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martes, 28 de julio de 2026

Bebidas ancestrales del norte argentino: un legado cultural entre el monte, la tradición y la memoria

Aloja, añapa, arrope, chicha y guarapo forman parte de un patrimonio gastronómico que hunde sus raíces en los pueblos originarios y en las comunidades rurales del noroeste argentino. Investigadores como Félix Coluccio, Orestes Di Lullo y Samuel Lafone Quevedo documentaron estas preparaciones, preservando un valioso testimonio sobre las costumbres alimentarias que durante siglos dieron identidad a regiones como Santiago del Estero.



El sabor de una cultura transmitida de generación en generación

Mucho antes de que las bebidas industriales llegaran a las mesas argentinas, el monte ofrecía frutos capaces de alimentar, refrescar y reunir a las familias. Algarrobos, chañares, mistoles, tunas y maíz constituían la materia prima de una serie de preparaciones que acompañaban la vida cotidiana de campesinos e indígenas del norte argentino.

Más que simples bebidas, estas recetas expresaban una manera de comprender el entorno natural. Eran el resultado de conocimientos transmitidos oralmente durante generaciones y de técnicas que combinaban observación, experiencia y aprovechamiento integral de los recursos disponibles.

Buena parte de este patrimonio llegó hasta nuestros días gracias al trabajo de investigadores y folklorólogos que dedicaron décadas a recopilar costumbres populares. Entre ellos sobresalen Félix Coluccio, autor de numerosas obras sobre folklore argentino; Samuel Lafone Quevedo, reconocido lingüista, arqueólogo y etnógrafo, y el santiagueño Orestes Di Lullo, médico, historiador y uno de los mayores estudiosos de las tradiciones culturales de Santiago del Estero.

La aloja, la "cerveza" del algarrobo

En su extensa investigación sobre las costumbres populares argentinas, Félix Coluccio describió a la aloja como una especie de "cerveza de algarroba". Su elaboración, ampliamente difundida en las zonas áridas del norte, aprovechaba las vainas maduras del algarrobo blanco, uno de los árboles más representativos del monte santiagueño.

Samuel Lafone Quevedo explicó que las vainas se molían y se colocaban junto con agua en un noque, recipiente confeccionado con cuero, o en un bilqui, una gran tinaja partida por la mitad. Allí comenzaba un proceso natural de fermentación que podía acelerarse agregando un poco de concho, es decir, el sedimento proveniente de una aloja ya elaborada, utilizado como fermento.

Después de pocas horas se obtenía una bebida fresca, ligeramente alcohólica y muy apreciada para combatir las altas temperaturas estivales. Con el paso del tiempo también surgieron variantes elaboradas con molle y maíz, adaptándose a los recursos disponibles en cada región.

Añapa, la bebida dulce nacida del algarrobo

Otra preparación profundamente vinculada con el monte santiagueño es la añapa, elaborada también a partir de las vainas del algarrobo.

Su proceso consistía en moler los frutos dentro de un mortero, humedecerlos gradualmente hasta deshacer completamente la pulpa y luego colar el líquido obtenido. El resultado era una bebida naturalmente dulce, refrescante y de gran valor energético.

Una receta recopilada en Santiago del Estero por Blanca Albornoz resume de manera sencilla este procedimiento tradicional: la algarroba, blanca o negra, se desarma con agua en el mortero; posteriormente se retiran los restos sólidos, se incorpora más agua y azúcar y finalmente se bebe el jugo, mientras la pulpa restante continúa aprovechándose.

Para Orestes Di Lullo, estas preparaciones evidencian la extraordinaria importancia que tuvo el algarrobo en la economía doméstica de los antiguos pobladores santiagueños, quienes encontraban en este árbol alimento, bebida, forraje y hasta materia prima para diversos utensilios.

El arrope, una antigua técnica de conservación

Aunque hoy suele utilizarse como jarabe o acompañamiento de postres, el arrope ocupó durante mucho tiempo un lugar destacado entre las bebidas tradicionales debido a su consistencia semilíquida.

Su elaboración demandaba varias horas de trabajo y una notable experiencia práctica. El procedimiento comenzaba con el pisado de entre diez y quince kilogramos de uva para obtener el mosto. Este se cocinaba lentamente en grandes pailas junto con pencas peladas de tuna y pequeñas cantidades de ceniza, elementos que favorecían la clarificación del líquido.

Tras retirar cuidadosamente las impurezas superficiales, el mosto se dejaba reposar antes de trasladarlo a otro recipiente, donde nuevamente se incorporaban pencas de tuna y cáscaras de huevo para perfeccionar la limpieza del líquido.

La cocción continuaba hasta que el volumen se reducía aproximadamente a menos de la mitad. Solo entonces el arrope alcanzaba la concentración adecuada y se retiraba del fuego para batirlo lentamente con cucharas de madera.

Además del clásico arrope de uva, los habitantes del monte elaboraban variantes utilizando frutos nativos como chañar, mistol, tuna y quiscaloro, aprovechando los ciclos naturales de cada especie.

La chicha y el legado de los pueblos originarios

Entre todas las bebidas tradicionales del norte argentino, la chicha ocupa un lugar singular por su origen prehispánico.

Consumida desde tiempos ancestrales por numerosas comunidades indígenas del actual noroeste argentino, esta bebida se obtenía mediante la fermentación del maíz. Félix Coluccio documentó distintos métodos de elaboración, entre ellos uno de los más antiguos: la utilización de la saliva humana para activar el proceso fermentativo.

La preparación reunía a toda la familia alrededor del fogón. Cada integrante masticaba una porción de masa de maíz y la depositaba posteriormente en un recipiente común. Las enzimas presentes en la saliva transformaban los almidones en azúcares fermentables, permitiendo la formación natural del alcohol.

Esta variedad recibió el nombre de chicha nuqueada y con el tiempo fue prohibida en algunas provincias, como Jujuy, debido a consideraciones sanitarias.

El cronista Ciro Bravo, por su parte, destacaba las propiedades medicinales que la tradición popular atribuía a esta bebida, señalando su reconocido efecto diurético y su utilización para aliviar afecciones urinarias.

Guarapo, la bebida del trabajador rural

Menos conocida que la aloja o la chicha, el guarapo desempeñó un papel fundamental en la vida cotidiana del campesinado.

Preparado mediante la fermentación de agua y miel, constituía una especie de hidromiel sencilla cuya principal función era combatir la sed durante las extensas jornadas de trabajo bajo el intenso sol del monte.

Era habitual que permaneciera cerca del lugar de labor, conservado dentro de calabazas secas, barriles, ollas o recipientes metálicos improvisados. Esa imagen, registrada por diversos recopiladores del folklore regional, refleja una escena cotidiana del mundo rural santiagueño durante buena parte de los siglos XIX y XX.

Un patrimonio que merece ser preservado

Las bebidas tradicionales del norte argentino representan mucho más que antiguas recetas. Constituyen una expresión tangible del conocimiento acumulado por generaciones que aprendieron a convivir con un ambiente exigente, aprovechando inteligentemente los recursos que ofrecía el monte.

Las investigaciones de Félix Coluccio, Samuel Lafone Quevedo y Orestes Di Lullo permiten comprender que detrás de cada vaso de aloja, cada jarro de añapa o cada paila de arrope existe una compleja trama de saberes populares, prácticas comunitarias y formas de organización social que contribuyeron a construir la identidad cultural del noroeste argentino.

