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jueves, 17 de septiembre de 2026

Música, bohemia y picardía santiagueña en las noches porteñas


El folclore está lleno de historias donde la pasión por el arte y el rebusque de todos los días van de la mano. Cuando vivían en Buenos Aires, los músicos santiagueños Carlos Saavedra y Carlos Carabajal la pasaron realmente mal en lo económico. Paraban en un hotel de mala muerte, tocaban solo por la comida y la plata no les alcanzaba ni para pagar la pieza.

Como no tenían un mango para saldar la deuda, se les ocurrió una salida bastante ingeniosa: irse sin pagar, pero sin levantar sospechas. Durante varios días sacaron la ropa de a poco y la fueron cambiando por piedras que juntaban de la calle, para que el placard mantuviera el peso. Una vez hecho el cambiazo, juntaron lo poco que les quedaba y se borraron.

El problema vino tiempo después, en plena actuación en una peña. Carabajal vio al dueño del hotel entre el público y le avisó en secreto a Saavedra que estaban al horno. Al terminar el show, el hotelero se les acercó y, lejos de armar un escándalo, les tiró una frase genial que quedó para el recuerdo: «Ehhh, muchachos... ¿cuándo van a retirar las piedras?».

La anécdota, contada entre risas por el propio Carlos Saavedra en sus shows, forma parte del libro inédito Anécdotas de folcloristas santiagueños, de Omar «Sapo» Estanciero.

sábado, 1 de agosto de 2026

Recordando a Juan de Dios Gallo

 


Recordar es entrar en la tierra del pasado. Y cuando uno vuelve a recorrer los surcos del ayer, descubre que algunos quedaron sembrados con semillas que el tiempo no pudo borrar. En este caso, esas semillas fueron de música.

Volver sobre la vida de Juan de Dios Gallo es encontrarse con una historia de talento, dedicación y, también, de una particular manera de entender la vida artística. Porque detrás de un nombre que hoy puede parecer lejano, hubo un músico que entregó buena parte de su existencia a la música nacional.

Juan de Dios Gallo había nacido un 29 de abril, en El Viñalar. Su madre fue doña Teodora Suárez. Más tarde contrajo matrimonio con Zulema Beatriz Castillo, con quien tuvo siete hijos.

Pero hay fechas que, con el paso del tiempo, adquieren un significado especial.

La evocación nos lleva hasta las páginas del diario El Liberal. Allí encontramos una publicación del 14 de enero de 1976, apenas un día después de su muerte. Juan de Dios Gallo había fallecido el 13 de enero.

La crónica llevaba un título que resume, con pocas palabras, la dimensión de la pérdida: "Ha muerto un músico nato, Juan de Dios Gallo".

Y acaso sea justamente eso lo que conviene recordar: no solamente que murió un músico, sino que con él se apagó una parte de una generación que había hecho de la música una forma de vida.

Aptitudes

Juan de Dios Gallo fue violinista y músico de excepción. Desde los 15 años entregó su existencia, con exclusividad, a la música nacional.

A esa edad comenzó a aprender los secretos del instrumento, gracias a su dedicación como discípulo del otrora bardo popular Segundo Juárez.

Quince años.

Una edad en la que muchos apenas comienzan a descubrir qué quieren hacer con sus vidas. Gallo, en cambio, ya había encontrado su camino. Y desde entonces, la música ocuparía un lugar central en su existencia.

Con los años llegó la madurez. También una experiencia cada vez mayor. Y junto con ella, una amplitud de conocimientos musicales que hizo que numerosos artistas locales y nacionales, especialmente folcloristas, recurrieran a él.

Gallo escribía para ellos.

Su tarea quizá no siempre estuviera frente al público, bajo las luces o ante los aplausos. Pero era fundamental. Su conocimiento se convertía en música para otros artistas.

En esa noble y destacada misión trabó amistad con Hugo Díaz y Leo Dan, de quienes fue amigo y maestro.

También Andrés Chazarreta lo tuvo entre sus músicos y alumnos. José Gómez Basualdo conoció igualmente sus aptitudes artísticas y lo incorporó a su compañía musical y de danzas nativas.

La trayectoria de Gallo fue creciendo de ese modo, entre instrumentos, escenarios, composiciones y encuentros con músicos que marcaron la cultura popular.

Sus primeras apariciones llegaron a través del éter de la vieja LV 11.

Después integró la orquesta del maestro Arnaldo Rodríguez.

Más tarde formó parte de "Los ases del tango", junto al "Morocho" Martín, Orlando Gerez, Fidel Lucero, Angel del Valle Paz, Américo Navarro y Jorge Lacuor.

Cada nombre, cada agrupación y cada escenario forman parte de una historia que merece ser recuperada. Porque cuando el tiempo pasa, aquello que alguna vez fue cotidiano corre el riesgo de convertirse en silencio.

Y detrás de ese silencio quedan los nombres.

Quedan las obras.

Queda la memoria.

Obras

En 1968 llegó uno de los reconocimientos más importantes de su trayectoria. Juan de Dios Gallo obtuvo el primer premio, una medalla, en el concurso de chacareras inéditas con su inolvidable "Chacarera de las trincheras".

También fue autor de numerosos temas. Entre ellos se destacan "La barranquera", el tango "Enemigo de achicarse" y el vals "Mi pecado de amor".

Pero la dimensión de su obra también aparece en los recuerdos de quienes lo conocieron.

Carlos Carabajal lo rememoró de una manera particularmente cercana:

"Lo conocía únicamente por la radio allá por el '46. Yo tenía 16 años de edad cuando lo conocí tocando. Fue cuando formó la orquesta con mi hermano Héctor. Fue un hombre muy bueno, alegre y, generalmente, un gran amigo."

En esas palabras hay algo más que una referencia musical. Hay un recuerdo personal. Una imagen de un hombre que no solamente sabía de música, sino que también dejó una huella en quienes compartieron con él aquellos años.

El memorial que Carlos Carabajal hace sobre este prolífero autor es extenso.

A su turno, Oscar Segundo Carrizo recordó que Juan de Dios Gallo fue socio de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música, SADAIC, donde inscribió sus 80 obras musicales.

