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sábado, 1 de agosto de 2026

Las cuatro leyendas: El origen del Tero, el Crespín, el Toro Yacu y el Kakuy

La leyenda del Tero



Eran dos hermanos que se daban la gran vida gracias a la fortuna que les había dejado su padre, un hombre que hizo dinero trabajando en el campo y con muy buenos negocios.

Cuando el padre enfermó y murió, los hermanos esperaron a que pasara el tiempo de luto, tomaron posesión de la herencia y se dedicaron a disfrutarla. Al poco tiempo se llenaron de amigos de ocasión y los gastos se dispararon.

Para sostener ese ritmo de vida desmedido tuvieron que empezar a vender sus bienes, hasta que perdieron la última propiedad que les quedaba. Cuando se dieron cuenta de la pobreza en la que habían caído, los invadió la desesperación. Como no le encontraban salida a la miseria, se fueron al campo a esconderse. A salvo de las miradas ajenas, se pusieron a llorar sin consuelo hasta que se quedaron dormidos.

Al despertar, ya no eran humanos: se habían transformado en aves pequeñas. Conservaban la elegancia de su época de riqueza en la corbata y la pechera de la camisa, y Dios les dejó el copete en la cabeza como marca de su antiguo rango. Sin embargo, en señal de arrepentimiento, les quedó un círculo rojo alrededor de los ojos: la marca indeleble de tanto llorar por su mal comportamiento.

La leyenda del Crespín



En los campos inmensos vivía un matrimonio joven: Chochue Crespín y su esposa Corí. Eran muy felices con la vida rural y sus tareas diarias. Ella se encargaba de la casa y él salía temprano a trabajar la tierra a caballo, acompañado por su perro fiel.

Un día pasó por ahí el diablo y, al notar que la mujer era manipulable, usó sus mañas para engañarla. Le prometió una casa enorme con todas las comodidades, donde viviría rodeada de lujos, sin obligaciones y con sirvientes a su disposición.

Impresionada por semejantes promesas, Corí sintió que su humilde rancho le quedaba chico. Abandonó su casa y siguió al hombre adinerado durante varios días. Una vez que la hubo alejado a muchísimos kilómetros de su hogar, el diablo dio por cumplido su objetivo y la dejó tirada en medio del campo.

Después de llorar amargamente, la mujer recuperó la razón y quiso volver a su rancho, donde siendo pobre había sido muy feliz junto a su marido. Pero el impacto fue enorme al llegar y descubrir que su esposo, desesperado por el abandono, se había ido dejando todo atrás.

Angustiada, quiso recuperar la felicidad perdida. Como el hombre al que tanto amaba ya no estaba, empezó a llamarlo a gritos: ¡Crespín!... ¡Crespín!.

La desesperación fue transformando su voz en un lamento desgarrador que recorría la inmensidad del campo. Siguió llamándolo sin parar hasta que se convirtió en un pajarillo. Hoy en día todavía se la escucha gritar, esperando el regreso de ese marido que trató tan injustamente.

La leyenda del Toro Yacu



En el departamento Río Hondo, sobre la margen derecha del río Dulce y en la zona de las tierras movedizas, dos terratenientes dedicados a la ganadería notaron algo raro: las vacas que le habían comprado a un forastero se multiplicaban a un ritmo insólito. Al investigar, descubrieron que el responsable era un toro de astas doradas que aparecía en las noches de luna llena en una aguada, a la que llamaron "Toro Yacu" (aguada del toro). El animal fantástico atraía a las vacas y se apareaba con ellas, pero la carne de sus crías resultaba fea al paladar.

Un día, un criollo de la zona se propuso enlazar al toro. Justo ese mismo día apareció de nuevo el misterioso forastero que había vendido las vacas y apostó a viva voz que nadie era capaz de enlazar a semejante animal. El criollo aceptó el desafío. Esperó a que hubiera luna llena y fue hasta la aguada.

Después de varios intentos, logró enlazar al toro y arrastrarlo hasta la orilla. Pero el animal cortó el lazo de un tironazo y huyó, llevándose detrás a toda la hacienda del lugar. En la corrida clavo sus astas en el tronco de un tala, de donde brotó un chorro de agua que bebió antes de seguir escapando.

Después de eso lo vieron solo un par de veces más hasta que desapareció por completo, llevándose a las vacas mestizas y a todos sus descendientes.

La gente del lugar dice que ese toro era la encarnación del mal y que el forastero que vendió las vacas y desafió al criollo era el mismísimo diablo. Al final, el bien logró ahuyentar al mal. El toro no volvió a aparecer y solo quedó la leyenda, ya que con el tiempo las aguadas de la zona se fueron secando misteriosamente.

La leyenda del Kakuy



En lo profundo del bosque vivían dos hermanos solos. Él le tenía un afecto tan grande a su hermana que jamás se vio un cariño fraterno igual. No le hacía faltar nada: le traía las mejores frutas, las flores más perfumadas, la miel más rica y la mejor carne de los animales del monte y del río. Ella, en cambio, lo trataba con una crueldad constante.

Cansado de soportar ese maltrato, un día el hermano la invitó a buscar miel, diciéndole que había encontrado una colmena llena en la copa de un árbol gigantesco. Movida por la gula, la chica lo acompañó. Se tapó la cabeza con una manta para protegerse de los insectos y empezó a trepar con la ayuda de una soga larga.

Cuando llegó a lo alto, el hermano empezó a cortar desde abajo todas las ramas del árbol y, al terminar, se fue. La muchacha quedó atrapada en la copa. Al ver que el hermano no volvía, lo llamó una y otra vez, pero solo le respondía el eco lejano.

Pronto cayó la noche. Aterrada, se agarraba con fuerza de las ramas para no caerse. El espasmo de tantas horas de agonía le fue deformando los dedos hasta convertírselos en garras curvas con uñas afiladas. Y cuando la desesperación por bajar fue máxima, abrió los brazos y, convertida en pájaro, salió volando.

viernes, 31 de julio de 2026

La leyenda del viento norte

 


Un joven indio, dotado con bondad por la naturaleza en su escultural cuerpo, vivía por los valles, usando de su habilidad como cazador para matar por gusto los animales de la zona.

Cuando se disponía distraerse de ese modo, subía a las cumbres y hacía sonar su cuerno de cazador, cuyo interminable eco se multiplicaba por los lejanos desfiladeros.

Se unían a él otros compañeros feroces que le seguían en sus correrías y entre los que tenía gran prestigio por su destreza, a tal punto, que le habían conferido la autoridad de cacique.

Las alpacas, vicuñas y llamas, como así las aves y animales, temibles huían en cuanto lo divisaban.

Su conducta empezó a disgustar a Llastay, protector de los seres irracionales.

Un día, después de exterminar una familia completa de guanacos, se acostó debajo de un algarrobo a dormir una siesta, entonces fue despertado por los reproches del dios.

Le anunció que Pacha-Mama, la madre tierra que todo lo creó, habría de castigarlo.

Al principio el indio, atemorizado se contuvo, pero al tiempo, volvió con más crueldad a la caza innecesaria de animales, sólo lo hacía por placer.

Fue entonces que Pacha-Mama desencadenó su castigo sobre el soberbio aborigen. Se levantaron nubarrones en polvo arenoso y cálido. Sus seguidores dominados por el espanto se dispersaron. Luego inútilmente lo llamaron, ya no podían verlo, sólo oían su voz, entre la polvareda arenosa. El silbido del viento reemplazó a su cuerno de caza.