En una época en la que numerosas tradiciones enfrentan el riesgo del olvido, recuperar estas bebidas significa también rescatar una parte esencial de la memoria colectiva. Son testimonios vivos de una cultura que encontró en la naturaleza no solo sustento material, sino también motivos para celebrar, compartir y fortalecer los vínculos comunitarios. Su permanencia en la memoria popular confirma que el patrimonio cultural no se conserva únicamente en los museos o en los documentos escritos: también sobrevive en los sabores, en las recetas heredadas y en las historias que continúan transmitiéndose de generación en generación.

 

sábado, 4 de julio de 2026

Orestes Di Lullo: el médico que estudio el folclore y la realidad social de Santiago

 


Hay hombres que recorren su tiempo con una doble mirada: una que cura el cuerpo y otra que sana la memoria de su pueblo. Un 4 de julio de 1898 nacía en Santiago del Estero Orestes Di Lullo, una figura fundacional de la cultura norteña en quien la medicina, la historia y la etnografía no fueron saberes estancos, sino herramientas para descifrar la identidad de su provincia.

Egresado del Colegio Nacional santiagueño, Di Lullo se trasladó a Buenos Aires para estudiar medicina, carrera de la que se graduó en 1923. Sin embargo, al regresar al pago, el joven médico comprendió que las dolencias de su gente no solo se explicaban en los laboratorios, sino en las condiciones de vida y en el paisaje social. En 1930, su obra El Paaj —galardonada con el Primer Premio Municipal de Ciencias— marcó un hito tanto médico como social al describir una forma de dermatitis venenata: una dolorosa inflamación cutánea provocada por el contacto con el tanino del quebracho colorado. A través de este hallazgo científico, Di Lullo no solo descubrió una afección médica; le dio nombre al padecimiento de los hacheros santiagueños.

Aquella sensibilidad social guió sus siguientes textos de política sanitaria y denuncia: La alimentación popular en Santiago del Estero (1935) y La San Asís (1939), donde proponía reformas urgentes para erradicar las enfermedades de la pobreza. El mismo pulso crítico late en su ensayo El bosque sin leyenda (1937), una obra donde la pluma del intelectual se vuelve testigo y denuncia de la devastación del suelo nativo y de la brutal explotación humana en los obrajes.

El recolector del sentir popular

La obra de Orestes Di Lullo puede leerse como la continuación natural de las pesquisas etnográficas que había iniciado Ricardo Rojas. Comisionado por la Universidad de Tucumán, el médico se internó en la oralidad y los senderos de su provincia para emprender la ciclópea tarea de recolectar, clasificar y sistematizar las tradiciones populares. De ese viaje al corazón de la cultura nacieron obras monumentales como El folklore de Santiago del Estero y los dos tomos de El cancionero popular de Santiago del Estero, un rescate imprescindible de la música y el sentir local. Su curiosidad por la palabra lo llevó también a la filología, un campo donde fue referente —especialmente en el estudio de la lengua quichua— con textos como Contribución al estudio de las voces santiagueñas y El habla popular.

Mientras otros intelectuales de su época se volcaban a la ficción o a la teoría pura, Di Lullo habitó plenamente la condición de folclorista y guardián de la memoria. Esa comunión profunda entre lo histórico y lo literario alcanzó su plenitud lírica en dos obras imperecederas: La agonía de los pueblos (1946) y Santiago del Estero, noble y leal ciudad (1947), además de títulos esenciales como Los pueblos dormidos.

Constructor de instituciones y exilio

Di Lullo no solo dejó palabras escritas; edificó los espacios físicos para protegerlas. El 25 de julio de 1941 fundó el Museo Histórico que hoy lleva su nombre, una institución destinada a testimoniar la historia política, numismática, armamentística y etnográfica de la provincia, la cual dirigió con celo hasta 1967. A su impulso se debieron también la creación de la Escuela Santiagueña de Artes Populares y, en 1953, la fundación del Instituto de Lingüística, Folclore y Arqueología (dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán). Además, su compromiso civil lo llevó a ser miembro fundador de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero e intendente municipal de la ciudad capital entre 1944 y 1945.

Su prestigio intelectual lo convirtió en miembro correspondiente de las academias nacionales de la Historia, de Ciencias y de la Academia Argentina de Letras. Sin embargo, los vaivenes políticos del país no le fueron ajenos. De tendencias intelectuales nacionalistas, fue cesado de sus cargos universitarios en Tucumán durante la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu, lo que lo forzó a un exilio en España.

Orestes Di Lullo falleció en 1983 en la misma ciudad que lo vio nacer y a la que dedicó sus desvelos. Tras su partida, se editaron dos de sus trabajos fundamentales: La razón del folclore y Santiago del nuevo Maestrazgo. En homenaje a su nacimiento y a su inabarcable legado, cada 4 de julio se conmemora el "Día de la Cultura" en Santiago del Estero, recordando al hombre que supo auscultar el pecho de sus pacientes con la misma devoción con la que escuchó los cantos antiguos de su pueblo.

lunes, 22 de junio de 2026

La algarrobiada

 Orestes Di Lullo | El folclore de Santiago del Estero

 


En todos los puntos de la provincia se practica la costumbre de salir en caravana para la cosecha de algarroba. Eran célebres las algarrobiadas que se efectuaban en "El Polear", al otro lado del río, cerca de la ciudad, una de cuyas casas -la de Doroteo Gómez- era el centro de una intensa peregrinación de gente de Santiago que, con árganas, "tipas" y "ponchos" acudían el 24 de diciembre a la cosecha de algarroba. 

El regocijo tenía también un sentido religioso, pues el día del "nacimiento" se velaba al Niño Dios con bailes y cánticos. Allí se escuchaban las notas arrancadas al arpa por la prodigiosa destreza del "finao Lauriano", justamente reputado como uno de los mejores arperos de aquel tiempo.

Durante la noche, después del pesebre, las zambas, los gatos, las chacareras mantenían alerta con sus notas joviales el espíritu de la fiesta. De los árboles colgaban los "noques" repletos de aloja; en torno de los fogones se cocinaban las más suculentas viandas; los hombres en corro bebían enormes "chambaos" y el amor, proclamado mil veces en la canción y la música de las guitarras y cajas y en los giros de las danzas, bajo la noche cálida, constelada de estrellas, era natural y libre; como el deseo incontenible; como la alegría, desbordante.

"El Polear" es todavía un recuerdo vivo de la ciudad. Era el lugar donde residía y había que ir a buscar el amor, como en los campos de la antigua Arcadia. Pasada la fiesta, desocupada el alma, hombres y mujeres con la carga de la cosecha de algarroba en "veranos" y "pozuelos" y niños y doncellas con el haz de leña sobre sus cabezas que sostenían el "pashquil" regresaban al hogar en alegres caravanas, por los caminos olorosos de salvia y de poleo; cruzaban el río llenando el silencio de risas y alegrías, y recomenzaban la tarea diaria, nunca apremiante, con elrecuerdo de la sonrisa de los labios y en la luz de los ojos. 