Entre ellas se encuentran "A mi querida madre", "Nadie te conocía", "El cejeño", "El cara blanca" y "Mi pecado de amor".

Este último vals tiene, además, una historia particular dentro de su producción. Fue compuesto cuando todavía era muy joven. La parte musical para piano lleva una variación a dos voces para bandoneón y está dedicada a Andrés Chazarreta.

Ochenta obras.

Detrás de esa cifra hay años de trabajo, conocimiento y dedicación. Hay una vida entera vinculada a la creación musical.

Y, sin embargo, su nombre no ocupa el lugar que podría esperarse cuando se piensa en aquellos músicos que hicieron crecer nuestra música popular.

¿Por qué?

Quizás esa pregunta sea inevitable cuando se vuelve sobre su historia.

Porque Juan de Dios Gallo no fue un músico que buscara desesperadamente los escenarios más grandes ni los reconocimientos más visibles. Según el recuerdo que dejó aquella nota, vivió modestamente, casi en el anonimato, y rehusó siempre a los halagos y a los ofrecimientos para integrarse a conjuntos famosos.

Ese dato cambia la manera de mirar su historia.

No estamos solamente ante un músico talentoso. Estamos ante un hombre que, pudiendo tomar otros caminos, eligió permanecer ligado a la música desde un lugar más discreto.

Y allí aparece una de las mayores paradojas de su trayectoria: un hombre que conoció profundamente la música y que fue buscado por otros artistas, pero que permaneció casi en el anonimato.

El mes de su natalicio vuelve a abrir esa historia.

Y recordar a Juan de Dios Gallo es volver a poner su nombre sobre la mesa. Es recuperar al violinista, al compositor, al maestro, al amigo y al hombre que dedicó desde muy joven su vida a la música nacional.

Porque el tiempo puede llevarse las voces, los escenarios y los encuentros.

Pero no necesariamente puede borrar una obra.

Por eso, cada 29 de abril, cuando llega nuevamente la fecha de su nacimiento, la memoria vuelve sobre aquellos surcos del pasado.

Y allí aparece Juan de Dios Gallo.

Un grande en espíritu, en amistad y en la música.

Un hombre que vivió modestamente, casi en el anonimato.

Un músico que pudo haber elegido los halagos y la fama, pero que prefirió seguir su propio camino.

Y quizás allí, precisamente allí, se encuentre una de las razones por las que su historia merece ser contada nuevamente.

Porque hay nombres que no deberían desaparecer simplemente porque el tiempo dejó de pronunciarlos.

Juan de Dios Gallo es uno de ellos.

(Eduardo Manzur | El Liberal, 29/04/1993)

 

 

 

martes, 5 de mayo de 2026

El hombre que tiñó de compromiso la palabra: Pablo Raúl Trullenque

Entre libros clásicos, la orfandad y la tintorería, el poeta santiagueño construyó una obra que se niega al eufemismo. Conocé la historia de una de las plumas más sentidas de nuestro folclore.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay gente que escribe para adornar el mundo y gente que escribe porque el mundo, tal como está, le duele. Pablo Raúl Trullenque era de los segundos. Lejos de las metáforas que buscan esquivar temas difíciles o de la poesía pura de adorno, entendió el arte como un compromiso: un puente entre lo dura que es la realidad y la esperanza que nace en una canción.

El barrio como punto de partida y el mandato de la abuela

La historia de Trullenque empieza con el silencio de su infancia. Se quedó sin padres de muy chico y su mundo pasó a ser el abrazo de su abuela, quien le dio la libertad para hacerse a sí mismo.

Ella no sabía leer ni escribir, pero le sembró la chispa de lo que vendría después. Justamente la fascinación de Pablo por las palabras nació de lo que a ella le faltaba; su abuela le repetía todo lo que se había perdido por no haber tenido acceso a las letras. Esa carencia se volvió para él un camino a seguir.

Tiempo después, en sexto grado, su maestra Petrona Mendívez le abrió las puertas a autores como Bécquer, Rubén Darío y Horacio Quiroga. Sin embargo, Pablo no se quedó encerrado en las lecturas. Desde su barrio humilde, al que siempre vio como un punto privilegiado para mirar la realidad, fue testigo de la brecha de su tierra: la Santiago del Estero que tiene y la que no.

"La cuestión no es tener, sino agradecer lo que uno tiene y, sobre todo, saber dar", decía siempre, sintetizando la postura con la que vivió y escribió.

De la tintorería a la radio: el cruce con Los Carabajal

Como buena historia argentina, su consagración combina un poco de casualidad y bastante de humildad. Ya instalado en Buenos Aires, Pablo frecuentaba a la familia Carabajal, sabiendo el talento enorme que había ahí. Pero las cosas no fueron fáciles desde el principio.

Se cuenta que le entregó a Carlos Carabajal la letra de "Pa’ carnavalear". En ese momento Carlos no le dio mucha importancia y guardó los versos en algún cajón.

Pasó el tiempo. Pablo seguía con su rutina, trabajando en su tintorería entre el vapor y el olor a solvente. Un día, con la radio prendida mientras trabajaba, escuchó a Los Chalchaleros. La sorpresa fue enorme cuando reconoció su propia letra hecha chacarera sonando para todo el país. Ese fue el impulso que dio inicio a una de las duplas más potentes de nuestro folclore.

Un legado directo y con identidad

Trullenque no buscaba el aplauso rápido; buscaba decir la verdad. "He leído muchas palabras bonitas, pero eso no alcanza, hay que decir algo más", sostenía convencido de que la poesía sirve para transformar.

Al repasar sus letras no solo encontramos ritmo y paisaje. Encontramos a alguien que se animó a hablar del dolor y de la discriminación sin dar vueltas, dejándonos una obra profundamente humana. Pablo Raúl Trullenque no solo compuso canciones: nos dejó una forma de estar en este mundo con los ojos abiertos, la mano tendida y la palabra comprometida con su gente.

Basado en testimonios de Alcira Mancilla de Trullenque y en el libro "Anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños" de Omar "Sapo" Estanciero.

