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miércoles, 5 de noviembre de 2025

El Cabo Paz: la historia borrada de un fusilamiento que incendió Santiago del Estero

Cómo la muerte de un suboficial humilde en 1935 desató una rebelión popular y dejó una huella que el poder intentó borrar durante casi un siglo.

 

La Gaceta

I. El eco de un nombre olvidado

Hay historias que parecen escritas a lápiz sobre la arena: apenas el viento del tiempo sopla, desaparecen.

El cabo Paz fue una de esas. Durante décadas, en Santiago del Estero, su nombre se volvió un vacío, una palabra prohibida. Los viejos bajaban la voz al mencionarlo; los jóvenes no sabían siquiera quién había sido. Sin embargo, en enero de 1935, toda una provincia ardió en defensa de ese hombre humilde fusilado por el Ejército Argentino.

La historia pudo haber quedado sepultada si no fuera por la curiosidad obstinada de algunos periodistas y militantes que, cuarenta años más tarde, se negaron a dejarla morir del todo.

Uno de ellos —el narrador de esta crónica— recuerda la escena como si hubiera ocurrido anoche: una primavera tibia en Córdoba, 1973, una plaza céntrica y un encuentro con Francisco René “el Negro” Santucho, fundador del Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP) y futuro líder del PRTERP. Entre cigarrillos y planes editoriales, Santucho lanzó la pregunta que lo cambiaría todo:

—¿Qué sabés del cabo Paz?

Nada, respondió el joven periodista.

Y ahí empezó el viaje hacia una de las historias más silenciadas del siglo XX argentino.

II. Un fusilamiento y un pueblo

Luis Leónidas Paz había nacido en la pobreza, como tantos en el norte argentino. Hijo de un hachero del obraje, conoció desde chico la rudeza del monte y la escasez. Boxeador popular, entró al Ejército porque en los años treinta ser suboficial era, para los de abajo, una de las pocas puertas hacia una vida un poco más estable.

Su destino: el Regimiento 18 de Infantería de Santiago del Estero.

Su oficio: cocinero.

Su costumbre: repartir las sobras de las comidas entre los hambrientos que esperaban detrás de las rejas del cuartel.

Esa decisión simple —dar de comer lo que los soldados no comían— lo convirtió en héroe del pueblo. Cada día, niños, mujeres y ancianos del barrio El Triángulo llegaban con platos y tarros para recibir algo de lo que Paz distribuía con discreción y cariño.

El cabo se volvió una figura conocida, querida, casi legendaria.

Y justo esa popularidad empezó a incomodar a los oficiales y a los patrones de la provincia.

Santiago del Estero, en los años treinta, era una cápsula de feudalismo. Una oligarquía descendiente de los conquistadores españoles dominaba a una población mestiza sometida, empobrecida y analfabeta.

El miedo —al cura, al patrón, al soldado— era el cemento que sostenía el orden social.

En ese contexto, un suboficial querido por los pobres era una amenaza.

Y el detonante llegó por una historia tan vieja como el abuso de poder: el “derecho de pernada”.

III. La novia y el mayor Sabella

Zoila Ledesma, novia de Luis Leónidas Paz, era una joven hermosa. Tenían fecha de casamiento para el 5 de enero de 1935. Pero el mayor Carlos Elvidio Sabella, jefe del batallón, puso los ojos en ella.

Quiso someterla y, cuando Paz intentó defender su derecho y su dignidad, el oficial lo castigó con quince días de arresto “por indisciplina”.

El 2 de enero, el cabo primero Paz entró al casino de oficiales para pedir clemencia: sólo quería casarse. Sabella lo humilló, lo echó a los gritos.

Entonces, un gesto desesperado rompió el equilibrio: Paz sacó su revólver y disparó. Vacío tras vacío, el cuerpo del mayor cayó sobre el suelo del casino.

El suboficial se entregó minutos después.

Sabía lo que había hecho y aceptó su destino.

Pero el pueblo santiagueño reaccionó antes que la justicia militar.

IV. Se levanta el pueblo

En medio del calor de enero, la noticia se expandió como fuego sobre las calles polvorientas.

“Han detenido al cabo Paz. Lo van a fusilar.”

Las mujeres que recibían comida de sus manos corrieron a la plaza principal. Los obreros del ferrocarril dejaron el trabajo. Los estudiantes, los anarquistas y los socialistas —pocos pero activos— tomaron altavoces improvisados.

Miles de personas, por primera vez en la historia provincial, salieron a exigir algo al Ejército: ¡el indulto!

El gobernador Juan B. “Gaucho” Castro, político camaleónico que hablaba quichua para congraciarse con los pobres, olió peligro. Desde el balcón de Casa de Gobierno prometió pedir clemencia al presidente de la Nación, el general Agustín Pedro Justo.

Pero el perdón nunca llegó.

El 9 de enero de 1935, a las dos y media de la tarde, ocho disparos de fusil Mauser 1909 silenciaron al cabo Paz. El sargento Dolores Maldonado —su amigo— debió rematarlo con una pistola en la sien.

La carta que Luis Leónidas dejó antes de morir circuló en los diarios populares El Combate y La Unión: agradecía al pueblo y gritaba su último “¡Viva mi Patria!”.

El periódico El Liberal, alineado con los poderosos, fue apedreado e incendiado por la multitud en respuesta.

Esa noche, Santiago del Estero ardió.

Las piedras golpearon los muros del regimiento, del Obispado, de la Legislatura y del Jockey Club.

Por unas horas, el pueblo, siempre humillado, empuñó su propia historia.

“Era la Década Infame” —recordaría más tarde el periodista investigando el caso—, “y la infamia mayor fue silenciarnos después.”

(Fuentes: Archivo Provincial de Santiago del Estero; Diario El Liberal, ediciones del 6 y 10 de enero de 1935; El Combate, enero de 1935.)

V. La prohibición del recuerdo

Hasta acá, los hechos.

Lo que siguió fue el silencio más largo que Santiago conoció.

Ni los peronistas de los cuarenta ni los reformistas de los sesenta se animaban a mencionar el nombre.

En casas de militantes, donde se discutían huelgas y patrias justas, nadie recordaba al suboficial fusilado.

Era como si el miedo ancestral —sembrado en la colonia y regado por siglos de autoritarismo— hubiera perforado la memoria colectiva.

Fue recién en los años setenta, al calor de la militancia revolucionaria, cuando algunos jóvenes curiosos intentaron rescatarlo. El encargo de Santucho de escribir un libro sobre Paz no era un simple proyecto editorial: era un acto político.

Pero investigar sobre el cabo Paz en 1973 seguía siendo peligroso.

El periodista recuerda la advertencia:

—La gente todavía tiene miedo. No quieren hablar.

Y tenía razón. Cuando visitó Santiago, encontró puertas cerradas y miradas esquivas. Un viejo socialista no quiso decir una palabra. Un hermano del cabo se negó a reconocer el parentesco. La novia, Zoila, había desaparecido. Nadie sabía —o quería saber— dónde estaba.

El miedo, otra vez, era la ley.

VI. El investigador y el ejército

Hay escenas que condensan un país.

