Un viaje
nostálgico a la región donde una élite tradicionalista, forjada en la endogamia
y la riqueza rural, se desvaneció tras el paso fugaz de un tren que trajo la
modernidad y el éxodo. Este es el relato de la agonía de San Pedro de Choya, el
testimonio de sus casas desiertas y la pervivencia de una memoria que se niega
a morir.
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| La Iglesia y la casona de huéspedes |
Hay
pueblos cuya historia no se mide en batallas ni en monumentos, sino en la forma
en que la luz cae sobre las paredes viejas. San Pedro de Choya, en el sudoeste
de Santiago del Estero, es uno de ellos. Hoy es un lugar en silencio, recostado
sobre las primeras lomas de la sierra de Güasayán.
Llegar
a Choya en una mañana de sol es entrar a un sitio detenido. Las calles anchas
mueren de a poco entre los árboles y la maleza. En medio de ese paisaje queda
en pie la casona de don Antonio Tula, con su fachada rosa y azul y sus columnas
gruesas. Don Antonio era un hombre a la antigua que se negó a irse cuando el
pueblo empezó a despoblarse. Su casa quedó ahí como el último testigo de lo que
Choya fue: un núcleo cerrado, orgulloso de su linaje y con reglas propias en
medio de la llanura santiagueña.
Las
primeras menciones documentales del lugar aparecen a principios del siglo XIX.
El testamento de doña Luisa de Quiroga, de 1804, ya fijaba los límites de la
zona: Albigasta al sur, La Calera al oeste, Simogasta al norte y el río al
este. Pero más allá de los mapas, lo particular de Choya era su estructura
social. El pueblo creció aislado y fuertemente endogámico. Cuatro apellidos
concentraban el poder y la tradición: Tula —descendientes del conquistador Tula
Cervín—, Agüero, Molina y Bazán.
Las
familias se cruzaban entre sí para conservar la propiedad y el apellido. Esa
endogamia dejó una marca clara en la identidad del lugar y dio paso a una
costumbre muy suya: una onomástica singular. En los registros del pueblo se
repiten nombres raros, casi olvidados: Eliosa, Elisiario, Divilda, Doralisa,
Adesinda, Mardoqueo, Metodio, Orosimán Gumer, Sila, Atendedor, Estratón,
Guillaburla, Genívera, Miserata, Odofio, Tarmenión, Deifila, Gozuinda,
Noiramanda, Duverlí, Consifisión o Azulina.
El
momento de mayor prosperidad llegó a fines del siglo XIX. San Pedro de Choya se
convirtió en el centro económico y social de parajes vecinos como Las Lomitas,
El Palomar, Santa Lucía y Bajo Hondo. En esa época se asentaron figuras de peso
local, como Juan Francisco Espeche, Félix Rosa Tolosa, Fermín Brizuela y
Crisanto Gómez, quien había sido gobernador de Catamarca entre 1868 y 1871
antes de retirarse a morir en Choya.
De
esa vida rural surgieron dos perfiles muy marcados:
- El
hacendado: Un terrateniente distante de la figura del gaucho tradicional.
No usaba bota ni chiripá, ni se dedicaba a las tareas artesanales.
Prefería el uso del revólver, la ostentación y el juego, manteniendo
siempre un trato distante y dominante.
- La
matrona: La mujer que administraba la casa y la economía familiar con
disciplina rígida, religiosidad estricta y una presencia constante en la
organización de la vida doméstica.
Alrededor
de estas familias trabajaban peones, agregados y sirvientes. En el pueblo había
artesanos de la construcción como el maestro albañil Tomás Lobo, metalúrgicos
como el platero Juan Brandán, zapateros de oficio como Gaspar Páez, y
comerciantes como los Herrera, los Escobar y Eugenio Gómez. Las mujeres, por su
parte, alimentaban una industria textil casera famosa por sus telas de barracán
jaspeado para pantalones, sus mantas y sus colchas multicolores.
El
año se ordenaba alrededor de dos fechas: las fiestas de la Virgen del Rosario
en octubre y las de San Pedro en junio. Para esas fechas, la gente de los
puestos bajaba al pueblo. Las casonas se abrían, se vestían con alfombras y
cortinados traídos de afuera, y la gente bailaba valses, schottisch, polcas y
mazurcas con ropas de gala. En Carnaval la fiesta cambiaba de tono, con juegos
de agua florida, papel picado y serpentinas.
Pero
la prosperidad no duró. En 1868, la epidemia de cólera golpeó con fuerza. Las
partidas de defunción guardadas en la sacristía de la capilla registran la
muerte de vecinos tradicionales como Eladia Gómez y Pedro Ignacio Gómez. Años
después, en 1885, murió Crisanto Gómez. El pueblo perdió a sus referentes y la
actividad empezó a decaer.
Don
Antonio Tula fue uno de los pocos que mantuvo la rutina. Todas las mañanas se
arreglaba, caminaba hasta la estación cercana para atender sus asuntos en el
escritorio y volvía a su casa al final del día. Su casona mantuvo los muebles
oscuros, los techos altos sosteniendo tirantes de madera y los ambientes fríos,
resistiendo el paso del tiempo mientras el resto del pueblo se apagaba.
El
golpe definitivo no lo dio el clima ni la enfermedad, sino la llegada del
ferrocarril. Cuando se tendieron las vías, la línea esquivó el terreno elevado
del alto de Quiscaya y no pasó por San Pedro. Las estaciones se instalaron en
otros puntos y, alrededor del riel, nacieron nuevos asentamientos.
Atraídos
por la promesa del dinero rápido en la actividad forestal, muchos pobladores
vendieron sus tierras a bajo precio y se fueron a trabajar a los obrajes. La
estructura comunitaria que había resistido décadas se desarmó en pocos años.
Hoy,
el San Pedro viejo —fundado a tres o cuatro cuadras de la traza actual— es
apenas un conjunto de restos. La plaza que hizo construir Deolinda Gómez de
Tula permanece vacía. De la iglesia reconstruida en 1870 ya no queda la torre;
sus campanas cuelgan de un tirante de madera y ya no suenan. En los patios
secos quedan paredes caídas, algarrobos y los broches de algún cactus sobre los
tapiales.
San
Pedro de Choya atravesó las guerras civiles, los avances de la frontera y las
epidemias del siglo XIX. Sobrevivió a su propia geografía, pero no a la marcha
del ferrocarril ni al cambio en la economía regional. Sin embargo, quienes aún
caminan por sus calles de tierra ocre guardan la memoria de lo que fue el
pueblo, con la simple convicción de que la historia de un lugar no se borra del
todo mientras alguien se quede a contarla.
