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lunes, 23 de febrero de 2026

Las noches de Islas y los servicios de un mozo singular

 (Para mis amigos los Lechuga Navascues)



Para los que fuimos "jóvenes estudiantes", el camino que nacía en el conocimiento, en los libros de la noche, pasando después por una tira dorada con papas fritas en la esquina de Islas, terminaba siempre en una dicha.

Siguiendo la premisa de que el sabor de la comida depende, no tanto de los ingredientes ni de los condimentos ni de la preparación, sino

de la personalidad del que entrega el alimento, la tira de asado de Islas fue única en el tiempo aquel en que la servía Tucho Méndez.

Ubicado frente a la esquina de Gimnasia B.B.C., en la calle Garibaldi y Congreso, Islas reunía en noches interminables a compañeros y amigos. Cuando cerró sus puertas murieron con él los servicios de un mozo muy singular: Tucho Méndez, mozo y comensal que iba atendiendo las mesas dejando en cada una un vaso para él, así tomaba con todos los presentes. Si una pareja se colocaba en un rincón, Tucho traía tres vasos, entonces ya no eran dos, una tercera persona ocuparía el lugar del fantasma, de la tercera persona del deseo o simplemente de Tucho, el cartonazo de la cabeza color naranja, teñido con un preparado que le sacaba a la hermana. Era la hospitalidad santiagueña elevada hasta los grados límites.

Recuerdo su aspecto tan particular; zapatos mocasines tan gastados que parecían "chatitas", pelo color medio naranja peinado con Brancato o Ricibrill, pantalones "tiro corto" como Cantinflas pero de otro color.

"No me jodas", decía, "sino de un cabezazo te voy a voltear toda la mugre", como si la cara de uno fuera un guardabarros, como si el cuerpo de uno fuera una chapa herrumbrada que junta el barro del tiempo y de las veredas. Tucho hablaba con tonada porteña de arrabal, jugaba a ser porteño. Popularizó términos como "salame", "cartón", "cartonazo", "tigre", "profeta". Autor del tango "La Pucha Pucha" que dice así: "Las doce de la cheno, qué harán los chochamus, estarán en el feca, jugando al yarbí, o estarán colados, en un casamiento, qué solo me siento, la pucha pucha pucha".

(¿Cuánto ganas aquí Tucho?, 3.500 fuera de los descuidos...)

Algunos tirados a ilustrados solían decirle Tucho Menéndez y Pidal. Su espíritu siempre estaba alegre, su humor se cuenta como uno de los más hermosos de este siglo.

Cuando por primera y única vez en la vida Tony Curtis recaló por unas horas en Santiago del Estero para ir a filmar Taras Bulba en la provincia de Salta, allá por los 60, estaba desayunando en la Confitería Ideal, Tucho lo ve y se le acerca, le dice "qué hacés cartón", con una familiaridad que hizo temblar la taza del norte americano.

"Dejame que te haga una breve sinosis", solía decir haciéndose el difícil.

Qué cosa, aterrizar en la noche alta en Islas para rematar era como una consigna, una toma de maravillosa inconsciencia que nos juntaba con amigos.

Boliche de los Navascues, lugar fuerte que perdura en nuestra memoria. Tiras como alpargatas del ocho. Libros, mucha ternura, la risa de Tucho Méndez, el vino que sellaba de infinito los besos que habían quedado suspendidos en los labios casi hasta el amanecer.

Una carcajada, un vaso vacío, otra carcajada en un vaso vacío, y otra más, y otra más.

Eso es todo, una carcajada en un vaso vacío. La ausencia.

El Zoco de la Buri Buri

Jorge Rosenberg

sábado, 7 de febrero de 2026

Los ulalos

 



En el Estrella del Norte, llegó Eric Satie a Santiago del Estero, una mañana de agosto de 1918. Tranquilo, cruzó la ancha sala de la estación siguiendo a un simpático changarín, que le explicaba cómo manejarse con los "mateos". Salieron a un resplandor que él nunca había visto: "el sol vive aquí", se dijo.

Tomó uno de los coches de plaza que se alineaban enfrente, bajo la suave sombra de árboles frondosos. "A Villa Constantina", indicó. "Calle San Martín 1412".

Recomendado por un amigo cordobés, tenía preparada ya una habitación en la casa de una familia de barrio. Un muchacho le ayudó con las dos valijas.

A pesar de haber sido largo, el viaje desde Buenos Aires no lo había cansado. Luego de algunos minutos, la dueña de la pensión golpeó la puerta para preguntarle si prefería mate o café.

-Mate -contestó Eric, quien ya había degustado ese néctar en París, gracias a un poeta argentino.

Desde aquel momento, todo sucedió con placidez. El almuerzo amable, compartido con la familia que vivía en aquella casa, la larga siesta. Como a las seis de la tarde, salió a dar un paseo por el barrio. Le encantó. Callecitas de tierra, silencio, árboles desconocidos para él, bajos y coposos junto a las veredas. Silencio. Tranquilidad en las gentes. Jóvenes y mayores conversando distendidos en las veredas, frente a mesitas de madera o metal. En las que se veían platitos con queso cortado en cubos, fiambres, masitas, pan, gabetas de maderas, pavas y mate.

Dos días después, apenas terminó el desayuno, le avisaron que en la sala principal de la casa lo esperaba su guía. Eran las ocho de la mañana. Eric sintió una agradable corriente de entusiasmo. Fue hasta su habitación sólo para retirar el pequeño maletín.

El hombre en la sala era un joven muy bello. Camisa ocre, bombacha militar, botas. Sobre el grueso cinto de cuero, junto a la gran hebilla, llevaba cruzada una cartuchera, de la cual se veía salir la culata del revólver.

-Qué tal, amigo. ¿Ya está listo para partir? - saludó estirando su mano y fijando en los de Satie sus transparentes ojos verdes.

-Estoy listo... señor...

-Mi nombre es Brígido Carreras -avisó el joven con voz gruesa. Afuera esperaban dos caballos. La distancia no era muy larga. Llegarían esa misma noche.

A unos cien metros vieron dos jinetes, que parecían esperar junto a la ruta. Declinaba ya la oración y los objetos se difuminaban.

-Pare un momentito -escuchó Satie que Brígido le decía. Lo vio entonces quitar del costado un instrumento que reconoció como las boleadoras. Sin apuro, el joven fijó uno de los extremos anudándolo en el cabezal de su montura. Luego extrajo un facón reluciente de la vaina que llevaba, también sobre su cinto, fijada en la espalda. El francés se sintió repentinamente aterrorizado. Como adivinándolo, Brígido lo tranquilizó.