 


sábado, 11 de abril de 2026

Cuando el monte enseñaba a tocar: la historia de Carlos Carabajal y Don Ponciano Luna

 


En los caminos polvorientos del norte santiagueño, lejos de radios y escenarios, la música nacía al calor del fogón. Esta es la historia de un encuentro que dejó huella en el cancionero popular.

Un viaje largo hacia el corazón del monte

A fines de los años 40, cuando viajar dentro de Santiago del Estero era casi una aventura, Carlos Carabajal emprendió un trayecto que marcaría su vida para siempre.

Su destino era Nueva Esperanza, en el departamento Pellegrini, a más de 200 kilómetros de la capital provincial. Allí trabajaba su hermano, Ernesto "Tito" Carabajal, quien había sido nombrado en el Correo años antes.

El viaje no era sencillo. Había que descender en 7 de Abril y continuar en sulky durante horas, con paradas obligadas para que el caballo descansara. Ocho horas más, bajo el calor, el polvo y el silencio del monte.

Pero al llegar, lo esperaba algo más que compañía familiar.

El encuentro con un maestro del monte

En ese paisaje áspero y profundo, Carlos conoció a Ponciano Luna, un hombre mayor, de esos que parecen hechos de tierra y música.

Luna era un musiquero completo: bandoneón, guitarra, violín. Tocaba todo, y lo hacía con una naturalidad que no se aprende en academias. Ya tenía referencias del joven Carabajal, y no tardaron en armar un pequeño conjunto junto a Lucindo Prado, cuñado de Tito.

Así empezó una etapa intensa: noches de baile en el campo, carnavales monte adentro, escenarios improvisados sobre acoplados y públicos de cientos de personas que llegaban a pie, a caballo o en sulky.

No había micrófonos. No había parlantes. Había que cantar fuerte, sostener el ritmo, atravesar la noche.

Bailes, calor y vino caliente

Las condiciones eran duras. El calor apretaba, los caminos eran largos, y el “refrigerio” para el viaje era vino —puro y caliente— que acompañaba el trajín.

En esos bailes, la música era todo. Folclore, chamamé, tangos, valses. Un repertorio amplio para un público exigente que no conocía otra forma de escuchar que no fuera en vivo.

Y en medio de ese mundo, Don Ponciano tenía su sello.

Cuando alguien se acercaba a agradecerle, él fingía no escuchar. Se hacía el sordo, miraba de reojo y respondía con picardía:

—"Cerceza nomás. Gracias".

Una escena mínima, pero suficiente para entender el carácter del personaje.

Aprender al lado del fogón

La relación entre Carlos y Ponciano fue mucho más que musical. Fue, en esencia, una transmisión.

Años después, descendientes de Luna recordarían cómo aquel joven llegó casi sin nada: una tarde fría, con un bolsito gastado, tímido, silencioso. Lo recibieron con mate y tortilla a la parrilla, y se quedó.

No solo encontró un lugar donde dormir. Encontró una familia.

Le dieron ropa, calzado. Lo acompañaron. Y, sobre todo, le enseñaron.

Las noches se volvían largas entre guitarras y bandoneones. Ponciano tocaba, Carlos aprendía a acompañar. No había partituras, no había teoría: había oído, repetición, paciencia.

Ahí, en ese intercambio casi invisible, empezó a formarse una manera de entender la música.

Una amistad que se volvió canción

El tiempo separó los caminos. Carlos tuvo que regresar para cumplir con el servicio militar. Después volvió, se reencontraron, compartieron nuevas melodías.

Pero la vida siguió su curso.

Años más tarde, ya instalado en Buenos Aires, Carlos Carabajal transformó esa memoria en música. Junto a Peteco Carabajal, compuso una chacarera que sería un homenaje directo:

 “A Don Ponciano Luna”

Una canción cargada de afecto, de aprendizaje, de gratitud. En sus versos aparecen los lugares, los recuerdos, los consejos de aquel hombre que le enseñó algo más que acordes.

Le enseñó una forma de estar en el mundo.

Lo que queda cuando la música pasa

Historias como esta no suelen figurar en los grandes libros. O quedan, como en este caso, en manuscritos inéditos, en relatos familiares, en la memoria oral.

Pero dicen mucho.

Hablan de una época en la que la música no era espectáculo, sino encuentro. En la que un joven podía llegar con nada y, sin darse cuenta, empezar a construir un camino.

Y también hablan de esos maestros anónimos —como Ponciano Luna— que no dejaron discos ni escenarios, pero sí algo más difícil de registrar: la huella en otros.

A veces, el verdadero legado no se escucha en una grabación.

Se escucha, todavía, en la forma en que alguien toca una guitarra bajo el mismo cielo del monte.

Fuentes consultadas: Fragmento de la entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando con Juan Carlos. Nuevo Diario web. Libro inédito "historia del cancionero folclórico santiagueño" de Omar sapo Estanciero


viernes, 10 de abril de 2026

La Estirpe del Monte y el Diapasón: El Encuentro que Forjó una Leyenda



En el vasto mapa sentimental de Santiago del Estero, existen encuentros que trascienden la mera anécdota para convertirse en mitología fundacional de nuestra cultura. Uno de esos instantes ocurrió a finales de la década del 40, en el corazón de Nueva Esperanza, cuando un joven Carlos Carabajal —quien por entonces dividía su fervor entre los goles de Sarmiento y el canto— cruzó su destino con el de Don Ponciano Luna. Aquel encuentro, rescatado del archivo sonoro de Juan Carlos Carabajal en su emblemático programa Mateando con Juan Carlos, no solo dio origen a una de las chacareras más entrañables del cancionero popular, sino que cristalizó una forma de entender la vida y el arte.

El Retrato de una Nobleza Rural

Hacia 1947, el llamado del fútbol llevó a Carlos a Nueva Esperanza. Sin embargo, en la casa de su hermano Tito, la pelota cedió protagonismo al asombro. Allí lo esperaba Ponciano Luna. Al recordarlo, la voz de Carlos se impregna de una devoción casi sagrada: describe a Ponciano no solo como un músico, sino como el arquetipo de la hidalguía del monte. Era una nobleza que no se heredaba por títulos, sino por la educación del silencio, el trato afectuoso y esa hospitalidad intrínseca del hombre de campo.

