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viernes, 28 de marzo de 2025

Olores, pregones y colores

 

Captura de FBK

Los hombres usan los sentidos para orientarse estableciendo una variada gama de referencias que almacenan en el cerebro. Informaciones que llegan a través de órganos receptores como los ojos, nariz y oídos. Estas acumuladas y asociadas, colaboran en la experiencia y conocimiento del vivir el sociedad.

Una ciudad contiene ruidos y olores, más un color que varía en forma permanente por movimientos de cosas provocando una dinámica que influye en el ánimo de los habitantes.

A comienzos del siglo XX, cuando el Mercado Armonía funciono en plena actividad, concentro a un número singular de personas que no eran vecinos de la ciudad. Gentes que llegaban diariamente en caravanas, desde parajes distantes trayendo artesanías, alimentos elaborados, animales domésticos y diversos frutos regionales.

Predominaban en esos” llegados” los venidos de Loreto y zonas de influencia, que recorriendo el viejo camino real ingresaban por calle Independencia o la Avenida Belgrano. Fue una “procesión” de vendedoras a pie, también montadas en sulkis y caballos acompañadas de sus hijos menores.

Rompían el silencio del amanecer con risas y diálogos picarescos expresados en voz alta, más el cacarear de gallinas molestas en el transporte; tintineo del cencerro de cabras que guiaba la pequeña majada mientras los “cushcos” ladraban de un lado a otro.

Contrastes cromáticos de los negros vestidos con “una huatana” (paño o toalla para cubrir la cabeza), portados por las ancianas, con el floreado en vivos colores de los vestidos de las jóvenes; alguna cinta roja o amarilla adornando el cuello o pelo, indicaban el “haber hecho promesa”.

Todo y mucho más, produjo una cadencia armónica de ruidos, formas y colores que el ciudadano de entonces supo qué hora era, la estación del año por el producto pregonado o motivando en la creación del menú del diario alimento.

Este cortejo en su paso dinamizo la actividad de la ciudad. Los sonidos metiéndose en las casas hacían callar a los moradores que intentaban captar los “chismes”, presta atención a las ofertas o por simple curiosidad.

Los perros caseros en enloquecidos trotes y aullidos protegían sus territorios.

Este espectáculo repercutió solo una hora, marcando el comienzo del día, cuando no sucedía, era feriado, la ciudad descansaba.

Después de las lluvias o con las brisas frescas del sur en las tardes, un manto de perfumes exquisitos se supieron desparramar por las zonas bajas al este de la ciudad, provenían de los jardines-viveros que se ubicaron en la Av. Belgrano a los costados de la desaparecida acequia. Fueron sus propietarios las familias Tarchini, Regazzoni, y Palumbo que desde fines del siglo XIX se dedicaron a esas tareas en predios de generosa superficie, tareas que eran extensión de las hogareñas, circunstancias por las que fueron conducidas por mujeres, como doña Elvira Regazzoni de Tarchini, posteriormente su hija carlota, que acrecentó la actividad.

De estos jardines salieron las palmas y coronas que acompañaron las mortajas o los tocados de las novias. Fue frecuente que al ver salir al “mandado” con el encargo, vecinos y transeúntes se arrimaran a la verja de los jardines preguntando por la primicia. De inmediato la noticia estaba de boca de todos, todos a festejar o a lamentarse.

A estas familias se le debió las costumbres de hacer jardines, cultivar en macetas, las técnicas del injerto y del recibimiento a la primavera a pleno color y olor.

El Dr. Orestes Di Lullo siendo intendente de la ciudad capital, a mediados de la década de 1940, foresto las principales calles del microcentro con especies frutales en sentido este-oeste (plantas de naranjas agrias), en orientación norte-sur con árboles de hojas perennes (brachos). El método que aplico permitió que, en época de floración, los vientos frecuentes del norte o sur arrastraran por la urbe un olor de azahares y que el fruto fuera aprovechado por el arte culinario (licores, dulces, repostería, etc.). Los brachos sirvieron de cortina para sombra del sol naciente o poniente.

Comento el DR. Di Lullo que la ciudad debía tener un toldo que naciera en las proximidades de la estación Zanjón y terminara en el barrio Huaico Hondo en las estribaciones de Las Lomas coloradas, llegado el periodo estival, correrlo poniendo todo a la sombra. Lo planteó como una utopía, por ello practicó este método más natural logrando confort para los ciudadanos y que las plantas fueran residencias de pájaros como factor de equilibrio ecológico contra insectos y larvas perjudiciales.