Hasta aquí lo que escribía Di Lullo en 1943, hace setenta años. Todavía recordamos los que fuimos niños allá por los 50 el gusto por juntar algarroba blanca y negra para disfrutar la dulzura y el alimento que esta fruta natural nos brindaba. Lo mismo la añapa refrescante que salía de la molienda. Bueno es recordar que ella nos hacía aguantar mejor el calor, mientras el tacku (algarrobo en quichua) nos ofrecía sombra a nosostros los chicos y a los animales en esas siestas de 43 grados a la sombra, en tiempos en que la heladera era un lujo. Esto es bueno que lo recuerden aquellos que quieren recuperar la soberanía alimenticia. Con algarroba, mistol, chañar, piquillín. miel de balas, docas, tunas, arrope de algarroba, de tuna y de chañar y otros regalos de la naturaleza sabíamos complementar nuestra dieta santiagueña.

 Fuente: www.desdelolvido.blogspot.com.ar/

 

viernes, 8 de mayo de 2026

El viaje de la empanada: Crónica de un manjar sin fronteras

Desde las tabernas medievales de Europa hasta el corazón de la mesa criolla, la empanada guarda el secreto de los pueblos que la moldearon. ¿Cuál es el origen de este tesoro que "chorrea hasta el codo"?

Por Leyendas del Folclore Santiagueño 

 


Se dice que una buena empanada no solo se come, se conquista. Hay que saber abordarla, entender su temperatura y, sobre todo, respetar su historia. Aunque hoy la sentimos tan nuestra como el sol de mayo, este bocado colosal es el resultado de un mestizaje de siglos, civilizaciones y viajes transatlánticos.

  Un origen que se pierde en el tiempo

A pesar de ser el plato estrella de nuestras festividades, los historiadores no han logrado ponerse de acuerdo sobre su acta de nacimiento. Investigadores de la talla de Eugenio Pereira Salas u Oreste Plath han buscado sin éxito el sitio exacto donde la primera masa envolvió al primer relleno.

Lo que sí sabemos es que su rastro es milenario. Ya en el siglo XIII, la empanada era una figura recurrente en la gastronomía española, aunque muchos sugieren que fueron los moros quienes, durante sus siglos de dominio en la península, legaron esta técnica de encerrar guisos en masa. Incluso en Baviera, el vocablo "Parrada" resuena en las reuniones alemanas, recordándonos que la idea de un pan relleno es una solución universal al hambre y al viaje.

  La llegada a tierras americanas

A Chile y al Río de la Plata, la empanada llegó antes de que las ciudades terminaran de poblarse. Los registros nos llevan incluso a la sacristía de la Catedral de Santiago, donde un cuadro de la Santa Cena que data de 1962 (conservando tradiciones iconográficas mucho más antiguas) la muestra en la mesa más sagrada de la historia.

En estas tierras, la empanada se transformó. Se encontró con los Mapuches, quienes ya conocían el concepto bajo el vocablo "Pirru" —el picadillo de carne, cebolla y ají—. Fue en este encuentro entre la técnica europea y el sabor indígena donde nació la empanada criolla que hoy veneramos: horneada o frita en grasa, siempre con el toque de color y el picante justo.

De la "Empanada Electoral" al honor de la mesa

Hubo un tiempo, cuenta la historia política, en que la empanada fue incluso un arma de seducción electoral. En las campañas de antaño, se utilizaban como instrumentos de coerción; pocos podían resistirse a un bocado bien condimentado. Sin embargo, con el tiempo, esa "empanada política" se envileció. Como bien señalaba Sarmiento y luego Orestes Di Lullo, aquellas versiones electorales terminaron siendo "bolsas de masa cruda", llenas de papa y cebolla, elaboradas con la prisa del negocio y no con el esmero del arte.

Afortunadamente, frente a la especulación y la producción en masa, la empanada casera resistió. Esa que se trabaja por decoro y propia estimación, donde el espíritu de quien cocina queda encerrado entre las dos hojuelas de masa.

  El secreto de Santiago

Para los puristas, especialmente en Santiago del Estero, la elaboración es un rito de responsabilidad tradicional. La masa de harina de trigo debe ser acariciada con salmuera, grasa y leche. El relleno, o "pasta", exige carne de vaca ligeramente sancochada, acompañada con la generosidad del huevo duro, las pasas de uva, el comino y el ají del monte, todo frito en abundante grasa de vaca.

Dato Histórico: Cuando estas mismas piezas se fríen en grasa en lugar de ir al horno, bajo otra forma, reciben tradicionalmente el nombre de pasteles.

Hoy, al morder una empanada que "chorrea", estamos probando siglos de historia. Es un recordatorio de que, a pesar de los cambios en los tiempos y las modas, el paladar criollo no ha perdido su gusto. La empanada sigue siendo ese refugio de sabor donde la probidad y el esmero de la cocinera o el cocinero vencen a la prisa del mundo moderno.

Basado en los textos de Orestes Di Lullo y registros históricos de Locos x Santiago.

martes, 28 de abril de 2026

Orestes di Lullo: El cartógrafo del alma santiagueña


 

Abordar la figura del Dr. Orestes di Lullo no es simplemente revisar una bibliografía académica; es internarse en el desvelo de un hombre que decidió traducir el pulso invisible de su tierra. Nacido en 1898 en la ciudad de Santiago del Estero, este hijo de inmigrantes italianos no solo abrazó la ciencia médica en la Universidad de Buenos Aires, sino que, al regresar a sus raíces, transformó el estetoscopio en una herramienta de auscultación social y cultural.

Di Lullo no fue un observador solitario. Junto a figuras como Canal Feijóo, integró “La Brasa”, aquel cenáculo intelectual que funcionó como el corazón pensante del NOA, donde se debatía la identidad de un Santiago del Estero que clamaba por ser comprendido más allá de sus carencias.

La ciencia al servicio del símbolo

Su carrera fue un viaje de ida y vuelta entre el laboratorio y el monte. Lo que comenzó como una tesis doctoral en medicina sobre el "paaj" (una dermatitis regional), terminó por abrirle las puertas del "saber popular". Allí comprendió que para sanar a un pueblo, primero había que conocer qué come, qué canta y en qué cree.

Su producción fue tan vasta como profunda, abarcando hitos que hoy son piedras angulares de nuestra identidad:

La alimentación popular (1935): Un estudio pionero sobre la nutrición y el rito de la mesa santiagueña.

El Cancionero Popular (1940): Una obra monumental nacida del pedido de su colega Juan Alfonso Carrizo, que rescató la lírica oral del olvido.

Viejos Pueblos y La Agonía de los Pueblos: Textos donde la historia y la sociología se tiñen de una nostalgia reflexiva sobre el paso del tiempo y la erosión de las comunidades.

"Santiago es el lugar donde aún florecen los espíritus de una cultura popular maravillosa: el folklore". — Orestes di Lullo.

Una mirada integral: Del rancho a la academia

El Dr. Augusto Raúl Cortázar señalaba que, si bien algunos de sus primeros trabajos carecían del rigor metodológico frío de la época, poseían algo mucho más valioso: la identificación absoluta del recolector con su medio. Di Lullo no estudiaba el folklore como un objeto inerte, sino como un organismo vivo.

Su curiosidad lo llevó a documentar desde las técnicas criollas de construcción en "La Vivienda Popular" (1969) hasta las inflexiones únicas de nuestra lengua en sus estudios sobre el habla popular. Esa labor incansable lo llevó a ocupar sitiales en cuatro academias nacionales y en prestigiosos institutos de Estados Unidos, México, Uruguay y Venezuela, proyectando la voz de Santiago al mundo.