La conexión fue inmediata y telúrica. Ponciano desenfundó el violín y Carlos, con la intuición de los elegidos, se dispuso a acompañarlo. En ese diálogo entre cuerdas y madera, nació un afecto que pronto se expandió hacia los caminos polvorientos de la provincia.

La Liturgia del Camino: Sulquis y Leguas

La formación de un trío junto a Don Lucindo Prado marcó una época de trashumancia musical. Eran tiempos donde la distancia se medía en el cansancio de los animales y la paciencia del viajero. Para tocar un sábado, la partida se imponía el viernes; el sulky era el templo móvil donde se custodiaban los instrumentos. Había una ética del cuidado: llegar antes para que los caballos descansaran, un respeto por el ritmo natural que hoy parece olvidado en la urgencia de la modernidad.

A través de leguas y barriales, Carlos operaba como un puente cultural. Él traía consigo las melodías "de moda" de la capital santiagueña, transmitiéndolas de boca en boca a Ponciano y Lucindo, quienes las tamizaban a través de su propia sensibilidad rural.

El Humor como Refugio

La narrativa de Carlos Carabajal nos regala también una pincelada del ingenio criollo. Entre las "barritas" de jóvenes que rodeaban a los músicos en busca de novedades, Ponciano Luna ejercía una sabiduría pícara. Ante la insistencia de algún muchacho que, buscando lucirse, le preguntaba qué pieza seguía en el repertorio —“¿Qué viene, Don Ponciano?”—, el violinista apelaba a una sordera táctica y magistral. “Cerveza nomás, hijo”, respondía, transformando la ansiedad del pedido en una invitación al brindis, recordándoles que el arte, en el baile, es también una celebración del encuentro.

Del Recuerdo a la Canción

Aquel vínculo, forjado en la nobleza de las madrugadas de Nueva Esperanza, terminó por decantar en la creación artística. Años más tarde, Carlos, junto a su hijo Peteco, traduciría esa admiración en los versos y la melodía de “A Don Ponciano Luna”.

Lo que comenzó como una invitación para jugar un campeonato de fútbol terminó convirtiéndose en un hito de la identidad cultural santiagueña. La historia de Ponciano Luna, rescatada por los Carabajal, nos recuerda que detrás de cada gran chacarera palpita un hombre, un camino recorrido en sulky y la inagotable nobleza de una estirpe que se niega a ser silencio. Don Ponciano Luna fallecería en mayo de 1970.

Fuente: Fragmento de la entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando con Juan Carlos.


martes, 21 de octubre de 2025

La extraordinaria historia de Carlos Saavedra, el bailarín que combinó danza y humor.

Hace más de dos décadas se fue Carlos Orlando Saavedra, pero su legado de danza, humor y amor por lo santiagueño sigue vivo en la memoria del pueblo. Bombista, zapateador y contador de historias, fue una figura emblemática del folclore argentino que llevó la tradición de los montes a los escenarios más importantes del país y el mundo.

 


El 21 de octubre de 2002, Santiago del Estero perdía a uno de sus hijos más queridos. Carlos Orlando Saavedra, conocido también como "Quaker" por su parecido con el personaje de la marca de avena, dejaba un vacío que sus amigos, colegas y el pueblo en general aún sienten. Pero quizás lo más importante es que dejaba un legado vivo: sus historias, su risa, sus frases que quedaron grabadas en el habla popular santiagueña como sellos de identidad.

Desarrollo Narrativo

Nacido el 7 de diciembre de 1929 en el barrio Las Cejas de Santiago del Estero, Carlos fue mucho más que un bailarín virtuoso. Era un percusionista de excepcional talento, un zapateador incomparable y, sobre todo, un contador de anécdotas que transformaba cada presentación en una experiencia de humor costumbrista y autenticidad.

Su trayectoria fue una aventura constante. Ganador de numerosos concursos de zapateo y danza, compartió escenarios con grandes como Santiago Ayala "El Chúcaro". De la mano del genial Hugo Díaz, debutó en Buenos Aires, llevando el arte santiagueño a los más importantes escenarios y canales de televisión del país.

Pero ¿cómo conoció a Hugo Díaz? La historia parece sacada de una película. Era 1962 cuando Hugo lo vio bailar en un bar llamado "El Turista" en la calle Santa Fe. Carlos vivía en Ceres, donde tenía su propia academia de danza. Ese encuentro casual cambió todo. "Desde ese día que me vio actuar, me invitó a salir de gira con él", contaba Saavedra años después. Juntos desembocaron en Paraguay justo para el Día de la Independencia.

Llegaron a un teatro donde había una velada de gala, pero les dijeron que no había cupo para actuar. Parecía el final del viaje, pero la suerte —o el destino, como decía Carlos— les presentó al actor paraguayo Jacinto Herrera, quien vivía en Argentina. Herrera hizo la gestión para que tocaran un solo tema. Subieron al escenario, Hugo interpretó "Pájaro campana" y la gente se volvió loca. Hasta el Presidente Stroessner aplaudió de pie. Terminaron tocando un largo rato y, cuando bajaron, los contrataron por un mes. Así nació la leyenda de dos santiagueños que conquistaron Asunción con su arte.

Fue su dupla con Carlos Carabajal la que lo inmortalizó en la memoria colectiva. Juntos formaban algo más que un dúo artístico: eran una manera de entender la vida. Mientras Carabajal componía y cantaba, Saavedra lo acompañaba con su bombo, sus historias y su gracia. Nunca ensayaban ni tenían un repertorio fijo. Simplemente subían al escenario y dejaban que la magia sucediera: canciones, cuentos, bromas que se devolvían de un lado al otro, siempre con la complicidad del público.

En París, junto a su hermano Juan, fundó la Compañía Nuevo Arte Nativo, difundiendo la cultura santiagueña por el mundo. Fue en una peña de Buenos Aires, La Querencia, donde conoció a Reina Adela Vignais Morris, una bailarina entrerriana que se convertiría en su compañera de danzas y de vida.

