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miércoles, 9 de octubre de 2024

"Así cantaba un paisano, paisano salavinero"

 


¿QUIEN de nosotros no tarareó alguna vez "¿La olvidada”, “La alabanza” o “La blanca rosa”? Lo hicimos más de una vez, por cierto, y por el milagro de la música nos sentimos transportados a la tierra del algarrobo y el chañar: una chacarera juguetona y las parejas que levantan polvareda mientras la bailan...

Ese es el gualicho que encierran todas las obras que nos han entregado a lo largo del tiempo los hermanos Díaz; su música pura, sacada de la tierra misma, nos conduce imaginariamente a sus fuentes naturales. Es mucho lo que les debe el folklore santiagueño a los hermanos Díaz; lamentablemente sólo podemos hablar con uno de ellos, dado que Benicio, a quien apodaban el Zoco, falleció hace varios años (1948).

Conversamos con Julián Antonio, más conocido como Cachilo Díaz; su casa son dos brazos abiertos siempre dispuestos a recibir a los amigos. Allí se realizan fiestas criollas y es dable escuchar a conjuntos o solistas de renombre, que llegan a visitarlo. Entre éstos merece una mención aparte Atahualpa Yupanqui; con don "Ata" no sólo ha firmado obras, sino que hay entre ambos una amistad que nace en viejas cacharpayas, donde juntos supieron pasar horas inolvidables.

UN POCO DE HISTORIA

Julián Antonio Díaz, éste es su nombre completo, nació en Salavina; fue el 23 de marzo de 1905 y eran sus padres Julián E. Díaz y Crescencia Torres.

Desde pequeño se sintió atraído por la música, llegando así a dominar varios instrumentos. Primero fue la armónica; más tarde creyó haber encontrado su verdadera vocación en el violín; tal es así que mientras cursaba sus estudios primarios en Buenos Aires, concurría al Conservatorio de Música que estaba bajo la dirección de los profesores Fracassi y D'Andrea. Al año siguiente (1917), retorna a Santiago, donde continúa rus estudios primarios y comienza con el aprendizaje de la guitarra, progresando rápidamente.

NACE UN DÚO

Tiempo después formó un dúo con el Zoco y no había fiesta criolla donde no estuvieran presentes estos dos hermanos. Juntos recorrieron gran parte de Santiago y tuvieron así ocasión de escuchar a los más diversos músicos; pero quizá quienes más contribuyeron a inspirar sus creaciones, fueron esos paisanos lugareños, fieles intérpretes del sentir folklórico.

Los hermanos Díaz supieron escuchar, supieron compenetrarse, y no tardaron en ocupar un primer plano en el campo de la composición. Entre sus numerosas obras, todas ellas de un marcado sabor telúrico, se encuentran: "El pintao", "Achalay", "Don Benicio", "El pilón" (gatos), "La alabanza" (chacarera) y "La amorosa" (zamba); estos dos últimos títulos han cobrado circulación no hace mucho en el mundo del disco: la primera, en versión de Los Huanca Hua, y "La amorosa", con versos de Oscar Valles, ha sido grabada por Los Cantores de Quilla Huasi.

Los Hnos. Díaz también llevaron al disco sus propias canciones; en 1947 grabaron para la R.C.A. Víctor dos chacareras: "La olvidada" y "La finadita", y dos zambas: "La del 11" y 'La amorosa" (sin letra aún).

Al año siguiente fallece el Zoco Díaz, por lo que Cachilo decide hacer acallar su guitarra... Pero al cabo de dos años comprende que la mejor manera de recordar al hermano perdido, es templando dicho instrumento. Fue entonces cuando Cachilo Díaz sintió renacer su fibra de compositor, mereciendo destacarse entre sus últimas obras 'La humilde" (chacarera grabada por Atahualpa Yupanqui y Los Hermanos Simón entre otros) y la vidala "Sentido estoy", dedicada al querido Zoço con letra de Atahualpa Yupanquí.

