Durante décadas, el Petit Palais fue mucho más que
una sala de cine. Allí se encontraron el espectáculo, la música, la vida social
y algunos de los acontecimientos que marcaron la historia cultural de Santiago
del Estero.
“Las cosas no mueren si las recordamos.” -
Leonardo “Nano” Gigli -
Hubo una época en la que ir al
cine era bastante más que sentarse frente a una pantalla. Era ponerse la mejor
ropa, encontrarse con conocidos, escuchar música en vivo y dejarse llevar,
aunque fuera por un rato, hacia historias que llegaban desde muy lejos.
En pleno centro de Santiago del
Estero, el Cine-Teatro Petit Palais fue parte de esa experiencia. Desde su
inauguración en 1917, atravesó distintas etapas, cambió de aspecto, recibió a
artistas destacados, sobrevivió a un incendio devastador y volvió a abrir sus
puertas convertido en una moderna sala Art Déco.
Pero para entender su historia
hay que retroceder un poco.
Antes del Petit Palais estuvo el
Teatro Cervantes
En los terrenos cercanos a la
histórica Catedral, sobre la calle 24 de Septiembre, funcionaban a comienzos
del siglo XX distintos espacios que formaban parte de la vida urbana de la
ciudad.
Entre ellos estaba el Teatro
Cervantes, considerado el primer teatro de Santiago del Estero. En sus primeros
años había sido conocido como Zenatti-Ollantay y estaba bajo la dirección de
los hermanos Edippo.
Aunque ocasionalmente proyectaba
películas, su actividad principal estaba vinculada al teatro y la música. En
1906 adoptó definitivamente el nombre de Teatro Cervantes.
La construcción era sencilla:
techos de madera y ladrillo cubiertos con chapas de zinc y una fachada con
cinco puertas. Sobre ella, un friso llevaba orgullosamente la inscripción
"Teatro Cervantes".
El teatro funcionó hasta los
primeros años de la década de 1910. Después, el lugar cambió de manos y con el
tiempo surgió allí un bazar llamado Ollantay, que mantuvo de alguna manera vivo
el recuerdo de aquel antiguo escenario.
En 1917: nace el Petit Palais
Enero de 1917 marcó un nuevo
capítulo.
En terrenos alquilados a Alfredo
Ricci comenzó a funcionar el primer Cine-Teatro de Santiago del Estero: el
Petit Palais. Al mismo tiempo, en el mismo entorno, se levantaba la nueva
Confitería del Águila, administrada inicialmente por la firma Barrionuevo y
Pujadas.
La historia del nombre también
tiene su pequeño detalle.
A fines de 1916, Juan Figueroa,
director del diario "El Liberal", se reunió con Paul Mazure. Durante
aquella conversación surgió la idea de dejar que fueran los propios
santiagueños quienes eligieran el nombre del nuevo proyecto mediante un concurso
publicado en el diario.
Así nació el nombre Cine-Teatro
Petit Palais Mazure.
Con el tiempo, Roberto Carlos
Mazure, hijo de Paul, se convertiría en una figura central del negocio
familiar.
Una sala que recibió a Gardel y
Razzano
El Petit Palais rápidamente
comenzó a ganar prestigio.
Uno de los acontecimientos más
recordados ocurrió el 16 de mayo de 1919, cuando el dúo Gardel-Razzano llegó a
la sala acompañado por José Ricardo Razzano.
La respuesta del público fue
extraordinaria. Tanto, que las presentaciones tuvieron que repetirse durante
dos días consecutivos.
Y mientras los espectadores
disfrutaban de aquellos artistas, también podían asistir a proyecciones de
películas mudas, entre ellas las protagonizadas por el actor William Russell.
En aquellos años, el cine todavía
necesitaba algo fundamental: música.
Las películas mudas eran
acompañadas en vivo por el pianista alemán Carlos Esclinger, nacido en
Stuttgart, quien tenía la tarea de crear una banda sonora para las imágenes que
aparecían en pantalla.
El espectáculo, entonces, era
mucho más que una película. Era una combinación de imágenes, música, público y
ambiente.
Una ventana a la vida de la provincia
El Petit Palais tuvo además una
particularidad que hoy resulta especialmente valiosa.
Las funciones solían estar
precedidas por noticieros realizados en forma de cortometrajes documentales
mudos. Muchas de esas imágenes fueron registradas por el italiano Vicente
Gigli.
Según el texto de referencia,
aquella colección cinematográfica era prácticamente única en el norte
argentino. Santiago del Estero llegó a conservar registros audiovisuales de
acontecimientos sociales, políticos y religiosos de comienzos del siglo XX.
Es decir, el cine no solamente
mostraba historias inventadas.
También estaba registrando la
vida real.
Para quienes hoy intentamos
reconstruir cómo era aquella Santiago del Estero, esas imágenes tienen un valor
enorme.
La música también tenía su lugar
Durante la década de 1920, el
Petit Palais sumó una orquesta propia, dirigida por Pedro Cinquegrani e
integrada por músicos como Carlos Silinger, José Parisi, Alfonso Mottola, Tito
Mottola, Guido Degano y Benito Fernández.
La música acompañaba las
funciones cinematográficas y también formaba parte de la actividad de la
Confitería El Águila.
El cine era, por entonces, un
verdadero punto de encuentro.
La administración estaba a cargo
de Bruno Osimani, con el apoyo de su cuñado Guillermo Renzi, vinculado a los
primeros emprendimientos de artículos eléctricos y mecánicos.
La calidad de las películas
también ayudó a consolidar el prestigio de la sala. Llegaban producciones
distribuidas por empresas como Max Gluschamann Foxx Film, Nueva York Film y
Exchange, además de películas nacionales.
