusión de yerba mate, y festejan unos 2.000 kilogramos de harina.

“Esto ha sido un paso muy importante para la Asociación, que ha crecido y está más independiente; tenemos fondos para manejar. Antes nos arreglábamos con las cuotas de los socios o rifas. Ahora, con la venta de la harina nos queda ganancia”, dice Claudia Rojas.

Castaño señala que es necesario mejorar la distribución comercial, el transporte y servicios básicos como electricidad y agua.

Pero APPSA se ha convertido en un interlocutor más fuerte para plantear sus demandas a las autoridades.

Con un fondo rotatorio de unos 21.000 dólares para esta y otras comunidades, APPSA puede comprar alimentos para el ganado y otorgar microcréditos para alambrado de corrales y construcción de aljibes, entre otras necesidades.

El fondo rotatorio se financia a través del Programa de Desarrollo de Áreas Rurales de UCAR, que tiene alcance nacional y se destina a “contribuir a la cohesión social y productiva” de los campesinos, con énfasis en las economías regionales.

Las asociadas de APPSA sueñan con computadoras “para tener un registro de todo” porque los “papelitos a veces se traspapelan”, señala Leguizamón.

Los ingresos de cada familia comienzan a mejorar. Se emplean en comida, ropa o motocicletas, el medio de transporte por excelencia en esta región de caminos a veces intransitables.

“Estamos viendo que jóvenes que se van como golondrinas se queden aquí a trabajar con los frutos del monte. ¿Para qué van a trabajar otras tierras, pudiendo aprovechar lo que tenemos aquí?”, cuestiona Farías.

Se estima que 75 por ciento de la superficie argentina es tierra seca y 40 por ciento de esa área ya manifiesta síntomas de desertificación.

El gobierno quiere extender el proyecto a otras regiones con algarrobo autóctono.

En San Gerónimo, situado en el vecino departamento de Loreto, se replica una experiencia similar.

Teolinda Coronel, su hija, su sobrina y una nieta se van al monte a cosechar vainas de algarroba a las 6.30 de la mañana.

 “Traemos el termo, tomamos mate y volvemos al mediodía. Para esa hora cada una ha juntado 35 kilos o más”, explica. La cosecha recomienza a las cinco de la tarde, cuando baja el sol lacerante.

Ella espera que los hijos vuelvan. Con lo que ganan como golondrinas “no pueden ni pagar sus cuentas”. Y con las vainas han podido comprar ropa, zapatos o ayudar a sus madres.

El recorrido por las zonas donde la vaina de algarroba se ha vuelto oro termina en una mesa con alfajores, budines y bizcochuelos, acompañados de la bebida aloja y del dulce arrope de chañar, otro árbol leguminoso de la zona.

Estos frutos traen también ganancias que no se anotan en los cuadernos.

“Antes estaba en casa estresada pensando cómo hacer unas moneditas y ahora vienen a mi casa a comprar mis productos, conozco otros lugares, otras personas”, cuenta Graciela Ardiles, productora de la localidad de Arraga, que antes trabajaba limpiando casas ajenas.

 “Ahora tengo mi carrera laboral independiente. Y mis hijos podrán estudiar, como yo no pude”, remata. Fuente: ipsnoticias.net

sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad. 

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella.  

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística. 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia. 

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.

jueves, 30 de julio de 2026

El Bracho: de fortín de frontera a cárcel de la muerte

Plantado entre los ríos Dulce y Salado, este fortín nació como una trinchera contra el malón y la naturaleza hostil. Pero la sed de venganza política lo convirtió en un lúgubre presidio donde la muerte era la única compañera de los desterrados.

 

Retrato de Fortín El Bracho

Hay rincones de nuestra geografía donde la tierra parece guardar el eco de los lamentos antiguos. Si recorremos los márgenes de los ríos Dulce y Salado, nos topamos con la historia de Las Higuerillas y El Bracho. Para entender estas raíces de dolor y coraje, en Leyendas del Folclore santiagueño siempre partimos de una premisa: estos no fueron simples puestos de avanzada, sino la punta de lanza de una civilización que se internaba a ciegas en el bosque indómito y huraño. Un bastión forjado a sangre, sudor y terror, donde la supervivencia era el único mandato y el nombre del lugar se volvió sinónimo de barbarie y resistencia.

