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domingo, 23 de agosto de 2026

Felipe Corpos: la voz quichua que encendió un fuego en Santiago del Estero

Poeta, payador y militante cultural, fundador del Alero Quichua Santiagueño. Su vida fue breve, pero su legado continúa iluminando la memoria y la identidad de un pueblo.




El eco de una lengua ancestral

Cuando se habla de las raíces culturales de Santiago del Estero, el nombre de Felipe Benicio Corpos aparece como una de esas presencias que, aunque breves en el tiempo, dejan huella. Fue poeta, payador, quichuista y uno de los impulsores de un movimiento clave en la defensa del patrimonio lingüístico del norte argentino: el Alero Quichua Santiagueño.

Hablar de él es, inevitablemente, hablar del quichua. Esa lengua que llegó desde los Andes y encontró en Santiago un territorio donde echar raíces propias. Resistió siglos de desprecio y silenciamiento, pero siguió viva en las casas, en las coplas, en los rezos, en las charlas de patio. Felipe entendió temprano que no alcanzaba con resistir: había que darle un lugar visible dentro de la cultura argentina.

Su vida, atravesada por la pasión y el compromiso, también refleja una época en la que las tradiciones luchaban por no quedar arrasadas por la modernidad. Su historia permite ver cómo un hombre del interior del departamento Figueroa logró encender una llama que todavía sigue prendida.

Infancia entre el monte y la lengua quichua

Felipe nació el 23 de agosto de 1935 en Villa Figueroa. Creció en Los Nogales, Pampa Muyoj, en un entorno donde el quichua no era algo excepcional: era el idioma cotidiano. Se hablaba en la familia, en el trabajo, en la vida diaria.

A los nueve años se trasladó a la ciudad de Santiago del Estero con sus padres. Allí terminó la secundaria en la Escuela de Comercio Antenor Ferreyra y se recibió de Perito Mercantil. Ese cambio marcó una tensión que lo acompañaría siempre: el paso de un mundo campesino, íntimamente ligado al quichua, a un espacio urbano donde esa lengua quedaba al margen.

Más tarde viajó a Córdoba para estudiar Abogacía. Cursó tres años y entró en contacto con ambientes universitarios y políticos. Ese paso seguramente reforzó su mirada sobre la situación de las lenguas originarias. Sin embargo, decidió volver. Su camino no estaba en los tribunales, sino en la defensa cultural.

El encuentro con Sixto Palavecino

En 1968, ya de regreso en Santiago, conoció a Sixto Doroteo Palavecino. El vínculo fue inmediato. Compartían la misma preocupación: el quichua seguía vivo, pero recluido, sin reconocimiento público.

Mientras buena parte de la sociedad lo consideraba un idioma menor, ellos lo veían como un núcleo cultural profundo. De esa coincidencia nació una amistad y un proyecto común que terminaría cambiando el panorama cultural de la provincia.

Nace el Alero Quichua Santiagueño

El 5 de octubre de 1969, junto a Vicente Salto y Domingo Antonio Bravo, dieron forma al Alero Quichua Santiagueño. Empezó como un programa de radio, pero rápidamente superó ese formato.

Tenía algo distinto: por primera vez, la radio abría un espacio en lengua indígena en Argentina. No se trataba de hablar *sobre* los campesinos, sino de que ellos mismos tomaran la palabra. Desde distintos puntos de la provincia, la gente participaba con relatos, canciones y coplas.

Felipe lo definía con claridad en una de las aperturas del programa: una voz que se eleva desde el Santiago quichua para mostrar su cultura desde adentro. No era una consigna. Era una forma de devolverle dignidad a una lengua.

Escuelas y expansión

El impacto fue rápido. En 1971 se creó la primera filial en Villa Atamisqui, y después llegaron otras en Córdoba, Buenos Aires y Tucumán.

