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domingo, 14 de junio de 2026

La lenta agonía del embalse Río Hondo: La crisis silenciosa que amenaza el corazón hídrico del Norte

Construido para ser el motor de desarrollo del Noroeste argentino, el embalse de las Termas de Río Hondo enfrenta hoy una doble amenaza: la asfixia por sedimentos y un cóctel tóxico que pone en jaque no solo a Santiago del Estero, sino a toda la cuenca del Salí-Dulce. Una historia de promesas incumplidas y un grito ambiental que no puede seguir esperando.



Imaginen un espejo de agua de casi 300 kilómetros cuadrados, diseñado para domar las crecidas, regar más de mil kilómetros cuadrados, generar energía y convertirse en el pulmón turístico de Santiago del Estero. Ese era el sueño original del embalse de Río Hondo. Sin embargo, hoy, bajo la aparente calma de sus 5,3 metros de profundidad media, late un corazón enfermo.


Lo que alguna vez fue una obra de ingeniería de propósitos múltiples se ha transformado en el escenario de una crisis ecológica silenciosa, pero devastadora. Según advierten informes técnicos y la propia Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE), la vida útil del lago, proyectada originalmente en 200 años, se ha reducido drásticamente a tan solo 70 años. Y de esos, ya hemos consumido 35.

La asfixia lenta: Cuando la montaña se desmorona

El primer enemigo del embalse no llega con estruendo, sino grano a grano. Se llama colmatación.



El proceso es tan brutal como poético en su tragedia: las intensas lluvias del pedemonte tucumano (que superan los 2.800 mm anuales) golpean una montaña degradada por la deforestación para dar lugar a cultivos de cítricos y caña de azúcar. Sin la rugosidad de la vegetación para frenarlo, el suelo arcilloso se disgrega. El agua, ahora cargada de sedimentos rocosos y altamente abrasiva, arrastra todo a su paso con gran energía hasta que, al llegar a la calma del lago, estos materiales se depositan en el fondo.

El resultado es alarmante: el embalse ha perdido entre un 10% y un 17% de su capacidad de almacenamiento según cifras oficiales, pero investigaciones de la UNSE sugieren que esta cifra podría alcanzar el 35%. La sedimentación anual supera el 2%, un ritmo tan acelerado que el propio río Salí ha perdido su cauce natural, formando un nuevo delta en su desembocadura. El lago se está llenando de tierra, y con ella, se entierra su futuro.

Un cóctel tóxico: La contaminación con nombre y apellido

Si la tierra lo asfixia, el agua lo envenena. Durante la época de zafra (de octubre a marzo), cuando el lago suele estar casi lleno, más del 80% de su superficie se encuentra contaminada.





No se trata de un fenómeno abstracto. La contaminación tiene nombre y apellido, y sus fuentes están documentadas por la Policía Ecológica de Tucumán y el Juzgado Federal desde 1995. Los principales culpables son los residuos de la industria azucarera (cachaza, melaza y vinaza), que actúan como fertilizantes descontrolados, alterando el nitrógeno y el fósforo del agua. A esto se suman los desechos cloacales sin tratar y basurales a cielo abierto, como el de Pacará Pintado, donde la quema de PVC libera dioxinas a apenas 10 metros del río Salí.

Pero la amenaza también viaja desde el norte. La Minera La Alumbrera, en Catamarca, traslada su producción mediante un mineraloducto de 317 km que ha sufrido múltiples roturas documentadas. El agua residual de su proceso de deshidratación es vertida en el canal DP2, que desemboca en el río Salí y, finalmente, en nuestro embalse. Informes de Gendarmería ya han detectado metales pesados como cobre y cromo en niveles superiores a los tolerables; inhibidores biológicos capaces de bloquear el transporte de oxígeno en la sangre.

El grito de la cuenca: Una deuda que no admite más postergaciones

El deterioro de Río Hondo no es un problema aislado de Santiago del Estero. Es una bomba de tiempo ecológica que afecta el agua de riego y ganadería local, pone en peligro la biodiversidad de la Laguna de Mar Chiquita en Córdoba y amenaza con contaminar las aguas trasvasadas hacia la provincia de Santa Fe. La fauna ictícola del embalse, advierten los estudios, podría extinguirse en menos de cinco años.

Frente a este panorama, el Foro Ambiental de Las Termas de Río Hondo levantó la voz, presentando un petitorio urgente amparado en el Artículo 41 de la Constitución Nacional. Sus demandas son claras y no admiten medias tintas:

  1. La construcción obligatoria de plantas de tratamiento de efluentes industriales y cloacales en un plazo no mayor a un año.
  2. La declaración de emergencia ambiental para convocar a universidades y expertos a salvar la vida que aún resiste en el embalse.
  3. Un plan inmediato de reforestación y vallas de contención de sedimentos en el pedemonte tucumano.
  4. La inclusión de la sociedad civil en el Comité de Cuenca Salí-Dulce para auditar con nombre y apellido a las empresas contaminantes.

El espejo que nos devuelve nuestra responsabilidad

El agua no tiene memoria, pero la tierra sí. Cada litro de agua que el embalse de Río Hondo pierde por sedimentación o envenena por negligencia industrial, es una promesa rota con las generaciones futuras.

Recuperar este cuerpo de agua no es solo una cuestión de ingeniería o de presupuestos; es una obligación moral. Requiere dragado, sí, pero sobre todo requiere voluntad política, reforestación masiva y un cambio radical en el modelo de producción de la cuenca.

Como reza la última línea del informe que dio origen a esta lucha: "Depende de nosotros". La pregunta que nos queda flotando, como la bruma sobre el lago al amanecer, es si seremos capaces de actuar antes de que el nuevo delta del río Salí se convierta en la única orilla que nos quede.


Nota del editor: Este artículo se basa en el "Informe Ambiental Termas Río Hondo", elaborado a partir de documentación de la Asociación de Ingenieros, Técnicos y Especialistas de Santiago del Estero (AITE) y datos de la UNSE, la Policía Ecológica de Tucumán y el Foro Ambiental de Las Termas.