Y en eso consistió el castigo, en que quedó arrebatado por el viento, clamando y pidiendo perdón por sus maldades.

Su música y su lamento se pierden hoy por las quebradas y llegan hasta las pircas, que rodean los ranchos, pero su recuerdo es tan ingrato, que la gente se encierra, para no sufrir la sofocante atmósfera que trae su proximidad.

jueves, 30 de julio de 2026

Súpay, el rostro del mal en Santiago del Estero: las leyendas que aún estremecen al monte

Desde el temible Toro-Súpay hasta el Duende Sombrerudo que acecha a los niños durante la siesta, las leyendas santiagueñas han convertido al Diablo en una presencia constante dentro del imaginario popular. Relatos transmitidos de generación en generación mantienen viva la figura del mal, mezclando creencias, advertencias y el profundo misterio del monte.

 


¿Quién es el Súpay? El Diablo de las leyendas santiagueñas

En Santiago del Estero, el Diablo no es una figura abstracta ni un personaje lejano de los textos religiosos. Tiene un nombre propio: Súpay. Desde hace siglos, ocupa un lugar central en el universo de las leyendas populares y representa la encarnación del mal en sus múltiples formas.

Su presencia atraviesa historias narradas al calor del fogón, advertencias familiares y supersticiones que todavía sobreviven en la memoria colectiva. A veces aparece como un elegante caballero; otras, como un aterrador toro negro o un pequeño duende que recorre el monte durante las horas de la siesta. Cambia de aspecto, pero su propósito permanece inalterable: tentar, engañar y llevar a los desprevenidos hacia un destino trágico.

Como ocurre con muchas de las narraciones rescatadas por Leyendas del Folclore Santiagueño, estas historias no solo buscan provocar temor. Detrás de cada relato se esconden antiguas enseñanzas sobre la ambición, la fidelidad, el respeto por la naturaleza y los peligros de dejarse seducir por aquello que parece demasiado bueno para ser cierto.

El monte santiagueño: el territorio donde habita el Toro Súpay

La tradición popular sitúa al monte santiagueño como el territorio predilecto del Súpay. Entre quebrachales, senderos polvorientos y noches sin luna, los relatos aseguran que allí adopta su forma más espantosa: el Toro-Súpay.

La descripción es siempre inquietante. Se trata de un enorme toro negro, de poderosas mandíbulas, gruesos dientes y ojos que despiden chispas de fuego. Pocos afirman haberlo visto con claridad, pero muchos sostienen haber escuchado el estruendo de sus pezuñas y el profundo bufido que rompe el silencio de las madrugadas.

El simple sonido basta para sembrar el miedo. Porque, según la creencia popular, el Toro-Súpay no aparece por casualidad.

El pacto con el Diablo: la leyenda del Toro Súpay y la riqueza maldita

Entre las historias más difundidas se encuentra la del campesino que, cegado por la ambición, decide pactar con el Diablo.

La promesa resulta irresistible: abundante hacienda, excelentes cosechas y prosperidad económica. El precio, sin embargo, es absoluto. Debe entregar su alma y también su cuerpo al Súpay.

Los antiguos pobladores aseguraban que la prueba del pacto llegaba después de la muerte. Al abrir la sepultura, el cadáver desaparecía misteriosamente. Poco después también se esfumaban los animales, los bienes y toda la riqueza obtenida gracias al acuerdo demoníaco.

Así, la leyenda funcionaba como una advertencia contra la avaricia y el deseo desmedido de enriquecerse a cualquier costo.

La leyenda de la joven engañada por el Súpay

Entre todas las historias vinculadas al Súpay, ninguna resulta tan dramática como la que durante décadas contaron las abuelas a las muchachas próximas a casarse.

Dicen que hace mucho tiempo un joven matrimonio vivía feliz en el monte. Ella era dulce y hermosa; él, trabajador y profundamente enamorado de su esposa.

La belleza de la mujer despertó el deseo del Súpay. Para conquistarla abandonó su aspecto monstruoso y se presentó convertido en un apuesto joven vestido con lujosas prendas, montado sobre un magnífico caballo negro y equipado con ricos aperos.

La mujer quedó fascinada.

Antes de despedirse, el misterioso visitante le propuso un encuentro secreto esa misma noche. Le aseguró que un ave nocturna la conduciría hasta un lugar donde solo existirían el placer y la felicidad.

Cuando ella acudió a la cita, el falso galán le pidió una extraña condición: debía dejar sus ojos dentro de una pequeña olla mágica. No tenía nada que temer, le prometió; al regresar los encontraría todavía más negros y brillantes.

Confiando en aquellas palabras, la joven entregó la vista y siguió al desconocido.

El trágico final de la mujer seducida por el Diablo santiagueño

Horas después, el marido despertó y descubrió que su esposa había desaparecido. Desesperado, salió a recorrer el monte hasta encontrar la pequeña olla donde permanecían los ojos de la mujer.

Convencido de que había sido asesinada, regresó a su hogar dispuesto a esperar la luz del día para iniciar la búsqueda del responsable.

Pero antes del amanecer ocurrió lo inesperado.

El Súpay regresó junto a la joven. Al advertir que la olla estaba vacía y que los ojos ya no estaban allí, huyó cobardemente, abandonando a la muchacha en medio del bosque.

Ciega y desorientada, caminó sin rumbo entre los árboles hasta que los primeros rayos del sol acabaron con su vida. Más tarde, unos obrajeros que se dirigían a sus tareas encontraron el cuerpo.

El esposo nunca logró superar aquella tragedia. La leyenda cuenta que, al contemplar los ojos recuperados, pudo descubrir el frenesí de placer y locura que había dominado a la mujer mientras permanecía bajo el hechizo del Súpay. Esa visión lo acompañó hasta el final de sus días.

El Duende Sombrerudo o Ckaparilo: otra manifestación del Súpay

Las leyendas santiagueñas sostienen que nadie escapa a la influencia del Súpay, ni siquiera los más pequeños.

Cuando los niños desobedecían y se negaban a dormir la siesta para salir a cazar pajaritos o jugar con la honda, aparecía el Duende Sombrerudo. La tradición aseguraba que los asustaba y los golpeaba con su pesada mano de plomo.

Muchos lo conocen también como Ckaparilo, palabra quichua que significa "gritón". El personaje posee una habilidad inquietante: imita con absoluta precisión el canto y los sonidos de todos los animales del monte, aunque permanece invisible para quienes intentan encontrarlo.

Existe además otra característica que las historias repiten una y otra vez. El Duende, también llamado Petiso, es descrito como muy "chinitero". Le gusta rondar a las muchachas jóvenes y conquistarlas ofreciéndoles dulces a cambio de sus favores, una conducta que transformó a este personaje en otra de las advertencias tradicionales utilizadas por las familias para proteger a las adolescentes.

Las leyendas del Súpay y su legado en el folclore santiagueño

Las historias del Súpay forman parte de uno de los capítulos más fascinantes del patrimonio oral santiagueño. Más que simples relatos de terror, constituyen un legado cultural que durante siglos transmitió valores, advertencias y formas de comprender el mundo que rodeaba a las comunidades del monte.

En una época donde muchas tradiciones corren el riesgo de perderse, recuperar estas narraciones significa mantener viva una parte esencial de la identidad de Santiago del Estero. Cada leyenda conserva la voz de quienes la contaron junto al fogón, en las largas noches del interior o bajo la sombra de los quebrachos.

