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lunes, 23 de febrero de 2026

Las noches de Islas y los servicios de un mozo singular

 (Para mis amigos los Lechuga Navascues)



Para los que fuimos "jóvenes estudiantes", el camino que nacía en el conocimiento, en los libros de la noche, pasando después por una tira dorada con papas fritas en la esquina de Islas, terminaba siempre en una dicha.

Siguiendo la premisa de que el sabor de la comida depende, no tanto de los ingredientes ni de los condimentos ni de la preparación, sino

de la personalidad del que entrega el alimento, la tira de asado de Islas fue única en el tiempo aquel en que la servía Tucho Méndez.

Ubicado frente a la esquina de Gimnasia B.B.C., en la calle Garibaldi y Congreso, Islas reunía en noches interminables a compañeros y amigos. Cuando cerró sus puertas murieron con él los servicios de un mozo muy singular: Tucho Méndez, mozo y comensal que iba atendiendo las mesas dejando en cada una un vaso para él, así tomaba con todos los presentes. Si una pareja se colocaba en un rincón, Tucho traía tres vasos, entonces ya no eran dos, una tercera persona ocuparía el lugar del fantasma, de la tercera persona del deseo o simplemente de Tucho, el cartonazo de la cabeza color naranja, teñido con un preparado que le sacaba a la hermana. Era la hospitalidad santiagueña elevada hasta los grados límites.

Recuerdo su aspecto tan particular; zapatos mocasines tan gastados que parecían "chatitas", pelo color medio naranja peinado con Brancato o Ricibrill, pantalones "tiro corto" como Cantinflas pero de otro color.

"No me jodas", decía, "sino de un cabezazo te voy a voltear toda la mugre", como si la cara de uno fuera un guardabarros, como si el cuerpo de uno fuera una chapa herrumbrada que junta el barro del tiempo y de las veredas. Tucho hablaba con tonada porteña de arrabal, jugaba a ser porteño. Popularizó términos como "salame", "cartón", "cartonazo", "tigre", "profeta". Autor del tango "La Pucha Pucha" que dice así: "Las doce de la cheno, qué harán los chochamus, estarán en el feca, jugando al yarbí, o estarán colados, en un casamiento, qué solo me siento, la pucha pucha pucha".

(¿Cuánto ganas aquí Tucho?, 3.500 fuera de los descuidos...)

Algunos tirados a ilustrados solían decirle Tucho Menéndez y Pidal. Su espíritu siempre estaba alegre, su humor se cuenta como uno de los más hermosos de este siglo.

Cuando por primera y única vez en la vida Tony Curtis recaló por unas horas en Santiago del Estero para ir a filmar Taras Bulba en la provincia de Salta, allá por los 60, estaba desayunando en la Confitería Ideal, Tucho lo ve y se le acerca, le dice "qué hacés cartón", con una familiaridad que hizo temblar la taza del norte americano.

"Dejame que te haga una breve sinosis", solía decir haciéndose el difícil.

Qué cosa, aterrizar en la noche alta en Islas para rematar era como una consigna, una toma de maravillosa inconsciencia que nos juntaba con amigos.

Boliche de los Navascues, lugar fuerte que perdura en nuestra memoria. Tiras como alpargatas del ocho. Libros, mucha ternura, la risa de Tucho Méndez, el vino que sellaba de infinito los besos que habían quedado suspendidos en los labios casi hasta el amanecer.

Una carcajada, un vaso vacío, otra carcajada en un vaso vacío, y otra más, y otra más.

Eso es todo, una carcajada en un vaso vacío. La ausencia.

El Zoco de la Buri Buri

Jorge Rosenberg

miércoles, 1 de octubre de 2025

La emoción incomparable de picar en el Petit

La memoria es un murciélago que golpea contra un vidrio, lo golpea y lo hace pedazos.

 

Cine Petit Palais, fachada original. Captura de facebook

La memoria es un murciélago del cine Petit. "Picar" de dos o de tres, hacer en la vereda del Ollantay la vaquita para sobornar al portero, entonces, era todo lo que me pasaba. Changos... vam picar, el gordito nos recibe la guita y no nos dábamos cuenta de que así estábamos jugando con uno de los principales soportes en que se apoya el fracaso del sistema económico liberal capitalista: el Homo sapiens. Para picar era poco importante saber qué película daban, lo importante era el hecho mismo de picar, de burlar, de darse el gusto, por joder nomás (además de no tener suficiente mosca en el bolsillo). Cómo no voy a recordar en esta noche a ese señor que se llamaba Tucho Méndez, que en el Petit era quien muchas veces nos recibía la platita (como una boletería paralela en la vereda), que luego iba a parar a las manos del portero a cambio de una comisión y un hacer la vista gorda para dos o tres de nosotros. El famoso portero que cortaba los boletos, que miraba para otro lado, el famoso Mariano que supo decir: "Bueno, muchachos, esta no- che va a estar medio jodida la cosa, estoy vigilado por el administrador y la boletera, así que entren reculando así creen que están saliendo...".

