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lunes, 7 de septiembre de 2026

El poeta de las tardes amarillas: Vida, obra y resistencia de Dalmiro Coronel Lugones

 


Olvidado por las instituciones, pero sostenido por la memoria popular, Dalmiro Coronel Lugones se levanta como una de las voces más potentes de Santiago del Estero. Hay creadores que habitan los anaqueles del olvido oficial, y otros que persisten en la respiración de su pueblo: allí germina su figura. Su voz no demanda homenajes de mármol; le basta el latido de una zamba, el susurro de un romance o la simple mención del monte para encender de nuevo su presencia.

Un tributo en Sumampa devolvió su melodía al viento. Durante la consagración de la Patrona de la provincia, la voz joven de Sergio Luna rescató "A la Virgen de Sumampa", obra compuesta en 1965 y preservada en la penumbra de los años. Entre la devoción popular y las luces del santuario, la palabra de Dalmiro volvió a hacerse carne, marcando el inicio de un itinerario hacia el corazón de su memoria.

Aquel hallazgo condujo a La Banda, a la mítica calle Alberdi. La búsqueda de unos discos derivó en el encuentro con Cergio Coronel, hermano menor del poeta, quien a sus 84 años custodiaba el archivo afectivo de la familia. Entre retratos y vivencias, emergió la estampa del escritor nocturno, aquel que envelaba las madrugadas frente a la máquina de escribir para dejar constancia de los fantasmas y bellezas de su tierra.

Nacido el 6 de julio de 1919, tataranieto de héroes de la Independencia, Dalmiro mamó la poesía en la inmensidad del patio paterno. A los once años vertía en versos el amor a su madre, doña Anselma, y el respeto entrañable hacia don José Pío, su guía fundamental. Ese universo doméstico, arbolado y terroso, moldeó la mirada del orador brillante, del estudiante de Derecho que deslumbró en Buenos Aires, del lector voraz en lenguas diversas y del militante perdedor de sosiegos que pagó caro su compromiso con las causas del pueblo.

Consagrado como el poeta épico de la santiagueñidad, su obra trasciende la mera acuarela costumbrista para erigirse en un tratado simbolista. Como bien señaló Adolfo "Bebe" Ponti, en su pluma el hombre y la geografía forman una sola entidad insostenible sin la presencia del otro. Sus versos no describen el monte o el salitral: los padecen, los celebran y los salvan de la nada. "Romance de mis tardes amarillas" y "Romance del río Dulce" se integraron al cancionero de Los Manseros Santiagueños, Raly Barrionuevo y Juan Carlos Carabajal, transformando el papel en canto colectivo.

Esa consagración tuvo su testimonio más fiel en el Sirio Libanés de La Banda, cuando la multitud desbordó el recinto para escuchar su voz afónica y magisterial. Sabía Dalmiro que la poesía sin mensaje carece de destino, y por eso eligió el romance castellano para dar voz a los mitos del sachayoj, la almita o el kakuy, entrelazando la tradición oral con la más alta exigencia literaria.

A pesar de haber recibido distinciones nacionales y la Gran Cruz de Caballero en España, de sus quinientas composiciones solo una porción mínima vio la luz en libros como Romancero del canto nativo y Tiempo de zamba y malambo. El resto permanece en el arcón de lo inédito. Hoy, cuando la tala indiscriminada desdibuja el mapa del monte que él caminó y describió con precisión de botánico y pasión de profeta, sus textos adquieren un valor de trinchera ecológica y cultural.

Ni el silencio impuesto por el centralismo ni la indiferencia de los catálogos oficiales pudieron apagar su fuego. Dalmiro Coronel Lugones no pertenece al ayer. Vive en cada guitarra que se afina al atardecer, en cada aula que nombra la tierra y en cada santiagueño que reconoce en su zamba la geografía intima de su propio corazón.

 

martes, 25 de agosto de 2026

Entre el polvo, la sangre y la leyenda: La epopeya santiagueña de Dalmiro Coronel Lugones

 



Por Leyendas del Folclore Santiagueño | Análisis Literario e Histórico

El eco de cuatro siglos en la voz de un poeta bandeño

Hay tierras donde la geografía no se mide en kilómetros ni en grados centígrados, sino en el dolor de sus salitrales, en el calor abrazador de sus siestas y en la resonancia ancestral de sus bombos legüeros. Santiago del Estero, la «Madre de Ciudades», encierra entre su polvo y sus montes cuatro siglos de contiendas heroicas, traiciones de conquista y mitologías que estremecen la espesura. Redescubrir la monumental obra de Dalmiro Coronel Lugones (1919-1971), compilada en la edición institucional Poesía reunida (2021), representa un viaje documental y periodístico a las raíces identitarias de la Argentina profunda.

Como advierte la investigadora Adriana Del Vitto (2013) en el estudio preliminar a la obra, el reencuentro con la palabra poética del autor bandeño permite comprender de qué modo el agobio climático deja de ser un mero dato técnico para transformarse en «"calor de tierra nativa", con la connotación del amor, de la protección, del abrazo». Por su parte, el renombrado erudito Orestes Di Lullo (1960), en el prólogo original a Romancero del canto nativo, subraya con agudeza el temple del vate: «Lugones, poeta de extraordinaria fibra y honda sensibilidad, calla sus propios impulsos y se refrena para dejar hablar a la tierra». Ese recato lírico es el que permite que la historia vernácula hable con voz viva y desgarradora.

I. La conquista a sangre y ponzoña: El drama de Maquijata y la ciudad errante (1542–1550)

La crónica histórica que hilvana Coronel Lugones se abre con los trazos sangrientos de la primera ocupación española. En el «Romance de la "Entrada" de Diego de Rojas», el poeta traslada al lector al año 1542, cuando las huestes del capitán Diego de Rojas parten del Cuzco por disposición de Vaca de Castro. Animados por el espejismo de divisar el legendario «País de Trapalanda» o la fabulosa «Ciudad de los Césares», los conquistadores se adentran en territorio jurí y lule.

