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sábado, 8 de agosto de 2026

La voz ancestral del monte: viaje al corazón sagrado de la mitología santiagueña

Entre el viento norte, el crujido del quebracho y el canto de los pájaros nocturnos, Santiago del Estero guarda una mitología profunda y compleja. Es una trama de deidades indígenas, herencias ibéricas y relatos de origen que invitan a pensar en la memoria colectiva, la tranquilidad de la mente y los límites de la experiencia humana.

El Alma Mula


Dicen en el monte santiagueño que la siesta nunca es silenciosa. Quien camina la espesura, donde la luz se filtra entre las espinas de los tunales, tarde o temprano siente la presencia del Sacháyoj o escucha el grito desgarrador desde las copas altas: “¡Turay, Turay!”. No son cuentos para asustar. En la geografía santiagueña existe un universo simbólico donde el mito y la realidad cotidiana conviven.

A través de las lecturas de pensadores como José Ferrater Mora, las investigaciones de Bernardo Canal Feijóo y Orestes Di Lullo, y los aportes de Elsa Danna de Dorado y Adriana Del Vitto, queda claro que los mitos no son invenciones sin sentido. Son esquemas emocionales y existenciales que ayudaron a habitar un territorio imponente y difícil. Este recorrido busca entender esas deidades, los relatos de incesto y redención, los encuentros festivos y el trasfondo que habita en las sombras del monte.

Capítulo I: La arquitectura del mito — El refugio de la conciencia

Para entender la Salamanca o la historia del Kakuy, conviene definir qué es un mito. En su Diccionario de Filosofía, José Ferrater Mora explica que el mito no es una fantasía infantil, sino la narración de un acontecimiento sucedido en un tiempo primordial.

Según Ferrater Mora, el relato mítico explica cómo, por la acción de seres sobrenaturales, surgió una realidad: el cosmos completo o una parte de él, como una planta, un río o una costumbre. Es la narración de una creación. Cuando la explicación racional no alcanzaba para entender lo desconocido, se recurría a estas historias para dar sentido a lo que resultaba difícil de comprender.

En estos relatos, los protagonistas son seres con fuerza, astucia o capacidades superiores. Ahí se marca la diferencia con la leyenda: mientras el mito involucra a entidades cósmicas en los inicios del mundo, la leyenda sitúa en el centro a personas comunes frente a sus propias contradicciones.

Aceptar la visión mítica implica asumir una postura particular. Al adoptar la estructura del relato sagrado, la mente prioriza esa versión sobre otras explicaciones. Sin embargo, este marco ofrece contención. Los conocimientos del relato tradicional aportan certeza ante las dificultades. Al estar los valores definidos por una autoridad trascendente, la persona no necesita resolver cada dilema por su cuenta; las pautas ya están trazadas por la costumbre o los antepasados.

Existe una dinámica clara en esta estructura: los mitos pueden basarse o no en hechos reales, pero no requieren verificación empírica; se sostienen en la convicción compartida. Cuando un relato se somete a la prueba histórica y se demuestra, cambia su naturaleza y pasa a ser un registro documental.

Como señalan Elsa Danna de Dorado y Adriana Del Vitto en su estudio “El Eterno Presente del Mito: Bacanales y Teleseadas” (Revista Nuevos Caminos, 1999), la existencia de una memoria colectiva explica la permanencia de los mitos en distintas culturas. En esa intersección de figuras universales, Santiago del Estero construyó su propia tradición.

Capítulo II: El mestizaje sagrado — El origen de la mitología santiagueña

El origen de la mitología en Santiago del Estero se remonta a la llegada de los españoles a la región del Tucumán. En ese momento, el monte y las riberas estaban habitados por pueblos con una relación directa con el entorno natural. Al no utilizar escritura alfabética, su visión del mundo se transmitió en su alfarería, sus tejidos y en los relatos recogidos por cronistas.

