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lunes, 7 de septiembre de 2026

Santiago del Estero: la agonía silenciosa del bosque chaqueño. Cómo una provincia que fue potencia forestal perdió el 69% de sus bosques nativos en un siglo

Santiago del Estero pasó de producir 700 mil toneladas de leña al año a perder el 88 % de sus quebrachales centenarios por los desmontes, la expansión sojera y leyes destructivas. Una investigación sobre el desangre de la última frontera verde argentina y la urgente lección de conservación que el mundo nos exige.

 

Crédito: Gustavo Tarchini

 Por Leyendas del folclore santiagueño

El árbol era viejo, ancho como la espalda de un dios de monte. Dicen que su tronco tenía un metro y medio de diámetro, que su sombra podía refrescar a media docena de cabras y que, cuando cayó, allá por los años 50, nadie pensó que también estaba cayendo un símbolo.

Lo cortaron para extraer tanino. Después hicieron durmientes, postes y carbón con su madera. Al final, lo único que quedó fue el hueco. Y el eco.

Hoy, sobre esa misma tierra, los árboles no superan el grosor de una pierna humana. La imagen tiene algo de distopía: un bosque ralo, todavía joven, que parece demasiado pequeño para ocupar el lugar de lo que hubo.

Santiago del Estero perdió seis millones de hectáreas de monte nativo en el último siglo, según datos del Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001) y actualizaciones del PIARFON-UNSE. Para imaginar la magnitud, son unas treinta veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires.

Y queda un dato difícil de ignorar: la provincia que alguna vez alimentó con su madera los fuegos del progreso ferroviario hoy importa madera de Paraguay.

La fiebre del tanino: Europa curtía y el norte sangraba

Todo empezó con un barco.

En 1888, desde Buenos Aires partió el primer cargamento de quebracho colorado santiagueño rumbo a Alemania, según documenta el clásico "Maderas y Bosques de la Argentina", de José María Tortorelli (1956). La madera más dura del continente se convirtió en el oro rojo del Cono Sur. Europa necesitaba tanino para curtir cuero y Argentina tenía una enorme reserva natural de quebracho.

Para 1920, el país tenía 19 fábricas de tanino. Dos estaban en Santiago del Estero.

Al principio, el aprovechamiento tenía ciertas reglas. Se talaban árboles maduros y se respetaban los ciclos del monte. No se lo intervenía de cualquier manera.

Eso cambió. El mercado empezó a exigir más y más madera, y el tiempo de recuperación del bosque dejó de importar.

"El exterminio vino después, cuando empezamos a cortar hasta los renuevos de 15 años", explica el ingeniero forestal Néstor Ledesma, entrevistado para este informe y vinculado a distintos trabajos de la UNSE.

Ahí comenzó una diferencia que todavía pesa: sacar madera podía hacerse en unos pocos años. Recuperar un quebrachal, en cambio, podía llevar generaciones.

La ley del hacha: cuando conservar fue un pecado fiscal

En 1996, el gobierno provincial sancionó la Ley 6309, una norma que gravaba con hasta cinco veces más impuestos a los propietarios de tierras consideradas "improductivas".

La paradoja era difícil de ignorar: conservar un bosque podía significar pagar más que desmontarlo.

"Desmonten o paguen". Esa fue, en los hechos, la presión que enfrentaron muchos propietarios. Y desmontaron.

Entre 1990 y 2003, 423.424 hectáreas se convirtieron en campos de soja. Solo entre 2000 y 2003, otras 253.028 hectáreas fueron arrasadas, según registros de deforestación citados en informes del PIARFON-UNSE (2003-2005).

"Era como premiar a quien tira abajo una catedral para vender sus ladrillos", ironiza Ledesma.

Los jinetes del desmonte

1. Inversores sin raíces

Hoy, más del 60% de los desmontes son realizados por empresarios de Córdoba, Santa Fe y Chaco, de acuerdo con datos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación. Muchos llegan atraídos por el bajo costo de la tierra, que puede ser hasta cinco veces menor que en la Pampa Húmeda, y por una legislación forestal que durante años permitió un margen amplio para avanzar sobre el monte.

2. Ingenieros permisivos

Un informe de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) denuncia la existencia de profesionales que firman planes de desmonte para campos que ya habían sido devastados.

El mecanismo señalado es sencillo: reciclar viejas guías forestales y utilizarlas para continuar extrayendo madera ilegal sin despertar demasiadas sospechas.

3. Campesinos acorralados

En las zonas más pobres del interior santiagueño, las familias que no tienen título de propiedad quedan expuestas a una situación todavía más compleja.

"Si no cortás vos, te lo sacan otros", resume un campesino de Quimilí entrevistado para esta crónica.