El legado: La intimidad de un pueblo

Para Di Lullo, el folklore no era un conjunto de danzas o vestimentas pintorescas, sino el "acervo más precioso" de una comunidad; aquello que se guarda celosamente en la intimidad y que define la verdadera fisonomía de un pueblo.

Durante dos décadas dirigió el Instituto de Lingüística, Arqueología y Folklore de la UNT, dejando una huella imborrable en la gestión cultural. Hoy, releer a Di Lullo es volver a mirar a Santiago con ojos nuevos: con la pasión del investigador y la sensibilidad del artista que supo ver, bajo el polvo del camino, la gema brillante de nuestra identidad.

lunes, 13 de abril de 2026

La leyenda del Orko Maman, la Madre del Cerro

 


Don Benigno Corvalán, vecino de El Zanjón, Dto. Capital, que fue "manual" de don Gaspar Taboada, cuenta que allá, por el año 70, se había perdido en el cerro de Guasayán, una mula cargada con tres barriles de aguardiente. Un arriero fue en su seguimiento y después de mucho andar se encontró ante una laguna, circundada de piedras de oro, que producían vivos reflejos en el agua en que se reflejaban. Quedó asombrado el arriero y al levantar la vista, vio sobre una peña a una mujer desnuda, de singular belleza, que peinaba sus cabellos rubios con un peine de oro. Era la madre del cerro u orko maman, como se la llama en quichua, de orko: cerro, y maman: madre.

Pasada la sorpresa que en el arriero produjo esta visión de la deidad tutelar, cargó algunas piedras de oro y fuése para el pueblo, donde contó la extraña aventura. Los vecinos, organizados en comisión, partieron para la conquista del tesoro. Iba a la cabeza el arriero del cuento. Pero cerca ya de la laguna, una densa neblina los tapó, impidiéndoles proseguir la búsqueda.

Cuentan, además, que la madre del cerro se encolerizó cierta vez que jaloneaban las faldas de la serranía de Guasayán por no haberla invocado ni buscado su protección. Al ir a cavar la pica, todo el cerro se estremeció sacudido por un sismo, del que todavía guardan memoria los pobladores de la zona.

La leyenda del orko maman, en su primera versión se asemeja a la del peine de oro de la laguna del cerro bayo de Tucumán.

 

Extraído del libro: El Folklore de Santiago del Estero, de Orestes Di Lullo


sábado, 27 de diciembre de 2025

La almita


La noche del 1 de noviembre (día de las animas) se oyen silbidos agudos y graves que, según la creencia popular, corresponden a las animas. Los de entonación grave son atribuidos a las almas de los hombres, en cambio los finos y agudos a las mujeres y niños.

Estos silbidos, en la noche, y que impresionan de tal modo la mente popular, son emitidos por un pájaro nocturno y solitario: lalmita, que según la leyenda era un niño, compañero inseparable de su hermanita, el cual un día desapareció. Poco después la hermana se enfermó y murió.

Los silbidos que se oyen en esa noche de noviembre, serían los llamados de esa almita, encarnada en un pájaro, que busca a su compañero sin resultados.

Por su parte, la superstición dice que “no es bueno” contestar a esos silbidos, pues si se lo hace, se oyen cada vez más cercanos hasta que por fin se los escucha dentro del oído, como un grito, quedando como consecuencia una sordera incurable. - El folclore de Sgo del estero – Orestes Di Lullo

viernes, 7 de noviembre de 2025

Costumbres de antes relativas a la muerte

 Adaptado de El folclore de Santiago del Estero de Orestes Di Lullo (1943).

 

 


 

Muerta la persona, se la viste con una mortaja de lienzo blanco o negro, cubriéndole la cabeza con una caperuza. Si no había mortaja y el muerto era un hombre rico, se lo vestía con el mejor traje, pero se le sacaban los botones. En el caso de ser mujeres, se les colocaba un vestido al que se le quitaba el ruedo y los adornos del mismo. También, si al muerto se le ponían zapatos, se le quitaban los tacos para que no hiciera ruido en el momento en que "Tata Yaya" lo recibiera.

Al caer la tarde se sacaba el cadaver al patio para velarlo, y se lo colocaba en un catre de tiento voleado, es decir, con las patas del catre para arriba.

Durante toda la noche lo velaban: rezos, cantos después de rezar el rosario y llantos de deudos y concurrentes en recuerdo de sus parientes "perdidos". Aquí estaban las "lloronas," profesionales que con sus gritos de dolor evitaban posibles comentarios acerca del nivel de dolor real que la muerte de una persona había provocado. Era común escuchar entre los llantos palabras estremecedoras como "Queridituy," "Ay señoritay". Entre tanto, se preparaba en la misma casa el cajón y la escalera en que se transportaría al muerto. Los entierros debían hacerse por la mañana.

Luego de la despedida en casa y el cierre del cajón, seis hombres cargaban al hombro la escalera sobre la que se ataba el féretro para llevarlo al cementerio. Otros tantos iban de relevo. Antes de salir se hacía dar al ataud una o dos vueltas casi al trote alrededor de la casa, para que el "finao se desprenda y se despida". En el camino se producía el relevo de los que llevaban el cajón sin detenerse, para evitar que en ese lugar el muerto espantara en el futuro. En caso de llevarse el cajón en un vehículo, se lo debía cargar con el mismo en movimiento y no parar hasta llegar al cementerio por la misma razón.

En la procesión hacia el cementerio, los deudos iban adelante y los de relevo detrás, en ese orden, pues de lo contrario la gente creía que el cadaver aumentaba de peso y querría volverse para la casa. El cadaver debía ser llevado con la cabeza para atrás, para evitar que quiera volver y espante. Poco antes de llegar, se tocaba un redoble de tambor. Ante la fosa se destapaba el ataud para dar un último adios, lo que se hacía tocando la cara al muerto. Para bajarlo se le cubría la cara con la caperuza. Una vez en la fosa, el enterrador le descubría la cara nuevamente, pero desde atrás, para que el difunto no lo viera. Luego, cada uno de los presentes arrojaba un puñado de tierra sobre el cajón. Una vez concluido el acto, los acompañantes volvían a la casa, donde se servía un almuerzo.

El día del entierro se barría la habitación del difunto, pero la basura se acumulaba en un rincón hasta que pasara la novena. Al día siguiente del entierro empezaba ésta. Durante esos nueve días había que dejar en el cuarto del muerto una cruz, una vela encendida, un vaso de agua y un rosario. La silla de la rezadora no podía tocarse durante esos nueve días. Tampoco había que barrer la habitación en ese periodo y los dolientes no debían peinarse ni trabajar durante esos días.

En caso de muerte "repentina," se acostumbraba invitar al difunto por tres veces diciendo "vamos a casa," para evitar que espantara en el futuro. Además, había que dejarle una cruz en el sitio en que murió y durante un año. Pasado el año, había que clavar la cruz a orillas del camino, para que le rezaran los caminantes.

Fuente: desdelolvido.blogspot.com.ar

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Silípica: Un Viaje a través del Tiempo y la Historia

En las entrañas de Santiago del Estero, un antiguo poblado indígena guarda cuatro siglos de memorias: desde las huelles de San Martín hasta los sueños truncos de la modernidad



Por siglos, las polvorientas calles de Silípica fueron testigo mudo del desfile de la historia argentina. Hoy, entre ruinas de proyectos fallidos y la fe inquebrantable de sus habitantes, este rincón santiagueño busca su lugar en el presente.