-No se preocupe, amigo. Esto se va a terminar rápido y a usted no le va a pasar nada. Vamos ahora...

Dos hombres vestidos de negro salieron a su encuentro. Se cruzaron sobre la no muy ancha senda pedregosa. Sus caballos caracoleaban. Eran jóvenes, parecían muy fuertes. Ostentaban una elegancia inesperada. Camisas blancas con cuellos bordados bajo chalecos negros de terciopelo. Rastras y espuelas de plata.

-Por acá no se puede pasar... -dijo uno que llevaba en su mano el revólver desenfundado. -Son campos de propiedad privada.

-Somos huéspedes de don Moisés Carol -le aclaró Brígido. Pero el guardián respondió:

-Don Moisés Carol no tiene autoridad aquí.

Entonces con un movimiento velocísimo que a Satie lo estremeció, Brígido derribó al que llevaba el revólver de un bolazo en la sien. Como un refucilo lanzó el facón hacia la frente del otro, que cayó, también, agarrándose la frente de donde brotaba abundantemente su sangre.

Satie estaba a punto de desvanecerse; su asombro llegaría al colmo cuando viese que los caballos de los otros desaparecían y los hombres derribados por Brígido se metamorfoseaban... Convertidos en oscuras bestias, semejantes a cerdos peludos, huyeron berreando. Y se perdieron entre los matorrales y la oscuridad.

Don Moisés Carol también tenía ojos verdes, algo diluidos por la edad. Debía de ser un hombre como de ochenta años.

-Los llevaré enseguida a la casa de los ulalos... ellos se muestran únicamente en dos horarios, por las noches y a la siesta... -explicó el anciano.

Se internaron los tres a caballo, por un senderito en el cual cabían sólo en fila de a uno. Satie percibió que descendían, aunque levemente. Al fin llegaron a un tupido lugar del bosque, en el cual, después de pasar por una especie de hueco entre las enredaderas, se internaron, a pie, por un largo corredor donde las paredes parecían haber sido hechas sólo con apretada vegetación.

Entraron a un espacio redondo, amoblado con estantes, sillones y mesas de piedra, iluminado por antorchas sobre las paredes, también de piedra gris. En su centro, tras una mesa, estaban dos pequeños seres que a Satie le provocaron un sobresalto.


En sus cabezas calvas había ojos, narices -nimias- boca y bajo su mandíbula tenían delgados cuellos. También sus delgados torsos se extendían en brazos largos por los costados, con manos delgadísimas, de delicados dedos "como de pianistas" apreció el francés. No parecían humanos, sin embargo. Bajo las camisas de sarga se veía una piel grisácea, con tonalidades amarillas y verdes, que jamás conociera antes.

-Él es Eric Satie -indicó don Moisés Carol a los extraños seres.

- ¡Bienvenido! -contestó uno de ellos: - ¡Lo esperábamos!

Satie sintió una corriente de alegría interior que le pareció provenir directamente de esa voz, que más bien parecía transmitirse directamente por los pensamientos a su cabeza.

-Nosotros somos Sapa y Anyo. Ulalos. ¿Puedo tocar su mano?...

Satie se la extendió.

El ulalo cerró sus ojos al tomarla. Mantuvo entre sus dos manos la mano derecha de Satie y luego de unos cincuenta segundos exclamó:

- ¡Mmm...! ¡Usted es un hombre muy refinado!...

Así fue el primer encuentro de Eric Satie con los ulalos. El 27 de agosto de 1918 en Sinchi Caña, Santiago del Estero.

Luego de pernoctar en lo de don Moisés, regresaron con Brígido a la ciudad. Fuente: www.facebook.com/juliocarreras.escritor

miércoles, 3 de diciembre de 2025

El poeta que resiste al olvido: La vida y la obra de Dalmiro Coronel Lugones

 Olvidado por las instituciones, pero sostenido por la memoria popular, Dalmiro Coronel Lugones se levanta como una de las voces más potentes de Santiago del Estero. Poeta épico, orador brillante, investigador del folclore y narrador de los dolores y bellezas del monte, su legado vuelve una y otra vez en zambas, romances y testimonios. Esta crónica recorre su vida, su obra y las huellas que dejó en quienes lo conocieron y lo leen todavía.

Por Jorge Galian



Un poeta que vuelve desde el fondo del monte

Hay poetas que viven en los libros, y hay otros que viven en la memoria de la gente. Dalmiro Coronel Lugones pertenece a esta segunda especie. Aunque su nombre no suene tan seguido en los actos oficiales ni figure en todos los manuales escolares, en Santiago del Estero su voz vuelve cada vez que alguien entona una zamba, recita un romance o nombra el monte con la misma ternura y el mismo dolor.

Su regreso más reciente se dio de una forma muy santiagueña: en una fiesta popular. El 21 de noviembre, durante la coronación pontificia de la Virgen de Sumampa, Patrona de los santiagueños, un joven cantor, Sergio Luna, subió al escenario del santuario con una responsabilidad enorme: estrenar la musicalización de un poema casi olvidado, “A la Virgen de Sumampa”, que Dalmiro había escrito en 1965.

La zamba sonó entre velas, promesas y emoción. Y algo pasó allí: no solo se homenajeó a la Virgen; también se rescató, desde la voz de un nuevo cantor, a uno de los grandes poetas de la provincia. Ese fue el punto de partida de una búsqueda que, como todo viaje a la memoria, empezó casi por casualidad y terminó abriendo puertas insospechadas.

Un viaje a La Banda: cuando el azar abre la puerta de una casa

La historia comienza con un llamado telefónico. En medio de una clase, el autor de esta investigación recibe la noticia: Sergio Luna había dejado su material discográfico en una casa de la ciudad de La Banda. El objetivo era simple: pasar a buscar esos discos. Pero, durante un tiempo, por una cosa u otra, el encuentro se postergó.

Hasta que un día, como si el destino hubiera decidido que ya era hora, el viaje se concretó. Camino a La Banda, la idea era recoger un par de discos; nada más. Sin embargo, al golpear la puerta de la dirección indicada, la sorpresa cambió el rumbo de la jornada: quien atendió fue un hombre mayor, de trato amable, que resultó ser el hermano menor de Dalmiro Coronel Lugones.

Se llamaba Cergio Coronel. Tenía 84 años, una memoria prodigiosa y un puñado de anécdotas que, de repente, transformaban esa visita en algo mucho más valioso que un simple trámite. En esa casa, sobre calle Alberdi, donde la familia Coronel había crecido, el poeta parecía seguir respirando entre fotos, papeles y recuerdos.