Una tarde de 1973, en una casa de familia santiagueña, el periodista conversaba con Mechita, una estudiante de Historia que lo ayudaba en la investigación. En el living, un teniente —novio de una de las hermanas— lo increpó con brutal franqueza:

—¿Quién carajo sos vos para andar escarbando en la historia de nuestro glorioso Ejército?

Silencio.

Después, el intercambio fue puro fuego:

—¡Claro que soy comunista! —gritó el periodista—. Y voy a seguir investigando.

La situación no llegó a los golpes porque Mechita se interpuso. Pero fue la prueba cabal de hasta dónde persistía el tabú.

Hablar del cabo Paz era tocar una fibra viva del poder militar, incluso cuarenta años después del hecho.

Esa violencia contenida en el aire fue, de algún modo, otra muerte más del cabo Paz.

VII. Documentos de un crimen

Los registros del fusilamiento son escuetos, burocráticos y crueles.

·         * El 1 de enero de 1935, Sabella sancionó a Paz.

·         * El 2, lo mató.

·         * El 3, comenzó el juicio sumario en el Regimiento 18.

·        *  El 4, el tribunal militar condenó a Paz a morir por el fusilamiento del 9 de enero.

·         * El 6, la multitud de Santiago se movilizaba en su defensa.

·         * El 9, lo acribillaron.

Todo en apenas ocho días.

Durante el juicio, su defensor, el capitán Máximo Garro, intentó justificar el crimen con un argumento infame: que Luis Leónidas sufría “taras congénitas” o “trastornos mentales”.

Paz lo interrumpió, con una dignidad que traspasó las décadas:

 “Gozo de perfecta salud mental. Tampoco sufro ninguna enfermedad. No soy tan canalla como para ofender a mis mayores sólo por salvar el pellejo.”

Esa frase —documentada en las actas del tribunal militar— resume una ética que los poderosos nunca entendieron.

Paz eligió morir con orgullo, antes que aceptar un perfil de loco o asesino degenerado.

VIII. Las otras muertes del cabo Paz

Cuando el periodista volvió a Córdoba en 1974, le confesó a Santucho que no podía escribir el libro.

No había fuentes, no había testigos.

Pero, sobre todo —dijo— había miedo.

Santucho insistió:

—Escribí igual. Lo que importa no es sólo su historia, sino la del pueblo que se levantó por él. Mostrá eso: que los oprimidos saben quiénes son sus enemigos cuando se deciden a luchar.

El libro se terminó, finalmente, en 48 páginas. Una edición mínima, artesanal, con el sello “Esta América”. Se imprimió en Córdoba, en la imprenta de la revista Posición, y luego se perdió entre la represión.

Nadie supo qué fue de esos ejemplares.

La Argentina, entretanto, se deslizaba hacia otro abismo. 1974 trajo las bandas de ultraderecha, las “Tres A”, las desapariciones y el miedo renovado. Santucho fue secuestrado en Tucumán en 1975; nunca más apareció.

El periodista también cayó preso. Cumplió siete años en la cárcel; su esposa, seis.

Durante el encierro, volvió a escribir sobre el cabo Paz —esta vez como novela— en un cuadernito Billiken. “Tal vez no para rescatar a Paz —reflexionaría después— sino para rescatarme a mí mismo de tanto silencio.”

(Fuentes: Entrevistas del autor, Córdoba, 19731974; archivo personal; testimonios recogidos en La Madre Violada, revista Posición, n.º 2, 1974.)

IX. Del archivo al olvido (y regreso)

Cuarenta años después, el nombre volvió a surgir.

A comienzos del siglo XXI, algunos historiadores santiagueños retomaron el caso en artículos y simposios. En 2012, Santiago del Video, con dirección de Víctor Pérez y guion de Enrique Landsman, estrenó un breve documental titulado El cabo Paz, con Néstor Mendoza en el papel principal.

Ese mismo año, desde la Universidad de Frostburg (Estados Unidos), un profesor contactó al periodista argentino: había oído hablar de aquel libro perdido. Quería leerlo. Paradójicamente, en la era digital, la historia que el poder quiso borrar comenzaba a resucitar gracias a la curiosidad académica.

Hoy existen dos trabajos universitarios sobre el caso:

* Estudio histórico de la rebelión santiagueña de 1935 (Universidad Nacional de Santiago del Estero, 2014);

* El fusilamiento del cabo Paz: memoria y olvido de una insurrección popular (Buenos Aires, 2018).

Ambos confirman lo esencial: hubo un fusilamiento sumario, hubo una insurrección y hubo una borradura sistemática de la memoria colectiva.

X. Las raíces del silencio

Para entender por qué Santiago calló tanto tiempo, hay que mirar hacia atrás, más allá de 1935.

Desde la colonia, el terror fue un método de gobierno. La conquista exterminó culturas indígenas desarrolladas; los siglos posteriores consolidaron una jerarquía racial y económica casi estanca.

El “hombre del monte” fue moldeado bajo el látigo, y el “señor del centro” creció convencido de que mandar era su derecho de sangre.

Esa herencia colonial —señala el historiador Tulio Pavón Pereyra en sus Anales de la provincia de Santiago del Estero (1957)— perduró intacta hasta bien entrado el siglo XX.

El régimen oligárquico local, aliado de la Iglesia y del Ejército, gestionaba no sólo la economía sino también la memoria.

El fusilamiento de Paz, más que un caso policial, fue una puesta en escena: el poder demostrando que la compasión hacia los pobres podía costar la vida. Por eso, borrar su nombre de los registros era tan importante como fusilar su cuerpo.

El silencio fue el segundo disparo.

XI. Ecos de una rebelión

En el fondo, la historia del cabo Paz no habla sólo de él, ni siquiera de Santiago.

Habla del país.

De cómo, una y otra vez, los humildes se levantan y los poderosos se esfuerzan en hacerlos olvidar.

En 1935, fueron los santiagueños; en 1956, los fusilados de José León Suárez; en 1976, los desaparecidos. La línea de fuego corre, intermitente, pero constante.

En cada ciclo, también, aparece alguien que busca reescribir lo borrado.

Primero en hojas clandestinas; después en documentales o en tesis digitalizadas.

Y entonces el nombre del cabo Paz vuelve a sonar, tenue pero terco.

XII. Coda: el hombre que no quiso mentir

En sus últimas palabras al tribunal, Luis Leónidas Paz dejó claro qué clase de hombre era. No intentó escapar, no mintió, no aceptó la coartada de la locura.

Sabía que moriría. Y eligió hacerlo honrando su propio nombre y el de su padre.

Quizás, por eso, el pueblo se volcó a la calle. No sólo por compasión, sino porque vio en él un espejo.

El cabo Paz no fue mártir ni héroe de manual. Fue un hombre con hambre, amor y dignidad.

Y en una sociedad acostumbrada a agachar la cabeza, eso era una afrenta intolerable.

XIII. Epílogo: escribir contra el olvido

“Otras muertes ha tenido el cabo Paz”, escribió el periodista décadas más tarde, viendo cómo su libro se había perdido, cómo sus testigos habían callado, cómo los archivos ardían o se cerraban.

Pero también reconocía algo: cada vez que alguien volvía a preguntarse “¿Quién fue el cabo Paz?”, nacía una nueva vida del suboficial.