 

lunes, 25 de mayo de 2026

El espejo roto del Río Hondo: cuando un embalse cuenta lo que la cuenca calla

Durante cuatro estaciones, un equipo de investigadores de la UNC y la UNSE sumergió botellas Van Dorn, sondas multiparamétricas y discos de Secchi en las aguas del embalse. Lo que encontraron fue un ecosistema en punto de inflexión: hipereutrófico, con floraciones tóxicas y un oxígeno que se desvanece en la columna de agua. Esta es la crónica científica y narrativa de un paisaje que ya no es el que conocimos, y un llamado a mirar debajo de la superficie.



Todo comenzó con una pregunta simple, de esas que solo surgen cuando el agua deja de comportarse como la memoria colectiva espera: ¿qué ocurre realmente bajo la superficie del embalse Río Hondo? No era una inquietud meramente académica. Era un llamado de atención escrito en la opacidad del agua, en los peces que jadeaban cerca de la orilla, en las manchas verdes que a veces pintaban la superficie como un óleo alterado por el tiempo.




 

Entre octubre de 2006 y septiembre de 2007, un consorcio conformado por la Universidad Nacional de Córdoba y la Universidad Nacional de Santiago del Estero desplegó un programa de monitoreo sistemático. Cuatro campañas estacionales, ocho puntos de muestreo, perfiles verticales, análisis de nutrientes, fitoplancton, zooplancton y cianotoxinas. El resultado, plasmado en el Programa de Monitoreo del Embalse Río Hondo. Informe Final (diciembre de 2007), no fue solo un documento técnico. Fue una radiografía de un cuerpo de agua que había cruzado, silenciosamente, el umbral de la hipereutrofización. Esta nota recorre esos hallazgos con el rigor que la ciencia exige y el lenguaje que la narrativa contemporánea merece. Porque el Río Hondo no es solo un embalse: es un testigo de cómo la cuenca, sus usos productivos y sus descargas han reescrito, sin consultarnos, el equilibrio de un ecosistema templado-tropical.

I. El peso de lo invisible: cuando el agua deja de ser transparente

Para quien lo visita por primera vez, el embalse Río Hondo puede parecer un lago más del noroeste argentino: extenso, rodeado de vegetación ribereña, con esa brisa tibia que anuncia el atardecer en la frontera entre Santiago del Estero y Tucumán. Pero la limnología, esa ciencia que lee los lagos como si fueran libros abiertos, nos enseña que la superficie es solo la portada. El primer parámetro que delató el cambio fue la transparencia. El disco de Secchi, un sencillo instrumento circular pintado de blanco y negro que se hunde hasta desaparecer de la vista del observador, arrojó números alarmantes: entre 0,05 y 0,85 metros. En términos llanos, la luz penetraba menos de un metro.


Para ponerlo en perspectiva, los investigadores compararon estas mediciones con otros cuerpos de agua regionales. La transparencia del Río Hondo resultó cuatro veces menor que la de embalses eutróficos como Los Molinos o La Viña en Córdoba, y ocho veces inferior a la de Piedras Moras, un sistema mesotrófico-eutrófico (Bazán, 2006; del Olmo et al., 2006). ¿Por qué importa esto? Porque la luz es el motor de la vida acuática. Cuando no llega a las capas profundas, la fotosíntesis se restringe, la columna de agua se vuelve un escenario de sombras y la productividad primaria se limita a la superficie. El informe señala que gran parte del embalse presentó una capa fótica reducida a los primeros 50 centímetros, con la luz convirtiéndose en un factor limitante para el crecimiento algal (IETC, 2001).

Esta opacidad no es casual. Es el resultado de una doble carga: sólidos en suspensión de origen inorgánico, arrastrados por la erosión de la cuenca y la resuspensión en zonas litorales por acción del oleaje, y materia orgánica particulada proveniente de vertidos y de la propia biomasa en descomposición (Chapman, 1996). El agua, que debería ser un espejo del cielo, se había vuelto un filtro denso, cargado de la historia de usos agrícolas, urbanos e industriales de su territorio. Los investigadores utilizaron sondas Horiba U-10, U-23 y W-22XD para trazar perfiles de turbiedad, conductividad y temperatura, confirmando que el embalse, de profundidad media menor a 3 metros, funcionaba como un sistema somero donde la resuspensión y el aporte advectivo de sedimentos modificaban constantemente la claridad del agua. El Río Hondo había dejado de reflejar. Había comenzado a absorber.

Foto de campo con disco de Secchi


II. El festín descontrolado: nutrientes, fósforo y el umbral de no retorno

Si la transparencia es la ventana, los nutrientes son el combustible. Y en el Río Hondo, el tanque estaba rebosando. El fósforo total (PT) osciló entre 200 y 1800 µg/L, con un promedio de 500 µg/L. Para dimensionarlo: los lagos mesotróficos suelen mantenerse por debajo de 30 µg/L. Estamos hablando de una concentración 16 veces superior. El fósforo reactivo soluble (PRS), la fracción inmediatamente disponible para las algas, no se quedaba atrás: entre 157 y 798 µg/L, valores que superan en 50 veces los registros de cuerpos eutróficos típicos. El nitrógeno inorgánico total (NIT), dominado por nitratos, mostró gradientes espaciales marcados, con picos en las desembocaduras de los ríos Salí, Gastona, Medina y Marapa, y una distribución que variaba según la campaña, reflejando el pulso hidrológico y las cargas difusas de la cuenca. En marzo de 2007, por ejemplo, el nitrato representó el 89% del NIT, con un gradiente longitudinal claro desde las desembocaduras hacia el centro. En septiembre, la distribución se invirtió, sugiriendo procesos de reciclaje interno y liberación desde los sedimentos tras la estratificación estival.