El historiador y médico Orestes Di Lullo estudió la formación de este pensamiento popular. Di Lullo planteó que la mitología santiagueña surge del cruce entre las creencias traídas por los europeos y las visiones de las culturas locales. De esa convivencia surgieron figuras protectoras, relatos de advertencia y celebraciones populares.

Capítulo III: Los guardianes del monte y las figuras de la abundancia

En el interior santiagueño existe una organización implícita sobre el territorio. El árbol, el río y los caminos tienen referencias en la memoria local.

El Sacháyoj y sus variantes: Los señores del monte

El espíritu protector más conocido es el Sacháyoj. El término proviene del quichua: sacha (monte) y el sufijo -yoj (poseedor o dueño). Se lo considera el protector de las plantas y los animales. Quien entra al monte por necesidad no tiene inconvenientes, pero el cazador desmedido se expone a perderse. El Sacháyoj puede tomar la forma de un habitante del lugar o de un animal fácil de seguir, guiando a quien lo persigue hacia la profundidad del bosque.

Una figura emparentada es el Pampayoj (pampa, campo abierto, y -yoj). A diferencia del protector del monte denso, esta entidad se asocia a las llanuras. La tradición señala que realiza acuerdos con personas para otorgar prosperidad o resguardo, cobrando luego su parte con los bienes o la tranquilidad del favorecido.

En el monte también se menciona al Ckaparilo. El nombre deriva del quichua ckapáriti (gritar) con la terminación castellanizada -lo, interpretado como "el que da alaridos". Protege la vegetación y las colmenas. Se dice que imita sonidos del entorno, como cantos de aves o el golpe del hacha. Quien intenta seguir esos ruidos en la espesura corre el riesgo de desorientarse. Es una figura de la que no se registran descripciones visuales; solo referencias sonoras.

El Toro Supay

Entre los relatos vinculados al ganado aparece el Toro Supay. Se lo describe como un animal negro de cuernos brillantes. Esta figura se relaciona con la noción del trato mercantil por fortuna, donde el propietario obtiene hacienda a cambio de compromisos futuros sobre sus tierras o su tranquilidad. Al tratarse de ganado vacuno introducido durante la colonia, los historiadores ven en esta imagen una elaboración propia del periodo colonial.

Deidades del camino y del resplandor

A la vera de los caminos secundarios se menciona a la Umita (uma, cabeza, e -ita). La descripción tradicional habla de una figura que se desplaza cerca del suelo emitiendo un sonido de lamento. A pesar de su caracterización, la costumbre local no la considera dañina, sino una presencia que acompaña a los viajeros nocturnos.

Por otro lado está el Nina Quiru (nina, fuego, y quiru, diente). Se lo describe como una luz intensa que dificulta la observación directa. Se lo asocia con aves o insectos luminosos y se lo considera inofensivo.

Mayu Maman y Sachap Maman

La tradición local conserva también figuras femeninas vinculadas al agua y al monte. La Mayu Maman (mayu, río; mama, madre; y -n, poseedor) se describe como una presencia a la orilla del agua peinándose con un peine dorado. Su figura atrae a los caminantes hacia el cauce.

Por su parte, la Sachap Maman (sacha, monte; -p, de; mama, madre; -n, su) representa la fuerza del bosque no intervenido. Asume formas diversas y sintetiza el respeto por la naturaleza silvestre.

Capítulo IV: El mito del Kakuy y la lectura etnográfica

La historia del Kakuy reúne drama y sentido ético en la narrativa regional.

La historia en las copas de los árboles

Cuenta el relato que dos hermanos vivían solos en el monte. El joven demostraba una atención constante hacia su hermana, buscando alimentos y bienes para el hogar. Ella, en cambio, le respondía con rechazo y malos tratos.

Cansado de la situación, el hermano planeó una respuesta. La invitó a buscar miel en la parte alta de un árbol grande. Para protegerla de los insectos, le cubrió la cabeza y la ayudó a subir. Una vez arriba, cortó las ramas inferiores dejando el tronco liso y se retiró del lugar.