Pero el crecimiento no fue solo territorial. También hubo un impulso educativo fuerte. Se promovieron escuelas de quichua y, en 1973, se incorporó la cátedra de Cultura Quichua en el profesorado provincial. Ese mismo año se dictaron cursos en distintos puntos de Santiago.

El desafío era grande: enseñar a escribir una lengua que durante siglos se transmitió de forma oral. Aun así, la respuesta fue positiva. El quichua empezaba a salir del ámbito doméstico y a ocupar espacio en las aulas.

Discos y debates culturales

El Alero también impulsó proyectos discográficos. En 1971 se editó un disco documental del canto quichua con el sello Diapasón, con apoyo de Alfredo Ábalos. Allí se incluyó la traducción al quichua del Martín Fierro, realizada por Vicente J. Salto.

En 1973, Felipe organizó una mesa redonda radial sobre el origen de la chacarera. Un tema que, todavía hoy, genera discusión. Ese mismo año se lanzó el disco *Santiago del Estero, desde sus coplas al país*, que amplió la difusión de la cultura local.

El poeta detrás del proyecto

Más allá de su rol como gestor, Felipe era poeta. Escribió letras que luego se transformaron en canciones populares, muchas musicalizadas por Sixto Palavecino. De ahí nacieron piezas como El sacherito, Mi tata sabía canta, Pa’ que bailen o La ñaupa ñaupa.

También trabajó con otros músicos en distintas composiciones. Parte de su obra fue grabada, pero otra sigue inédita. Ese material, todavía disperso, es un reservorio cultural que espera ser recuperado.

Compromiso con la vida cotidiana

Para Felipe, la lengua no era un objeto aislado. En sus programas hablaba de la vida rural, de prácticas agrícolas, de saberes transmitidos de generación en generación. Recuperaba refranes, cuentos, formas de entender el mundo.

En 1974 participó en la creación de la Sociedad de Folkloristas Santiagueños. Ese mismo año lanzó el programa *Domingos Santiagueños*, donde profundizaba en temas vinculados a la identidad local.

También colaboró con investigaciones en historia, arqueología y lingüística. Su objetivo era claro: mostrar que la cultura popular no era un adorno, sino un sistema de conocimiento.

Una vida breve

El 13 de diciembre de 1974, un accidente terminó con su vida. Tenía 39 años. La pérdida fue fuerte y dejó un vacío difícil de cubrir.

Sin embargo, su trabajo no se detuvo. El Alero siguió, las escuelas continuaron, y su nombre empezó a consolidarse como referencia dentro de la cultura santiagueña. Hoy lo recuerdan en espacios públicos y en instituciones educativas que llevan su nombre.

Una herencia que sigue

La historia de Felipe Corpos muestra algo concreto: la cultura no se sostiene sola. Necesita gente que la empuje, que la defienda, que la haga visible.

El quichua santiagueño sigue vivo en gran parte por ese tipo de esfuerzos. Cada vez que se canta en esa lengua o alguien la aprende, hay una continuidad que no se cortó.

Su legado no es abstracto. Está en la voz de la gente, en la música, en las palabras que todavía circulan. Y deja una pregunta abierta, bastante directa: qué estamos dispuestos a sostener para que no desaparezca.

Fuentes consultadas:

Alero Quichua Santiagueño- Diario El Liberal-Diccionario Cultural Santiagueño-María Teresa Papalardo-Antología de poetas santiagueños-Alfonso Nassif.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

El guardián del dial: Cómo "Huesito" Pérez le abrió las puertas de la radio al quichua santiagueño

Antes de que el Alero Quichua fuera un símbolo cultural, hubo un hombre que cedió su espacio en LV11 para que Sixto Palavecino cumpliera su sueño. Conocé la historia de José Alberto Pérez, el bandoneonista y dirigente que fue el puente fundamental para que nuestra lengua originaria saliera al aire.



Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Corría la década del sesenta y la radio era el rey absoluto de los medios. En Santiago del Estero, el éter estaba poblado de voces, pero había un silencio ensordecedor: la lengua quichua, el latido ancestral de la provincia, parecía no tener lugar en las frecuencias oficiales. Para Sixto Palavecino, ese vacío era una herida. Su sueño era claro: llevar la cultura, la poesía y la palabra quichua a los parlantes de cada hogar santiagueño. Pero los sueños, para hacerse realidad, necesitan de alguien que esté dispuesto a girar la perilla. Y ese hombre fue José Alberto "Huesito" Pérez.

El "sí" que cambió la historia cultural

La historia del rescate radial del quichua no puede desligarse del nombre de Don José Alberto Pérez. Por aquel entonces, Pérez era una figura respetada en el ambiente folclórico y, desde 1958, se desempeñaba como director interino de la legendaria LV 11 Radio del Norte.

Sixto, que ya había pisado los estudios de la emisora actuando junto a sus hijos y contaba con tres discos grabados, sabía a quién debían recurrir. Junto a Felipe Benicio Corpos, Vicente J. Salto y un grupo de entusiastas, le pidieron a Pérez un espacio para difundir la lengua.

Hubo cierta resistencia inicial; los tiempos y los formatos de la radio comercial no eran sencillos de doblegar. Pero Pérez, lejos de ser un burócrata, era un hombre de profunda inquietud cultural y alma de músico. Entendió la magnitud del pedido y accedió. Así, los días domingos a las 11 de la mañana, nació la "Audición Quichua". Fue un 6 de octubre de 1969 cuando el mensaje quichua-castellano comenzó a irradiarse, marcando el génesis de lo que más tarde sería el monumental Alero Quichua Santiagueño.

Un bandoneón con alma de tierra adentro

Para entender la generosidad cultural de "Huesito" Pérez, hay que mirar su origen. Nació en San Miguel de Tucumán, pero el destino quiso que sus padres lo registraran en Santiago del Estero un 19 de mayo de 1913. Y santiagueño se volvió en cada acorde.

Desde temprana edad abrazó el bandoneón, transitando con la misma solvencia el tango, la música clásica de la mano de la Orquesta de Salvador Carfí, y el folklore profundo. Su casa y la de su cuñado, Don Miguel Simón, eran el epicentro de las peñas y fiestas familiares. Allí, entre mates y guitarras, "Huesito" compartía mesa y música con gigantes como Hugo Díaz, Antonio Faro, Cachilo Díaz y Sara Cartier.

Su huella en la música provincial es indeleble. En 1938 integró el histórico conjunto "Los Criollos" junto a Antonio Ríos, Amabrio Luna y Juan de Dios Gallo. Cuentan las crónicas de la época que fue el propio "Huesito" quien, con su ojo avizor, les sugirió a Leocadio del Carmen Torres y Onofre Paz el nombre que los haría inmortales: Los Manseros Santiagueños.

El compositor y el dirigente

Más allá de su rol como facilitador cultural en la radio, Pérez fue un creador prolífico. Socio de SADAIC, su cancionero es un reflejo de la idiosincrasia local. De su pluma (y de su fuelle) nacieron joyas como la chacarera "Inti Sumaj" (con letra de Fortunato Juárez), el gato "El Amoroso", la vidala "Por una preciosa flor" y "Yacu Mishqui", en coautoría con Fidel Lucero.

Pero su compromiso con la provincia iba más allá de la música: también se desempeñó como dirigente del Club Atlético Mitre, demostrando que su amor por Santiago abarcaba todas las instituciones que la hacían grande.

Las huellas invisibles

Don José Alberto "Huesito" Pérez falleció el 7 de julio de 2001. Hoy, tal vez sean pocos los que conocen en profundidad su vida y obra. La historia suele recordar con más facilidad a las voces que brillan en el escenario, pero rara vez se detiene a agradecer a las manos que construyeron ese escenario.

Pérez fue uno de esos arquitectos invisibles de nuestra identidad. Sin su visión, sin su apertura en la vieja LV 11, el camino de la lengua quichua hacia la masividad habría sido mucho más oscuro y silencioso.