Sus primeros moradores eran hombres de hierro, mitad gauchos y mitad soldados. Vivían en una guerra constante contra el indígena, las alimañas y un clima despiadado que se ensañaba con ellos. Soportaban enjambres de mosquitos y el veneno del monte con un estoicismo de piedra. Para espantar el tedio, el aguardiente y los fuertes cigarros de chala eran sus únicos aliados, una forma de acortar las noches y olvidar el pasado. Lejos de la mujer de sus sueños, confinados en una tierra que sentían ajena, esos seres anónimos construían la patria sin saberlo. Eran duros como el quebracho, recios como los vendavales. Sin embargo, cuando caía la noche y las estrellas iluminaban el monte como lámparas, la guitarra y la payada ablandaban sus almas. Allí, entre cuentos y nostalgias, les temblaba el ternura al cantar a la tierra natal, breves como el rocío de la madrugada.

Pero el destino de este bastión silvestre estaba lejos de estabilizarse. Como bien solemos advertir en Leyendas del Folclore santiagueño, la historia suele dar giros oscuros donde la tragedia se impone a la epopeya. Años después de su fundación, sin que la vida en el fortín hubiera mejorado, el autoritario gobernador Juan Felipe Ibarra decidió darle un nuevo y macabro. Cegado por la sed de venganza tras el asesinato de su hermano Francisco, Ibarra consideró que el azote o la estaca eran castigos insuficientes para sus enemigos. Quería algo peor: que vivieran muriendo. Así, El Bracho dejó de ser un fortín para erigirse como una lúgubre cárcel de la muerte, un presidio remansador de pasiones donde sus remolinos conducían siempre al final.

Pedro Ignacio Únzaga y José Libarona fueron los primeros en caer en ese abismo. Su destierro no solo buscaba hacerlos expiar culpas, sino enviar un mensaje de terror a toda la sociedad. El golpe fue brutal: las lágrimas de las jóvenes esposas quemaron los despachos del ministro Gondra y las calles de la pequeña ciudad. Fue una marca de fuego aplicada en la carne viva de la comunidad. Pero el amor, a veces, es más terco que la tiranía. Una de esas mujeres, la más valiente, se negó a aceptar el silencio de la viudez anticipada. Conociendo el infierno que esperaba a su marido en el presidio, hizo sus bultos y marchó tras sus pasos, desafiando al monte y a la muerte misma.

Hoy, el viento que azota las riberas parece susurrar aún los nombres de aquellos desterrados. Reflexionar sobre estas sombras, desde Leyendas del Folclore santiagueño, nos obliga a reconocer que la historia no se escribió solo con los decretos de los gobernantes, sino con los latidos de los que resistieron en el confinamiento. El Bracho nació como escudo y terminó como tumba, pero mientras alguien cuente la historia de esa mujer que caminó hacia el abismo por amor, o de esos soldados que cantaban a la luna para no enloquecer, el fortín seguirá vivo en nuestra memoria.

martes, 28 de julio de 2026

Entre fogones y tradiciones: la herencia gastronómica de Santiago del Estero

Desde la humilde mazamorra hasta los tamales envueltos en chala, la gastronomía tradicional del norte argentino conserva historias de campo, reuniones familiares y antiguas técnicas de preparación que pasaron de generación en generación. Cada plato es una expresión de identidad, una forma de mantener vivo el vínculo con la tierra y sus costumbres.

Mazamorra


Una cocina nacida entre fogones, monte y tradición

Hablar de la cocina santiagueña es hablar de una memoria que se cocina lentamente. En cada olla de hierro, en cada horno de barro y en cada mesa familiar sobreviven recetas que acompañaron la vida cotidiana de los pueblos rurales durante siglos.

Los ingredientes son sencillos: maíz, zapallo, carne, harina, grasa, especias y productos de la tierra. Sin embargo, la combinación de saberes ancestrales y paciencia transforma esos elementos en verdaderos símbolos culturales.

Muchos de estos platos nacieron como respuesta a la necesidad de aprovechar lo que ofrecía el entorno. Eran comidas rendidoras, nutritivas y capaces de reunir a varias generaciones alrededor del fuego. Hoy, lejos de perder vigencia, siguen siendo protagonistas de celebraciones, encuentros familiares y festividades populares.

La mazamorra: el dulce recuerdo del maíz

Entre los sabores más antiguos de la cocina criolla aparece la mazamorra, una preparación sencilla pero cargada de historia. Elaborada con harina de maíz o maíz partido, azúcar y miel, fue durante mucho tiempo uno de los alimentos más presentes en los hogares campesinos.