Porque la verdadera resurrección de un pueblo empieza cuando se atreve a recordar lo que le prohibieron.

Así, el eco del cabo Paz—ese hombre que repartía comida a los pobres y murió por desafiar al abuso—sigue resonando, tercamente, bajo el cielo ardido del norte argentino.

Y aunque el poder intentó borrarlo durante casi cien años, su nombre se filtra una y otra vez, por entre las rendijas de la historia, reclamando la sencilla justicia de ser recordado.

Basado en:

Carrera, Julio. 4 historias santiagueñas. Santiago del Estero: El Liberal, 2015.

Este artículo recrea libremente hechos y testimonios narrados por Julio Carrera en su obra 4 historias santiagueñas, respetando sus datos y contexto histórico.


jueves, 6 de marzo de 2025

La trágica historia del Cabo Paz

 

La Gaceta

Luis Leónidas Paz era un joven de origen humilde que logró ingresar al Ejército Argentino, en parte gracias a su popularidad como boxeador. Para la clase trabajadora, convertirse en suboficial era una de las pocas oportunidades de ascenso social en la Argentina oligárquica de la época.

A principios del siglo XX, la Argentina estaba marcada por una fuerte desigualdad social. La oligarquía terrateniente dominaba la economía y la política, mientras que la clase trabajadora y las provincias más alejadas de Buenos Aires sufrían pobreza y exclusión. En este contexto, el Ejército se presentaba como una de las pocas instituciones donde los sectores populares podían aspirar a una mejora en su situación social.

Asignado a la cocina del Regimiento 18 de Infantería en Santiago del Estero, Paz solicitó permiso para distribuir las sobras de las comidas entre los indigentes. La población más vulnerable, incluyendo mujeres, ancianos y niños, pronto empezó a reunirse con recipientes en mano para recibir alimento. Esta acción solidaria le valió el reconocimiento popular, pero también el recelo de la oficialidad y la clase gobernante, que temían cualquier gesto que pudiera fomentar la organización y el descontento entre los sectores más pobres.

En los años 30, Santiago del Estero reflejaba la desigualdad estructural del país. Su economía dependía de la explotación forestal, en beneficio de grandes industrias extranjeras. La pobreza, el sometimiento y el aislamiento cultural marcaban la vida de la provincia. La división de clases había sido establecida desde la Conquista, con una casta dominante descendiente de los primeros colonizadores y una masa de población mestiza marginada y explotada. La Década Infame, iniciada con el golpe de Estado de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen, consolidó un régimen fraudulento y represivo, en el que las voces disidentes eran acalladas con violencia.

En 1935, Paz tenía planes de casarse el 5 de enero con su novia, una joven hermosa. Sin embargo, el mayor Carlos Elvidio Sabella, jefe de su batallón, pretendía ejercer sobre ella un supuesto "derecho de pernada", una práctica feudal que en pleno siglo XX aún reflejaba la impunidad de las clases dominantes. Para evitar el casamiento, Sabella castigó injustamente a Paz. Este intentó dialogar con su superior, pero ante su desprecio y abuso de poder, terminó disparándole. Fue arrestado de inmediato y condenado a fusilamiento tras un juicio sumario, sin garantías de defensa.

La noticia conmocionó a la población de Santiago del Estero. El 6 de enero, durante la celebración de Reyes, una multitud se congregó en la plaza principal exigiendo clemencia. Políticos y organizaciones sociales se sumaron al pedido de indulto. Sin embargo, el presidente Agustín Pedro Justo, desde Mar del Plata, ratificó la condena. Justo, representante del régimen de la Década Infame, sostenía una política autoritaria que no permitía desafíos a la disciplina militar ni a la jerarquía establecida.

El 9 de enero de 1935, a las 14:30, Paz fue ejecutado. Antes de morir, escribió una carta de despedida, agradeciendo al pueblo por su apoyo y declarando su amor por la patria. Tras el fusilamiento, la indignación popular explotó: la multitud atacó con piedras el Regimiento 18, la sede del diario oficialista "El Liberal" y la Iglesia Catedral. La represión fue brutal, con numerosos arrestos y persecuciones contra quienes habían participado de las protestas.

Durante el juicio, su abogado defensor intentó alegar que Paz padecía trastornos mentales debido a un supuesto historial familiar de enfermedades. Indignado, el condenado interrumpió la audiencia para defender su dignidad:

— Mi padre era un hombre digno y decente. No soy tan canalla como para ofender a mis mayores solo por salvar el pellejo.

Así terminó la vida de Luis Leónidas Paz, un hombre que pasó de la admiración popular al fusilamiento, dejando tras de sí una historia de injusticia, lucha y resistencia. Su muerte quedó grabada en la memoria colectiva como un ejemplo de cómo el poder castigaba a quienes desafiaban el orden establecido, pero también como una muestra de la dignidad de los humildes frente a la opresión.

Cronología

1 de enero de 1935

El mayor Carlos Elvidio Sabella sanciona con quince días de arresto al cabo primero Luis Leónidas Paz. La causa de la sanción es "haber trasladado desde Tartagal a Santiago del Estero, luego de las maniobras militares, a un cocinero civil que había sido despedido recientemente". Un acto aparentemente menor, pero que en el estricto régimen militar de la época se consideró una falta grave.

2 de enero de 1935

A las dos de la tarde, el cabo primero Paz se presenta en el casino de oficiales. Allí, el mayor Sabella, junto a otros oficiales, fuma y toma café tras el almuerzo. Paz intenta explicar que su acción fue autorizada por un subteniente y un capitán, y suplica clemencia, pues su casamiento está fijado para el 5 de enero. Ha reservado una misa y contratado servicios de fiesta. Sin embargo, Sabella se niega a recibirlo y, ante su insistencia, ordena a los gritos que lo echen.

Desesperado, Paz irrumpe en el salón del casino y descarga su revólver sobre Sabella. Solo una bala falla y se incrusta en la pared. Luego, arroja el arma y huye. Sin embargo, al llegar al puesto de Guardia 2, sobre una ancha galería cercana a la avenida Roca, se detiene y se entrega a los oficiales y soldados que lo perseguían.

3 de enero de 1935

Se realiza la autopsia de Sabella. Paz es sometido a declaración sumaria y confiesa haber matado a su superior. Se elabora un informe con croquis e ilustraciones del suceso y se remite a la Comandancia del Ejército en Santiago del Estero. Un telegrama comunica los hechos al presidente de la Nación, el general Agustín Pedro Justo, quien transfiere la información al general Manuel Rodríguez, comandante en jefe del Ejército Argentino. Se ordena la inmediata constitución de un Tribunal Militar en el Regimiento 18 de Infantería para juzgar al acusado.

4 de enero de 1935

El Tribunal Militar examina los hechos y designa defensor a Paz: el capitán Máximo Garro. A las 12:30, el acusado declara, expresa su arrepentimiento y reconoce "su grave falta", asegurando que actuó "en un momento de locura". Tras un receso, en la sesión de la tarde se presentan las acusaciones y defensas. A las diez de la noche, el tribunal emite su veredicto: el cabo primero Paz es condenado "a morir por fusilamiento" el 9 de enero de 1935.