La próxima vez que sintonices un programa de folklore, o escuches la dulce cadencia del quichua en la radio, haz un alto. Recuerda que antes de que fuera una política de Estado o un fenómeno cultural masivo, hubo un bandoneonista llamado "Huesito" que decidió que esa lengua merecía, por derecho propio, un espacio en el dial.


miércoles, 22 de abril de 2026

Don Vicente Salto



Vicente Javier Salto Taboada nació el 12 de Marzo de 1.913 en Tajamar, propiedad de sus mayores en el departamento Figueroa, zona habitada por quichuistas, cerca del Río Salado.

Su abuelo, el General Antonino Taboada, arengaba a la tropa en quichua, que era el idioma común a los combatientes de la época. La familia Salto Taboada conservaba el quichua en un estado de casi total pureza, sin las castellanizaciones que son habituales. También hablaban un buen castellano.

Autodidacta, sin haber cursado estudios superiores, Don Vicente Salto era un hombre culto, con un excelente vocabulario, ortografía correcta, poeta, buen guitarrista y cantor.

En su poesía se puede percibir el nivel cultural de "Don Vichi", como le decía Don Sixto Palavecino. Tomamos por ejemplos el poema Huahuálay (Mi Hijita), o el consejo para ser prudente expresado en Manarajchu (Aún no es Tiempo). La vidala Uchallicuychu (No debes pecar), con música de Don Sixto, es una serie de coplas con enseñanza moral. El gato Parachcansa (Dicen que llueve), con música de Don Sixto, y el poema Parachúntaj (Que llueva), musicalizado para chacarera por Guillermo Orellana, expresan la alegría del paisano santiagueño ante la lluvia. Todas estas obras tienen dos versiones: quichua y castellano. Parte de su obra ha sido publicada en el folleto Para Yacu (Agua de Lluvia). También creó temas folclóricos en castellano, como la chacarera Una y Otra.

Invitado por Felipe Corpos, formó parte del grupo inicial del Alero Quichua Santiagueño y Presidente de la primera Comisión Directiva. Fue cantor, recitador, relator de cuentos y dialogante quichuista en la audición radial. También enseñó en la Escuela de Quichua del Alero.

Con mucho esmero fue traduciendo poco a poco estrofas del Martín Fierro, cuidando de mantener el sentido del mensaje hernandiano, la métrica, la rima y la pureza del quichua. Parte de esa traducción ha sido grabada en el disco Volumen 3 del Alero Quichua Santiagueño, editado en adhesión al centenario de la publicación de El Gaucho Martín Fierro. En ese disco, Don Vicente Salto recita una estrofa antes de cada tema musical y de un cuento en quichua relatado por él mismo.

Su salud se deterioró seriamente en 1.977, por lo que se alejó del Alero Quichua y sus otras actividades públicas. Falleció el 21 de Abril de 1.978 en la ciudad de San Miguel de Tucumán.

Fuente: Victor Hugo Sayago

sábado, 28 de marzo de 2026

Cuando el quichua era vergüenza: la vida de Don Sixto Palavecino

Entre violines, chacareras y palabras heredadas, construyó una obra que habla del monte, del desarraigo y de una lengua que se negó a desaparecer.

 

Foto: José Luis “Ducky” Ducournau

Hay trayectorias que no hacen ruido al principio. La de Don Sixto Palavecino fue así. Empezó de joven, escribiendo en quichua y poniendo música a esas letras, armando su propio repertorio sin vueltas. Con el tiempo, esa práctica íntima se volvió una marca clara: cantar lo que otros no estaban diciendo.

Un repertorio que nace de lo vivido

Desde los años treinta ya componía. Primero la palabra, después la música. Todo en quichua. No era una elección estética: era su forma natural de expresarse.

En 1954 registró sus primeras obras, pero esas canciones ya circulaban mucho antes. Hablaban del monte, de la vida diaria, de lo que pasaba en serio. No había maquillaje. Aparecía el paisaje, sí, pero también los problemas.

