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viernes, 8 de mayo de 2026

El viaje de la empanada: Crónica de un manjar sin fronteras

Desde las tabernas medievales de Europa hasta el corazón de la mesa criolla, la empanada guarda el secreto de los pueblos que la moldearon. ¿Cuál es el origen de este tesoro que "chorrea hasta el codo"?

Por Leyendas del Folclore Santiagueño 

 


Se dice que una buena empanada no solo se come, se conquista. Hay que saber abordarla, entender su temperatura y, sobre todo, respetar su historia. Aunque hoy la sentimos tan nuestra como el sol de mayo, este bocado colosal es el resultado de un mestizaje de siglos, civilizaciones y viajes transatlánticos.

  Un origen que se pierde en el tiempo

A pesar de ser el plato estrella de nuestras festividades, los historiadores no han logrado ponerse de acuerdo sobre su acta de nacimiento. Investigadores de la talla de Eugenio Pereira Salas u Oreste Plath han buscado sin éxito el sitio exacto donde la primera masa envolvió al primer relleno.

Lo que sí sabemos es que su rastro es milenario. Ya en el siglo XIII, la empanada era una figura recurrente en la gastronomía española, aunque muchos sugieren que fueron los moros quienes, durante sus siglos de dominio en la península, legaron esta técnica de encerrar guisos en masa. Incluso en Baviera, el vocablo "Parrada" resuena en las reuniones alemanas, recordándonos que la idea de un pan relleno es una solución universal al hambre y al viaje.

  La llegada a tierras americanas

A Chile y al Río de la Plata, la empanada llegó antes de que las ciudades terminaran de poblarse. Los registros nos llevan incluso a la sacristía de la Catedral de Santiago, donde un cuadro de la Santa Cena que data de 1962 (conservando tradiciones iconográficas mucho más antiguas) la muestra en la mesa más sagrada de la historia.

En estas tierras, la empanada se transformó. Se encontró con los Mapuches, quienes ya conocían el concepto bajo el vocablo "Pirru" —el picadillo de carne, cebolla y ají—. Fue en este encuentro entre la técnica europea y el sabor indígena donde nació la empanada criolla que hoy veneramos: horneada o frita en grasa, siempre con el toque de color y el picante justo.

De la "Empanada Electoral" al honor de la mesa

Hubo un tiempo, cuenta la historia política, en que la empanada fue incluso un arma de seducción electoral. En las campañas de antaño, se utilizaban como instrumentos de coerción; pocos podían resistirse a un bocado bien condimentado. Sin embargo, con el tiempo, esa "empanada política" se envileció. Como bien señalaba Sarmiento y luego Orestes Di Lullo, aquellas versiones electorales terminaron siendo "bolsas de masa cruda", llenas de papa y cebolla, elaboradas con la prisa del negocio y no con el esmero del arte.

Afortunadamente, frente a la especulación y la producción en masa, la empanada casera resistió. Esa que se trabaja por decoro y propia estimación, donde el espíritu de quien cocina queda encerrado entre las dos hojuelas de masa.

  El secreto de Santiago

Para los puristas, especialmente en Santiago del Estero, la elaboración es un rito de responsabilidad tradicional. La masa de harina de trigo debe ser acariciada con salmuera, grasa y leche. El relleno, o "pasta", exige carne de vaca ligeramente sancochada, acompañada con la generosidad del huevo duro, las pasas de uva, el comino y el ají del monte, todo frito en abundante grasa de vaca.

Dato Histórico: Cuando estas mismas piezas se fríen en grasa en lugar de ir al horno, bajo otra forma, reciben tradicionalmente el nombre de pasteles.

Hoy, al morder una empanada que "chorrea", estamos probando siglos de historia. Es un recordatorio de que, a pesar de los cambios en los tiempos y las modas, el paladar criollo no ha perdido su gusto. La empanada sigue siendo ese refugio de sabor donde la probidad y el esmero de la cocinera o el cocinero vencen a la prisa del mundo moderno.

Basado en los textos de Orestes Di Lullo y registros históricos de Locos x Santiago.

sábado, 31 de mayo de 2025

Historia de la empanada



Desde hace siglos, las empanadas han sido populares en Europa. Incluso los mapuches aportaron su propio vocablo: "pirru". En la gastronomía española, ya figuraban en el siglo XIII, pero su origen se remonta aún más atrás, siendo un alimento común en gran parte del continente. Hoy, en Baviera, perdura el término "parrada", usado en las festivas reuniones alemanas.