Mapa espacial de fósforo total


La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, 1982) estableció hace décadas umbrales claros para clasificar el estado trófico de lagos y embalses. Con un PT medio de 500 µg/L, clorofila-a máxima de 77 µg/L y una transparencia mínima de solo 0,15 m, el Río Hondo encaja sin ambigüedades en la categoría de hipereutrófico. El informe es contundente: “Los lagos y embalses hipereutróficos representan la última etapa del proceso de eutrofización. A diferencia de otros sistemas eutróficos, donde las reducciones en la carga de nutrientes pueden revertir el proceso, esas medidas pocas veces son factibles en los cuerpos de agua hipereutróficos”. Esta advertencia no es menor. Señala un punto de no retorno ecológico, donde el sistema ya no responde linealmente a las intervenciones. La acumulación de nutrientes en los sedimentos, la liberación interna durante los periodos de estratificación y la adaptación de la comunidad biológica crean un círculo vicioso. El embalse, que alguna vez fue un sistema dinámico y equilibrado, se había convertido en una trampa biogeoquímica.

Mapa de nitrógeno inorgánico


El Índice de Carlson, habitualmente utilizado para evaluar el estado trófico, fue descartado por los investigadores. ¿La razón? No se cumplían sus supuestos teóricos. La transparencia no dependía solo de la biomasa fitoplanctónica, sino del material en suspensión inorgánico y orgánico. Además, el nutriente limitante durante el periodo estudiado fue el nitrógeno, no el fósforo. Esta excepción metodológica es, en sí misma, un diagnóstico: el Río Hondo ya no obedecía a las reglas de los lagos templados clásicos. Había desarrollado su propia dinámica, alterada por cargas externas y por su morfometría somera. Como señala Chapman (1996), la eutrofización es un proceso de enriquecimiento que, en exceso, simplifica las comunidades biológicas y altera los ciclos naturales. En el Río Hondo, esa simplificación ya estaba en marcha.

III. La marea verde: cianobacterias, toxinas y el silencio regulatorio

Pulsos estacionales de floración: las cianobacterias dominaron en octubre 2006 y junio 2007


Donde hay nutrientes en exceso y luz limitada en profundidad, las algas encuentran su nicho. Pero no todas las algas son iguales. El monitoreo reveló una comunidad fitoplanctónica de baja diversidad genérica: apenas 37 géneros identificados en total. Dominaban las cianófitas, también conocidas como cianobacterias o algas verdeazuladas: Microcystis, Anabaena, Oscillatoria. Junto a ellas, diatomeas como Aulacoseira y Synedra, y euglenófitas como Euglena y Phacus, estas últimas reconocidas internacionalmente como indicadoras de degradación ambiental y alta carga de materia orgánica.


Floración visible de cianobacterias cerca de la presa: la baja transparencia es evidente. Marzo 2007.

En octubre de 2006, en la desembocadura del río Salí, las cianófitas alcanzaron 13,7 millones de células por litro. En junio de 2007, en el centro del embalse, el número se disparó a 156,8 millones de células por litro, con Microcystis como género dominante. Eran floraciones masivas, visibles a veces como parches verdes o espumas en la superficie. Los investigadores las fotografiaron, las contaron en cámaras Sedwick-Rafter bajo microscopio invertido, y registraron sus pulsos estacionales. Pero lo más preocupante no era la cantidad, sino la cualidad. Algunas de estas cianobacterias son productoras de microcistinas, hepatotoxinas cíclicas estables en el agua, resistentes a cambios de pH y temperatura, que solo se destruyen térmicamente a 160 °C.

Manchas verdes en la superficie: las floraciones no fueron homogéneas, sino que formaron parches visibles que alertaban sobre el riesgo sanitario


El estudio detectó variantes MC-LR, MC-RR y MC-YR, con concentraciones totales que variaron entre 0,1 y 26,4 µg/L. El límite de la Organización Mundial de la Salud para agua potable y recreacional es de 1 µg/L. En el 66% de las muestras analizadas durante periodos de predominio de cianófitas, ese límite se superó. 

La OMS (1998, 2003) advierte sobre los riesgos: desde irritaciones cutáneas y problemas gastrointestinales hasta intoxicaciones crónicas con potencial de daño hepático y promoción tumoral. Las microcistinas actúan inhibiendo irreversiblemente las fosfatasas 1 y 2A, desencadenando hemorragias intrahepáticas y destrucción de la arquitectura tisular (Mackintosh et al., 1990; Malbrouk, 2004).

Toxinas por encima del límite de la OMS: en el 66% de las muestras con predominio de cianófitas, la concentración superó 1 µg/L. Fuente: Programa de Monitoreo, UNC-UNSE, 2007.  
Y aquí aparece una brecha normativa que el informe no elude. En Argentina, la legislación sobre calidad de aguas no contemplaba la obligatoriedad de detectar cianófitas ni establecer valores límite para sus toxinas. Solo la provincia de Buenos Aires avanzaba en reformas a la Ley 11820 para incluir este aspecto. Mientras tanto, en las provincias de la cuenca del Salí-Dulce, el vacío legal persistía. La ciencia había puesto el dato sobre la mesa; la política aún no había respondido. Como señala el informe, “a veces una adecuada vigilancia y control resulta difícil… es común como medida a corto plazo, la disposición de la información pública”. Pero la información, sin marcos de acción, es solo un espejo roto. La presencia de espumas en áreas de natación implicaba el riesgo más alto para bañistas y pescadores, y las guías internacionales establecían valores de alarma moderada a partir de 100.000 cél/mL (equivalentes a 50 µg de clorofila/L bajo predominio cianobacteriano). En varias campañas, el Río Hondo superó esos umbrales sin que existiera un protocolo de respuesta sanitaria consolidado.

IV. El aliento que falta: oxígeno, peces y la red trófica en tensión

La eutrofización no solo se mide en nutrientes o toxinas. Se siente en el aliento del agua. El oxígeno disuelto (OD) es el parámetro vital de todo ecosistema acuático aeróbico. En el Río Hondo, sus valores oscilaron entre 0 y 11 mg/L, con una distribución vertical que dibujaba una curva clinógrada típica de cuerpos hipereutróficos: descenso progresivo con la profundidad, agotamiento en el hipolimnio. 