Su elaboración requiere tiempo y dedicación. El maíz blanco debe remojarse desde la noche anterior para ablandar el grano y luego hervirse durante varias horas. Tradicionalmente, para favorecer la cocción se agregaba una pizca de bicarbonato o una preparación conocida como lejía, realizada en el campo con ceniza y agua.

Una de sus versiones más apreciadas es la mazamorra con leche y azúcar, convertida en un postre nutritivo y reconfortante. También puede consumirse acompañando el caldo o incluso junto a un trozo de carne cocida o asada.

Más que una comida, la mazamorra representa una época en la que cada preparación tenía su propio ritual y donde el tiempo formaba parte del sabor.

Guaschalocro: el locro humilde que desafía al invierno

En el amplio universo de los guisos norteños aparece el guaschalocro o huaschalocro, cuyo nombre significa "locro pobre" o "locro de pocos ingredientes". Pero su denominación no hace justicia a la riqueza de sabores que encierra.

Este plato tradicional, especialmente valorado durante los días fríos, demuestra que la cocina popular no necesita grandes lujos para convertirse en un verdadero manjar. Un buen plato humeante de guaschalocro, acompañado con pan casero y un vino tinto, resume la esencia de la gastronomía del interior argentino.

Su preparación comienza con choclos tiernos desgranados, que se cocinan junto al zapallo amarillo en caldo hasta lograr una textura cremosa. Luego se incorpora un sofrito elaborado con grasa de pella, cebolla, ají, cebolla de verdeo, pimentón y condimentos.

El secreto está en su consistencia: debe quedar algo caldoso, servido en plato sopero y con ese aroma profundo que recuerda a las cocinas familiares. Algunas variantes incorporan pequeños trozos de carne para darle mayor sustancia.

Aloja de maíz: una bebida que guarda antiguos saberes

Entre las tradiciones gastronómicas del norte también aparece la aloja de maíz, una bebida fermentada cuya historia reúne influencias hispánicas e indígenas.

Prepararla requiere ingredientes que no siempre son fáciles de encontrar, como el maíz blanco sin pelar y el afrecho de trigo. Por eso, más que una simple bebida, representa una práctica heredada que pocos conservan en la actualidad.

El proceso comienza pelando el maíz humedecido en mortero. Luego se hierve, se escurre y se mezcla con agua tibia y una preparación de afrecho que funciona como fermento natural. Después de dejarla macerar durante dos o tres días, la aloja adquiere su particular sabor.

Tradicionalmente se servía con granos de maíz, miel o azúcar, especialmente en reuniones comunitarias y celebraciones populares.

El locro: una bandera de la cocina criolla



Aunque el locro tiene presencia en diferentes regiones argentinas, cada provincia le imprime su propia identidad. En el norte, especialmente en Tucumán y Santiago del Estero, este plato ocupa un lugar privilegiado dentro de la mesa criolla.

Su origen está ligado a las antiguas preparaciones indígenas basadas en maíz y porotos, a las que con el tiempo se incorporaron carnes y condimentos llegados con la tradición española.

La elaboración tradicional exige paciencia. El maíz blanco partido y los porotos se dejan en remojo desde el día anterior y luego se cocinan lentamente junto con carnes como mondongo, tripa gorda, tapa de asado, rabos, patitas de cerdo, chorizo colorado y panceta.

El zapallo criollo aporta una textura cremosa y un color característico, mientras que el comino, el pimentón y el ají completan un sabor intenso.

Una preparación especial acompaña muchas veces al plato: la llamada "grasita colorada" o ají frito, elaborada con cebolla de verdeo, ají molido, aceite, sal y pimienta. Cada comensal puede agregarla a gusto, convirtiendo cada plato en una experiencia personal.

El locro no es solamente comida. Es símbolo de encuentros, de fechas patrias, de familias reunidas y de una identidad que se mantiene viva.

Tamales: pequeños paquetes de historia



Los tamales son otra de las joyas de la gastronomía norteña. Envuelta en hojas de chala de choclo, esta preparación combina maíz, carne y especias en un pequeño paquete lleno de tradición.

La cobertura se realiza con harina de maíz y zapallo cocidos hasta lograr una masa firme. El relleno, por su parte, reúne carne vacuna, cebolla, pimientos, huevo duro, pasas de uva y condimentos como comino, pimentón y ají.

Una vez armado sobre la chala limpia y hervida, el tamal se ata cuidadosamente y se cocina en agua con sal antes de llegar a la mesa.

Cada tamal conserva algo del trabajo artesanal de quienes lo preparan: la paciencia, el cuidado y la transmisión de una receta que muchas veces pasa de madres a hijos.