Mientras tanto, en las calles de Santiago del Estero, la noticia se difunde rápidamente. Grupos de personas, en su mayoría de origen humilde, comienzan a congregarse en torno al regimiento, alarmados por el destino del cabo. El rumor de su ejecución provoca indignación, y algunos planean protestas y posibles ataques al cuartel.

5 de enero de 1935

El fallo militar es objeto de debate en la prensa. Mientras que los periódicos alternativos critican la sentencia, El Liberal resalta "la prolijidad" del proceso. El capitán Garro presenta una apelación ante la Comandancia del Ejército.

En la calle, la protesta crece. Desde la mañana, multitudes exigen el indulto de Paz y permanecen en las plazas y calles durante todo el día. Al anochecer, el gobernador Juan B. Castro envía un telegrama urgente al presidente Justo solicitando su perdón.

6 de enero de 1935

La conmoción alcanza su punto máximo. Miles de personas ocupan las calles de Santiago del Estero, deteniendo la actividad comercial y administrativa. Instituciones como la Cruz Roja, la Cámara de Diputados provincial, la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista Argentino y la Acción Católica Argentina suman sus voces al pedido de clemencia.

Desde una playa en Mar del Plata, el presidente Justo firma la orden de ejecución sin revisar los telegramas de súplica. En Buenos Aires, el diario Crítica envía un periodista a Santiago del Estero, pero las autoridades le niegan cualquier contacto con Paz.

7, 8 y 9 de enero de 1935

Durante estos tres días, el destino del cabo Paz domina la conversación en Santiago del Estero. Se organizan asambleas partidarias en plazas públicas y el gobernador Castro, intentando calmar los ánimos, asegura que el indulto aún es posible.

Pero el milagro no llega. A la hora señalada, el cabo Paz es fusilado. Los disparos de Mauser lo lanzan hacia atrás y, pese a que su muerte es evidente, recibe un último disparo en la cabeza.

La indignación popular estalla. La multitud apedrea el regimiento, intenta incendiar el obispado, la sede de El Liberal, la Dirección de Rentas y la Legislatura Provincial. La ira se dirige también contra el capellán del Ejército, Amancio González Paz, a quien acusan de haber interceptado cartas de Paz dirigidas a la prensa alternativa y de haberlo resignado a su destino con sermones sobre "la voluntad de Dios". 

Fuente: Cuatro historias santiagueñas de Julio Carreras 

 

domingo, 16 de febrero de 2025

Un fusilamiento militar que alteró nuestro país

El cabo Paz murió en enero de 1935 tras ser acusado por un Consejo de Guerra. Prostestas.



La historia nos remonta a los primeros días de 1935. El lugar: la vecina provincia de Santiago del Estero. En esta ciudad ocurrió un hecho que la conmovió tanto como a Tucumán y al país. El hecho en cuestión fue el fusilamiento del cabo del Ejército Luis Leónidas Paz, pena que le impuso un Consejo de Guerra porque Paz mató a su superior, el mayor Carlos Sabella. La condena a muerte generó protestas en todo el país y en especial en Santiago del Estero, donde el día de la ejecución el comercio cerró sus puertas. Nuestra ciudad tampoco estuvo tranquila y en especial las puertas de nuestro diario que fueron la caja de resonancia ante la posibilidad de tumultos se reforzaron las guardias policiales.

Según relato de nuestro diario, los tucumanos (al igual que el resto de los argentinos) esperaban que el presidente indultara Paz. “A las 13 aún no había noticias, la ansiedad continuaba, pues se vencía la hora señalada para el fusilamiento. Poco después de las 14 se anunciaba, sin confirmación primero y oficialmente luego, la ejecución del cabo Paz, arrancando la noticia un clamor en el que hubo dolor, lamento y protestas generales”.

La crónica agregaba que, tras conocerse el fusilamiento, la multitud dejó el frente del diario y “se encaminó insensiblemente hacia la plaza Independencia, los diversos grupos formados se juntaron, levantando una improvisada tribuna delante de la estatua de la Libertad”. Los oradores expresaron su “amarga queja” y protestaron por no haber sido escuchados “los pedidos de clemencia de diferentes personalidades e instituciones”. Los manifestantes luego siguieron por “Las Heras (hoy San Martín) hasta Junín para luego doblar por Mendoza”. En esa esquina efectivos del Escuadrón de Seguridad de la Policía pidieron que se disuelvan, cosa que no fue aceptada. Una carga policial disolvió a la marcha y hubo algunos contusos pero ningún detenido. Las horas de tensión vividas llevaron a todas las tropas de seguridad a mantenerse acuarteladas.



Paz tenía 28 años. Era santiagueño, aunque su familia era de origen catamarqueño, y muy popular entre la gente por su actuación como jugador de fútbol en el Atlético Santiago.

El arresto que le imponía Sabella dañaba su carrera. Lo iba a postergar en el ascenso, y justo cuando tenía pensado casarse con su novia, Zoila Ledesma. Con tres intentos de solicitar la revisión de la sanción ignorados con aspereza por Sabella; Paz se desconsoló y descargó seis tiros en el cuerpo de Sabella; fue detenido y se constituyó un Consejo de Guerra especial que lo condenó a muerte. El grupo acababa de volver de Tartagal donde estaba apostado en previsión de la posible escalada de violencia por la guerra entre Bolivia y Paraguay.

La apelación ante el Consejo Supremo de Guerra y Marina tuvo un resultado adverso y se confirmó la sentencia para el 6 de enero. El anuncio de la terrible condena indignó a la población santiagueña. El pueblo se solidarizaba con Paz. Les despertaba simpatía por santiagueño, por deportista y por buena persona. Cuando administraba el rancho, se las arreglaba para repartir el sobrante de comida entre la gente que se acercaba al cuartel.

La orden se cumplió a las 14.05 del 9 de enero de 1935. Nuestro cronista destacaba que tras 30 años se producía otro fusilamiento. En 1905 había sido fusilado un conscripto en el cuartel de la Recoleta.

Nuestro diario realizó una cobertura importante con enviados especiales y corresponsal. “Desde temprano se notaba, en varios barrios de la capital, un visible estado de nerviosidad, de verdadera impaciencia”, decía y agregaba: “un público numeroso se agolpó desde temprano, en los alrededores de los cuarteles”.

Donde la “pena y el dolor más profundo se sentían era en el barrio ‘El Triángulo’, donde nació y creció Paz, muchas de cuyas familias allí residentes permanecieron en vela llorando y rezando las mujeres, mientras los hombres seguían alentando aún la esperanza de que el presidente de la nación conmutara la pena”.

El comercio santiagueño cerró sus puertas desde la tarde del 8 de enero en adhesión “a las protestas del pueblo”. Además, adhirieron a las protestas los gremios que paralizaron todas las actividades provinciales. Los que estaban a las puertas del cuartel intentaron atacarlo, pero fueron controlados. La jornada fue tremendamente agitada con enfrentamientos, pedreas y golpes.

Un momento clave, previo al fusilamiento, fue el bautismo de su sobrina. “A las 11 concurrieron al cuartel del Regimiento 18 de Infantería la hermana del cabo Paz, Francisca Paz del Fernández, acompañada de la novia de éste, Zoila Ledesma. La hermana de Paz llevaba en brazos a su hijita Selva Argentina, de ocho días de edad, a fin de que fuera bautizada en el local del regimiento”. El cabo “sirvió de padrino a su sobrina, a quien el capellán del ejercito Amancio González Paz dio los óleos bautismales”.

