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lunes, 9 de marzo de 2026

La Placita de las Chismosas: cuando el rumor dibujó un lugar

 


 Santiago del Estero camina hoy con el ritmo de una ciudad moderna. Las calles se llenaron de cemento y acero, los edificios altos desplazaron a las viejas casonas, y muchas costumbres que antes marcaban la vida cotidiana se fueron apagando con los años. Por eso vale la pena rescatar pequeñas historias del pasado. No por nostalgia, sino porque en ellas se entiende cómo nacen los lugares y por qué ciertos nombres sobreviven al tiempo.

La historia empieza antes de que demolieran la antigua casa de Pedro San Germés, en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires. Hoy, en ese punto, se levantan tres figuras de mármol colocadas por la Municipalidad muchos años después. Pero antes de la plaza y de las estatuas, lo que había allí era algo más simple: una esquina donde se reunían las mujeres del barrio.

No tenía carteles ni placas. Era, apenas, un punto de encuentro. Sin embargo, para quienes vivían en la zona, ese rincón tenía vida propia.

Corrían los años de la década de 1910. Santiago todavía funcionaba como un gran pueblo: todos se conocían y las noticias viajaban rápido. En ese ambiente apareció una mujer que no tardó en llamar la atención. Había llegado desde Santa Fe, tenía ojos verdes musgo, una risa fácil y una belleza que destacaba demasiado para la moral reservada de la época.

Estaba casada con un abogado prestigioso, hijo de una familia antigua de la ciudad. Había estudiado y volvía con título bajo el brazo, algo poco común entonces. Su forma de moverse, de conversar, de mirar a los demás parecía romper ciertos códigos sociales que en Santiago se respetaban casi sin discutir.

El comentario empezó a circular pronto.

Alguien dijo haberla visto hablando demasiado tiempo con un ministro durante una cena del gobernador. Otro juraba que sonreía a desconocidos con una confianza que parecía impropia. También se comentó que dos matrimonios estuvieron cerca de romperse por miradas que, según algunos, iban más allá de la simple cortesía.

Nadie la nombraba directamente. Entre murmullos la llamaban “la Cosa”. El anonimato tenía un motivo: sus descendientes todavía caminan por estas calles, orgullosos de su apellido.

Las mujeres del pueblo, guardianas de la memoria oral, reaccionaron con firmeza. Dejaron de invitarla a reuniones, evitaban cruzarla en la vereda y nunca se la vio en los encuentros sociales donde antes participaba. El rechazo fue claro.

Pero, curiosamente, ese mismo rechazo terminó volviéndola parte de la historia local.

Cada tarde, cuando las vecinas regresaban del mercado o salían de misa, muchas terminaban en la esquina de San Germés. Allí se detenían unos minutos. Comparaban lo que habían escuchado, agregaban detalles, corregían versiones. El comentario crecía, cambiaba, se volvía relato.

Con el tiempo, la esquina dejó de ser solo una intersección. Algunos empezaron a llamarla el Rincón del Pelele, un apodo dirigido al marido, al que describían como rígido y algo ingenuo. Otros usaban un nombre que terminaría imponiéndose: la Esquina de las Chismosas.

Dos o tres mujeres conversando allí bastaban para que alguien supiera que había una historia nueva circulando.

Con los años, el escándalo perdió fuerza. La mujer quedó embarazada, envejeció y murió ya mayor, después de pasar toda una vida bajo la mirada curiosa del pueblo. Sin embargo, la costumbre de reunirse en esa esquina siguió existiendo.

Décadas más tarde, la Municipalidad decidió demoler la casa de San Germés y convertir el terreno en una pequeña plaza. Oficialmente recibió el nombre de Antonio Castiglione, grabado en letras grandes sobre el frente.

Pero la gente siguió llamándola de otra manera.

Para los santiagueños, ese lugar ya tenía identidad: la Placita de las chismosas.

Tiempo después, para embellecer el espacio, la comuna instaló tres estatuas de mármol blanco. Son figuras delicadas, inspiradas en la estética clásica. A partir de ahí empezó una confusión que todavía circula: muchos creen que el nombre de la plaza proviene de esas esculturas.

La historia real es la contraria.

Primero existió el rumor. Después nació la plaza. Y recién al final llegaron las estatuas.