Charqui: la conservación convertida en sabor

Crédito: Ramón Godoy

Antes de la llegada de los métodos modernos de conservación, el charqui fue una solución fundamental para aprovechar y preservar la carne.

Su preparación consiste en cortar la carne vacuna en láminas finas, salarla abundantemente y dejarla secar al sol en un lugar ventilado. Con el paso de los días adquiere un color oscuro y una textura particular.

Luego puede utilizarse en diferentes preparaciones: asado, guisos, hervidos o acompañado con salsas de tomate.

El charqui representa una época donde el ingenio y el conocimiento del ambiente eran herramientas indispensables para la vida cotidiana.

Alfajor santiagueño: la dulzura de una tradición

Entre los sabores dulces de Santiago del Estero destaca el alfajor santiagueño, una preparación artesanal que combina delicadas capas de masa con abundante dulce de leche y una cobertura de merengue.

La masa se realiza con harina, huevo, yemas, anís y un toque de alcohol, ingredientes que le otorgan una textura y aroma característicos. Luego se forman discos finos que son horneados por separado.

Una vez fríos, se colocan uno sobre otro intercalando generosas capas de dulce de leche. Finalmente, el alfajor se cubre con merengue y se gratina para obtener su terminación tradicional.

Es un producto que resume la influencia de la repostería criolla y que continúa presente en celebraciones y reuniones familiares.

Chipaco: el pan que acompaña la memoria



El chipaco es otro de los grandes protagonistas de la mesa santiagueña. Este pan tradicional, elaborado con harina, grasa y chicharrón, tiene una textura única y un sabor profundamente ligado a la cocina rural.

La preparación comienza con una masa leudada que incorpora grasa de vaca y chicharrón triturado. Después de varios procesos de amasado y plegado para distribuir la grasa, se forman los bollos que finalmente se cocinan en horno caliente.

Su aroma recién horneado evoca las antiguas cocinas familiares, donde hacer pan era una tarea compartida y cotidiana.

Una herencia que sigue viva en cada plato

Los manjares santiagueños no son solamente recetas. Son relatos comestibles que hablan de la historia de una comunidad, de sus paisajes y de la manera en que sus habitantes aprendieron a transformar los recursos disponibles en verdaderas expresiones culturales.

En tiempos donde muchas tradiciones parecen perderse frente a la rapidez de la vida moderna, estos platos siguen resistiendo. Una mazamorra compartida, un locro servido en familia o un tamal preparado con paciencia recuerdan que la identidad también se construye alrededor de una mesa.

Porque en Santiago del Estero, cada sabor tiene una historia. Y cada historia, como la buena cocina, necesita tiempo para ser disfrutada.

domingo, 26 de julio de 2026

Tras la huella de oro y mito: la Gran Expedición de Diego de Rojas hacia la “Ciudad de los Césares”

En mayo de 1543, un capitán español llamado Diego de Rojas partió desde Cuzco con una expedición de más de 200 hombres, mujeres, esclavos y sirvientes, rumbo a un territorio desconocido: el Tucumán. Su misión era encontrar el mítico reino de Trapalanda, pero lo que halló fue una tierra hostil, guerreros indígenas y una muerte que lo convertiría en leyenda. Esta es la historia de la entrada de Diego de Rojas al Tucumán, el primer paso de la conquista del Noroeste argentino.




Imagina un ejército de hombres y mujeres, armas, caballos y provisiones, avanzando por caminos desconocidos, entre montañas y llanuras, con la esperanza de encontrar un reino de oro y plata. Así fue la expedición de Diego de Rojas, un capitán español que, en 1543, se lanzó al Tucumán con la promesa de descubrir riquezas y fundar nuevas ciudades. Pero lo que encontró fue una tierra de guerreros indígenas, desiertos y salinas, y una muerte que lo convertiría en el primer español en pisar lo que hoy es Santiago del Estero. Esta es la historia de la entrada de Diego de Rojas al Tucumán, el comienzo de la conquista del Noroeste argentino.

El Sueño de Trapalanda

En 1543, el teniente de gobernador de la Provincia de Charcas, Diego de Rojas, partió desde Cuzco con una expedición de más de 200 españoles, negros e indígenas yanaconas, rumbo al Tucumán. Su objetivo era encontrar el mítico reino de Trapalanda, un territorio rico en oro y plata, que según las leyendas, se encontraba en el sur de América. Rojas pensaba que ese reino estaba en la dirección del río de la Plata, por lo que solicitó al gobernador del Perú, Cristóbal Vaca de Castro, que le encomendara la entrada a una provincia situada entre Chile y el nacimiento del río de la Plata.