Desde Leyendas del Folclore Santiagueño seguimos recuperando estas historias para que las nuevas generaciones descubran la riqueza del folclore provincial y comprendan que, detrás de cada mito, también late una parte de nuestra historia. Porque mientras alguien vuelva a contar la leyenda del Súpay, el antiguo misterio del monte santiagueño seguirá vivo.

martes, 2 de junio de 2026

Cadenas en el monte: El Almamula, la maldición del norte argentino que nadie se atreve a nombrar

En las noches de Santiago del Estero, el viento helado y el sonido de hierros arrastrándose anuncian la llegada de una criatura que no es un simple monstruo, sino el castigo viviente de los pecados ocultos. Un viaje al corazón de una leyenda que usó el miedo para imponer la moral y que, hasta el día de hoy, eriza la piel de los viajeros.



Hay tierras en el corazón del norte argentino donde el calor parece derretir el aire y los montes guardan secretos que la gente prefiere no despertar. Santiago del Estero es una de ellas. Allí, cuando el sol cae y las sombras se alargan entre los cañaverales y los senderos de tierra, las familias se encierran. No temen a un animal salvaje ni a las alimañas. Temen al castigo. Temen al Almamula.

La anatomía de la culpa

Dicen los que saben que el Almamula no nace de la biología, sino del pecado. En comunidades antiguas, profundamente marcadas por el dogma de la Iglesia y el peso de la sociedad, aquellos que cometían actos prohibidos, incesto, adulterio o deseos inconfesables, eran condenados a una maldición terrible.

Durante el día, el pecador podía caminar entre sus vecinos con una apariencia completamente normal. Pero al caer el sol, la humanidad se desprendía de su cuerpo para dar paso al tormento. La persona se transformaba en una mula descomunal, negra como la noche, de crines desordenadas y ojos rojos como brazas encendidas. Pero lo peor no era su figura, sino lo que cargaba: cadenas colgando del cuello, el peso metálico de su propia culpa.

El terror que cabalga en la oscuridad

Qquienes aseguran haberlo visto coinciden en un detalle escalofriante: al almamula primero se lo escucha. No llega en silencio. Su presencia se anuncia con el chirrido de las cadenas arrastrándose sobre la tierra seca, un viento helado que corta el aire estival del monte y un bramido grave, desgarrador, que rompe el silencio de la noche.

Entonces, el monte reacciona. Los perros de las casas ladran desesperados, tirando de sus cadenas; las aves enmudecen. Y la gente, desde el interior de los ranchos, se aferra a sus rosarios rezando para que la sombra de ojos brillantes pase de largo. El animal corre, relincha y golpea la tierra con sus cascos, en un intento fútil por liberarse de lo que lo atormenta, solo logrando infundir un terror absoluto en quien se atreva a cruzarlo.

El control social y las huellas del amanecer

Más allá del espanto, la leyenda siempre cumplió un propósito implacable: el control social. Los viejos del monte contaban que el almamula era la prueba viviente del precio del pecado. Y había una forma de descubrir al condenado: bastaba con seguir las huellas del animal al amanecer. Invariablemente, el rastro terminaba en la puerta de un rancho. Y detrás de esas paredes, vivía el portador del secreto.

Los testimonios se multiplican por los caminos santiagueños. Un ciclista que volvía de un baile juró haber sido perseguido por la bestia incansable, salvándose únicamente al cruzar el umbral de la iglesia local. En los ingenios azucareros, los obreros aún hablan del sonido metálico que se cuela entre los cañaverales, rodeándolos en la oscuridad.

También están las tragedias familiares. Una mujer relató cómo su tía, señalada por el pueblo como pecadora, era asediada cada noche por los bramidos cerca de su casa. El día que la tía murió, el monte entero guardó un silencio sepulcral. Nunca más se volvió a escuchar al Almamula en esa zona.

Facones de plata en Clodomira

Las crónicas orales guardan relatos que se transmiten de generación en generación, como la de una familia que en los años 70 acampaba en la vieja estación de tren de Clodomira. Era una noche de verano, y los durmientes descansaban en los catres de la galería cuando los perros estallaron en ladridos frenéticos.

Los hombres de la casa no dudaron. Salieron a la oscuridad armados con faroles y facones de plata cruzados en forma de espada, listos para hacerle frente a la bestia. Afuera, la silueta de un caballo negro de ojos rojos los observaba. El tiempo que duró el enfrentamiento es un misterio que los niños, escondidos adentro, nunca terminaron de entender, pero que quedó grabado a fuego en la memoria familiar de los santiagueños.

Un mito universal con raíces profundas

El Almamula no camina solo por el mundo de los mitos. Comparte el deambular eterno con La Llorona, aunque mientras esta busca a sus hijos, la mula maldita carga con el peso de la transgresión. Incluso resuena con figuras de otras latitudes, como los Skinwalkers (brujos transformados en animales) de los navajos en Estados Unidos.

Sin embargo, a diferencia de los críptidos que la criptozoología intenta explicar cómo bestias físicas, como el Yeti o el Okapi, , el Almamula tiene un origen puramente sobrenatural y religioso. No es un animal del monte. Es un castigo. Los investigadores coinciden en que esta leyenda fue una herramienta magistral para imponer reglas en comunidades aisladas, utilizando un miedo tan visceral que logró atravesar los siglos.

El peso de los secretos

Pero entonces, la duda persiste en el aire espeso de la noche. Si solo fuera un cuento para asustar niños, ¿cómo se explican las cadenas? ¿Las persecuciones a muerte en medio de la ruta? ¿El silencio antinatural del monte cuando alguien muere?

Quizás el Almamula no sea más que el reflejo de lo que más tememos como sociedad: el castigo, la culpa ineludible y esos secretos aterradores que, tarde o temprano, siempre salen a la luz.

Así que ya lo sabes. Si alguna vez tus pasos te llevan por el norte argentino, por los caminos de tierra de Santiago del Estero, y sientes que el viento se vuelve helado de repente; si escuchas cadenas arrastrándose en la oscuridad y un bramido retumba en el monte... reza. Porque quizás lo que se acerca no es un animal cualquiera. Quizás sea el Almamula, y venga a cobrar lo que se le debe.

Fuente y material de referencia: ElAlmamula: la leyenda argentina que nadie quiere escuchar 

 


lunes, 13 de abril de 2026

La leyenda del Orko Maman, la Madre del Cerro

 


Don Benigno Corvalán, vecino de El Zanjón, Dto. Capital, que fue "manual" de don Gaspar Taboada, cuenta que allá, por el año 70, se había perdido en el cerro de Guasayán, una mula cargada con tres barriles de aguardiente. Un arriero fue en su seguimiento y después de mucho andar se encontró ante una laguna, circundada de piedras de oro, que producían vivos reflejos en el agua en que se reflejaban. Quedó asombrado el arriero y al levantar la vista, vio sobre una peña a una mujer desnuda, de singular belleza, que peinaba sus cabellos rubios con un peine de oro. Era la madre del cerro u orko maman, como se la llama en quichua, de orko: cerro, y maman: madre.

Pasada la sorpresa que en el arriero produjo esta visión de la deidad tutelar, cargó algunas piedras de oro y fuése para el pueblo, donde contó la extraña aventura. Los vecinos, organizados en comisión, partieron para la conquista del tesoro. Iba a la cabeza el arriero del cuento. Pero cerca ya de la laguna, una densa neblina los tapó, impidiéndoles proseguir la búsqueda.