Sin embargo, la expedición pronto naufraga en la tragedia. En los breñales de Maquijata, la ferocidad de las tribus locales asesta un golpe letal mediante una «flecha enherbolada» (envenenada) que hiere de muerte al propio Diego de Rojas. En este pasaje, el poeta saca a la luz una de las intrigas más oscuras y desgarradoras del periodo colonial: la difamación contra Catalina de Enciso, una de las tres únicas mujeres que integraban la mesnada. Mientras el capitán deliraba «bajo la sombra de un tala», las lenguas viperinas del campamento acusaron a Catalina de haber envenenado la flecha para hechizarlo por celos amatorios. Coronel Lugones recrea el drama humano de la mujer acusada injustamente:

«La intriga teje, entretanto, / redes de oscura falacia / y Catalina de Enciso / llora y maldice en venganza / a quienes injustamente / la acusan con torpe saña / de haberle dado un veneno / al Jefe de la mesnada...»

Dalmiro Coronel Lugones, Romance de la "Entrada" de Diego de Rojas

El destino de aquellos conquistadores iniciales estuvo signado por una trágica fatalidad recíproca. Como acota Del Vitto (2013) al repasar el «Romance de Núñez de Prado», la muerte violenta persiguió uno a uno a los líderes expedicionarios: Francisco de Mendoza cayó asesinado en Malaventura tras fundar el fugaz Real de Medellín; Felipe Gutiérrez fue ejecutado al garrote por Pedro de Puelles; Nicolás de Heredia fue degollado en Pacona por orden de Carvajal; y el misionero Fray Francisco de Galán resultó acribillado a flechazos abrazando la Cruz tras el fallido intento de evangelizar al cacique Canamico.

Contradicción histórica: La traición de Aguirre y el despojo de Núñez de Prado

En el «Romance de Núñez de Prado», el autor expone con firmeza la tensión que rodeó la fundación de la Ciudad del Barco en 1550 a orillas del río Estero. Cuando Núñez de Prado planta el «Rollo e Picota» e inicia el reparto de tierras y algodonales, irrumpen las huestes de Francisco de Aguirre provenientes de Chile. En un asalto nocturno y por la fuerza de las armas, Aguirre apresó a Núñez de Prado «sin razón ni justicia», lo envió desterrado y trasladó el poblado unos kilómetros al norte, rebautizándolo impunemente como Santiago del Estero.

II. El bronce de los Patricios y la sangre en el algarrobo (1810–1820)

El salto al siglo XIX transforma al bardo en el cronista de la gesta emancipadora. Por las venas del propio Dalmiro Coronel Lugones corría la estirpe del Coronel Lorenzo Lugones, prócer de la independencia y veterano de las campañas del Alto Perú. El propio poeta declara con orgullo genealógico y ético: «Y porque a mi patria chica / cuatro centurias me arraigan / (pues en mi sangre hay linajes / de aquellos que la fundaran)».

En el «Romance del coronel Lorenzo Lugones», la narrativa periodística reconstruye el grito de Mayo de 1810. Santiago del Estero fue la primera ciudad del interior en adherir formalmente a la Revolución. De la mano del caudillo Juan Francisco Borges y del teniente Germán Lugones, se alistó el célebre batallón de los 300 Patricios Santiagueños. Nombres como Gallo, Taboada, Ibarra, Carol, Riesco y Gorostiaga marcharon al bautismo de fuego integrando la Expedición Auxiliadora de Ortiz de Ocampo, Balcarce y Díaz Vélez, combatiendo en Suipacha (1810), Huaqui (1811), Las Piedras, Tucumán (1812) y Salta (1813).

No obstante, la crónica no oculta los desgarramientos de las guerras civiles. En 1816, el anhelo de autonomía frente al centralismo tucumano llevó a Juan Francisco Borges a levantarse en armas secundado por Montenegro y Lorenzo Lugones. La respuesta del Directorio fue despiadada: las fuerzas de Lamadrid, Bustos y Paz aplastaron a los autonomistas en la sangrienta lid de Pitambalá.

El 4 de septiembre de 1816, en el paraje de Santo Domingo, el caudillo Borges fue conducido al banquillo de fusilamiento. El poema inmortaliza la dignidad suprema del héroe vencido, rechazando la venda de los ojos y cayendo de pie frente al piquete de ejecución:

«Ni las vendas, ni el banquillo, / de pie, como militar, / de cara al viento y la historia / morirá con dignidad. / Ruido sordo de descargas / ni un solo grito, ni un ay, / y después un gran silencio, / la gloria y la eternidad...! / Ha muerto el Caudillo Borges, / ha florecido un chaguar...»

Dalmiro Coronel Lugones, Romance del coronel Lorenzo Lugones

Como represalia, el coronel Lorenzo Lugones fue despojado de su grado militar y reducido a la condición de «aventurero» sin goce de sueldo. Habría que esperar al Viernes Santo, 31 de marzo de 1820, para que Juan Felipe Ibarra expulsara al gobernador tucumano Echauri y consolidara la Declaración de Autonomía del 27 de abril de 1820. Paradójicamente, fue el propio Lorenzo Lugones quien, años más tarde, actuaría como el gran diplomático que negoció y firmó la histórica Paz de Vinará, reconciliando definitivamente a las provincias hermanas.

III. El milagro de Pozo de Vargas: La zamba como arma de combate (1867)

Uno de los episodios más singulares e impactantes de la historiografía bélica argentina se halla registrado en el «Romance de Pozo de Vargas». El 10 de abril de 1867, en los abrasados llanos riojanos, se midieron las montoneras de Felipe Varela contra las fuerzas santiagueñas comandadas por el general Manuel Taboada.

La batalla era encarnizada y feroz. El polvo, la sed y la arremetida de las lanzas de Varela tenían a las tropas santiagueñas al borde del colapso y en plena retirada. En ese instante crítico, cuando todo parecía perdido, el general Taboada ejecutó una maniobra táctica desconcertante y genial: en lugar de ordenar toque de a degüello o retirada, le mandó a la banda militar tocar una zamba.

Un testimonio musical único en la historia militar

«Pero el recuerdo del pago / tembló el valor de Taboada / y a la banda el bravo Jefe / mandó tocar una zamba...! / La música de la tierra / con su sabor de nostalgia / recuerdo de patria chica / les trajo en aires de zamba. / Y entonces los santiagueños, / brillando al sol las espadas, / caras y ponchos al viento / volvieron fiero a la carga...! / (...) Era "vencer o la muerte" / la consigna. Y con la zamba / vencieron los santiagueños / allá por Pozo de Vargas...!»