Por lo menos dos veces al mes y con temperaturas frescas, a pocas cuadras del microcentro en proximidad de la calle Alsina o Moreno, un olor pestilente impregnaba la atmosfera del lugar. Fue señal de que familias de matarifes y carniceros estaban haciendo jabón. Procesaban la grasa animal al fuego para luego incorporarle esencias, el producto fue vendido u obsequiado como “yapa” en el puesto. Esta actividad perduro hasta la década del 1940 y la practicaron las familias Collado y Segura entre otras.

En las fincas de los Provedano, de los Isorni al sur o de los Lissi al norte, situadas a los límites del núcleo urbano para mencionar algunas, en los días fríos del mes de julio, los olores de vapores de agua mezclado con grasa porcina y carne asada invadía la periferia indicando el faenamiento de cerdos y elaboración de embutidos. Esta industria familiar concentraba en fiesta, parientes y allegados de todas las edades. A manera de pelota, los chicos jugaban con la vejiga disecada e inflada de los cerdos; los grandes colaboraban con el trabajo. El mes de junio fue, hasta la postrimería de la década de 1930, muy anhelado y referencia en el calendario familiar por ese motivo.

“Lecherooo…” fue un pregón hasta la década del 60 que caracterizo las primeras horas de la mañana o el mediodía según el barrio. Una jardinera tirada por un caballo manso, conducida por un hombre de gorra o birrete blanco que a viva voz nombraba las vecinas o a las empleadas domésticas: “Filomenaaa…” “Panchitaaa…” “pepaaaa…”, más el ruido del chocar de los recipientes de aluminio que llevaba este original transporte y el insistente golpetear del mango del rebenque  contra las maderas del vehículo, anunciaba a cuadras de distancia, la presencia de este servicio: el lechero, personaje ciudadano que trascendía su oficio dando el parte diario de los sucesos entre los distintos barrios o recomendando a las madres por la conducta de sus hijos, ya que observo en el baldío o en la acequia, a “Pedrito”, haciendo travesuras.

A comienzo del mes de noviembre con los calores que anunciaba un posterior verano caliente, en esa hora de la siesta en momentos que la vida descansa, un hombre montado en un triciclo gritaba “heladooo…”, o simplemente “…aaados”, imitando al “caramelero” de los cines. Intercalaba el grito con el sonido de una afónica corneta. Vendia helados caseros de agua, no a la crema. Desde mediados de la década del 60 que ya no se lo escucha. En reemplazo hoy gritan “Bombón helado”, producto industrial más sofisticado transportado en cajas acromáticas.

Frente a las puertas de acceso de las escuelas primarias junto al cordón que limita acera y calle vehicular, los alumnos supieron arremolinarse junto a un vendedor de variadas golosinas, fue el “tirero” cuyo nombre  se debió a los métodos que uso para la venta; se “tiraba” una bolita en un círculo a manera de ruletas o se “tiraba” un elemento intentando hacer “blanco”. El premio consistía en un pequeño cucurucho o paquetito de caramelo de fabricación casera de gran tamaño, como torta, fraccionado a golpe de martillo, pregonando “tirooo…”, se desplazó por las calles en horas extra escolares hasta los años 60.

El carbonero por toda la ciudad; en las puertas de bancos y confiterías los vendedores de lotería, diarios y revistas ofertaron sus mercaderías a viva voz con extrañas modulaciones. La corneta del manicero en invierno; a media noche los sonidos del pito de la ronda policial; las campanas de las parroquias barriales; el olor a pan recién hecho de las panaderías; los olores de frituras, guisos, empanadas, etc, que salían por las ventanas de los hogares, guardapolvos blancos de “primaria”, uniformes de colegios, hábitos de curas uniformes de policías, conscriptos y militares, etc, etc, fueron olores, pregones y colores relacionados con la actividad humana, que dieron vida, vitalidad y dinamismo a la ciudad que fue Santiago del Estero. Hoy cambio.

Fueron cosas que permitieron la orientación del ciudadano, sentirse acompañado, por lo tanto seguro y con paz pública y esa paz no estuvo garantizada por fuerzas del orden, sino por una densa y casi inconsciente red de controles y actos inscripta en el ánimo de las personas y alimentada por ellas mismas.

Mencionada en capítulos anteriores la “sociedad urbana” más numerosa, ya no se preocupa de nuestros patriotas, hoy elimina olores, pregones y colores.