El condenado escribió tres cartas las cuales fueron recibidas por nuestro diario que las publicó en exclusiva. Una iba dirigida a sus camaradas donde expresaba “Viva la patria. Adiós camaradas”. Otra para el pueblo en la que agradecía “todo lo que han hecho por mí”. Y la tercera a su hermana: “vos sabés cuanto te he querido y quiero hasta el último momento de mi vida” y “cuídate mucho y preocúpate de tu salud para que vivas muchos años”.

Fuente: La Gaceta 

sábado, 11 de enero de 2025

Don Juan Coronel, el santiagueño que vivió en primera persona el fusilamiento del cabo Leónidas Paz

 


En el verano de 1935, causó conmoción en Santiago del Estero el fusilamiento del cabo Luis Leónidas Paz. Había ultimado a balazos al mayor Carlos Sabella, y el Consejo de Guerra lo condenó a muerte, suscitando una descomunal protesta popular en las calles.

El mayor Sabella había dispuesto el arresto por 15 días del cabo Paz por un hecho insignificante. Paz tenía 28 años. Era santiagueño y muy popular entre la gente, por su actuación como jugador de fútbol en el Atlético Santiago. El arresto que le imponía Sabella dañaba su carrera. Lo iba a postergar en el ascenso, y justo cuando tenía pensado casarse con su novia Zoila Ledesma, que era oriunda de La Banda. Con tres intentos de solicitar la revisión de la sanción ignorados con aspereza por Sabella; Paz, se descontroló y descargó seis tiros en el cuerpo del mayor Sabella; fue detenido y se constituyó un Consejo de Guerra Especial que lo condenó a muerte.

A las dos y cinco minutos de la tarde del 9 de enero de 1935, el cabo Luis Leonidas Paz fue fusilado por un pelotón de ocho soldados en el patio de maniobras del regimiento. Correspondió al sargento Medina dispararle en la cabeza el tiro de gracia.

Toda esto lo vivió en primera persona don Juan Coronel, un santiagueño dueño de una historia riquísima: ""Todo Santiago salio en defensa del cabo Paz. Si en esa época hubieran existido los medios de comunicación de ahora al cabo no lo fusilaban. Fue tremendo lo que se vivió en Santiago; fue una verdadera revuelta donde una multitud enfurecida recorrió las calles destrozando vidrieras; apedreando el local del diario El Liberal, la sede del Obispado, de la Casa Radical, entre otros desmanes que la Policía logró controlar no sin gran esfuerzo".

Indagando uno se encuentra con santiagueños que tienen algo o mucho que contar. Tratando de reconstruir parte de la vida del padre Beratz hable hace un par de años con don Juan Coronel, intimo amigo del sacerdote.  Noemi que trabaja en la parroquia San Roque, que fue el nexo con don Juan, a la postre muy amigo de mi padre, me envió unas fotos de el tomando sol en las plazoletas cercanas a la iglesia. Este hombre debe saber algo del barrio antiguo. Lo llame a su casa  y hablamos largo y tendido, ya llegara la cuenta de telefónica pero sarna con gusto no pica.

Don Juan, que anda por los 90, me conto  que ayudo a construir la parroquia San Roque desde los cimientos, junto al cura "Gringo", el padre Beratz. "En ese lugar-rememora- estaban los galpones del aeropuerto, esto era Cachipampa. Yo naci a dos cuadras del amueblado "El Japones", después me trajeron para estos lugares". Me dice que se jubiló en la Marcedes Benz de los Figueroa.

Mi curiosidad me lleva a preguntarle de aquellos muchachos de. los pañuelos negros y blancos de los bailes de Pacara. "Anduve entreverados con ellos; eran bravos esos bailes. También estaba el de mi padre, El Mejor, en Perú y Constitución, eran lugares de hacha y tiza. No faltaban los puñales y los tiros".

Supo jugar en las divisiones inferiores de Comercio y se maravilló viendo a "Mata Pollo" Castillo y a los hermanos Joshela y Mario Sandez. "Vi jugar también a "Pepe" Montero-nos dice- en la vieja cancha que estaba en la caballería del Regimiento. Antes era muy salidor, ahora no me dejan, dicen que por ahí salgo y no vuelvo...tengo arritmia".

Don Juan Coronel, un pedazo de la historia de Santiago.

Fuente: Patio Santiagueño II

viernes, 10 de enero de 2025

La tragedia del cabo castigado y del oficial arrogante

 


En el verano de 1935, causó conmoción en Santiago del Estero el fusilamiento del cabo Luis Leonidas Paz. Había ultimado a balazos al mayor Carlos Sabella, y el Consejo de Guerra lo condenó a muerte, suscitando una descomunal protesta popular en las calles.

Todo empezó con un hecho insignificante, en Tartagal. Acababan de terminar allí las maniobras del regimiento 18 de Infantería, con asiento en Santiago del Estero. El jefe se hartó de las repetidas faltas del cocinero Julio Sierra: le dijo que quedaba despedido y que se volviera a Santiago con la tropa que regresaba.

Sierra se subió a una de las chatas en que viajaban los soldados: le tocó la que era responsabilidad del cabo Luis Leonidas Paz. Llegados a Santiago, salía del cuartel rumbo a su casa, cuando lo interpeló el mayor Carlos Elvidio Sabella, oficial de 42 años, jefe de uno de los batallones. "¿Quién lo autorizó a viajar con el regimiento?", preguntó con aspereza. Sierra contestó que tenía permiso del jefe, dado en Tartagal, pero Sabella no se conformó. Hizo detener a Sierra y lo interrogó al día siguiente. El ex cocinero precisó entonces que había viajado en la chata que mandaba el cabo Paz.

Entonces, Sabella lo dejó ir, a la vez que ordenaba aplicar 15 días de arresto al cabo. Era una de esas típicas sanciones que los oficiales ordenancistas solían disponer al compás de sus caprichos. Tal vez estaba cansado por el viaje y por el calor. Pero no sospechaba que así había empezado a diseñar los elementos que culminarían en tragedia. Era el martes 1º de enero de 1935.

Tiros en el comedor

El cabo Paz tenía 28 años. Era santiagueño y muy popular entre la gente, por su actuación como jugador de fútbol en el Atlético Santiago. El arresto que le imponía Sabella dañaba su carrera. Lo iba a postergar en el ascenso, y justo cuando tenía pensado casarse con su novia Zoila Ledesma, que era oriunda de La Banda.

Entonces, resolvió pedir que la sanción se reconsiderase. Trató dos veces de entrevistar al mayor, pero Sabella se negó a recibirlo. Ya bastante fastidiado, inició un tercer intento. A la hora del almuerzo, el miércoles 2, caminó hasta el Casino de Oficiales y se hizo anunciar por un conscripto. Con voz tan fuerte que el cabo la oyó desde afuera, Sabella, de mal humor, ordenó al teniente Damundio que hiciera retirar al cabo y que lo arrestara.