La historia de Silípica comienza mucho antes de que los conquistadores españoles pusieran pie en estas tierras. Cuando el capitán Juan Núñez de Prado emprendió su entrada entre 1550 y 1552, el nombre de este poblado ya resonaba en los mapas de la época. Según las referencias del Padre Lozano, existían entonces varios pueblos indígenas: Alivigasta, Nacha, Manchigasta y Silípica, este último gobernado por el cacique Chanamba.

En esos tiempos remotos, Silípica se erigía como una verdadera provincia india, situada estratégicamente entre Tontola por el norte y Sumamao por el sur, bañada por las aguas generosas del río Dulce. Era una región próspera donde "densos enjambres humanos" habitaban tierras feraces, protegidos por bosques inmensos de árboles gigantescos cuyas maderas fueron codiciadas para las primeras construcciones de la capital provincial.

El Encuentro de Dos Mundos

La llegada de los españoles marcó el fin de una era y el comienzo de otra. En 1627, una Cédula Real documentaba los servicios militares del capitán Juan de Tejeda Miraval, quien "se halló en la pacificación de los indios de la provincia de Silípica que estaban alzados". El documento revelaba que los conquistadores habían logrado someter a los nativos "por la nueva orden que tuvieron en tomarles por la espalda", una táctica poco honorable que sugiere la fiereza con que los silípicas defendieron su libertad.

No sabemos si estos indígenas eran "temibles por su ferocidad" o simplemente "celosos custodios de sus derechos humanos", como reflexiona el cronista. Lo cierto es que su resistencia quedó grabada en los anales oficiales como testimonio de una lucha desigual entre dos concepciones del mundo.

Con la dominación española llegaron los cambios profundos. Se establecieron obrajes de paños donde los indios hilaban y tejían el algodón de sus sembrados y la lana de sus rebaños. Se erigieron atahonas para la molienda del trigo. El comercio abrió rutas que serían recorridas durante siglos por carretas y diligencias, convirtiendo a Silípica en una posta fundamental del camino entre Buenos Aires y el Perú.

Cruce de Caminos, Teatro de la Historia

Dos grandes rutas convergían en Silípica, convirtiéndola en un punto neurálgico del tránsito colonial. La primera, llamada "de las postas", enlazaba de norte a sur los pueblos de Santiago, Manogasta, Silípica, Simbolar, Ayuncha, Remanso, Portezuelo, Pozo del Tigre y Chañar. La segunda, conocida como "camino del Perú", seguía la antigua senda de los chasquis incas, pasando por Silípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y otros poblados hasta llegar a Córdoba.

Esta posición privilegiada permitió que Silípica fuera testigo privilegiado del desfile de la historia. En el siglo XVII, un documento titulado "Derrotero del Camino de Potosí a Córdoba" mencionaba: "De Silípica se dexa la costa del Río y se coje por la travesía del Palomar, despoblado hasta Santiago, que es la ciudad que hay doce leguas".

El servicio de correos, establecido oficialmente en 1746, tocaba este pueblo en su larga travesía entre Potosí y Buenos Aires. En 1767, la caravana que llevaba al exilio a los jesuitas del norte pernoctó en Silípica, y quizás durante la hora de la plegaria, esos religiosos tuvieron fuerzas para perdonar "la grave, la injusta, la innoble prisión".

La Capilla de los Milagros

En el corazón de Silípica se alzaba una pequeña capilla de adobes, con techo de tierra sobre un envigado de madera. Humilde y recogida en medio de la inmensidad del campo, guardaba en su nicho la imagen de la Virgen de Monserrat. Cuando en 1780 pasó por el pueblo la beata Sor María Antonia de la Paz y Figueroa, en su peregrinación hacia Buenos Aires donde fundaría la Santa Casa de los Ejercicios, sin duda se detuvo a orar ante esta imagen, pidiendo ayuda para cumplir su "alta, noble y heroica misión".

Dos años después transitó por estas tierras el obispo San Alberto, y en 1789 nada menos que el virrey del Río de la Plata honró con su presencia este pequeño poblado que parecía magnetizar a las grandes figuras de la época.

Los Vientos de la Libertad

El año 1810 trajo consigo los vientos revolucionarios. Juan José Castelli, heraldo de la revolución, pasó por el antiguo camino ante los ojos expectantes de los pobladores. Tras él avanzó el Ejército Libertador, y "la única calleja del pueblo sería hollada gloriosamente por el paso de los soldados de la patria". La población, reducida por las penurias y calamidades, despertó de su letargo secular cuando los clarines y tambores rompieron el silencio acumulado durante siglos.

Por estas mismas rutas pasó el general Manuel Belgrano, cuya abuela santiagueña era oriunda de la vecina Loreto. Poco después, los chasquis llevaron las noticias de las victorias de Salta y Tucumán, posiblemente a través del ex granadero santiagueño Juan Nepomuceno Herrera.

San Martín en Silípica: El Momento Decisivo

Pero fue el paso de José de San Martín el que marcó el momento más trascendental en la historia de Silípica. A fines de 1813, el Libertador se dirigió al Norte para ayudar a Belgrano tras los reveses de Vilcapugio y Ayohuma. Viajaba en un coche de la Renta del Correo, precedido por los chasquis Cayetano Maldonado y Francisco Hilario Muñoz.

En el trayecto por el inmenso desierto de treinta leguas llamado "la travesía", San Martín fue guiado por baqueanos locales: Carlos Peralta, Bernardo Morales, Sinforoso Santillán y, finalmente, José Vicente Rojas, quien lo condujo desde Silípica hasta Manogasta.

Meses después, el 28 de mayo de 1814, San Martín regresó a Silípica en circunstancias muy diferentes. Estaba enfermo y había renunciado al mando del Ejército Libertador. Venía acompañado por Mario Guido, el doctor Paroissen y su escolta de granaderos al mando del capitán Toribio Luzuriaga.

Como observa Ricardo Rojas en sus escritos para el diario "El Liberal", este momento aparentemente insignificante fue crucial: "En ese momento de incertidumbre por su mala salud y por su renuncia militar, es cuando San Martín ha desistido de llevar la guerra a Lima por el Alto Perú y ha madurado su plan de ir a Chile para salir al mar Pacífico y atacar a los realistas en las costas del Virreinato peruano".

En la posta de Silípica, mientras reposaba de su enfermedad, San Martín meditaba sobre su destino y forjaba el plan que lo llevaría a cruzar los Andes. "Tal es el gran acontecimiento que se realiza en el ánimo del héroe mientras el convaleciente medita sobre su destino en aquel invierno santiagueño de 1814", reflexiona Rojas.

El Declive y las Esperanzas Truncas

Los años siguientes vieron pasar por Silípica a soldados que iban y venían del fortín Abipones, incluido el futuro caudillo Juan Felipe Ibarra. En 1818, el doctor Juan Lasso de Puelles fundó la Capellanía de Nuestra Señora de Monserrat basándose en la valiosa estancia de Silípica.