“Con mi hermano Dalmiro compartíamos la habitación —contó Cergio—, y era común que él se levantara a la madrugada a escribir en su maquinita algo que se le ocurriera a esa hora”. Esa imagen del poeta desvelado, golpeando teclas en plena noche, fue una de las primeras piezas de un rompecabezas que pronto se volvería fascinante.

Infancia en La Banda: un niño que ya veía poesía en el patio

Dalmiro Coronel Lugones nació en La Banda el 6 de julio de 1919. Era descendiente directo del coronel Lorenzo Lugones, héroe de la Independencia, y quinto de ocho hermanos. Creció en una casa típica bandeña, de esas con un patio grande, árboles frondosos y tierra que se levanta con cada paso. Ese paisaje doméstico, mezcla de familia numerosa y naturaleza generosa, fue su primera escuela.

A los 11 años ya escribía poesía. Sus primeros versos estuvieron dedicados a la patria y a su madre, doña Anselma de Coronel. En ellos aparecía un amor entrañable, casi reverencial, hacia esa figura materna que, con el tiempo, también se transformaría en personaje de las anécdotas familiares: sus almuerzos dominicales, congregando a la amplia familia Coronel para saborear sus famosas empanadas, son todavía recordados con nostalgia.

En esa casa, su padre, don José Pío Coronel, fue guía fundamental. Entre los valores familiares y ese contacto constante con el patio, los árboles y el cielo abierto, se fue modelando la mirada que años más tarde le permitiría describir como pocos el paisaje santiagueño. No es descabellado pensar que, en aquellas tardes de infancia, Dalmiro empezó a intuir que hombre y paisaje eran, en realidad, la misma cosa.

El hermano mayor, el amigo de todos, el orador

Más allá del poeta, quienes lo conocieron hablan primero de la persona. “Fue un muy buen hermano mayor —recuerda Cergio—, amaba la familia por sobre todas las cosas. La amistad también ocupaba un inmenso lugar en su personalidad. Su corazón estaba abierto a todo el mundo; tal vez eso lo pagó demasiado caro”.

Dalmiro fue también un notable orador. Estudió Derecho en la Universidad de Tucumán, carrera que dejó inconclusa, pero que le dio herramientas para moverse con soltura en el mundo de la palabra hablada. Sus conferencias en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires convocaban a aulas llenas de alumnos, interesados tanto en el contenido como en la manera en que lo decía.

Era, además, un lector voraz. “Se leyó gran parte de la literatura universal, en especial la europea —cuenta su hermano—. Sabía hablar francés, inglés, italiano, y estaba por terminar latín, pronto a viajar a Grecia”. Esa formación le permitió dialogar de igual a igual con tradiciones literarias lejanas, al mismo tiempo que anclaba su escritura en el paisaje y la cultura de Santiago del Estero.

En lo político, fue un militante activo del peronismo. Su compromiso con las causas populares y su participación pública le valieron persecuciones y allanamientos en su propia casa. Pero también reforzaron su convicción de que la poesía debía decir algo, incomodar, denunciar, sacudir conciencias.

El poeta épico del paisaje santiagueño

Si hay un consenso entre críticos, músicos y lectores, es éste: Dalmiro Coronel Lugones fue un poeta épico, un narrador de grandezas y dolores desde la voz de su pueblo. Su obra se centra en el paisaje santiagueño, pero lo trasciende. No se limita a describir; busca, más bien, revelar.

El poeta Adolfo “Bebe” Ponti lo define así:

 “Para Dalmiro Coronel Lugones hombre y paisaje son la misma cosa, un todo único y en ese todo está su registro poético, su tradición, su palabra hecha carne. Quizá ‘Romance de mis tardes amarillas’ sea el verdadero himno de Santiago del Estero porque está escrito, no desde la nostalgia, sino desde la presencia más enraizada y sublime.”

En sus versos aparecen el monte, el río, los salitrales, el canto de los pájaros, las supersticiones del bosque y los dolores cotidianos de los santiagueños: la pobreza, el desarraigo, la orfandad, el desencuentro. Pero nada está ahí de manera fría o paisajística; todo está cargado de una emotividad intensa, casi visceral.

El profesor Lucas Cosci, estudioso de su obra, propone una lectura que va más allá de la etiqueta de “poeta costumbrista”:

 “En una primera mirada es innegable, es una poesía costumbrista, paisajista. Pero se la puede ver, también, como una poesía simbolista. La mirada de Dalmiro Coronel Lugones va más allá de la intención descriptiva del paisaje. Los elementos del paisaje son utilizados por el poeta para bucear en el interior del santiagueño. Sus poesías están impregnadas de cierta emotividad muy visceral de los estados profundos de los santiagueños (la pobreza, la miseria, la orfandad, el desencuentro, la nostalgia por el desarraigo…). Por eso creo que no es solo una poesía paisajista ni descriptiva”.

En ese cruce entre paisaje y emoción se entiende mejor por qué su obra, aún con escasa difusión editorial, se mantuvo viva en el canto popular.

La poesía que nace de pisar la tierra

Dalmiro no escribía desde la comodidad de un escritorio distante. Sus poemas nacían de una experiencia directa con los lugares que nombraba. Su hermano lo recuerda con nitidez:

 “Dalmiro sabía sobre lo que escribía. Por ejemplo, para escribir ‘Romance del salitral’ se tomó un colectivo hasta las salinas y se quedó allí hasta que pasara el siguiente colectivo que lo trajera de vuelta a La Banda. Esa era su forma de componer. O la otra vez cuando se internó en el monte para escribir sobre él”.

Esa manera de trabajar, casi etnográfica, explica la potencia sensorial de sus poemas. No son postales idealizadas, sino registros vivos: el calor que sube desde el salitral, el zumbido de los coyuyos, la sombra larga del quebracho, el miedo antiguo que traen las leyendas del bosque.

Su afán de exactitud no implicaba frialdad, todo lo contrario. Dalmiro creía en una poesía comprometida con su tiempo y su realidad. Lo resumía en una frase que repetía como una especie de manifiesto:

 

“La poesía o el canto que no transmite 

un mensaje, no es canto, ni es poesía”.

 

“Romance de mis tardes amarillas”: un himno no oficial

Entre sus muchos textos, hay uno que se destaca por la recepción que tuvo entre músicos, lectores y críticos: “Romance de mis tardes amarillas”. Publicado en su libro “Romancero del canto nativo”, fue considerado por algunos como el auténtico himno de Santiago del Estero.

En ese poema se condensan varios de los temas centrales de su obra: el apego a la tierra, la nostalgia por el desarraigo, la belleza luminosa de las tardes santiagueñas, la melancolía de quien debe partir.