Entonces, ocurrió lo que nadie hubiera imaginado. El cabo Paz irrumpió en el comedor, de un salto llegó hasta la mesa, extrajo un revólver y acertó seis tiros en el cuerpo del mayor Sabella. Mientras el oficial se desplomaba muerto, Paz salió corriendo, perseguido por Damundio y el subteniente Vera. Lo alcanzaron a las dos cuadras y lo arrastraron hasta el calabozo.

El Consejo de Guerra

Superada la estupefacción del momento -y mientras se tomaban medidas para velar el cadáver de Sabella-, empezó a moverse a toda velocidad el mecanismo del Código de Justicia Militar. Se constituyó un Consejo de Guerra Especial, presidido por el jefe de la V División de Ejército, coronel Eduardo López. El capitán Guillermo Amestegui levantó el sumario, con testimonios de todos los presentes en el comedor.

El tribunal deliberó varias horas, el 3 y el 4 de enero. En las dos declaraciones que prestó ante sus miembros, el cabo Paz narró con calma el incidente. Dijo que la negativa de Sabella a recibirlo "me puso fuera de mí: extraje un revólver que llevaba en el bolsillo y de dos saltos penetré en el comedor, disparando el arma". En ese momento, apuntó, "no tuve la impresión de haberle ocasionado la muerte. Después, tiré el revólver y corrí, hasta que fui detenido".

Pena de muerte

El capitán Máximo Garro, nombrado defensor de Paz, se empleó a fondo. Pintó al cabo como hombre temperamental, pero buen soldado y buen compañero. Alegó que había obrado bajo una gran presión, que estaba enfermo de sífilis y que, después de todo, cargaba los antecedentes de un padre alcohólico. En ese momento, Paz lo interrumpió. "No es verdad", dijo. Garro quedó descolocado y pidió un receso para hablar con su defendido. "No hay nada que aclarar. Mi padre era un hombre completamente normal y decente", reiteró el acusado.

Oídas todas las exposiciones, el Consejo de Guerra pasó a deliberar. Su fallo fue condenar a Paz a la pena de muerte, de acuerdo a lo dispuesto por el Código de Justicia Militar. El defensor Garro apeló entonces a Buenos Aires, ante el Consejo Supremo de Guerra y Marina. El máximo organismo, presidido por el general Emilio Sartori, confirmó la sentencia el día 6.

Santiago en convulsión

Pero, a esa altura, el suceso ya superaba la condición inicial de hecho de sangre en un cuartel. Había conmocionado íntegramente a Santiago del Estero, en todas sus franjas sociales. Así lo reflejaba la prensa.

LA GACETA destinó al episodio una amplísima cobertura, con grandes titulares en la primera página y abundancia tanto de información como de reportajes y notas "de color".

Desde Buenos Aires, el diario Crítica destacó un enviado especial, Roberto Cejas Arias. Muchos años después, en Todo es historia, Fernando Quesada narraría todo en su artículo 1935: fusilamiento en Santiago del Estero.

El pueblo se solidarizaba sin vacilar con el cabo Paz. Les despertaba simpatía por santiagueño, por deportista y por buena persona: se decía que, cuando administraba el rancho de la tropa, se las arreglaba para repartir el sobrante de comida entre la gente pobre que se acercaba al cuartel.

El juicio de la gente se alimentaba también de rumores. Decían que Sabella se obstinaba en perseguir a Paz, a quien había aplicado arrestos por nimiedades, en ocasiones anteriores. Y hasta se susurraba la existencia de otros motivos personales, vinculados con mujeres, como trasfondo de esa antipatía del mayor. Además, ¿cómo era posible que se aplicaran penas de muerte todavía?

El "cúmplase" de Justo

Empezaron a organizarse manifestaciones, cada vez más nutridas, a las puertas del cuartel del regimiento. Mujeres con niños en brazos se agolparon frente a la Casa de Gobierno: el gobernador, Juan Bautista "El gaucho" Castro, debió salir al balcón y prometer que enviaría un pedido de clemencia por telegrama.

Además, la Cámara de Diputados, el Concejo Deliberante, el Colegio de Abogados y cantidad de agrupaciones gremiales y culturales remitían notas a Buenos Aires con idéntico requerimiento. Un franco clima de agitación imperaba y crecía en la ciudad.

Obviamente, el hecho de que un suboficial matara a balazos a un oficial, resultaba intolerable para el Ejército: no sancionarlo con la máxima pena, trastornaba de raíz su sistema ancestral de jerarquías. Así, era previsible que el presidente de la República, general Agustín P. Justo, no titubeara en poner el "cúmplase" al pie de la sentencia de muerte, cosa que hizo el 8 de enero.

El fusilamiento

El cabo Paz se había negado a solicitar clemencia. Recibió la noticia fatal con tranquilidad. Escribió cartas, se despidió de la novia y de los familiares, presenció el bautismo de un sobrino en su celda. Fueron escenas cuyo patetismo los periodistas cuidaron de reflejar hasta los extremos. El día fijado para la ejecución, el comercio cerró sus puertas. Toda la actividad de Santiago se centraba en los grupos compactos que vociferaban, blandían letreros o rezaban en las inmediaciones del cuartel. Soldados con fusiles se habían distribuido en posiciones estratégicas.

A las dos y cinco minutos de la tarde del 9 de enero de 1935, el cabo Luis Leonidas Paz fue fusilado por un pelotón de ocho soldados en el patio de maniobras del regimiento. Correspondió al sargento Medina dispararle en la cabeza el tiro de gracia.

Impresionante protesta

El estampido de las descargas fue una señal que desencadenó la impresionante protesta popular.

La multitud recorrió enfurecida las calles, destrozó vidrieras de los comercios, apedreó el local del diario El Liberal, del Obispado, de la Casa Radical, entre otros desmanes que la Policía logró controlar no sin gran esfuerzo. Fueron detenidos los abogados Manuel Fernández y Ruperto Peralta Figueroa, como cabecillas de la protesta. Pero otra inmensa manifestación popular, que prácticamente sitió la Casa de Gobierno el día 12, obligó a liberarlos.

LA GACETA publicó, en facsímil y en primera página, la última carta de Paz. "Muero sin rencor para nadie", decía, y daba gracias a Dios por el auxilio espiritual de los capellanes. "Doy gracias también a todos cuantos se han interesado por mí y que no pude darles el último adiós en vivo, y pido a Dios por mi queridísima hermana y familia, a quien Dios bendiga. ¡Viva la Patria¡¡Viva el Ejército!", terminaba.

Fuente: La Gaceta

jueves, 9 de enero de 2025

"¡Al pecho, muchachos!": A 90 años del fusilamiento del cabo Paz, un episodio que marcó la historia de la ciudad

¿Quién fue el cabo Luis Leónidas Paz y qué lo llevó a disparar contra el mayor Carlos Elvidio Sabella? Su ejecución desató una revuelta popular en las calles de Santiago del Estero.


El sol resplandecía aquella siesta del 9 de enero de 1935 cuando el cabo Luis Leónidas Paz fue fusilado luego de haber matado a balazos al mayor Carlos Elvidio Sabella. Hoy, a 90 años de ese día de ese verano tórrido y controversial, este hecho marcó a fuego esta tragedia cuyas heridas aún sangran en este Santiago del Estero del siglo XXI.

