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sábado, 1 de agosto de 2026

Recordando a Juan de Dios Gallo

 


Recordar es entrar en la tierra del pasado y más aún, cuando se recorren los surcos del ayer, los mismos quedaron sembrados con semillas del arte, en este caso el de la música.

Este pasado nos recuerda que Juan de Dios había nacido un 29 de abril, en el Viñalar y que su madre fue doña Teodora Suárez y que se casó con Zulema Beatriz Castillo, habiendo nacido de ese matrimonio, siete hijos.

La evocación nos lleva hasta el diario EL LIBERAL para encontrarnos con una publicación realizada el 14 de enero de 1976, es decir después de la muerte de "Gallito" (el falleció el 13 de enero). La crónica, titulada "Ha muerto un músico nato, Juan de Dios Gallo", refleja las particularidades de este gran creador.

Aptitudes

Violinista y músico de excepción, entregó su existencia desde los 15 años, con exclusividad, a la música nacional. Desde esa edad aprendió el secreto del instrumento, merced a su dedicación como discípulo del otrora bardo popular, Segundo Juárez.

Ya maduro, ya cada vez más avezado en su profesión, convocaba, gracias a su amplitud de conocimientos musicales, a innumerables artistas locales y nacionales –especialmente folcloristas–, para quienes escribía.

En esa noble y destacada misión, trabó amistad con Hugo Díaz y Leo Dan, de quienes era amigo y maestro. Don Andrés Chazarreta lo tuvo entre sus músicos y alumnos; José Gómez Basualdo también supo de las aptitudes artísticas de Juan de Dios Gallo al integrarlo a su compañía musical y de danzas nativas.

Realizó sus primeras apariciones a través del éter de la vieja LV 11. Más tarde, integró la orquesta del maestro Arnaldo Rodríguez y luego formó parte de "Los ases del tango", junto al "Morocho" Martín, Orlando Gerez, Fidel Lucero, Angel del Valle Paz, Américo Navarro y Jorge Lacuor.

Obras

En 1968 obtuvo el primer premio (una medalla) en el concurso de chacareras inéditas, con su inolvidable "Chacarera de las trincheras". Es autor de numerosos temas, entre los que se destacan "La barranquera", el tango "Enemigo de achicarse" y el vals "Mi pecado de amor".

Ahora bien, Carlos Carabajal, lo rememora diciendo que “lo conocía únicamente por la radio allá por el '46. Yo tenía 16 años de edad cuando lo conocí tocando. Fue cuando formó la orquesta con mi hermano Héctor. Fue un hombre muy bueno, alegre y, generalmente, un gran amigo.

Es largo el memorial que hace Carlos Carabajal sobre este prolífero autor. A su turno, Oscar Segundo Carrizo nos comentó que fue socio de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC), donde inscribió sus 80 obras musicales, entre las que se destacan: "A mi querida madre", "Nadie te conocía", "El cejeño", "El cara blanca" y "Mi pecado de amor", vals que compuso cuando aún era muy joven. La parte musical para piano lleva una variación a dos voces para bandoneón y está dedicada a Andrés Chazarreta.

En el mes de su natalicio recordamos a Juan de Dios Gallo, un grande en espíritu, amistad y en la música. Un hombre que vivió modestamente, casi en el anonimato, porque rehusó siempre a los halagos y ofrecimientos para integrarse a conjuntos famosos. (Eduardo Manzur | El Liberal 29/04/1993).

 

jueves, 30 de julio de 2026

Súpay, el rostro del mal en Santiago del Estero: las leyendas que aún estremecen al monte

Desde el temible Toro-Súpay hasta el Duende Sombrerudo que acecha a los niños durante la siesta, las leyendas santiagueñas han convertido al Diablo en una presencia constante dentro del imaginario popular. Relatos transmitidos de generación en generación mantienen viva la figura del mal, mezclando creencias, advertencias y el profundo misterio del monte.

 


¿Quién es el Súpay? El Diablo de las leyendas santiagueñas

En Santiago del Estero, el Diablo no es una figura abstracta ni un personaje lejano de los textos religiosos. Tiene un nombre propio: Súpay. Desde hace siglos, ocupa un lugar central en el universo de las leyendas populares y representa la encarnación del mal en sus múltiples formas.

Su presencia atraviesa historias narradas al calor del fogón, advertencias familiares y supersticiones que todavía sobreviven en la memoria colectiva. A veces aparece como un elegante caballero; otras, como un aterrador toro negro o un pequeño duende que recorre el monte durante las horas de la siesta. Cambia de aspecto, pero su propósito permanece inalterable: tentar, engañar y llevar a los desprevenidos hacia un destino trágico.

Como ocurre con muchas de las narraciones rescatadas por Leyendas del Folclore Santiagueño, estas historias no solo buscan provocar temor. Detrás de cada relato se esconden antiguas enseñanzas sobre la ambición, la fidelidad, el respeto por la naturaleza y los peligros de dejarse seducir por aquello que parece demasiado bueno para ser cierto.

El monte santiagueño: el territorio donde habita el Toro Súpay

La tradición popular sitúa al monte santiagueño como el territorio predilecto del Súpay. Entre quebrachales, senderos polvorientos y noches sin luna, los relatos aseguran que allí adopta su forma más espantosa: el Toro-Súpay.

La descripción es siempre inquietante. Se trata de un enorme toro negro, de poderosas mandíbulas, gruesos dientes y ojos que despiden chispas de fuego. Pocos afirman haberlo visto con claridad, pero muchos sostienen haber escuchado el estruendo de sus pezuñas y el profundo bufido que rompe el silencio de las madrugadas.

El simple sonido basta para sembrar el miedo. Porque, según la creencia popular, el Toro-Súpay no aparece por casualidad.

El pacto con el Diablo: la leyenda del Toro Súpay y la riqueza maldita

Entre las historias más difundidas se encuentra la del campesino que, cegado por la ambición, decide pactar con el Diablo.

La promesa resulta irresistible: abundante hacienda, excelentes cosechas y prosperidad económica. El precio, sin embargo, es absoluto. Debe entregar su alma y también su cuerpo al Súpay.

Los antiguos pobladores aseguraban que la prueba del pacto llegaba después de la muerte. Al abrir la sepultura, el cadáver desaparecía misteriosamente. Poco después también se esfumaban los animales, los bienes y toda la riqueza obtenida gracias al acuerdo demoníaco.

Así, la leyenda funcionaba como una advertencia contra la avaricia y el deseo desmedido de enriquecerse a cualquier costo.

La leyenda de la joven engañada por el Súpay

Entre todas las historias vinculadas al Súpay, ninguna resulta tan dramática como la que durante décadas contaron las abuelas a las muchachas próximas a casarse.

Dicen que hace mucho tiempo un joven matrimonio vivía feliz en el monte. Ella era dulce y hermosa; él, trabajador y profundamente enamorado de su esposa.

La belleza de la mujer despertó el deseo del Súpay. Para conquistarla abandonó su aspecto monstruoso y se presentó convertido en un apuesto joven vestido con lujosas prendas, montado sobre un magnífico caballo negro y equipado con ricos aperos.