Cuentan, además, que la madre del cerro se encolerizó cierta vez que jaloneaban las faldas de la serranía de Guasayán por no haberla invocado ni buscado su protección. Al ir a cavar la pica, todo el cerro se estremeció sacudido por un sismo, del que todavía guardan memoria los pobladores de la zona.

La leyenda del orko maman, en su primera versión se asemeja a la del peine de oro de la laguna del cerro bayo de Tucumán.

 

Extraído del libro: El Folklore de Santiago del Estero, de Orestes Di Lullo


lunes, 23 de febrero de 2026

El culto a la Telesita: Dionisios en la selva santiagueña

RICARDO ROJAS - de su libro "El país de la Selva"


 

Requirió el capataz sus armas, y caminó tras el paloapique, por la orilla laguna. Llegaban del callejón bullentes ecos, y hasta la tranquera del corral los visionarios perros atropellábanse toreando. Nada se discernía, sin embargo, a pesar de la noche diáfana. Algunos sauces lacios sombreaban la opuesta margen, hasta donde se extendía el agua, aplanada en quietud de espejo. De súbito, varios patos domésticos que dormitaban por allí,se despertaron parpando pavores a la desaforada, cuando una sombra pasó de fuga bajo aquellos árboles, reflejándose invertidas en el bruñido azogue de la presa. Se hizo largo silencio, el hombre corrió hacia allá, y vió a la aparición, semivestida de harapos, pugnando por safarse de los perros, y apercollándola, gritóle:

_ ¿Sois de este mundo o del otro?

La luna se arrebujó de nubes en aquel instante; sutil penumbra veló como de intento la campaña, y una carcajada estridente, larga, cromática, respondió a su reclamo.

¡Era la Telesita!

Tiempo hacía que peregrinaba por los bosques tan extraña mujer. Conocida su fama y su bondad, la acogieron caritativamente; pernoctó en el galpón y al día siguiente avióse, para aparecer después a las riberas del Dulce o sobre la costa del Salado. Se llamaba Telefora o Teresa; tenía padres y hermanos; hasta se indicaba el sitio de su cuna: Paaj - yaquitu... Pero tanto había impresionado al alma crédula de la raza su vida vagabunda y excéntrica, que comenzaron por adulterar en diminutivo de leyenda su nombre bautismal, y concluyeron después de su trágica muerte por convertir su espíritu en una especie de Dionisios femenino y sin forma, cuyo culto en la selva era como en la Grecia jubilosa, culto de guirigayes y coplas, de libaciones y danzas.

Yo he visto esas ceremonias.

Habíamos galopado largo trecho del monte, y a fin de que las cabalgaduras descanzaran, nos detuvimos en un rancho, casi a mitad de nuestro camino. Al acercarnos, se sintió la música entre la confusa arbórbola; y columbramos después el grupo de los que en el antepatio de la choza, bailaban a la luz de la luna. Moraba allí una vieja alegre, bien conocida en el lugar, por ser la madre de dos muchachas jóvenes, zarca de ojos la una, morena de tez la otra, y ambas dispuestas siempre, lo mismo para una arunga que para un marote. Siendo sábado esa noche, estaban de fiesta...

Cuando asomamos al corro, un hijo de una señora, jarifo como sus hermanas vino a ofrecerme su anacrónico chambao de aloja, a menos que prefiriese escanciar jinebra, en bote donde habían suxsado ya más de veinte labios.

Danzaban chacareras en aquel momento, y a son de cuerdas, el cantor decía:

Si de cristales fuesen
Los corazones
Qué bien claras se viesen
Las intenciones.

Y uso los pies de la pareja, en la postrer mudanza,chisporrotearon cohotes; zahumóse el aire con el hedor de la pólvora; corvetearon caballos bajo los árboles; sonaron voces y palmoteos en la turba; y así volvió a mostrárseme el cuadro ya conocido de las orgías selváticas. No siendo carnaval, ni reyes, ni noche buena, ni otra alguna de las ocasiones clásicas, pregunté el motivo de la fiesta.

- Es una promesa a la Telesita. - me bisbisó un paisano cuyo bigote en garfio adornaba las ondas comisuras de su boca sensual. Averigué quién era la Telesita, y él respondióme con laconismo rehacio:

- Ánima milagrosa...

Como en ese instante se acercaba el ladino de la casa, él abundó en explicaciones.

- Si usté quiere ganar una carrera, o sanar un enfermo, o encontrar una cosa que se le pierda... vamos: algo que usté desea le hace una promesa a la Santa.

- ¿Promesa de qué?

- De ponerle un baile.

Era su deidad milagrosa, la pobre loca oriunda de esas breñas, santificadas por las devociones. Cuando vivió en el bosque, aparecíase hoy en una estancia, más tarde en otras de comarcas luengas. Salvaba a pie distancias fatigosas, recogiéndose a la vera de los caminos, donde asustaba muchas veces a los viajeros nocturnos, o pidiendo albergue en los ranchos, donde enconde tales jornadas. traba un chuse para dormir, un lienzo para cubrir su engurrunido seno, y para el hambre o la sed de tales jornadas: aloja, charqui, locro, amka, lo que pudiesen darle en el desmantelado chocil. Vagaba sin cesar y sin destino, llevando inoficiosamente a cuestas, sobre el pachquil de la cabeza, de un punto al otro de la selva, carga de leñas y de trastos. La acogieron primero con timidez, en seguida con piedad, al fin con cierta supersticiosa inquietud... Era su rostro bello dentro del tipo de la raza; pero la fijeza anormal de su mirada, cernía sobre su faz algo de lúgubre _ el almaentera náufraga en ancestrales desventuras.

Y agregaba mi interlocutor:

- El promesante paga las velas y los licores.

Entonces preguntábale yo:

- ¿y qué se hace en el baile?

A lo cual respondía generosamente:

- Cupar y danzar y cantar... El promesante debe tomar siete copas por Ella... Cuando las velas se acaban, el baile sagrado concluye; pero quienes quieran pueden seguir.

-¿Y las velas?

- Ahí están- y se empinó, señalándome con el índice catorce cabos derretidos y coronados por tantas llamas lívidas que oscilaban, umbral adentro de la oscura choza, sobre una mesa adornada de randas y flores.

El rito encerraba, quizás, mucho de ingenuo, más en su espíritu era fiel a la tradición. La Telesita había sido alcoholista y aficionada a los bailes. Muchas veces desvió su rumbo al oir en la noche de las espesuras natales, el compás de los bombos. La acogían también allí; y este recuerdo debió inspirar de nuevo en medio de la selva santiagueña, los cultos dionisíacos que originaron la tragedia antigua: no faltaban ni la deidad orgiástica, ni la ronda báquica ni el ditirambo del coro, a cargo aquí de los trovadores populares:

Cuando un pobre se emborracha
De un rico en la compañia:
La del pobre borrachera
La del rico es alegría.

Veíase a las claras cómo se amrgaron allí las supersticiones católicas del milagro, las costumbres paganas del bosque, y la suprema intuición metafísica que adoraba al puro espíritu de la muerta sin haber caído en las formas de un subalterno fetichismo: pues a nadie se le hubiese ocurrido tallar en la madera de sus árboles la efigie de la santa.

-¿Lo ve a ese mozo que está pintando cerca del violinista?- me preguntó después el del coloquio.

-¿Cuál?

- Ese saco blanco ... Bueno: ese mozo estaba muy mal enfermo... ; lo agarró fuerte el costado...; quince días en cama....; ya la médica dijo que no se iba a levantar... Le hicieron una promesa a la Telesita: y ahí lo tiene usté.

