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sábado, 11 de julio de 2026

El origen afro de la chacarera: un legado rítmico en Santiago del Estero

  


La chacarera, uno de los símbolos más representativos del folklore argentino, es mucho más que una danza. También es el resultado de un largo proceso de encuentro entre distintas culturas que marcaron la historia de América Latina. Según el documento analizado, su ritmo conserva una fuerte herencia africana, especialmente de las regiones Níger-Congo y Bantú, con influencias árabes, que llegó a Santiago del Estero a través del Camino Real durante la colonización española. Sin embargo, ese origen fue muchas veces relegado frente a interpretaciones centradas casi exclusivamente en Europa. Este trabajo analiza cómo los afrodescendientes esclavizados, junto con los aportes indígenas y europeos, dieron forma a una expresión artística que hoy representa una parte fundamental de la identidad argentina. Como sostiene el texto, "la música latinoamericana es el resultado de la fusión de tres culturas: la nativa, la europea y la negroafricana… eso es innegable".

Santiago del Estero: un punto de encuentro cultural

Para entender ese proceso de mestizaje es necesario mirar el papel que tuvo Santiago del Estero. Fundada en 1553, es la ciudad más antigua de la Argentina y ocupó un lugar estratégico dentro de la ruta comercial del Virreinato del Perú. Esa ubicación favoreció el encuentro entre pueblos originarios, como tonokotés y sanavirones, esclavizados africanos y colonos europeos.

El censo de 1778 refleja con claridad esa realidad: el 54% de la población era afrodescendiente, un dato que contrasta con la escasa presencia que esta comunidad suele tener en los relatos históricos tradicionales. Del mismo modo, localidades como Salavina y San Félix, donde todavía sobreviven tradiciones de origen afro, fueron escenarios centrales de ese intercambio cultural. En San Félix, por ejemplo, viven descendientes de Julián del Rosario Guerra y Felipa Iramain, libertos del siglo XIX cuyas raíces africanas siguen siendo parte de la memoria de la comunidad.

El ritmo africano en la chacarera

La influencia africana también puede reconocerse en la música. La polirritmia característica de la chacarera, basada en la superposición de compases de 6/8 y 3/4, presenta claras semejanzas con patrones rítmicos africanos. Investigadores como Norberto Minichillo relacionan esta estructura con el "náñigo afrocubano" de Nigeria, mientras que el percusionista Domingo Cura recordaba una experiencia en Senegal donde, al escuchar tocar a músicos locales, comentó: "Lo que tocaban era chacarera, pibe, podrían ser músicos de Salavina".

A esto se suma el bombo legüero, instrumento esencial de la chacarera, cuyas características guardan afinidad con tambores africanos como el dunumba y el sangban. En conjunto, estas evidencias respaldan la idea de que la base rítmica de la chacarera tiene un origen afrodescendiente, aunque su desarrollo también incorporó aportes indígenas y españoles.

Controversias y resistencia académica

Esta interpretación, sin embargo, no ha estado libre de cuestionamientos. Durante mucho tiempo, investigadores como Carlos Vega sostuvieron que la chacarera derivaba de danzas europeas como la gallarda o la zarabanda. El documento cuestiona esa mirada por considerar que deja de lado la influencia africana. Como afirma el texto: "Con la cantidad comprobada de africanos que ingresaron al continente… es improbable que su aporte cultural haya sido tan minúsculo".

Además, plantea que la escasa valoración de esta herencia responde, en parte, a prejuicios que durante décadas estuvieron presentes tanto en los estudios folklóricos como en el ámbito educativo.

Un legado que sigue presente

La chacarera expresa una historia de encuentros culturales, resistencia y permanencia. Su ritmo, sus instrumentos y su forma de bailar conservan huellas de la presencia afrodescendiente en la Argentina, una dimensión que durante mucho tiempo quedó relegada en los relatos tradicionales.

El documento recuerda que actualmente viven alrededor de 2 millones de afrodescendientes en el país y sostiene que reconocer su aporte musical también significa recuperar una parte fundamental de la historia nacional. En ese sentido, la frase de Alfredo Ábalos resume con claridad esa idea: "El swing de la música de Santiago viene del negro" . Reconocer ese origen no disminuye los aportes indígenas ni europeos; por el contrario, permite comprender con mayor profundidad la riqueza y la diversidad cultural que dieron forma a la chacarera.

En síntesis, tras cada zapateo y repique de bombo, late una historia de diáspora y resiliencia que merece ser contada. Aunque los debates persistan, la evidencia demuestra que la chacarera es un puente sonoro entre África y Argentina.

Fuentes citadas

Documento principal: El origen afro de la chacarera (ilide.info, pp. 1-78).

Referencias específicas:

Censo de Vértiz (1778), citado en p. 7.

Testimonio de Domingo Cura, recopilado por Milton Blanco (p. 26).

Análisis de Carlos Vega (p. 9) y crítica a su enfoque (p. 10).


lunes, 25 de mayo de 2026

La chacarera y su largo viaje desde el África hasta tierras santiagueñas

 "El origen de la chacarera". Por Gustavo Daniel Ojeda

 

Foto: El Liberal, Cementerio de esclavos San Félix

Por medio del Camino Real llegan los africanos esclavizados desde el Viejo Perú hasta Santiago del Estero y crean en ese lugar la chacarera (en realidad crean el ritmo de gato, dado que éste es progenitor de aquélla, hay consenso en el rubro sobre esto, lo hablamos con Vitillo además que fue alumno de Don Andrés Chazarreta), cuya sesquialtera, hemiola o rítmica en cruz, que es la polirritmia 3/4-6/8 de la proyección folklórica (joropo, zamba, zamacueca, etc.), viene desde el África. Este viaje también trae el quechua de los Incas (el Inka es el soberano, y Quechua es el pueblo originario) que aquí se transforma en el quichua santiagueño. El primer gato registrado fue Relaciones para el gato por Rafael Rodríguez Brizuela, y Gato, dos meses luego, por Juan Varela, José Lizzoli y Eduardo Barberis, ambos grabados en 1905 en cilindro de cera Edison por Robert Lehmann-Nitsche y que quién escribe tiene en su haber.

Santiago del Estero es la ciudad permanente más antigua del país, fundada en 1553 en su actual lugar. Salavina, que debe su nombre a los Salavinones (pueblo originario) es la cuna de la chacarera (existen chacareras anónimas con letras antiquísimas en quichua) y del bombo legüero, que es distinto a cualquier otro membranófono nativo. En todo Santiago hubo y hay afrodescendientes; por ejemplo, en San Félix, casi todos sus habitantes lo son. En 1778 (luego de la creación del Virreinato del Río de La Plata, que fue en 1776) se lleva a cabo el primer censo en el Río de la Plata (Censo de Vértiz), que arroja los siguientes resultados respecto de la población negra: para Catamarca: 52%, Tucumán: 42%, Córdoba: 44%, Buenos Aires: 30%, Santiago del Estero: 54% (el Negro Casimiro Alcorta, autor de Cara sucia, el más antiguo tango de autor conocido, era afrosantiagueño) y Salta: 46%.

La mención más antigua que hay a la Chacarera fue hallada por Isabel Aretz, en las "Memorias de Florencio Sal", publicadas en Tucumán (abril de 1913); allí, está escrito que la chacarera se bailaba en esa provincia ya hacia 1850. Aretz recogió chacareras bajo los nombres de Chacra y Molino, en el oeste de Córdoba.

Con respecto a las versiones musicales antiguas de la chacarera, podemos citar, entre otras, las de Andrés Chazarreta (1911, ‘16, ‘20 y siguientes), las de Manuel Gómez Carrillo (1920 y ‘23), y las de Carlos Gardel junto a Razzano (1925 La choyana, con música de Alberto Acuña-letra de René Ruiz).

Etimología: la palabra proviene de chacarero, trabajador, la cual viene de chakra (maizal en quichua), dado que inicialmente se danzaba en el campo.