Dalmiro Coronel Lugones, Romance de Pozo de Vargas

El impacto estético y emocional de la música nativa sobre la tropa exhausta revirtió milagrosamente la contienda. Inflamados por la añoranza de su pago chico, los soldados volvieron caras, arremetieron a sablazos y lograron una victoria épica. La zamba, ritmo de cortejo y nostalgia, se convirtió así en el más mortífero e inspirador himno de victoria.

IV. La naturaleza animada y las sombras del mito

El universo poético de Coronel Lugones no se agota en la reconstrucción militar. Como destaca Alberto Tasso (2004) en sus estudios sobre las letras provinciales, la literatura santiagueña posee una singular capacidad para animar el paisaje e integrar el mito a la experiencia cotidiana. En Romancero del canto nativo, la flora, los ríos y la fauna cobran vida y expresan el sentir del campesino y del hachero.

El Río Dulce es el «Miski-Mayu», un bracero caluroso que baja de las cumbres del Aconquija y que «por quedarse en Santiago / (...) se desborda en los bañados / entre un malambo de garzas». A su vez, el bosque es definido poéticamente como una «Catedral sin Dios ni santos / donde el órgano del viento / suena en las misas del diablo». Es en esa espesura donde irrumpen las figuras místicas recopiladas por el saber folclórico:

  • El Crespín: El trágico mito de Ana María, la mujer que abandonó a su esposo agonizante para ir a bailar en el carnaval. Al informársele que Crespín había muerto, lanzó su fría y célebre sentencia: «"que siga el baile, hay tiempo para llorar"». Como castigo divino, fue transformada en el ave solitaria que clama eternamente por su amado entre las quiponotas.
  • La Telesita: Telésfora Castillo, la niña huérfana trágicamente consumida por el fuego en la selva, cuyos pies desnudos y heridos bailaban ensimismados sobre las brasas. Convertida en «santa sin altares», el pueblo la venera en los célebres rezabailes para hallar objetos perdidos o pedir lluvias.
  • El Kakuy: El mito desgarrador de la venganza fraterna, donde el hermano cansado del maltrato abandona a su hermana en la copa desramada de un alto quebracho. Al caer la noche, la mujer metamorfoseada en ave rompe el silencio siestero con su estremecedor grito de angustia: «¡Turay...! ¡Turay...!» (¡Hermano...! ¡Hermano...!).

V. Tiempo de zamba y malambo: El mapa sonoro de la argentinidad

En su segunda gran obra, Tiempo de zamba y malambo, Dalmiro Coronel Lugones amplía su horizonte lírico para construir lo que él mismo definió como un «glosario poemático para el folclore». Distanciándose de la estructura del romance octosílabo, el poeta recurre aquí a los majestuosos versos alejandrinos para retratar cada una de las regiones e instrumentos del país.

Como señala con admiración el folclorólogo Félix Coluccio (citado por Del Vitto, 2013): «Este libro de Dalmiro Coronel Lugones (...) por haberle infundido el soplo poético más inspirado y armonioso, caminará por todos los senderos de la Patria dejando un auténtico mensaje de belleza y amor». El poemario traza una cartografía cultural donde no existen jerarquías ni fronteras:

Desde los aires de antaño (el minué federal, la gavota, el vals vienés) hasta el candombe de San Telmo («En el barrio de San Telmo / taca-tan suena el tambor»), pasando por la bravura de la Pampa, la melancolía del Litoral y los viñedos de Cuyo. El recorrido alcanza su cumbre en el Altiplano y el Noroeste, donde los coyas promesantes bajan de los cerros con sus erkes, charangos y cajas «y Dios en los senderos mirándolos pasar».

El legado indeleble y la condena del viajero

La crónica periodística de la obra de Dalmiro Coronel Lugones revela que su poesía no pertenece al pasado, sino que palpita en el presente de cada santiagueño. Como anota el crítico Miguel Brevetta Rodríguez (1987), la proyección de Lugones «va mucho más allá de sus tardes amarillas», consolidándose como un faro de la identidad cultural del Noroeste argentino.

Quizás la síntesis más perfecta del ser santiagueño se halle en los versos finales de su «Romance de la vuelta del santiagueño». En ellos, el poeta sintetiza el dramático y noble sino de los hijos de esta tierra: la necesidad de emigrar lejos del pago en busca de sustento, acompañados por una nostalgia incurable que no admite rencor ni queja:

«He de andar por otros rumbos / con ilusiones viajeras / buscando en suelos extraños / lo que mi suelo me niega / destino del santiagueño / vivir de sueños y ausencias, / partir y volver cantando / sin una sola protesta...!»

Dalmiro Coronel Lugones, Romance de la vuelta del santiagueño

A través de su Poesía reunida, Dalmiro Coronel Lugones saldó con creces su deuda con la patria chica. Con la precisión del historiador, la sensibilidad del poeta y la devoción del hijo, transformó el barro, la sal y las espinas de Santiago del Estero en un monumento literario inmortal que sigue resonando en la memoria colectiva de la Nación.

Basado en la obra "Poesía reunida" (Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santiago del Estero, 2016/2021)

Fuentes y Referencias Documentales Citadas

  • Coronel Lugones, Dalmiro (2021): Poesía reunida. 1ª ed. 2016, reedición digital 2021. Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santiago del Estero. ISBN 978-987-3964-46-6.
  • Del Vitto, Adriana (2013): «Con voz y alma de eterno santiagueño: Estudio preliminar a la obra de Dalmiro Coronel Lugones». Incluido en Poesía reunida, págs. 7–22.
  • Di Lullo, Orestes (1960): Prólogo a Romancero del canto nativo. Reproducido en Poesía reunida, págs. 26–27.
  • Coluccio, Félix: Prólogo a Tiempo de zamba y malambo. Citado en el estudio preliminar de Adriana Del Vitto (2013)[cite: 1].
  • Tasso, Alberto (2004): Cuadernos de Cultura de Santiago del Estero: antología 1970-1995. Santiago del Estero: Barco Edita[cite: 1].
  • Brevetta Rodríguez, Miguel (1987): «Dalmiro Coronel Lugones: más allá de sus tardes amarillas». En diario El Liberal, septiembre, Santiago del Estero[cite: 1].
  • Alén Lascano, Luis y Taralli, Ricardo Dino (1999): Folclore santiagueño. Santiago del Estero: Editorial Santiago Libros[cite: 1].