El éxodo santiagueño fue uno de los temas que más trabajó. En "Llajtaymanta llojserani" se mete de lleno en el desarraigo. En "Viaje de la pastorcita", en cambio, pone el foco en las jóvenes que se van con una idea idealizada de la ciudad. La letra muestra ese contraste: lo que se sueña y lo que se pierde.

De la vergüenza al orgullo

Hubo un momento que lo marcó. Leyendo el diario, se enteró de que Domingo Bravo enseñaba quichua en Santiago. Eso lo sacudió.

En su entorno, hablar quichua no siempre era bien visto. Había burlas, silencios incómodos. A veces directamente se lo evitaba. De ahí salió "Penckacus causaj carani" - "Avergonzado vivía".

En esa chacarera aparece esa incomodidad: el quedarse atrás cuando otros hablaban en castellano, el callarse para no exponerse. Pero también aparece el giro. Con el tiempo, lo que era motivo de vergüenza empezó a valorarse. Y él dejó de esconderse. Empezó a cantar en quichua con más decisión.

Una peluquería distinta

En 1969 abrió una peluquería en Santiago del Estero. Tenía lo básico: espejo, sillón, muebles sobrios. Pero el clima era otro.

Mientras los clientes esperaban, tocaba. Chacareras, gatos, escondidos. A veces con guitarra, otras con violín o bandoneón. Era una peluquería, pero también un espacio donde la música aparecía sin aviso.

Algunos días estaba tranquila. Otros se llenaba. Pasaron figuras como Horacio Guarany o Héctor Larrea. También equipos de televisión que caían a grabar.

Una escena simple lo resume bien. Un chango entra y Sixto le dice: "¿Quién te ha cortao tan fiero?". El chico responde: "Usted, Don Sixto". Y él, sin perder el tono: "Ehh... te ha crecio desparejo, chango". Seco, directo.

El Alero Quichua y el trabajo de fondo

Más allá de la música, hubo un trabajo sostenido con la lengua. Ahí aparece Felipe Benicio Corpos.

Se conocieron en 1968. Compartían la misma preocupación por el quichua. De esa relación nació el Alero Quichua Santiagueño. No era solo un espacio cultural. Era una forma de organizar la defensa del idioma.

Desde ahí impulsaron su enseñanza, promovieron actividades y crearon nuevos aleros en distintos lugares. Corpos también escribió, hizo radio y trabajó en la difusión de la cultura del monte.

Murió joven, en 1974, con 39 años. Aun así, dejó un material que sigue circulando en archivos, grabaciones y en la memoria de quienes lo conocieron.

Reconocimientos que llegaron con el tiempo

Con los años, la figura de Don Sixto se fue consolidando. Recorrió escenarios, compartió con artistas como Mercedes Sosa y León Gieco, y recibió distintos reconocimientos.

Entre ellos, el Premio Konex como instrumentista, la distinción como Personalidad Emérita de la Cultura Argentina y otros vinculados a su trabajo con el quichua. También recibió una bendición apostólica de Juan Pablo II.

Ya de grande, con 93 años, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Rosario. Viajó acompañado por una delegación de quichuistas. El reconocimiento iba más allá de su figura individual.

La historia de Don Sixto no es solo la de un músico. Es la de alguien que pasó de callarse a decir, de correrse a ocupar un lugar. Lo que antes se escondía, terminó siendo su identidad pública.

Sus canciones siguen ahí. No como recuerdo, sino como registro de una forma de ver y nombrar el mundo. Y eso, en el fondo, es lo que todavía sostiene su vigencia.

martes, 9 de diciembre de 2025

En Busca del Rostro Perdido: Reflexiones sobre la Identidad Cultural

 


Suele decirse que somos un país sin identidad. La frase, repetida hasta el cansancio, pide una pausa para mirarla con más rigor. ¿Quiénes somos realmente fuera de esa supuesta nada? La respuesta rara vez está en fórmulas simples; se encuentra en un entramado de símbolos, gestos y silencios cotidianos.

