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viernes, 18 de septiembre de 2026

El Canal Matriz del Río Dulce: una obra que cambió Santiago del Estero

Nace en el Azud Derivador Los Quiroga, al norte del área metropolitana, y forma parte de una extensa red de riego que transformó el paisaje productivo santiagueño. Hoy, su recorrido por zonas rurales, periurbanas y urbanizadas plantea nuevos desafíos ambientales y territoriales.



Hay obras que terminan formando parte del paisaje hasta volverse casi invisible. Están ahí todos los días, pero pocas veces nos detenemos a pensar para qué fueron construidos o qué lugar ocupan en la vida de una región. El Canal Matriz del Sistema de Riego del Río Dulce es una de ellas.

Su historia está ligada al agua, a la producción y al crecimiento de La Banda y Santiago del Estero. Para entender su importancia hay que empezar por el lugar donde todo comienza.

El punto de partida se encuentra en el Azud Derivador "Ing. Carlos Michaud" , conocido popularmente como Dique Los Quiroga , sobre el río Dulce, aproximadamente veinte kilómetros al norte de la capital provincial y en las proximidades de la localidad de Los Quiroga. Allí, una obra hidráulica permite derivar parte del caudal del río hacia el sistema de riego. Desde ese punto nace el Canal Matriz, conductor principal de agua de esta red.

El canal se desarrolla por la margen izquierda del río y, a medida que avanza, se conecta con una extensa red de canales secundarios y terciarios que distribuyen el agua hacia áreas productivas de los departamentos Banda, Capital, Robles y otras zonas bajo riego. Las estimaciones sobre la superficie potencial servida por el sistema varían según la fuente y el criterio utilizado, pero se ubican aproximadamente entre las 110.000 y 120.000 hectáreas.



Es una infraestructura de enorme importancia para la producción provincial. Pero para comprenderla no alcanza con mirar el trazado de los canales. También hay que mirar el territorio que se fue formando alrededor.

Un canal en un territorio que cambió

Cuando se proyectó el sistema de riego, el paisaje era predominantemente rural. Había campos, áreas de cultivo y pequeños asentamientos. La relación entre el canal y las actividades agrícolas era mucho más directa.

Con el paso de las décadas, ese escenario fue cambiando.

La expansión de La Banda y del área metropolitana de Santiago del Estero incorporó nuevas viviendas, caminos, actividades comerciales, instalaciones productivas y otros usos del suelo en espacios que antes tenían un carácter principalmente rural.

Por eso, no resulta preciso imaginario al Canal Matriz como un cauce que simplemente atraviesa de manera lineal las ciudades de La Banda y Santiago del Estero. Es más adecuado pensarlo como un corredor hidráulico que se inserta en un territorio donde se mezclan áreas rurales, zonas productivas, espacios periurbanos y sectores urbanizados.

Esa proximidad entre la infraestructura de riego y las actividades humanas genera nuevas relaciones. Y también nuevos problemas.

El agua y lo que encuentra a su paso.

La calidad del agua de un sistema de riego no depende solamente de las condiciones existentes en el punto donde comienza su recorrido. A medida que avanza, el canal entra en contacto con distintos ambientes y puede recibir aportes de procedencias diversas.

En las áreas urbanas y periurbanas, una de ellas es la escorrentía superficial: el agua que circula sobre calles, terrenos y otras superficies después de las lluvias y que puede arrastrar sedimentos, residuos y distintas sustancias presentes en el suelo.

También pueden producirse aportes vinculados con residuos sólidos o descargas clandestinas. En las zonas agrícolas, por su parte, el agua puede transportar partículas de suelo y materiales asociados a las actividades productivas y al manejo de las tierras.

La presencia de estos aportes no significa que todos tengan la misma magnitud ni que produzcan necesariamente los mismos efectos. Para saber qué ocurre realmente en cada sector hacen falta estudios específicos, mediciones y controles sostenidos.

Un estudio realizado sobre el sistema fluvial asociado al Azud Los Quiroga registró variaciones en distintos parámetros de calidad del agua y destacó la importancia de continuar con el monitoreo del recurso. Esto resulta especialmente relevante en un sistema destinado al riego y que, al mismo tiempo, se encuentra relacionado con un territorio donde se desarrollan numerosas actividades humanas.