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

El poeta que resiste al olvido: La vida y la obra de Dalmiro Coronel Lugones

 Olvidado por las instituciones, pero sostenido por la memoria popular, Dalmiro Coronel Lugones se levanta como una de las voces más potentes de Santiago del Estero. Poeta épico, orador brillante, investigador del folclore y narrador de los dolores y bellezas del monte, su legado vuelve una y otra vez en zambas, romances y testimonios. Esta crónica recorre su vida, su obra y las huellas que dejó en quienes lo conocieron y lo leen todavía.

Por Jorge Galian



Un poeta que vuelve desde el fondo del monte

Hay poetas que viven en los libros, y hay otros que viven en la memoria de la gente. Dalmiro Coronel Lugones pertenece a esta segunda especie. Aunque su nombre no suene tan seguido en los actos oficiales ni figure en todos los manuales escolares, en Santiago del Estero su voz vuelve cada vez que alguien entona una zamba, recita un romance o nombra el monte con la misma ternura y el mismo dolor.

Su regreso más reciente se dio de una forma muy santiagueña: en una fiesta popular. El 21 de noviembre, durante la coronación pontificia de la Virgen de Sumampa, Patrona de los santiagueños, un joven cantor, Sergio Luna, subió al escenario del santuario con una responsabilidad enorme: estrenar la musicalización de un poema casi olvidado, “A la Virgen de Sumampa”, que Dalmiro había escrito en 1965.

La zamba sonó entre velas, promesas y emoción. Y algo pasó allí: no solo se homenajeó a la Virgen; también se rescató, desde la voz de un nuevo cantor, a uno de los grandes poetas de la provincia. Ese fue el punto de partida de una búsqueda que, como todo viaje a la memoria, empezó casi por casualidad y terminó abriendo puertas insospechadas.

Un viaje a La Banda: cuando el azar abre la puerta de una casa

La historia comienza con un llamado telefónico. En medio de una clase, el autor de esta investigación recibe la noticia: Sergio Luna había dejado su material discográfico en una casa de la ciudad de La Banda. El objetivo era simple: pasar a buscar esos discos. Pero, durante un tiempo, por una cosa u otra, el encuentro se postergó.

Hasta que un día, como si el destino hubiera decidido que ya era hora, el viaje se concretó. Camino a La Banda, la idea era recoger un par de discos; nada más. Sin embargo, al golpear la puerta de la dirección indicada, la sorpresa cambió el rumbo de la jornada: quien atendió fue un hombre mayor, de trato amable, que resultó ser el hermano menor de Dalmiro Coronel Lugones.

Se llamaba Cergio Coronel. Tenía 84 años, una memoria prodigiosa y un puñado de anécdotas que, de repente, transformaban esa visita en algo mucho más valioso que un simple trámite. En esa casa, sobre calle Alberdi, donde la familia Coronel había crecido, el poeta parecía seguir respirando entre fotos, papeles y recuerdos.

“Con mi hermano Dalmiro compartíamos la habitación —contó Cergio—, y era común que él se levantara a la madrugada a escribir en su maquinita algo que se le ocurriera a esa hora”. Esa imagen del poeta desvelado, golpeando teclas en plena noche, fue una de las primeras piezas de un rompecabezas que pronto se volvería fascinante.

Infancia en La Banda: un niño que ya veía poesía en el patio

Dalmiro Coronel Lugones nació en La Banda el 6 de julio de 1919. Era descendiente directo del coronel Lorenzo Lugones, héroe de la Independencia, y quinto de ocho hermanos. Creció en una casa típica bandeña, de esas con un patio grande, árboles frondosos y tierra que se levanta con cada paso. Ese paisaje doméstico, mezcla de familia numerosa y naturaleza generosa, fue su primera escuela.

A los 11 años ya escribía poesía. Sus primeros versos estuvieron dedicados a la patria y a su madre, doña Anselma de Coronel. En ellos aparecía un amor entrañable, casi reverencial, hacia esa figura materna que, con el tiempo, también se transformaría en personaje de las anécdotas familiares: sus almuerzos dominicales, congregando a la amplia familia Coronel para saborear sus famosas empanadas, son todavía recordados con nostalgia.

En esa casa, su padre, don José Pío Coronel, fue guía fundamental. Entre los valores familiares y ese contacto constante con el patio, los árboles y el cielo abierto, se fue modelando la mirada que años más tarde le permitiría describir como pocos el paisaje santiagueño. No es descabellado pensar que, en aquellas tardes de infancia, Dalmiro empezó a intuir que hombre y paisaje eran, en realidad, la misma cosa.

El hermano mayor, el amigo de todos, el orador

Más allá del poeta, quienes lo conocieron hablan primero de la persona. “Fue un muy buen hermano mayor —recuerda Cergio—, amaba la familia por sobre todas las cosas. La amistad también ocupaba un inmenso lugar en su personalidad. Su corazón estaba abierto a todo el mundo; tal vez eso lo pagó demasiado caro”.

Dalmiro fue también un notable orador. Estudió Derecho en la Universidad de Tucumán, carrera que dejó inconclusa, pero que le dio herramientas para moverse con soltura en el mundo de la palabra hablada. Sus conferencias en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires convocaban a aulas llenas de alumnos, interesados tanto en el contenido como en la manera en que lo decía.

Era, además, un lector voraz. “Se leyó gran parte de la literatura universal, en especial la europea —cuenta su hermano—. Sabía hablar francés, inglés, italiano, y estaba por terminar latín, pronto a viajar a Grecia”. Esa formación le permitió dialogar de igual a igual con tradiciones literarias lejanas, al mismo tiempo que anclaba su escritura en el paisaje y la cultura de Santiago del Estero.

En lo político, fue un militante activo del peronismo. Su compromiso con las causas populares y su participación pública le valieron persecuciones y allanamientos en su propia casa. Pero también reforzaron su convicción de que la poesía debía decir algo, incomodar, denunciar, sacudir conciencias.