El ritmo de gato hoy vive en, obviamente, la chacarera, pero además en el escondido, el pala-pala, el malambo, la huella, etc.

La “forma” de la chacarera es: intro-estrofa-inter-estrofa-inter-estrofa-estrofa (o estribillo), donde cada estrofa dura un período de 8 compases, formado por 2 vueltas de 2 antecedentes + 2 consecuentes cada una, y es donde se canta.

Las chacareras pueden ser de 6 u 8 compases (lo que dura la introducción y también las vueltas enteras). La chacarera doble tiene 16 compases más que la chacarera (a secas); o sea, sus 4 estrofas duran 12 compases en vez de 8. Un ejemplo de chacarera doble es Añoranzas de Julio Argentino Jerez o La sachapera de Oscar Valles y Carlos Carabajal. La chacarera trunca puede ser simple (Coplas de cielo y río de Carlos “Negro” Aguirre), doble (La de los angelitos de Adolfo Ábalos y Julián Díaz, Déjame que me vaya de Roberto Ternán y Cuti Carabajal), de 6 u 8 compases, la diferencia está en su escritura musical: la hace trunca la acentuación en su tiempo débil al comienzo y al final, el acento cae en el 2° tiempo del compás de ¾, cosa que no sucede con las chacareras a secas, o sea, las que no son truncas (que suele decírseles derechas), donde el acento cae en el 3er. tiempo del compás. La chacarera trunca (La vieja de los Hnos. Díaz y Oscar “Cacho” Valles) termina todas las frases en el 3er. tiempo, carece de 1º, por lo que se produce un contratiempo debido a la ausencia del mismo. Tanto las chacareras (simples) como las chacareras dobles pueden ser truncas. La chacarera puede ser simple, dentro de las cuales hay normal y trunca, y doble, que también se divide en normal y en trunca. Una chacarera simple es Hacéme sufrir de los hnos. Simón.

Como pregunta final, les hago la siguiente: nombren 5 temas de bandas de rock internacionales… ahora nombren 5 títulos de chacareras… voy a ser más bueno y sumamente indulgente: sólo tararéenlas… espero no haber herido susceptibilidades, pero de eso se trata la transculturación, y es un arma más poderosa que la pólvora, dado que no es tan evidente.

 (De Luis Bauglen Baulin) Fuente: Mauricio FernandoVillarroel

lunes, 27 de abril de 2026

¿La Chacarera nació en Bolivia? El enigma musical que une y divide al Gran Chaco

 


La chacarera es un género coreográfico y musical de ritmo binario de subdivisión ternaria (6/8) y compás de amalgama (3/4), considerado un pilar de la identidad cultural del Noroeste Argentino (NOA), con epicentro en Santiago del Estero. Sin embargo, dada la porosidad de las fronteras coloniales y republicanas, ha surgido el debate sobre su posible génesis en territorio boliviano, específicamente en la región del Gran Chaco. Este informe examina dicha hipótesis bajo el rigor de la etnomusicología comparada y la historiografía regional.

1. El Argumento de la Continuidad Geocultural (Gran Chaco)

La hipótesis del origen boliviano se sustenta primordialmente en la unidad cultural del Gran Chaco, una ecorregión que abarca partes de Bolivia, Argentina y Paraguay.

Evidencia Etnográfica: En el Chaco boliviano (Tarija, Chuquisaca y Santa Cruz), la chacarera es una expresión viva. Los defensores de esta tesis sostienen que el género nació en las misiones jesuíticas o en las haciendas coloniales de la Real Audiencia de Charcas (actual Bolivia) y descendió por el cauce de los ríos Pilcomayo y Bermejo hacia las llanuras santiagueñas.

Contrapunto Académico: La musicología tradicional (Vega, 1944) sostiene que la chacarera es una evolución local de danzas picarescas europeas que ingresaron por el Perú. La presencia de la chacarera en Bolivia se interpreta, bajo el consenso predominante, como una expansión centrífuga desde Santiago del Estero hacia el norte durante el siglo XIX y principios del XX, vinculada a las rutas comerciales y el movimiento de peones rurales.

2. Análisis Musical y Organológico

Para determinar un origen, es crucial analizar la estructura rítmica y la instrumentación.

Ritmo y Estructura: La chacarera comparte la célula rítmica fundamental con otros géneros del cono sur, como el gato o el escondido. No presenta rasgos estructurales que la vinculen de manera exclusiva con la rítmica andina boliviana (predominantemente pentatónica o de metros distintos).

La Influencia Afro: Investigadores modernos como Gómez (2010) sugieren una fuerte raíz afro en el "repique" del bombo legüero. Si bien Bolivia tiene una rica tradición afro (Saya), los patrones rítmicos de la chacarera guardan mayor similitud con los desarrollos del área tucumano-santiagueña.

3. Evidencia Lingüística e Histórica

Etimología: El término "chacarera" deriva de chaca (chacra), voz quichua para "granja" o "campo de cultivo". Si bien el quichua fue lengua franca en el Tucumán colonial y parte del Alto Perú, su consolidación como nombre de género musical tiene registros históricos más tempranos y densos en la actual Argentina.

Fuentes Primarias: No existen partituras o crónicas de viajeros previas a 1850 que ubiquen a la "chacarera" nominalmente en Bolivia. Las primeras menciones documentales sólidas aparecen en salones y zonas rurales de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

4. Difusión Transfronteriza: El Caso de Tarija

El departamento de Tarija es el epicentro de la chacarera en Bolivia. La apropiación es tan profunda que se considera parte esencial de su folclore regional.

El fenómeno de la re-territorialización: La etnomusicología sugiere que la chacarera no "nació" en Bolivia, sino que fue adoptada y adaptada con una identidad propia (Chacarera tarijeña), que difiere de la santiagueña en la cadencia del violín y el estilo del zapateo. Esta adopción fue facilitada por la trashumancia de trabajadores golondrina y el comercio de ganado entre el NOA y el sur boliviano.

Conclusión Fundamentada

Tras el análisis de las evidencias, se concluye que la hipótesis de un origen geográfico en el actual territorio boliviano carece de sustento documental y musicológico suficiente.

La chacarera es, con mayor probabilidad, un fenómeno de génesis regional en la llanura santiagueña (Argentina), producto del sincretismo entre la rítmica española, la influencia africana y la cosmovisión criolla-quichua. Su presencia en Bolivia no debe verse como una prueba de origen, sino como un exitoso ejemplo de difusión transfronteriza, donde el género fue abrazado por el pueblo boliviano, dotándolo de matices locales que hoy enriquecen el patrimonio sudamericano.

Bibliografía Consultada 

Vega, Carlos (1944). Las danzas populares argentinas. Buenos Aires: Instituto de Musicología.

Aretz, Isabel (1952). El folklore musical argentino. Buenos Aires: Ricordi.

D’Orbigny, Alcide (1835-1847). Voyage dans l'Amérique méridionale.

Gómez, Rubén (2010). La raíz africana en el folclore del NOA. Revista de Investigaciones Folclóricas.

Paredes Candia, Antonio (1976). La danza folclórica en Bolivia. La Paz: Ediciones Isla.


La Chacarera: Origen Compartido, Tradición sin Fronteras / Un ritmo con dos patrias y una sola raíz

  Por el equipo de redacción

Detrás del zapateo y el bombo legüero se esconde una historia de idas y vueltas que pocos conocen. Especialistas afirman que la chacarera nació en el Gran Chaco, una región que desdibuja fronteras y abraza dos países. Acá te contamos por qué.



Si alguna vez bailaste o escuchaste una chacarera, seguramente sentiste esa mezcla de energía y nostalgia que brota del bombo y la guitarra. Pero si te preguntamos dónde nació… ¿qué responderías? ¿Argentina? ¿Bolivia? La respuesta, como suele ocurrir con las tradiciones vivas, es mucho más fascinante que una simple casilla en un mapa.