Zonas de anoxia en las desembocaduras: los valores críticos (<4 mg/L) se concentraron en Salí y Gastona, especialmente en invierno, creando 'zonas muertas' para la vida acuática.


En las desembocaduras del Salí y Gastona, y en el fondo del centro y la presa, se registró anoxia o valores inferiores a 4 mg/L, el umbral considerado crítico para la protección de la vida acuática (Wetzel, 1981). Diversos autores sitúan ese límite entre 4 y 5 mg/L; algunas especies como las carpas pueden soportar concentraciones menores a 2 mg/L por lapsos breves, pero no de forma sostenida.

Curva clinógrada típica de embalses eutróficos: el oxígeno se agota en profundidad mientras la temperatura se estratifica, reflejando la dinámica monomíctica tropical del embalse

Los investigadores lo vieron con sus propios ojos: “gran cantidad de alevines y peces mayores ‘boqueando’ cerca de la superficie en la zona de la desembocadura del Salí”. No era una metáfora. Era un síntoma clínico de un ecosistema asfixiado por la descomposición de la materia orgánica y los procesos oxidativos que consumen el oxígeno más rápido de lo que la atmósfera o la fotosíntesis pueden reponerlo. La temperatura del agua, entre 13 y 27 °C, con termoclinas débiles o estacionales, confirmó la clasificación del embalse como monomíctico tropical: mezcla completa en invierno, estratificación en verano. Pero esta dinámica, lejos de purificar, actuaba como un sello temporal. Durante la estratificación, el hipolimnio quedaba aislado, acumulando materia orgánica en descomposición, liberando amonio y fósforo desde los sedimentos, y creando un caldo de cultivo para la anoxia. Cuando la mezcla invernal llegaba, arrastraba esas condiciones hacia la columna completa. El oxígeno, entonces, no era solo un número en una sonda. Era el latido de un sistema que se estaba ahogando en su propia productividad.

Y en ese silencio subacuático, el zooplancton intentaba adaptarse. Rotíferos como Keratella tropica y K. coclearis, copépodos como Acanthocyclops robustus y cladóceros como Daphnia y Bosmina mostraron pulsos de desarrollo desincronizados con el fitoplancton. ¿Por qué? Porque las cianobacterias dominantes no son palatables. Son tóxicas, fibrosas, difíciles de digerir. El zooplancton, ese eslabón fundamental entre productores primarios y consumidores secundarios, se topaba con un alimento de mala calidad nutricional. 

Rotíferos, crustáceos y protozoarios: la comunidad zooplanctónica reflejó los cambios en la calidad del alimento disponible, con predominio de protozoarios cuando dominaban las cianófitas no palatables


Como señalan Conde y Porcuna et al. (2003), el zooplancton no solo depende de la cantidad de alimento, sino de su calidad. La competencia, la depredación y la toxicidad reconfiguraban la red trófica. En la campaña 4, con predominio de crisófitas, los crustáceos respondieron con un pulso de desarrollo. Pero en las campañas de floración cianobacteriana, los protozoarios como Tintinus dominaban, mientras los rotíferos y crustáceos retrocedían. Muchos metabolitos excretados por las cianófitas confieren olor y gusto al agua, y actúan como mecanismos de defensa contra el pastoreo (Odum, 1972). El ecosistema no se había colapsado, pero se había reordenado. Y ese reordenamiento, silencioso pero medible, es la antesala de los cambios que terminan afectando a la ictiofauna, a la pesca, a la recreación y, en última instancia, a las comunidades que dependen del agua.

V. Más allá del dato: ciencia, gestión y la memoria del embalse

El informe de diciembre de 2007 no fue un punto final. Fue un parte de batalla. Los investigadores de la UNC y la UNSE, bajo la dirección del Dr. César Luis Bonelli y con el trabajo de campo de equipos multidisciplinarios que incluyeron biólogos, ingenieros ambientales y técnicos de la Dirección Provincial de Aguas y Saneamiento (DIPAS), entregaron un documento que cumplía con las normas ISO 5667/1, /2 y /3, los protocolos APHA/AWWA/WEF (2000) y las guías de la OMS. Pero la ciencia, por más rigurosa que sea, no opera en el vacío. El Río Hondo es un embalse de uso múltiple: riego, generación hidroeléctrica, recreación, pesca, abastecimiento. Cada uno de estos usos choca con las realidades detectadas. La baja transparencia dificulta la potabilización. Las microcistinas exigen tratamientos avanzados. La anoxia limita la vida acuática y la pesca deportiva. Las floraciones de algas disuaden el turismo y la recreación segura.

Biomasa algal por campaña: la clorofila-a confirmó el estado hipereutrófico del embalse, con picos de hasta 203 µg/L en la desembocadura del Gastona. Síntesis visual del deterioro


Y sin embargo, el marco regulatorio provincial y nacional seguía anclado en paradigmas del siglo XX, centrados en parámetros físicos y químicos clásicos, pero ciegos ante los indicadores biológicos y toxicológicos emergentes. El informe lo dice con claridad: “La detección de valores de OD por debajo de 4 mg/L somete a la ictiofauna… a condiciones que comprometen su desarrollo normal”. Y más adelante: “El mejor conocimiento de la evolución del estado trófico del embalse y la forma en que se afecta a los componentes de la cadena trófica permitirá contar con elementos para una gestión eficiente en la recuperación de la calidad del agua”. Pero la gestión requiere voluntad política, inversión en monitoreo continuo, programas de reducción de cargas en origen (agrícolas, urbanas, industriales) y, sobre todo, una visión de cuenca que trascienda los límites jurisdiccionales.

El Río Hondo no entiende de provincias. Sus afluentes, el Salí, el Gastona, el Medina, el Marapa, tejen una red que nace en Tucumán, cruza Santiago del Estero y desemboca en un embalse que es, en sí mismo, un síntoma de la cuenca. La historia de este cuerpo de agua es la historia de un desarrollo que priorizó la expansión sobre la sostenibilidad, la producción sobre la preservación, la inmediatez sobre la planificación a largo plazo. Y ahora, la ciencia pone el espejo. La pregunta no es si el embalse puede recuperarse. La pregunta es si estamos dispuestos a pagar el precio de esa recuperación: cambiar prácticas, controlar vertidos, monitorear toxinas, educar a la población y, sobre todo, aceptar que el agua no es un recurso infinito, sino un sistema vivo que responde a lo que le damos.

