En la Santiago del Estero de mediados del siglo XX, el problema no parecía ser solamente la falta de agua, sino la dificultad para aprovecharla. Mientras el río Dulce podía alcanzar crecidas de 2.400 metros cúbicos por segundo, extensas regiones de la provincia sufrían la desecación de sus bañados y el retroceso de la agricultura y la ganadería. En ese escenario, una obra iniciada en 1938 y proyectada para entrar en servicio en 1949 aparecía como una de las grandes apuestas para transformar la relación de Santiago con sus ríos.
Hay una imagen que resume una de
las grandes contradicciones de Santiago del Estero: un río que desborda de agua
junto a tierras que padecen sed. En una provincia acostumbrada a los períodos
de sequía, las crecidas del río Dulce podían convertirse en una fuerza difícil
de contener. Pero, al mismo tiempo, buena parte de esa enorme cantidad de agua
terminaba perdiéndose lejos de las zonas que más podían necesitarla.
Esa contradicción estaba en el
centro de las grandes obras hidráulicas que se proyectaban en la provincia.
Entre ellas, el Dique Los Quiroga ocupaba un lugar destacado. Su construcción
había comenzado en junio de 1938, al norte de la ciudad capital, y una década
después se encontraba en plena ejecución. Para principios de 1949 se esperaba
terminar el dique junto con su Canal Matriz y la red de canales destinada al
riego de las tierras de la margen izquierda del Dulce.
La obra, por lo tanto, no era un
proyecto recién iniciado. Llevaba años de construcción y planificación. Y las
expectativas que despertaba eran enormes.
Una obra que comenzó en 1938
El Dique Los Quiroga comenzó a
construirse en junio de 1938 con fondos de la Nación y un presupuesto de 20
millones de pesos. Su finalidad principal era regular las aguas del río Dulce y
destinarlas al riego de una extensa zona agrícola.
El proyecto contemplaba
inicialmente una superficie de unas 40.000 hectáreas bajo riego. Pero esa cifra
representaba solo una primera etapa. Una vez que el sistema estuviera en
funcionamiento, se estimaba que el área beneficiada podría llegar a 100.000 hectáreas.
La obra incluía el dique, un
Canal Matriz y una red de canales para distribuir el agua hacia las tierras de
la margen izquierda del río. No se trataba simplemente de levantar una
estructura sobre el cauce. El propósito era crear un sistema que permitiera
aprovechar el agua de manera regular y ampliar las posibilidades productivas de
la región.
Mientras tanto, durante la década
de 1940, las obras avanzaban y el río seguía mostrando la magnitud de sus
crecidas.
Cuando el Dulce llevaba 2.400
metros cúbicos por segundo
El informe del ingeniero Martín
Malinar, quien dirigía por entonces la construcción del dique por disposición
de la Dirección de Agua y Energía de la Nación, registraba un dato que permite
dimensionar la fuerza del río.
Durante una de las últimas
crecientes, el Dulce llegó a pasar por las obras en construcción a razón de 2.400
metros cúbicos por segundo.
El dato resultaba significativo.
Allí estaba el agua, abundante, corriendo con enorme fuerza frente a una
provincia que en otros momentos del año podía sufrir justamente lo contrario:
la escasez necesaria para sostener cultivos, animales y poblaciones.
La cuestión, entonces, no era
solamente cuánta agua tenía Santiago. Era cómo aprovecharla.
El Dique Los Quiroga buscaba dar
una respuesta a ese problema. Regular las crecidas permitiría que el agua no
dependiera exclusivamente de los ciclos naturales del río y pudiera ser
conducida hacia las tierras destinadas a la producción.
1949: la fecha prevista para
terminar la obra
Hacia fines de la década de 1940,
el proyecto entraba en una etapa decisiva. La documentación de la época
señalaba que para principios de 1949 estaría terminado el Dique Los Quiroga,
junto con su Canal Matriz y la red de canales de riego.
La secuencia es importante para
entender el proyecto: la construcción había comenzado en 1938 y, durante los
años siguientes, las obras fueron avanzando hasta llegar a una etapa que, hacia
1948, se presentaba como próxima a su finalización.
La expectativa era que el nuevo
sistema comenzara a prestar servicio a la agricultura santiagueña cuanto antes.
Después de esa primera etapa
estaba prevista otra obra: una usina hidroeléctrica con capacidad para 1.500
kilovatios. Su presupuesto ya había sido aprobado por el Gobierno nacional.
El proyecto tenía así dos
objetivos. Primero, ampliar y regular el riego. Después, aprovechar también el
recurso hídrico para generar energía.
En las obras, además, los
trabajadores se organizaban bajo una gran cooperativa, presentada en aquel
momento como un ejemplo de organización.
El problema iba más allá del
dique
Pero el Dique Los Quiroga no
podía resolver por sí solo la cuestión del agua en toda la provincia.
Al sudeste, departamentos como
Atamisqui, Salavina y Quebrachos habían conocido épocas de mayor prosperidad
agrícola y ganadera. La dinámica del río Dulce había sido fundamental para esa
riqueza.