Las figuras de piedra no dieron origen al nombre. En todo caso, terminaron rindiendo homenaje silencioso a aquellas mujeres que, con sus conversaciones de esquina, habían convertido ese lugar en algo más que un simple cruce de calles.

Hoy, sentarse en un banco de la placita al caer la tarde tiene algo de viaje en el tiempo. Entre los árboles y el ruido lejano del tránsito todavía se percibe esa vieja costumbre de contar historias.

Porque Santiago no está hecho solo de calles y edificios. También está hecho de voces, de rumores, de pequeñas escenas que se repiten durante años hasta volverse parte del paisaje.

Los lugares, al final, no nacen por decreto.

Nacen del uso que la gente hace de ellos.

Y en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires, ese origen fue, sin dudas, un chisme compartido.

Con información de: ramirezdevelazco.blogspot.com


viernes, 11 de octubre de 2024

Un 31 de julio de 1879, la industria azucarera pico en punta en Santiago del Estero

 Fue obra de Pedro Saint Germes. El proyecto se tradujo en 450 hectáreas de caña de azúcar, sembradas en la zona sur, a 5 kilómetros de la plaza principal. No alcanzó la tecnología inglesa, ni el empuje empresarial para coronar con éxito el esfuerzo. Agobiado por las deudas, Saint Germes se suicidó en 1893.

Históricamente, Santiago del Estero fue dulce precursora en muchos proyectos, al que con el andar del tiempo fueron plegándose otras provincias: pocos recuerdan que en esta geografía se asentó el primer ingenio del país.

Nació el 31 de julio de 1879. Fue bautizado como el ingenio Contreras y perteneció a don Pedro Saint Germes.

Documentan los historiadores que estaba ubicado al sur de la ciudad, quizás a unos 5 kilómetros de la plaza principal del poblado, en una propiedad que había sido concedida en el siglo XVII al capitán Alonso Contreras.

Durante los primeros años, 450 hectáreas fueron sembradas íntegramente con caña de azúcar, y se convirtieron en el emprendimiento en una potente fuerza económica que generó asombro en varios grupos empresarios del resto del país.

Según Roberto Delgado y Alen Lascano, el ingenio Contreras poseía electrificación y riego propio, sostenidos en un novedoso sistema cuyo funcionamiento emanaba de diversas máquinas de vapor.

Estilo y corte inglés

“Las construcciones de estas instalaciones también llamaron la atención de los inquietos pobladores que, copiando formas de terminaciones, generaron otro aporte a la arquitectura. Son de una mezcla de estilos del tradicional inglés, folklore de los países bajos europeos y partes prefabricadas de la revolución industrial”, relatan ambos expertos en su obra “Santiago del Estero, recorrido una ciudad histórica”.

Ahondan que ocho años después, Pedro Saint Germes logró un aparente fuerte espaldarazo económico a su innovadora industria azucarera en Santiago del Estero.

Se trata de un préstamo otorgado por el Banco Hipotecario Nacional, requerido para reforzar maquinaria en el ingenio, a la vez, tendiente a hacer frente a las incipientes deudas.

Justamente, el empréstito concedido permitió la radicación de una sucursal bancaria del Hipotecario en nuestra ciudad.

Entre 1879 y 1892, el empresario soportó una durísima embestida oficial: al cero compromiso político externo con el ingenio Contreras se le sumaron diversas deudas bancarias que hicieron eclosión en 1893.

Ese año, doblegado por la adversidad y el ocaso empresarial, don Pedro Saint Germes se suicidó en la más absoluta soledad.

Del ingenio Contreras hoy sólo queda una inmensa chimenea, erigido en triste alegoría de un tiempo y proyecto (uno de los tantos) que no pudo ser.

Pedro San Germes y el Ingenio Contreras

SEGÚN LA MEMORIA DESCRIPTIVA DE SANTIAGO DEL ESTERO DE ALEJANDRO GANCEDO (1885) Por María Mercedes Tenti




Según Gancedo, Pedro San Germes, fue quien más tuvo cuadras de alfalfa sembradas hacia 1885, en Santiago del Estero (tres años antes recibiendo a invernadas en su finca de Contreras). Con 100 cuadras de este forraje mantenían anualmente mil cabezas de ganado mayor.

En 1876 San Germes comenzó a plantar 80 surcos de 7 varas de caña de azúcar, traídas de Tucumán, con el propósito de iniciar la fabricación de azúcar en la provincia. Para el efecto, al fuerte capital con que contaba, aumentó la suma de 40.000 pesos bolivianos, resultado de la venta de un molino harinero a vapor.