Al notar la soledad, la joven se quitó la manta y vio que no podía bajar. Sus llamados no obtuvieron respuesta. Con el paso de las horas y la llegada de la noche, el relato describe su transformación física: sus manos tomaron forma de garras y sus brazos se cubrieron de plumas hasta convertirse en un ave nocturna. Desde entonces, su canto en el monte se interpreta como el llamado: “¡KAKUY, TURAY, TURAY!” ("¡Hermano, hermano!").

La interpretación de Canal Feijóo

El ensayista Bernardo Canal Feijóo analizó este relato en sus estudios etnográficos, vinculándolo con relatos antiguos sobre crecientes o inundaciones primordiales.

Canal Feijóo citó trabajos comparativos de Lord Raglan sobre historias de la India, Malasia y la comunidad chiriguana en Bolivia, donde dos sobrevivientes se refugian en las alturas (árboles o plantas) ante la crecida de las aguas para dar continuidad a la comunidad.

Siguiendo este esquema, el autor observó coincidencias en la estructura del Kakuy:

La presencia central de los dos hermanos.

El papel del árbol elevado como refugio o límite.

La separación del hermano y el llamado persistente de la hermana.

Para Canal Feijóo, el lamento popular conservó la frase de un ritual antiguo adaptado por el paso del tiempo. Ricardo Rojas también volcó esta historia en la literatura regional, manteniendo su presencia en la cultura local.

Capítulo V: Transgresión y sanción — El Alma Mula

Así como el Kakuy trata los vínculos familiares desde el drama, el Alma Mula lo hace desde la sanción social.

La descripción tradicional

En las noches del interior provincial, la creencia popular ubica el paso de una mula encadenada que emite sonidos fuertes y despide fuego por la boca. Se la vincula con la falta a las normas morales de la comunidad, en particular con relaciones no permitidas dentro del entorno familiar.

El sentido del relato es fijar un límite ético claro: la transgresión de las reglas de convivencia degrada a la persona, aislándola del grupo social.

Capítulo VI: Espacios, rituales y devoción — La Salamanca y La Telesita

La Salamanca

En la tradición oral, La Salamanca representa una cueva oculta en la espesura donde se aprenden destrezas vinculadas a la música, el trabajo o la destreza física a cambio de un compromiso personal. Es un espacio guiado por el Supay.

El relato describe pruebas de acceso donde el aspirante debe superar temores ante animales y visiones. Quien mantiene la calma obtiene el saber buscado; quien cede al miedo pierde el control de sus actos.

La Telesita y las Teleseadas

En contraposición aparece La Telesita, apodo de Telésfora Castillo. La historia la presenta como una joven humilde del monte con inclinación por la música y el baile. Acudía a las fiestas populares a bailar sin pausa hasta el amanecer.

Tras su fallecimiento en un incendio accidental, la comunidad prefirió recordarla mediante el baile y la reunión festiva. Con el tiempo, se acudió a su figura para pedir por la lluvia o la recuperación de animales perdidos, dando origen a la Teleseada.

El estudio de Elsa Danna de Dorado y Adriana Del Vitto describe la estructura de este ritual:

El organizador baila siete chacareras completas en su honor.

Se comparte bebida al finalizar cada tanda de baile.

Se coloca una figura de paja que representa a la devota sobre una cortina blanca.

Al concluir el baile, la figura se quema como cierre del compromiso.

El Tanicu

En la zona de Salavina se celebra en octubre la fiesta del Tanicu, figura asociada a la escasez. La reunión incluye comida comunitaria y el gesto de repartir alimentos a los niños (ichá) como símbolo de previsión para el año. En Atamisqui se encuentra una figura similar llamada Múchuy.

Manifestaciones del Supay

El Supay aparece también en el Huayra Muyoj, un viento en forma de remolino al que los pobladores responden con gestos de protección, o en figuras menores que rondan las viviendas durante las horas del mediodía.

La vigencia de la tradición

Los mitos de Santiago del Estero se mantienen como relatos orales y referencias culturales vigentes. En un entorno dinámico, la tradición del monte ofrece un marco de pertenencia. Cuando el viento mueve los quebrachos o se escucha el canto nocturno en el campo, la comunidad reencuentra las historias que le dieron identidad a lo largo del tiempo.