La mujer quedó fascinada.

Antes de despedirse, el misterioso visitante le propuso un encuentro secreto esa misma noche. Le aseguró que un ave nocturna la conduciría hasta un lugar donde solo existirían el placer y la felicidad.

Cuando ella acudió a la cita, el falso galán le pidió una extraña condición: debía dejar sus ojos dentro de una pequeña olla mágica. No tenía nada que temer, le prometió; al regresar los encontraría todavía más negros y brillantes.

Confiando en aquellas palabras, la joven entregó la vista y siguió al desconocido.

El trágico final de la mujer seducida por el Diablo santiagueño

Horas después, el marido despertó y descubrió que su esposa había desaparecido. Desesperado, salió a recorrer el monte hasta encontrar la pequeña olla donde permanecían los ojos de la mujer.

Convencido de que había sido asesinada, regresó a su hogar dispuesto a esperar la luz del día para iniciar la búsqueda del responsable.

Pero antes del amanecer ocurrió lo inesperado.

El Súpay regresó junto a la joven. Al advertir que la olla estaba vacía y que los ojos ya no estaban allí, huyó cobardemente, abandonando a la muchacha en medio del bosque.

Ciega y desorientada, caminó sin rumbo entre los árboles hasta que los primeros rayos del sol acabaron con su vida. Más tarde, unos obrajeros que se dirigían a sus tareas encontraron el cuerpo.

El esposo nunca logró superar aquella tragedia. La leyenda cuenta que, al contemplar los ojos recuperados, pudo descubrir el frenesí de placer y locura que había dominado a la mujer mientras permanecía bajo el hechizo del Súpay. Esa visión lo acompañó hasta el final de sus días.

El Duende Sombrerudo o Ckaparilo: otra manifestación del Súpay

Las leyendas santiagueñas sostienen que nadie escapa a la influencia del Súpay, ni siquiera los más pequeños.

Cuando los niños desobedecían y se negaban a dormir la siesta para salir a cazar pajaritos o jugar con la honda, aparecía el Duende Sombrerudo. La tradición aseguraba que los asustaba y los golpeaba con su pesada mano de plomo.

Muchos lo conocen también como Ckaparilo, palabra quichua que significa "gritón". El personaje posee una habilidad inquietante: imita con absoluta precisión el canto y los sonidos de todos los animales del monte, aunque permanece invisible para quienes intentan encontrarlo.

Existe además otra característica que las historias repiten una y otra vez. El Duende, también llamado Petiso, es descrito como muy "chinitero". Le gusta rondar a las muchachas jóvenes y conquistarlas ofreciéndoles dulces a cambio de sus favores, una conducta que transformó a este personaje en otra de las advertencias tradicionales utilizadas por las familias para proteger a las adolescentes.

Las leyendas del Súpay y su legado en el folclore santiagueño

Las historias del Súpay forman parte de uno de los capítulos más fascinantes del patrimonio oral santiagueño. Más que simples relatos de terror, constituyen un legado cultural que durante siglos transmitió valores, advertencias y formas de comprender el mundo que rodeaba a las comunidades del monte.

En una época donde muchas tradiciones corren el riesgo de perderse, recuperar estas narraciones significa mantener viva una parte esencial de la identidad de Santiago del Estero. Cada leyenda conserva la voz de quienes la contaron junto al fogón, en las largas noches del interior o bajo la sombra de los quebrachos.

Desde Leyendas del Folclore Santiagueño seguimos recuperando estas historias para que las nuevas generaciones descubran la riqueza del folclore provincial y comprendan que, detrás de cada mito, también late una parte de nuestra historia. Porque mientras alguien vuelva a contar la leyenda del Súpay, el antiguo misterio del monte santiagueño seguirá vivo.

martes, 28 de julio de 2026

Bebidas ancestrales del norte argentino: un legado cultural entre el monte, la tradición y la memoria

Aloja, añapa, arrope, chicha y guarapo forman parte de un patrimonio gastronómico que hunde sus raíces en los pueblos originarios y en las comunidades rurales del noroeste argentino. Investigadores como Félix Coluccio, Orestes Di Lullo y Samuel Lafone Quevedo documentaron estas preparaciones, preservando un valioso testimonio sobre las costumbres alimentarias que durante siglos dieron identidad a regiones como Santiago del Estero.



El sabor de una cultura transmitida de generación en generación

Mucho antes de que las bebidas industriales llegaran a las mesas argentinas, el monte ofrecía frutos capaces de alimentar, refrescar y reunir a las familias. Algarrobos, chañares, mistoles, tunas y maíz constituían la materia prima de una serie de preparaciones que acompañaban la vida cotidiana de campesinos e indígenas del norte argentino.

Más que simples bebidas, estas recetas expresaban una manera de comprender el entorno natural. Eran el resultado de conocimientos transmitidos oralmente durante generaciones y de técnicas que combinaban observación, experiencia y aprovechamiento integral de los recursos disponibles.

Buena parte de este patrimonio llegó hasta nuestros días gracias al trabajo de investigadores y folklorólogos que dedicaron décadas a recopilar costumbres populares. Entre ellos sobresalen Félix Coluccio, autor de numerosas obras sobre folklore argentino; Samuel Lafone Quevedo, reconocido lingüista, arqueólogo y etnógrafo, y el santiagueño Orestes Di Lullo, médico, historiador y uno de los mayores estudiosos de las tradiciones culturales de Santiago del Estero.

La aloja, la "cerveza" del algarrobo

En su extensa investigación sobre las costumbres populares argentinas, Félix Coluccio describió a la aloja como una especie de "cerveza de algarroba". Su elaboración, ampliamente difundida en las zonas áridas del norte, aprovechaba las vainas maduras del algarrobo blanco, uno de los árboles más representativos del monte santiagueño.

Samuel Lafone Quevedo explicó que las vainas se molían y se colocaban junto con agua en un noque, recipiente confeccionado con cuero, o en un bilqui, una gran tinaja partida por la mitad. Allí comenzaba un proceso natural de fermentación que podía acelerarse agregando un poco de concho, es decir, el sedimento proveniente de una aloja ya elaborada, utilizado como fermento.

Después de pocas horas se obtenía una bebida fresca, ligeramente alcohólica y muy apreciada para combatir las altas temperaturas estivales. Con el paso del tiempo también surgieron variantes elaboradas con molle y maíz, adaptándose a los recursos disponibles en cada región.

Añapa, la bebida dulce nacida del algarrobo

Otra preparación profundamente vinculada con el monte santiagueño es la añapa, elaborada también a partir de las vainas del algarrobo.

Su proceso consistía en moler los frutos dentro de un mortero, humedecerlos gradualmente hasta deshacer completamente la pulpa y luego colar el líquido obtenido. El resultado era una bebida naturalmente dulce, refrescante y de gran valor energético.

Una receta recopilada en Santiago del Estero por Blanca Albornoz resume de manera sencilla este procedimiento tradicional: la algarroba, blanca o negra, se desarma con agua en el mortero; posteriormente se retiran los restos sólidos, se incorpora más agua y azúcar y finalmente se bebe el jugo, mientras la pulpa restante continúa aprovechándose.