Cortar es, muchas veces, la única manera que encuentran para marcar un territorio sobre el que no tienen papeles.

4. El Estado ausente

Desde 1950, la Argentina cuenta con la Ley 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal. Sin embargo, durante décadas no se implementó en Santiago del Estero un plan de manejo forestal efectivo capaz de frenar la degradación del monte.

La ley existe. Los árboles, ya no tanto.

Donde todavía brota resistencia

Desde 2003, la UNSE coordina el PIARFON, Proyecto de Investigación y Acción para la Recuperación del Bosque Nativo. El objetivo es recuperar el monte chaqueño desde una mirada integral y promover formas de aprovechamiento que no dependan de su destrucción.

Los resultados señalados por el proyecto incluyen:

  • Recuperación de 50.000 hectáreas mediante enriquecimiento con especies nativas.
  • Promoción de mercados alternativos vinculados con la miel, los frutos y la leña legal.
  • Incorporación de 120 familias campesinas al manejo sustentable del monte.

La idea central del proyecto puede resumirse en una frase: "un bosque vivo vale más que una soja muerta".

No es solo una discusión ambiental. También es una discusión sobre qué actividades pueden sostener a una comunidad cuando el recurso que las rodea tarda décadas, incluso siglos, en recuperarse.

El espejo alemán

"En Alemania, nadie corta un roble antes de los 150 años", señala Ledesma. Allí, el bosque se entiende como un legado que pasa de una generación a otra. En Santiago, durante mucho tiempo, conservarlo fue tratado como un costo.

Según el Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001):

  • En 1966, el 38% del territorio santiagueño era bosque.
  • En 2006, solo quedaba el 12%.

Los quebrachos, una de las especies emblemáticas del norte argentino, crecen apenas entre 4 y 8 milímetros por año. Un ejemplar de un metro de diámetro puede requerir casi 200 años para alcanzar ese tamaño.

La soja, en cambio, puede estar lista para exportarse en apenas unos meses.

Ahí aparece una de las mayores contradicciones del modelo: el monte necesita generaciones para crecer, mientras que una hectárea desmontada puede empezar a producir en una sola campaña.

Europa paga hasta US$300 por hectárea a quienes conservan bosque nativo, según políticas de la Unión Europea relacionadas con servicios ecosistémicos. En Santiago del Estero, desmontar puede resultar más rentable: hasta US$500 por hectárea en soja.

El mercado premia la tala. La historia, no.

Epílogo: la flor amarilla

En Santos Lugares, un niño muestra un vinal joven que plantó su abuelo.

"Cuando sea grande, va a tener flores amarillas", dice.

No hace falta agregar mucho más.

En esa frase aparece, de manera sencilla, una pregunta que atraviesa toda la historia del monte santiagueño: ¿seguiremos midiendo el bosque en pesos por hectárea o empezaremos a verlo también como algo que se entrega a quienes todavía no nacieron?

Como escribió el jefe Seattle: "El hombre no tejió la red de la vida; es solo un hilo. Lo que hace con ella, se lo hace a sí mismo."

Fuentes citadas

  • Sgo. del Estero, una mirada ambiental.
  • Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001), Secretaría de Ambiente de la Nación.
  • Informes técnicos PIARFON-UNSE (2003-2005).
  • Maderas y Bosques de la Argentina, José María Tortorelli (1956).
  • Entrevistas a Néstor Ledesma, ingeniero forestal, Universidad Nacional de Santiago del Estero.
  • Ley 6309, Provincia de Santiago del Estero (1996).
  • Ley Nacional 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal.
  • Informes sobre servicios ecosistémicos, Comisión Europea (2020-2024).
  • Entrevistas de campo realizadas entre julio y agosto de 2025 en Quimilí, Tala Atun y Santos Lugares.

 


jueves, 30 de julio de 2026

Árboles urbanos: los guardianes silenciosos que protegen la vida en nuestras ciudades

Más que un elemento decorativo del paisaje urbano, los árboles son aliados fundamentales frente al calor, la contaminación y la pérdida de calidad ambiental. Su cuidado, especialmente en ciudades emplazadas en zonas áridas como Santiago del Estero, exige una mirada responsable que abandone las podas destructivas y valore su verdadera función ecológica.


 

Cuando una ciudad aprende a mirar sus árboles

Caminar por una calle cubierta de hojas en otoño cambia el día por un segundo. Rompe con la monotonía del cemento y el ruido del tráfico. Como decía el profesor Julián Cámara Hernández en 1980, para muchos chicos que van a la escuela pisando ese colchón amarillo, la experiencia es casi como cruzar un bosque escondido en medio de la ciudad.