Las historias sobre Carlos son innumerables y revelan el tipo de persona que era: ingenioso, desenfadado, siempre encontrando humor en las dificultades. Cuando él y Carabajal pasaban necesidades en Buenos Aires, vivían en un hotel de baja categoría sin poder pagarlo. Su solución fue ingeniosa: durante días, ingresaban piedras de la calle mientras sacaban sigilosamente sus ropas, como hormigas. Cuando se fueron, dejaron piedras en el ropero. La comedia se completó cuando, meses después en una peña, apareció el dueño del hotel en el público. Carabajal le susurró: "¡Cagamos! ¡Mirá quién está ahí!" Pero el hotelero, lejos de estar furioso, se acercó con una sonrisa y les preguntó: "¿Eh, muchachos... cuándo van a retirar las piedras?"

Otra noche, exhausto tras una larga velada en casa de los hermanos Mattar, Saavedra regresó a su barrio Tarapaya sin encontrar las llaves de su casa. Golpeaba la puerta desesperado mientras su perrito "Dao" ladraba desde adentro, pero su compañera Adela no respondía. Una vecina asomó la cabeza: "¿Don Carlos?" "¡Sí! ¡Me han dejao encerrao afuera!", respondió con su tono burlón habitual. "Ya viene Adela, fue a comprar pan", le tranquilizó la vecina.

Pero tal vez una de sus anécdotas más célebres fue protagonizada en la casa de los Carabajal. Un día, Luis Landriscina —el reconocido humorista, cuentista y recitador nacido en Colonia Baranda, Chaco— llegó de visita al barrio de Los Lagos para relacionarse con sus colegas. A media mañana, mientras disfrutaba de una charla amena con Saavedra y Carabajal, la familia comenzó a desplegar mesas y sillas como para una fiesta. Cerca del centenario patio bullía una gigantesca olla de 50 litros: estaban cocinando una sopa de gallina para los Carabajales.

Lo que sorprendió a Landriscina fue que, a medida que se invitaba a pasar a la mesa, comenzaban a salir de distintas dependencias de la casa: uno, tres, cinco Carabajales que se acomodaban alrededor de la mesa. A pesar de la monumental olla, los comensales iban aumentando sin cesar. Fue entonces cuando Saavedra, con su humor sarcástico y característico, levantó la voz y soltó: "¡Cheee... coman pan también!" Una carcajada estalló entre los presentes, y Landriscina quedó tan impactado por el ingenio de Carlos que años después relató esta anécdota en un programa de televisión, manteniéndola viva en la memoria de todos.

Sus frases quedaron para la historia. "De antes", "Tengo orden de no morir", "Ojo al charqui": expresiones que la gente repetía y sigue repitiendo, manteniendo viva su presencia cada vez que se pronuncian. No eran simplemente dichos; eran la voz de Carlos atravesando el tiempo.

Peteco Carabajal, hijo del inseparable amigo, lo recordaba así: "Carlos Saavedra fue un fiel compañero de mi padre. Una huella indeleble. Cuando uno lo evoca, se ríe. Porque al verlo ya te generaba risa y humor. No contaba chistes, sino que compartía relatos de una manera de vivir". Y le dedicó una zamba que lo dice todo: "Un alejador de tristezas / y el ánimo fuerte del gran bailarín".

Cierre Reflexivo

Carlos Orlando Saavedra falleció el 21 de octubre de 2002, víctima de un problema cerebrovascular. Pero cualquiera que conozca Santiago del Estero sabe que su muerte fue solo física. En los bombos que siguen resonando en las fiestas patronales, en cada zapateo que desafía el polvo de la tradición, en cada historia contada con picardía y orgullo santiagueño, Carlos sigue bailando.

Fue padre de Carlos Orlando "Pajarín" Saavedra y Jorge Juan "Koki" Saavedra, a quienes legó ese don de mantener viva la llama del folclore. Pero su verdadero legado trasciende la familia: es patrimonio de todos los que creen que la danza es un rezo, que el humor es resistencia, y que la identidad de un pueblo vive en las historias que sus hijos cuentan.

Mientras exista alguien que repita "de antes" con la sonrisa cómplice de quien reconoce a Carlos en esa frase, mientras siga habiendo gente que baile una zamba recordándolo, Carlos Saavedra seguirá siendo lo que siempre fue: un alejador de tristezas, un guardián de la tradición, un hombre que entendió que bailar y vivir eran exactamente lo mismo.

Fuentes

* Libro inédito "Anécdotas de Folcloristas Santiagueños" de Omar Sapo Estanciero

* El Liberal, 15 de abril de 2001 (Testimonio de Carlos Saavedra sobre su encuentro con Hugo Díaz)

* El Liberal, 7 de enero de 2017 (Testimonio de Peteco Carabajal)

* Zamba "Bailar y Vivir" de Peteco Carabajal, dedicada a Adela y Carlos Saavedra

* Zamba "La del Olvido" (anécdota registrada públicamente por Carlos Saavedra)

* Registros biográficos de la tradición folclórica santiagueña


domingo, 5 de octubre de 2025

El Mito Revive: El Viaje de Mauricio Aznar al Corazón de la Chacarera

 


El 2 de octubre se cumplieron 25 años del fallecimiento de un músico español que se convirtió en un mito. Aunque él no fue consciente de ello, su historia con Argentina sería inmortalizada en una película galardonada con dos premios Goya. Mauricio Aznar Muller, descrito como "buen tipo", "bohemio", "romántico", "inteligente", "despojado" y "genuino", dejó su grupo musical para viajar a Argentina, donde, casi por casualidad, encontró refugio en la casa de Carlos Carabajal, "el padre de la Chacarera", buscando aprender y superar su adicción a la heroína.

Demi Carabajal, hijo de Carlos y hermano de Peteco, relata que conoció a Mauricio en Cosquín. Tras una conversación en la que Mauricio manifestó su interés por el folclore, Demi le invitó a su casa en Santiago del Estero. Allí comenzó una relación con Carlos Carabajal, con quien llegó a actuar en España. Almagato, la banda de Mauricio, incluso tenía planeada una gira con los Carabajal por Europa, pero la muerte del músico, causada por una sobredosis, impidió que se llevara a cabo.