PREFERIDOS

Cuenta Cachilo que en su infancia escuchó con frecuencia a un violinista no vidente, allá por Salavina; su nombre era Conrado Pérez, y actuaba acompañado por su tío Epifanio. Posteriormente recuerda haber escuchado a otros músicos, pero ningunos tan buenos como aquéllos (habría nacido aquí su presunta vocación por el violín). En cuanto a los artistas profesionales de hoy, admira a los Hermanos Simón por su fidelidad interpretativa.

HOGAR, DULCE HOGAR

Cachilo Díaz está casado con María Luisa Terribile, y precisamente el pasado 17 de junio cumplieron las bodas de plata. Tienen un hijo, Luis Mariano, a quien todos lo conocen como el Tushca; guitarrero y buen bombisto (como todo santiagueño), colabora con el padre en la enseñanza de música nativa...

Nosotros cerramos aquí nuestra nota con la esperanza de haber saldado, en parte, la deuda que teníamos con Cachilo Díaz.

Publicado en Revista Folklore Nº 74 (4/8/1964)

Santiago del Estero: Corazón folklórico nos da hombres como “Cachilo” Díaz

 


Visitando en Santiago del Estero, en una cálida tarde de invierno, a un amigo poetas, la conversación recayó, naturalmente, en lo folklórico. ¿Qué pasa en Santiago con el folklore? ¿Gustan los santiagueños del cancionero de Leo Dan más que el de Chazarreta? Nos propusimos averiguarlo y comenzamos a requerir datos y direcciones de los más renombrados músicos del lugar. Sólo disponíamos de unas horas en esa capital norteña y queríamos aprovecharlas bien.

 -Puede comenzar sus visitas por lo de Cachilo Diaz -nos dijeron.

 -¿Dónde vive? En Santiago, todo queda "ahicito nomás". También lo de Cachilo Díaz.

En efecto. Dimos vuelta a la esquina y ahí, a media cuadra, abría sus brazos acogedoramente la fachada de un viejo chalet provinciano pintado de blanco, con añosos árboles y plantas de jardín. Golpeamos las manos y salió a recibirnos una señora, que luego supimos era la esposa del músico. Sin saber quiénes éramos; sólo el expresado deseo de cambia: unas palabras con el dueño de casa, bastó para que nos hiciera pasar al vestíbulo. Allí, en un hall transformado en estudio, un pequeño de unos nueve años deletreaba las notas de una partitura y tocaba en la guitarra, demasiado grande para él. El maestro nos saludó sin demostrar extrañeza ante nuestros rostros forasteros, pero su rostro se mostró muy expresivo cuando le dijimos nuestros nombres y el de la revista. De repente se acortó la lección del pequeño y quedamos solos. Desde las paredes, nos contemplaban partituras, fotos, pergaminos y mil recuerdos más de la carrera de los Hermanos Díaz. Porque eran dos: Julián Antonio y Benicio.

Estamos ante Julián; 61 años cumplidos el 24 de marzo de este año. Enseguida quiere saber de Buenos Aires. Su único contacto con la capital es la radio. "En ella escucho a los solistas-dice-. Quisiera ir a las peñas de Buenos Aires y ver a toda la gente famosa y que ama el folklore".

Julián Diaz, natural del pueblo de Salavina, inmortalizado en varias composiciones musicales, se radicó en Santiago en 1916, para estudiar violín. Había nacido en un hogar de músicos; su abuela tocaba el arpa y la otra abuela la guitarra. Tuvo que abandonar el estudio de violín porque el profesor se mudó de provincia, pero no se resignó a dejar la música. Entonces se compró una armónica y comenzó a sacar en ella, de oído, aires tradicionales. No terminaron allí los inconvenientes musicales. A raíz de una operación de paperas, le prohibieron tocar la armónica, y lo enviaron al campo a recuperarse. Pero tampoco eso fue bastante para amilanarle y se las ingenió entonces para que un peón del campo donde pasaba esas forzosas vacaciones le enseñara tres tonos en la guitarra.