El término identidad proviene del latín identitas, la cualidad de ser idéntico. Pero su peso filosófico va más lejos: parte de la filiación, de esas coordenadas que nos ubican en el mundo —la cuna, la familia, el entorno social—. Como señalaba el reverendo Juan Antonio Manya Ambur, expresidente de la Academia Mayor de la Lengua Quechua del Cusco, somos la suma de los adjetivos que nos describen: santiagueño, docente, católico, tawantinsuyano. Cada uno es un hilo en el entramado de lo que somos.

Esa identidad habla en voz baja, a través de un lenguaje no verbal explícito. La ropa, por ejemplo, funciona como un dialecto propio: el guardapolvo blanco dice educación; el uniforme policial, autoridad; el poncho rojo salteño o el marrón listado de Santiago del Estero son mapas de color que marcan geografías personales. La apariencia delinea el oficio, el carácter y la pertenencia.

Pasa lo mismo con la voz. Una tonada no es un simple acento, sino un paisaje sonoro que remite a Córdoba, Tucumán, el Litoral o los valles bolivianos. Incluso el vocabulario técnico —la "apendicetomía" del médico, la "didáctica" del docente— opera como un rasgo de identidad que une a una comunidad específica.

Plácido Eirale explica en El Cosmos, la Vida y el Hombre que la identidad es la vinculación a un grupo con pautas culturales claras, ligadas a sus tradiciones y a su entorno geofísico. Detrás de esa definición hay un componente central: el afecto. Amor por la familia, por la tierra natal, por el legado ancestral. Se trata de un sentido de pertenencia que exige cultivo, no solo desde la escuela, sino en el tejido social completo.

Ese lazo atraviesa hoy una crisis visible, sobre todo en los centros urbanos. La globalización, el consumo masivo de medios y una enseñanza histórica sesgada —acostumbrada a mirar más afuera que adentro— desgastaron hábitos que antes estructuraban la convivencia: la solidaridad, la consideración, el respeto hacia los mayores. En las culturas ancestrales, el anciano encarnaba la sabiduría; hoy suele quedar relegado.

Frente a este vaciamiento, la mirada a la raíz se vuelve indispensable. Nicolás Avellaneda advirtió en su momento que "los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de su destino". Las culturas del Tawantinsuyo y los pueblos originarios ofrecen un modelo de identidad basado en el equilibrio. La filosofía incaica construyó su convivencia sobre principios éticos claros: Ama Sua, Ama Llulla, Ama Qella (no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas holgazán). Esa ética sumaba la reciprocidad y el respeto por el entorno natural.

Siglos más tarde, en 1855, el Jefe Noah Sealth (Piel Roja) expresó esa misma perspectiva en su célebre carta al presidente Pierce: el ser humano no es dueño de la tierra, sino una hebra más en su tejido. "Todo lo que le ocurra a la tierra, les ocurrirá a los hijos de esta tierra", escribió. Para el Dr. Juvenal Pacheco Farfán, esta es una de las reflexiones ambientales más profundas que se hayan formulado. Entender la Tierra como madre y maestra no es un asunto del pasado; es una urgencia contemporánea.

Ricardo Rojas sostenía que la tradición no es un pasado muerto, sino una vida anterior que sigue actuando en el presente. Recuperar la identidad no implica una nostalgia inútil, sino un trabajo consciente: asumir el legado de las culturas originarias, integrarlo con las aportaciones posteriores y edificar, desde allí, un sentido de pertenencia sólido.

Las nuevas generaciones buscan orientarse en esa historia fragmentada. En ese camino, la arqueología, la antropología y la etnología aportan datos concretos para reconstruir el cuadro completo. Comprender la trayectoria de los antepasados y la trama común tawantinsuyana y sudamericana es el paso necesario para consolidar una identidad cultural propia y duradera.