Mauricio Aznar Muller, que comenzó a tocar música a los 13 años, formó su primera banda reconocida en Zaragoza a los 19. Primero tocó el bajo en Golden Zippers, banda de rockabilly, y luego se convirtió en cantante. Después formó Más Birras, con la que alcanzó mayor reconocimiento en España.

Jaime González, cofundador de Almagato con Mauricio, explica que este último dejó Más Birras porque necesitaba algo más, una experiencia que la superficialidad de las letras rockeras no le brindaba. Jorge Martínez, autor de "Más Birras, del barrio a la leyenda", destaca que aunque se recuerde a Mauricio por su conexión con el folclore argentino, es importante reconocer su paso por el rock, que fue fundamental en su evolución.

Javier Barreiro, conocedor del tango y amigo de Mauricio, recuerda que aunque le mostró la obra de Gardel y le hizo escuchar a Atahualpa Yupanqui, no fue él quien despertó su pasión por la chacarera.

En una entrevista de 2000, el propio Mauricio explicó que veía el folclore como una fuente a la que acudir en tiempos de estancamiento musical, como una forma de volver a los clásicos y replantear lo que siempre ha existido.

En febrero de 1993, Mauricio viajó a Argentina con la intención de aprender sobre la chacarera. Tras un encuentro en el Festival de Cosquín, fue Ica Novo quien le presentó a Demi Carabajal, quien le recomendó a su padre, Carlos Carabajal. Demi Carabajal recuerda la estancia de Mauricio en su casa, destacando su capacidad de observación y aprendizaje, y cómo Carlos se convirtió en un mentor para él. Mauricio visitó a los Carabajal en Santiago del Estero en otras dos ocasiones, en 1996 y 2000, en un viaje de bodas y para participar en el Festival de la Chacarera.

Mauricio Aznar, quien tocaba en la calle y tenía otros trabajos para sobrevivir, no pudo dejar la heroína. Jorge Martínez y Javier Barreiro recuerdan su lucha contra la adicción y sus intentos de rehabilitación. En los últimos días de su vida, la muerte de su hermano y otros problemas personales lo llevaron a recaer. Jaime González, compañero de Almagato, aclara que no se trató de un suicidio, ya que había proyectos en marcha y ganas de vivir.

"La estrella azul", la película de Javier Macipe que narra la conexión de Mauricio con Carlos Carabajal, lleva el título de una canción de Peteco Carabajal que Mauricio interpretó en Cosquín. Javier Macipe, quien decidió hacer la película por petición de la madre de Mauricio, recordó que la familia Carabajal tenía un gran afecto por el músico, y que Carlos fue un mentor para él.

La película ganó dos premios Goya en 2025 y se estrenó en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián en septiembre de 2023, donde recibió el Premio de la Juventud y el Premio de la Cooperación Española. En Argentina, se proyectó en el Festival Internacional de Mar del Plata y en el Cine Gaumont.

Mauricio Aznar ya era reconocido en Zaragoza, donde hay una calle y una estatua en su honor. Sin embargo, su figura se ha visibilizado aún más tras el estreno de "La estrella azul".

viernes, 1 de agosto de 2025

"Don Ponciano Luna, el musiquero del monte"

 


*Narrado en primera persona por Carlos Carabajal (adaptación ficcional)*

Allá por el año 1947, tal vez 48... mi hermano Ernesto, al que todos le decíamos Tito —el único Carabajal que no salió músico— estaba trabajando en el Correo desde hacía ya un tiempo. Lo habían nombrado en 1937 y lo destinaron a Nueva Esperanza, en pleno Departamento Pellegrini, unos 217 kilómetros al norte de Santiago.

Allá se había ido solito, y en esos pagos tan lejanos la soledad pesa. Tanto, que un día me mandó a buscar. Quería compañía. Así que agarré viaje.

No era fácil llegar, eh. Había que bajarse en la localidad de 7 de Abril, y desde ahí... ¡ocho horas más a caballo! Sí, ocho horas. Y eso si el caballo estaba de humor, porque había que pararse a cada rato a dejarlo descansar. Y uno, con la paciencia justa...

Cuando por fin llegué, Tito me recibió con una alegría que no te puedo explicar. Y no tardé mucho en conocer a uno de esos personajes que te quedan para toda la vida: Don Ponciano Luna.

Era un hombre grande, curtido por el monte y el tiempo. Y un musiquero de los de antes. Tocaba el bandoneón, la guitarra y también el violín. ¡Un fenómeno! Y lo más lindo fue que ya sabía quién era yo, ya tenía referencias mías... así que, como quien no quiere la cosa, armamos un pequeño grupo. Con nosotros se sumó Lucindo Prado, cuñado de Tito.

Ahí empezó la aventura.

Tocábamos en los bailes que se hacían en el campo, en los carnavales. Pero no te estoy hablando de salones ni de escenarios con luces. No. Todo monte adentro, con un calor que partía la tierra y un vino caliente que llevábamos como único consuelo en las alforjas.

En esos tiempos no había sonido, ni radio, ni parlantes. La música era en vivo o no era. Y nosotros, subidos a un acoplado alto —que hacía de escenario— trepábamos por una escalerita y desde ahí… a darle con todo. Había veces que teníamos más de mil personas bailando. Imaginate.

Había que tocar folclore, chamamés, tangos, valses… de todo. Y cantar fuerte, ¡pero fuerte de verdad!, para que todos nos escucharan. Nada de micrófonos.

Cada vez que hacíamos una pausa, se nos acercaba alguien a agradecernos. Y Don Ponciano, con su forma tan suya, se hacía el sordo y soltaba su latiguillo preferido:

—“¡Cerceza nomás! ¡Gracias!”

Así era él.

Yo me quedé un buen tiempo en Nueva Esperanza. Me hice muy amigo de Don Ponciano. Compartimos muchas noches de música, vino, anécdotas. Pero, como siempre, la vida sigue, y tuve que volver a mis cosas… a cumplir con mis compromisos, con la suscripción, como decíamos en casa.

Tiempo después volví a esos pagos. Me reencontré con el viejo musiquero y, como si el tiempo no hubiera pasado, nos pusimos a tocar, a componer, a recordar. Cada melodía era un pedazo de historia compartida.