El profesor Lucas Cosci matiza, sin restarle valor:

 “Nunca la había pensado desde ahí. La verdad, no sé si expresa todo lo que los santiagueños podemos pensar de nosotros mismos, existe una cierta parcialidad en esa referencia a Santiago. Con respecto al apego a la tierra, muy trabajado por Orestes Di Lullo a nivel del discurso, Dalmiro tiene la capacidad de formularlo en imágenes poéticas muy bien logradas. Y como la cuestión del arraigo, el santiagueño tiene de sí mismo una mirada muy fuerte; allí sí podemos considerarla, bajo esta mirada, como un himno”.

Músicos como Raly Barrionuevo han llevado este romance a los escenarios, acercando los versos de Dalmiro a nuevas generaciones que quizás no lo hayan leído en papel, pero lo sienten vibrar en la guitarra.

Del papel al escenario: la poesía que se hace zamba

Parte del secreto de la vigencia de Dalmiro está en la música. Varios de sus poemas fueron musicalizados y entraron a formar parte del repertorio folclórico argentino. Entre ellos se cuentan:

 

* “Romance del río Dulce”
* “Romance de mis tardes amarillas”
* “Romance del bosque”
* “Romance del salitral”
* “A la Virgen de Sumampa”
 

Algunos fueron adaptados por grandes referentes del folclore santiagueño. Los Manseros Santiagueños, por ejemplo, musicalizaron una de sus coplas en la canción “Alegres enramadas”, mientras que Juan Carlos Carabajal y Horacio Banegas transformaron versos del “Romance del río Dulce” en una de las zambas más bellas del cancionero.

Carabajal cuenta cómo nació esa versión:

 “A mi audición ‘Santiago guitarra y copla’ solían llegar muchas cartas de los oyentes. Entre esas había una de una señora, que la verdad no recuerdo bien de dónde era, con versos ‘charquiaos’ del poema. Ella me los enviaba para que los leyera. Se me prendió la lamparita y empecé a juntar los versos que tenían sentido, para no perder la esencia de la poesía. Como es un poema muy largo es imposible musicalizarlo, entonces lo que hago es juntar, cortar y repetir:

La consagración popular: un libro que llenó un salón

Que Dalmiro fuera un poeta querido no es una construcción retrospectiva. Hay episodios concretos que hablan de la popularidad que tuvo en vida. Uno de ellos fue la presentación de su libro “Romancero del canto nativo” en la ciudad de La Banda, en el predio del Sirio Libanés.

Aquella noche, la convocatoria superó todas las expectativas. El público fue tan numeroso que muchos quedaron afuera del salón, escuchando desde la vereda, atentos a cada palabra del poeta. Para cualquier presentación de libro, y más aún en una provincia del interior, esa escena no era común. Decía algo del vínculo afectivo que Dalmiro había logrado construir con su comunidad.

El escritor y poeta César Cisneros de la Hoz lo recuerda como un personaje imponente:

 “La ‘afonilla’ de su voz no fue impedimento para atrapar a la platea, cuantas veces se encontraran frente al monstruo hierático de nuestra literatura. Su mirada de lince imponía respeto, refinado, fue la poesía misma, un elegido, casi un apóstol de la palabra”.

El romance como elección estética y política

En un tiempo donde muchos poetas experimentaban con formas modernas, Dalmiro eligió conscientemente un molde tradicional: el romance. Tomó ese viejo género narrativo de la tradición española e hispanoamericana —poemas en versos octosílabos, de rima asonante y carácter narrativo— y lo resignificó para hablar del Santiago del Estero contemporáneo.

Los romances, en la península ibérica, eran cantados por juglares que recorrían pueblos contando historias. Dalmiro, heredero de esas voces, encontró en ese ritmo antiguo una forma perfecta para nombrar su paisaje: el monte, el río Dulce, los salitrales, las leyendas del “sachayoj”, la “almita”, el “runa uturungo”, el “kakuy”.

Su “Romance del bosque”, por ejemplo, transforma la geografía en mito, en catedral “sin dios ni santos” donde el viento oficia una misa profana. Allí, la flora y la fauna conviven con personajes sobrenaturales del folclore santiagueño, en una atmósfera que oscila entre la belleza y el espanto.

Esa apuesta por lo popular no fue ingenua. Al elegir el romance, Dalmiro tendió un puente entre la alta literatura y la tradición oral, entre el libro y la canción, entre la escritura y la memoria colectiva. Fue, en el mejor sentido, un juglar contemporáneo.

Un legado inmenso, una edición mínima

Paradójicamente, la obra de Dalmiro Coronel Lugones es mucho más grande que lo que los lectores pueden encontrar en las librerías. Se calcula que dejó alrededor de 500 composiciones, pero solo una pequeña parte llegó a publicarse. Cerca de 450 textos permanecen inéditos o circulan en copias privadas y archivos familiares.

Entre lo que sí vio la luz se cuentan dos libros fundamentales:

* “Romancero del canto nativo” (1965), con prólogo del Dr. Orestes Di Lullo, donde reúne buena parte de su poesía paisajística y épica.

* “Tiempo de zamba y malambo” (1970), fruto de su investigación folclórica, en el que recorre ritmos y danzas de todo el país, con textos de gran riqueza literaria. Allí se destaca, entre otros, el poema “La chacarera”.

Su pluma también se volcó a otros géneros: escribió obras teatrales, numerosas leyendas, cuentos, relatos y guiones cinematográficos. Su libreto “Serafina y el destino del pueblo” obtuvo una Mención de Honor Especial del Instituto Nacional de Cinematografía en 1965. Años más tarde, ganó el Primer Premio en el Tercer Certamen para Guiones del NOA, organizado por el Departamento de Audiovisuales del Consejo de Difusión Cultural de Tucumán, con “La leyenda del Crespín”, en colaboración con Ricardo Dell’Aringa.

En el ámbito educativo, muchas escuelas adoptaron marchas e himnos escritos por él. Un ejemplo es la “Oda a la Escuela Normal”, compuesta en 1968, que fue utilizada por autoridades de distintas provincias.

Reconocimientos y consagración más allá de Santiago

Aunque hoy su nombre no tenga la difusión masiva de otros poetas argentinos, en su momento Dalmiro recibió importantes reconocimientos. Entre ellos:

* Primer premio del diario Clarín por su poema “Romance del canto nativo” (1960).

* Primer premio de la Agrupación Argentina de Poetas, en la Ciudad de Buenos Aires.

* Distinciones de varios países de América, que llegaron a considerarlo entre los mejores poetas latinoamericanos de su tiempo.

* Condecoración del Gobierno de España con la Gran Cruz de Caballero de la Orden de Isabel la Católica.