Sin embargo, el progreso del país tomó otros rumbos. El ferrocarril llegó finalmente a la región con el ramal del General Belgrano, que estableció estaciones en Ezcurra, Arraga, Simbol y Nueva Francia. En 1885 se dividió el departamento Silípica, y en 1890 se erigió una nueva capilla, "imponente" según las crónicas, "con pretensión" aunque "sin arquitectura".

Los Sueños de la Modernidad

A fines del siglo XIX, la modernidad tocó las puertas de Silípica con un proyecto ambicioso. Se constituyó en Buenos Aires la Compañía Territorial del Norte de la Argentina, presidida por Luis Urdaniz, para colonizar 28.000 hectáreas de estas tierras. Se abrió un gran canal desde el río bajo la dirección de Vignaux, se iniciaron desmontes y llegaron los primeros colonos.

El ingeniero agrónomo Juan Ramón Chávez publicó un manual con el estudio de las tierras y los métodos para su explotación, terminando su prólogo con palabras generosas: "Hacemos esta publicación en beneficio general de las tierras de la provincia de Santiago del Estero".

Pero el río desvió su curso, dejando la bocatoma muy lejos y el canal inútil. La compañía fracasó, se liquidó, y Urdaniz adquirió todas las acciones para fundar una nueva empresa. Los trabajos se reanudaron con empecinamiento, se excavaron los canales casi cegados, se desmontaron nuevas extensiones, pero todo volvió a fracasar.

La Tercera Oportunidad

No conocían la derrota estos hombres visionarios. Se fundó una nueva empresa, "Administración Urdániz", bajo la presidencia del ingeniero Emilio Benito Urdániz. Esta vez parecían haber encontrado la solución: poderosas bombas centrífugas Sulzer extraían agua del río, los canales funcionaban, se sembraba y se cosechaba.

Pero las tierras habían sido hipotecadas para adquirir las bombas. El Banco Hipotecario Nacional exigió la amortización de 330.000 pesos. La Administración Urdániz pidió prórroga hasta la cosecha definitiva, pero el banco, "celoso custodio del interés nacional", ejecutó la hipoteca sin conmiseración.

Se remataron todos los bienes. El inmenso algodonal se perdió, la desmotadora se desechó como hierro viejo, las máquinas desaparecieron. "De aquel esfuerzo gigantesco que debió servir para la redención de nuestras tierras y de nuestros hombres, sólo quedó triunfante el Banco Hipotecario sobre un montón de escombros", lamenta el cronista.

La Paradoja del Saqueo

La ironía llegaría después. Ese mismo Banco Hipotecario arrendó a una firma particular 27.000 hectáreas de bosque de la ex-colonia Urdaniz por tres años y medio, a la ínfima suma de un peso con treinta y cinco centavos la hectárea. Una verdadera legión de hacheros (unos 2.000) se embarcó en el desmantelamiento del campo. Solo en postes se cargaron 80.000 piezas en la estación Simbol, además de miles de toneladas de leña y carbón.

"El Banco Hipotecario había cumplido con el deber de ayudar a particulares en este feroz desmantelamiento del campo y en esta despiadada explotación del hombre. No supo hacerlo cuando se quiso dignificar y redimir", reflexiona amargamente el observador de la época.

Entre la Fe y la Leyenda

Hoy, Silípica es la capital del departamento homónimo, centro de una zona de labranza donde la tierra se divide en minifundios que alternan con extensiones desérticas y abandonadas. La nueva capilla, construida en 1890, domina la soledad del campo "donde apenas se ven algunos ranchos semiocultos, terrosos, adustos, agobiados".

Dentro del templo, la antigua imagen de la Virgen de Monserrat, "tallada en un roquedal deforme", está adornada de ex-votos que reproducen sables, piernas, bustos, manos, corazones. Las monedas, dijes, cabellos, coronas de ofrendas, flores de trapo y papel testimonian la fe inquebrantable del pueblo.

Cada 2 de febrero, la comarca se vuelca al santuario milagroso en "férvidas multitudes" que cantan coros de alabanza, se prosternan, elevan plegarias tradicionales, acompañan en procesión a su virgencita y se "hacen pisar" por ella. Después ríen y bailan entre el crepitar de los cohetes, sin pensar que "cuando los otros pueblos de Tucumán, de Córdoba, de Santa Fe, convocan a la leva, todos esos pobladores jóvenes se enrolan en las filas del éxodo".

La Salamanca del Pozokómer

Paralelamente a la fe cristiana, corre en Silípica la leyenda de la Salamanca. En un pozanco llamado Pozokómer, cerca del río, se dice que durante la noche se escucha una música delicada de violines con que el diablo ameniza el aquelarre. Allí se convocan "magiqueros" y "brujas" para recibir inspiración satánica, y penetran los neófitos para vender su alma al diablo a cambio del arte para el amor, la fortuna en el juego y el trabajo.

El Presente Melancólico

Del esfuerzo colonizador solo quedó en pie una escuela monumental "en pleno desierto de tristeza y desolación", unas huertitas en el Pueblo Nuevo, pocas tierras de cultivo agobiadas por la sequía y un cementerio cercado de alambre, "tristemente rodeado de arbolillos raquíticos" que ostenta en su portal dos ángeles deformes sobre una placa que dice: "1932, patrocinado por la Asociación Pro-Fomento y Cultura de Villa Silípica".

Las bombas yacen muertas en su torre ruinosa. Los canales se borraron, el viento cubrió de arena la vasta extensión del campo. Sobre las colinas de Simbol y Silípica crecieron los abrojos, los arbustos y los árboles. "Sobre la esperanza creció la decepción."

El Interrogante del Futuro

La pregunta que planteaba el cronista hace décadas sigue vigente: "¿Dónde está el milagro que haga de Silípica el emporio de nuestra riqueza agrícola?" Los testimonios de tantos milagros están ahí, en las cruces de oro y plata, los ex-votos, los collares que adornan a la Virgen de Monserrat. Está la fe del pueblo, inquebrantable a través de los siglos.

Pero también está la realidad de un poblado que se despuebla lentamente, donde los jóvenes emigran hacia centros urbanos más prósperos. ¿Será necesario, como se preguntaba irónicamente el cronista, "ir a la Salamanca del Pozokómer para mitigar el hondo, el tremendo, el trágico problema de la despoblación de Silípica"?

La historia de este pueblo santiagueño es la historia de Argentina en miniatura: pueblos originarios sometidos, rutas coloniales, gestas independentistas, proyectos modernizadores frustrados, fe popular y tradiciones que resisten el paso del tiempo. Silípica sigue ahí, entre el río Dulce y el desierto, entre la memoria y la esperanza, esperando quizás que la historia vuelva a tocar sus puertas, esta vez con mejores noticias.

Dilullo, Orestes. La agonía de los pueblos. Viejos pueblos. Buenos Aires: Editorial, 2017. (…se citan diversas páginas del libro, los apuntes de los archivos del siglo XVI y las notas de los carretas de 1746‑1780).