Ya de grande, viviendo en Buenos Aires, sentí que le debía algo. Y junto a Peteco, mi hijo, le compusimos una chacarera. Se llama *“A Don Ponciano Luna” *, y fue un éxito.

 

Aquí le quiero cantar,

a Don Ponciano Luna,

olvidarlo no poder,

hombre machazo, ¡ahijuna!

 

La Fragua, 7 de Abril,

Nueva Esperanza, El Mojón,

en Saladillo y Simbol

lloran a su trovador...

 

Así lo recuerdo. Así lo canto. Porque hay personas que no se olvidan. Y hay violines… que aunque ya no suenen, siguen haciendo vibrar el alma.

 *Este relato forma parte del libro inédito “Historia del Cancionero Folclórico Santiagueño” de Omar “Sapo” Estanciero. 

viernes, 7 de febrero de 2025

La Chacarera del Polear o de Media Flor.

 


El emblemático poema escrito por el célebre poeta bandeño CRISTOFORO JUÁREZ es un homenaje al pueblo de EL POLEAR, histórico paraje del primigenio territorio bandeño donde don Cristoforo vivió y pudo conocer y rescatar a inolvidables personajes del lugar.

En su publicación "Llajtay pago mío" (1974) don Cristoforo recupera innumerables datos sobre los orígenes de ese histórico pueblo y salva del olvido a notables hombres que vivieron allí.

El "viejito Shinfu" fue el curandero del pueblo y lo hacía mirando "las aguas" de cada paciente.

La gente del lugar le tenía fe y acudían tarde y mañana llevando "sus aguas" para curarse de los distintos males que les acusaban.

Blas Noriega "el famoso rastreador".

Fue un paisano del lugar conocedor del terreno, de los campos y de los caminos desde la margen izquierda del Río Dulce hasta casi llegando al "salado".

Fue un especialista en rastrear animales cuando estos se perdían. Gran conocedor de picadas y atajos del monte santiagueño cuando alguna vez se escaparon tres presos de la comisaría del lugar él fue parte importante a la hora de seguir el rastro para encontrar a los reos fugados, su nombre había logrado prestigio en esos menesteres.

Eusebio More, músico y violinista del lugar. Cuenta don Cristoforo que fue cautivado por el virtuosismo que poseía en sacarle notas al violín. Alguna vez lo escucho en una fiesta patria en la escuela del lugar. El célebre músico, compositor y recopilador santiagueño Manuel Gómez Carrillo tuvo oportunidad de escucharlo y lo comparo con un violinista de la filarmónica de París, donde hacía poco había estado.

"Tata Mañu" fue otro músico arpero autodidacta de esos lares. Con su arpa interpretaba música silvestre, auténtica del lugar.

Murió en la pobreza, pero su nombre está eternizado en el poema de don Cristoforo como otro habitante de ese paraje.

La chacarera de Media Flor o la del Polear es interpretada hoy por numerosos músicos y cantores. El texto de don Cristoforo fue musicalizado por Juan Bautista Díaz, según el registro de SADAIC, pero también fue musicalizado por Carlos y Agustín Carabajal como "Chacarera de Media Flor" interpretada por Carlos Carabajal e incluida en un disco de chacareras del año 1976 editado por el sello Polygram.

Sin duda es una de las más emblemáticas obras musicales históricas del cancionero santiagueño de raíz folclórica que nunca debemos dejar de escucharla.

                         Miguel Coria

viernes, 4 de octubre de 2024

RETRATO HABLADO / NO HAY MUERTE QUE APAGUE UNA ESTRELLA. Confesiones de Carlos Carabajal

Ya se dijo repetidas veces que tanto Carlos Carabajal como Carlos Saavedra tenían orden de no morir.

Y no lo hicieron. Sus palabras no sólo se instalan a través de canciones, repetidas anécdotas, danzas y cuentos. Hay confesiones que quedaron grabadas. Recuerdos que hablan de cómo vivieron sin que lo dijeran explícitamente. “Yo he sido muy feliz. No me pesa nada”. Esta es quizás la más valiosa de sus declaraciones y la que mayor paz puede traer a quienes lo conocieron y lo amaron.

Don Carlos Carabajal pudo hablar de su obra cuando la salud aún lo acompañaba. Lo hizo en el documental de Melina Terribili y en el programa de TV Retrato de la cultura, que conduce Marcos Vizoso. Aquí lo mejor de todas ellas.

Por Mónica Andrada


La felicidad

“Yo he sido muy feliz. Muy feliz siempre, por mis hijos, por la música, por haber conocido tanto. No me pesa nada. Siempre he sido alegre. Y las cosas amargas por ahí, ni me acuerdo. Las olvido en seguidita. Las olvido. Y las cosas dulces que han sido la convivencia con mis hijos y con los amigos que he tenido, de eso me acuerdo siempre. He tenido muchos amigos, he tenido suerte con los amigos. De eso me acuerdo siempre y cada día soy más feliz”

El apellido Carabajal

“Yo he vivido sin pensar en nada. Sin pensar en que alguna vez alguien podía escribir o filmar pasajes, la historia de cómo he nacido, de dónde vengo. Yo me acuerdo que cuando yo era chico, vivía la madre de mi papá, y la madre de mi mamá. Ellos habían venido de la Pampa. Ella era de apellido Carabajal, Manuela Carabajal. Me dijeron que mi abuelo era uruguayo, se llamaba Luciano Orellana. Cuando se juntaron ellos como matrimonio, hicieron un convenio. El primer hijo que nació, nació Orellana, el segundo Carabajal y así consecutivamente, Orellana, Carabajal, Orellana, Carabajal, y a mi papá le tocó Carabajal”.

Familia

“A fines del 50 me casé. Después nació la Graciela, Peteco, la Enriqueta y Demi. Se llevan varios años de distancia entre ellos. Por ejemplo, la Enriqueta tiene 38 años y Peteco 48 (en el año en el que se realizó la entrevista). No hemos tenido hijos seguidos como la familia mía. Nosotros hemos nacido cada dos años. Nosotros hemos sido 12 hermanos (todos varones)”.