En su ciudad natal, La Banda, una calle y una escuela llevan su nombre. Gestos concretos de una comunidad que no se olvida de quien la retrató con tanta hondura.

El escritor santiagueño José H. Figueroa Aráoz destacó, además, su capacidad para abordar episodios de la historia argentina, especialmente de la campaña emancipadora y la organización nacional, con rigor y fuerza poética:

 Poetiza episodios de la campaña emancipadora con exacta ilustración de los acontecimientos acaecidos en esas remotas épocas y consigue transmitirnos la significación del colosal esfuerzo de un puñado de hombres que desconocían el medio. Dalmiro es un prosista excelente, es un auténtico poeta argentino”.

La otra cara de su épica: el monte que ya no está

Leer hoy los poemas de Dalmiro es, al mismo tiempo, un placer estético y una experiencia agridulce. Muchos de los paisajes que describe con precisión casi táctil ya no existen tal como él los vio. El avance de la frontera agropecuaria, la tala indiscriminada y la falta de políticas de preservación transformaron radicalmente el monte santiagueño.

En este punto, su obra dialoga con otros grandes pensadores y escritores de la región, como Orestes Di Lullo o Bernardo Canal Feijóo, que también alertaron, desde temprano, sobre la destrucción del bosque nativo. En textos como “El bosque sin leyenda”, Di Lullo advertía que el desmonte no solo arrasaba con árboles, sino también con historias, mitos, modos de vida.

Dalmiro, por su parte, deja constancia de un bosque vivo, pleno de presencias humanas y sobrenaturales, de oficios y temores, de leyendas que se transmitían en voz baja alrededor del fuego. Su “Romance del bosque” no inventa un escenario; retrata uno que existió y que, en buena medida, se ha desvanecido.

Volver a sus versos, entonces, no es solo un ejercicio literario. Es también una invitación a reflexionar sobre el modelo de desarrollo que arrasó con aquel “verde país milenario” y a preguntarnos qué tipo de mundo queremos dejar a quienes vienen detrás.

Un maestro generoso y un final trágico

Más allá del reconocimiento público, quienes se acercaron a Dalmiro como aprendices o colegas recuerdan su enorme generosidad. Se confesaba siempre un servidor de la poesía y, lejos de encerrarse en su prestigio, alentaba a los jóvenes, se ofrecía a leer sus textos, corregirlos, sugerir formas y contenidos.

César Cisneros de la Hoz lo define como un “apóstol de la palabra” y resalta su influencia en nuevas generaciones. Para muchos, fue una especie de maestro silencioso, presente más en los consejos y las lecturas compartidas que en las grandes tribunas.

Su muerte tuvo ribetes trágicos, un final que, lejos de apagar su figura, reforzó la idea de que los poetas, en realidad, no mueren:

Su trágico final resulta el abono más rotundo para demostrarnos que los poetas no mueren, simplemente perduran en el fuego de sus letras”, escribe Cisneros de la Hoz.

Hoy, cada vez que un cantor entona uno de sus romances, cada vez que un lector vuelve a “Romancero del canto nativo”, esa presencia se reactualiza.

El silencio impuesto y la resistencia cultural

A pesar de los premios, las ediciones y la repercusión en vida, gran parte de la obra de Dalmiro Coronel Lugones cayó, con el tiempo, en una suerte de silencio institucional. No fue el único: otros grandes nombres de la cultura santiagueña, como Orestes Di Lullo, Bernardo Canal Feijóo, Pablo Raúl Trullenque u Horacio Germinal Rava, también padecieron una difusión desigual en el circuito nacional.

¿Las razones? Se pueden ensayar varias hipótesis. Una de ellas es la centralización cultural de la Argentina, que suele dejar en segundo plano las producciones del interior profundo. Otra, más incómoda, tiene que ver con los temas que abordaban estos autores: la pobreza, el desarraigo, la destrucción de la naturaleza, la denuncia de desigualdades históricas.

Preguntarse por qué sus obras fueron “condenadas al silencio”, como se señala en esta investigación, es también preguntarse qué voces se eligen amplificar y cuáles se prefieren calladas. Y, en ese debate, la figura de Dalmiro se vuelve emblemática.

Lo cierto es que, más allá de olvidos y omisiones, la cultura popular santiagueña se encargó de sostener su memoria. Sus versos se filtraron en canciones, sus libros circularon de mano en mano, sus anécdotas sobrevivieron en charlas de sobremesa. Ese tejido silencioso de memoria colectiva fue, y es, su verdadera trinchera de resistencia.

Volver al monte para no perder la memoria

Al terminar este recorrido por la vida y obra de Dalmiro Coronel Lugones, queda una sensación clara: no estamos solo frente a un poeta talentoso, sino ante una voz imprescindible para entender la identidad santiagueña y, por extensión, una parte profunda de la identidad argentina.

Su poesía devuelve al lector un país que a veces los discursos oficiales prefieren omitir: el de los montes arrasados, los ríos que resisten, las familias que parten por necesidad, los pueblos que viven entre la devoción y el desencanto. Pero también un país de belleza intensa, de tardes amarillas que se graban para siempre en la retina, de historias que siguen de boca en boca.

Rescatar su obra no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de futuro. En tiempos donde el extractivismo y la velocidad digital amenazan con borrar paisajes físicos y simbólicos, volver a los versos de Dalmiro es una forma de preguntarnos qué queremos preservar. Como advierten sus textos, no se trata solo de salvar árboles, sino de sostener lenguajes, memorias, sensibilidades.

Tal vez la mejor manera de honrarlo sea, justamente, hacer lo que él pedía de la poesía: transmitir un mensaje. Leerlo en las escuelas, cantarlo en las peñas, estudiarlo en las universidades, citarlo en debates sobre ambiente y cultura. Dejar que su voz, esa que se levantaba de madrugada en una máquina de escribir en La Banda, siga diciendo lo que tiene para decirnos.

Porque mientras en alguna parte se siga recitando un romance suyo, mientras alguien vuelva a mirar el atardecer santiagueño y lo nombre como “tarde amarilla”, Dalmiro Coronel Lugones no será un poeta del pasado, sino un compañero de viaje en este presente que todavía busca palabras para entenderse.

 

Fuentes consultadas

* Coronel Lugones, Dalmiro. “Romancero del canto nativo”. Archivo familiar de la familia Coronel Lugones.

* Di Lullo, Orestes. Prólogo a “Romancero del canto nativo”.

* Nasif, Alfonso. “Antología Poética Santiagueña”.

* Cisneros de la Hoz, César. “El Espíritu de Dalmiro Coronel Lugones perdurará en el paraíso de las letras”.

* Testimonios de Cergio Coronel (hermano de Dalmiro Coronel Lugones).