Pero Tucho Méndez era el que obraba de intermediario entre la aventura y el fin de la aventura, entre la luz y la oscuridad. Me cuenta mi hermano Carlos Manuel Fernández Loza, que una matiné le entregó algo de guita a Tucho, pero poco, entonces Tucho le había dicho... "Vamos varón, sete un poco más negligente", esta anécdota aún me hace reír y mucho. Digamos que el cine Petit Palais vino del cielo y cavó sus cimientos frente a la plaza Libertad, cuando la plaza Libertad era un laberinto de ripio y sortilegio, y había una fuente que era una sombra a cuyo alrededor se sentaban las muchachas en flor. El techo del cine parecía una enorme tableta de chocolate Marroc, qué rico era el techo, qué placer sentarse en el piso de arriba y abrir una de las ventanitas de lata para ver las luces de las calles, lejos del mundo, lejos de la casa, lejos de la orfandad. El telón con los carteles de propaganda, en silencio, hablando despacito antes de que se apaguen las luces.... ¿Dónde dice 24 de Septiembre? ¿Dónde dice ropa de calidad?, en voz muy baja, jugando despacito por razones de urbanidad. ¿Dónde dice Calzados Ideal? ¿Dónde dice Casa América? ¿Dónde dice Casa Venier? Ya levantado el telón, en la oscuridad nos quedábamos sin rostro y comenzaba la otra emoción, la de los besos, los primeros cigarrillos, el inolvidable olor a talco Palmolive en su piel, la maravilla sin igual de aquellos encuentros, el gran comienzo del amor.

Algunos amigos de aquel tiempo mantuvieron hasta ya grandecitos la costumbre de "picar", creo que ya convertida en vicio; el negro Wayenberg, por ejemplo, compró su primera entrada pagando su justo precio en boletería cuando ya tenía cerca de treinta años. Por entonces en el diario La Hora, en la parte de los cines, había aparecido: "Cine Petit Palais, mayores seis pesos, menores cuatro, Mariano dos".

"Picar" no deberá confundirse con "filtrar", picando se algo, tal vez lo mínimo, filtrarse era como convertirse en fantasma, invisible para el portero y el boletero, invisible para Dios, y así entrar al cine en la total clandestinidad. Digo que la película que daban importaba poco, solo el sin saber del porqué de la aventura, el caballo blanco parado en dos patas de las Noticias Argentinas, el maní japonés eran sí elementos sustanciales de aquella felicidad.

Hubo un tiempo en que pensaba que, en un intervalo del Petit, fumando un cigarrillo, un día me encontraría la muerte; cuando hace unos años lo cerraron por refacciones dejé en suspenso lo fantástico de mi perniciosa imaginación.

Desde que hace poco lo clausuraron para siempre, me he convertido entre mis contemporáneos en un sospechoso de eternidad.

Fuente: Jorge Rosenberg - El Zoco de la Buri Buri

miércoles, 13 de agosto de 2025

Un cuento perfecto

  Jorge Rosenberg - El Zoco de la Buri Buri

 


 

"Lo que es, es, lo que no es, no es". Esta sentencia la escuché siendo yo muy niño de boca de una santiagueña del campo que había venido a trabajar a la ciudad, y desde entonces ha quedado grabada en mi mente como el ejemplo más fiel de la validez de la lógica aristotélica. Aunque parezca descolgado, esto tiene intima relación con lo sucedido en ocasión de que andaba yo caminando por las calles de tierra del barrio Tarapaya, abordando, con otras compañeras municipales, una investigación social acerca de la memoria colectiva de dicho barrio, para decirlo más simplemente, una investigación de la historia del barrio. Tarapaya, desde sus primeros habitantes; un trabajo que yo andaba haciendo con la Negra Achával antes de que me echaran de la Municipalidad por haber considerado mis superiores jerárquicos del rubro cultura (aunque parezca mentira, la cultura es considerada muchas veces como un rubro más) que yo padecía de alucinaciones fuertemente impolíticas, de que mezclaba los síntomas objetivos con los síntomas subjetivos. Y así, una mañana de verano, andando por esas calles de tierra junto con la Negra, qué no que alcanzo a distinguir debajo de la sombra de una planta de paraíso, sentado muy panchamente en el patio de su casa, al señor Carlos Saavedra, muy a sus anchas, estirado en su lugar en el mundo. "Es un informante clave", le digo a la Negra.