Cuando regresó a la ciudad, ya la guitarra era su pasión. Algunos pensionistas en su casa tocaban ese instrumento y pudieron ayudarlo a buscar nuevos tonos. Después, se empleó en el Gabinete Dactiloscópico de la Policía y el destino quiso que su jefe, don Manuel Zamora, también tocara la guitarra. Ese fue el lazo más efectivo para iniciar una larga amistad. Y ambos comenzaron un estudio de guitarra por cifra, con gran dedicación y entusiasmo.

Por ese entonces, su hermano Benicio tocaba mandolín y bandoneón. ¿Qué mejor, entonces, que formar un dúo? De entonces, Julián Diaz recuerda con una sonrisa melancólica cómo cada vez que actuaba en público encontraba su guitarra totalmente desafinada, producto de una broma pesada de su hermano.

El dúo de los Hermanos Diaz se inició con un mes en "Achalay Huasi", la peña de moda de ese entonces. Allí se convirtieron en éxitos sus composiciones "La finadita", "La amorosa", bautizada así por Estela Peña, "El pintao", "La vieja", recogida al arpista Gervasio Contreras. "Andando" (vidala), "La olvidada" (Nunca te olvidaremos) y muchas más que casi se folklorizaron de tan populares.

No olvidaron nunca el éxito que tuvieron al lado de Adolfo Abalos en el Palacio Municipal de La Plata, antes de regresar a su provincia.

Julián creó así más de sesenta obras, que se las "pasaba" silbando a su hermano Benicio. Cada nueva obra era es- trenada en una "cacharpaya" por Benicio y allí se la bautizaba. Así pasó con "El pintao", que fue llamado así por Rodolfo Paz, inspirado en un gato manchado.

Una vez llegó a Santiago, en una de sus giras, Atahualpa Yupanqui, y Julián Diaz lo buscó y lo llevó a su casa. De esto hacen ya 35 años de profunda amistad.

La amistad es para Cachilo Díaz un valle donde se refugian todas las personas que lo reconocen. Y también los que no lo conocen pero lo presienten desde el umbral del canto. Hasta los jóvenes, los que quieren beber de la fuente, acuden a su lado desde todos los rincones de nuestra tierra cantora. Hace unos días, fueron Los Peregrinos que llevaron a su lecho de enfermo su acento sureño en canciones de amistad. y consuelo. Los jóvenes Peregrinos cantaron por y para Cachilo Diaz al pie del sol santiagueño, en un simbólico abrazo: de la tradición y su futuro.

La belleza de las melodías, el encanto del ritmo netamente tradicional conquistaron siempre a los oyentes, que aplaudieron fervorosamente sua obras, y también a otros compositores, que desearon hacer su aporte espiritual a ellas. De esta manera fue que Oscar Valles y Atahualpa Yupanqui le solicitaron autorización para poner palabras a su música, y actualmente han salido ya algunas de ellas.

Fallecido su hermano Benicio, se retrae en su refugio provinciano.

Hace pocos años, un espasmo cerebral le dejó como saldo una leve parálisis del brazo y le aconsejaron dedicarse a la enseñanza de la guitarra, como sistema práctico de reeducación del miembro afectado. Desde entonces, su casa está siempre frecuentada por sus alumnos de todas las edades.

Jubilado de su cargo como empleado de los Tribunales, sus alumnos le ayudan a vivir sus horas de música en alegre compañía. Puede dedicar sus horas de paz a la composición. y al estudio de un instrumento que es siempre un misterio.

Conversando con Julián Díaz, casi se nos pasó la hora del almuerzo. Sin embargo, no quisiéramos despedirnos, envueltos como estamos en su mundo de recuerdos, todos gratos. La tarde santiagueña cae a plomo sobre nuestras cabezas que repiten la melodía de "El pintao", mientras caminamos hasta el hotel, que "queda ahicito nomás..."

Alma Garcia

Publicada originalmente en Revista Folklore Nº 74 (27/9/1966)