Cierre

Hace casi dos décadas, un equipo de limnólogos, biólogos, ingenieros y técnicos descendió a las aguas del Río Hondo con botellas Van Dorn, sondas multiparamétricas y la paciencia de quien sabe que la verdad se mide en perfiles verticales y campañas estacionales. No buscaron titulares. Buscaron datos. Y los datos contaron una historia que ya estaba escrita en la opacidad del agua, en el jadeo de los peces, en las manchas verdes que pintaban la superficie. El embalse no se degradó de la noche a la mañana. Fue un proceso silencioso, acumulativo, alimentado por decisiones tomadas lejos de sus orillas.

Hoy, más allá de los números y las clasificaciones tróficas, el Río Hondo sigue siendo un testigo. Un espejo que refleja no solo el cielo, sino el modelo de desarrollo de una región. La ciencia nos ha dado el diagnóstico: hipereutrofización, toxinas, anoxia, desequilibrio trófico. Pero la ciencia no cura. La curación requiere política, requiere gestión, requiere comunidad. Porque un embalse no es solo un depósito de agua. Es un pacto entre la naturaleza y quienes la habitan. Y cuando ese pacto se rompe, el agua no grita. Solo se vuelve opaca, tóxica, silenciosa.

Recuperarlo no es un lujo ecológico. Es una necesidad histórica. Y la primera piedra de esa recuperación ya está puesta: en un informe de 2007 que, con rigor y humildad, nos dijo lo que debíamos escuchar. Ahora nos toca decidir si lo seguimos ignorando, o si, por fin, empezamos a mirar debajo de la superficie.

Fuentes y referencias citadas

- Programa de Monitoreo del Embalse Río Hondo. Informe Final. Diciembre 2007. Universidad Nacional de Córdoba – Universidad Nacional de Santiago del Estero.

- OECD (1982). Eutrophication of Waters. Monitoring, Assessment and Control. Organization for Economic Co-Operation and Development.

- OMS (1998, 2003, 2004). Guías para ambientes seguros en aguas recreativas y Guías de calidad del agua potable. Organización Mundial de la Salud.

- Wetzel, R. (1981). Limnología. Ediciones Omega S.A.

- Chapman, D. (1996). Water Quality Assessment. Chapman and Hall / UNESCO/WHO/UNEP.

- Bazán, R. (2006). Evaluación de la calidad del agua, nivel de eutrofización y sus consecuencias en el Embalse Los Molinos, Córdoba. Tesis de Maestría, UNC.

- del Olmo, S. et al. (2006). Caracterización trófica y evaluación de la calidad de agua de tres embalses de la provincia de Córdoba, Argentina.

- Mackintosh, C. et al. (1990). Cyanobacterial microcystin-LR is a potent and specific inhibitor of protein phosphatases 1 and 2A. FEBS.

- Malbrouk, C. et al. (2004). Effect of microcystin-LR on protein phosphatase activity and glycogen content in isolated hepatocytes. Toxicon.

- IETC (2001). Planificación y Manejo de Lagos y embalses: Una visión general de la eutroficación. PNUMA.

- Normas ISO 5667/1, /2, /3; APHA, AWWA, WEF (2000). Standard Methods for the Examination of Water and Wastewater.

- Conde Porcuna, J.M. et al. (2003). El zooplancton como integrante de la estructura trófica de los ecosistemas lénticos. Rev. Ecosistema.

- Odum, E. (1972). Ecología. Editorial Interamericana.

jueves, 9 de abril de 2026

La memoria sumergida: un réquiem y renacimiento de Villa Río Hondo

 


Una geografía fantasma yace bajo la extensión turquesa del Embalse del Dique Frontal. En las profundidades del embalse, inaugurado en la primavera de septiembre de 1967, yacen los cimientos de un mundo entregado a las aguas. Es un paisaje marcado por el desarraigo —ese profundo y singular sentimiento hispano de desarraigo— donde el sacrificio de un pueblo se convirtió en el precio del progreso.

La liturgia de la partida

El 26 de marzo permanece grabado en la memoria colectiva de la región, no como un día de derrota, sino como un testimonio de fortaleza comunitaria. Hace cincuenta y nueve años, los habitantes de Villa Río Hondo realizaron un último y desgarrador rito de paso. Liderados por el inquebrantable Padre Juan Bradford, la comunidad transformó su desplazamiento en una procesión.

Con una cruz en alto y sus pertenencias mundanas a cuestas, emprendieron un éxodo tanto espiritual como físico. Fue una epopeya del pueblo, un momento donde la dicotomía entre pérdida y esperanza se desdibujó. El padre Bradford no se limitó a ofrecer oraciones; les brindó el apoyo emocional necesario para sobrellevar el trauma de ver su tierra ancestral destinada a ser sepultada bajo el agua.

La arquitectura de la memoria

En 2026, a las puertas del sexagésimo aniversario de este acontecimiento trascendental, se ha iniciado un minucioso trabajo de recuperación histórica. Este año marca un periodo de profunda reflexión archivística: la recopilación de fechas, documentos antiguos y testimonios orales de las familias que llevaron el espíritu de la antigua villa a su nuevo emplazamiento.

Sin embargo, el testimonio más conmovedor de esta historia no se encuentra en un libro de contabilidad, sino en la viva silueta del Museo Histórico y Religioso. Allí, en el umbral de la iglesia patrimonial, se alza un árbol que ha resistido el paso de las décadas. Durante cuarenta y cinco años, sus dos ramas principales se han extendido hacia el cielo, imitando la postura de un alma en perpetua súplica.