San Germes era un empresario de origen francés, muy emprendedor, que había ensayado anteriormente en la provincia cultivos de tabaco y sorgo, además de fabricar harina.

El Ingenio Contreras de Pedro San Germes era imponente. El edificio de las máquinas ocupaba una superficie de 3.737 metros cuadrados. Constaba de dos trapiches movidos a vapor, que podían moler 400.000 kilos de caña en un día. Dieciocho centrifugadoras completaban el trabajo, que llegaba a producir más de dos mil arrobas de azúcar, diariamente. En el Establecimiento se carneaban cinco y seis animales al día, en época de la cosecha, para más de 1000 peones.

La propiedad de San Germes se hallaba situada a 7 kilómetros al Sur de la ciudad de Santiago del Estero, su superficie era de 800 cuadras de un terreno llano y de fácil irrigación. La plantación de caña de azúcar ocupaba una extensión de más de seiscientas hectáreas. 100 cuadras de la misma propiedad estaban ocupadas por alfalfa, destinadas al mantenimiento del ganado del establecimiento (vacuno, yeguarizo, mular). El resto del terreno estaba ocupado por bosques de algarrobos y quebrachos que proporcionaban la cantidad de leña suficiente y en parte la madera para carros y otros usos de carpintería que se confeccionaban en el establecimiento. Un canal de gran capacidad que partían del río Dulce conducía el agua para el riego de los cultivos.

En el centro de la plantación de caña se encontraba el edificio que contenía las máquinas para la elaboración de azúcar y aguardiente y las habitaciones para los administradores y empleados. El edificio de la maquinaria ocupaba una superficie de tres hectáreas de terreno, dividida en cuatro cuerpos. En la fachada principal había tres cuerpos de cuatrocientos metros cuadrados; uno de ellos servía de depósito, otro de taller a vapor, para refaccionar y fabricar todo lo que se necesita en el establecimiento y el tercero para la Dirección. A los dos costados se encontraban más de cuarenta habitaciones, ocupadas por empleados, administradores, despensas, etc.

Las máquinas y aparatos que servían para la fabricación del azúcar y aguardiente habían sido construidas en los talleres de la Compañía francesa Fives Lille. El azúcar se fabricaba en dos trapiches que extraían el jugo de 50 mil arrobas de caña cada veinticuatro horas y producían alrededor de 350,000 litros de jugo, los que daban 2500 a 3000 arrobas de azúcar. Diez defecadores recibían por medio de una bomba los jugos, a medida que los trapiches los producían.  Los jugos se vaciaban en un canal de hierro que los distribuían en 16 filtros que contenían cada uno veinte hectolitros de negro animal. A medida que salían de los filtros eran recibidos en dos aparatos que producían la evaporación. Concentrados los jugos eran nuevamente filtrados y purificados.

La última concentración y cristalización se hacía también en el vacío, por medio de dos aparatos llamados tachos al vacío, que contenían 140 hectolitros de masa concentrada y cristalizada. Otros dieciocho aparatos a fuerza centrífuga separaban los cristales de las mieles. Las mieles que se escapaban de estos aparatos volvían al tacho al vacío, para recibir un nuevo cocimiento, terminado el cual se depositan en 600 cristalizadores o bateas de hierro, donde se operaba la cristalización del azúcar de segunda clase. La cristalización del azúcar de tercera clase se efectuaba en 30 depósitos de hierro de 100 hectolitros de contenido cada uno, o sean 3000 hectolitros de depósito.

Las mieles que sobraban de estas tres operaciones, es decir, las que ya no contenían azúcar cristalizable, eran depositadas en cuatro calicantos subterráneos de una capacidad de 600 hectolitros, de las que se preparaba el aguardiente. La elaboración se hacía por medio de alambiques y rectificadores. Todos los aparatos de destilería se hallaban situados en una de las extremidades del primer cuerpo del edificio, separados de los demás aparatos para la producción del azúcar, por una pared. En este Departamento había 18 toneladas, cuya capacidad era de 150 hectolitros cada uno, en los que se efectuaba la fermentación de las mieles.

Los alambiques daban, cada 24 horas, 60 hectolitros de aguardiente. Dos rectificadores lo recibían y producían alcohol (3700 litros cada 24 horas).