Referencias Bibliográficas

Ferrater Mora, José. Diccionario de Filosofía. Concepto y función del mito.

Canal Feijóo, Bernardo. Estudios etnográficos sobre la leyenda del Kakuy y literatura comparada.

Di Lullo, Orestes. La Mitología Santiagueña. Análisis del panteón y el sincretismo local.

Danna de Dorado, Elsa & Del Vitto, Adriana. “El Eterno Presente del Mito: Bacanales y Teleseadas”. Revista Nuevos Caminos, Año 8, Nº 19, 1999.

Rojas, Ricardo. Recopilación y recreación de tradiciones del Norte Argentino.

Lord Raglan. Estudios comparados sobre relatos de origen y estructuras mitológicas.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Leyendas santiagueñas que se van perdiendo

 


Te cuento algo que siempre me da vuelta en la cabeza: nuestras leyendas locales se nos están escapando de las manos.

Antes, la historia de tu propio barrio te la contaba un vecino o un abuelo con un mate de por medio. Hoy, con la tele, internet y las series que vienen de afuera, consumimos mitos asiáticos o europeos y nos olvidamos de lo que pasó en nuestro propio suelo. Ojo, no está mal ver esas producciones, pero da bronca cuando alguien de afuera viene a burlarse de lo nuestro —como ese comentarista que una vez ninguneó al río Dulce llamándolo "un hilito de agua"— solo porque no conocen el peso que tiene nuestra historia.

Ese mismo río tiene un origen tremendo. La leyenda dice que nació del llanto de Mayu, un guerrero indígena invencible que no pudo contener las lágrimas ante una sequía devastadora. El dios de la guerra, molesto por ver llorar a su mejor peleador, transformó esas lágrimas en el cauce del río para burlarse de él.

Y no es la única historia así. Muchas de nuestras leyendas explican la naturaleza a través de transformaciones. A veces nacen de la culpa, como la del coyuyo, ese insecto que no frena de cantar en verano. Dicen que era un hombre que mató a su hermano en una pelea de borrachera y, del remordimiento, se escondió en la tierra hasta convertirse en lo que es hoy, cantando sin parar para recordar los viejos tiempos.

Otras veces, la transformación nace del dolor o del olvido. ¿Escuchaste alguna vez un golpeteo en la tierra en zonas como el barrio Los Flores? Hace años la gente le tenía miedo a ese ruido, ese "tun tun" bajo el suelo. Un viejo compañero de diario decía sin dudar: "es el oculto buscando la tumba del hermano". La historia cuenta que un hombre regresó de viejo a buscar a su hermano sepultado, pero no encontró la tumba. Se volvió loco cavando por todos lados, y los dioses lo convirtieron en ese animalito subterráneo que se la pasa haciendo túneles.

Claro que no todo es trágico; también hay lugar para la piedad y el amor. El mistol, por ejemplo, era un padre abnegado al que la Pachamama convirtió en árbol de frutos dulces para que su familia no muriera de hambre durante la sequía. Y los horneros no son más que una pareja de alfareros enamorados a quienes no dejaron casarse, y los dioses convirtieron en aves para que pudieran construir su hogar juntos para siempre.

Detrás de cada una de estas historias hay una riqueza espiritual enorme que nos explica quiénes somos y de dónde venimos. Es una pena que se vayan perdiendo. Ojalá que los chicos de hoy —los que escriben, los que hacen cine o los que crean contenido— se animen a mirar más para adentro y rescaten todo esto antes de que quede en el olvido.

 


sábado, 2 de noviembre de 2024

Origen de los mitos y leyendas de Santiago del Estero

 


Ferratel Mora, explica que el mito puede ser interpretado como “la narración de un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los comienzos... el mito cuenta cómo gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano. Es, pues, siempre el relato de una creación, se narra de que cierta manera algo que ha sido producida, que ha comenzado a ser. También se puede decir que es una narración, que trata de explicar, recurriendo a la imaginación, hechos que, de otra manera, serían inexplicables”.