El poeta épico del paisaje santiagueño

Si hay un consenso entre críticos, músicos y lectores, es éste: Dalmiro Coronel Lugones fue un poeta épico, un narrador de grandezas y dolores desde la voz de su pueblo. Su obra se centra en el paisaje santiagueño, pero lo trasciende. No se limita a describir; busca, más bien, revelar.

El poeta Adolfo “Bebe” Ponti lo define así:

 “Para Dalmiro Coronel Lugones hombre y paisaje son la misma cosa, un todo único y en ese todo está su registro poético, su tradición, su palabra hecha carne. Quizá ‘Romance de mis tardes amarillas’ sea el verdadero himno de Santiago del Estero porque está escrito, no desde la nostalgia, sino desde la presencia más enraizada y sublime.”

En sus versos aparecen el monte, el río, los salitrales, el canto de los pájaros, las supersticiones del bosque y los dolores cotidianos de los santiagueños: la pobreza, el desarraigo, la orfandad, el desencuentro. Pero nada está ahí de manera fría o paisajística; todo está cargado de una emotividad intensa, casi visceral.

El profesor Lucas Cosci, estudioso de su obra, propone una lectura que va más allá de la etiqueta de “poeta costumbrista”:

 “En una primera mirada es innegable, es una poesía costumbrista, paisajista. Pero se la puede ver, también, como una poesía simbolista. La mirada de Dalmiro Coronel Lugones va más allá de la intención descriptiva del paisaje. Los elementos del paisaje son utilizados por el poeta para bucear en el interior del santiagueño. Sus poesías están impregnadas de cierta emotividad muy visceral de los estados profundos de los santiagueños (la pobreza, la miseria, la orfandad, el desencuentro, la nostalgia por el desarraigo…). Por eso creo que no es solo una poesía paisajista ni descriptiva”.

En ese cruce entre paisaje y emoción se entiende mejor por qué su obra, aún con escasa difusión editorial, se mantuvo viva en el canto popular.

La poesía que nace de pisar la tierra

Dalmiro no escribía desde la comodidad de un escritorio distante. Sus poemas nacían de una experiencia directa con los lugares que nombraba. Su hermano lo recuerda con nitidez:

 “Dalmiro sabía sobre lo que escribía. Por ejemplo, para escribir ‘Romance del salitral’ se tomó un colectivo hasta las salinas y se quedó allí hasta que pasara el siguiente colectivo que lo trajera de vuelta a La Banda. Esa era su forma de componer. O la otra vez cuando se internó en el monte para escribir sobre él”.

Esa manera de trabajar, casi etnográfica, explica la potencia sensorial de sus poemas. No son postales idealizadas, sino registros vivos: el calor que sube desde el salitral, el zumbido de los coyuyos, la sombra larga del quebracho, el miedo antiguo que traen las leyendas del bosque.

Su afán de exactitud no implicaba frialdad, todo lo contrario. Dalmiro creía en una poesía comprometida con su tiempo y su realidad. Lo resumía en una frase que repetía como una especie de manifiesto:

 

“La poesía o el canto que no transmite 

un mensaje, no es canto, ni es poesía”.

 

“Romance de mis tardes amarillas”: un himno no oficial

Entre sus muchos textos, hay uno que se destaca por la recepción que tuvo entre músicos, lectores y críticos: “Romance de mis tardes amarillas”. Publicado en su libro “Romancero del canto nativo”, fue considerado por algunos como el auténtico himno de Santiago del Estero.

En ese poema se condensan varios de los temas centrales de su obra: el apego a la tierra, la nostalgia por el desarraigo, la belleza luminosa de las tardes santiagueñas, la melancolía de quien debe partir.

El profesor Lucas Cosci matiza, sin restarle valor:

 “Nunca la había pensado desde ahí. La verdad, no sé si expresa todo lo que los santiagueños podemos pensar de nosotros mismos, existe una cierta parcialidad en esa referencia a Santiago. Con respecto al apego a la tierra, muy trabajado por Orestes Di Lullo a nivel del discurso, Dalmiro tiene la capacidad de formularlo en imágenes poéticas muy bien logradas. Y como la cuestión del arraigo, el santiagueño tiene de sí mismo una mirada muy fuerte; allí sí podemos considerarla, bajo esta mirada, como un himno”.

Músicos como Raly Barrionuevo han llevado este romance a los escenarios, acercando los versos de Dalmiro a nuevas generaciones que quizás no lo hayan leído en papel, pero lo sienten vibrar en la guitarra.

Del papel al escenario: la poesía que se hace zamba

Parte del secreto de la vigencia de Dalmiro está en la música. Varios de sus poemas fueron musicalizados y entraron a formar parte del repertorio folclórico argentino. Entre ellos se cuentan:

 

* “Romance del río Dulce”
* “Romance de mis tardes amarillas”
* “Romance del bosque”
* “Romance del salitral”
* “A la Virgen de Sumampa”
 

Algunos fueron adaptados por grandes referentes del folclore santiagueño. Los Manseros Santiagueños, por ejemplo, musicalizaron una de sus coplas en la canción “Alegres enramadas”, mientras que Juan Carlos Carabajal y Horacio Banegas transformaron versos del “Romance del río Dulce” en una de las zambas más bellas del cancionero.

Carabajal cuenta cómo nació esa versión:

 “A mi audición ‘Santiago guitarra y copla’ solían llegar muchas cartas de los oyentes. Entre esas había una de una señora, que la verdad no recuerdo bien de dónde era, con versos ‘charquiaos’ del poema. Ella me los enviaba para que los leyera. Se me prendió la lamparita y empecé a juntar los versos que tenían sentido, para no perder la esencia de la poesía. Como es un poema muy largo es imposible musicalizarlo, entonces lo que hago es juntar, cortar y repetir:

La consagración popular: un libro que llenó un salón

Que Dalmiro fuera un poeta querido no es una construcción retrospectiva. Hay episodios concretos que hablan de la popularidad que tuvo en vida. Uno de ellos fue la presentación de su libro “Romancero del canto nativo” en la ciudad de La Banda, en el predio del Sirio Libanés.