Hay una diferencia importante entre observar y medir. La presencia de residuos o algún cambio visible en el agua puede llamar la atención, pero por sí sola no permite determinar su calidad físico-química o microbiológica. Para eso se necesita análisis.

El problema también es territorial.

Hablar del Canal Matriz, entonces, no significa hablar solamente de contaminación. También significa hablar de cómo se fue ocupando y transformando el territorio.

El sistema de Los Quiroga representó un cambio importante para Santiago del Estero. La posibilidad de derivar y distribuir de manera organizada las aguas del río Dulce permitió ampliar las áreas bajo riego y sostener actividades productivas que dependen de la disponibilidad de agua.

Pero las ciudades siguieron creciendo.

Con el tiempo, la separación entre lo rural y lo urbano se volvió menos clara en numerosos sectores. Las viviendas, los caminos y las nuevas actividades comenzaron a convivir con una infraestructura hidráulica diseñada varias décadas atrás, cuando las condiciones del territorio eran diferentes.

Ese cambio obliga a mirar el sistema desde varios ángulos. No alcance con pensar únicamente en la conducción del agua. También ingresa en juego el uso del suelo, el crecimiento urbano, la actividad agrícola, el cuidado ambiental y la planificación del territorio.

El Canal Matriz continúa cumpliendo la función para la que fue construida: conducir agua desde el sistema de Los Quiroga hacia una extensa red de riego.

Lo que cambió, y mucho, es el territorio que lo rodea.

Por eso, seguir su recorrido es también una manera de observar la transformación de Santiago del Estero. Desde el azud sobre el río Dulce hasta las áreas productivas y periurbanas vinculadas con La Banda y la capital provincial, el canal permite ver cómo una obra hidráulica pensada para la producción terminó integrada a un territorio donde hoy conviven agricultura, urbanización y nuevas demandas ambientales.

El agua sigue su curso. El desafío está en entender qué ocurre a su alrededor mientras avanza.

Fuentes consultadas

  • Secretaría de Ciencia y Tecnología de Santiago del Estero. Plan Estratégico de Ciencia, Innovación y Tecnología 2023-2030. Eje Ambiental: Agua .
  • Castiglione, Antonio V. Geografía Histórica de Santiago del Estero .
  • Mattar, M. y otros. Estudios sobre calidad de agua y sistemas de riego del Río Dulce.
  • Universidad Católica de Santiago del Estero (UCSE). Documentación técnica sobre el Complejo Los Quiroga.
  • Investigaciones sobre el Sistema de Riego del Río Dulce y calidad de aguas en publicaciones académicas y técnicas regionales.

martes, 15 de septiembre de 2026

Agua en tierras de sequía: el sueño de transformar el río Dulce

En la Santiago del Estero de mediados del siglo XX, el problema no parecía ser solamente la falta de agua, sino la dificultad para aprovecharla. Mientras el río Dulce podía alcanzar crecidas de 2.400 metros cúbicos por segundo, extensas regiones de la provincia sufrían la desecación de sus bañados y el retroceso de la agricultura y la ganadería. En ese escenario, una obra iniciada en 1938 y proyectada para entrar en servicio en 1949 aparecía como una de las grandes apuestas para transformar la relación de Santiago con sus ríos.



Hay una imagen que resume una de las grandes contradicciones de Santiago del Estero: un río que desborda de agua junto a tierras que padecen sed. En una provincia acostumbrada a los períodos de sequía, las crecidas del río Dulce podían convertirse en una fuerza difícil de contener. Pero, al mismo tiempo, buena parte de esa enorme cantidad de agua terminaba perdiéndose lejos de las zonas que más podían necesitarla.

Esa contradicción estaba en el centro de las grandes obras hidráulicas que se proyectaban en la provincia. Entre ellas, el Dique Los Quiroga ocupaba un lugar destacado. Su construcción había comenzado en junio de 1938, al norte de la ciudad capital, y una década después se encontraba en plena ejecución. Para principios de 1949 se esperaba terminar el dique junto con su Canal Matriz y la red de canales destinada al riego de las tierras de la margen izquierda del Dulce.