"Estos 'brazos implorantes' sirven como un monumento botánico silencioso a la presencia del Padre y al legado perdurable del grupo juvenil 'Juan Bradford' ."

Una visión para el Jubileo de Diamante

Este árbol simbólico sigue siendo un puente entre el pasado sumergido y el presente resiliente. Mientras la comunidad se prepara para las conmemoraciones históricas de 2026, la atención trasciende la mera nostalgia. Es una invitación a contemplar el Éxodo de Villa Río Hondo con una mirada crítica: como la historia de un pueblo que, ante la creciente ola de cambios, eligió caminar unido, guiado por su fe.

En el suave murmullo de las olas del embalse y en las ramas que se extienden sobre el árbol guardián del museo, la historia de Villa Río Hondo sigue latente, un testimonio de la belleza que puede rescatarse de las profundidades del sacrificio.

sábado, 4 de abril de 2026

Termas de Río Hondo y las "aguas del sol"

 


La ciudad de Río Hondo, cuyo nombre original era Miraflores, es un centro de turismo cuya importancia radica en el balneario termal junto al río Dulce. Sobre este mismo río se halla el Dique Frontal, el cual embalsa un lago artificial apto para la náutica y la pesca deportiva.

El dique fue inaugurado en 1967 con el fin de atenuar las crecidas, mejorar el riego y generar energía.

Las aguas del río Dulce eran ya conocidas desde la época precolombina con el nombre de Aguas del Sol. El prestigio de la ciudad existe desde hace siglos; los príncipes del Alto Perú - los incas- llegaban a las "aguas milagrosas" para disfrutar de un microclima único y darle energía termomineral a sus vidas.

Antes de la llegada de los españoles habitaban la zona aborígenes sedentarios, los tonocotes. Estos se ubicaron a orillas del Soconcho, río de aguas mansas, que en quechua se llamó Misky Mayu y los españoles tradujeron como Río Dulce.

Fueron los príncipes incas quienes organizaron caravanas desde el Cuzco, cruzando el altiplano hasta las orillas del Misky Mayu, para aprovechar las virtudes de las yacu rupáj (aguas calientes) consideradas por ellos de origen divino.

Los incas decían que sus manantiales traían el fuego de la tierra y daban milagrosamente la salud al sufriente o al enfermo. Su fama se extendió con los relatos hasta el imperio del Hijo del Sol, en las alturas del Tahuantisuyo.

Las postas de Vinará y Miraflores le acercaron viajeros ilustres en la época de la Conquista: San Francisco Solano, los congresales de Tucumán, el Ejército del Norte, Facundo Quiroga y los Taboada.

A comienzo del siglo XX, Termas era un villorrio de 300 habitantes y comenzaban a surgir los primeros hoteles para el turismo que encontró algunos precursores a fines del XIX, ya que el primer alojamiento se construyó en 1884.

Fue reubicada a 21 kilómetros de su sitio primitivo en el año 1966, para construir el Dique Frontal.

Su emplazamiento original se encuentra cubierto por las aguas del lago.

Fue declarada ciudad el 6 de septiembre de 1954, pero el Municipio obtuvo su autonomía recién en 1958 y se eligió como primer intendente municipal al sr. Luis Jorge Manzur.

Hoy, es el mayor centro turístico de la provincia y uno de los más importantes de la región.

Se cuenta que san Francisco Solano pasó por la antigua villa rumbo al Tucumán, para proveerse de madera de nogal y construir el templo que hoy se levanta en la ciudad capital de Santiago del Estero. Al regresar, se encontró en las cercanías de Villa Río Hondo con el gran río crecido (río Dulce). Era humanamente imposible vadearlo, pero el santo, se cuenta, desató su cordón, lo arrojó al río y dijo: "Río Hondo, no impedirás nuestro paso". Entonces las aguas se abrieron. Fue el primero en tocar la otra orilla y dejó sus huellas y la de su mula en una piedra que aún se conserva y venera en la nueva Capilla Villa Río Hondo.

A partir de este hecho milagroso, el Santo de la Cruz y el Violín es venerado en la región y el nombre original de Miraflores se transformó a Río Hondo.

Fuente: facebook/elpatiosantiagueño


sábado, 14 de marzo de 2026

El embalse de Río Hondo y el avance de los sedimentos: qué dice el estudio que analizó su fondo

 


Debajo del agua que divide a Tucumán y Santiago del Estero está ocurriendo un proceso invisible pero constante: el fondo del embalse de Río Hondo está subiendo. No es una suposición; es un fenómeno físico llamado colmatación. Un estudio realizado por el Dr. Sergio Gustavo Mosa, el Lic. Virgilio Núñez y el Dr. Miguel Á. Boso analizó cómo la tierra y la arena están ocupando el lugar que debería pertenecer al agua.

Este trabajo, que recibió el Premio “Baglietto” en 2008, revela datos sobre la pérdida de capacidad del dique y la velocidad con la que los sedimentos están transformando el relieve sumergido.

Contexto y funcionamiento

El dique de Río Hondo se puso en marcha el 1 de enero de 1968. Fue diseñado con varios objetivos: controlar las crecidas del Río Dulce, asegurar el riego de miles de hectáreas, generar energía hidroeléctrica y fomentar el turismo. En ese momento, su capacidad máxima se estimó en 1.658 hm3.

Sin embargo, los ríos que bajan de las montañas tucumanas no traen solo agua; arrastran una carga de sedimentos producto de la erosión. Cuando esa corriente entra al embalse, pierde velocidad y los materiales —desde arena gruesa hasta arcilla fina— se depositan en el fondo. Con el paso de las décadas, este proceso reduce el espacio disponible para almacenar agua.

Una nueva forma de medir el fondo

Para entender la gravedad del problema, los investigadores de la UNSA implementaron una metodología más precisa que la tradicional. En lugar de cruzar el lago en líneas rectas (transectas), utilizaron una lancha equipada con GPS de alta precisión y ecosonda para realizar recorridos en forma de espiral o "rulos".