Aquella noche, la convocatoria superó todas las expectativas. El público fue tan numeroso que muchos quedaron afuera del salón, escuchando desde la vereda, atentos a cada palabra del poeta. Para cualquier presentación de libro, y más aún en una provincia del interior, esa escena no era común. Decía algo del vínculo afectivo que Dalmiro había logrado construir con su comunidad.

El escritor y poeta César Cisneros de la Hoz lo recuerda como un personaje imponente:

 “La ‘afonilla’ de su voz no fue impedimento para atrapar a la platea, cuantas veces se encontraran frente al monstruo hierático de nuestra literatura. Su mirada de lince imponía respeto, refinado, fue la poesía misma, un elegido, casi un apóstol de la palabra”.

El romance como elección estética y política

En un tiempo donde muchos poetas experimentaban con formas modernas, Dalmiro eligió conscientemente un molde tradicional: el romance. Tomó ese viejo género narrativo de la tradición española e hispanoamericana —poemas en versos octosílabos, de rima asonante y carácter narrativo— y lo resignificó para hablar del Santiago del Estero contemporáneo.

Los romances, en la península ibérica, eran cantados por juglares que recorrían pueblos contando historias. Dalmiro, heredero de esas voces, encontró en ese ritmo antiguo una forma perfecta para nombrar su paisaje: el monte, el río Dulce, los salitrales, las leyendas del “sachayoj”, la “almita”, el “runa uturungo”, el “kakuy”.

Su “Romance del bosque”, por ejemplo, transforma la geografía en mito, en catedral “sin dios ni santos” donde el viento oficia una misa profana. Allí, la flora y la fauna conviven con personajes sobrenaturales del folclore santiagueño, en una atmósfera que oscila entre la belleza y el espanto.

Esa apuesta por lo popular no fue ingenua. Al elegir el romance, Dalmiro tendió un puente entre la alta literatura y la tradición oral, entre el libro y la canción, entre la escritura y la memoria colectiva. Fue, en el mejor sentido, un juglar contemporáneo.

Un legado inmenso, una edición mínima

Paradójicamente, la obra de Dalmiro Coronel Lugones es mucho más grande que lo que los lectores pueden encontrar en las librerías. Se calcula que dejó alrededor de 500 composiciones, pero solo una pequeña parte llegó a publicarse. Cerca de 450 textos permanecen inéditos o circulan en copias privadas y archivos familiares.

Entre lo que sí vio la luz se cuentan dos libros fundamentales:

* “Romancero del canto nativo” (1965), con prólogo del Dr. Orestes Di Lullo, donde reúne buena parte de su poesía paisajística y épica.

* “Tiempo de zamba y malambo” (1970), fruto de su investigación folclórica, en el que recorre ritmos y danzas de todo el país, con textos de gran riqueza literaria. Allí se destaca, entre otros, el poema “La chacarera”.

Su pluma también se volcó a otros géneros: escribió obras teatrales, numerosas leyendas, cuentos, relatos y guiones cinematográficos. Su libreto “Serafina y el destino del pueblo” obtuvo una Mención de Honor Especial del Instituto Nacional de Cinematografía en 1965. Años más tarde, ganó el Primer Premio en el Tercer Certamen para Guiones del NOA, organizado por el Departamento de Audiovisuales del Consejo de Difusión Cultural de Tucumán, con “La leyenda del Crespín”, en colaboración con Ricardo Dell’Aringa.

En el ámbito educativo, muchas escuelas adoptaron marchas e himnos escritos por él. Un ejemplo es la “Oda a la Escuela Normal”, compuesta en 1968, que fue utilizada por autoridades de distintas provincias.

Reconocimientos y consagración más allá de Santiago

Aunque hoy su nombre no tenga la difusión masiva de otros poetas argentinos, en su momento Dalmiro recibió importantes reconocimientos. Entre ellos:

* Primer premio del diario Clarín por su poema “Romance del canto nativo” (1960).

* Primer premio de la Agrupación Argentina de Poetas, en la Ciudad de Buenos Aires.

* Distinciones de varios países de América, que llegaron a considerarlo entre los mejores poetas latinoamericanos de su tiempo.

* Condecoración del Gobierno de España con la Gran Cruz de Caballero de la Orden de Isabel la Católica.

En su ciudad natal, La Banda, una calle y una escuela llevan su nombre. Gestos concretos de una comunidad que no se olvida de quien la retrató con tanta hondura.

El escritor santiagueño José H. Figueroa Aráoz destacó, además, su capacidad para abordar episodios de la historia argentina, especialmente de la campaña emancipadora y la organización nacional, con rigor y fuerza poética:

 Poetiza episodios de la campaña emancipadora con exacta ilustración de los acontecimientos acaecidos en esas remotas épocas y consigue transmitirnos la significación del colosal esfuerzo de un puñado de hombres que desconocían el medio. Dalmiro es un prosista excelente, es un auténtico poeta argentino”.

La otra cara de su épica: el monte que ya no está

Leer hoy los poemas de Dalmiro es, al mismo tiempo, un placer estético y una experiencia agridulce. Muchos de los paisajes que describe con precisión casi táctil ya no existen tal como él los vio. El avance de la frontera agropecuaria, la tala indiscriminada y la falta de políticas de preservación transformaron radicalmente el monte santiagueño.

En este punto, su obra dialoga con otros grandes pensadores y escritores de la región, como Orestes Di Lullo o Bernardo Canal Feijóo, que también alertaron, desde temprano, sobre la destrucción del bosque nativo. En textos como “El bosque sin leyenda”, Di Lullo advertía que el desmonte no solo arrasaba con árboles, sino también con historias, mitos, modos de vida.

Dalmiro, por su parte, deja constancia de un bosque vivo, pleno de presencias humanas y sobrenaturales, de oficios y temores, de leyendas que se transmitían en voz baja alrededor del fuego. Su “Romance del bosque” no inventa un escenario; retrata uno que existió y que, en buena medida, se ha desvanecido.

Volver a sus versos, entonces, no es solo un ejercicio literario. Es también una invitación a reflexionar sobre el modelo de desarrollo que arrasó con aquel “verde país milenario” y a preguntarnos qué tipo de mundo queremos dejar a quienes vienen detrás.