Si no existen pequeñas cosas que nos den pertenencia, somos extraños aquí y en donde sea.-

Fuente: SANTIAGO DEL ESTERO. Recorrido por una ciudad histórica. Autor: Arq. Roberto R. Delgado


viernes, 11 de octubre de 2024

El Mercado Armonía

 


El Mercado Armonía es otro de los monumentos tradicionales de nuestra ciudad. Fue fundado el 15 de febrero de 1.936, en pleno centro de la ciudad de Santiago del Estero, a una cuadra de la Plaza Libertad y también a una cuadra de la Avenida Belgrano.

En el Mercado Armonía podemos comprar frutas, verduras, comidas, pan, carne, productos regionales y artesanías. En la parte exterior hay distintos comercios, especialmente tiendas y zapaterías. Es un punto de referencia de nuestra ciudad y un punto de encuentros. Diariamente el mercado es visitado por millas de vecinos de la ciudad o visitantes de otras ciudades y otras provincias.

Los puestos de comidas son un lugar adecuado para la conversación. La gente que va al mercado para hacer sus compras del día, generalmente hace su pausa para beber y comer algo compartido con una amistad antes de volver a la casa.

Uno de los primeros integrantes del Alero Quichua Santiagueño, “Canquita” Orellana, tiene en el Mercado Armonía su puesto de venta de comidas rápidas para llevar o consumir en la barra. El puesto de Canquita es un lugar donde uno puede encontrar nostálgicos de otras épocas de la ciudad y del Alero. Es casi una obligación el intercambio de algunas palabras en quichua con alguno de los parroquianos o con el atareado dueño del local.

Carlos Orieta, cantor, autor y compositor folclórico, integrante del Alero Quichua Santiagueño, también supo tener en el mercado su puesto donde preparaba y vendía comidas para llevar. El puesto de Carlitos era un buen lugar para saber novedades de la gente del Alero y del folclore santiagueño en general. Carlos Orieta ha sido de los primeros integrantes del trío Los Fogoneros y estuvo cantando en el conjunto hasta pocas horas antes de su temprano fallecimiento.

Uno entra en el Mercado Armonía y se encuentra con un Santiago del Estero atemporal. Subiendo por la escalera mecánica puede encontrar funcionando emisoras de Frecuencia Modulada que tienen sus estudios en el primer piso. Un poco más allá encontrará productos regionales y artesanías, entre las que están los bombos y cajas vidaleras hechas por manos criollas que prolijamente han trabajado la madera y los cueros.

En la planta baja también hay artesanías, productos regionales y una gran cantidad de verdulerías, carnicerías y puestos de comidas. En todos ellos el contacto humano es intenso, con las rápidas ventas matizadas por algún comentario, una risa o el canturreo de la música del pago.

Caminando por el Mercado Armonía vemos un ameno presente cobijado bajo el techo junto a los recuerdos del pasado y un futuro prometedor. Debajo de la alta bóveda del mercado hay mucha gente trabajando, comprando o paseando.

Su arquitectura, un emblema de modernidad

Escribe en Facebook al respecto el Arq. Rodolfo Legname: “El edificio fue un rugido de modernidad en ese momento, proyecto de Jorge Kalnay, arquitecto húngaro, quien junto a su hermano Andrés diseñó, entre otros edificios emblemáticos porteños, el Luna Park y la confitería La Munich. El edificio, una gran bóveda de cañón corrido de hormigón armado, con grandes voladizos sobre el espacio central del Mercado como sobre la calle, da cuenta del progreso en el uso de este material, preferido de la arquitectura del Movimiento Moderno, como igualmente el uso. de parasoles y los grandes paños de glas betón (ladrillo de vidrio) que resultan elementos característicos de ese período”.

“Para comparar criterios acerca de lo que pudo representar ese edificio para los santiagueños de entonces, basta tener en cuenta que, en ese mismo año de su inauguración, se concedió el Premio Municipal de Fachadas al edificio que lo enfrenta en la esquina de Absalón Rojas. y Pellegrini, conocido como La Real, por la decoración de pavos reales en su coronamiento”.

“El edificio se construyó en el mismo solar al que se trasladaron los tenderetes que se ubicaban sobre la Plaza Libertad en 1851, durante el gobierno de Manuel Taboada, y que fuera reemplazado por otro edificio con soportales a la vuela de un gran patio central, del que queda un cuadro de Schettini en la Municipalidad, hacia 1876”.

Es el Mercado Armonía junto al Puente Carretero un emblema de la actual esencia santiagueña.-

Fuente:  www.aleroquichua.org.ar

El Algarrobo en la medicina Popular