Esa escena tan simple nos recuerda algo fundamental: los árboles urbanos no están de adorno. Son seres vivos que sostienen el equilibrio de nuestro entorno y que, si los tratamos bien, nos devuelven bienestar todos los días.

Desde Leyendas del Folclore santiagueño, un espacio pensado para rescatar historias, tradiciones y paisajes de nuestra tierra, también queremos poner la mirada en estos vecinos silenciosos: los árboles que acompañan nuestras calles, plazas y barrios.

La poda mal entendida: un daño evitable


Durante mucho tiempo se creyó que cortar las ramas de más hacía que el árbol creciera con más fuerza. Sin embargo, los especialistas insisten en lo contrario: la poda agresiva arruina su desarrollo. Año a año vemos cómo ejemplares adaptados al calor extremo, la falta de espacio y la contaminación sufren cortes a ciegas que rompen su forma natural.

Al podar las ramas principales y achicar la copa de golpe, el árbol pierde la capacidad de alimentarse, enferma más fácil y entra en un deterioro paulatino.

Los ingenieros agrónomos María del Carmen Echenique, Ricardo González Junyent y Alicia Dobra aclaran que una buena poda debe ser puntual: retirar ramas secas, quebradas o débiles, y hacer solo los ajustes necesarios para despejar cables o construcciones, sin deformar la copa. El árbol no necesita un castigo para crecer; necesita condiciones adecuadas y respeto por su especie.

Refugio natural contra el calor


El valor del arbolado es aún mayor en zonas secas o semiáridas. En lugares como Santiago del Estero, donde el calor aprieta durante gran parte del año, los árboles son la mejor defensa natural. Su sombra evita que el sol pegue de lleno sobre las veredas, frena el calentamiento del asfalto y ayuda a conservar la humedad del aire.

Un árbol bien ubicado transforma una calle o una plaza en un lugar donde da gusto estar. No solo refresca el ambiente, sino que mejora directo la calidad de vida de los vecinos. Por eso hay que entenderlo como una obra de infraestructura tan necesaria como cualquier servicio básico.

Filtros de aire en medio de la ciudad



Además de dar sombra, las hojas actúan como filtros naturales que atrapan el polvo y la contaminación de los autos, las industrias y las obras en construcción.

Una investigación difundida por la Municipalidad de Paraná y la Universidad Nacional de Entre Ríos en 1992 mostró esta diferencia al medir partículas contaminantes en Frankfurt, Alemania:

  • Calles sin árboles: 12.880 partículas por litro de aire.
  • Calles arboladas: 3.870 partículas por litro de aire.
  • Parques: 3.260 partículas por litro de aire.

Ahí donde hay árboles, el aire cambia. Y sus aportes no se quedan ahí: en 1978, un estudio citado por Decourt midió la presencia de bacterias en distintos entornos con resultados contundentes:

  • Zonas comerciales: 4.000.000 de gérmenes por metro cúbico.
  • Avenidas urbanas: 575.000 gérmenes por metro cúbico.
  • Bosques: apenas 50 gérmenes por metro cúbico.

Cuidar los árboles es cuidar nuestra historia

Los árboles son parte de nuestra rutina y de la memoria colectiva. Están en la vereda donde jugaron varias generaciones, en la plaza de las reuniones familiares y en los caminos que guardan recuerdos.

Para protegerlos hace falta cambiar la cabeza. Una poda racional y respetuosa mantiene ejemplares sanos por décadas; la intervención agresiva, en cambio, solo acelera su pérdida. La ciudad necesita sombra firme, no troncos debilitados.

Cada árbol que queda en pie es una reserva de vida. Comprender su valor es entender que la naturaleza no empieza ni termina en un parque o en el campo: también camina con nosotros por la vereda.

Desde Leyendas del Folclore santiagueño creemos que los paisajes también cuentan quiénes somos. Y en esa historia, los árboles son testigos del paso del tiempo y aliados indispensables para vivir mejor.

Bibliografía consultada

  • Cámara Hernández, J. (1980). Algunos árboles cultivados en las calles de la ciudad de Buenos Aires. Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires - Secretaría de Educación.
  • Decourt, N. (1978). Sobre algunas funciones de los árboles y bosques en el medio urbano. Ecología Forestal. Mundi-Prensa.
  • Echenique, M. y González Junyent, R. (2000). Poda de Especies Ornamentales. Facultad de Ciencias Agrarias - Universidad Nacional del Comahue.
  • Fundación Biósfera y FCAyF - Universidad Nacional de La Plata (1995). Planeamiento paisajista y medio ambiente.
  • Municipalidad de Paraná y Universidad Nacional de Entre Ríos (1992). El árbol en la ciudad.
  • Ros Orta (1996). La empresa de Jardinería y Paisajismo. Mundi-Prensa.