Un maestro generoso y un final trágico

Más allá del reconocimiento público, quienes se acercaron a Dalmiro como aprendices o colegas recuerdan su enorme generosidad. Se confesaba siempre un servidor de la poesía y, lejos de encerrarse en su prestigio, alentaba a los jóvenes, se ofrecía a leer sus textos, corregirlos, sugerir formas y contenidos.

César Cisneros de la Hoz lo define como un “apóstol de la palabra” y resalta su influencia en nuevas generaciones. Para muchos, fue una especie de maestro silencioso, presente más en los consejos y las lecturas compartidas que en las grandes tribunas.

Su muerte tuvo ribetes trágicos, un final que, lejos de apagar su figura, reforzó la idea de que los poetas, en realidad, no mueren:

Su trágico final resulta el abono más rotundo para demostrarnos que los poetas no mueren, simplemente perduran en el fuego de sus letras”, escribe Cisneros de la Hoz.

Hoy, cada vez que un cantor entona uno de sus romances, cada vez que un lector vuelve a “Romancero del canto nativo”, esa presencia se reactualiza.

El silencio impuesto y la resistencia cultural

A pesar de los premios, las ediciones y la repercusión en vida, gran parte de la obra de Dalmiro Coronel Lugones cayó, con el tiempo, en una suerte de silencio institucional. No fue el único: otros grandes nombres de la cultura santiagueña, como Orestes Di Lullo, Bernardo Canal Feijóo, Pablo Raúl Trullenque u Horacio Germinal Rava, también padecieron una difusión desigual en el circuito nacional.

¿Las razones? Se pueden ensayar varias hipótesis. Una de ellas es la centralización cultural de la Argentina, que suele dejar en segundo plano las producciones del interior profundo. Otra, más incómoda, tiene que ver con los temas que abordaban estos autores: la pobreza, el desarraigo, la destrucción de la naturaleza, la denuncia de desigualdades históricas.

Preguntarse por qué sus obras fueron “condenadas al silencio”, como se señala en esta investigación, es también preguntarse qué voces se eligen amplificar y cuáles se prefieren calladas. Y, en ese debate, la figura de Dalmiro se vuelve emblemática.

Lo cierto es que, más allá de olvidos y omisiones, la cultura popular santiagueña se encargó de sostener su memoria. Sus versos se filtraron en canciones, sus libros circularon de mano en mano, sus anécdotas sobrevivieron en charlas de sobremesa. Ese tejido silencioso de memoria colectiva fue, y es, su verdadera trinchera de resistencia.

Volver al monte para no perder la memoria

Al terminar este recorrido por la vida y obra de Dalmiro Coronel Lugones, queda una sensación clara: no estamos solo frente a un poeta talentoso, sino ante una voz imprescindible para entender la identidad santiagueña y, por extensión, una parte profunda de la identidad argentina.

Su poesía devuelve al lector un país que a veces los discursos oficiales prefieren omitir: el de los montes arrasados, los ríos que resisten, las familias que parten por necesidad, los pueblos que viven entre la devoción y el desencanto. Pero también un país de belleza intensa, de tardes amarillas que se graban para siempre en la retina, de historias que siguen de boca en boca.

Rescatar su obra no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de futuro. En tiempos donde el extractivismo y la velocidad digital amenazan con borrar paisajes físicos y simbólicos, volver a los versos de Dalmiro es una forma de preguntarnos qué queremos preservar. Como advierten sus textos, no se trata solo de salvar árboles, sino de sostener lenguajes, memorias, sensibilidades.

Tal vez la mejor manera de honrarlo sea, justamente, hacer lo que él pedía de la poesía: transmitir un mensaje. Leerlo en las escuelas, cantarlo en las peñas, estudiarlo en las universidades, citarlo en debates sobre ambiente y cultura. Dejar que su voz, esa que se levantaba de madrugada en una máquina de escribir en La Banda, siga diciendo lo que tiene para decirnos.

Porque mientras en alguna parte se siga recitando un romance suyo, mientras alguien vuelva a mirar el atardecer santiagueño y lo nombre como “tarde amarilla”, Dalmiro Coronel Lugones no será un poeta del pasado, sino un compañero de viaje en este presente que todavía busca palabras para entenderse.

 

Fuentes consultadas

* Coronel Lugones, Dalmiro. “Romancero del canto nativo”. Archivo familiar de la familia Coronel Lugones.

* Di Lullo, Orestes. Prólogo a “Romancero del canto nativo”.

* Nasif, Alfonso. “Antología Poética Santiagueña”.

* Cisneros de la Hoz, César. “El Espíritu de Dalmiro Coronel Lugones perdurará en el paraíso de las letras”.

* Testimonios de Cergio Coronel (hermano de Dalmiro Coronel Lugones).

* Entrevistas y declaraciones de Adolfo “Bebe” Ponti, Lucas Cosci, Raly Barrionuevo, Juan Carlos Carabajal, Horacio Banegas y Sergio Luna, citadas en el dossier original.

* “El poeta que resiste al olvido…” por Jorge Galián, publicado en La Columna Digital. Disponible en:

 www.lacolumnadigital.com.ar

http://www.elortiba.org/foro/viewtopic.php?f=9&t=7350

Estas fuentes, combinadas con el archivo familiar y testimonios orales, permiten reconstruir la figura múltiple de un poeta que, contra todo olvido, sigue diciendo presente.


jueves, 26 de diciembre de 2024

Dalmiro Coronel Lugones describe al Río Dulce desde su nacimiento

Dalmiro Coronel Lugones describe al Río Dulce desde su nacimiento en las cumbres salteñas, su paso por Tucumán y su vida en nuestra provincia…. él presentía su partida.?

 


"Mishqui Mayu, Mishqui Mayu, las voces quichuas lo llaman"

Dice Dalmiro Coronel Lugones en su Romance del Río Dulce. Esta obra del notable poeta bandeño se hizo popular en todo el país al ser cantada por Alfredo Ábalos, luego de que Juan Carlos Carabajal y Horacio Banegas transformaran en zamba unas partes de ella. También han grabado Romance del Río Dulce: Horacio Banegas, Alberto Leguizamón, Onofre Paz, Migui Cáceres y muchos otros intérpretes, a cuál mejor.