Para Orestes Di Lullo, estas preparaciones evidencian la extraordinaria importancia que tuvo el algarrobo en la economía doméstica de los antiguos pobladores santiagueños, quienes encontraban en este árbol alimento, bebida, forraje y hasta materia prima para diversos utensilios.

El arrope, una antigua técnica de conservación

Aunque hoy suele utilizarse como jarabe o acompañamiento de postres, el arrope ocupó durante mucho tiempo un lugar destacado entre las bebidas tradicionales debido a su consistencia semilíquida.

Su elaboración demandaba varias horas de trabajo y una notable experiencia práctica. El procedimiento comenzaba con el pisado de entre diez y quince kilogramos de uva para obtener el mosto. Este se cocinaba lentamente en grandes pailas junto con pencas peladas de tuna y pequeñas cantidades de ceniza, elementos que favorecían la clarificación del líquido.

Tras retirar cuidadosamente las impurezas superficiales, el mosto se dejaba reposar antes de trasladarlo a otro recipiente, donde nuevamente se incorporaban pencas de tuna y cáscaras de huevo para perfeccionar la limpieza del líquido.

La cocción continuaba hasta que el volumen se reducía aproximadamente a menos de la mitad. Solo entonces el arrope alcanzaba la concentración adecuada y se retiraba del fuego para batirlo lentamente con cucharas de madera.

Además del clásico arrope de uva, los habitantes del monte elaboraban variantes utilizando frutos nativos como chañar, mistol, tuna y quiscaloro, aprovechando los ciclos naturales de cada especie.

La chicha y el legado de los pueblos originarios

Entre todas las bebidas tradicionales del norte argentino, la chicha ocupa un lugar singular por su origen prehispánico.

Consumida desde tiempos ancestrales por numerosas comunidades indígenas del actual noroeste argentino, esta bebida se obtenía mediante la fermentación del maíz. Félix Coluccio documentó distintos métodos de elaboración, entre ellos uno de los más antiguos: la utilización de la saliva humana para activar el proceso fermentativo.

La preparación reunía a toda la familia alrededor del fogón. Cada integrante masticaba una porción de masa de maíz y la depositaba posteriormente en un recipiente común. Las enzimas presentes en la saliva transformaban los almidones en azúcares fermentables, permitiendo la formación natural del alcohol.

Esta variedad recibió el nombre de chicha nuqueada y con el tiempo fue prohibida en algunas provincias, como Jujuy, debido a consideraciones sanitarias.

El cronista Ciro Bravo, por su parte, destacaba las propiedades medicinales que la tradición popular atribuía a esta bebida, señalando su reconocido efecto diurético y su utilización para aliviar afecciones urinarias.

Guarapo, la bebida del trabajador rural

Menos conocida que la aloja o la chicha, el guarapo desempeñó un papel fundamental en la vida cotidiana del campesinado.

Preparado mediante la fermentación de agua y miel, constituía una especie de hidromiel sencilla cuya principal función era combatir la sed durante las extensas jornadas de trabajo bajo el intenso sol del monte.

Era habitual que permaneciera cerca del lugar de labor, conservado dentro de calabazas secas, barriles, ollas o recipientes metálicos improvisados. Esa imagen, registrada por diversos recopiladores del folklore regional, refleja una escena cotidiana del mundo rural santiagueño durante buena parte de los siglos XIX y XX.

Un patrimonio que merece ser preservado

Las bebidas tradicionales del norte argentino representan mucho más que antiguas recetas. Constituyen una expresión tangible del conocimiento acumulado por generaciones que aprendieron a convivir con un ambiente exigente, aprovechando inteligentemente los recursos que ofrecía el monte.

Las investigaciones de Félix Coluccio, Samuel Lafone Quevedo y Orestes Di Lullo permiten comprender que detrás de cada vaso de aloja, cada jarro de añapa o cada paila de arrope existe una compleja trama de saberes populares, prácticas comunitarias y formas de organización social que contribuyeron a construir la identidad cultural del noroeste argentino.

En una época en la que numerosas tradiciones enfrentan el riesgo del olvido, recuperar estas bebidas significa también rescatar una parte esencial de la memoria colectiva. Son testimonios vivos de una cultura que encontró en la naturaleza no solo sustento material, sino también motivos para celebrar, compartir y fortalecer los vínculos comunitarios. Su permanencia en la memoria popular confirma que el patrimonio cultural no se conserva únicamente en los museos o en los documentos escritos: también sobrevive en los sabores, en las recetas heredadas y en las historias que continúan transmitiéndose de generación en generación.

 

viernes, 24 de julio de 2026

24 de julio: una fecha que guarda la memoria viva del folklore santiagueño

 Poetas, músicos, maestros y recopiladores que marcaron la identidad cultural de Santiago del Estero


 

Cada jornada del calendario tiene sus efemérides, pero algunas fechas parecen concentrar el espíritu de un pueblo. El 24 de julio es una de ellas para Santiago del Estero. Ese día nacieron figuras esenciales de la música, la literatura y la educación, y también se recuerda la partida de artistas cuya obra sigue resonando en peñas, festivales y reuniones familiares. Sus nombres quizás no siempre ocupen las primeras páginas de los libros de historia, pero continúan vivos en las chacareras, en los versos y en la memoria colectiva.

Fernando Peralta Luna, la voz que acompañó a una generación

El 24 de julio de 1984 falleció Fernando Peralta Luna, poeta, recitador y músico, una figura muy querida dentro del ambiente artístico santiagueño.

Su nombre estuvo íntimamente ligado al conjunto liderado por su hermano, Bailón Peralta Luna, donde se desempeñó como presentador y animador, aportando con su palabra el clima cálido y cercano que caracterizaba a aquellas actuaciones.

Después de su muerte se publicó el libro Aquí Santiago, una obra póstuma que permitió conservar parte de su legado literario y mantener viva la voz de un artista comprometido con la cultura de su tierra.

Alfredo Francisco Palumbo, "El Viejo", un bohemio de alma santiagueña


El 24 de julio de 1949 nació en Los Mimbres, departamento Silípica, Alfredo Francisco Palumbo, conocido por todos como "El Viejo".

Su vida estuvo atravesada por la música y la bohemia. Fue autor, compositor e intérprete, dueño de un estilo sencillo y profundamente ligado al paisaje santiagueño.

Sus primeros pasos los dio integrando el grupo "Yacaré", junto al arpista Claudio Valenzuela. Más tarde emprendió el camino como solista, desde donde desarrolló una extensa producción artística.

Uno de los momentos más importantes de su carrera llegó en 1996, cuando la chacarera Carnaval del monte, con letra de Ricardo Sgoifo, obtuvo el premio a la Chacarera Inédita en el Pre Festival Nacional de la Chacarera.

A lo largo de los años llevó sus composiciones por numerosos escenarios del país. Tucumán, Salta, Santa Fe, Buenos Aires y cada rincón cultural de Santiago del Estero recibieron sus canciones.