Porque la chacarera —ese género que late fuerte en peñas, festivales y reuniones familiares— no tiene una única cuna. Al menos no en el sentido político del término. En cambio, los expertos en folclore señalan una región compartida como su verdadero origen: el Gran Chaco, esa inmensa llanura que abraza el norte argentino, el sur boliviano, Paraguay y una parte de Brasil.

Un origen con dos versiones

La historia más conocida —y también la más difundida— pone las coordenadas en Santiago del Estero, más precisamente en el paraje de Salavina. Allí, hacia mediados del siglo XIX, los trabajadores de las chacras (de ahí el nombre del género) habrían comenzado a dar forma a este ritmo. La investigadora Isabel Aretz encontró documentos que ya mencionaban la chacarera hacia 1850, y el uso del quichua santiagueño en algunas letras parecía sellar el origen argentino.

Pero la otra orilla del charco tiene su propia memoria. En Bolivia, especialmente en Tarija, Santa Cruz y Chuquisaca, la chacarera también late con fuerza. Y no es una copia tardía: los investigadores han rastreado variantes locales que se desarrollaron en paralelo, con una diferencia clave: la chacarera boliviana, a diferencia de la santiagueña, nunca se cantó en quichua. Ese detalle delata un camino evolutivo propio.

Entonces, ¿quién tiene la razón?

La respuesta más honesta que puede dar un folclorólogo es esta: la chacarera nació en el Gran Chaco, pero encontró su forma definitiva en Santiago del Estero. Esa región compartida fue el verdadero crisol. Allí se mezclaron tres herencias: la indígena (sobre todo quichua), la africana (marcada en el bombo legüero) y la europea (en la guitarra y la estructura armónica).

El género, en sus inicios, no respetaba fronteras porque las fronteras —al menos las que conocemos hoy— no existían. Lo que existían eran chacras, cosechas, peones que se trasladaban de un lugar a otro y, con ellos, la música.

La misma danza, dos países

Lo fascinante del caso es que, al observar las dos tradiciones, las similitudes pesan más que las diferencias. Tanto en Argentina como en Bolivia, la chacarera se baila en pareja suelta, dentro de un rectángulo imaginario, con zapateo firme y ese castañeo de dedos que parece anticipar el redoble del bombo. El compás de 6/8 —con esa cadencia que a veces se siente como 3/4— es idéntico. Y el instrumento insignia, el bombo legüero, suena igual al sur que al norte de la frontera.

No es casualidad: durante décadas, campesinos, músicos y bailarines cruzaron la región del Chaco sin pedir permiso. La chacarera viajaba con ellos.

Hoy, el género vive un momento de renovación. Bandas jóvenes de ambos países la recuperan, la mezclan con otros ritmos y la suben a escenarios internacionales. Y aunque cada tanto alguna discusión en redes sociales reclama la “pureza” del origen (como ocurrió en noviembre de 2025 con un video viral de una artista boliviana bailando con los colores de su país), la mayoría de los especialistas prefiere mirar hacia atrás con una mirada menos nacionalista y más realista.

 “Si alguien puede quejarse de apropiación cultural —escribió un usuario en aquella polémica— sería un peruano, porque la chacarera viene de la zamacueca”.

Un comentario provocador, sí, pero que recuerda algo esencial: el folclore latinoamericano es un enorme tejido de influencias mutuas. La chacarera le debe tanto a la zamacueca peruana como a las músicas indígenas del Chaco, al igual que le debe al bombo africano y a la guitarra española.

Ningún género nace en el vacío.

Un cierre con ritmo de bombo

Entonces, ¿la chacarera es argentina o boliviana? La respuesta académica, serena y quizás un poco incómoda para los nacionalismos de ambos lados, es esta: las dos cosas a la vez.

Santiago del Estero le dio forma, la sistematizó y la difundió al mundo. Pero el corazón del género late más fuerte en la memoria del Gran Chaco, esa tierra sin pasaporte donde los peones compartían faena, idioma y música antes de que los mapas los separaran.

Quizás lo más sabio, cuando suene el bombo y se levante la tierra en una peña, no sea preguntar de dónde viene la chacarera, sino celebrar que —por suerte— todavía nos sigue juntando.

Referencias

Aretz, Isabel. Hallazgo en "Memorias de Florencio Sal" (Tucumán, 1913)

Vega, Carlos. Estudios sobre la chacarera y su presencia en Bolivia

Gutiérrez, Miguel Ángel. "Técnica Básica de Rasgueo"

lunes, 23 de marzo de 2026

La “santiagueñidad” de la chacarera

 Por Domingo A. Bravo.


Todo hecho folclórico es la afloración de un sustrato etnocultural que emerge, en un momento dado, desde los hontanares profundos de la raza por vías de la tradición.

Por eso tiene un contenido de pueblo y de cultura que le permite, en sus vivencias anímicas, estar presente siempre.

A ello se debe que el folklore esté, esencialmente, en el alma sensible del pueblo capaz de emocionarse hasta el entusiasmo o conmoverse hasta la angustia o el asombro ante los hechos típicos de su ámbito regional. Y en lo referente a la explicación intelectual de estos casos no re basa su saber los límites de lo empírico, adquiridos en la experiencia di recta de los aconteceres naturales u originados por entes que mueven funciones esotéricas anímicas las que se aceptan sin análisis de causas y efectos, en tanto, cuando son realizados por el hombre el pueblo los acepta y los hace suyos sin preguntar por el autor que los produjo. De ahí resulta que una de las condiciones básicas para que un hecho sea folklórico es su anonimato. Por eso el pueblo los modifica, los recrea, en la medida de su capacidad creadora dentro del ámbito sociocultural de su época.

Los hechos que escapan a estas condiciones básicas no serán folklóricas sino proyecciones folklóricas.

Todas estas condiciones se cumplen en la chacarera, dentro del ámbito geosociocultural de Santiago del Estero, contenida en la amplitud etnolingüística de su origen y evolución. Sobre esa base elaboramos nuestra tesis de la santiagueñidad de la chacarera.

CONTENIDO DE SU NOMBRE

Toda palabra es un significado que trae en sí mismo su significado contenido en el sistema morfofonético de su composición que encierre, como vehículo de comunicación, el mensaje del hombre con sus semejantes.

Para captar en todo su alcance el mensaje necesitamos conocer el étimo base y los morfemas significativos que estructuran el vocablo con arreglo a la lengua a que estos elementos lingüísticos pertenecen en toda su dimensión de tiempo, cultura y espacio.

Planteado así el problema veamos primero el étimo base: En quichua peruano, lengua madre, tenemos (dic. Lira, 1-, p. 86): "Chahra, f. Tierra o terreno labrantío... Lugar sembrado. Hacienda, predio rústico , estancia, finca."; en el quichua boliviano (Urioste-Herrero, 2, p. 184) leemos: "Chajra. Sembradío. Parcela. "; en el quichua ecuatoriano (Luis Cordero, 3-, p. 21): "Chagra, n. Sementera, especialmente maíz". y en el quichua colombiano (Arturo Pazos, 4-, p. 17):, "Chagra, chahra: sementera".

Por su parte, el quichua santiagueño registra así esta voz (Dic. Bravo, 5-, tres ediciones): "Chacra, s. Bot. Zee Mays. Planta de maíz. // Por ext. aunque poco empleada, la plantación de maíz Oh maíz".

Como vemos, todas las formas quichuas, tanto la lengua de origen como sus derivaciones dialectales, registran el vocablo en su categoría de sustantivo; pero no así en su derivación adjetival puesto que ninguno de los diccionarios de esta lengua, a excepción del quichua santiagueño, registra el adjetivo chacarero y su femenino chacarera. Ello prueba, sin lugar a dudas, que en la extensa dimensión de la geografía lingüística del quidhus andino no existe el vocabulario y por lo tanto el objeto de referencia.

En cambio, en el quichua santiagueño tenemos el vocablo, en sus dos acepciones de sustantivos y adjetivos, consignado así (Dic. Bravo, 5- ): "Chacarera, s. Danza folklórica ampliamente conocida en sus tres aspectos constitutivos: coreografía, música y canto..." y "Chacarero, га, adj. Trabajador rural de la chacra u oriundo de ella".