La empanada llegó a Chile incluso antes de que Pedro de Valdivia concluyera la colonización. Con el tiempo, se convirtió en un plato criollo, horneado o frito en grasa, relleno de "pirru"—término indígena para el picadillo de carne, huevo, pasas, cebolla, color y ají.

Pese a las investigaciones, los historiadores no han logrado determinar el origen exacto de este manjar. Ni siquiera estudiosos tan dedicados como Eugenio Pereira Salas o el folklorólogo Oreste Plath han podido desentrañar su misterio. Las empanadas se pierden en el tiempo, entre civilizaciones y culturas.

Un dato curioso: en la sacristía de la Catedral de Santiago de Chile, se conserva un cuadro de La Santa Cena (1962) donde aparece una empanada. Además, algunos vinculan este icónico alimento con la cocina morisca, hipótesis plausible si consideramos que este pueblo dominó España durante siglos, dejando una profunda huella en sus tradiciones culinarias.


La Empanada

 

Créditos: Locos x Santiago

Y ahora toca el turno a la famosa empanada. ¿Habrá que repetir lo dicho por Sarmiento sobre ella?

La empanada santiagueña, como, en general, la empanada provinciana, pierde su característica específica si no destila hasta el codo un jugo escurridizo y delicioso, que hay que sorberlo con mañosa habilidad.

Pero Sarmiento tendría hoy poca razón si, como lo hizo, pudiera o quisiera referirse a la empanada electoral, que, por lo bien condimentado, era antes, instrumento de coerción e imposición, ya que muy pocos osaban resistir la tentación de comérsela.

Hoy, esta arma, ha venido a quedar en desuso, no porque la empanada no sea capaz de perturbar la conciencia del electorado, sino porque las que se usan con dichos fines tienen de todo menos de empanadas. Son bolsas de masa cruda, llenas de papas y cebollas, y elaboradas en tan gran cantidad y tan premiosamente, que, aun queriendo, acaso fuera imposible comunicarle aquel su sabroso gusto, de tanta fama para nuestras empanaderas.

Luego, han cambiado los tiempos. Antaño era un placer trabajarlas por decoro, por propia estimación. Se ponía empeño en la obra, y algo del espíritu de uno se encerraba con la pasta entre las dos hojuelas de masa.

Hoy se especula con la ganancia ilícita sobre todo en las elecciones, en que una nueva moral las asimila a la condición de meros negocios, y de los cuales, como los políticos, sacan las empanaderas, a costa de su probidad y decoro, un provecho mejor.

Es por esta razón que no fascinan ya las bateas y cestas de empanadas, sino que, por el contrario, constituyen para los partidos instrumentos perjudiciales, ya que el elector que las prueba, si vive, suele votar generalmente en contra, lo cual demuestra, de paso, que el paisano no ha perdido aún su gusto pese a cuanto se ha dicho en este sentido.

Pero si las empanadas electorales, como todas las cosas de la política, han sufrido tan rudo y bastardo envilecimiento, las empanadas caseras, preparadas con el antiguo sentido de la responsabilidad tradicional, continúan haciendo las delicias del paladar criollo.

Mas hay que saberlas elaborar. Una empanada santiagueña requiere cuidados en la preparación de la masa y de la pasta.

La masa de harina de trigo debe ser mojada con salmuera, grasa y leche. Asimismo, la pasta, de carne de vaca ligeramente sancochada, debe ir acompañada con prodigalidad de huevos duros, pasas de uvas, cebollas, sal, pimienta, ají del monte, comino, que se fríen aparte en abundante grasa de vaca. Rellenada la masa con esta pasta, y listas las empanadas, se las lleva al horno, o se fríen en grasa, en cuyo caso y bajo otra forma, reciben el nombre de pasteles.

Orestes Di Lullo

Retratando Silipica, Santiago del Estero

Empanadas federales

 


Sabido es que el origen de las empanadas es árabe.  Por cierto, no la palabra “empanada”, pero sí la peculiar forma de envolver un relleno en una masa.  En la Argentina hay tantas empanadas como provincias, lo que resulta especialmente exacto a propósito de las del Norte y de Cuyo.  Típicas son las salteñas, las tucumanas, las mendocinas, las riojanas, variedad a la que se contrapone la casi absoluta ausencia de otras bonaerenses o característicamente litoraleñas, por no decir de la Patagonia.