Entre sus obras más recordadas se encuentran Carnaval del monte, Galopa el duende en el río, Pashquil de sueños, Buscando palabras, Romance del herrero y la telera, escrita junto a Alberto Tasso, Como el coyuyo, De nochecita y Pobrecito el tupinambí, entre muchas otras.

Su historia llegó a su fin el 13 de junio de 2010, en Cafayate, aunque su repertorio continúa formando parte del cancionero popular.

Francisco Benicio "Soco" Díaz, uno de los grandes guardianes de la chacarera


Otra de las figuras que nacieron un 24 de julio fue Francisco Benicio "Soco" Díaz, en 1899, en Salavina.

Guitarrista, mandolinista y bandoneonista, integró junto a su hermano Julián "Cachilo" el célebre dúo Los Hermanos Díaz, considerado uno de los pilares fundamentales del folklore santiagueño.

La autenticidad de su música despertó la admiración de grandes referentes nacionales. Atahualpa Yupanqui, Arnedo Gallo, Cacho Valles y otros destacados artistas viajaron hasta Santiago del Estero para conocerlos y descubrir los secretos de la chacarera tradicional.

Su repertorio dejó composiciones que hoy forman parte del patrimonio musical argentino. Entre ellas sobresalen La amorosa, junto a Cacho Valles; El Pintao; La Olvidada, creada con Atahualpa Yupanqui; La Vieja, La Enredadora, La Alabanza, Don Fermín y La Brea Corral.

Falleció el 12 de noviembre de 1948, pero su influencia continúa presente en innumerables músicos que encontraron en Los Hermanos Díaz una escuela de autenticidad.

Cristóforo Juárez, el maestro que convirtió la poesía en canción


El 24 de julio de 1900 nació en el paraje Cuyoj, departamento Banda, Cristóforo Juárez.

Fue maestro rural, director de escuela, presidente del Consejo General de Educación, escritor y poeta. Sin embargo, su legado trascendió las aulas para instalarse definitivamente en la cultura santiagueña.

Juárez fue socio fundador de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en Santiago del Estero, del CEBIL de La Banda y miembro del histórico grupo intelectual La Brasa.

Su obra literaria quedó reflejada en libros como Cantares, Reflejos del salitral, La vara prodigiosa y Llajtay.

Pero probablemente su mayor trascendencia popular llegó gracias a las canciones nacidas de sus poemas. Integrantes de la familia Carabajal musicalizaron muchos de sus textos, convirtiéndolos en clásicos del repertorio folklórico.

Así nacieron obras como La pockoy pacha, junto a Carlos Carabajal; Rubia Moreno y Pampa de los Guanacos, con Agustín Carabajal; Marinera, Tata Nachi, A la sombra de mi mama y El chasqui Venancio Caro, junto a Carlos Carabajal; además de Achalay tierra mojada, con Los Hermanos Ríos, y Quishcaloro quishcaloro, junto a Manuel Jugo.

Murió el 10 de mayo de 1980, dejando una producción literaria que continúa alimentando el folklore santiagueño.

José Hilario Gómez Basualdo, el hombre que hizo bailar a la tradición


El 24 de julio de 1981 falleció José Hilario Gómez Basualdo, uno de los más importantes recopiladores y maestros de danzas folklóricas del país.

Había nacido en Santiago del Estero el 14 de enero de 1907 y desde muy joven comenzó a formarse bajo la influencia de su tío, Narciso "Nachi" Gómez.

Más tarde integró el histórico conjunto de Arte Nativo dirigido por Andrés Chazarreta, considerado el gran difusor del folklore argentino.

En 1925 decidió emprender su propio camino. Se desvinculó del conjunto de Chazarreta y fundó su propia academia, con la que recorrió distintas provincias difundiendo las danzas tradicionales.

Su aporte fue extraordinario. Aunque no ejecutaba instrumentos musicales, creó nada menos que 27 danzas folklóricas, una producción excepcional para la época.

Entre las más conocidas se destacan El Huayra Muyoj, La Cortejada, El Túaj, Danza de la Telesita, La Siempre Alegre y El Kakuy, coreografías que aún hoy forman parte del repertorio de academias y ballets folklóricos de todo el país.

Una fecha que resume el espíritu cultural de Santiago

El 24 de julio no es simplemente una fecha más dentro del calendario santiagueño. Es un día que reúne historias de músicos, poetas, docentes, escritores y recopiladores que dedicaron su vida a preservar la identidad de una tierra donde la cultura se transmite de generación en generación.

Las chacareras de "Soco" Díaz, la poesía de Cristóforo Juárez, la bohemia creativa de Alfredo Palumbo, la palabra de Fernando Peralta Luna y el inmenso trabajo de José Hilario Gómez Basualdo son piezas de un mismo legado. Un patrimonio construido con guitarras, versos, escenarios, escuelas y academias que sigue latiendo en cada festival, en cada peña y en cada santiagueño que encuentra en el folklore una forma de contar quién es.

Recordarlos no es un simple ejercicio de memoria. Es reconocer que la cultura de un pueblo también se sostiene gracias a esas figuras que, con talento y compromiso, lograron que la voz de Santiago del Estero continúe resonando mucho después de su tiempo.

jueves, 23 de julio de 2026

Julio Argentino Jerez, el poeta que hizo de la nostalgia una bandera santiagueña

A 126 años de su nacimiento, recordamos al creador de "Añoranzas", una de las obras más emblemáticas del folclore argentino y un verdadero símbolo de la identidad cultural de Santiago del Estero.

 


Hay artistas que trascienden por la cantidad de obras que dejaron. Otros, en cambio, alcanzan la inmortalidad porque una sola creación basta para resumir el sentimiento de todo un pueblo. Julio Argentino Jerez pertenece a esta última categoría. Su nombre quedó unido para siempre a "Añoranzas", la chacarera doble que, con el paso de las décadas, se convirtió en el himno sentimental de los santiagueños.

Este 23 de julio se cumplen 126 años de su nacimiento. Es una fecha propicia para volver sobre la vida de un hombre irrepetible, un poeta bohemio que encontró en la música la mejor manera de expresar el amor por su tierra y el dolor de vivir lejos de ella.

Un niño nacido entre el monte y las leyendas

Julio Argentino Jerez nació el 23 de julio de 1900 en Cuyoj, departamento Banda, cuando el monte santiagueño era mucho más que un paisaje: era un universo de historias, sonidos y creencias populares.

Entre algarrobos y quebrachos, el canto del kakuy, el lamento del crespín y las leyendas de la Telesita y la Salamanca formaban parte de la vida cotidiana. Ese mundo profundo, cargado de símbolos y de poesía, dejó una huella imborrable en su sensibilidad.

Años después, su familia se trasladó a la ciudad de La Banda, donde completó la escuela primaria. Sin saberlo, aquel pueblo ferroviario comenzaba a moldear la personalidad de quien llegaría a ser uno de los grandes rapsodas del folclore argentino.

La guitarra, su compañera inseparable

Los que conocieron a Julio Jerez lo describían como un hombre singular. Bohemio, de espíritu libre, reservado y profundamente sensible, parecía vivir guiado únicamente por la inspiración.

