Hay historias que duelen.
Historias que se clavan en la memoria de un pueblo y, con el tiempo, se
transforman en leyenda. Esta es una de ellas.
Corría el amanecer de la
década del 80 cuando un niño santiagueño logró lo impensado: detener el pulso
de toda una provincia con su ausencia.
Claudio Ramiro Soria no
era un personaje de fantasía, ni el protagonista de una antigua fábula. Era un
changuito real, un niño de rostro moreno y sonrisa ingenua, que corría descalzo
entre los quebrachales y se perdía en la inmensidad del monte, su casa.
Un día cualquiera, como
tantos otros, salió junto a sus hermanitos a buscar leña. Pero esa jornada, el
monte decidió no dejarlo regresar.
Sachayoj, el espíritu que
habita en la espesura, lo llamó con el susurro de sus ramas, lo atrajo con su
hálito misterioso y lo abrazó con su enredadera invisible. Y luego, el
silencio. Un silencio profundo, pesado, asfixiante.
El pueblo entero lo buscó
con desesperación. Día y noche, familiares, vecinos y curtidos vaqueanos
recorrieron cada rincón del monte. Separaron ramas, rastrillaron cada sendero,
gritaron su nombre hasta quedarse sin voz. Pero el monte, indiferente, permanecía
callado.
Hasta que, una tarde,
cuando el sol ya moría tras un viejo algarrobo, el monte habló. Y en su suelo,
entre los tuscales y las flores silvestres, yacía Claudio Ramiro, en eterno
descanso, fundido con la tierra que lo vio nacer.
Desde aquel día, su
nombre dejó de ser solo un nombre. Se convirtió en un lamento que el viento
arrastra entre los quebrachales, en un fulgor que brilla sobre las copas de los
árboles cuando la noche cae sobre Santiago.
El poeta Marcelo Ferreyra
lo inmortalizó en sus versos, asegurando que su esencia nunca se apagará:
"Porque
hay almas que no mueren,
se hacen
coplas y fulgores,
y en cada
flor del monte
vuelven a
abrirse en colores."
Fte: Miguel Coria

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