Y como en el curso de la conversación preguntasen si ya había concluído la parte religiosa del baile, me respondieron:

- No, señor. Este es más largo porque son dos promesas: la otra fue para que la Telesita hiciera encontrar un caballo de mi primo.

- ¿Y lo encontraron?

- Sí, es ese mala cara que está en el palenque.

Seguían en el corro coplas, músicas, piruetas, contradanzas, aplausos, chundas, zapateadas, libaciones, contoneos, zarabandas y cohotes- mientras el mozo se expedía con tan fácil locuocidad, gracias a los licores que escanciara.

¿Cómo había podido esa vida tan siniestra inspirar este culto tan alegre? ... Fueron los días de la Telesita, torvas ambulaciones de neurosis concluidas en un desenlace de tragedia. Recorrió los senderos como una sombra de delirio. Lo despeinado de su breña encuadraba en hirsutos aladares el rostro lleno de inconciencia mística. Impresionaban la orfandad de su suerte, sus peregrinaciones angustiosas, la noche trágica de sus ojos, su mutismo habitual y siniestro, su castidad incólume, y la juventud que ardía como una llama lóbrega sobre su sexo ya marchito... Iba descalzo el pie, de sudores tringosa la vestidura, y raída por la hostilidad de los ramajes... Hasta que cierto día su cuerpo nómade se extinguió en un incendio de árboles, de donde su alma taumaturga surgió beatificada por el espíritu del fuego.

Encaminándose por el bosque en una de sus habituales peregrinaciones murió quemada, según la tradición. Marchaba por su ruta, aquella tarde de invierno, aterida de frío, cuando vio resplandecer a lo lejos un árbol coronado de llamas. Lo incendiaron, tal vez, a designio, industriales que buscaban carbón; o casualmente propagóse alguna hoguera dejada al pie por otros viajeros de la víspera. La vagabunda se acercó para calentar sus entumecidos miembros, y una lengua de fuego, de las que abrazaban el tronco, lamió el graciento andrajo de su falda, encendiéndola de antuvión. Huyó la desventurada por la ruta, dando gritos atroces; pero el viento contrario de su fuga atizábala cual a una desvastadora tea. Llagada hasta los huesos, flameaban fuegos como alas rojas sobre sus hombros; y en su frente, voraces llamas como cabelleras de furia. Y dijérase que allí, consumida su carne por ese elemento de biblíca purificaciones, su alma desencarnada pudo expandirse mas hermosamente trágica en la infinitud de su demencia, hasta que olvidados los episodios reales de su vida, y perdurables sólo cuanto hubo en ella de extraordinario, el viejo culto de los muertos la erigiese en deidad protectora del bosque donde nació.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Fantasmas se niegan a dejar un viejo hospital en Santiago del Estero

Las antiguas instalaciones de lo que fue el Hospital de Niños Eva Perón, el primero especializado en atención pediátrica que tuvo Santiago del Estero, pero en el que hoy funcionan un centro de rehabilitación y diversas dependencias del gobierno provincial, encierra entre sus paredes una increíble actividad paranormal que tiene por testigos a empleados, médicos y vigiladores.



Las experiencias más fuertes percibidas en ese inmueble construido a principios de la década del 50, tiene que ver con las manifestaciones audibles de chicos llorando o visuales, ya sea de sombras que surcan veloces el espacio de una habitación o hasta figuras corpóreas que una vez apreciadas por los testigos, se transforman en nada.

Los casos más sorprendentes estallaron a partir de los últimos dos años, y si bien en los últimos tiempos perdieron peso específico frente al caudal informativo cotidiano, de ninguna manera dejaron de lado su vigencia como fenómeno aparentemente inexplicable que se repite y aterra a quienes lo perciben.

Las voces especializadas que han abordado este tipo de episodios paranormales consideran que los hospitales son sin duda una caja de resonancia de las energías liberadas en medio del dolor, la soledad y la desesperación que terminan conformando "residuos psíquicos" que dan lugar a las diversas manifestaciones.

Una investigación oportunamente realizada por el Instituto de Psicología Paranormal (IPP) sobre las manifestaciones extrañas registradas en hospitales y centros asistenciales del país, arrojó que las vivencias escalofriantes relatadas por médicos y enfermeras estaban por lo general asociadas a experiencias cercanas a la muerte.

El trabajo del IPP, que realizó una encuesta anónima entre trabajadores de la salud para recabar la casuística, marcaba como expresiones de esos fenómenos casos de luminiscencias en las salas de terapia y extrañas anomalías registradas en el instrumental médico.

Sin embargo, mientras el estudio del instituto se basa en casos ocurridos durante la práctica médica en un hospital en funcionamiento, lo que ocurre en el viejo Hogar Eva Perón denota la presencia de lo que el investigador Gustavo Fernández ubica este tipo de fenómenos, al igual que las psicofonías, dentro de lo que da en llamar "paquetes de memoria" que expresan "un residuo físico de energía de una persona ya fallecida".

Fantasmas de guardia

Respecto de los hechos que tienen lugar en el antiguo hogar que fue parte de la obra de la Fundación Eva Perón allá cuando fue inaugurado, el relato de los testigos sintetiza una variada sucesión de hechos paranormales alineados en cierto modo con los avances del IPP y las consideraciones.  Los testigos dan cuenta entre la casuística más habitual y si se quiere común a los ruidos sin explicación alguna y, lo que es aún más terrorífico, los llantos y quejidos de niños que hielan la sangre de todo aquel que los escuche.

Claro está que eso no es todo ya que las extrañas situaciones suman murmullos provenientes de pasillos vacíos y presencias, algunas más corpóreas y visibles de las cuales, en algún caso, hasta derivó en el diálogo que mantuvo un vigilador con una mujer que lisa y llanamente no existía.

Ese episodio, relatado en su momento en una crónica publicada por un medio gráfico santiagueño, refería a la recorrida que dos miembros del personal de seguridad realizaron en el sector donde funcionó la cocina en sus años de actividad del hospital desde hace cuatro años trasladado a su nueva sede y convertido en el Centro Provincial de Salud Infantil (CEPSI).

En un momento determinado de esa recorrida efectuada en los días posteriores al traslado del hospital a su nueva casa, uno de los integrantes de la agencia de seguridad escuchó cómo su compañero entablaba diálogo con alguien, en un sector del viejo hogar al que ya nadie tenía acceso.

Cuando se acercó a ver con quién hablaba, encontró al otro vigilador desmayado producto de la impresión causada por su contacto con una aparición que se desvaneció de la cocina no sin antes cruzar unas palabras con su interlocutor.

El hombre recordaba que la mujer le contó que había tenido familia en ese hospital, pero que a su hijito se lo habían llevado a La Banda, situación por la cual le pedía que la ayudara a encontrarlo. En ese punto, el vigilador fue presa del soponcio aludido.

Lejos de haberse aplacado, este tipo de manifestaciones y otras tan inexplicables, se reiteran en el viejo hospital donde los empleados, funcionarios, médicos y personal de seguridad que se desempeñan en el edificio, conviven con esos registros físicos de los chicos que, aunque ya no están en este plano, siguen expresando su dolor y desconsuelo. Fuente: Diariopopular.com.ar

martes, 10 de febrero de 2026

El tiempo en que en Santiago se quemaban “brujas” en la hoguera


A propósito de “La noche de brujas” o Halloween, ritual que se introdujo en el país y la provincia, cabe recordar que en el Santiago del Estero colonial también hubo procesos similares que terminaron con mujeres –sobre todo- ajusticiadas por hechicería. Una faceta oscura y poco conocida de nuestra historia.