Nunca buscó los caminos fáciles ni las fórmulas del éxito. Su compañera más fiel fue siempre la guitarra, el instrumento que lo acompañó desde la juventud hasta los últimos días de su vida.

Con ella recorrió escenarios, reuniones de amigos y largas noches de inspiración. Pero también compartió silencios, nostalgias y desvelos.

Era un artista distinto. Muchos estudiosos del folclore coinciden en que no se pareció a ningún otro compositor de su época y que tampoco dejó herederos artísticos capaces de reproducir la intensidad emocional de su obra.

El viaje que cambió su vida

Como tantos santiagueños durante la primera mitad del siglo XX, Julio Jerez debió abandonar su provincia para buscar un futuro en Buenos Aires.

Tenía apenas veinte años cuando el tren partió desde La Banda rumbo a la gran ciudad. Sin embargo, aunque el viaje trasladó su cuerpo, su corazón permaneció en Santiago del Estero.

Ese desarraigo marcaría para siempre su producción artística.

Lejos del monte, de los amigos y de los paisajes de la infancia, comenzó a escribir canciones atravesadas por la melancolía, la memoria y el deseo permanente de regresar.

La soledad también dejó su huella. Algunas versiones hablan de desilusiones amorosas y profundas heridas sentimentales que nunca logró superar. En lugar de ocultarlas, las transformó en poesía.

Por eso sus versos conservan una autenticidad que todavía conmueve.

"Añoranzas", la canción que se volvió patrimonio de un pueblo

Hablar de Julio Argentino Jerez es hablar inevitablemente de "Añoranzas".

La chacarera doble no solo representa el punto más alto de su carrera como compositor, sino también una de las obras más importantes de toda la música folklórica argentina.

En sus versos logró expresar un sentimiento universal: la nostalgia de quien se encuentra lejos del lugar donde nació.

Cada estrofa parece escrita para esos santiagueños que debieron emigrar buscando trabajo o nuevas oportunidades, pero que nunca dejaron de soñar con volver al pago.

No sorprende, entonces, que la Legislatura de Santiago del Estero la haya declarado Himno Cultural de la provincia a fines de la década de 1990. Más que una canción, "Añoranzas" es una parte esencial de la memoria colectiva santiagueña.

El recuerdo de Lito Bayardo

Una de las imágenes más conmovedoras sobre la vida de Julio Jerez fue narrada por el compositor Lito Bayardo, amigo personal del poeta.

Durante la inauguración del busto que hoy recuerda al autor sobre la avenida que lleva su nombre en la ciudad de La Banda, Bayardo compartió un recuerdo que ayuda a comprender quién era realmente aquel hombre.

Contó que los domingos por la tarde, en el patio de su casa de Buenos Aires, rodeado por edificios y acompañado únicamente por su guitarra, Julio Jerez se sentaba a cantarle a Santiago del Estero.

Lo hacía con los ojos humedecidos por la emoción.

Entonces pronunció una frase que quedó para siempre asociada al rapsoda bandeño:

"Jerez los domingos a la siesta, solamente acompañado por su guitarra, le cantaba a su pueblo con lágrimas en los ojos, porque si tuvo algo de noble y bueno es que nunca olvidó su origen."

Es difícil encontrar una descripción más precisa de un hombre cuya vida estuvo atravesada por el amor a su tierra.

Un juglar sin imitadores

Julio Argentino Jerez fue mucho más que un músico o un compositor.

Fue un poeta popular capaz de transformar experiencias personales en emociones compartidas por miles de personas.

Su obra nunca respondió a las modas ni buscó el aplauso fácil. Escribía desde la memoria, desde las ausencias y desde un profundo sentido de pertenencia.

Quizás por eso sigue siendo una figura única dentro del folclore argentino.

No fundó una escuela artística ni dejó discípulos que continuaran exactamente su camino. Su legado es mucho más profundo: dejó una forma de sentir el folclore, de escribir la nostalgia y de cantar a la tierra natal.

Un legado que el tiempo no pudo borrar

Han pasado 126 años desde aquel nacimiento en Cuyoj y varias décadas desde su partida física. Sin embargo, Julio Argentino Jerez continúa presente en la voz de cada cantor que interpreta "Añoranzas", en cada festival folklórico y en cada santiagueño que vive lejos de su provincia.

Porque hay canciones que sobreviven al paso del tiempo y hay autores que terminan convirtiéndose en patrimonio de su pueblo.

Julio Argentino Jerez pertenece a esa categoría excepcional. Su guitarra ya no suena, pero sus versos siguen viajando de generación en generación, recordándonos que las verdaderas raíces nunca se pierden y que el amor por la tierra natal puede convertirse, cuando encuentra la palabra justa, en una obra eterna.

viernes, 17 de julio de 2026

El galope que forjó la Patria: Venancio Caro, el chasqui secreto de Belgrano

Mientras los generales firmaban documentos en los escritorios, hombres como este santiagueño arriesgaban la vida en el lomo de un caballo para conectar al Ejército del Norte con la retaguardia. A más de dos siglos de aquellas gestas, el folklore y la memoria popular mantienen vivo el eco de sus cascos.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño 

Solemos imaginar la Independencia argentina gestada en los grandes salones, entre plumas, tinteros y los mapas desplegados por los generales. Sin embargo, la verdadera columna vertebral de nuestra emancipación se fraguó en el lomo de los caballos, en el polvo asfixiante de los caminos reales y en el silencio heroico de los mensajeros. Indagar en figuras como la de Venancio Caro es comprender que la historia no solo se escribió con tinta, sino también con sudor, lealtad y el galope incansable de los hombres del pueblo.

Un hombre del monte, un chasqui de confianza

Para entender a Venancio Caro, primero debemos viajar en el tiempo y despojarnos de las tecnologías actuales. En el contexto de la Guerra de la Independencia, no existían los telégrafos ni las rutas pavimentadas. La información era el recurso más valioso y, a la vez, el más peligroso de transportar.

Aquí es donde entra en escena el "chasqui". Adoptado del quechua por los criollos, este término designaba a un mensajero a caballo, una suerte de correo secreto de altísima confianza. Venancio Caro era un hombre de la tierra, un santiagueño que conocía como la palma de su mano la topografía agreste, los atajos del monte y las postas de la provincia. Esa sabiduría ancestral del territorio lo convirtió en una pieza clave para la supervivencia de la causa revolucionaria.

El llamado de Belgrano y la retaguardia santiagueña

Corría el año 1812. El General Manuel Belgrano acababa de asumir el mando del Ejército del Norte y enfrentaba un desafío titánico: reorganizar las tropas tras el heroico Éxodo Jujeño y prepararse para los choques decisivos de Tucumán y Salta. En ese tablero de ajedrez, Santiago del Estero no era un mero espectador, sino el pulmón logístico de la retaguardia; la provincia que proveía mulas, caballos, víveres y milicianos.