Solo en el quichua básico tenemos un equivalente al adjetivo chacarero, inserto así en el Dic. Lira, pág. 87: "Chahrá-yokk, f. Hacendado, terrateniente, propietario de fundos o parcelas". Y "Chahrákukk, adj. y s. Persona que se ocupa en menesteres agrícolas, que es el que hace sus faenas".

En ninguno de estos dos vocablos y sus respectivas acepciones asoma la chacarera como danza, música o canción y, más aún, ni siquiera en el diccionario de "Peruanismo" de Marte Hildebrandt aparece esta voz. Prueba evidente de su inexistencia en el Perú y su ámbito quichua andino.

NACIMIENTO DE LA DANZA

¿Cuándo habría nacido esta danza?

Para nosotros, con fecha imprecisable, en los tiempos de la minga, sistema primitivo de cooperativismo americano, probablemente más efectivo que nuestras mutuales, puesto que descansaba en el concepto que podríamos sintetizar con esta conocida fórmula: "uno para todos y todos para uno" .

Con este método incaico, introducido al Tucumán desde el Perú por la conquista, se construyeron las viviendas, se efectuaban las siembras y se levantaban las cosechas.

Hasta muy entrado este siglo, en ambiente rural del NO y Centro argentinos, y muy especialmente en Sgo. del Estero, se cosechaba el trigo en "en tiempo de las segadas", faenas que terminaban con una fiesta ofrecida por el dueño de la finca a sus voluntarios ayudantes, en la que se bebía como bebida ritual "caña compuesta", se comía en abundancia y se celebraba el acontecimiento con música, baile y canto. Y no dudamos que, antes como ahora, había en "las chacras" bellas chacareras a las que la galantería masculina les habría ofrecido el homenaje de la danza y el canto en la fiesta, las que no podrían haber sido la jota ni el taquirari puesto. que los actores no eran españoles ni peruanos sino un nuevo tipo humano surgido de la conquista.

Y le habrían cantado a la donosa de entonces, en alegre son de guitarra andaluza, bilingües coplas octosílabas de galantería y amor.

Hasta no hace mucho la música para esta danza era siempre cantada, costumbre que se conserva aún hoy en ambiente rural.

Y esa danza alegre, dinámica, de letra querendona y picaresca, en directa alusión a su destinataria, de elementos musicales españoles y nombre criollo, en simbólica hibridación quichua castellana, se llama chacarera.

ANTIGÜEDAD HISTÓRICA DE LA CHACARERA

¿Cuándo nació esta danza? No lo sabemos, ni creemos que nos sea dable saberlo alguna vez porque los hechos folklóricos no son históricos sino tradicionales, lo que no quita que andando el tiempo y de acuerdo con la importancia que cobre el hecho, puede éste ascender a los niveles históricos.

A uno de esos hechos pertenece la chacarera. Y ya en el plano histórico tenemos lo siguiente: El registro más antiguo del que tenemos noticia documental la debemos a la musicóloga Isabel Aretz, quien en su enjundiosa obra "Folklore musical argentino", p. 202, dice: "La trayectoria antigua de esta danza es muy difícil de seguir, en cuanto no se menciona en documentos de la primera mitad del siglo pasado, al menos con el nombre de chacarera, y sólo en las "Memorias" de don Florencio. Sal, que exhumé en Tucumán, aparece entre las danzas que se usaban hacia 1850. En Buenos Aires la menciona ya en 1883, don Ventura R. Lynch, quien cree por error que se trataba de una danza puramente local, de dolores.

El vocablo, que el nombre de nuestra danza nació en los primeros tiempos de la conquista española cuando aún se escribía chacara, sin acento, de cuya derivación nació el adjetivo: chacarero y su femenino chacarera que, andando el tiempo, alcanzó la categoría. de sustantivo para el nombre de nuestra danza.

Creando el vocablo, fácil es conjeturar que en aquella época se habría creado una danza a la que se aplicó el calificativo derivado del mismo en hibridación quichua-castellana y se la llamada chacarera. No pudo haber sido antes porque la danza jamás se llamó chahráyokk (forma quichua) ni después porque porque tampoco adoptó las formas inexistentes del esdrújulo chácarera ni del grave chacrera.

ÁMBITO GEOGRÁFICO DE LA CHACARERA

Toda creación de un hecho folklórico lleva Involucrada en sí misma el espíritu del pueblo. Lo que no lleva esta esencia popular, pierde arraigo y desaparece por falta de fuerza telúrica para su vivencia, pero los hechos que tienen esta esencia perduran a través del tiempo hasta convertirse en tradición, leyenda o mito. Eso, exactamente, ha ocurrido con la chacarera en Sgo. del Estero.

En tanto en el litoral argentino, a donde llegó, no cabe duda, por el "Camino del Perú", no ocurrió lo mismo. Allá ha perdido vigencia, ha desaparecido como desaparecen, paulatinamente, las especies de trasplante cuando llevadas a un medio extraño les falta el clima propicio para su adaptación y desarrollo. Eso mismo ocurrio a la chacarera en el litoral argentino.

La aseveración de Isabel Aretz (Ob. cit. p. 202) cuando dice: "La chacarera, lo mismo que la zamba y el gato se baila en gran parte del país, aun- que, excluido el litoral", es prueba concluyente al respecto.

De que la chacarera no es danza típica del folklore litoraleño se ha confirmado en el gran Festival Folklórico de Cosquín (Córdoba) tanto en el Ateneo como en el escenario de la Plaza Próspero Molina, al que asistimos, salvo circunstancias ausencias, desde 1962 hasta 1977 , donde integramos, casi siempre, el jurado que discernía, entre los conjuntos presentados, sobre la autenticidad de las representaciones. Más aún, ningún conjunto folklórico, representativo de las provincias argentinas, presentó jamás la chacarera como danza típica regional.

Cabe agregar, confirmando el aserto, que tampoco la chacarera es danza típica en sus respectivas regiones, según la fehaciente información dada por los folkloristas destacados: Dr. Ramón Viveros (Corrientes), Teófilo C. Marcado (Catamarca y La Rioja), Hugo Alcides Ifrán (Santa Fe) y Florencio López (Entre Ríos), entre otros.

En cambio, en la representación santiagueña jamás faltó la chacarera como danza o como canto, encendiendo de entusiasmo a la multitudinaria concurrencia por el alma que ponían los protagonistas en sus interpretaciones.

LA EMOCIÓN DE LA CHACARERA

Ninguna pieza folklórica, danza o canción, enciende los ánimos del santiagueño como la chacarera. A la vidala se la escucha con reconcentrada atención porque su música y su letra le hablan de recónditas cultas de amor y de ausencias en. esta tierra del éxodo; a la zamba porque es la danza del donaire señorial y del mensaje galante en los pañuelos; el gato, el escondido y el malambo pueden encender el entusiasmo por la dinámica de su danza y la vivacidad de su música; inclusive hasta puede gustar en silencio la ejecución de estas piezas, pero cuando se ejecuta una chacarera desbordan los entusiasmos, estalan los aplausos, se acompaña la música y hasta se entonan las letras cuando éstas son conocidas. como las del eminente cultor de esta danza Julio Argentino Jerez.

Así es la chacarera en Santiago, hace vibrar el alma santiagueña con el estímulo de su mensaje nativo.

LA MÚSICA DE LA CHACARERA

No podía faltar a esta profunda raigambre anímica la música que la representará como una afloración estética del alma nativa. Y entonces nació con la espontaneidad de las cosas naturales que florecen en el alma del artista como un mensaje de la raza. Por eso la chacarera no tiene autor, es del acervo folklórico del pueblo como el cancionero quichua-castellano de su riquísima poesía anónima. A esa chacarera anónima, la creada por el pueblo y recogida por Andrés Chazarreta nos referimos en el presente trabajo.