En el mito, los protagonistas son seres con características especiales, sobrenaturales, que poseen fuerza, astucia, inteligencia y poder sobrenatural. Es posible diferenciar el mito de la leyenda, porque en esta última, a pesar de poder ser un relato ficticio, con elementos incomprensibles, mágicos o sobrenaturales, los que intervienen son hombres.

Podríamos afirmar que el hombre, pierde su independencia y libertad, de acuerdo a lo establecido por el relato mítico, pierde apertura a un espectro de posibles explicaciones o visiones del mundo, solamente concibe una como valedera, la mítica, la sagrada, la sobrenatural, aquella que el creó. En cuanto a los conocimientos adquiridos a través del mito, poseen un valor psicológico muy importante por proporcionar tranquilidad y seguridad ante la adversidad.

Son los postulados inmutables, que en esta área del saber humano se proponen, los que tienen un especial atractivo por liberar al espíritu humano de la evaluación ética, y de la correspondiente toma de decisiones ante los acontecimientos de la vida. Edificados y evaluados por una autoridad moral, no es necesario correr el riesgo de las interpretaciones personales.

Los mitos pueden estar basados o no en hechos reales, y no existe la posibilidad de su comprobación. Cuando el mito es comprobado como verdadero, deja de serlo para convertirse en historia.

Para el Dr. Canal Feijóo resultaría quizá posible, de algún modo, vincular nuestra leyenda a algunos mitos de creación en los que se alude al Diluvio.

El que efectúa una mención de varios mitos de la India, en los que figuran un hermano y una hermana como únicos sobrevivientes de un diluvio, es Lord Raghan y señala que se salvaron al buscar refugio en un árbol. “Los mitos de las tribus de la Malasia son análogos, en uno de ellos, el primer hombre tuvo su origen en el tallo de un bambú gigantesco, y en otro, la luna solamente es creada después del Diluvio”. “Los indios Chiriguanos de Bolivia narran que su tribu, cierto día, fue ahogada por un diluvio, excepto un hermano y una hermana de corta edad, que flotaban sobre el agua sostenidos por una gran hoja, hasta que las aguas se retiraron; de la unión de los dos sobrevivientes proviene toda la tribu”.

Basándose en estos antecedentes, sostiene Canal Feijoo, que prueban “la conexión generalmente aceptada hoy entre el Diluvio, el incesto y la creación”, pretende Lord Raghan reconstruir el sentido real de los ritos de creación, en los que discierne los siguientes elementos: todos suponen un lugar determinado de celebración, indudablemente una colina o una loma señalada por un gran árbol (árbol sagrado); supuesto el Diluvio ( en el rito reaparece por conexión mágica con el mito general), se presentan los dos hermanos “empinados en la copa del árbol sagrado”, en el que quizá habrá “una construcción que representaba un barco” (el arca) y finalmente venía un sacrificio humano” cuya víctima señalada era el hermano. Indudablemente antes del holocausto debía sin duda consumarse (real ó simbólicamente) el rito genesíaco. Es en el esquema hipotético de Lord Raghan, donde cada una de las fases de la celebración, contiene su sentido esencial, y el mito que constituye la historia de ese rito, o su leyenda, “aparece a esa luz perfectamente articulado”.

Lo que verdaderamente interesa encontrar, en los antecedentes etnográficos mencionados y en el esquema hipotético de Lord Raghan, son los datos literalmente coincidentes con los que articula nuestra leyenda, a saber:

* La intervención de un hermano y una hermana.

* La presencia de un árbol singular.

* La desaparición del hermano, que acaso, en algún momento estuvo con su hermana en la cima del árbol. Conjunción ritual, que rememora quizá el primitivo “matrimonio real”, consanguíneo, sagrado.

* El llamado de la hermana (“Turay, Turay,... “) que significaba tal vez la busca ritual a cargo de ella.