* Entrevistas y declaraciones de Adolfo “Bebe” Ponti, Lucas Cosci, Raly Barrionuevo, Juan Carlos Carabajal, Horacio Banegas y Sergio Luna, citadas en el dossier original.

* “El poeta que resiste al olvido…” por Jorge Galián, publicado en La Columna Digital. Disponible en:

 www.lacolumnadigital.com.ar

http://www.elortiba.org/foro/viewtopic.php?f=9&t=7350

Estas fuentes, combinadas con el archivo familiar y testimonios orales, permiten reconstruir la figura múltiple de un poeta que, contra todo olvido, sigue diciendo presente.


miércoles, 29 de octubre de 2025

"Por qué hieres al cantar"

 Por; Jorge Washington Abalos

 


Mi animadversión por las hormigas no se origina en el daño que estos insectos producen como plaga, pues en mi condición de biólogo cualquier fenómeno de vida me resulta justificado.

No atribuyo mi tirria a razón alguna digna de psicoanalistas, como podría serlo el haber metido en los albores de mi niñez la pata en un hormiguero, con su urticante consecuencia; mi espíritu de justicia me hace comprender que a nadie le gusta que le aplasten la casa.

Creo que mi ojeriza tiene por origen esa laboriosidad obsesiva de las hormigas, las que parecieran estar echando en cara a la gente el "dolce far niente", pues ellas (las hormigas) ni siquiera respetan, como deberían hacerlo todos los animalitos de Dios, el descanso hebdomadario... por lo menos.

Sospecho que quien me ha inculcado -con intención opuesta esta inquina ha sido el fabulista galo, con aquello de la cigarra y la hormiga que comienza:

 

La cigale, ayant chanté

tout l'été.

Se trouva fort déporvue...

 

Nunca entendí bien por qué hubo de agarrárselas con el pobre coyuyo, dándole con el blando del hacha, para destacar la laboriosidad obsecuente y antigremialista de la hormiga. Quizá por esto he tenido siempre un interés atento a explicarme la razón del canto de las chicharras, sabiendo que en la naturaleza no tiene vigencia la copla popular:


No canto porque te quiera

ni pa' que vos me querás.

Canto por andar de vicio,

canto por cantar, no más.


En la naturaleza, los animales - aunque su accionar sea instintivo- tienen siempre un motivo en su proceder.

Si hemos de guiarnos por la fábula, el canto de las cigarras no es tarea especulativa, sino puro fandango. ¡Craso error! El único bicho que canta por razones estéticas (bueno.... no siempre) es el hombre; por eso es que el ingenuo fabulista ha intentado extraer la moraleja partiendo de una posición antropocéntrica preñada de prejuicios. Sería interesante Investigar la razón por la cual los fabulistas se la han tomado con la pobre chicharra para inventar sus moralejas (a las que, felizmente, nadie lleva el apunte), basándose en hechos biológicos incorrectamente observados y pésimamente deducidos. Recuérdese "Cicada et Noctua" en la que se acusa a la cigarra de interrumpir con su canto el honesto sueño del búho quien, por sus correrías nocturnas (sobre las que el autor no abre juicio) debe dormir todo el día. Y esto de "quien no se aviene a las leyes de la humanidad paga el castigo de la soberbia" me parece excesivo en el caso.

Si las cigarras no cantaran, muchos milenios atrás hubieran desaparecido de la faz de la tierra. La competencia en el mundo biológico es implacable, cruel, sin concesiones. Quien no devora es devorado. Además, el animal debe crecer y reproducirse.

Muchas veces el secreto está en la palabra misma: "cigarra", así como "chicharra", se origina en cicada, quia cito caedi, es decir, que hiere al cantar.

El animal tiene que evitar ser devorado y debe reproducirse... Investigaciones realiza- das hace pocos años por especialistas de la universidad de Princeton, Estados Unidos, han develado el secreto del canto de las cigarras. Los cicádidos se cuentan entre los más ruidosos de los insectos; recuerden el haikai de Bashio, poeta japonés del siglo XVII, que nos sirve de epigrafe: "penetrando las rocas, el canto de la cigarra". El aparato de sonido del macho y el órgano del oído en ambos sexos fue identificado hace ya muchos años, y resultan ser los más notables del mundo de los artrópodos.

Debo acotar aquí que la copla popular que sigue no se ajusta con objetividad científica a la ubicación del aparato sonador de los coyuyos:

Yo también sabía cantar,

no con caja ni guitarra,

cantar con mi sola boca

como cantan las chicharras.

(Es claro que los santiagueños sabemos, sin ningún tipo de duda científica o filosófica, lo que la copla expresa; sólo quiero salvar mi prestigio científico).

En un área determinada, las chicharras de especies dadas nacen a la condición de adultos alados en camadas cuya aparición es súbita. Acotemos que algunas de las especies tardan hasta diez y siete años (sico) en alcanzar la condición de adulto que las saca a la luz del sol, pues pasan todos sus estadios de desarrollo bajo tierra y evolucionan, allí enterradas, alimentándose de los jugos de las raíces de las plantas. La vida del adulto alcanza a durar sólo pocas semanas; es por esto que su bullanguera presencia concluye tan rápidamente como comenzó. Como se ve, aquello de Yo soy como la chicharra / corta vida y larga fama..., se refiere sólo a su breve aparición en público.

El mismo Bashio dijo en otro kaikai:

 

Canto y muerte

de la cigarra

en el mismo paisaje.

 

Aunque en otro poema expresara:

 

¡Qué van a morir!

Nada descubre el canto

de la cigarra.

 

Las coplas santiagueñas confirman la duración indefinida de la vida de la chicharra:

 

Soy lo mismo que coyuyo,

cada año salgo a cantar:

domingo, lunes y martes,

tres días de carnaval.

 

 Yo soy como el agua clara

que corre bajo del yuyo.

Aquí te vengo a cantar,

al año, como el coyuyo.

 

Quienes arman la jácara son los machos. Como nacen varias especies a un tiempo, entremezcladas, el canto simultáneo de cada una de ellas tiene por objeto segregarse para el amor. Emitiendo su canto, los machos se llaman unos a otros y se reúnen en el extremo de las ramas de los árboles, separándose por especies. Luego las hembras responden al reclamo y se les unen, consumándose la cópula. Las experiencias realizadas han de mostrado que las distintas especies insmiscuidas tienen un oído de sensibilidad específica para el llamado de los de su raza, y son sordas al sonido de las otras; de modo que no se produce promiscuidad sexual. Dicho de otro modo, aquello de "si te perdés, chiflame" está aquí llevado a lo exquisito.