Inmediatamente pedimos permiso y nos hacen pasar. La mañana era clara y soplaba un vientito lindo y aromático. Al ratito aparece Adela, su compañera, y empezó a enlazarnos con palabras en perfecto silencio, cebando mate con amor, iba y venía mientras nos entregaba el mate con cadencias de zamba. "Mirá chango", me dice Carlos Saavedra, ¿adónde vas a sentir esta tranquilidad?, si hasta se puede escuchar el silencio ¿qué no?...

Uno que ha vivido y ha andado por tantos lugares del mundo, no hay lugar como este, acota el gran bailarín, y se empezó a acordar del tiempo cuando vivía en Miami, en épocas de sus giras artísticas, y nos cuenta que estaba viviendo en una torre de departamentos, en el piso cuarenta, y que de golpe le había agarrado claustro- fobia y que ahí nomás había hecho las valijas y se había vuelto rajando a Santiago. Y resulta que dice que en una de esas giras artísticas había visitado el lugar donde en la antigüedad estaba una de las siete maravillas del mundo,

Los Jardines Colgantes de Babilonia, por la región de donde era Asiria, para esas partes. Mientras tanto, Adela proseguía brindándose otra ronda de mates danzantes. La mañana se iba agrandando entre colores, aromas y palabras. De pronto se nos acerca un perro regular y medio bayo y Carlos le ordena: "Dao, salí de ahí". "¿Y por qué le dice Dao?", le pregunto. Y porque me lo han dao, me responde Carlos. "Oye, me dice el susodicho, vos que has escrito varias anécdotas de Dido Silvetti en ese Zoco de la Buri que escribes, yo te voy a contar una que seguro que no la conoces. Esto ha sucedido en el ring de Estudiantes Unidos, en la pelea de fondo se enfrentaba Dido Silvetti con un porteño fisiculturista, inmenso el tipo, y rubio para colmo, para colmo rubio, con un cuerpo descomunal. Y en el momento que este sube al ring, saluda al público y se saca la bata que lo cubría, entonces todo el estadio estalla en una ruidosa exclamación. Mientras tanto al famoso Dido lo estaba masajeando don Dámaso en la camilla del camarín, refregándolo con aceite verde. ¿Y por qué grita tanto el público?, le pregunta Dido a don Dámaso. Éste duda un cachito y le responde: "es porque han anunciado tu nombre por los parlantes", Dido, quedate tranquilo que este gringo es pan comido, papita pa'l loro para vos, dice que le había dicho don Dámaso para tranquilizarlo. Ya alistado, nuestro crédito santiagueño va caminando hacia el ring a ubicarse en el correspondiente rincón; ya en su rincón, gira la cabeza para conocer a su rival y con un gesto de asombro y horror exclama ¿y ése?... Empieza nomás el primer round, el porteño grandote en una arrimada le dice en voz baja: "Si me aguantás hasta el tercero te doy ciento cincuenta", al ratito y casi sin querer le sale un zapallazo a Dido y le da en la jeta del rival, por supuesto inmediatamente vino la respuesta y con dos o tres piñas lo manda a la lona a Dido que termina antarca (18) junto a su rincón, entreabre un ojo y le dice a su manager: "Tirá la toalla, tirá la toalla rápido". "No i tráido", le contesta el susodicho. "Entonces pedile al otro, pedile al manager del porteño, que te la preste". Acto seguido, desde el rincón del porteño vuela una toalla prestada y gana Dido Silvetti por abandono.

Lo que es para mí un cuento perfecto es lo que he intentado, con ayuda de la memoria, transcribir en palabras lo relatado por Carlos Saavedra bajo la sombra del patio de su casa, entre los dulces mates de Adela. Pero nada como el haber tenido el placer de escuchar este cuento perfecto de boca propia del maravilloso, bailarín santiagueño, entre los ruidos del silencio en Tarapaya, ahí donde vive su casa.

18 Del quechua. Antarka. adv. Boca arriba, acostado de espaldas, decúbito supino. Antarka wañusa kara 'había muerto boca arriba'. En Albarracín, Lelia Inés. Op. cit., p. 62.

viernes, 6 de diciembre de 2024

El Zóco de Bertolt Brecht

Jorge Rosenberg 


Primero se llevaron a los que habían robado bocaditos en Bonafide pero yo no me preocupé porque nunca he robado un bocadito de Bonafide. 