En Santiago del Estero se introdujo desde hace algunos años la festividad de “Halloween”, cuyo origen es discutido, pero se remonta a Irlanda y Escocia, y algunos autores sostienen que podría haber sido una celebración pagana de los celtas que luego se cristianizó como “Víspera de Todos los Santos”, tras lo cual fue introducida por inmigrantes en EE.UU. Lo cierto es que se popularizó y se vinculó a las leyendas de brujería, extendiéndose a otros países. Pero lo poco conocido por estas latitudes es que en Santiago del Estero la cacería de brujas existió siglos atrás.

 “La salamanca de Lorenza” es un libro de la historiadora Judith Farberman, que rastrea en los archivos coloniales sobrevivientes los juicios por hechicería en la gobernación del Tucumán colonial, y expone un pasado casi olvidado de Santiago del Estero.

Farberman es historiadora, investigadora del Conicet y docente de la Universidad Nacional de Quilmes, que periódicamente visita la provincia y ahora se encuentra abocada al estudio de los comuneros en la zona sur de Santiago, durante la colonia española.

Aunque esos procesos judiciales no son demasiado conocidos y muchos se perdieron por el poco apego -durante siglos- a la conservación de archivos (tendencia que empezó a revertirse hace unos años), Farberman logra rescatar una veintena de juicios de Santiago del Estero y provincias aledañas, en lo que antiguamente se conocía como el Tucumán.

 “Es importante que quede claro que ésta es Justicia Civil, es decir que no se trata de procesos inquisitoriales. Y, por otro lado, hay otra cuestión: la mayor parte de los reos, en realidad, son reas, son mujeres”, advierte en su prólogo.

Con esa prueba documental reconstruye el juzgamiento mayoritario de mujeres indígenas y de color, sospechadas de matar o «asimplar» (volver tontos, mansos) a sus esposos, a las que se atribuyen «daños» y, que, en muchos casos, culminan con la ejecución de las acusadas. Hay muy pocos hombres que figuran llevados a proceso.

Farberman trabajó sobre los casos en el Archivo Histórico de Santiago del Estero, con la colaboración clave de su director Juan Viaña, en los archivos que sobrevivieron al paso de los siglos. En Tucumán y Córdoba no encontraría más que algún caso aislado, aunque podrían haberse perdido algunos documentos, pero de todas formas consideró que en nuestra capital se centraron las persecuciones de hechicería.

En los casos indagados casi siempre se originan con denuncias de los patrones españoles que manejan explotaciones o las reducciones –donde eran obligados a trabajar- porque los indios desaparecían para la época en que maduraba la algarroba y durante semanas se embriagaban, bailaban y tenían sexo promiscuo en lo profundo de los bosques, según los informes de la época.

Esa deserción temporal, porque luego regresaban a sus tareas, resentía la producción y para los conquistadores se trataba de prácticas emparentadas con la brujería, argumento que daría pie a una persecución despiadada, que no fue constante, sino por oleadas.

RAMÍREZ DE VELASCO, UN PURITANO EXTREMO

El gobernador colonial Juan Ramírez de Velasco es tristemente célebre por jactarse de las piras ardientes que dejó en la zona de Tuama, a fines del siglo XVI, después de mandar a la hoguera a numerosos “hechiceros”.

Este español llegó el 15 de julio de 1586 a la aldea de Santiago con su esposa Catalina de Ugarte y una comitiva de sirvientes indios y soldados, designado gobernador por el propio rey Felipe II. Era oriundo de La Rioja, España, y había servido en las campañas de Italia, Flandes, Portugal y Granada desde los 16 años. A los 45 ya era general. Gobernó hasta 1593 y en su gestión fundó Todos los Santos de la Nueva Rioja, hoy ciudad de La Rioja.

En su mandato sobresalió por su puritanismo inflexible, con castigos extremos y ejemplares. Primero contra la soldadesca que llevaba una vida disoluta y tenía por costumbre el amancebamiento, con varias indias cada uno. También se ocupó de casar a las doncellas hijas de españoles y, a las que no pudo unir, las recluyó en el monasterio.

En su cruzada moralizante llegó a sentenciar a la hoguera a un sujeto que confesó practicas la sodomía desde hacía 20 años, llamada con pudor “vicio de del pecado nefando”.

Orestes di Lullo en su libro “Santiago del Estero: muy noble y leal ciudad” dice: “Como resultado de estas medidas, algunos españoles huyeron a los montes con las mancebas indias, entre ellos un vecino de San Miguel, Juan Bautista Muñoz, hijo de Juan Bautista Bernio, quien en 1586 se refugia en los bosques con las cuatro indias que poseía, siendo capturado por una comisión que se mandó al efecto y condenado a muerte”. Pero aclara que -afortunadamente para él- la sentencia no llevó a cumplirse.

Di Lullo señala que “del mismo modo se condujo contra los hechiceros, condenando a la hoguera a muchos de ellos, pues su abusiva intromisión traía perjuicios más que beneficios y había que extirpar esta práctica, no solo entre los indígenas, sino también entre los españoles, pues ciertos frailes, por la necesaria intervención de la iglesia en casos de ‘posesión demoníaca’, habían creado sólidos prestigios de exorcisadores y curaban los embrujamientos que ‘producen dolores, enfermedades y muerte’, tanto en los mismos como los mismos indios”.

 “Arderían las piras en la ciudad de Santiago como un símbolo de purificación de las costumbres –evocó Di Lullo-, pero el Gobernador sería considerado como uno de los más crueles representantes de aquellas épocas bárbaras, de tormentos, de Inquisición y Santo Oficio”.

Di Lullo incluso considera en su obra que Ramírez de Velasco “cumplió con su deber” y recuerda que en Estados Unidos “ajusticiaba a todo el que no confesara ser brujo” y que hasta entrado el siglo XVIII en Europa se envió al tormento y la hoguera a muchos acusados de brujería. Los juicios de Salem son los más recordados en el país de Norte, cuando un grupo de niñas apuntó a un gran un número de vecinos que terminaron en la hoguera.

EN EL SIGLO XVIII SE MULTIPLICAN LOS JUICIOS DE BRUJERÍA

Farberman indica que en el siglo XVIII se dieron algunas oleadas de juicios en Santiago del Estero, donde varias mujeres y sus hijas y nietas fueron sucesivamente juzgadas. Un dato curioso es que los procesos -al menos los que sobrevivieron- no fueron llevados adelante por la Santa Inquisición, que tenía su sede en Córdoba, pero delegados en todas las ciudades coloniales, sino por las autoridades civiles.

Señala que se trataba de jueces, fiscales y defensores legos, que no eran abogados, que en su mayoría eran cabildantes y que pertenecían a los «vecinos principales» de la ciudad.

Hay una atribución preternatural a ciertas enfermedades y muertes, por las que se acusa a estas mujeres y una atribución causal a algunos hechos curiosos que son vinculados a la hechicería: el parto de animales (pescados, sapos, arañas) o de elementos como hilos o huesos que eran endilgados a brujerías.

Farberman considera que la ingesta accidental de trozos de hilo no era inusual en mujeres que se dedicaban justamente a la costura y la hilandería, entre sus actividades domésticas. Pero al aparecer entre sus deshechos se consideraban una prueba contundente del hechizo.