RITUAL DE DANZA LA CHACARERA

Tan santiagueña es la chacarera que en Sgo. del Estero ha llegado hasta la sublimación del mito en el alma popular que la ha convertido en danza ritual para sus fiestas tradicionales como en la "telesiada", por ejemplo. En esta fiesta folklórico-pagana se prenden velas en homenaje a esta diosa de la selva, se bailan 7 (siete) chacareras y la fiesta dura "hasta que las velas no ardan". También el reza-baile se inicia con la chacarera lo mismo la fiesta de las comadres.

LA ORIUNDEZ DE LA CHACARERA

Dentro del ámbito noroesteño la chacarera, danza agrícola, debió nacer en las riberas del Dulce donde los españoles de la "Primera Entrada", expedición descubridora de Diego de Rojas, según su cronista D. Gonzales de Prado, encontraron "maizales en berza".

Sobre la base de lo expuesto, sostenemos que la chacarera es santiagueña.

Artículo publicado originalmente en Revista Folklore.-


jueves, 20 de noviembre de 2025

"El bandoneón se extingue: La batalla silenciosa en el corazón de Santiago del Estero"

SANTIAGO DEL ESTERO, 1984. - Miguel Simón, leyenda del folclore argentino, revive en su relato los años dorados del bandoneón santiagueño. Desde su patio con algarrobos y coyuyos, este patriarca musical traza el mapa de un mundo sonoro que se desvanece.





El Bandoneón: Un Tesoro que Ya No Se Fabrica

Don Miguel, con la paciencia de quien ha enseñado toda una vida, comenzó por el corazón de su sonido: el bandoneón.

"En Santiago, el santiagueño es un músico intuitivo. Hace muchos años, allá por 1930, ya se escuchaba bien tocada la chacarera en bandoneón", afirma. Pero adquirir uno no era tarea fácil. "Estoy hablando del año 1935, 34... Un bandoneón nuevo valía 75, 90, 100 pesos. En esa época, un empleado bancario ganaba 50 pesos". Era una inversión de meses, un lujo que el hombre de campo solo podía permitirse tras una buena cosecha.

Hoy, el panorama es desolador para los nuevos músicos. "A raíz de la última guerra mundial, los alemanes abandonaron sus fábricas de instrumentos. Hasta la fecha no se volvió a fabricar bandoneón". Esta escasez ha convertido al instrumento en una reliquia. "Hay gente que tiene uno y no lo quiere vender porque quizás era de su padre... y a raíz de eso, los nuevos muchachos del interior ya no compran bandoneón, sino acordeón". Con una sonrisa triste, sentencia: "Eso va suplantando a nuestra música tradicional".

Los Hermanos Simón y la Chacarera Fundacional

Simón no solo interpreta la tradición; es parte fundamental de su creación. Junto a sus hermanos, escribió uno de los primeros capítulos de la chacarera moderna.

"Los hermanos Simón hemos compuesto una de las primeras chacareras del año 1933, 'Chacarera de los Ríos'", recuerda con orgullo. "La grabamos en el 53... con mi hijo tenemos tres discos, más de 250 obras grabadas".

Al hablar de su estilo, se transforma en el maestro. "El santiagueño tiene un estilo... yo he tomado a la gente del campo. Ellos, sin saber música, hacían la tercera, la mano derecha... yo toco de acuerdo a mis sentimientos en el momento, nunca toco igual". Su explicación es una cátedra viva de la riqueza rítmica del folclore.

Jujuy, los Códigos y la Música que se Llevó el Río

Su historia no solo se escribe en Santiago. Vivió siete años en Jujuy, donde forjó amistades legendarias. "Yo he vivido en la ciudad de Jujuy durante 7 u 8 años... era muy amigo del 'Cuchi' Leguizamón, de Eduardo Falú, y especialmente del 'Papi' Sosa". De esos días nació "Tacita de Plata", una zamba que hoy "tienen como himno en Jujuy".

Pero su relato siempre vuelve a las raíces, a los símbolos profundos del monte. Con la sabiduría de un naturalista, describe el coyuyo, ese insecto cuyo canto es la banda sonora del verano santiagueño. "El coyuyo nace de la tierra... tiene un cantar excelente que se siente a la legua". Ese sonido está inmortalizado en sus letras, uniendo la naturaleza con el arte de una manera que solo un verdadero hijo de la tierra puede lograr.

El Violín de San Francisco Solano y el Mecenas del Mercado

La memoria de Simón es un archivo histórico. Al ser preguntado por los orígenes, teje una conexión que se remonta a la colonia. "Cerca de Salavina... hay docenas de familias de violinistas". ¿La razón? "La enseñanza que ha dejado el famoso curita... San Francisco Solano". Según la leyenda que recoge, el santo misionero usaba su violín para evangelizar en el siglo XVI, y su semilla musical echó raíces profundas en esa tierra.

Finalmente, revela el origen de los Hermanos Simón. "Mi padre tenía una confitería en un mercado... y era el mecenas de los músicos". Los artistas que llegaban del campo dejaban sus instrumentos bajo su custodia. "Nosotros, de chicos, teníamos 8, 12 años... ahí fue nuestra inclusión por la música criolla".

El Legado de un Sabio

Miguel Simón habla no con nostalgia, sino con la autoridad de quien ha sido testigo y arquitecto de una cultura. Su entrevista es más que una conversación; es un acto de preservación. Cada anécdota, cada explicación técnica sobre la "tercera" en la chacarera, cada recuerdo de un bandoneón perdido bajo la lluvia, es un fragmento de un patrimonio vivo que, como el coyuyo, merece seguir cantando para las generaciones que vienen.

Fuente: Entrevista a Miguel Simón (1984). *Miguel Simón entrevistado por periodista De Francia 1984 - YouTube*. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=uSzVuYF-LTU

martes, 18 de noviembre de 2025

La historia secreta de "Añoranzas": Cómo una melodía se coló en el corazón de la Constitución.

¿Cómo llegó una canción nacida del dolor del desarraigo a convertirse en “himno cultural” por decisión de una Convención Constituyente? ¿Y por qué, aun cuando cambió el signo político del gobierno, nadie se atrevió a tocar ese artículo? La historia de “Añoranzas” dice mucho más sobre el poder, la nostalgia y el folclore de Santiago del Estero de lo que parece a primera vista.



Una Constitución que suena a chacarera

Imagine que abrís la Constitución de una provincia argentina y, entre artículos sobre la organización de los poderes del Estado, plazos, competencias y reelecciones, te encontrás con esto:

 “Adóptase como Himno Cultural de la Provincia de Santiago del Estero la obra musical ‘Añoranzas’ (chacarera), con letra y música de Julio Argentino Jerez”.

No es el programa de un festival. Es el texto constitucional reformado en 1997 en Santiago del Estero. Una chacarera –quizás la chacarera más emblemática de la provincia– transformada en símbolo oficial del Estado.

La escena abre una pregunta incómoda: ¿por qué, en medio de una reforma híper conflictiva, un gobierno acusado de “modelo autoritario” decide coronar como himno cultural una canción que habla del dolor de estar lejos del pago? ¿Un gesto romántico… o una jugada política finísima?

Este artículo reconstruye, en clave narrativa, el contexto en el que “Añoranzas” fue adoptada como himno cultural en 1997 y reafirmada en la reforma de 2005, cuando el juarismo ya había caído. Lo hace siguiendo la investigación de Ramón Esteban Chaparro (2017), quien rastreó en la prensa santiagueña –sobre todo en el diario El Liberal– las huellas de esa decisión y lo que revela sobre el uso político del folclore tradicional.

La chacarera que cantan los que se fueron

Para entender la potencia simbólica de “Añoranzas” hay que volver a su origen.

La canción fue registrada en 1942 por Julio Argentino Jerez, en una provincia atravesada por un fenómeno doloroso: la emigración masiva. A mediados del siglo XX, Santiago del Estero perdió miles de habitantes que se vieron obligados a partir hacia Buenos Aires y otras grandes ciudades, empujados por la necesidad económica. Trabajo había lejos; el pago quedaba atrás.