Escondido al reza baile

“Mi hermano Agustín había fallecido. Y un día me fui para Buenos Aires. Ahí mi hermano Cuti, me dice, ahora me he acordado que Agustín me ha dejado una música de una chacarera, que no tiene letra. Si te animas a hacer, yo te paso. Y bueno, pasame, le digo. Y he empezado a pensar y en dos días hice la letra, incluso le agregué unos acordes. Una hermosa grabación hizo Raly Barrionuevo: “El baile ya ha comenzado allá por Santiago del Estero…”.

Trayectoria

“En la década del 50 grabé con Cari Huayna, El Chañarcito, Hugo Díaz, con Los Manseros, Santiago Manta. Después ya grabé solo en el 67, con Magenta. Después, con Los Carabajal y me llevaron de aquí para grabar. Ya no me gustó. Yo no quise ir a Buenos Aires a vivir. Quería vivir en Santiago que de todas maneras viví haciendo canciones”.

Vocación peleada

“Cuando yo tenía menos de diez años me empezó a gustar tocar la guitarra, y mi papá no quería que toque. Trabajaba en Obras Sanitarias y antes de irse a trabajar nos desafinaba la guitarra. A fuerza de eso, tenía que aprender a afinar. Todos los días el tren El Tucumano pasaba justo a las 9 para Buenos Aires. Tocaba el pito siempre, porque hay un paso nivel. Era aquí a una cuadra (de la casa de Los Lagos) y yo me di cuenta en esa época, era chiquito, que el sonido del tren era en mi. Yo no sabía que era en mí. Yo afinaba con el tren y después ya aprendí las otras cuerdas”.

Comienzos

“Desde el año 45 he empezado a tocar. Tenía 16 años. Yo he nacido en el 29. Me acuerdo que me junté con un bailarín de aquí que bailaba bien, de apellido Tijera. A los 17 ó 18 años, nos íbamos afuera para lado de Quimilí, Tintina, Campo Gallo, Monte Quemado, nos íbamos yo a cantar, él a bailar. Improvisábamos peñas. Adónde íbamos siempre íbamos el jueves, y el viernes y el sábado ya estábamos haciendo una peña con canto y todo. Yo cantaba dos horas o tres”.

A la sombra de mi mama

“En el 50, 51, mi abuela estaba sentadita en un rincón y mi mama me dijo: ¡Y pensar que yo sigo teniendo madre! Y me ha quedado clavado, che. Me voy a Buenos Aires en el año 56, estoy dos años y vuelvo con el pensamiento. Le cuento a don Cristóforo Juárez las palabras que me había dicho mi vieja y estuve en su casa hasta las 12.30 del mediodía. Vuelvo a comer a Los Lagos y cuando estaba terminando de comer llega don Cristóforo en el auto y me da un papel. Esa fue la canción que más recaudación tuvo en todo el mundo. Él la escribió en media hora o en una hora y yo le hice la música en 10 minutos. Ese día dejé de comer, me fui para dentro de mi casa, agarré una guitarra y empecé a mirar. He cambiado varias veces hasta que me gustó la última”.

Leo dan

“Cuando estuve en Buenos Aires recién había empezado Leo Dan. Había hecho uno o dos discos. Hermano, me dice. He sabido que vos te acuestas para hacer chacareras. ¿Qué te puedo grabar?, porque estoy grabando bien, para que vos también ganes buena plata. Y no sé, yo tengo chacareras, le dije: Qué más se puede pedir, A la sombra de mi mama. Ésa me dice, A la sombra de mi mama. Ese día me da la dirección de su casa y me dice vete el domingo al mediodía para que comas conmigo y mi familia. Y me voy para Mataderos y me hace pasar. Había como 5000 personas al frente de la casa queriéndolo saludar a Leo. Y le hago escuchar y me dice, ésta va a andar bien. Y salió muy bien. La grabó y vendió muchos discos en la Argentina. Después grabó en Colombia, en Ecuador y ahora últimamente la grabó con los Mariachi en México”. (Además de Leo, quien también la interpretó fue Sandro).

El puente carretero

“Peteco me habla de Buenos Aires y me dice que iban a comenzar a grabar un día lunes o martes con el chango Farías Gómez. Y me voy. Estaban grabando y se largan a grabar una chacarera. Qué hermosa chacarera digo yo en mis adentros. Después le digo, de quién es esa chacarera. Mía, nuevita, me dice, Peteco. ¿Cómo se llama?, le pregunto. No sé, no sé que nombre ponerle, me dice. A mí se me metió la música en la cabeza y empecé a practicar la letra. Yo hice una chacarera del Puente Negro con don Pedro Evaristo Díaz. Pero pensé que el Puente Carretero no tenía chacarera. Traté de empezar a hacer la letra y me salió esto: Si pasas por mi provincia con tu familia viajero, verás que lindo es el río desde el Puente Carretero, después seguí pensando en los turistas, en la gente que viene…”

Entre a mi pago sin golpear

“Pablo Trullenque hizo los versos de una chacarera doble y me dio a mí para que le hiciera la música. Y me salió la música de Entre a mi pago sin golpear… La hice un día jueves y la estudié todo el día sábado. El domingo había una fiesta en la casa del folclorista y la tenía en la mente y no se la podía pasar a ninguno porque había mucho bullicio. Y saco la guitarra y lo hablo a Toy Von Zeilau. Yo lo quería muy mucho a ese muchacho. Y lo traigo para afuera de la Casa del Folclorista, y me dice eh, bárbaro, qué chacarera, hermano, no le des a nadie esto antes de que yo la cante. Y así fue. Después la canté por todos lados. La han grabado varios”.

Músico de carnaval

“Yo fui músico de carnaval, allá por los años 1947, 1948. Fui a cantar al campo. En esa época no había altoparlantes ni micrófonos. Había que cantar para mil personas. Los escenarios eran como de tresmetros y para subir había que hacerlo en escaleras. Había que tener pulmón. Yo cantaba muy fuerte antes. En Nueva Esperanza y El Mojón tocábamos con don Ponciano Luna y don Lucindo Prados. Cantábamos con fuerza para no desafinar…todo cantor desafina en algún momento.-

Fuente: El Liberal