Para contrarrestar esos males se suele intimar a las sospechosas a que los anulen, pero cuando no lo hacen, se echa mano de curanderos o «médicos» para que los reviertan. Esos mismos testigos son utilizados luego para fundamentar la acusación, pero a veces hasta ellos mismos terminan juzgados.

También es curioso el origen de la «salamanca», como hibridación de tradiciones españolas y precolombinas. Las reas son sometidas a una serie de torturas espantosas como el “potro” (estiramiento de las articulaciones) o el «sueño español» (los cuerpos son izados con sogas y se les quema la planta de los pies), donde confiesan una serie de hechos y relatan su iniciación.

También apunta a hipocresía social en esa sociedad rígidamente estamentada, con autoridades españolas, criollos, indios y esclavos africanos: era frecuente que muchos integrantes de la clase dominante acudieran a las hechiceras o curanderos que después terminaban acusados.

LA «SALAMANCA»

El lugar donde se reúnen es en el monte tupido, casi impenetrable, donde no hay cuevas en la predominante llanura santiagueña. El diablo es identificado como un español, con intermediarios indios o mulatos, que exigen sangre de los iniciados para entregarles los insumos para causar males.

 

En ese lugar los salamanqueros ingresan desnudos y hay música y baile (fandango). En algunas de las supuestas confesiones se señalan algunos animales como chivatos o una serpiente, como entidades diabólicas. Y considera que la incorporación de otras bestias es producto del imaginario que enriqueció los ritos con el paso de los siglos.

La salamanca española, donde la Inquisición ubica los encuentros de brujos, se realiza en cuevas precisamente. Y se emplean libros prohibidos para los conjuros, algo que no sucede en el Tucumán, con una población mayoritariamente analfabeta.

En los juicios locales, no llaman salamanca a esas reuniones prohibidas, denominación que es muy probable que provenga de los jueces españoles y su concepción de la brujería europea: la idea de cuevas y de lugares de aprendizaje proviene de la península ibérica. Un detalle es que los indios juzgados hablaban quichua, en su mayoría, por lo que las traducciones se hacían de acuerdo a la concepción de los españoles.

Otro detalle llamativo es que el supay, el diablo, es descripto a menudo como un español.

Los documentos recolectados muestran que los españoles condenaban los ritos de la maduración de la algarroba, entre julio y septiembre, cuando los indígenas se internaban en los montes y durante días bebían aloja y donde había celebraciones y promiscuidad sexual.

En ese tiempo, los nativos además se sustraían al trabajo de los encomenderos, que era una prioridad para las autoridades españolas. Farberman deja entrever que en ese contexto puede haber surgido la idea en las autoridades españolas de reuniones hechiceriles. Por otro lado, considera que aún los españoles creían en la brujería y que, muchos de ellos, acudían frecuentemente a los curanderos y hechiceros o curanderos que después terminaban acusados.

Fuente: librepensador.com.ar

El Familiar, los adolescentes y el suicidio

Por: César Hazaki 



El Familiar es una leyenda creada por el patrón de un ingenio azucarero, la misma servía para aterrorizar a los obreros y justificar las reiteradas desapariciones de aquellos que intentaban defender sus derechos. El mito se ha reciclado y hoy aparece como una fuerza retrógrada que impide ver la verdad y sus consecuencias en el aumento de los suicidios de jóvenes en la provincia de Salta. Siendo tan compleja la situación de los suicidios colectivos, dado que abarcan una sintomatología familiar, institucional y social, las explicaciones simplistas y pobres como internet, la inducción por algún adulto o el juego del ahorcado que pueden terminar, en su vuelo de perdiz, en responsabilizando a un espíritu maligno. Así vemos que encerrar a los jóvenes, sacarlos del pueblo, quitarles el celular, etc., que algunas familias intentan realizar a modo de defensa ante la terrible realidad, nos retrotrae a responsabilizar al diablo que llega para dañar a la comunidad, de allí la necesidad de conocer la leyenda de El Familiar y sus consecuencias.

Comenzaremos por recordar cómo eran las plantaciones de azúcar: grandes latifundios que albergaban en su seno a una enorme cantidad de personas. Observemos las características del ingenio tucumano Santa Ana cuyo propietario era el francés Clodomiro Hileret: “… se había comprado casi treinta mil hectáreas y estaba construyendo, aquí, el ingenio más grande de toda América latina. A fin de siglo el Ingenio Santa Ana era un monstruo de vidrio y acero en medio de la selva que producía ocho mil toneladas de azúcar y dos millones de litros de alcohol al año; tenía, entre otras cosas, luz eléctrica, cincuenta kilómetros de vía férrea, una central de teléfonos y diez escuelas primarias para el personal. No era fácil tenerlo controlado. Dos mil peones con machetes debían obedecer a treinta o cuarenta capataces, sus armas y sus perros. Parece que fue entonces cuando Hileret inventó el Familiar”.1

Estos enormes establecimientos esclavizaban a los trabajadores. E. Rosenzvaig lo explica así: “Acá los peones estaban capturados de por vida por sus deudas, entonces la única forma de dejar el ingenio era fugarse. Los patrones tenían hombres armados que trataban de impedirlo; cuando agarraban algún fugitivo lo mataban para dar el ejemplo. Para que eso funcionase en la psicología de los peones, se crea el mito: que en las noches de luna (llena) sale el Familiar. Y que el Familiar hace desaparecer -esa es la palabra que usaban- al peón más rebelde”.2

¿Cómo es El Familiar?

Se presenta como un perro negro muchas veces sin cabeza3. Un animal grande que arrastra largas cadenas y que duerme en lugares oscuros: sótanos, calderas siempre cercanos al patrón. En otros relatos se le adjudica la forma de un viborón. Sus ojos tienen una mirada penetrante de felino que domina la oscuridad.

El eje del mito es que el patrón del ingenio hace un pacto con el Diablo para ganar más dinero, a cambio no entrega su alma sino que se compromete a alimentar al hambriento monstruo con obreros rebeldes. La alianza indicaba que cuanto mejor alimentado estuviera El Familiar mayor sería la riqueza del dueño del ingenio, como se ve es una apología de la ganancia y la plusvalía.

No es difícil de rastrear los orígenes de este animal hambriento al servicio del poder. En la mitología griega existe el laberinto de Creta. Allí estaba encerrado el Minotauro, que debía ser nutrido con carne humana. El mito cuenta que el rey Minos venció al rey de Atenas y lo condenó a entregarle cada año niñas y niños para que el Minotauro, un monstruo mitad toro y mitad hombre, los fuera comiendo encerrado dentro del laberinto construido por Dédalo. Es decir que la carne ofrecida al Minotauro era la de los hijos de los vencidos. La paz para Atenas, como para los obreros de los ingenios de azúcar, consistía en respetar estrictamente las imposiciones del vencedor. En esta lógica si el vencido no obedece se lo hace responsable de la “justificada” violencia del poderoso. En la producción de azúcar se armó así una forma eficaz de culpabilizar cualquier acción autónoma de los trabajadores. Estas plantaciones eran un laberinto para los peones donde era fácil entrar, pero casi imposible salir. En su interior había que acatar sin reclamar derechos. Las deudas, imposibles de pagar, ataban de por vida al machetero.