Vaca de Castro aceptó rápidamente, con la idea de alejar a Rojas y a otros capitanes de posibles luchas intestinas. Rojas se asoció con los capitanes Felipe Gutiérrez y Nicolás de Heredia, y cada uno aportó la suma de 30.000 pesos para financiar la expedición. La expedición se lanzó en tres tandas escalonadas: la primera, bajo el mando de Diego de Rojas, salió de Cuzco en mayo de 1543; semanas después salió la segunda, al mando de Gutiérrez; y la tercera, al mando de Heredia, partió a mediados de junio.

El Camino Real de Collasuyo

Rojas y sus hombres partieron por el Camino Real de Collasuyo, bordeando el lago Titicaca, hasta llegar al poblado indígena de Chicoana. Allí se detuvieron un par de semanas, en espera de los refuerzos que debían arribar bajo el mando de Felipe Gutiérrez. En Chicoana, pueblo pacífico y servicial, la expedición se detuvo un par de semanas, en espera de los refuerzos que debían arribar pronto, bajo el mando de Felipe Gutiérrez.

Algunos cronistas dicen que allí se criaban “gallinas de Castilla”, aunque otros sostienen que, en realidad, los aborígenes de Chicoana sólo les contaron a los europeos que hacia el sur había tierras y poblaciones “muy ricas”, donde podrían encontrar, entre otros animales domésticos, “gallinas”. Rojas no necesitaba más que eso para abandonar el itinerario hacia Chile. Sintiéndose atraído por la posibilidad de encontrar un nuevo Perú en el Sur, decidió continuar hacia el Tucma.

El Primer Contacto con los Diaguitas

Dejó a Diego Pérez de Becerra con veinte soldados para aguardar a Gutiérrez y luego seguirlo. En pocos días de marcha irían internándose por territorios muy distintos. Tucumanaho fue el último pueblo dócil que encontrarían. El siguiente, Capayán, los recibiría a piedrazos y flechazos. Luego de una refriega donde cayeron los primeros muertos y heridos de la expedición, Rojas tuvo miedo a esos bravísimos aborígenes y regresó por donde había venido. Para evitar nuevos enfrentamientos desgastantes y seguir avanzando hacia el Sur.

Los quince diaguitas vieron emerger a aquellos individuos que parecían humanos. No estaban seguros de que lo fuesen, aunque conocían sus propósitos. Apostados a ambos lados de un angosto desfiladero, esperaron a que pasara la mitad de ellos, para comenzar a apedrearlos. Con sistemática precisión, iban lanzando proyectil tras proyectil sobre las cabezas cubiertas de un metal algo herrumbrado. Algunos caían, otros atinaban a disparar sus armas de fuego hacia arriba, a tientas. Pues no veían a sus atacantes, por la penumbra del atardecer y por estar los indios muy bien parapetados. Finalmente, aquellos seres metalizados comenzaron a retroceder. Atropellándose con torpeza, se movían ahora hacia atrás, como una oruga gigante herida. Eso querían los diaguitas. Obligarlos a buscar otro camino. Que necesariamente, los iba a llevar a zonas cada vez más desérticas, salitrosas, sin pobladores, ni plantas, ni animales.

El Paso por las Salinas

Los aborígenes peruanos que oficiaban de sirvientes, ya no conocían el territorio algo más abajo de Chicoana. En las Salinas comenzaban lugares poco explorados por los incas. Habitados por numerosísimos pueblos pequeños, de diferentes etnias. Algunas de las cuales, como los Diaguitas, Yocaviles, Quilmes, Abipones, Sanavirones y Comechingones, eran guerreros extraordinariamente combativos y tenaces. Tanto es así, que iban a ser, con el paso de los años y el avance del proceso conquistador europeo, los últimos en ser aniquilados.

Luego del ataque con hondas al que habían sido sometidos, Rojas decidiría apartarse un poco de las serranías, pero no abandonó sus propósitos de continuar hacia el Sur. Así fue que más adelante los numerosos expedicionarios entrarían en una zona llana, controlable desde el punto de vista militar, pero seca e inhóspita. Debido a lo cual pronto comenzarían a pasar hambre. Tal como le sucediera unos años atrás a Diego de Almagro.