Fuentes consultadas:

* Archivo de referencias del Padre Lozano (1550-1552)

* Cédula Real del 17 de mayo de 1627

* "Derrotero del Camino de Potosí a Córdoba" (Siglo XVII)

* Croquis de 1755 citado por el Ing. Manuel Ordóñez

* Artículos de Ricardo Rojas y Domingo Maidana en el diario "El Liberal"

* "El Lazarillo de ciegos Caminantes" de Concolorcorvo (Calixto Bustamante)

* Manual del Ing. Agrónomo Juan Ramón Chávez sobre las tierras de Silípica

* Actas Capitulares de 1816

* Documentos de la Compañía Territorial del Norte de la Argentina y sucesivas empresas Urdaniz

martes, 5 de agosto de 2025

Sumamao

 


Sumamao es una antigua población santiagueña situada en los términos del Dto. San Martín (1). Sumamao era el "habitat" de una parcialidad de indios, cuyos últimos sobrevivientes alcanzaron el siglo XIX. Sumamao es hoy sólo un lugar donde se celebran interesantes fiestas religiosas, convocando, la del mes de diciembre, sobre todo, gruesas multitudes. 1

Este pueblo debió ser muy hermoso. Estaba emplazado sobre el Río Dulce y sus aguas fertilizarían la tierra, y en ella los indios cosecharían copiosamente. Un bosque inmenso formariale un cíngulo de misterio y lo protegería de los vientos y de la incursión de las tribus extrañas. Y la vida en él transcurriría quieta y sosegada. ¿Por qué no habrían de llamarle, entonces, "Sumamao" que, según algunos autores quiere decir: "pueblo lindo"?

Pero llegaron los españoles y se adueñaron de él. No sólo de sus tierras, sino de los indios que la habitaban. Y constituyeron una encomienda, una de las tantas en que se dividió la población aborigen de la que fue luego provincia de Santiago del Estero. Y empieza el largo padecer de estos pueblos.

Uno de los primeros encomenderos de Sumamao fué el Sargento Mayor D. Luis de Figueroa y Mendoza, casado con Doña Catalina Gutiérrez de Toranzos. Le sucedió su hijo D. Luis, y en 1685 su madre, viuda ya, que ejercía su tutela, retiraba al ad- ministrador de dicha encomienda, el Capitán D. Bernardo Pérez Palavecino y lo substituía con el Capitán D. Juan Castañe Becerra.

Es la noticia documental más antigua que se conoce. Pero, sin duda, el pueblo de Sumamao sería conocido por los conquistadores y de él se beneficiarían algunos de los primeros expedicionarios. Luego, en el transcurso del siglo XVII, iría pasando de un encomendero a otro, hasta que finalizado dicho siglo, Sumamao aparece en 1717 como dependencia del curato de Tuama.

He leído en el Archivo la información de 1729 en que figuran conjuntamente los pueblos de Ovejero y Sumamaq.

Por esta fecha era encomendero de Sumamao D. Alonso de Frías, abuelo del célebre jesuíta santiagueño del mismo nombre. D. Alonso era Maestre de Campo y Capitán en 1740 y en el mismo año se le nombra Protector de Indios.

En 1731 el Capitán D. Joseph de Aguirre publica un bando sobre la suspensión de una expedición punitiva contra los indios, cuya parte inicial decía:

"En este pueblo de Sumamao, en diez y nueve de agosto de mil sett y treynta y un, yo el capn Lorenzo Saavedra en cumplimto del que se manda por el horden de arriba hize publicar y publiqué el bando de la otra foja a son de caja de guerra".

¿Habríanse levantado los indios contra el poder despótico del español? ¿Habrían desertado a los montes para unirse a las tribus indómitas y caer como un alúd sobre las poblaciones indígenas al servicio de España? Entonces, ¿Por qué el Teniente de Gobernador D. Joseph.de Aguirre ordena la suspensión de las hostilidades contra ellos? ¿No habrá intervenido el protector de los naturales este D. Alonso de Frías de que he hablado? ¿No sería él quien indujera a deponer las armas y a los indios a volver a Sumamao?

En 1742, este pueblo debió pertenecer a la Real Corona, pues, el Mtre de Campo D. Joseph de Castellanos, Alférez Real y Gobernador de Armas de la Ciudad de Sgo. del Estero, se decía adininistrador de los indios de Sumamao. Habríanse excedido los encomenderos en su inhumano trato y el gobierno civil y militar habría resuelto intervenir para evitar, males mayores. Sumamao, de este modo y por estas razones, habría dejado de ser una encomienda para transformarse en una administración directa del Gobierno. Pero lo que no sabremos es si dicho pueblo se habría o no beneficiado con el cambio. Lo cierto es que continuó sumido en el marasmo por mucho tiempo y de él no se supo; más, hasta 1791 en que su nombre aparece en un informe sobre el Real Hospital de Santiago como colindante de la estancia de Cancinos, que pertenecía a dicho Hospital, salvo la noticia de que en 1749 era cura interino de Sumamao el Dr. D. Joseph Baltazar de Islas.

Ha concluido el siglo XVIII.

En 27 de junio de 1816 el Cabildo de Santiago, para sufragar los gastos que origina la representación al Congreso, arbitró el recurso de arrendar los II pueblos llamados de indios, entre los cuales se encuentra Sumamao. En 1859, el curato de Sumamao pertenecía a la parroquia de Silípica conjuntamente con Manogasta, Teyuyo, Tuama y La Punta de Maquijata. En Sumamao se celebran al año tres festividades religiosas. Una, en el mes de Junio, en honor del Corazón de Jesús; otra, en Septiembre, de la Virgen de las Mercedes y, por fin, la de San Esteban, en el mes de Diciembre, que es la que arrastra tras de sí verdaderas multitudes.

La imagen de San Esteban, llamada de "San Esteban Chico" es pequeña. La Imagen está vestida de rojo, y perteneció originariamente a la señora Doña Mercedes Chaparro de Zurita, a mediados del siglo XVIII, bisabuela del propietario actual, D. Francisco Juárez, de más de 60 años, que vive en la localidad de Maco con el Santo.

Desde este lugar del Dto. Capital sale la procesión hacia Sumamao, distante 12 leguas. Esta procesión es reducida. Esta procesión está formada por una veintena de promesantes y fa- miliares del dueño de San Esteban. Esta procesión recorre a pie la distancia entre el polvo de los caminos, bajo un sol inclemente y se acompaña con música de bombo, violín y corneta, banderas rojas y gallardetes del mismo color.

La víspera de la partida, por la noche, se efectúa un gran baile en la casa de D. Francisco. Es el 20 de Diciembre. En el ruedo de la fiesta se ven rostros campesinos, luces chisporroteantes de velas encendidas en honor del Santo.

Se escuchan los sones de la música, el estampido de los cohetes y entre los gritos, las risas, los aplausos se ven las sombras de los cuerpos que giran con la música de la danza. Al despuntar el alba, la procesión "arranca". Allá va el séquito que acompaña al Santo. Pronto se pierde en la lejanía. Apenas se escuchan los golpes adumbrados del bombo, y de vez en cuando, algún disparo de fusil, o el crepitar de los "estruendos" que se queman en honor de la imagen. La procesión sigue y mientras marcha, los componentes del séquito beben y cantan canciones profanas -pués no se admiten rezos para el Santo Pronto llegan a la casa de Escolástico Zurita en Santa María, donde "hacen noche" con bailes y libaciones.

Al rayar el día empieza la segunda jornada, que tiene por meta la capilla de Silípica, donde se deposita la imagen, mientras los acompañantes almuerzan y descansan.

Por fin, el día 25 llegan a Sumamao después de efectuar otras escalas. Y son recibidos por la población que se agolpa a la orilla del río.