Después se llevaron a los que se rajaron sin pagar en el Rincón de los Artistas, pero yo no me preocupé porque a Don Pedro Evaristo Díaz no le debo ni un peso. 

Después vinieron los que sabían ir a La Paloma sin abonar la tarifa del coche de plaza, pero yo no me preocupé porque entonces era muy chico. 

Después vinieron los que habían sido socios del Inti Club, pero yo no me preocupé porque he sido siempre socio de Estudiantes Unidos BBC. 

Después se llevaron a los políticos corruptos, pero yo no me preocupé porque ni siquiera sé que es eso. 

Después vinieron los que comen la empanada con la pasa de uva adentro, pero yo no me preocupé porque yo las saco y las tínquio. 

Después vinieron por todos aquellos que se habían ido sin pagar alguna noche la sangría en El Kakuy y ahí me he empezado a preocupar un poco porque más de una vez me había hecho humo con los changos. 

Después vinieron por los que sabían vender el diario La Hora viejo por las noches aprovechando cuando había corte de luz y también me he preocupado un poco porque eso también sabíamos hacer. 

Después se llevaron a aquellos que a los pasteles le dicen empanadas, pero yo no me preocupé porque soy bien santiagueño y sé nombrar las cosas por su nombre. 

Es tarde ya, están golpeando a mi puerta. Yo la abro despacito y con mi mano derecha hago un ademán en mi cogote y les digo: Zóco de la buri buri, pan con suri, medias Nuri, comida de Atterburi y buchi con sal. 


miércoles, 20 de noviembre de 2024

Leyenda del Parque de Grandes Espectáculos

 Por Jorge Rosenberg


Municipal y socialmente deleznable, la destrucción del Parque de Grandes Espectáculos resultó un atentado contra la salud física y mental de la población de Santiago del Estero.

Si uno se pone a pensar en términos organicistas, la plaza Libertad es el ombligo de la ciudad, y el maravillosos Parque de Espectáculos ha sido durante muchos años su corazón palpitante. Ahora que los destructores de la salud pública yacen en el olvido, voy a intentar revivir aquello, impulsado por el aroma de sanitarias y jazmines que traen de regreso en el plumaje por los pájaros del parque.

Situado en el mismísimo centro del parque Aguirre, obra irreemplazable de Guillermo Renzi, cercado por una tapia blanquecina, el Parque de Grandes Espectáculos oficiaba de Edén en la escatología de los bailarines santiagueños de la noche. Ya ubicados, queridos comprovincianos, no tenemos más remedio que ir a bailar, divisar una mujer entre aquellas sillas de lata, junto a sus padres y hermanos, llegar más cerca después de haber caminado como cincuenta metros para cruzar la pista y con un indefinible ademán invitarla a danzar, si no estaba sudada, claro, como le habían contestado a uno una vez. ¿Qué lujo, no?, o como aquella vez que me han contado que le había dicho un señor a una señorita “¿Bailamos?”, recostada muy displicente en el respaldo de la silla, estirando la pierna le había contestado. “Estoy comprometida bailar con ese otro”, señalándolo con la pata.

Yo miraba aquello con ojos de niño, no conocía el horror, no concebía el sonido de la palabra desesperanza. En aquel lugar no cabía la desesperanza, miraba con ojos de jabón Pinche que me daba la luna en una ciudad rampante, de gran escozor en su nuca, una ciudad con sangre de pájaro y que hacía escribir a algunos poetas con esa sangre en el blanco y negro de una hoja blanca de papel.

El Parque de Grandes Espectáculos tenía cien metros de largo y como cuarenta de ancho, tenía en sus laterales de afuera veinticuatro bancos como banco de mosaico combinado con mayólica de colores. Así como la ciudad de Amsterdam es un jardín de tulipanes, así como la inimaginable Saba era el país de las especies, aquellos costados de afuera del Parque de Espectáculos eran como me imagino debe haber sido un Edén. En esos costados escondíamos el amor para protegerlos de los malos tratos y de una sociedad limpia y pura que nos mandaba la policía, besos a hurtadilla, al esplendor de una mujer y un hombre en la cima de la vida. Los dos bancos de madera estaban en la entrada, mamita mía, aquella pieza vacía y sin techo de la parte de atrás de la confitería El Kakuy, justo al frente de la entrada, mamita mía, la policía no nos dejaba en paz, la policía siempre fue insistente en eso, por entonces uno no sabía si besaba los labios de una mujer o la jeta de un caballo, qué tiempos. La macana era que tampoco nos dejaban vender bombitas por arriba de la tapia en carnaval. No nos dejaban besar, no nos dejaban vender, realmente existe una generación de santiagueños que ha conocido varios horrores, no solamente uno.