El lector habrá comprendido ahora que el jacareo de las chicharras cumple una función biológica ineludible para la perpetuación de la especie. Es claro que al mismo lector le cabe ("en este estado", como diría un aséptico notario) el derecho a preguntar: "¿Y para qué pitos nacen a un tiempo, en un área determinada, varias razas de cigarras?". Amigo, aquí está el quid de la cuestión. Aunque un aforismo biológico dice que ante un mismo problema de vida los distintos animales lo resuelven por caminos diferentes originándose así la diversidad de los seres vivos, la naturaleza no arma todo un mecanismo para dar una respuesta complicada a un problema de solución simple; pues con sólo desplazar ligeramente en el tiempo la aparición de los adultos de las distintas especies, lograría su objetivo. Pero no acuse a la naturaleza. Cuando usted no logre interpretar un fenómeno biológico, no lo juzgue. La naturaleza ha recurrido a la aparición simultánea de varias especies para salvarlas de la destrucción; para asegurarles la sobrevida. Otra vez he dejado al lector "sentado al borde de la duda". Pero creo tener derecho a ello: los biólogos han permanecido perplejos durante siglos ante la incógnita.

¿Conoce los pájaros? ¡Es claro que los conoce!, son las bellas, multicolores aves canoras que en las mañanas campesinas nos despiertan con trinos que nos hacen sentir la grata sensación de vida, de pertenecer a un mundo maravilloso... Pero, por un momento, conviértase (sea esto dicho con todo respeto) en un insecto y piense en el enorme pico de un horroroso ser alado y lleno de plumas que viene a engullirlo. ¿De qué mecanismos se valdría usted para salvar su querido pellejo? Porque, aunque uno sea un miserable gusano, nada hay más importante que el pellejo. Los insectos (no pierda de vista que a efectos de la imaginaria experiencia que le he propuesto usted es un insecto) utilizan di- versos métodos: la venenosidad a la ingestión, el mimetismo, la dureza de su coraza... son innumerables los recursos protectores. Por su parte, las chicharras han descubierto uno que usted ya lo sospecha... Acertó, es el sonido.

Al registrar la salmodia de las cigarras, los aparatos electrónicos establecieron que la asociación del coreo de las distintas especies involucradas se complementa, cubriendo una gama de sonido que resulta repelente a los pájaros predadores, manteniéndolos alejados del área. Si el lector gusta de refinamientos, agregaré que la algarabía de los coyuyos interfiere, además, la comunicación entre las aves. Sobre la intensidad, diré (para no hablarle de dines por centímetro cuadrado y otras unidades) que los técnicos del laboratorio de investigaciones auditivas que realizaron el trabajo debieron turnarse con frecuencia en la tarea, pues la acción sónica del área les provocaba, a los pocos minutos de estar sometidos a ella, silbidos en los oídos, mareos y aturdimiento que duraban horas.

¿Ha quedado satisfecho? No. Luego de haber absorbido el impacto de la maravilla ésta del mecanismo que le he descripto, usted se plantea nuevamente la duda: "Entiendo la protección que la Naturaleza presta a estos insectos; pero... ¿es que hay hijos y entena- dos? ¿Cuál es el destino de esos pájaros que se alimentan de ellos?

Con la suficiencia de zoólogo que me resta (aunque me estoy quedando en llanta) aún puedo responderle: En los días nublados en que la temperatura ambiente desciende, los insectos no pueden cantar y los pájaros hacen su agosto; además, a la mañana temprano y en la tarde, luego que el sol entra, hay un periodo en el que los coyuyos no pueden poner en marcha sus "rompeoldos" y son también presa de las aves.

La Naturaleza, la sabia Naturaleza equilibra esta pérdida con una superpoblación compensadora de cigarras. A propósito, ¿conoce el lector el significado de la palabra proletario? Pero dejémonos de disquisiciones que exceden nuestra área de trabajo. ¿Satisfecho con la explicación zoológica?

Ya veo que le queda una duda. Le confieso que yo también la tengo: siendo el equilibrio biológico -como acabamos de ver en este pequeño ejemplo - un mecanismo de tan extraordinaria precisión y delicadeza, ¿tiene el hombre derecho a alterarlo sin medir bien los riesgos?

Y termino esta nota porque no quiero exponerme a que el lector, cansado ya con mi zumbo, me salga con la copla aquella que comienza:

 

Deja de cantar, chicharra,

que ya m'estás atontando...

 

                                           Jorge Washington Abalos

Fuente: revistafolklore.com.ar/

viernes, 19 de septiembre de 2025

Ricardo Rojas: el apasionado creador del “primer nacionalismo cultural” argentino.

 


Imaginá que vivís a principios del siglo XX, en una Argentina que crece a pasos agigantados con la llegada de inmigrantes de todo el mundo. En ese ambiente de cambios, el escritor, poeta e historiador Ricardo Rojas tuvo una idea genial: integrar nuestras raíces indígenas, la herencia española y el aporte de las corrientes migratorias en una sola noción de identidad nacional. ¿Cómo lo hizo? Con letras, historia y un amor profundo por la cultura de su tierra.

Un inicio con sello familiar

Ricardo Rojas nació en Tucumán el 16 de septiembre de 1882, pero pasó sus primeros años en Santiago del Estero bajo la influencia de su padre, Absalón Rojas, un gobernador progresista que fundó 100 escuelas y destinó la mitad del presupuesto provincial a la educación. Desde chico, Ricardo respiró el valor de la enseñanza y la curiosidad intelectual: estudió en Santiago y se graduó como bachiller en 1898. Aunque viajó a Buenos Aires para estudiar Derecho, enseguida descubrió que lo suyo era la literatura y la investigación histórica.

De poeta romántico a historiador de la literatura

Su primer libro, “La Victoria del Hombre” (1903), fue apenas un calentamiento. La verdadera fama arribó con “El País de la Selva” (1907), una obra que mostraba su interés por los paisajes, las historias y las tradiciones de la Argentina profunda. Poco después, vino “La restauración nacionalista” (1909), donde ya se notaba su empeño en invitar a los argentinos a estudiar y enseñar seriamente el pasado. Con “Blasón del Plata” (1910), “Argentinidad” y “Eurindia” (1916 y 1924, respectivamente), profundizó la idea de que la identidad argentina surgía de una mezcla de raíces europeas e indígenas.

Su proyecto más ambicioso fue la “Historia de la literatura argentina”. Publicada inicialmente en cuatro volúmenes (1917-1922), llegó a tener nueve en ediciones posteriores. Esta obra es un hito porque no sólo analiza textos literarios, sino que propone una visión completa de la cultura en el Río de la Plata. En sus páginas, Rojas destaca el género gauchesco —con el “Martín Fierro” de José Hernández como emblema— para remarcarlo como base de una literatura genuinamente argentina.