Al decir de Canal Feijóo: “nuestra leyenda se centra sobre esta apelación y la trasmuta en un lamento desolado”. Interrogándose ¿Encerraba originariamente la leyenda del Kakuy un mito lunar o un mito de creación?; ¿Quién podría afirmar o rechazar de un modo absoluto este supuesto?, proponiéndose asociaciones y sugestiones y confiriéndole a nuestra leyenda un trasfondo extraordinario.

Bajo estas perspectivas esbozadas reviste gran interés para este estudioso, aceptándola en la forma ingenua de la narración popular y aún de la elocuente trascripción de Ricardo Rojas.

Para aquellos que desearan conceder a la leyenda, la categoría de antiguo mito indígena, dejamos a su cargo la presunción de las desfiguraciones y desviaciones que debieron inferir necesariamente al relato original, los nuevos órdenes de la moral y de la religión que interfirieron en la historia del continente.

La Licenciadas Elsa Danna de Dorado y Adriana Del Vitto, en el artículo de su autoría “El Eterno Presente del Mito: Bacanales y Teleseadas; Ed. Revista Nuevos Caminos; Año 8; Nº 19; Julio de 1.999” señalan que “la existencia de una memoria colectiva, de un inconsciente colectivo, explica el eterno retorno de los mitos, aún en culturas de diferentes cosmovisiones”. Aseveran que, adentrarse en el terreno de lo mítico no resulta fácil y mucho menos enunciar una definición que englobe toda su esencia.

Mitología Santiagueña

Al momento de la llegada de los españoles al Tucumán, Santiago del Estero estaba poblada por numerosas tribus de aborígenes. Como estas culturas no usaban la escritura, se las conoce por su obra, que poco a poco se está redescubriendo y por las narraciones y crónicas de los conquistadores. De la unión de las supersticiones medievales de los españoles y de los mitos de los indios, surge la Mitología de Santiago del Estero, estudiada meticulosamente por el Dr. Orestes Di Lullo.

Deidades de la Mitología Santiagueña

El Toro Supay (El Toro Diablo)

Es representado por un hermoso toro negro, con cuernos de oro. Se lo concibe relacionado con la creencia española, del familiar, un ente diabólico, que mediante un trato secreto protege a una persona, dándole riquezas, bienestar y éxitos. En el campo, estas riquezas están generalmente relacionadas con el ganado vacuno. Todo esto hasta el momento de la muerte, que es cuando el toro viene por lo suya, el alma y la hacienda. Como el ganado vacuno fue introducido por los españoles, el Toro Supay, es un mito importado por los conquistadores españoles.

El Sacháyoj

Es el protector del monte y su fauna. Se cuenta que se presenta en forma de persona o animal. En este caso aparece como presa fácil para el cazador. Si éste comete la imprudencia de perseguirlo se perderá en el monte para siempre. Su nombre quichua está compuesto por Sacha (monte) y el morfema de posesivo –yoj, significa que tiene campo, que es su dueño.

El Pampayoj

Es una variante del Sacháyoj, pero con más poderes que éste. Su nombre quichua está compuesto de Pampa, campo abierto, zona rural y el posesivo –yoj que tiene campo que es su dueño. Se presenta en distintas formas y puede tener trato con una persona a la que protegerá en vida como el Toro Súpay y también como ésta a su muerte le llevará el alma y las riquezas que le dio.

El Ckaparilo

Es una variante del Sacháyoj. Su nombre quichua está compuesto de ckapáriti (gritar) y el morfema adjetivante de aumentativo quichuizado –lo, significa: que tiene mucho, que es gritón. Es protector de la selva y las colmenas, remeda el grito de las aves y de los meleros e imita sus golpes de hacha calando los árboles para extraer su miel. Si el melero comete la imprudencia de seguirlo en la dirección de su grito se perderá en el monte para siempre. Al Ckaparilo nadie lo ve, se lo oye únicamente.