No es complicado de entender por qué Hileret funda esta leyenda compuesta por elementos griegos y cristianos para lograr la dominación y el terror del conjunto de los trabajadores. Era necesario que éstos aceptaran resignadamente su destino y que volcaran sus pensamientos hacia la religión, si el diablo andaba suelto se confirmaba la existencia de dios y nada es más seguro que pedir su protección. Dan cuenta de esto las recomendaciones para evitar ser devorado: usar crucifijos grandes en el pecho, también llevar rosarios enormes atados al cuerpo y un puñal de plata. Como se ve la forma de protegerse era reforzar los íconos católicos. Era necesario ser más católico -lo que implicaba la resignación en la tierra y la espera de la salvación en la vida eterna- y renunciar a cualquier tipo de rebeldía que pusiera en cuestión el poder del patrón. Lo cierto es que más allá de estos talismanes los rebeldes eran secuestrados y morían solos en una oscura sala de máquinas.

La leyenda de El Familiar abarca las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero, en ella tenemos la posibilidad de observar que su construcción tiene orígenes en la realidad social y cómo, por vía del mito, se cuentan hechos siniestros en forma distorsionada y en este caso con un objetivo: mantener la opresión y la resignación ante la injusticia. Se trata de un hablar que mantiene velada el núcleo más duro de la temida verdad.

Desde su creación la leyenda se ha sostenido en el tiempo y reaparece con fuerza cuando hay dramáticas situaciones sociales que no se pueden explicar a la luz del día sin correr riesgos. Ocurrió, por ejemplo, durante la ocupación militar de la provincia de Tucumán para enfrentar a la guerrilla de monte del ERP. Las desapariciones y muertes llevadas adelante por el ejército volvieron a ser atribuidas a acción de El Familiar. Hoy vuelve para explicar de forma sobrenatural el suicidio de adolescentes en la provincia.

Suicidio (colectivos) de adolescentes

En la provincia de Salta, como en otros lugares del país, viene aumentando sistemáticamente la tasa de suicidios de adolescentes. Un jalón de esta historia es el mes octubre del 2004 en el barrio 20 de Junio de la ciudad de Salta. Allí se ahorcaron nueve chicos en un mes. Rápidamente corre la versión de que El Familiar aparece ordenándoles a algunos jóvenes que se suiciden. Como consecuencia en el barrio, al llegar la noche, se cierran las casas trabando puertas y ventanas; la gente se recluye dado que teme ser visitada por El Familiar.

Lucrecia Miller explica los hechos de la siguiente manera: “en el Barrio 20 de Junio, ocurrió una sucesión de suicidios de adolescentes casi niños, la comunidad afectada explicó esos hechos atribuyéndolos a la acción de un espíritu maligno que venía a llevarse las almas jóvenes. (...) La barriada estaba atemorizada e impotente frente a esta influencia diabólica que hacía que nuestros chicos se autoaniquilaran. Tan fuerte fue esta preocupación popular que nadie parecía advertir que en la mayoría de estos casos de estos niños vulnerables y expuestos a condiciones sociales, familiares y económicas adversas, estaba la droga por medio y que ésta circulaba y era comerciada con total impunidad sin que se adoptaran las medidas para su control y erradicación; ahí supimos por primera vez de la producción e inserción en el mercado local del “paco”. Así el diablo hacía de las suyas y la comunidad, aunque intranquila asumió que la muerte de estos chicos no los involucraba por cuanto era obra e influencia de algo sobrenatural ante el cual nada ni nadie podía reaccionar. Los suicidios continuaron sucediéndose, aún hasta hoy, aunque esa comunidad ha dejado de conmocionarse y ya la ocurrencia de nuevos hechos entró a formar parte de la cotidianeidad; una barrera había sido transpuesta a partir de lo cual sólo cabía la resignación y finalmente la aceptación. Así nos fuimos familiarizando con estos trágicos episodios dejando el camino libre para que los problemas de fondo continuaran expandiéndose con la consiguiente contaminación y exterminio de cada vez más niños y jóvenes”.4

Observamos que con el correr del tiempo ya no es la voracidad del patrón, ni la violencia represiva del ejército lo explicado por el mito de El Familiar, pero su actualización sigue siendo funcional a los poderes de turno al no dejar emerger la verdad sobre las consecuencias de esta violencia autodestructiva que es una expresión cabal de la catástrofe social.

Notemos que se modifica la escenografía de lo siniestro: no hay crimen dentro del lugar trabajo y la consiguiente desaparición del cuerpo, es dentro de su barrio donde los jóvenes se suicidan a la vista de todo el mundo. A los obreros los asesinaban los mercenarios al servicio del patrón del ingenio, aquí los chicos se inmolan en sus propias casas.

Si en el siglo XIX las plantaciones eran un lugar de encierro, hoy la pobreza, la falta de trabajo, salud y educación hacen que las calles de la propia comunidad se hayan convertido en laberintos donde deambulan estos jóvenes. En el barrio 20 de Junio seguramente, como en tantos otros pueblos y barriadas del país, ya hay tres generaciones (abuelos, padres, hijos) que no conocen el trabajo estable. Es decir, estamos en presencia de una catástrofe social que se expresa como violencia autodestructiva que afecta a los adolescentes más vulnerables de la comunidad.

Desde los años ochenta este tipo de fenómenos van en aumento en distintas partes del país (por ejemplo: en Gobernador Gálvez, Santa Fe; en Las Heras, Santa Cruz; en Chamical, La Rioja; en Orán y Rosario de la Frontera, Salta) lo que demuestra palmariamente la degradación de las condiciones sociales de nuestro país y que no se producen sistemáticas acciones estatales para trabajar estas graves situaciones. Es necesario insistir que, al decir de Enrique Carpintero, la subjetividad se construye en la intersubjetividad. Este autor además agrega: “…hoy no podemos de dejar de lado una realidad que se manifiesta en una cultura que genera una comunidad autodestructiva (…) Sus efectos en la fragmentación del tejido social implica dar cuenta de esos monstruos que generan situaciones traumáticas”5. Es por ello necesario ese trabajo comunitario para tratar de ir entendiendo de qué se trata este sistemático aumento de los suicidios de adolescentes. Se debe escapar de todo tipo de simplismo para saber las verdaderas causas de éstos fenómenos.

Como dice Miller la explicación que convoca a que todo sea obra de El Familiar impide ver las razones del desastre y cómo actuar ante el mismo. La verdad, en estos casos, es que la desidia estatal hace maridaje con la dificultad y fragilidad de las propias comunidades para accionar ante estos terribles eventos. El estado no cubre las necesidades de salud mínimas y las comunidades, empobrecidas por la falta de estímulo se resignan ante los hechos que padecen, no pueden realizar acciones contra la dura realidad que existe en los barrios: la ausencia de proyectos, de trabajo, de educación, de salud, etc.6 Naturalizada la catástrofe hacen su entrada el paco y el alcohol que riegan la semilla de la violencia autodestructiva, surgen como alternativa para soportar tanta injusticia y dolor. O sea más fragilidad y desamparo. Esto lleva a una espiral de destrucción y muerte que sólo conduce a las crónicas de muertes anunciadas. La leyenda de El Familiar colabora activamente para ampliar la resignación, aplacar la cólera y con ello la acción de quienes padecen estas tremendas situaciones de injusticia y desigualdad. Es decir, es otra manifestación del poder que triunfa con la inestimable colaboración de la leyenda que promueve una destructiva explicación sobrenatural de los hechos humanos.

Fuente: pizarrasypizarrones.blogspot.com

César Hazaki

Psicoanalista


El Algarrobo en la medicina Popular