Más que libros: la misión de educar

Ricardo Rojas no se limitó a escribir: fue profesor en las universidades de La Plata y Buenos Aires, impulsó la cátedra de Literatura Argentina y promovió un instituto de investigaciones para profundizar en la historia y la cultura del país. Como decano de la Facultad de Filosofía y Letras y luego rector de la Universidad de Buenos Aires, defendió la idea de que la educación y la cultura eran la llave para unir a la sociedad y fomentar un lógicamente nuevo “orgullo nacional”.

El “padre de la escuela literaria nacionalista”

Algunos, incluso, lo llamaron “el padre de la escuela literaria de los nacionalistas”. Sus ideales: promover la enseñanza de la historia y la literatura propias, criticar el egoísmo y la corrupción que veía en el gobierno, y subrayar la importancia de integrar a los indígenas y a los inmigrantes en la identidad argentina. Paradójicamente, como buen liberal, no temía lanzar comentarios severos contra la “arrogancia y la indolencia” que a veces nacían de los abundantes recursos naturales del país.

Legado y despedida

Entre sus obras más populares figuran “El Santo de la Espada” (1933), sobre la vida de José de San Martín, y “Ollantay. Tragedia de los Andes” (1939). Falleció en Buenos Aires el 29 de julio de 1957, dejando tras de sí un arsenal de libros, ensayos y reflexiones que siguen presentes en la cultura argentina. Un año después, su viuda, Julieta Quinteros, donó la casa de la calle Charcas 2837 al Gobierno; hoy funciona allí un museo y una biblioteca que resguardan documentos, objetos y piezas clave de la historia de Rojas.

Si alguna vez te preguntaste cómo nació la idea de una identidad cultural argentina que no reniega de sus raíces europeas, indígenas y criollas, Ricardo Rojas tiene buena parte de la respuesta. Su pasión por la literatura, su empeño en unir pasado y presente y su labor incansable en la educación lo convirtieron en uno de los grandes intelectuales argentinos del siglo XX. Una personalidad tan polifacética que, incluso hoy, sigue inspirando a quienes buscan en las letras, la historia y el diálogo cultural una forma de redescubrir quiénes somos y de dónde venimos.

Fuentes consultadas

* Folclore del Norte

* Altamirano, Carlos (1983). “Ensayos argentinos”. CEAL.

* Becco, Horacio Jorge (1962). “Revista Iberoamericana”. Pittsburgh.

* Payá, Carlos - Cárdenas, Eduardo (1978). “El primer nacionalismo argentino. Manuel Gálvez y Ricardo Rojas”. Peña Lillo.

* Zubieta, Ana María (1987). “La historia de la literatura. Dos historias diferentes”. Filología, XXII(2).

jueves, 4 de septiembre de 2025

Pablo Trullenque, el poeta que cantó al alma santiagueña

Un niño lustrabotas que terminó escribiendo la banda sonora de una provincia. Con una vida que parece extraída de una zamba triste, pero con final de himno, Trullenque convirtió el dolor en versos y la nostalgia en canción. Esta es la historia del hombre que le cantó al alma santiagueña.

 


El hombre detrás de las canciones

El 5 de septiembre del año 2000, en la ciudad de La Banda, se apagaba la vida de Pablo Raúl Trullenque. Tenía 66 años. Sin embargo, su nombre sigue vivo cada vez que una chacarera, una zamba o una vidala encienden la memoria popular. Decir Trullenque, en Santiago del Estero, es decir canción.

Nació el 15 de enero de 1934 en la capital santiagueña. Su vida estuvo marcada desde temprano por la adversidad: su padre murió cuando él apenas tenía cuatro meses de vida. Creció entre oficios humildes —lustrabotas, vendedor de diarios, ayudante de sastre—, pero nunca perdió de vista el horizonte donde la palabra y la música se entrelazaban para darle sentido a su camino.

Un “padre” elegido y el inicio de un legado

La orfandad no le impidió elegir referentes. Encontró en Julio Argentino Jerez un guía espiritual y artístico, un “padre” para su obra que le enseñó a transformar la experiencia cotidiana en poesía con arraigo. Desde allí, Trullenque forjó una escritura cargada de filosofía popular y compromiso con la tierra.

En 1957 se trasladó a Buenos Aires, donde su vocación de compositor comenzó a resonar con más fuerza. Sus letras, frescas y profundas como el monte santiagueño, se hicieron lugar en festivales, escenarios y discos. La crítica lo reconoció con premios como el Cóndor y, en su tierra natal, recibió distinciones como Ciudadano Distinguido de Santiago del Estero y Ciudadano Ilustre por parte de la Legislatura provincial.

La canción como conciencia colectiva

Trullenque no solo escribía versos; sembraba conciencia. Sus letras hablan de la vida campesina, del monte, del dolor del desarraigo y del amor por lo propio. Lo hacía sin adornos académicos, con la naturalidad de quien escribe desde el sentir.

Una de sus frases más recordadas, “Vivir es no conformarse”, resume su espíritu inquieto y su apuesta por un folclore que no se limita a entretener, sino que interpela. Sus canciones transmiten un mensaje simple y profundo: la tierra es identidad, y perderla o dañarla es perderse a uno mismo.

En tiempos en que la “aldea global” comenzaba a ser la consigna de moda, Trullenque se mantuvo fiel a lo local. Para él, Santiago del Estero no era una provincia más: era el mundo entero representado en un paisaje de algarrobos, en un patio con guitarra o en la voz quichua de sus paisanos.

Un legado que sigue cantando

El aporte de Pablo Raúl Trullenque al folclore argentino no se mide solo en cantidad de obras —cientos de canciones y poesías—, sino en la huella que dejó en la memoria cultural. Cada letra suya es un puente entre lo íntimo y lo colectivo, entre el recuerdo de la infancia y la denuncia frente al olvido o la injusticia.

Su obra es un canto a la pertenencia. Y aunque partió hace más de dos décadas, su voz sigue viva en las guitarras de quienes repiten sus versos bajo la luna santiagueña.

Epílogo: vivir es no conformarse

Recordar a Trullenque es recordar que el folclore no es solo música, sino también memoria y filosofía de vida. Él supo transformar la dureza de sus primeros años en un legado que enseña a no olvidar de dónde venimos.

En un mundo cada vez más uniforme, sus versos invitan a volver al pago, aunque sea con la memoria. Porque como él creía, en la tierra natal “está todo representado”. Y en su canto, sigue latiendo Santiago entero.

 

 

 

El Algarrobo en la medicina Popular