El Tanicu

Es la deidad de la carestía. En el Dpto. Salavina, se lo conmemora con su fiesta el primer domingo de octubre. Su celebración consiste en una reunión donde se come abundante comida, se bebe, se bailan danzas folclóricas regionales y se arrojan para los niños en señal de abundancia, bizcochitos fritos. Este imprescindible ritual se denomina la icha, voz quichua, que significa la derramada. Con esta celebración se asegura la protección del dios durante todo el año. En el Dpto. Atamisqui lo llaman Múchuy (carestía).

La Umita

Es una deidad del monte, nocturna, que a la vera de los caminos rueda en forma de una cabeza de larga y abundante cabellera. Se comenta, que casi nunca se la ve, pero se oyen sus quejidos de acento humano. Nadie le teme pues se sabe que a los viajeros los protege de los malos espíritus. Se cree que es originariamente americana. Su nombre quichua está compuesto de: uma (cabeza) y el diminutivo castellano –ita, por lo cual significaría cabecita.

La Mayu Maman

Sirena de nuestros ríos, cuyo nombre quichua está compuesto de: mayu (río), mama (madre), -n (posesivo: su, de él o ella), lo que se interpreta como, la madre del río. Aparece en forma de una hermosa mujer rubia que peina su cabellera con un peine de oro. Llama a los hombres y si éstos se le acercan los abraza y se hunde con ellos en el agua. Se cree que fue introducida por la conquista española.

La Sachap Maman

Deidad temida, su aparición en el monte, especialmente de noche, produce terror. Se presenta en distintas formas, tanto humanas como de animal. Su nombre quichua está compuesto de: sacha (monte), -p (posesivo de ella), mama (madre), -n (su, de ella), significa: madre del monte.

El Nina Quiru

Cuentan que emite una luz potente que enceguece por lo que nadie puede observarlo, aunque no es peligroso. Se lo supone en forma de ave o de insecto. Su nombre quichua está compuesto de: nina (fuego) y quiru (diente), significa: diente de fuego.

La Salamanca

Es un lugar oculto entre los breñales, de difícil acceso, diabólico, donde el diablo enseña sus artes y acuden los que se inician en la práctica del maleficio o los que van a aprender toda suerte de maña, destreza o habilidad para destacarse en la pelea, en el amor o en el trabajo. Allí se baila, se hace música, se celebran aquelarres (conciliábulo nocturno de brujos) y orgías, a la entrada existe un cristo “cabeza abajo” al que hay que pegar y escupir, mas adelante se ven animales repugnantes y asquerosos: arañas peludas, sapos, escuerzos, víboras etc. Luego de ser sometido a varias pruebas, si el visitante resulta vencedor, puede pedir lo que quiera. Caso contrario se vuelve loco al salir. Se dice que la música sólo deja de sonar cuando alguien se arrima a la cueva y que los animales que pasan cerca se “espantan” y huyen despavoridos.

El Kakuy

Según esta leyenda, una pareja de hermanos vivían solos en el bosque. El hermano varón, le prodigaba a su hermana tanta ternura y cuidado, que nunca se conoció mayor afecto fraterno. Los sentimientos eran tales que incurrían en incesto. Del bosque le traía las mejores frutas, flores, miel, carne de sus animales predilectos y peces. En cambio sólo recibía de ella el trato más cruel. Cansado de tanto tormento, un día la invitó al bosque a comer miel. Cubierta la cabeza con una manta para protegerse de las picaduras de abejas e insectos empezó a trepar ayudada por su hermano. Cuando le hermana se encontraba en lo alto de la copa del árbol, el hermano podó las ramas del árbol y una vez concluida la tarea desapareció. Sola quedó la muchacha. Al ver que no acudía su hermano, llamó. Llamó muchas veces y como no obtuvo respuesta, levantó el manto que la cubría, para recién darse cuenta de su tragedia. Gritó desesperadamente. Solo el eco lejano le contestaba. Pronto la noche cubrió el bosque. Tras horas de agonía y espanto, sus dedos se transformaron en garras curvas, de uñas afiladas, y los brazos en alas. Al tiempo, sin respuesta de su hermano y transformada en pájaro, levantó vuelo. Desde entonces, su canto llama al hermano: “¡KAKUY, TURAY, TURAY!”.