 


lunes, 8 de diciembre de 2025

Que nos dicen los topónimos

 


El mapa de Argentina, y en particular el del noroeste, está lleno de secretos. A lo largo del corredor andino, en las vastas llanuras pampeanas y en los valles centrales, los pueblos, ríos, cerros y parajes llevan nombres que parecen susurrar en un idioma diferente. No son voces traídas por el viento castellano; son ecos de un pasado más profundo y antiguo. La toponimia —que proviene del griego topos (lugar) y ónoma (nombre)— es esa disciplina que, con la paciencia de un arqueólogo del lenguaje, desentierra las historias que el territorio guarda en sus nombres.

La gran mayoría de estos nombres tienen raíces quechuas o runa simi. Otros, aunque menos numerosos, provienen de lenguas de etnias anteriores. Este simple hecho geográfico-lingüístico ya nos dice mucho: si los conquistadores españoles hubieran sido los únicos en nombrar estos territorios, el paisaje estaría repleto de santos, vírgenes y apellidos de la península. Pero no es así. Los topónimos permanecen como testigos silenciosos de otra ocupación, de una mirada diferente sobre el mundo.

Esto nos lleva a un fascinante debate académico que también toca nuestras identidades más profundas: ¿el quechua llegó a estas tierras con los españoles como lengua del imperio, o fue introducido mucho antes por los mitimaes inkas, esos colonizadores que se desplazaron para afianzar el dominio del Tawantinsuyu? El Dr. Emilio A. Christensen defendió con pasión esta última teoría, argumentando que la toponimia quechua en lugares como Santiago del Estero, Córdoba y más al sur es una prueba tangible de una incursión incaica en el antiguo Tucumán.

Los cronistas nos dan pistas valiosas. El Inca Garcilaso de la Vega narra en sus Comentarios Reales cómo una embajada del Reino de Tukma se presentó ante el Inca Wiracocha para ofrecerle vasallaje, trayendo consigo regalos de algodón, miel y cera —no oro, porque en esas tierras no había—. Este reino se ubica a doscientas leguas al sudeste de Charcas, un dato que sugiere una ruta de influencia en el aire. Otros estudiosos, como Bautista Saavedra, interpretan la difusión geográfica de una lengua como la expansión indeleble de toda una civilización.

Cuando los españoles llegaron, ese mundo ya estaba bien organizado. En 1543, Diego de Rojas llegó a Maquijata (Maki Llajta: “pueblo a mano”) y, más tarde, sus hombres describieron con asombro Soqonchu (del quechua shuqo, “largo y estrecho”), un poblado ordenado, con calles, grandes bohíos, corrales de “ovejas de la tierra” y una agricultura avanzada que aprovechaba los ciclos del río Mishki Mayu. También encontraron Silípica (“juntar flores”), Tipiru (“recolector de maíz”) y Manogasta (Manu Hata: “lugar de deuda”). Eran comunidades —ayllus— de cazadores, tejedores y agricultores excepcionales que, como señala Idalia Rotondo en Llajta Mauka, claramente pertenecían al área de influencia cultural andina.

La evidencia se dispersa por toda la geografía argentina como un código a descifrar:

*   En Córdoba, Cosquín (de Kuski, “tierra preparada para la siembra”), Uritorco (Urin Orqo, “cerro del sur”) y Tiu Pujio (“manantial de agua y arena”) hablan de una relación íntima con la tierra.

*   En San Luis, topónimos como Conaran (“olvidado”), Chuma Yacu (“lugar donde se escurre el agua”) o Tilisarao (“ebriedad de maíz”) pintan un paisaje físico y ritual.

*   Hacia la Pampa y el oeste bonaerense, nombres como Chaco (Chaku, “lugar de caza”), Mira Pampa (“tierra fecunda”), Yutu Yacu (“perdiz del agua”) o Chupi Talu (“sopa de corzuela”) delatan un conocimiento profundo de la fauna, la flora y las actividades de subsistencia.