La condena del cabo Paz, un catamarqueño con un corazón santiagueño, se dio en tiempos en que un gobierno militar regía los destinos de Argentina desde el golpe militar de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen. El presidente en ese entonces era Agustín Pedro Justo (h). El gobernador de Santiago del Estero, era Juan B. Castro.

¿Quién era el cabo Luis Leónidas Paz y por qué mató a balazos al mayor Carlos Elvidio Sabella? Su condena a muerte, decidida por el entonces Consejo de Guerra, generó una revuelta popular en las calles de Santiago, con apedreo al edificio del Obispado, la Casa Radical, y locales comerciales, que la policía finalmente pudo controlar.

La conmoción fue por la decisión de fusilar al cabo Paz, un militar que gozaba de una inmensa aceptación entre sus pares. "Inútilmente se esperó la gracia presidencial", titulaba en ese entonces EL LIBERAL. Y, en otros apartados, destacaba: "A las 14.05 fue fusilado el cabo Paz" y "La muchedumbre exaltada cometió graves desmanes".

Otro de los títulos de EL LIBERAL fue: "Fue condenado la pena de muerte el cabo Luis L. Paz". Como lo afirmaría años después Alberto Tasso, historiador, destacó que la historia del cabo Paz es una "historia de las muchas que está guardada en el enorme y frondoso historial de acontecimientos de Santiago del Estero.

O, en palabras de Pedro Segundo Rojas Cuozzo, historiador de vivencias santiagueñas, el ajusticiamiento de Paz es una "tragedia que para Santiago del Estero dejó una herida que aún en el presente no cicatriza". La historia del joven militar que vivió en el barrio El Triángulo, en Santiago, comenzaba a escribirse y a interpretarse de varias maneras.

Las crónicas de la época destacaban que en un primer momento, Sabella fue presentado como víctima, pero apenas pasaron unos días y cuando aún el cabo esperaba para ser ejecutado, la opinión pública fue cambiando su percepción, hasta convertirlo casi en un héroe y luego, decididamente, en un mito.

En su momento, políticos, instituciones e incluso dentro de la institución militar se hicieron gestiones para requerir el perdón presidencial que nunca llegó. Una vez fallecido el cabo, fueron muchas las manifestaciones populares que contribuyeron a engrandecer su figura de ese joven de 28 años.

Qué hizo Paz para que lo fusilarán

La historia del cabo Paz es un hecho real que fue documentado en EL LIBERAL e investigado por el Dr. Néstor Luis Montezanti, quien publicó el libro La tragedia del Cabo Paz en 1999. En tanto, el historiador tucumano Carlos Páez de la Torre, en uno de sus artículos, narró cómo se generaron los hechos que desembocaron en la tragedia.

Con un título contundente, "La tragedia del cabo castigado y del oficial arrogante", Páez de la Torre relata que todo empezó con un hecho insignificante, en Tartagal. Acababan de terminar allí las maniobras del Regimiento 18 de Infantería, con asiento en Santiago del Estero. El jefe se hartó de las repetidas faltas del cocinero Julio Sierra: le dijo que quedaba despedido y que se volviera a Santiago con la tropa que regresaba.

El historiador relató que Sierra se subió a una de las chatas en que viajaban los soldados: le tocó la que era responsabilidad del cabo Luis Leónidas Paz. Llegados a Santiago, salía del cuartel rumbo a su casa, cuando lo interpeló el mayor Sabella, oficial de 42 años, jefe de uno de los batallones. "¿Quién lo autorizó a viajar con el regimiento?", preguntó. Sierra contestó que tenía permiso del jefe, dado en Tartagal, pero Sabella no se conformó. Hizo detener a Sierra y lo interrogó al día siguiente. El ex cocinero precisó entonces que había viajado en la chata que mandaba el cabo Paz, a quien Sabella ordenó su detención.

Paz, un joven popular

Paz gozaba de una enorme popularidad en Santiago, por su actuación como jugador de fútbol en el Atlético Santiago. El arresto que le impuso Sabella dañaba su carrera. Lo iba a postergar en el ascenso, y justo cuando tenía pensado casarse con su novia Zoila Ledesma, que era oriunda de La Banda.

Trató dos veces de entrevistar al mayor, pero Sabella se negó, pero Paz intentó nuevamente. A la hora del almuerzo, el miércoles 2 de enero de 1935, caminó hasta el Casino de Oficiales y se hizo anunciar por un conscripto. Sabella, de mal humor, ordenó al teniente Damundio que hiciera retirar al cabo y que lo arrestara.

El cabo Paz irrumpió en el comedor, de un salto llegó hasta la mesa, extrajo un revólver y acertó seis tiros en el cuerpo del mayor Sabella. Mientras el oficial se desplomaba muerto, Paz salió corriendo, perseguido por Damundio y el subteniente Vera. Lo alcanzaron a las dos cuadras y lo arrastraron hasta el calabozo.

Al mismo tiempo que se velaba el cadáver de Sabella, se conformó un Consejo de Guerra Especial, a cuyo frente estuvo el jefe de la División de Ejército, coronel Eduardo López. A su vez, el capitán Guillermo Amestegui levantó el sumario, con testimonios de todos los presentes en el comedor.

El tribunal deliberó varias horas, el 3 y el 4 de enero. En las dos declaraciones que prestó ante sus miembros, el cabo Paz contó el incidente. Dijo que la negativa de Sabella a recibirlo "me puso fuera de mí: extraje un revólver que llevaba en el bolsillo y de dos saltos penetré en el comedor, disparando el arma". En ese momento, apuntó, "no tuve la impresión de haberle ocasionado la muerte. Después, tiré el revólver y corrí, hasta que fui detenido".

El capitán Máximo Garro, nombrado defensor de Paz, dijo que el cabo era un hombre temperamental, pero buen soldado y buen compañero. Dijo que había obrado bajo una gran presión, que estaba enfermo de sífilis y quecargaba los antecedentes de un padre alcohólico. En ese momento, Paz lo interrumpió. "No es verdad", dijo. Garro quedó descolocado y pidió un receso para hablar con su defendido. "No hay nada que aclarar. Mi padre era un hombre completamente normal y decente", reiteró el acusado.

Oídas todas las exposiciones, el Consejo de Guerra pasó a deliberar. Su fallo fue condenar a Paz a la pena de muerte, de acuerdo con lo dispuesto por el Código de Justicia Militar. El defensor Garro apeló entonces a Buenos Aires, ante el Consejo Supremo de Guerra y Marina. El máximo organismo, presidido por el general Emilio Sartori, confirmó la sentencia el día 6. Y el fusilamiento fue el 9 de enero de 1935.

Conmoción en Santiago

Desde Buenos Aires, el diario Crítica destacó un enviado especial, Roberto Cejas Arias. Muchos años después, en Todo es historia, Fernando Quesada narraría todo en su artículo 1935: fusilamiento en Santiago del Estero.

El pueblo santiagueño se solidarizó con el cabo Paz. El ser santiagueño, deportista, buena persona y solidario fueron condiciones más que suficientes para apoyarlo. Contaban que, cuando administraba el rancho de la tropa, se las arreglaba para repartir el sobrante de comida entre la gente pobre que se acercaba al cuartel.