Belgrano necesitaba mantener un hilo comunicante rápido y discreto con los caudillos y autoridades locales santiagueñas. Venancio Caro, ya sea por elección directa o por el fervor patriótico que lo llevó a ofrecerse, fue el elegido. Su destreza ecuestre, su resistencia física inquebrantable y su lealtad a la causa lo transformaron en el portador oficial de los "oficios" del General.

 El peso de la guerra en las alforjas

¿Qué llevaba Venancio Caro en su viaje? Mucho más que simples cartas. Los registros históricos y la tradición oral coinciden en que sus alforjas cargaban con el destino de la Nación. Sus "partes de guerra" incluían:

*   Órdenes de reclutamiento para engrosar las milicias locales.

*   Solicitudes urgentes de remesas de caballos y mulas, vitales para la caballería y el traslado de la artillería.

*   Informes de inteligencia sobre los movimientos del ejército realista, fundamentales para mantener alerta a la población civil.

*   Comunicados de victoria, como los que llevaron la alegre nueva del triunfo de Tucumán en septiembre de 1812, inyectando moral en un pueblo agotado.

Su misión era clara y vital: llevar el correo de Santiago, galopando caminos largos y esquivando peligros en un tiempo convulsionado donde un mensaje a tiempo podía significar la diferencia entre la libertad y la derrota.

La inmortalidad en una zamba

La historia oficial a veces olvida a los hombres de a pie, pero el folklore es la memoria emocional de los pueblos, y allí Venancio Caro encontró su inmortalidad. Su figura quedó grabada para siempre en la hermosa zamba "El Chasqui Venancio Caro", con la pluma del poeta santiagueño Cristóforo Juárez y la música del inigualable maestro Carlos Carabajal.

La canción trasciende la obra de arte para convertirse en un documento histórico. La tradición cuenta que Caro murió "de viejo" a los "ciento trece años cabales". Más allá de la exactitud biográfica, esta cifra simboliza la resistencia, la longevidad de la memoria y una dedicación absoluta a la patria. Cuando escuchamos aquello de *"con oficio de Belgrano, cuentan trompetas de fama", no estamos solo cantando; estamos escuchando el eco de ese galope que ayudó a forjar nuestra identidad.

El legado de los héroes anónimos

Venancio Caro representa a esa legión de patriotas semianónimos de la historia argentina. No usaba uniforme de general, ni su nombre figura en los grandes decretos, pero su contribución fue igualmente decisiva. Sin chasquis como él, las órdenes de Belgrano se habrían perdido en el monte, y la coordinación entre el Ejército del Norte y el pueblo de Santiago del Estero se habría desmoronado.

La historia no es solo un conjunto de fechas y batallas; es el relato de las personas que cabalgaron para que hoy podamos caminar en libertad. La próxima vez que el viento del norte traiga los acordes de aquella zamba inmortal, o al cruzar un camino de tierra en nuestra querida provincia, deténgase un segundo. Cierre los ojos. Quizás, entre el polvo y el tiempo, aún pueda escuchar el galope de Venancio Caro.

Dúo Santiagueño Suarez Palomo


 

9 de Julio de 1974 - Según cuenta la historia, el dúo santiagueño Suárez-Palomo, integrado por Vicente Eduardo “Morenito” Suárez y Pedro Palomo nació en esta fecha, en una reunión familiar de la calle Unzaga del barrio Cáceres, en la ciudad Capital. Por esas cosas de la vida, ambos se desvincularon del conjunto vocal “Los Tobas”, agrupación de la que Suárez formó parte desde los 9 comienzos del año 1958.

Fue un duro comienzo porque había que comenzar una nueva etapa, actuando en todo festival y peña que se realizaba en la Capital e interior de la provincia, hasta que, en 1980, logran actuar en el Festival Nacional de Cosquín y se abrieron muchas puertas.

Los contrató el sello Polygram, grabando 4 discos. Finalizado el contrato con Polygram, el dúo grabó con EMI Land 2 discos.

Suarez: Nacido en el campo santiagueño en la localidad de Yacu Nioj que significa "Aquí hay agua" en el idioma quechua, Brea Pozo en el Departamento San Martin. Hijo de padres ganaderos, descendiente de ancestros con firmes inclinaciones musicales folclóricas tradicionales, las cuales influirían en su vida personal y desarrollo musical autóctono.

Su abuelo materno tocaba el arpa y la guitarra, al igual que sus tías abuelas. Allí se germinarían sus deseos por las artes musicales tradicionales. Integro el conjunto “Los Tobas” a la edad de 21 años. En aquel entonces sus integrantes eran: "Meneco" Taboada: 2da Guitarra y 2da voz, Cesar Báez: 2da Guitarra y 2da y 3ra voz, Mario Ledesma: 1ra y 2da guitarra, barítono, Morenito Suarez: 1ra voz y bombo. Posteriormente se integraría Pedro Palomo como 5to integrante.   El seria 1ra y 2da guitarra y 2da y 3ra voz. Más tarde Lolo Barrionuevo reemplazaría a Cesar Báez. Seria 2da y 3ra voz y Bombo.

Palomo: Nacido en el seno de una familia humilde, nació en la localidad de Sauce Bajada, Departamento Robles en la provincia de Santiago del Estero. Aprendió a tocar la guitarra de ''puro travieso'', su papa no le quería enseñar a tocar por la ''Mala fama'' que tenían los músicos de ese entonces. Pero Pedro se dio mañas para aprender y así llego a ser quien fue en la vida.

Sus raíces musicales se fueron forjando con el tiempo, dedicación y sacrificio. Él se impuso normas de vida para llegar a superarse y demostrarles a sus padres que podía llegar a ser alguien en la vida. Integro "Los Tobas" a la temprana edad de 17 años, aportando su inconfundible tercera voz.

La historia del dúo llega a su fin el 28 de Julio de 2011 cuando falleció Pedro Palomo.

Yo quiero que todos me recuerden como un hombre que llevó en su sangre la tradición santiagueña, a la que defendí y llevé en mi corazón encendido por cuantos lugares he andado en este hermoso camino de cantarle a la tierra mía, Santiago del Estero”.

Ese era una de los deseos de Vicente Suárez, “Morenito” para todos, quien falleció a los 78 años el 1 de Octubre de 2014, a las 20, en un centro médico de Santiago del Estero. Y con él se fue uno de los últimos exponentes del folclore tradicional de esa “amada tierra de mis mayores”, como también solía afirmar cada vez que le preguntaban de su querencia.

Fuente: Las Peñas de Santiago Del Estero

 

lunes, 13 de julio de 2026

De Acequias y Palacetes: Un Paseo por el Santiago que el Tiempo (Casi) se Llevó

 

Acequia Belgrano

¿Alguna vez te detuviste en medio de la Avenida Belgrano, cerraste los ojos e intentaste imaginar cómo sonaba esta ciudad hace cuatro siglos? Probablemente hoy escuches el rugido de los colectivos y el murmullo incesante del comercio, pero si pudiéramos viajar en el tiempo, el sonido protagonista sería otro: el del agua corriendo con fuerza por una acequia antigua.