El poema de Dalmiro Coronel Lugones describe al Río Dulce desde su nacimiento en las cumbres salteñas, su paso por Tucumán y su vida en nuestra provincia, donde recibe dulces sabores de miel y aloja, mientras su riqueza ictícola provoca malambos de garzas en los bañados causados por los desbordes.

Años antes, Eduardo Ávila había cimentado su fama de recitador apasionado, interpretando obras de Dalmiro Coronel Lugones junto a su cantar de chacareras, gatos, escondidos y zambas. “He de andar por otros rumbos, con ilusiones viajeras…” recita en Romance de la vuelta del santiagueño. “Destino del santiagueño: Vivir de sueños y ausencias.” Al leer sus versos, se percibe cómo Coronel Lugones estaba compenetrado con el ser y el sentir del pueblo santiagueño.

Dalmiro Coronel Lugones nació en La Banda el 20 de Julio de 1919. Contaba uno de sus hermanos que Dalmiro comenzó a escribir poesía cuando aún era niño. Ávido lector, iba creciendo culturalmente con el paso de los años. Inició una carrera universitaria, pero después prefirió dedicarse de lleno al arte, que era su pasión. Quienes han conocido de cerca a Dalmiro Coronel Lugones lo describen como un caballero elegante, gallardo y de trato amable, en el que se evidenciaba su riqueza cultural y su generosidad hacia quienes estaban comenzando en el arte. Ha sido una persona muy querida, tanto en nuestra provincia como en Buenos Aires y en los países adonde viajó por su actividad literaria, que logró gran trascendencia en vida del poeta bandeño. No sólo se dedicó a la poesía, sino también al estudio de la Historia santiagueña y argentina, hizo guiones cinematográficos, incursionó en el periodismo y en la política. 

 “Cuando me lleve el destino por otras huellas un día. Cuando ansias de andar me alejen de mis tardes amarillas, iré cargando bagajes de tristezas escondidas y soledad de distancias hincadas en mis pupilas… ¡Ay! Cuando un sueño me aleje de mis tardes amarillas, me acompañarán los cantos tristones de las urpilas. Vidalas de ausencias largas, cantando mi despedida y soledad de quimiles hecha adiós en sus espinas. ¡Cómo he de extrañar entonces, calor de tierra y de vida! ¡Cómo he de sentir la ausencia de mis tardes amarillas, mientras los parches legüeros se alarguen de lejanías y los ñanarcas me atajen, presintiendo mi partida!” Romance de mis tardes amarillas muestra un profundo amor por Santiago del Estero, al que supo conocer como pocos.

¿Por qué Dalmiro Coronel Lugones hablaba de tardes amarillas? ¿Habrá sido por esas tardes en que polvaredas suspendidas en el aire o presagios de lluvia hacen que Inti (el Sol) otorgue un tono amarillento al atardecer? ¿O tal vez se refería a la abundancia de flores amarillas en las primaveras santiagueñas? En este romance habla de espejos de represas donde las nubes se miran; cuando el Sol poniente ilumina esas puyus (nubes) suele tornarlas amarillas. En primavera abundan las sisas ckellus (flores amarillas), y en esta obra el poeta nombra tuscas floridas y jarillas. Pero es casi seguro que se habrá referido a los amarillos atardeceres, cuando el Sol mismo da idea de lejanía y golpea la nostalgia en la hora final del día.

Su amor por el terruño era su motivación para una fogosa apología permanente de la historia santiagueña, elogiando el valor de los próceres de nuestro pago y con una encendida defensa constante de los valores nacionales. Uno de sus poemas de inspiración histórica es Patricios Santiagueños: “Viene llegando a Santiago la patriota expedición. Ya se escuchan los clarines y el redoble del tambor” … “Son trescientos santiagueños, trescientos guerreros son; las espadas en las diestras, cara al viento y cara al Sol” … “Aquí aguardan los Patricios Santiagueños que alistó el bravo caudillo Borges, con heroica decisión.”

Supo conversar con la gente del pago, con el río, con los montes, con los campos. Conversó con los distintos ritmos nativos argentinos y escribió un poema para cada uno de ellos. En su poema Chacarera, le pregunta: “¿De dónde vienen tus sones, antigua voz de mi tierra? ¿De dónde traes tu hechizo de noches salamanqueras? ¿Junto a qué viejos fogones te improvisaron cuartetas? ¿En qué montes de Atamishqui te encontraron, chacarera? ¿Qué lunas de Salavina te incendian las polvaredas, cuando al son de tus mudanzas el arenal se despierta? ¿Qué salitrales y esteros vienen creciendo en la fiesta? ¿Qué salamancas te nombran en Loreto, chacarera?”

Cuenta el poeta Miguel Brevetta Rodríguez que en una carta del 20 de Septiembre de 1969, su amigo Dalmiro Coronel Lugones le anunciaba su partida, pero no se refería sólo a su partida hacia Buenos Aires, adonde extrañaría las santiagueñas tardes amarillas, sino que le hablaba de un fatídico presentimiento, como anunciando su partida definitiva. Exactamente dos años después, Santiago del Estero y el mundo de las letras sudamericanas fueron sacudidos por la trágica noticia: Dalmiro Coronel Lugones había sido asesinado en Buenos Aires. Seguramente las garzas del Mishqui Mayu habrán suspendido por un rato su malambo cazador para ver por qué los sauces llorones musitaban más tristes que de costumbre. Los atajacaminos habrán lamentado no haber podido atajar la partida.

Han pasado décadas desde aquel fatídico 20 de Septiembre de 1971. Dalmiro Coronel Lugones sigue vivo en las voces de recitadores que se conmueven con su obra poética, y cantores que interpretan las obras que fueran musicalizadas. Podemos encontrarlo también en sus libros Romancero del canto nativo y Tiempo de zamba y malambo.

Quedó una gran cantidad de obras inéditas del notable poeta Dalmiro Coronel Lugones. Un hermano y una sobrina han trabajado en el armado de un libro que contiene todo ese bagaje cultural.

Respondiendo a su anhelo: “Eres himno de mi pueblo, río crecido en mis venas. Por eso quiero tus coplas humildes cuando me muera, hechas responso en tu canto, chacarera santiagueña.

Fuente: Alero Quichua.  Cristian Verduc