El carbón de huesos o animal negro, que servía para la refinación del azúcar, se fabricaba en el mismo establecimiento. La revivificación del carbón se hacía en dos hornos -de 80 hectolitros— 16 calicantos para la fermentación y todos los demás aparatos necesarios, movidos por su correspondiente máquina a vapor.

La fuerza motriz que necesitaban las distintas operaciones de la fabricación de azúcar, aguardiente etc., estaban representada por 13 máquinas a vapor. Toda la fábrica estaba alumbrada por luz eléctrica producida por maquinaria de propiedad del establecimiento. Un teléfono ponía en comunicación la administración con la casa de San Gérmes en la ciudad.

El poder de la maquinaria no se limitaba a moler las 250 cuadras de caña que producía el establecimiento, sino que siempre se aumentaba con la de otros plantadores cercanos a quienes se les compraba la producción. La compañía contaba con 60 carros de 2 ruedas y 6 de 4 ruedas, que podían cargar juntos 4800 arrobas; 600 mulas y 200 bueyes.

La Industria, órgano del Centro Industrial de Buenos Aires, núm. 35, Setiembre de 1880, decía:

“Azúcar de Santiago: La muestra de este producto, elaborado en el Ingenio de los señores San Gérmes hermanos y que hace algunos días está expuesta en el local de nuestra asociación, remitida por el senador señor don- Gregorio Santillán, ha causado una agradable sorpresa a los inteligentes que la han examinado.

Los primeros visitantes han ocurrido, en la creencia de encontrar un artículo semejante al que ya conocemos como producto de las provincias, pero su vista arrancaba exclamaciones que hubieran causado verdadera satisfacción al industrial que la elabora. Entrando después a un examen detenido de sus condiciones, las opiniones de las numerosas personas que la han examinado. Están de acuerdo en que aun cuando no tiene el brillo de la azúcar francesa y americana, su blancura, calidad y pureza, la colocan en situación favorable para establecer una competencia ventajosa sobre ellas.

Su sabor es muy agradable y a pesar de la consistencia del pan o terrones, se presta fácilmente a la disolución, sin dejar el más mínimo residuo de impurezas o materias extrañas a su composición.

Tales son en resumen las unánimes opiniones de los visitantes que concurren allí diariamente, siendo cada uno de ellos un entusiasta propagador de las condiciones de este excelente producto, que atrae otros nuevos interesados en su examen; sería necesaria una gran producción para llenar el número de pedidos. Según el experimento que hemos hecho, calculamos que su fuerza de endulzar está en una proporción de un 20 por ciento más o menos sobre la mejor que nos viene del Exterior”.

Respecto de Pedro San Germes, Gancedo opinaba:

El industrial que nos ocupa, fue en sus primeros años pobre de dinero y hoy lo tenemos rico, en sentido moral y material. Hacia 1864/1865 pisó por vez primera el suelo argentino. Sin horizontes en su país, Francia, se dirige a la Argentina. A su llegada se desarrollaron en Rosario ganando un sueldo mensual de veinticinco pesos.

 

Luego empezó entre Córdoba, Tucumán y Santiago a hacer sus primeros negocios con éxito. Establecido en Santiago del Estero se hizo propietario del primer molino harinero a vapor que vendió luego a los señores Silva y Beltrán, y del terreno “Contreras”, el que destinó al principio para invernadas de ganado. Luego se dedicó al cultivo de la caña de azúcar y, ayudado por una ley que exoneraba de impuestos por quince años al establecimiento azucarero que se establecía, se resolvió llevar a cabo, y en el año siguiente funcionaba ya con éxito.

El día de la inauguración de la maquinaria del ingenio Contreras, (1879), con la presencia de numeroso público, la banda de música y los silbatos de las máquinas a vapor, se pronunciaron notables discursos.

A principios del año 1880 Saint Gérmes practicó un ensayo del que obtuvo muy buenos resultados en la fabricación del extracto de quebracho (tanino). También fue propietario del primer molino harinero a vapor. La harina elaborada en ese molino obtuvo el primer premio en la Exposición de París y en otras. En 1878 fue vendido a Silva y Beltrán. Tenía un cómodo edificio con todas las habitaciones necesarias para los empleados, depósitos de trigo, harina y talleres de carpintería y herrería, etc.

Fuente: historiacriticammt.blogspot.com.ar

El Algarrobo en la medicina Popular