Por ubicación, infraestructura y
programación, el Petit Palais se convirtió en una de las salas más exclusivas
de la época, solo superada por el Teatro 25 de Mayo.
Una fachada que se transformó
En 1922, Roberto Carlos Mazure
adquirió las propiedades donde funcionaban el Petit Palais y la Confitería El
Águila.
Un año después, la concesión del
cine pasó a Guillermo Renzi, y la sala llegó a compararse con el prestigioso
Splendid de Tucumán.
Entre 1926 y 1930, el edificio
experimentó una importante transformación.
La fachada comenzó a mostrar los
rasgos arquitectónicos de moda. Dos escudos ocupaban la parte superior,
acompañados por liras en los laterales y un mascarón ornamental en el centro.
Las columnas tenían bajorrelieves
de instrumentos musicales y otros motivos decorativos. Más arriba aparecían
frisos y dentículos de orden corintio, mientras que cinco grandes ventanales
semicirculares completaban la composición.
Antes de esta remodelación, el
aspecto era mucho más sencillo, con ladrillos a la vista, una entrada
semicircular y una estructura de hierro forjado que rodeaba la puerta
principal.
Por las noches, las pequeñas
bombillas de época aportaban una iluminación cálida que seguramente convertía
aquella esquina en un lugar particularmente atractivo.
La madrugada en que todo cambió
Pero la historia del Petit Palais
también tuvo un capítulo dramático.
En la madrugada del 11 de octubre
de 1937, alrededor de las cuatro, un incendio comenzó a consumir el interior
del cine y parte de la Confitería El Águila.
Un policía advirtió las llamas y
el humo y dio aviso. Poco después llegaron efectivos policiales y bomberos, que
intentaron controlar el fuego.
No alcanzó.
Las llamas avanzaron rápidamente
y destruyeron las estructuras internas, las puertas y los cristales. La escena
era impresionante: el fuego que salía del edificio daba la sensación de que una
manzana entera estaba ardiendo.
La multitud comenzó a reunirse
alrededor del lugar.
Recién cerca de las ocho de la
mañana las llamas cedieron.
El Petit Palais había quedado
reducido a cenizas. También se habían perdido los fondos de la confitería.
Las pérdidas fueron estimadas en
50 mil pesos para el salón de espectáculos y 5 mil para la confitería.
Las autoridades detuvieron a
varias personas, entre ellas integrantes del personal del cine y de la
confitería, aunque las causas del incendio no pudieron determinarse con
claridad.
En aquella época, además, los
incendios en salas cinematográficas eran frecuentes debido a la alta
inflamabilidad de los nitratos utilizados en las películas.
Del fuego a la reconstrucción
Y, sin embargo, el Petit Palais
no desapareció.
En poco más de un año volvió a
levantarse.
El 7 de diciembre de 1938, la
sala reabrió sus puertas con un nuevo proyecto arquitectónico realizado por
Aníbal Oberlander y bajo la producción de Remo Staffolani.
Esta vez, el edificio adoptó el
estilo Art Déco y sumó importantes mejoras técnicas.
Se trabajó especialmente en la
acústica y se incorporó un sistema moderno de refrigeración con extractores de
aire ubicados en la parte superior.
La capacidad también aumentó: de
700 butacas pasó a 900 butacas Pullman.
Carlos Mazure, hijo de Paul,
viajó para presenciar la reapertura y comprobar cómo el emprendimiento iniciado
por su padre volvía a ponerse en marcha.
El Petit Palais había resurgido
del fuego.
Los últimos años
En 1949, Carlos Mazure vendió la
Confitería El Águila y la propiedad a José Noguerol.
Al año siguiente, el Cine Petit
pasó a manos de la Sociedad Inmobiliaria del Norte S.R.L., aunque la
administración continuó bajo la Compañía Cinematográfica del Norte S.A. de
Tucumán, con Alfredo Gramajo como gerente.
La confitería quedó a cargo de
"Higa y Cía", la misma firma que administraba el Café Tokio.
Con el tiempo, El Águila cerró
sus puertas.
El cine, en cambio, continuó
funcionando durante varias décadas más, hasta finales de los años 80.
Un cine que también fue memoria
El Petit Palais fue mucho más que
un edificio destinado a proyectar películas.
Durante décadas fue un lugar de
encuentro para los santiagueños. Allí hubo música, teatro, cine, encuentros
sociales y momentos que quedaron ligados a la vida cotidiana de varias
generaciones.
Su historia también muestra cómo
fue cambiando la ciudad. Primero estuvo el Teatro Cervantes. Después llegó el
Petit Palais. Más tarde aparecieron nuevas formas de entretenimiento y otros
espacios ocuparon su lugar.
Pero hay algo que permanece.
Las salas de cine no solamente
muestran historias. También forman parte de ellas.
En el caso del Petit Palais, las
películas compartieron espacio con artistas, músicos, espectadores y
acontecimientos de una ciudad que estaba cambiando. Incluso los registros
documentales proyectados antes de las funciones terminaron convirtiéndose, con
el tiempo, en parte de la memoria histórica de Santiago del Estero.
Quizás por eso recordar al Petit
Palais no significa solamente mirar hacia atrás.
Significa recuperar una parte de
aquella ciudad que alguna vez se reunía bajo sus luces, esperaba que comenzara
la función y, durante unas horas, dejaba afuera el mundo cotidiano.
El pequeño palacio ya no está
como entonces. Pero su historia sigue ahí, entre fotografías antiguas,
recuerdos familiares y documentos que permiten reconstruir aquella Santiago del
Estero donde el cine comenzaba a convertirse en una verdadera experiencia
colectiva.
Fuente: texto
base proporcionado por el usuario, correspondiente a la historia del Teatro
Cervantes, Cine-Teatro Petit Palais y Confitería El Águila.