El juicio de la gente se alimentaba también de rumores. Decían que Sabella se obstinaba en perseguir a Paz, a quien había aplicado arrestos por pequeñeces, en ocasiones anteriores. Y hasta se susurraba la existencia de otros motivos personales, vinculados con mujeres, como trasfondo de esa antipatía del mayor. Además, ¿cómo era posible que se aplicaran penas de muerte todavía?

Empezaron a organizarse manifestaciones, cada vez más nutridas, a las puertas del cuartel del regimiento. Mujeres con niños en brazos se agolparon frente a la Casa de Gobierno: el gobernador, Juan Bautista "El gaucho" Castro, debió salir al balcón y prometer que enviaría un pedido de clemencia por telegrama.

A pesar de todas las gestiones realizadas para evitar la muerte de Paz, el presidente de la República, general Agustín P. Justo, no le tembló la mano para firmar la sentencia de Paz con el "cúmplase" al pie de la sentencia de muerte, cosa que hizo el 9 de enero.

No quería clemencia: el fusilamiento

El cabo Paz se había negado a solicitar clemencia. Recibió la noticia fatal con tranquilidad. Escribió cartas, se despidió de la novia y de los familiares, presenció el bautismo de un sobrino en su celda. 

El día fijado para la ejecución, el comercio cerró sus puertas. Toda la actividad de Santiago se centraba en los grupos compactos que vociferaban, blandían letreros o rezaban en las inmediaciones del cuartel. 

A las dos y cinco minutos de la tarde del 9 de enero de 1935, el cabo Luis Leónidas Paz fue fusilado por un pelotón de ocho soldados en el patio de maniobras del regimiento. Correspondió al sargento Medina dispararle en la cabeza el tiro de gracia.

Entonces, una multitudinaria cantidad de gente recorrió las calles de Santiago para apedrear edificios como el Obispado, la Casa Radical y destrozar las vidrieras de los comercios que la policía pudo contener.

Tres cartas

Las crónicas de época destacaron que Paz escribió tres cartas las cuales fueron recibidas por EL LIBERAL que las publicó en exclusiva. Una iba dirigida a sus camaradas donde expresaba "Viva la patria. Adiós camaradas". Otra para el pueblo en la que agradecía "todo lo que han hecho por mí". Y la tercera a su hermana: "vos sabés cuanto te he querido y quiero hasta el último momento de mi vida" y "cuídate mucho y preocúpate de tu salud para que vivas muchos años".

"¡Al pecho muchachos!"

En la ardida siesta santiagueña, tanto por el clima como por las revueltas populares que pedían clemencia para Paz, un pelotón de fusilamiento se formó frente a Paz, que se negó a que le vendaran los ojos y sólo pidió al oficial que dirigía la ejecución que le abriera la chaqueta para facilitar el blanco a sus ejecutores.

Se leyó la sentencia y el cabo Paz se paró del banquillo y con voz en cuello gritó al pelotón: "¡Al pecho muchachos!" Y exclamó" ¡Viva Dios y mi Patria!".

"El fusilamiento del cabo Paz", un documental imprescindible que ilumina la trama de una historia oscura

"El fusilamiento del cabo Paz" es el único registro audiovisual ficcionado que refleja, con actores y técnicos de Santiago del Estero, la tragedia que, como bien dice Alberto Tasso, relator de la historia del filme, "a través del arte el mito se consolida en el pueblo y le asegura perduralidad". Hacía referencia al Aire de chaya "Le llaman el cabo Paz", compuesto por Marcelo Ferreira y su esposa Elba Jugo en 1974 y que es con el que cierra esta película con la interpretación de Las Voces Bandeñas.

Dirigido por el cineasta Víctor Pérez, con el acompañamiento del entonces grupo Santiago del Video, este proyecto audiovisual ganó el concurso "Nosotros" (unitarios documentales) por Santiago del Estero en el marco del Plan Operativo de Fomento y Promoción de Contenidos Audiovisuales Digitales para la Televisión Digital Argentina.

Con guión de Enrique Landsman, el filme se centra en Luis Leónidas Paz, un joven de 28 años, perteneciente al Regimiento 18 de Infantería, que fuera condenado a muerte por haber asesinado a su superior, el mayor Carlos Elvidio Sabella.

Para Pérez, la historia del Cabo Paz "es interesante y era digna de ser contada. La historia pedía ser contada".La historia del cabo Luis Leónidas Paz es un hecho real que fue documentado en EL LIBERAL e investigado por el Dr. Néstor Luis Montezanti, quien publicó el libro "La tragedia del Cabo Paz en 1999". 

A 15 años de haber realizado este documental, Pérez, convocado por EL LIBERAL contó cómo nació la idea de llevar a la ficción la "jugosa" historia del suboficial que asesinó de dos balazos a un oficial y superior suyo en la ardida siesta de enero de 1935.

"Se dio por una charla casual que tuvimos con el queridísimo Alberto Tasso a quien le comenté las ganas mías de hablar y de contar hechos de la historia nuestra, de Santiago del Estero que por ahí se habían olvidado o que no estaban tan presentes", evocó Pérez.

Añadió: "Él me sugirió algunos temas y entre ellos estaba el del fusilamiento del cabo Paz que ni bien me lo contó quedé prendado por la historia que le veía mucho potencial, ribetes melodramáticos. Era una muy jugosa la historia como para empezar a desgranarla y contarla".

Con Enrique Landsman en el guión y Carlos Díaz Brandán en la producción, comenzaron a darle forma a este documental que es único en el país sobre un hecho del que aún se habla. Era el año 2010 cuando Pérez ganó un concurso del Incaa y por ello obtuvo la suma de 65 mil pesos.

Archivos de EL LIBERAL

Durante todo el 2010 se enfocaron en la realización, principalmente en lo que se refería al acopio del material bibliográfico disponible. En ese sentido, Perez destacó que recurrió al diario EL LIBERAL y el Archivo General de la Nación.

"Tanto del diario EL LIBERAL como del Archivo General de la Nación fueron muy generosos y nos cedieron los archivos que necesitábamos en esos momentos. Ese material nos sirvió para redondear todo lo que fue el guion", valoró Pérez.

El documental contó con la participación de actores, técnicos y productores de Santiago del Estero y un trabajo en el que participó el entonces grupo "Santiago del Video".

Sergio Chazarreta se puso en la piel de Luis Leónidas Paz y Rafael Acosta en la de Carlos Elvidio Sabella.

Para la recreación fidedigna, especialmente, alquilaron trajes militares de época. Para esto tuvieron que contactarse con casas proveedoras de vestuario en Buenos Aires. 

La mayor parte del documental fue rodado en lo que hoy es el predio de Gendarmería Nacional en Santiago. Pérez agradeció a las autoridades de entonces por el apoyo.

"La gente que contactamos para que nos den una mano, realmente, se portó muy bien, desinteresadamente. Fue una experiencia muy linda", remarcó.

Pérez destacó la predisposición de los familiares del cabo Paz, desde donde también recibieron material que utilizaron en la realización audiovisual.

El cineasta destacó: "El documental fue muy bien recibido. Nosotros quedamos muy conformes con el trabajo final. Es un proyecto logrado".

Fuente: El Liberal