Este método permitió mapear el relieve del fondo con mucho más detalle. Durante el trabajo de campo, los científicos tuvieron que sortear restos de árboles que quedaron sumergidos desde 1968 para evitar daños en los equipos. Estos datos se complementaron con imágenes satelitales Landsat y modelos digitales de la NASA (SRTM) para definir con exactitud la línea de costa y las zonas donde los ríos desembocan.

Los resultados: el pico de 2008

El análisis entre los años 2005 y 2008 arrojó cifras preocupantes. Para 2008, el embalse ya había perdido el 16,1% de su capacidad original. En total, se acumuló un volumen de sedimentos de 267,39 hm3.

Lo más llamativo fue la aceleración del proceso en el último año del estudio. Solo entre 2007 y 2008 se depositaron 50,32 hm3 de lodo. Esta cifra es casi tres veces mayor a lo registrado el año anterior y supera por mucho el promedio de los últimos 40 años, que se situaba en 6,68 hm3 anuales. El motivo principal de este salto fue el aumento del caudal de los ríos debido a las lluvias, lo que incrementó la capacidad de arrastre de materiales desde la cuenca superior.

La geografía del lodo

El estudio describe que los principales responsables de este entierro son los ríos Salí y Gastona. En la zona noroeste del dique, estos ríos formaron un delta que gana terreno constantemente.

En cambio, otros afluentes como el río Marapa traen menos sedimentos porque cuentan con diques aguas arriba (como Escaba o Batiruana) que retienen los materiales más gruesos. Sin embargo, el sedimento más fino —limo y arcilla— logra llegar hasta las cercanías de la presa. Esto es crítico, ya que, si ese material llega a cubrir las bocas de toma de agua, afectaría directamente la generación de energía.

La vida útil del embalse

Si se toma el promedio histórico, se podría pensar que el embalse tardaría unos 300 años en llenarse por completo. Pero los investigadores advierten que la vida útil de una represa no se mide por cuándo se llena de tierra, sino por cuándo deja de ser operativa.

El dique pierde eficiencia mucho antes de colmatarse. Si el sedimento obstruye las turbinas o si la pérdida de volumen impide regular las crecidas, la obra deja de cumplir sus funciones principales. Según el informe, la velocidad de este proceso depende directamente de lo que suceda en la cuenca alta y media: la deforestación y el manejo del suelo en las montañas tucumanas dictan el ritmo con el que se apaga el embalse.

Conclusión

El trabajo de Mosa, Núñez y Boso deja claro que el mantenimiento de una represa no se limita a la estructura de hormigón. La salud del embalse de Río Hondo está ligada al manejo ambiental de los ríos que lo alimentan. Sin un control de la erosión y una gestión integral de la cuenca, el "gigante" del Noroeste seguirá perdiendo la batalla contra el sedimento, reduciendo el margen de seguridad y energía para las próximas generaciones.

Fuentes consultadas:

* Mosa, S. G., Núñez, V., & Boso, M. Á. (2008). La Colmatación del Embalse de Río Hondo en el Noroeste de Argentina. Análisis de los últimos 4 años.

* Registros del Instituto de Recursos Naturales y Ecodesarrollo (UNSA).

* Datos del Organismo Regional de Seguridad de Presas (ORSEP).

sábado, 6 de septiembre de 2025

¿Qué pueblos autóctonos habitaron Río Hondo?

Sebastián Sabater, Director del Museo Municipal Rincón de Atacama, relató la historia de los primeros habitantes del Departamento Río Hondo, y sobre su trágico cruce con los conquistadores españoles.

 


 

Según cuenta Sabater, hace 6000 u 8000 años el hombre prehistórico ingresaba a Río Hondo. Estos grupos, que eran minoritarios, se desplazaban en pequeñas bandas siguiendo la caza de animales hoy extintos, sustentándose además con la recolección de frutos y semillas del monte. No estaban establecidos en moradas permanentes, sino que se desplazaban a medida que se iba agotando el recurso.

Después aparecieron otras culturas del área andina, que llegaron siguiendo el cauce del río dulce o bien la conexión Guasayán-Río Hondo a través de los cerros. La cultura Las Mercedes se establece en el departamento aproximadamente en el 450 de nuestra era. Eran individuos que practicaban la agricultura, pesca y cacería en los montes circundantes, estableciéndose en lugares permanentes. Esta fue una de las entidades que más se desarrolló en la zona, siendo el área “Rincón de Atacama” el establecimiento más antiguo de dicha cultura.

Más tarde aparecieron otros tipos de culturas, como la Famabalasto, la Sunchituyoj, y la Averías; está última mantuvo estrecho contacto con los conquistadores.

Durante el periodo colonial, los pueblos originarios de Río Hondo eran los Tonocoté, llamados Juríes por los españoles (nombre que venía de la palabra Suri, animal del que utilizaban las plumas para hacer su vestimenta). Este grupo cultural desapareció como consecuencia de la actividad de los colonos. Dicha etnia funcionaba como mano de obra calificada, ya que eran grandes trabajadores y no belicosos, por lo que se los desarraigó y utilizó para la molienda de minerales en Potosí y en las estancias y haciendas de la región. Los pocos que quedaron se mestizaron con el español. Por esto no hay comunidades puras de Tonocoté en Santiago del Estero.

De los demás grupos étnicos se sabe que han estado, pero no hay escrito que lo testifiquen.

Sobre el mito de que el Imperio Incaico llegó hasta Santiago del Estero, Sabater explicó que no es más que un recurso turístico que se ha utilizado en nuestra ciudad, estableciendo la leyenda de que los Incas venían desde el Perú para darse baños curativos en Las Termas, aunque esto tiene nulo asidero histórico.

En cuanto al porqué del hablar quichua en la provincia, el director comentó que los conquistadores encontraban de difícil pronunciación el idioma Tonocoté (de origen mataco, de las amazonas), muy distinto a la legua que los españoles aprendieron en los Andes. De esta forma, los colonos decidieron enseñarles el quechua a los niños Tonocoté, para que sirvan de puente comunicacional.