*   Incluso en la Patagonia, Chimpay (“vadear un río”) o Charahuilla (“liebre flaca”) sugieren una exploración o presencia que llegó más allá de lo que la historia oficial solía narrar.

Como bien observa el historiador Thierry Saignes, los nombres de lugar son “huellas más neutras y fieles” que los documentos oficiales. No mienten. Persisten. Cada Kachi Mayu (río de sal), cada Mishki Mayu (río dulce), es un verso de un poema geográfico compuesto mucho antes de 1492.

Enfrentamos el siglo XXI con preguntas que han perdurado a lo largo del tiempo. La toponimia, con su sobria y elocuente persistencia, no nos da respuestas definitivas, pero sí nos ofrece un rico caudal de evidencias. Nos invita a escuchar el territorio, a interpretar el mapa no solo como un documento político, sino como un palimpsesto donde se superponen múltiples capas de historia y significado. El estudio de estos nombres, lejos de ser una simple curiosidad etimológica, se convierte en un acto de recuperación de nuestra memoria. Refuerza, con la modesta pero sólida contundencia de una piedra, la idea de que esta tierra fue, mucho antes de la llegada de los europeos, parte de un vasto y complejo universo cultural, cuyos ecos aún resuenan en la forma en que nombramos nuestros lugares. Y, por extensión, en cómo nos definimos a nosotros mismos.

Basado en investigaciones y reflexiones de Aldo Leopoldo Tevez, con referencia al libro “El quichua santiagueño, lengua supeŕstite del Tucumán Incaico” del Dr. Emilio A. Christensen.

domingo, 28 de septiembre de 2025

Felipe Corpos: La música, el quichua, el Alero

 

Foto: Vicente Salto, Felipe Corpos y Sixto Palavecino

Felipe Benicio Corpos fue uno de los fundadores junto a Sixto Palavecino y Vicente Salto del Alero Quichua Santiagueño, poeta, quichua hablante, nacido en el departamento Figueroa. Un hijo de quichuas en cuyo hogar tuvo la oportunidad de aprender la lengua quichua, criado hasta los nueve años, se traslada a Santiago y se radica definitivamente junto a sus padres completando sus estudios primarios y secundarios.

Más tarde se traslada a Córdoba para continuar sus estudios de abogacía hasta completar el tercer año. Regresa a Santiago y en 1968 conoce a Sixto Palavecino con quien mantiene un fluido diálogo hasta llegar a consolidar una amistad que le permitió afianzar sus ideas coincidentes con las de su amigo, para luego fundar el Alero Quichua Santiagueño.

Así comienza su labor cultural dedicándose al estudio lingüístico, creando escuelas de quichua para la enseñanza en la escuela primaria y secundaria. Conduce programas de radio que tienen como fin difundir la música nativa de esta región y todas las costumbres del hombre de campo, mientras su labor literaria comienza a crecer y sus poemas, grabados por numerosos solistas y conjuntos musicales.

Como director del Alero desde su nacimiento en 1968, estuvo dedicado al rescate, difusión y conservación de esta lengua, su música, poesía, costumbres, filosofía y lo relacionado con el quehacer tradicionalista del hombre del norte. Propiciaba la fundación de nuevos aleros en toda la provincia y en todo el territorio nacional.

Fundó los aleros de Atamisqui; Córdoba Buenos Aires y Tucumán, permitiendo que todo aquel que tuviera sensibilidad por conocer esta cultura, encontrara un lugar para informarse y apoyar esta labor.

Su breve paso por esta vida terrenal, ha dejado un caudal de enseñanza cuyo contenido podemos apreciar en sus poemas y comentarios de gente de la cultura nacional, en documentos y archivos de la dirección de cultura municipal y provincial. El pasado 25 de agosto hubiera cumplido 80 años. Lo sorprendió la muerte a los 39 años en un accidente. Falleció el 13 de diciembre de 1974.

Fuente: Alero Quichua Santiagueño.