El Alma Mula

Cuenta la leyenda que suele escucharse en las noches sin luna rebuznos desgarradores de una mula y ruido de cadenas. Los que la vieron dicen que tiene los ojos brillantes y rojos como sangre y que de su boca echa fuego.

Muchos hombres con coraje, armados de rosarios y puñales de plata con el cabo en forma de cruz intentaron matarla. Algunos nunca más regresaron, otros regresaron heridos y locos.

Las pocas veces que lograron herir a este maldito animal, casualmente alguna persona de la que se sospechaba mantenía relaciones incestuosas, aparecía con lastimaduras en el mismo lugar y de la misma forma que las que se habían producido a la extraña mula.

Este mito popular santiagueño se repite con variantes en todo el territorio. Su significado es justamente demostrar que las personas que tienen relaciones sexuales con parientes consanguíneos, se transforman en bestias que atacan a la sociedad y a la vez son atacados por ella, sufriendo la verguenza y el dolor de faltar a principios éticos y morales.

 La Telesita

La ternura popular la apodó Telesita, aunque no faltó quienes le dieran nombre y apellido (Telésfora Castillo) para certificar su existencia.

Cuenta la leyenda que vivía en la espesura del monte, del cual salía al escuchar los acordes melodiosos de la música. Sola, descalza y desgreñada llegaba y se ponía a bailar. Bailaba sola, embriagada en el delirio de la danza. Al amanecer partía rumbo a su monte familiar, por las costas del Río Salado.

En una fiesta no apareció. Los paisanos, extrañados por la ausencia, salieron en su búsqueda. Sólo encontraron su cuerpecito calcinado por las llamas.

Murió joven, casi una niña. Y desde ese día los paisanos la recordaban en todas sus fiestas. La recordaban de la manera que a ella le gustaba: bailando y cantando, disfrutando de la vida.

¡Quién sabe dónde nació su culto! Tal vez fue casualidad, tal vez fue el destino, pero el pedido casi milagroso hecho a la pequeña Telesita se cumplió.

Y poco a poco el baile fue tomando su nombre. Y había más gente que pedía. Que pedía lluvia, que pedía encontrar un animalito perdido, pedía por su salud deteriorada, pedía todo en el fragor del baile.

Este es un baile mágico, con un toque cabalístico ya que el promesante debe bailar siete chacareras y tomar él y su compañera después de cada vuelta, una copa de vino o licor; si llegara a sobrar los únicos que pueden beberla son los músicos.

Las "telesiadas" no tienen lugar ni fecha particular, están presentes todo el año. El promesante ofrece al baile, la música, el vino y las velas que se consumen en su honor.

Finalizando el baile se quema un muñeco de paja que la representa y que durante toda la fiesta está colgado en el alero del rancho, con una cortinita blanca detrás.

Aquí nuevamente están presentes los símbolos: el “blanco” de su pureza y virginidad, el “fuego” de su martirio y purificación y a la vez el elemento que la la hizo deidad en la creencia popular.

El Supay

En nuestra tradición, Supay es el genio del mal. Es conocido desde la civilización de los Incas y se lo relaciona con las brujas y la Salamanca (especie de Academia donde se enseñan cátedras diabólicas).

El Supay es muy temido y tiene una singular capacidad metamorfósica, es decir adopta distintas formas para manifestarse.

Puede aparecerse como un viento llamado Huayra Muyoj, originado en el choque de dos corrientes de aire que promueven un remolino, el que pareciera venir desde la espesura del monte atravesando todo lo que encuentra a su paso. Por ello cuando sopla el viento se oye decir a las mujeres temerosas, ¡Cruz! ¡Cruz! ¡Cruz! pidiéndole a Dios que el maléfico remolino tuerza su rumbo.

También los nativos hablan del pequeño Supay, travieso enano de la siesta que deambula por los ranchos en donde hay niños para llevarlos con él y preparar con ellos pócimas de hechicería.