La obra, por lo tanto, no era un proyecto recién iniciado. Llevaba años de construcción y planificación. Y las expectativas que despertaba eran enormes.

Una obra que comenzó en 1938

El Dique Los Quiroga comenzó a construirse en junio de 1938 con fondos de la Nación y un presupuesto de 20 millones de pesos. Su finalidad principal era regular las aguas del río Dulce y destinarlas al riego de una extensa zona agrícola.

El proyecto contemplaba inicialmente una superficie de unas 40.000 hectáreas bajo riego. Pero esa cifra representaba solo una primera etapa. Una vez que el sistema estuviera en funcionamiento, se estimaba que el área beneficiada podría llegar a 100.000 hectáreas.

La obra incluía el dique, un Canal Matriz y una red de canales para distribuir el agua hacia las tierras de la margen izquierda del río. No se trataba simplemente de levantar una estructura sobre el cauce. El propósito era crear un sistema que permitiera aprovechar el agua de manera regular y ampliar las posibilidades productivas de la región.

Mientras tanto, durante la década de 1940, las obras avanzaban y el río seguía mostrando la magnitud de sus crecidas.

Cuando el Dulce llevaba 2.400 metros cúbicos por segundo

El informe del ingeniero Martín Malinar, quien dirigía por entonces la construcción del dique por disposición de la Dirección de Agua y Energía de la Nación, registraba un dato que permite dimensionar la fuerza del río.

Durante una de las últimas crecientes, el Dulce llegó a pasar por las obras en construcción a razón de 2.400 metros cúbicos por segundo.

El dato resultaba significativo. Allí estaba el agua, abundante, corriendo con enorme fuerza frente a una provincia que en otros momentos del año podía sufrir justamente lo contrario: la escasez necesaria para sostener cultivos, animales y poblaciones.

La cuestión, entonces, no era solamente cuánta agua tenía Santiago. Era cómo aprovecharla.

El Dique Los Quiroga buscaba dar una respuesta a ese problema. Regular las crecidas permitiría que el agua no dependiera exclusivamente de los ciclos naturales del río y pudiera ser conducida hacia las tierras destinadas a la producción.

1949: la fecha prevista para terminar la obra

Hacia fines de la década de 1940, el proyecto entraba en una etapa decisiva. La documentación de la época señalaba que para principios de 1949 estaría terminado el Dique Los Quiroga, junto con su Canal Matriz y la red de canales de riego.

La secuencia es importante para entender el proyecto: la construcción había comenzado en 1938 y, durante los años siguientes, las obras fueron avanzando hasta llegar a una etapa que, hacia 1948, se presentaba como próxima a su finalización.

La expectativa era que el nuevo sistema comenzara a prestar servicio a la agricultura santiagueña cuanto antes.

Después de esa primera etapa estaba prevista otra obra: una usina hidroeléctrica con capacidad para 1.500 kilovatios. Su presupuesto ya había sido aprobado por el Gobierno nacional.

El proyecto tenía así dos objetivos. Primero, ampliar y regular el riego. Después, aprovechar también el recurso hídrico para generar energía.

En las obras, además, los trabajadores se organizaban bajo una gran cooperativa, presentada en aquel momento como un ejemplo de organización.

El problema iba más allá del dique

Pero el Dique Los Quiroga no podía resolver por sí solo la cuestión del agua en toda la provincia.

Al sudeste, departamentos como Atamisqui, Salavina y Quebrachos habían conocido épocas de mayor prosperidad agrícola y ganadera. La dinámica del río Dulce había sido fundamental para esa riqueza.

Las crecidas llegaban a los bañados y aportaban agua para los cultivos y el ganado. Con el tiempo, sin embargo, esa dinámica se había alterado.

El texto de la época señalaba que las importantes extracciones de agua realizadas a la altura de la ciudad capital reducían el volumen de las crecidas, acortaban su duración e incluso podían anular su llegada a determinadas zonas.

El efecto sobre aquellos territorios era profundo. La progresiva desecación de los bañados había privado a las tierras de cereales y forraje verde. Con menos alimento disponible, la explotación ganadera fue decayendo y también se produjo una disminución de la población.