La imagen es depositada en una casa de propiedad del Santo, que posee de tiempos inmemoriales por legado de D. Dámaso Beltrán y allí se baila, obsequiándose a la concurrencia con aloja, mate, café, y bebidas que se adquieren con la limosna del Santo. Me han contado algunas leyendas. Cerca de Sumamao aparecía, hasta no hace muchos años la "madre del río". Dicen que era una hermosa mujer blanca de largos cabellos rubios como el oro, que aparecía sentada en la primera ola de la crecida, peinándose unas veces, con las espinas del pescado, y otras, con un gajo de "ulúa". Algunos agregan que esta aparición tiene cola de pescado y se asemeja a la clásica leyenda de la sirena de los mares. En las claras noches de luna aparecería para dejar el rastro que han de seguir las aguas del río en sus desbordes. Esta leyenda es semejante a la de la teogonía, quíchua o diaguita, de la "yacu maman" que creía en una diosa menor madre del agua, que guardaba en tinajas la lluvia del cielo.

Me han contado que en el año 1865 fué fusilado en Sumamao Andrés Alvarado por la sublevación de La Viuda, lugar donde había llegado los contingentes santiagueños y tucumanos que iban a la guerra del Paraguay. Ejecutó dicha sentencia el Comandante D. Antonio María Santillán. Me han señala- do el lugar de la ejecución y me ha parecido ver al reo tendido en la tierra, sobre un gran charco de sangre, y a la población, aterrada, compungida, en torno, mientras la campana de la ca- pilla doblaba a muerte, lentamente. Me han contado también algunos pormenores del Santo. San Esteban Chico es un Santo alegre, que no gusta entrar a la iglesia de Sumamao, porque tiene casa propia, y que tampoco admite rezos, ni plegarias. Viste de rojo y se place en presidir las fiestas orgiásticas y populares.

Según la tradición religiosa, San Esteban Chico es el niño que al nacer Jesús fué con la buena nueva a los pastores, sien- do tomado en el trayecto por una tormenta de piedras, algunas de las cuales recogió en sus manos. Por esta razón le asignan el patronazgo de las lluvias y dicen de él que nunca salió en andas sin cambios de tiempo, lloviznas o aguaceros. Me han dicho también que en épocas de los diezmos y primicias se acostumbraba regalar al Santo los mejores frutos, huevos y cereales. Algo de estas viejas costumbres recuerdan las ofrendas que todavía le hacen, ofrendas de roscas y rosquillas de que participan los concurrentes o romeros. El 26 de Diciembre son las fiestas de Sumamao. Consisten en la "carrera de indios" y el "viva de los alfereces".

A mediodía, los "corredores", vestidos de rojo y acompañados por unos jinetes que tocan largas cornetas de caña con un cuerno en el extremo, salen de una población vecina, llamada Los Gallegos, distante del lugar 2 leguas, distancia que recorren a la carrera. Antes de partir, hincados de rodillas han de besar una cruz que hacen en el suelo, ceremonia que llaman la "adoración de la tierra". Al llegar, se postran ante la imagen de San Esteban, sudorosos y cansados para tomar gracia. De inmediato, son sajados en las venas de las piernas. Las carreras se ofrecen como el cumplimiento de una promesa y la sangre vertida como una ofrenda. Luego, se realiza la ceremonia de los "vivas", que consiste en recorrer a caballo por abajo de unos arcos florales que los "alfereces" han levantado en honor del Santo, llenándolos de roscas y golosinas. Los "vivadores" se disputan estas ofrendas entre gritos y alaridos.

En 1885, el curato de Sumamao tenía tres capillas. En la misma época pertenecía al Dto. Silípica, y era uno de los seis distritos en que se dividía.

Hoy Sumamao, es un pequeño poblacho terroso, perdido entre breñales, sumido en el silencio, a tras mano de toda necesidad, de toda urgencia, envuelto en el recuerdo de la leyenda, arrebujado de soledad y tedio, empobrecido, miserable, abandonado, que despierta sólo un día por año, cuando San Esteban hace su aparición en andas de la fe, con su figura diminuta y su parva protección, pero lleno de esperanza y de alegría, con el vestidito rojo y la lluvia que inunda los campos.

1)-Según el Padrón de indios de 1786 se encontraba a 4 leguas y ½ al S. E. de Manogasta. Poseía 10 indios tributarios, 5 ausentes, 7 próximos y 17 niños.

Fuente: Libro: Viejos Pueblos, Orestes Di Lullo

La algarrobiada

 Orestes Di Lullo. El folclore de Santiago del Estero

En todos los puntos de la provincia se practica la costumbre de salir en caravana para la cosecha de algarroba. Eran célebres las algarrobiadas que se efectuaban en "El Polear", al otro lado del río, cerca de la ciudad, una de cuyas casas -la de Doroteo Gómez- era el centro de una intensa peregrinación de gente de Santiago que, con árganas, "tipas" y "ponchos" acudían el 24 de diciembre a la cosecha de algarroba.

El regocijo tenía también un sentido religioso, pues el día del "nacimiento" se velaba al Niño Dios con bailes y cánticos. Allí se escuchaban las notas arrancadas al arpa por la prodigiosa destreza del "finao Lauriano", justamente reputado como uno de los mejores arperos de aquel tiempo.

Durante la noche, después del pesebre, las zambas, los gatos, las chacareras mantenían alerta con sus notas joviales el espíritu de la fiesta. De los árboles colgaban los "noques" repletos de aloja; en torno de los fogones se cocinaban las más suculentas viandas; los hombres en corro bebían enormes "chambaos" y el amor, proclamado mil veces en la canción y la música de las guitarras y cajas y en los giros de las danzas, bajo la noche cálida, constelada de estrellas, era natural y libre; como el deseo incontenible; como la alegría, desbordante.

"El Polear" es todavía un recuerdo vivo de la ciudad. Era el lugar donde residía y había que ir a buscar el amor, como en los campos de la antigua Arcadia. Pasada la fiesta, desocupada el alma, hombres y mujeres con la carga de la cosecha de algarroba en "veranos" y "pozuelos" y niños y doncellas con el haz de leña sobre sus cabezas que sostenían el "pashquil" regresaban al hogar en alegres caravanas, por los caminos olorosos de salvia y de poleo; cruzaban el río llenando el silencio de risas y alegrías, y recomenzaban la tarea diaria, nunca apremiante, con el recuerdo de la sonrisa de los labios y en la luz de los ojos.

Hasta aquí lo que escribía Di Lullo en 1943, hace setenta años. Todavía recordamos los que fuimos niños allá por los 50 el gusto por juntar algarroba blanca y negra para disfrutar la dulzura y el alimento que esta fruta natural nos brindaba. Lo mismo la añapa refrescante que salía de la molienda. Bueno es recordar que ella nos hacía aguantar mejor el calor, mientras el tacku (algarrobo en quichua) nos ofrecía sombra a nosotros los chicos y a los animales en esas siestas de 43 grados a la sombra, en tiempos en que la heladera era un lujo. Esto es bueno que lo recuerden aquellos que quieren recuperar la soberanía alimenticia. Con algarroba, mistol, chañar, piquillín. miel de balas, docas, tunas, arrope de algarroba, de tuna y de chañar y otros regalos de la naturaleza sabíamos complementar nuestra dieta santiagueña.

Fuente: www.desdelolvido.blogspot.com.ar/