Santiago del Estero, nuestra "Madre de Ciudades", no solo es cuna de poetas y cantores; es un rompecabezas de historias fascinantes que a menudo pisamos sin darnos cuenta. Hoy te invito a que nos tomemos un café virtual y charlemos sobre esos rincones, edificios y decisiones que transformaron nuestra fisonomía urbana. ¡Prepárate, porque hay datos que te van a volar la cabeza!

El "río" que dividía la calle: La mítica Acequia Real

Imagínate esto: corría el año 1577. Mientras en el resto del mundo pasaban cosas de libros de historia antigua, aquí ya se estaba construyendo una obra de ingeniería asombrosa. La Acequia Real (o Acequia Belgrano) no era un simple zanjón; era una arteria vital de más de 5 kilómetros de largo que corría justo por donde hoy caminas para ir al centro.

Aquí es donde la historia se pone interesante y un poco misteriosa. ¿Quién la hizo realmente?

La versión mística: Muchos dicen que fueron los Jesuitas, conocidos por su destreza constructiva.

La versión oficial: Existe una carta del 20 de marzo de 1557 enviada por el Gobernador Gonzalo de Abreu y Figueroa al Virrey del Perú, lo que le da el crédito legal a él.

Lo más nostálgico es pensar en la alameda gigantesca que la bordeaba. Era un túnel verde de álamos que refrescaba la ciudad. Lamentablemente, en 1970, bajo una visión de "modernización" del gobierno de Carlos Jenssen, la acequia fue entubada y los árboles talados. Un golpe ecológico que los santiagueños de pura cepa todavía lamentan.

De Casa de Gobierno a Joya Cultural

Si hay un edificio que se roba todas las miradas frente a la Plaza Libertad, es el actual Centro Cultural del Bicentenario (CCB). Pero, ¿sabías que no siempre fue ese faro de cultura?

Construido en 1866 por los hermanos Cánepa durante el gobierno de Manuel Taboada, nació para ser el Cabildo y la Casa de Gobierno. Ubicado estratégicamente en la esquina de Libertad y Tucumán, este edificio ha visto pasar toda nuestra historia política. Fue recién en 1988 cuando se lo declaró Monumento Histórico Provincial, protegiendo para siempre sus paredes cargadas de secretos.

La Casona de los Taboada: El "Multiespacio" del Siglo XIX

A la vuelta, en Buenos Aires al 100, se encuentra la casona construida en 1870 por Gaspar Taboada. Si crees que los espacios de coworking son modernos, esta casa te lleva la delantera. A lo largo de los años, allí funcionaron:

  La primera oficina de Telégrafos.
La primera oficina de Teléfonos.
La redacción del diario El Liberal.
¡Y hasta el Círculo de Ajedrez!

 

El lujo de la Belgrano: 80 Chalets y una Boite

Hubo una época, no tan lejana, en la que la Avenida Belgrano parecía un catálogo de arquitectura europea. Entre el barrio Jorge Newbery y Campo Contreras, se erigían aproximadamente 80 chalets impresionantes.

Nombres como Los Hoyos, el del Gobernador Cáceres, o los de las familias Bagnato y Corvalán, eran sinónimo de elegancia. ¿Lo más curioso? En esa zona también funcionaba una Cancha de Pato y la mítica boite "Fantasius", donde la juventud de otras décadas gastaba la suela de sus zapatos.

El tren que llegaba a la puerta de casa

Hoy nos parece una locura, pero el 12 de octubre de 1884, el ferrocarril llegó literalmente hasta la Plaza Libertad. ¡Imagínate el humo y el silbato del tren en pleno centro!

Tuvimos dos estaciones principales que marcaron épocas:

Estación Belgrano: (Libertad y Pringles). Originalmente del Central Córdoba, hoy es el querido Parque Oeste.

Estación Mitre: (Perú y Alvear). De trocha ancha, el lugar donde hoy funciona el moderno FÓRUM.

El tren no solo traía gente; traía el progreso que permitió, por ejemplo, que en 1904 se inaugurara el servicio de agua corriente y en 1905 se levantara el imponente edificio del Banco Nación.

Secretos en las paredes y cambios de nombre

¿Alguna vez te sentiste observado en la calle Libertad al 400? No es tu imaginación, son los Atlantes de Piedra. Estas figuras colosales que sostienen la estructura frente a la Plaza Libertad fueron creadas por el arquitecto y escultor Rafael Delgado Castro a principios del siglo XX. Son, sin duda, los guardianes más antiguos del centro.

Pero no todo fue piedra y construcción. Los años 70 trajeron cambios drásticos, incluso en cómo llamamos a nuestros barrios. ¿Sabías que muchos de ellos tenían nombres mucho más pintorescos antes de que el gobierno de facto los rebautizara?

Chimillo pasó a ser Reconquista e Independencia.

Tala Pozo se convirtió en Almirante Brown.

Las Cejas fue renombrado como Don Bosco.

Incluso la naturaleza sufrió: en esa época se eliminó la platabanda de hermosos lapachos que adornaban las avenidas Sáenz Peña y Pedro León Gallo. Una decisión que, al igual que la tala de la alameda de la Belgrano, nos dejó una ciudad un poco más calurosa y menos colorida.

Un legado que late

Santiago del Estero es mucho más que sus calles adoquinadas en 1916 o el gas natural que llegó en 1951. Es una ciudad que supo ser industrial, con el Ingenio Saint Germes (1881) como símbolo de tecnología punta, y que supo reinventarse una y otra vez.

Desde el viejo matadero municipal de 1907 (que luego fue mercado y hoy es Jefatura de Policía) hasta la puesta en valor del Complejo Taboada en 2024, nuestra identidad está grabada en cada ladrillo puesto por los Cánepa, Delgado Castro o los pioneros anónimos.

Caminar hoy por Santiago es recorrer un libro abierto. La próxima vez que pases por la Belgrano, recordá que bajo tus pies alguna vez corrió un canal de agua cristalina y que, a tu alrededor, la historia sigue viva, esperando a ser contada.

¿Cuál de estos datos te sorprendió más? ¿Te imaginas cómo sería Santiago hoy si todavía tuviéramos esa acequia bordeada de álamos? La próxima vez que camines por el centro, levanta la vista: siempre hay un detalle del pasado esperando a saludarte.

* Este artículo fue realizado con información del Archivo Gráfico Cultural Santiagueño de Omar Sapo Estanciero, un guardián incansable de nuestra memoria colectiva.

sábado, 11 de julio de 2026

La Banda y el sonido de un legado: el bandoneón que hizo historia en Santiago del Estero

En el Día Nacional del Bandoneón, un recorrido por la vida de Iber Ruiz y el extraordinario semillero de músicos que convirtió a La Banda en una de las ciudades con mayor tradición bandoneonística del país.

 

Imagen: Archivo gráfico Omar Estanciero

Cada 11 de julio, la Argentina celebra el Día Nacional del Bandoneón, una fecha instituida para recordar el nacimiento de Aníbal "Pichuco" Troilo, figura inmensa del tango y uno de los mayores intérpretes que haya conocido el instrumento. Sin embargo, la conmemoración también invita a mirar más allá de Buenos Aires y descubrir otras geografías donde el bandoneón encontró una voz propia.