El Llegada a Salavina

Enseguida comenzarían a pisar tierra santiagueña. Sus asesores indígenas, informaban a estos europeos que las etnias a encontrar aquí eran principalmente las de los Lules y Tonocotés. Aunque también algunos diaguitas, más pacíficos que sus primos de las montañas. Abipones hacia el Este y dos pueblos a quienes los peruanos conocían casi únicamente por narraciones: los sanavirones y los comechingones. Se decía de ellos que muchos tenían barba, como los europeos. El detalle acicateó aún más, si era posible, en Rojas la convicción de que llevaban el camino correcto. Y que se estaban acercando cada vez más a la “Ciudad de los Césares”.

No todos los lules y los tonocotés eran pacíficos, sin embargo. Además, informados por sus redes de comunicación con sus hermanos del Noroeste indígena, esperaban a los invasores. Algunos con el propósito de no dejarlos quedarse con las tierras y espacios naturales donde hasta el momento vivían en su propio orden político, y en libertad. Comenzaron a emerger apenas de entre los tupidos bosques pequeños comandos de esbeltos aborígenes que atacaban rápidamente, con intensidad, provocando algunas bajas entre los europeos y sus acompañantes. Y luego, raudamente, volvían a perderse entre la maraña selvática. Así llegaron hasta Salavina. Una región poblada por pacíficas familias indígenas, a las cuales sometieron fácilmente los españoles. Asegurándose así la alimentación cotidiana para los ya más de 180 españoles y cerca de 2.000 aborígenes peruanos que habían sobrevivido a los ataques de los diaguitas durante la travesía. Poco antes se les había unido Felipe Gutiérrez con su mujer, conquistadores europeos y servidumbre aborigen, masculina y femenina. Permanecerían en este poblado de Salavina durante un año.

La Muerte de Diego de Rojas

Cada tanto Rojas, con un grupo de soldados, salía a reconocer el terreno y explorar posibles indicios de lo que buscaban. Durante una de estas salidas, en un lugar denominado Macajar (o Maquijata), fueron repentinamente atacados. Se repetía la táctica de los Lules-Tonocotés: lanzaban flechas, dardos, piedras de honda, eludiendo los cuerpo a cuerpo, y rápidamente se esfumaban entre las frondas. Diego de Rojas fue herido por una flecha en un brazo, casi a la altura del hombro. (Algunas crónicas dicen que en un muslo.) Sin hacer demasiado caso quitó la flecha y ordenó el regreso. Ya durante el camino comenzó a sentir mareos que casi lo derriban del caballo, y cosquilleos debilitantes por todo el cuerpo.

Desde que llegaron a Salavina, los conquistadores y su numerosa comitiva de indios cipayos, habían rodeado a la modesta aldea de aborígenes, posiblemente tonocotés, de hábitos pacíficos. Allí se refugiaría este ahora Diego de Rojas herido, cada vez más atacado por la fiebre, dolores y asfixia, así como calambres que le impedían dormir. Se retorcía en su camastro, cayendo y dándose repetidamente con la cabeza contra el suelo. Desencajado, profería gritos fortísimos de dolor. Y por momentos pedía que lo mataran para dejar de padecer. En uno de sus pasajes de lucidez, designó a Francisco de Mendoza como sucesor en el mando.

Catalina de Enciso intentó curar a Rojas pero le fue imposible. Solicitó para ello la colaboración de sus sirvientas incaicas, pero el veneno inoculado por la flecha hacía todos sus esfuerzos vanos. Por fin, el conquistador murió. Una oleada de insultos y acusaciones se levantó contra las mujeres. Llegando a culpar incluso a la española de “haber embrujado” a Rojas para favorecer a su amante Felipe Gutiérrez. Algunos de los grupos más selváticos de los lules y tonocotés, usaban estas flechas y dardos envenenados contra sus enemigos. Sus armas artesanales solían ser verdaderos prodigios de perfección estética. El historiador Pedro de Angelis dice que con gran “prolijidad trabajaban y pulían. El fuego gasta y el pedernal desbasta los varejones y cuando ya los tienen en el grosor y proporción que desean, los pulen con delicada nimiedad y los dejan tan tersos y lisos, que no los aventajara el más diestro oficial con sus gubias y garlopas. Verdad es que necesitaban meses para sus maniobras”. Y más adelante: “Su tiempo tomarían para sobar los pedernales con el zumo de las yerbas ponzoñosas que ellos conocían a la perfección”.