Fragmento extraído del libro “Zoco I”, de Jorge Rosenberg


martes, 29 de octubre de 2024

La noche del Alma Mula en la calle Solís

 El Zoco de la Buri Buri


En un barcito que funcionaba junto a la joyería La Suiza, a comienzos de la década del setenta, Roberto Álvarez me dijo que el infortunio es múltiple y que la desgracia cunde sobre la tierra, multiforme.

La frase no era de él, parafraseaba a Edgar Allan Poe, la frase corresponde al comienzo de "Berenice", un cuento magistral. Dos décadas me han servido para comprobar la validez de las palabras del gran escritor de Baltimore.

Roberto vivía en la casa de los dos leones, la misma estaba ubicada en calle Libertad casi Belgrano, que la famosa modernidad se ocupó en destruir como a tantas otras; Roberto era dueño de una erudición fuera de lo normal de los mortales, solo que ella llegaba hasta la revolución de 1917, de ahí en adelante Roberto llenaba sus vacíos con paseos intelectuales que compartía con amigos en las calles de Santiago y en algunos barcitos, como el que acabo de mencionar.

Recuerdo con mucho cariño y respeto sus disertaciones metafisicas, sus largos silencios entrecortados, sus cigarrillos Particulares 30.

Sucedió que una noche de Pascuas, la ciudad estaba alborotada por lo que se decía era un Alma Mula que aparecía por las noches en las inmediaciones de las calles Solís y Aguirre hacía varios días, una noche atrás, una mujer había subido al ómnibus de Tala Pozo y en el preciso momento en que el conductor se disponía a darle el vuelto del boleto, ella desapareció, cundían comentarios de este tipo por todos lados. Cabras y ovejas de la zona habían aparecido descuartizadas y quemadas por dentro. los racionalistas atribuían el fenómeno a las andanzas de los perros hambrientos del lugar.

Un grupo de amigos, con el filósofo Roberto Álvarez a la cabeza, decidimos preparar para esa noche una investigación in situ. Organizamos un equipo interdisciplinario para la observancia del fenómeno; el mismo estuvo compuesto por un filósofo: Roberto Álvarez, un tecnócrata: Rafael Luna, y dos adelantados estudiantes de sociologia: el Negro Gramajo y yo. Nos trasladamos en un viejo Ford A; ya en el lugar se hallaban reunidas cientos de personas de distintos oficios, había profesionales, obreros, empleados públicos, etc. Se barajaban distintas soluciones para contrarrestar los efectos y accionar del engendro; hubo un intento de explicar a un grupo allí reunido la teoría del incesto, pero resultó en vano. Algunos decían: "Se necesita un cuchillo de plata para clavarle en el corazón, es el único antidoto", otro prefería una estaca de madera. Todo esto sin advertir que no nos encontrábamos en la campiña de Transilvania y que lo que se perseguía no era precisamente al hombre vampiro llamado Drácula, sino a una mezcla de perro y ser humano enfrente de Tala Pozo.

El filósofo inició la investigación golpeando sus manos en la puerta de un rancho que se encontraba a media luz; una adolescente salió a recibirlo: "Buenas noches señorita, ¿podría informarme si alguien de por aquí estudia demoniomania? asombrada y sin entender nada, la niña trató de explicar: "La Verdad es que un hombre que ha venido de Buenos Aires ha leído un libro que no tenía que leer, y al Alma Mula lo ha visto mi tío René, mitad perro y mitad hombre, cuando le ha tirao con la escopeta, el animal corriendo se ha separado en dos partes, después a lo lejos se han juntao las dos partes y ha seguido corriendo entero". Roberto, el filósofo, no terminaba de abrir sus ojos del asombro y respondió inmediatamente: ¡imposible, separación de sustancia!, el resto del equipo ya estaba arrodillado de risa, y fue la risa la causa del fracaso de la importante investigación.

Yo decía en el camino de regreso: "eso de andar amándose entre parientes es mala cosa, solo se ama lo que se desconoce, sobre todo aquí, en esta ciudad de amar y de temer".

En mis tardes de pensamiento suelo recordar siempre a Roberto, sobre todo aquella noche que huyó de Santiago por la puerta de atrás de la Legislatura después de su genial disertación sobre "Tibulo, su amigo Mesala, el porqué de la negativa de Tibulo de acompañar a su amigo al África y la importancia de la alegoría clásica hasta Baudelaire".

Lo corrió la gente con palos, ante la mirada impávida y sorprendida del doctor Coco Verdaguer.

Jorge Rosenberg