Una de ellas es La Banda, ciudad santiagueña donde el sonido del fuelle acompañó durante décadas bailes populares, festivales, reuniones familiares, peñas y escenarios de todo el país. Allí, el bandoneón no fue únicamente un instrumento musical: fue una forma de contar la vida, de expresar la nostalgia y de acompañar tanto el tango como el folclore.

Entre los grandes nombres que dio esa tierra se encuentra Iber Ruiz, nacido el 11 de julio de 1926. Su nacimiento coincide, curiosamente, con la fecha en la que hoy se celebra el Día Nacional del Bandoneón, una coincidencia que parece resumir el destino de quien dedicaría toda su vida a ese instrumento.

Un músico formado entre grandes maestros

La historia artística de Iber Ruiz comenzó bajo la guía del maestro Salvador Carfí. Integró su orquesta y recibió de él una sólida formación musical que marcaría para siempre su carrera.

Aquellos años de aprendizaje le permitieron desarrollar un estilo refinado, sensible y versátil. Su bandoneón podía recorrer con la misma naturalidad la intensidad dramática del tango y la riqueza melódica del folclore argentino, dos universos musicales que supo interpretar con igual compromiso.

Esa capacidad lo llevó a compartir escenarios con artistas de enorme prestigio. Entre ellos se destacan el inolvidable Polaco Goyeneche, una de las voces más representativas del tango argentino; Alba Solís, figura emblemática del género ciudadano; y la destacada cantante Nelly Vázquez.

Quienes lo conocieron recuerdan a Iber Ruiz como un músico respetuoso del oficio, de técnica impecable y profundo sentido interpretativo. No necesitaba gestos grandilocuentes para emocionar. Bastaban el aire contenido en el fuelle y la delicadeza de sus frases musicales para transmitir aquello que muchas veces las palabras no alcanzan a decir.

Su fallecimiento, ocurrido en La Banda el 18 de febrero de 2006, dejó un vacío entre colegas, amigos y amantes de la música popular. Sin embargo, su obra permanece viva en el recuerdo de quienes compartieron escenarios con él y en la memoria cultural de la provincia.

Una ciudad donde el bandoneón echó raíces

Hablar de Iber Ruiz es hablar también de una tradición mucho más amplia.

Durante buena parte del siglo XX, La Banda fue una verdadera cantera de bandoneonistas. En sus barrios crecieron músicos que aprendían de oído, otros que estudiaban con maestros y muchos que alternaban presentaciones en orquestas típicas con actuaciones en conjuntos folclóricos.

El bandoneón encontró allí un lugar singular. Mientras en otros puntos del país permanecía asociado casi exclusivamente al tango, en Santiago del Estero dialogó naturalmente con chacareras, zambas, gatos y escondidos.

Ese encuentro entre dos universos musicales dio origen a un modo particular de interpretar el instrumento, con una identidad profundamente santiagueña.

No resulta extraño, entonces, que tantos músicos destacados hayan nacido o desarrollado su carrera en esta ciudad.

Una generación irrepetible

Quienes tuvieron la fortuna de escucharlos coinciden en una idea: hubo una generación extraordinaria de bandoneonistas.

Cada uno poseía un estilo propio. Algunos privilegiaban el virtuosismo técnico; otros se destacaban por la sensibilidad de sus interpretaciones; varios fueron grandes acompañantes de cantores y conjuntos folklóricos; otros brillaron en orquestas de tango.

Pero todos compartían un mismo compromiso con la música.

Esa generación estuvo integrada por Rafael Ingrata, Zoco Díaz, José Gerez, Luis Ríos, Andrés Ríos, Antonio Ríos, Miguel Simón, Federico Yocca, Juan Juárez, Dante Jiménez, Ramón Reyes, Guillermo González, Pedro Ríos, Roberto Roldán, Dante Díaz, Arturo Aranda, Roberto Carrizo, Exequiel Luna, Lázaro Loto, Gregorio Jiménez, Carlos Acuña, Mariano Moreno, Luis Sequeira, Miguel Aguirre, René Paz, Ramón Gil, Miguel Vicelli, Félix Vicelli, Manuel Autalán ("Chunga"), Héctor Castro ("Castrito"), Alberto Arce, "Alico" Rodríguez, Virgilio Ponce, Pascual Medina, "Fierrito" Aranda, Dermidio Castillo, Fidel Lucero, "Masho" Uñates, "Tito" Cabrera, Juan Herrera, Alberto Pérez ("Huesito"), Antonio Villavicencio, Sixto Díaz, Hernán Jugo, Antonio Boix, Iber Ruiz, "Carucho" Ingrata, "Sastre" Juárez, Ignacio Herrera, Raúl Mansilla, Marcelo Bustamante, Raúl Maldonado, Armando Orellana, Gabriel Esper, Cacho Figueroa, "Paquito" Santillán, Nico Cura, Oscar Carrizo, "Chacho" Noriega, Carlos Toledo, Rubén Ledesma, Fermín Leguizamón, Raúl "Trapo" Ponce y Carlos Juárez.

Detrás de cada uno de esos nombres hay historias familiares, noches de ensayo, festivales, carnavales, peñas y celebraciones populares. Muchos de ellos enseñaron a nuevas generaciones; otros dejaron discípulos que continúan interpretando el repertorio tradicional. Todos, de una u otra manera, ayudaron a construir el patrimonio musical de Santiago del Estero.

Mucho más que un instrumento

El bandoneón tiene una historia singular. Nació en Alemania durante el siglo XIX con fines religiosos y terminó encontrando en la Argentina un destino completamente distinto.

Aquí se transformó en el alma del tango, pero también supo adaptarse a las músicas regionales. En Santiago del Estero adquirió una personalidad especial. Se mezcló con el bombo legüero, con las guitarras criollas y con las voces de los cantores populares, aportando matices melancólicos y una riqueza sonora inconfundible.

Cada fuelle abierto parecía contar una historia distinta: la del trabajo, la del monte, la de los caminos polvorientos, la del amor, la despedida o el regreso.

Una memoria que sigue sonando

Recordar a Iber Ruiz y a los numerosos bandoneonistas bandeños es mucho más que un ejercicio de nostalgia. Es reconocer el valor de hombres que hicieron de la música una forma de preservar la identidad de su pueblo.

En tiempos donde las tradiciones necesitan nuevos espacios para seguir vivas, sus trayectorias adquieren un significado renovado. Son parte de una memoria colectiva que merece ser contada, difundida y transmitida.

Cada 11 de julio, cuando el país homenajea al bandoneón, también es oportuno volver la mirada hacia La Banda, esa ciudad que durante décadas respiró música entre sus calles y que regaló al folclore y al tango un puñado de intérpretes inolvidables.

Porque mientras exista alguien dispuesto a abrir un fuelle y dejar escapar sus primeras notas, el legado de Iber Ruiz y de todos aquellos bandoneonistas santiagueños seguirá resonando, como un eco persistente, en la identidad cultural de la provincia y en el corazón mismo de la música argentina.

El Algarrobo en la medicina Popular