“Añoranzas” recoge la voz de ese sujeto que se fue. Un yo que, desde la distancia, extraña la tierra natal, su paisaje, su rancho, sus afectos. No es la nostalgia edulcorada del turista, sino el desgarro del que tuvo que irse para sobrevivir. La canción se volvió, con los años, el himno íntimo de los santiagueños dispersos por el país.

Setenta años después de su creación, seguía vigente en peñas, patios, festivales y discos. Si uno piensa en el cancionero santiagueño, “Añoranzas” aparece entre las primeras. Y, casi inevitablemente, vinculada a las voces de Los Manseros Santiagueños, uno de los conjuntos que contribuyeron a fijarla en la memoria colectiva.

Pero lo que en principio parece solo una historia musical, se vuelve política cuando la chacarera cruza de escenario y entra en la Constitución.

Una provincia que reescribe su Constitución una y otra vez

Santiago del Estero sancionó su primera Constitución en 1856. Desde entonces, según cuenta la historiadora María Tenti de Laitán (1998), la carta magna fue reformada al menos diez veces hasta 1997. Es decir: en promedio, cada texto constitucional duró apenas catorce años.

Si sumamos las reformas de 2002 y 2005, ese promedio baja incluso más. Y lo que podría leerse como vitalidad institucional, muchas veces responde a algo bastante menos épico: la necesidad de adaptar las reglas del juego a los intereses del gobernante de turno.

En 1997, quien tenía el control político de la provincia era Carlos Juárez, figura central de la política santiagueña durante décadas. Fue él quien impulsó una nueva reforma constitucional. En las elecciones para convencionales constituyentes, el justicialismo se impuso con el 52 % de los votos frente al 42 % de la Alianza Para Todos (que agrupaba distintos desprendimientos del radicalismo y otras fuerzas). Había, además, un pequeño sector peronista disidente, la Corriente Renovadora, con un magro 2 %.

La Convención sesionó apenas cincuenta días: del 10 de noviembre al 30 de diciembre de 1997. Pero ese breve período concentró una intensidad política que el diario El Liberal retrató con un léxico casi bélico.

 “Todo hace temer una guerra”: el clima de la reforma de 1997

El trabajo de Chaparro se apoya en un minucioso relevamiento de las ediciones de El Liberal durante los meses de la reforma. El resultado es un mosaico de conflictos simultáneos, dentro y fuera de la Convención, que trazan un cuadro de provincia crispada.

Adentro de la Convención

La pelea central oponía al oficialismo justicialista con la Alianza opositora. Los puntos más discutidos eran, previsiblemente, aquellos que favorían a Juárez: especialmente la posibilidad de reelección y otras enmiendas que consolidaban su poder.

La oposición denunció un “modelo autoritario” y terminó retirándose de las sesiones, cuestionando la legitimidad del proceso. La Iglesia Católica, en la voz del obispo Gerardo Sueldo, fue igual de dura: dijo que la nueva Constitución era “más fascista que democrática”.

Afuera: la conflictividad se multiplica

Mientras tanto, en distintos puntos de la provincia estallaban conflictos de todo tipo, amplificados por la prensa:

* En Campo Gallo, se enfrentaban dos líneas políticas locales –la del intendente Jhon Bosco Mendonza y la del exintendente Amado T. Chamorro– en un clima tan tenso que El Liberal abrió su edición del 1 de noviembre con un enorme titular y foto de cortes de ruta.

* En la capital, había guerra fría (y no tan fría) entre empresarios y choferes de colectivos, y los remiseros, acusados de competencia desleal por los primeros. El conflicto tenía un fondo político: estaba atravesado por la disputa entre el juarismo y el intendente radical Mario Bonacina.

* En el área de salud, el Instituto de Obra Social del Empleado Provincial chocaba con el Colegio de Médicos por el pago de prestaciones con bonos.

* Entre el Ejecutivo y la Iglesia, el obispo Sueldo criticaba lo que consideraba una “militarización” de la policía provincial, apuntando directamente a Juárez.

* Entre el gobierno y la prensa, El Liberal se cruzaba con los convencionales oficialistas tras un editorial sobre el cobro de juicios por inmuebles quemados durante el “santiagueñazo” de 1993.

No es casual que muchas de estas noticias ocuparan la tapa o la parte superior de las páginas, con grandes titulares, fotos, columnas de opinión y hasta chistes gráficos. Los verbos elegidos reforzaban el dramatismo: los conflictos no “comenzaban”, “estallaban”; no había diferencias, sino “guerra”. Un ejemplo recogido por Chaparro: “Todo hace temer una guerra”, decía el diario el 14 de noviembre en su portada.

El investigador se apoya en el análisis crítico del discurso de Teun van Dijk para leer estas elecciones como algo más que simple color periodístico: son formas de enmarcar la realidad, de presentar al lector un “nosotros” y un “ellos” en permanente tensión.

¿Quién es el verdadero “nosotros” santiagueño?

Detrás de cada uno de esos conflictos, Chaparro detecta un mismo movimiento: una disputa por apropiarse del “nosotros” santiagueño. Es decir, de la identidad legítima de la comunidad.

Simplificando mucho, podríamos dividir las voces en dos grandes bloques:

* La oposición, entendida como la Alianza, el obispo Sueldo y el propio diario El Liberal.

* El oficialismo, encabezado por Juárez y sus dirigentes, incluidos varios convencionales.

Ambos hablan en nombre del mismo destinatario: el pueblo de Santiago del Estero. Ese pueblo aparece siempre como víctima, pero el victimario varía según quién hable.

* Para la oposición, el pueblo sufre las prácticas clientelares y autoritarias del juarismo.

* Para el oficialismo, el peligro viene del accionar “disolvente” de la oposición, que no respeta la voluntad de la mayoría.

Cada sector se autopercibe como defensor de una dimensión clave de ese pueblo:

* La oposición dice defender su libertad.

* El oficialismo dice resguardar su unidad.

El juego consiste en presentarse como el “yo” legítimo que habla con un “tú” (el pueblo) al que hay que proteger… del otro. Esa lógica de amigos/enemigos es un clásico de la política, pero en Santiago del Estero, a fines de los noventa, se cargó de un ingrediente particular: el folclore.

Cuando el folclore entra a la sala de sesiones

En ese clima enrarecido, el oficialismo necesitaba gestos que construyeran consenso, aunque fuera por fuera de los debates más conflictivos. Y ahí aparece el folclore.

Durante buena parte del proceso, el gobierno mantuvo en reserva su proyecto de reforma. Ni siquiera sus propios convencionales conocían con precisión todos los artículos a modificar. Esa opacidad aumentaba las sospechas de la oposición, que denunciaba una maniobra para “blindar” a Juárez y a su entorno.

En ese contexto, la decisión de incorporar símbolos identitarios –bandera, escudo, escarapela– funcionó como un movimiento más amable, casi patriótico. Pero hubo un detalle significativo: mientras la Convención le dio rango constitucional a la ley que había creado la bandera provincial en 1985, no hizo lo mismo con el viejo “Himno a Santiago del Estero” (de 1953), que casi nadie conocía.

En cambio, optó por algo radicalmente distinto: elevar a rango de “Himno Cultural” una canción del cancionero popular, masiva, entrañable, omnipresente: “Añoranzas”.

El jurista Peter Häberle sostiene que las constituciones suelen incluir himnos y símbolos porque funcionan como “fuentes emocionales de consenso” para la comunidad política. Si eso es cierto, la elección tenía una lógica contundente: un himno escolar que pocos podían tararear difícilmente generaría consenso; una chacarera que todo el mundo se sabe de memoria, sí.

La jugada no se quedó en el papel. Para el acto de jura del nuevo texto, la mayoría justicialista convocó a figuras del folclore tradicional: Los Manseros Santiagueños, Los Tobas, La Chacarerata Santiagueña, entre otros. Muchos de ellos, justamente, eran celebrados casi a diario en las páginas de El Liberal como la encarnación del folclore “auténtico” de la provincia.