Las crecidas llegaban a los
bañados y aportaban agua para los cultivos y el ganado. Con el tiempo, sin
embargo, esa dinámica se había alterado.
El texto de la época señalaba que
las importantes extracciones de agua realizadas a la altura de la ciudad
capital reducían el volumen de las crecidas, acortaban su duración e incluso
podían anular su llegada a determinadas zonas.
El efecto sobre aquellos
territorios era profundo. La progresiva desecación de los bañados había privado
a las tierras de cereales y forraje verde. Con menos alimento disponible, la
explotación ganadera fue decayendo y también se produjo una disminución de la
población.
Era la otra cara del problema.
Mientras en un sector de la provincia se construía una gran obra para
aprovechar el agua, otras regiones sufrían porque las crecidas ya no llegaban
como antes.
La propuesta de guardar el agua
El diagnóstico de la época no
consideraba irreversible esa situación. La alternativa planteada era aprovechar
técnicamente las aguas de las crecidas del Dulce que terminaban perdiéndose en
la laguna Mar Chiquita.
Al llegar a los departamentos
mencionados, el río se dividía en numerosos brazos que distribuían el caudal de
manera irregular. La propuesta consistía en sistematizar esa red de cauces y
construir pequeños diques de embalse.
La idea era retener parte del
agua durante las crecientes para disponer de ella después, cuando el río ya no
tuviera el mismo caudal.
Según aquellas estimaciones, las
obras permitirían contar con agua durante siete u ocho meses e incluso durante
todo el año, suficiente para producir cereales y algodón y sostener la
alimentación de personas y animales.
La propuesta también recuperaba
una memoria de prosperidad. Se recordaba que esa región había producido trigo y
ganado para las provincias vecinas y que había llegado a contar con más de
cuarenta molinos harineros a piedra.
El agua aparecía, entonces, como
una condición fundamental para intentar recuperar aquella capacidad productiva
y una población que había ido disminuyendo.
Un horizonte de 300.000 hectáreas
La mirada sobre el
aprovechamiento del agua no terminaba en el río Dulce ni en el Dique Los
Quiroga.
El planteo de la época sostenía
que el caudal medio del Dulce era suficiente para abastecer el riego de medio
millón de hectáreas. Si se conseguían embalsar los excedentes de las grandes
crecidas, Santiago podría llegar a regar holgadamente unas 300.000 hectáreas.
La comparación con otras
provincias servía para reforzar esa expectativa. Tucumán, según aquella
perspectiva, no podía regar mucho más que las 200.000 hectáreas que cultivaba.
San Juan, con una superficie agrícola semejante, lograba buenos resultados gracias
al riego abundante, la parcelación de la tierra y una explotación intensiva.
El argumento era concreto:
Santiago tenía tierras, clima y recursos hídricos, pero necesitaba
infraestructura y una forma más racional de aprovechar el agua.
El río Salado también formaba
parte de ese horizonte. El texto señalaba que Salta no podía aprovechar la
totalidad de sus aguas y que existía un sobrante que Santiago podía utilizar
mediante obras de embalse.
Entre ellas aparecía el proyecto
de Jume-Esquina, considerado técnicamente resuelto y señalado como una obra de
ejecución prioritaria. Su aprovechamiento permitiría, según aquellas
estimaciones, incorporar otras 50.000 hectáreas a la producción agrícola,
particularmente en el departamento Figueroa.
El sueño de hacer que el agua se
quedara
Mirado desde aquel momento
histórico, el Dique Los Quiroga representaba mucho más que una obra de
infraestructura. Formaba parte de una visión sobre el futuro productivo de
Santiago del Estero.
La cronología permite entender
mejor esa apuesta. La construcción comenzó en junio de 1938. Durante la década
siguiente las obras continuaron avanzando. Hacia 1948, el dique era presentado
como una obra próxima a terminarse. Para principios de 1949, estaba prevista la
finalización del dique, el Canal Matriz y la red de canales de riego. Después
debía avanzar la construcción de la usina hidroeléctrica proyectada.
Pero detrás de esas fechas había
una preocupación mucho más antigua.
Santiago podía tener agua en
abundancia durante las grandes crecidas y, al mismo tiempo, sufrir largos
períodos de escasez. El problema no era únicamente cuánto agua había en los
ríos. También era cómo almacenarla, conducirla y distribuirla.
Por eso, aquella expresión,
"Agua en tierras de sequía", conserva una fuerza particular. Resume
una contradicción que atravesó la historia de la provincia: un río capaz de
correr con 2.400 metros cúbicos por segundo y, no muy lejos de allí, tierras
esperando una crecida que ya no llegaba.
El gran desafío era transformar
esa abundancia momentánea en un recurso disponible durante más tiempo. El Dique
Los Quiroga nació dentro de ese propósito: hacer que el agua del río Dulce
dejara de ser solamente una crecida que pasa y pudiera convertirse en una
herramienta para producir, sostener poblaciones y darle nuevas posibilidades a
la tierra santiagueña.