El Legado de Diego de Rojas

Rojas fue el primer español en arribar a lo que hoy es la provincia de Santiago del Estero. Su expedición tiene el mérito de haber explorado de punta a punta todo el Tucumán hasta Córdoba. Fue la unión del Perú con el Río de la Plata. Esta expedición sirvió para descubrir las naciones indígenas que poblaban el territorio: los calchaquíes, los diaguitas, los tonocotés, los lules y los comechingones.

La entrada de Diego de Rojas al Tucumán fue el comienzo de la conquista y exploración del Noroeste Argentino que sentaría las bases de la posterior conquista y colonización de Juan Núñez de Prado, continuada por Francisco de Aguirre. De los miembros de la expedición de Rojas, veintiocho regresaron más tarde con Núñez de Prado.

La expedición de Diego de Rojas al Tucumán fue un hito en la historia de la conquista del Noroeste argentino. Fue el primer paso de la exploración y conquista de una región que, hasta entonces, era desconocida para los europeos. Rojas y sus hombres enfrentaron desafíos enormes: guerreros indígenas, desiertos, salinas y enfermedades. Pero, a pesar de todo, lograron abrir caminos y sentar las bases para la posterior conquista y colonización de la región.

La historia de Diego de Rojas es un recordatorio de la ambición y el coraje de los conquistadores, pero también de la resistencia y la valentía de los pueblos indígenas que defendieron su tierra y su libertad. Es una historia que nos invita a reflexionar sobre el pasado y a valorar la diversidad y la riqueza cultural de la región que hoy llamamos Tucumán.

Fuente principal:

CARRERAS, Julio. "Diego de Rojas" en 4 historias santiagueñas.

Fuentes históricas citadas en el texto original:

* GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, Pedro (1522-1603). Historia de las guerras más que civiles que hubo en el Reino del Perú (también conocida como "Quinquenarios").

* FERNÁNDEZ, Diego. Testimonio directo como soldado participante de la expedición.

* DE ANGELIS, Pedro. Investigaciones sobre técnicas médicas indígenas.

* QUIROGA, Adán. Estudios sobre tácticas de guerra de los comechingones.

* "La expedición de Diego de Rojas al Noroeste Argentino y sus derivaciones hacia los estudios arqueológicos". Ampurias (Barcelona), t. 35, 1973, págs. 255-260.

Latidos Negros: Redescubriendo la Huella Africana en Argentina y Santiago del Estero

 



En los pliegues de la historia rioplatense una comunidad que, en el siglo XVIII, representó más de la mitad de la población de algunas provincias hoy se debate entre el olvido y la invisibilidad. Su presencia, sin embargo, está impregnada de ritmo, de resistencia y de un legado que sigue resonando en el tango, el candombe y las palabras cotidianas del país.

Raíces que se hunden en la tierra del Río de la Plata

Los primeros varones africanos llegaron a lo que hoy es Argentina como esclavos de los conquistadores españoles. El flujo sistemático de esclavos por la ciudad de Buenos Aires comenzó poco después de su segunda fundación, en 1580, cuando los pobladores, desesperados por la escasez de mano de obra indígena en la zona, reclamaron la importación de “trabajadores” provenientes de Angola y el Congo.

Según los historiadores, de los 60 millones de africanos enviados a América sólo 12 millones sobrevivieron el viaje transatlántico. Buena parte de ese número desembarcó a través de los puertos del Río de la Plata, Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, donde fueron distribuidos entre labranzas, ganaderías y hogares aristocráticos. Las africanas, además de unirse en “santo matrimonio” con sus compañeros, fueron obligadas a servir sexualmente a sus amos y a sus parientes, generando una población mulata que, a lo largo de los siglos, se mezcló con la criolla y con los inmigrantes europeos.

El auge silencioso bajo la sombra de Rosas

Durante la gobernación de Juan Manuel de Rosas (18291852) la comunidad negra de Buenos Aires alcanzó un nivel inesperado: alrededor del 30 % de la población total. El propio gobernador, acompañado de su familia, asistía regularmente a los candombes, esa forma de baile y canto que, aunque permitida, era una de las escasas expresiones culturales concedidas a los descendientes de africanos.

Los candombes, con sus tambores que “hacían temblar el suelo” y sus voces que entonaban antiguas plegarias, se convirtieron en un escenario de resistencia silenciosa. Cuando la danza se convertía en canción, la pulsación del tambor también marcaba el latido de una memoria que el Estado intentaba amortiguar.

El declive oficial y la invisibilidad

El siglo XIX trajo consigo un descenso sostenido de la población afroargentina. El aluvión migratorio fomentado por la Constitución de 1853 y la llegada masiva de inmigrantes europeos (español, italiano, francoalemán) diluyeron su peso relativo. En los censos, la categoría “negra”, “parda”, “morena” o “de color” fue sustituida por el ambiguo término “trigueña”, que podía aplicarse a cualquier tono de piel o, en algunos casos, a ninguno.