El museo en la actualidad: necesidades y trabajos

Entre las mayores necesidades del museo, Sabater cuenta que están a la espera de poder contar con un edificio nuevo. “Estamos en un espacio reducido que nos quedó chico, donde además la escalera principal imposibilita la visita de gente mayor. Por eso estamos trabajando en un proyecto con el intendente. Si Dios quiere y si las gestiones se dan de manera rápida, podremos solucionar esto”.

A su vez, también relató que el museo tiene la actividad permanente de búsqueda y rescate de materiales, sobre todo entre los meses que van de septiembre a diciembre, época en la que el rio y el lago bajan. “Tenemos el agravante de que con la construcción del dique El Sauzal se van a negar 17 mil hectáreas, por las que vamos a tener que armar un grupo de trabajo con la empresa encargada de su construcción, y vamos a tener cinco años para extraer todo lo que podamos. Después de esto probablemente la cola del embalse llegue hasta la ciudad, así que vamos a quedar entre dos lagos y perderemos gran parte de los sitios donde trabajar para rescatar nuestro patrimonio”, finalizó Sabater. Fuente: vocesderiohondo.com.ar

sábado, 16 de agosto de 2025

Atacama, el alma feliz: Un viaje a los orígenes de Termas de Río Hondo

 


En septiembre, Termas de Río Hondo soplará las velitas de su 71° aniversario como ciudad. Pero antes de las avenidas arboladas, los hoteles de lujo y el murmullo de los turistas, hubo un territorio que fue semilla de vida y de encuentros: Atacama, un lugar donde la memoria todavía late bajo el agua del embalse.

Donde todo comenzó

El 6 de septiembre no es solo una fecha en el calendario. Para quienes habitamos Termas, es un recordatorio de orgullo y de pertenencia. Sin embargo, la verdad es que cada aniversario también abre una pregunta incómoda y hermosa a la vez: ¿de dónde venimos?

Y ahí aparece un nombre antiguo, con peso y ternura: Atacama. Según documentos coloniales y relatos que viajaron de boca en boca, significa “alma feliz” en quechua. Y es que no costaba imaginarlo: tierras que daban abrigo, manantiales que parecían regalos escondidos, el río Dulce como venas de agua fresca. Un sitio que parecía hecho para abrazar la vida.

Un territorio tejido por culturas

Mucho antes de que los conquistadores españoles dejaran huella, Atacama ya era punto de encuentro. Los arqueólogos lo saben bien: allí aparecieron urnas funerarias, trozos de cerámica y hasta puntas de lanza con seis mil años de antigüedad.

Eran huellas de pueblos que encontraron en este rincón lo esencial para vivir: peces en el río, frutos de la caza, suelos generosos para cultivar y aguas termales que sanaban el cuerpo y, quizá, también el espíritu.

El investigador Sebastián Sabater suele contarlo con una mezcla de fascinación y cariño: “Era un sitio extraordinario. Tenía todo lo necesario para vivir bien, y eso lo sabían tanto los pueblos originarios como los conquistadores que vinieron después”. No sorprende, entonces, que más del 90% de las piezas que hoy se muestran en el museo provengan de ese mismo suelo.

De las mercedes al agua que lo cubrió todo

El tiempo, sin embargo, trae giros inesperados. En 1655, la Corona española concedió la Merced de Atacama al capitán Juan Pérez Moreno: un extenso territorio de 9.000 hectáreas que abarcaba buena parte de la actual ciudad.

Aquellas tierras pronto se convirtieron en escenario de pleitos y herencias. Apellidos como Sotelo, Galiano o Figueroa Roldán quedaron atados a escrituras y disputas que, de alguna manera, siguen resonando en los documentos antiguos.

Y después vino el capítulo más doloroso: la construcción del dique. La obra estatal expropió terrenos, tapó manantiales y sumergió casas, corrales y hasta un mausoleo familiar bajo las aguas del nuevo embalse. A veces, cuando el lago baja, la historia vuelve a mostrarse: ladrillos, paredes, aljibes que reaparecen como fantasmas discretos de un pasado que se niega a hundirse del todo.

La memoria que no se rinde

Aunque la tierra quedó bajo el agua, Atacama nunca desapareció. Vive en los objetos guardados, en los relatos que pasan de generación en generación, en las piezas que se rescatan de la orilla cuando el embalse deja ver lo que esconde.

Sabater recuerda con una sonrisa el inicio de todo: comenzó juntando pedacitos de cerámica mientras pescaba. Los guardaba en una caja de zapatillas, sin sospechar que aquel gesto sencillo sería el germen del museo que hoy cuenta la historia milenaria de la región.

Hablar de Atacama, entonces, es hablar de raíces. Es entender que Termas no nació con el turismo, sino con el pulso de los pueblos originarios que supieron leer en esta tierra un refugio para prosperar.

Una memoria compartida

Desde Termas Nuestra Historia, cada semana intentamos encender esa chispa: traer a la mesa relatos, voces y objetos que no merecen quedarse dormidos en archivos polvorientos. Porque la historia cobra sentido cuando circula: en una sobremesa familiar, en una charla de escuela, en una plaza bajo el sol o incluso en un post de redes sociales.

Y la verdad es que la invitación sigue abierta: fotos antiguas, cartas de abuelos, recuerdos guardados en un cajón… todo suma al mosaico que vamos armando entre todos. Porque la memoria no es propiedad privada ni tarea de unos pocos iluminados: la escribimos juntos, cada vez que recordamos y compartimos.

Fuentes consultadas

* Gramajo de Martínez Moreno, A. (1960). Historia de Santiago del Estero en sus tierras y familias*. Santiago del Estero: Ediciones del Norte.

* Archivo Histórico de Santiago del Estero. Merced de tierras de Atacama (1655). Documento original.

* Sabater, S. (2023). Entrevistas y notas de campo para Museo Arqueológico Regional. Comunicación personal.

* López, J. L. (2023). “Atacama, alma feliz: el primer trazado de nuestra historia”. Proyecto Termas Nuestra Historia.

El Algarrobo en la medicina Popular