Era la foto perfecta: el gobierno juarista, cuestionado por “autoritarismo”, rodeado en la ceremonia de las mismas voces que la oposición consagraba como símbolo de la verdadera santiagueñidad. Una escena de legitimación recíproca.

Y lo más llamativo: nadie en la oposición cuestionó la adopción de “Añoranzas”. Se discutieron la reelección, las garantías, la relación con la Iglesia… pero no el nuevo himno cultural. El Liberal, que dedicaba páginas enteras al folclore tradicional, se limitó a informar el hecho en párrafos finales, sin críticas explícitas.

Para Chaparro, ese “silencio prudente” dice tanto como mil editoriales: el folclore tradicional era un terreno común, un lenguaje compartido por las élites enfrentadas.

Más allá de la política: la batalla por la “santiagueñidad” también se daba en las góndolas

Revisando día por día El Liberal, la investigación detecta algo más: el folclore y la identidad no solo eran armas en la arena política, sino también en el mundo empresarial.

Disco vs. Sinchi: cuando los supermercados se vuelven gauchos

A fines de los noventa llegaron a la provincia los hipermercados Disco y Libertad. La reacción de los supermercados locales fue rápida: se agruparon en una asociación llamada Sinchi, palabra que en quichua significa “fuerte”.

Su lema publicitario era, literalmente, una antinomia: “Compre súper cerca y no gaste su dinero híper lejos”. El mensaje era claro: defendamos lo nuestro frente a la “invasión extranjera” de las grandes cadenas.

En el fondo, Sinchi se apropiaba de una vieja oposición muy arraigada en el imaginario santiagueño: lo local vs. lo de afuera, lo campero vs. lo importado. Una lógica que “Añoranzas” misma refuerza cuando contrapone el pago a la gran ciudad.

Disco respondió con otra jugada simbólica: organizó un certamen de música folclórica para celebrar su primer aniversario, con el padrinazgo de Sixto Palavecino –violinista, cantor, referente de la lengua quichua– y el auspicio tanto del gobierno provincial como de El Liberal.

El isotipo del concurso era toda una declaración de intenciones: un mapa de Santiago del Estero sobre el que se superponían un bombo, una guitarra y un sol. El hipermercado, en clave de “patio criollo”.

Así, en el terreno comercial, las estrategias eran similares a las políticas: apropiarse de símbolos identitarios para integrarse al “nosotros” santiagueño y seducir a un mismo “tú”: el consumidor-ciudadano.

¿Qué se entendía por “folclore auténtico” a fines del siglo XX?

Para entender por qué “Añoranzas” se convirtió en la candidata perfecta a himno cultural, hay que mirar cómo se construía la idea de “folclore tradicional” en el discurso público de la época.

En El Liberal –y en buena parte de las élites culturales y políticas– el folclore “auténtico” tenía una serie de rasgos bastante definidos:

1. Temas: el pago perdido y el pasado feliz

Se valoraban especialmente las canciones que hablaban del pago lejano y del pasado idealizado. La nostalgia era la emoción central: el personaje que se fue, que sufrió la distancia y que sueña con volver.

Los repertorios reseñados en el diario lo muestran con claridad: chacareras dedicadas a pueblos del interior, al monte, a la vida de rancho. Incluso, cuando el intendente Bonacina quiso ilustrar la hospitalidad santiagueña en un acto por el Día de la Tradición, citó otra chacarera famosa cuyo personaje reconoce, después de vagar lejos, que lo que buscaba siempre había estado en el lugar donde nació.

En ese mismo evento se anunció la futura construcción de un anfiteatro llamado Plaza Añoranzas, homenaje directo a la chacarera de Jerez. El topónimo, otra vez, hacía del recuerdo del pago una marca urbana y política.

2. Continuidad con el pasado y desconfianza hacia la innovación

El folclore valioso era el que mantenía continuidad con una tradición heredada de generación en generación. Se celebraba a quienes “nunca se apartaron del estilo” con el que empezaron en los años 50 o 60, y se miraba con recelo cualquier intento de renovación.

En los ochenta había surgido una movida que mezclaba folclore con rock, incorporaba baterías, guitarras eléctricas y nuevos temas urbanos. Para buena parte del mundo tradicionalista, esa apertura era una amenaza.

Un epígrafe de El Liberal sobre el grupo Los Sacha lo dice todo: los presenta como “rockeros arrepentidos” que abandonaron el rock para dedicarse al folclore… y a quienes “les va mucho mejor” desde ese giro. El mensaje es transparente: lo nuevo es desviación; lo tradicional, el camino correcto.

3. Ruralidad, gauchos y “cosas de la tierra”

El universo imaginario del folclore auténtico era rural. El personaje emblemático: el gaucho. En las fotos del diario, músicos y bailarines aparecían con sombrero, pañuelo al cuello, bombachas, botas, poncho.

Se repetían imágenes y referencias a:

* El rancho como símbolo de la felicidad perdida.

* Destrezas criollas como la jineteada.

* Costumbres como el mate y el asado.

* Personajes campesinos como la popular “Doña Shalu”, creación teatral/musical de Graciela Alicia López.

El folclore urbano, la vida de barrio en las ciudades, la experiencia de las periferias contemporáneas casi no aparecían en ese paisaje.

4. Guardianes mayores y jóvenes discípulos

El protagonismo lo tenían artistas que ya eran parte del panteón: Los Manseros Santiagueños, Los Tobas, Sixto Palavecino, Alberto Leguizamón, La Chacarerata Santiagueña, entre otros. Muchos de ellos eran ya adultos mayores en los años noventa.

Los jóvenes eran bienvenidos en la medida en que se situaran como continuadores respetuosos de esos “maestros”. Se los valoraba cuando interpretaban “las cosas nuestras”, cuando se declaraban herederos, no innovadores.

En una entrevista, Alfredo Toledo, de Los Manseros, agradecía que las nuevas generaciones cantaran composiciones de su grupo. Otro ejemplo: el pianista Marcelo Perea tituló uno de sus discos Piano santiagueño. Homenaje a los maestros, y fue celebrado por su “exquisita forma de ejecutar las cosas nuestras”.

El mensaje implícito: el lugar del joven es el de aprendiz devoto, no el de creador de algo distinto.

5. Géneros preferidos: la supremacía de la chacarera

Aunque se mencionaban zambas, gatos y escondidos, la chacarera ocupaba el trono indiscutido. No solo porque se canta, sino porque se baila: es música de fiesta, de celebración colectiva.

En el concurso folclórico organizado por Disco, por ejemplo, una de las categorías específicas era “chacarera inédita”, y la sección de danza también giraba en torno a ese ritmo.

Frente a géneros más contemplativos, como la vidala –que aparece asociada a espectáculos “artísticos y didácticos”–, la chacarera se presenta como el latido festivo del pueblo.

6. Instrumentos emblemáticos: bombo, guitarra y, si se puede, violín

Otro rasgo definitorio: la insistencia en ciertos instrumentos como marca de autenticidad. El combo casi fijo en las fotos era guitarra y bombo, a veces sumando el violín, sobre todo si el protagonista era Sixto Palavecino.

El logo del concurso de Disco –mapa de la provincia con bombo y guitarra– condensaba ese imaginario.

7. La marca del quichua

El quichua santiagueño aparecía como otro sello de identidad tradicional, visible en:

* Letras de canciones (con términos quichuas para nombrar personas, paisajes, características físicas).

* Nombres de conjuntos: Dúo Shunko, Los Sacheros.

* Nombres de personajes (Doña Shalu) y de organizaciones (la misma Sinchi).

Era un modo de enlazar lenguaje, música y territorio.

8. “Mantener vivo el sentir nacional”

Finalmente, el folclore tradicional era presentado como algo más que entretenimiento: una misión. Un editorial y notas del Día de la Tradición hablaban de “mantener vivo el sentir nacional”, de “reivindicar el canto que nos identifica”.