Aclaremos que, por supuesto, las patagónicas no existen porque muy tardíamente se establecieron en esa región pobladores criollos y no hubo tiempo para que madure y se diversifique una tradición de ese tipo; en cuanto a las provincias litorales, presuntivamente cabe atribuir la carencia, o bien a lo esmirriado de la organización social, o a lo caro que costaban el trigo y otros cereales en la primera etapa colonial, tal vez hasta desanimar el hábito popular de hacer masas.

De hecho, Buenos Aires, ciudad puerto, era bien propia para la instalación de comerciantes y ganaderos, pero no un buen lugar para que arraigaran en él contingentes numerosos de andaluces de prosapia árabe, de ésos que habrían conformado la base más sufrida y amplia de la inicial corriente inmigratoria sobrevenida con la Conquista y que, bajando desde la zona altoperuana, conformó lo que sería la intendencia de Salta del Tucumán, abarcadora de las actuales provincias de Salta, Jujuy, Catamarca, Tucumán y Santiago del Estero.

Desde esta perspectiva, cabe entender por qué nuestra arquetípica empanada arraigó con tanta fuerza en el noroeste del país y en Cuyo, y mucho menos en la cercanía de los grandes ríos.  Cuando la pampa comenzó a desarrollarse, surgieron las estancias, hubo peonadas y esbozos de familias, así como puestos e incipientes poblados.  La rudimentaria socialización tuvo sus reuniones y sus fiestas, en las que nunca faltaban el asado y las empanadas, elaboradas siempre a la manera de las del Noroeste.  Y con esos sabores llegó también la empanada a la ciudad puerto y se entronizó en las reuniones de las casas familiares, aparte de ser muy gustadas por el pueblo bajo, que seguramente a él se dirigía el pregón que transcribe la historia escolar.  “Empanaditas calientes pa´que se quemen los dientes”.

Empanada propia

Pero en tiempos de Rosas, primera mitad del siglo XIX, parece que Buenos Aires quiso no ser menos y tener asimismo su empanada propia, aspiración ingenuamente vinculada, por el nombre, con la tendencia política del momento.  Fueron las “empanadas federales”, que luego se conocieron en la pampa húmeda y a las que también se llamó “empanadas de misia Manuelita”.  Porque es verdad que a la hija del Restaurador la atraía el arte de la cocina y cabe admitir como no improbable que ella misma haya sido la inventora del curioso relleno que las distinguía.

Estas “empanadas federales” no incorporaban a su relleno carne vacuna sino de gallina o pollo hervido y, extrañamente, incluían el agregado de peras cortadas en cubos y cocidas con azúcar y clavo de olor, lo que las dotaba de un cierto toque dulzón también propio de otras empanadas provincianas.

Lo cierto es que las “federales” fueron muy apreciadas, contando al respecto la leyenda que la “niña” misma, en persona, las hacía realmente apetitosas.  Después se abandonaron y hoy son empanadas bonaerenses perdidas en el tiempo, de las que sólo quedan rastros en la referencia de los tradicionistas.

Receta

Ingredientes

Taza de pollo o gallina (hervida y cortada)

3 Cebollas

4 Peras

1 Clavo de olor

Sal ají molido

Cucharaditas de grasa

1 ají verde

2 Cucharaditas de azúcar

100 g de aceitunas verdes picadas

Agua caliente

Pimienta Pimentón

Instrucciones

1) Pelar las peras y cortarlas en cubos. Cocinar los cubitos de peras con las dos cucharadas de azúcar y el clavo de olor. Cuando los pedacitos de pera están tiernos, escurrirlos.

2) Rehogar en la grasa las cebollas y el ají picados, agregar la carne cortada en pedacitos y condimentar con sal, pimienta, ají molido y pimentón.

3) Al armar las empanadas, poner en los montoncitos de relleno de cada tapa pedacitos de pera, huevo duro picado y aceitunas.

4) Estas empanadas se pintan con huevo y se cocinan en horno bien caliente 12 minutos.

5) Mientras tanto mezclar el azúcar impalpable con el agua caliente, hasta formar una salsa bien espesa.

6) Usar esta salsa de azúcar para pintar las empanadas mientras están calientes.

Rendimiento: 24 empanadas

Fuente

Berreteaga, Choly

La Nación – Rincón Gaucho – 20 de Marzo de 2010

Long-Ohni, Silvia – Empanadas federales perdidas en el tiempo

Fuente: www.revisionistas.com.ar