Los registros de 1838 a 1887 muestran una “desaparición artificial” de la comunidad. En 1778, por ejemplo, el noroeste argentino presentaba cifras sorprendentes: en Tucumán el 42 % de la población era negro, en Santiago del Este­ro el 54 % y en Catamarca el 52 %; en Salta el 46 %, en Córdoba el 44 %, mientras que en Mendoza el 24 % y en La Rioja el 20 %.

Hacia fines del siglo, el porcentaje oficial de negros cayó a apenas 1,8 % en 1887, y a partir de esa fecha los censos dejaron de registrar la variable racial, como si la comunidad hubiera desaparecido de la realidad.

La huella que persiste

Música y danza:

El tango, esa danza que define la identidad porteña, nació en los conventillos y en los salones donde los esclavos organizaban sus candombes. La milonga, su predecesora, conserva en su nombre una palabra bantú que significa “mezcla”. La chacarera, el grito de la pampa, también bebe de la tradición afro: su ritmo, sus instrumentos de percusión y sus voces resuenan con ecos de la sabiduría africana.

Pocos nombres quedan en la memoria, pero su aporte fue decisivo: Rosendo Mendizábal, autor de El entrerriano, era negro; Cayetano Silva compuso la música de la Marcha de San Lorenzo; Zenón Rolón escribió la marcha fúnebre que honró el regreso de los restos de José de San Martín en 1882. El legendario payador Gabino Ezeiza y el mítico “moreno” del Martín Fierro son otros testimonios vivos de esa presencia.

Lenguaje cotidiano:

En Santiago del Este­ro y en gran parte del noroeste, vocablos de origen africano siguen siendo parte del habla: mina, milonga, mucama, quilombo, mandinga, arrorro, mondongo, zamba, marote, banana. Estos términos, a veces trivializados, son portadores de una historia que se ha transmitido de generación en generación, aunque sus raíces se pierdan en la cotidianidad.

Religiosidad y festividades:

El legado cultural afro se manifiesta también en la devoción popular. El Carnaval rioplatense, con sus comparsas de candombe, celebra la libertad de los esclavos. En Corrientes, el legendario San Baltasar, el rey mago negro, sigue siendo venerado. San Benito, patrono de los afrodescendientes, tiene altares en varias provincias, recordando que la fe ha sido un refugio y un canal de resistencia.

Voces del pasado, miradas del presente

Domingo F. Sarmiento, presidente durante la gran epidemia de fiebre amarilla y la Guerra del Paraguay, dejó constancia de su postura racista. En su diario de 1848, al referirse a la esclavitud en EE. UU., escribió:

 “La esclavitud es una vegetación parásita que la colonización inglesa ha dejado pegada al árbol frondoso de las libertades…”

Más adelante, en una de sus frases célebres, afirmó:

 “Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres.”

Estas palabras, lejos de ser simples anécdotas, reflejan la actitud oficial del Estado que, una vez abolida la esclavitud, buscó borrar la presencia visible de los afrodescendientes, relegándolos al silencio oficial.

Hasta el día de hoy: el legado y la lucha

Los términos negro, negrita, morocho, cabecita negra siguen utilizándose, aunque su carga semántica ha sido desplazada hacia la clase social más que hacia la raza. En la práctica, sus víctimas pueden ser amerindios, europeos o afrodescendientes, evidenciando que el racismo persiste en formas sutiles y a veces encubiertas.

Los festivales, los bailes y los nombres de calles que hoy conmemoran a la comunidad negra son pistas que el país no puede ignorar. Reconocer la desaparición artificial no es sólo un ejercicio estadístico; es una invitación a reescribir la narrativa cultural, a rescatar los rostros que el historiador oficial dejó fuera y a honrar el latido de los tambores que, desde los conventillos del siglo XIX, siguen resonando en los bares de Buenos Aires y en las pampas argentinas.

Fuentes

* Todo es Historia (revista)

* Historia del barrio: Presencia negra – ensantelmo.com

* BBC News, especial sobre esclavitud (2007)

* El Peruano, “Opinión” (2007)

En la medida en que la memoria se vuelve arte, la historia afroargentina deja de ser un vacío y se convierte en un mosaico vibrante que, una vez más, reclama ser visto, escuchado y, sobre todo, celebrado.