Era la otra cara del problema. Mientras en un sector de la provincia se construía una gran obra para aprovechar el agua, otras regiones sufrían porque las crecidas ya no llegaban como antes.

La propuesta de guardar el agua

El diagnóstico de la época no consideraba irreversible esa situación. La alternativa planteada era aprovechar técnicamente las aguas de las crecidas del Dulce que terminaban perdiéndose en la laguna Mar Chiquita.

Al llegar a los departamentos mencionados, el río se dividía en numerosos brazos que distribuían el caudal de manera irregular. La propuesta consistía en sistematizar esa red de cauces y construir pequeños diques de embalse.

La idea era retener parte del agua durante las crecientes para disponer de ella después, cuando el río ya no tuviera el mismo caudal.

Según aquellas estimaciones, las obras permitirían contar con agua durante siete u ocho meses e incluso durante todo el año, suficiente para producir cereales y algodón y sostener la alimentación de personas y animales.

La propuesta también recuperaba una memoria de prosperidad. Se recordaba que esa región había producido trigo y ganado para las provincias vecinas y que había llegado a contar con más de cuarenta molinos harineros a piedra.

El agua aparecía, entonces, como una condición fundamental para intentar recuperar aquella capacidad productiva y una población que había ido disminuyendo.

Un horizonte de 300.000 hectáreas

La mirada sobre el aprovechamiento del agua no terminaba en el río Dulce ni en el Dique Los Quiroga.

El planteo de la época sostenía que el caudal medio del Dulce era suficiente para abastecer el riego de medio millón de hectáreas. Si se conseguían embalsar los excedentes de las grandes crecidas, Santiago podría llegar a regar holgadamente unas 300.000 hectáreas.

La comparación con otras provincias servía para reforzar esa expectativa. Tucumán, según aquella perspectiva, no podía regar mucho más que las 200.000 hectáreas que cultivaba. San Juan, con una superficie agrícola semejante, lograba buenos resultados gracias al riego abundante, la parcelación de la tierra y una explotación intensiva.

El argumento era concreto: Santiago tenía tierras, clima y recursos hídricos, pero necesitaba infraestructura y una forma más racional de aprovechar el agua.

El río Salado también formaba parte de ese horizonte. El texto señalaba que Salta no podía aprovechar la totalidad de sus aguas y que existía un sobrante que Santiago podía utilizar mediante obras de embalse.

Entre ellas aparecía el proyecto de Jume-Esquina, considerado técnicamente resuelto y señalado como una obra de ejecución prioritaria. Su aprovechamiento permitiría, según aquellas estimaciones, incorporar otras 50.000 hectáreas a la producción agrícola, particularmente en el departamento Figueroa.

El sueño de hacer que el agua se quedara

Mirado desde aquel momento histórico, el Dique Los Quiroga representaba mucho más que una obra de infraestructura. Formaba parte de una visión sobre el futuro productivo de Santiago del Estero.

La cronología permite entender mejor esa apuesta. La construcción comenzó en junio de 1938. Durante la década siguiente las obras continuaron avanzando. Hacia 1948, el dique era presentado como una obra próxima a terminarse. Para principios de 1949, estaba prevista la finalización del dique, el Canal Matriz y la red de canales de riego. Después debía avanzar la construcción de la usina hidroeléctrica proyectada.

Pero detrás de esas fechas había una preocupación mucho más antigua.

Santiago podía tener agua en abundancia durante las grandes crecidas y, al mismo tiempo, sufrir largos períodos de escasez. El problema no era únicamente cuánto agua había en los ríos. También era cómo almacenarla, conducirla y distribuirla.

Por eso, aquella expresión, "Agua en tierras de sequía", conserva una fuerza particular. Resume una contradicción que atravesó la historia de la provincia: un río capaz de correr con 2.400 metros cúbicos por segundo y, no muy lejos de allí, tierras esperando una crecida que ya no llegaba.

El gran desafío era transformar esa abundancia momentánea en un recurso disponible durante más tiempo. El Dique Los Quiroga nació dentro de ese propósito: hacer que el agua del río Dulce dejara de ser solamente una crecida que pasa y pudiera convertirse en una herramienta para producir, sostener poblaciones y darle nuevas posibilidades a la tierra santiagueña.