En esa clave, el folclore no es solo una práctica cultural: es la forma en que “el pueblo” preserva su esencia. Una esencia que, curiosamente, se definía siempre por elementos del pasado, rurales, homogeneizadores, dejando en la sombra otras experiencias santiagueñas más contemporáneas y conflictivas.

Las reglas silenciosas de lo que se puede decir

En este punto entra en juego la noción de hegemonía discursiva propuesta por el teórico Marc Angenot. Según él, en cada época hay un “sistema regulador” que define qué se puede decir, cómo, y desde dónde resulta verosímil hablar.

Chaparro aplica esa idea al Santiago del Estero de fines del siglo XX: más allá de sus peleas públicas, las élites políticas, mediáticas y culturales compartían un marco común sobre lo que era “natural” decir cuando se hablaba del pueblo santiagueño.

En ese marco, el folclore tradicional –con todas las características que vimos– funcionaba como un terreno de acuerdo. El oficialismo podía mostrar que defendía “la identidad del santiagueño” incorporando a la Constitución un símbolo de ese universo; la oposición no podía criticar esa movida sin traicionarse a sí misma, porque venía celebrando ese mismo universo día tras día.

Por eso, la adopción de “Añoranzas” como himno cultural resultó, en términos de Angenot, casi inevitable: se ajustaba perfectamente a los “principios reguladores de lo decible” en la provincia. Era la canción correcta, en el momento justo, para ganar un plus de legitimidad en medio de un mar de sospechas.

2003–2005: cae el juarismo, pero la chacarera queda

La historia, sin embargo, no termina en 1997. Y aquí aparece un dato revelador.

En 2003, el doble crimen de La Dársena –el asesinato de dos jóvenes mujeres, con implicancias que rozaban al entorno del poder– detonó una ola de indignación social que terminó con la intervención federal de la provincia y la caída estrepitosa del juarismo. Nina Aragonés de Juárez, entonces gobernadora, dejó el cargo en medio del escándalo.

En 2005 se convocó a una nueva reforma constitucional con un claro objetivo “antijuarista”: revisar y desarmar las enmiendas que habían favorecido la perpetuación en el poder. La Convención estuvo dominada por la Unión Cívica Radical y sectores peronistas disidentes, con el radical Gerardo Zamora –intendente de la capital en 2003– ya camino a la gobernación.

El clima político había cambiado por completo. Pero al revisar la nueva Constitución, hay un artículo que permanece prácticamente intacto: el que declara a “Añoranzas” como himno cultural de la provincia. Ni siquiera se modifica el verbo “Adóptase”, lo que genera confusión sobre en qué año exacto se tomó la decisión.

El historiador Antonio Castiglione, por ejemplo, adjudica erróneamente la adopción del himno a la reforma de 2005, cuando en realidad el artículo viene de 1997 y fue ratificado.

Ese “detalle” es, en realidad, una pista crucial: cambian los gobiernos, se reconfiguran las alianzas, cae una figura que parecía indestructible… pero el consenso en torno a ciertos símbolos permanece.

El “nosotros” de las élites se reacomoda, pero no se rompe. El folclore tradicional –y “Añoranzas” en particular– sigue siendo un capital simbólico que ningún sector político quiere perder.

Nostalgia: cuando el amor al pago inmoviliza

Llegamos entonces al corazón de la hipótesis de Chaparro: ¿qué rol juega la nostalgia que atraviesa “Añoranzas” en este entramado?

En principio, podríamos decir: ¿qué problema hay con extrañar el pago? ¿No es lógico que quienes se fueron sientan ese tirón del origen? Claro que sí. La nostalgia, como recuerda la crítica Linda Hutcheon, es una emoción ambivalente: puede ser crítica, consciente de la distancia entre pasado y presente… o puede volverse idealizante, conservadora, ciega a los conflictos.

Lo que el análisis de Chaparro sugiere es que, en el discurso de las élites políticas y mediáticas santiagueñas de fin de siglo, se privilegió una nostalgia acrítica, que hizo del recuerdo del pasado una forma de conjurar el malestar del presente.

En esa lectura “oficial” de “Añoranzas”:

* Amar el pago es recordarlo en su esplendor idealizado, no preguntarse por qué tanta gente tuvo que irse.

* Cantar sobre la belleza del rancho y del monte es olvidar las desigualdades que empujan a la emigración.

* Volver simbólicamente, en la canción, reemplaza la discusión sobre si es posible, hoy, vivir dignamente en la provincia.

La exaltación de las raíces, de las “tradiciones”, de la “historia” se presenta como la forma más alta de amor a Santiago del Estero. Y se promueve, al mismo tiempo, un cierto desdén por el presente, percibido como degradado en comparación con ese pasado glorioso que se canta.

La nostalgia se vuelve así –en palabras de Chaparro, apoyado en Angenot– un instrumento de control: orienta los afectos del pueblo hacia el pasado, lo que reduce la energía disponible para cuestionar el orden actual. Es más fácil emocionarse con una chacarera que discutir la estructura de poder que hace que, generación tras generación, emigrar parezca la única salida.

¿qué hacemos hoy con nuestras “añoranzas”?

Nada de esto significa que haya que dejar de cantar “Añoranzas”, ni desterrar el folclore tradicional, ni mucho menos. La música que emociona a un pueblo, la lengua quichua, los relatos del monte y del rancho, forman parte de una memoria valiosa que merece seguir viva.

El punto es otro: reconocer que esos símbolos no son neutros, que han sido y son usados por distintos sectores para construir legitimidad, para definir quiénes entran y quiénes quedan afuera del “nosotros”.

Saber que una chacarera puede terminar escrita en la Constitución debería llevarnos a mirar con otros ojos lo que cantamos en las peñas, en las escuelas, en los actos oficiales. A preguntarnos:

* ¿Qué pasado estamos idealizando cuando entonamos estas canciones?

* ¿Qué presente estamos dejando afuera del cuadro?

* ¿Quiénes se benefician cuando el amor al pago se formula solo en términos de recuerdo y no de derecho a un presente más justo?

Quizás el desafío sea practicar una nostalgia crítica: una que nos permita reconocer las heridas del desarraigo, la belleza de las tradiciones y, al mismo tiempo, discutir las condiciones que siguen empujando a tantos a irse.

“Añoranzas” seguirá siendo, probablemente, una de las bandas sonoras de Santiago del Estero. Lo que podemos elegir es cómo la escuchamos: si como un arrullo que adormece la incomodidad del presente, o como un espejo que nos devuelve una pregunta incómoda sobre las deudas todavía abiertas con quienes, desde lejos o desde adentro, siguen soñando con un pago más habitable.

Este artículo se basa principalmente en:

* Chaparro, Ramón Esteban (2017). “El folclore que nos une. La adopción de ‘Añoranzas’ como himno cultural de Santiago del Estero”. Dossier – Revista de Culturas y Literaturas Comparadas, Vol. 7.

* Tenti de Laitán, María (1998). “Cien años de historia”, en Retrato de un siglo. Una visión integral de Santiago del Estero desde 1898. Santiago del Estero: El Liberal.

* Castiglione, Antonio (2010). Historia de Santiago del Estero (Bicentenario 1810–2010). Santiago del Estero: Latingráfica.

* Constitución de la Provincia de Santiago del Estero (1997 y 2005).

* Angenot, Marc (2010). El discurso social. Los límites históricos de lo pensable y lo decible. Buenos Aires: Siglo XXI.

* van Dijk, Teun (2004). “Discurso y dominación”.

* Häberle, Peter (2010). “El significado de las constituciones en la perspectiva de las ciencias culturales”. Pensamiento jurídico, n.º 28.

* Otras referencias a cancioneros santiagueños, trabajos de Cristina Elgue-Martini y Linda Hutcheon sobre nostalgia y melancolía, y el diccionario quichua-castellano de Domingo Bravo, citados en el trabajo original de Chaparro.