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viernes, 5 de junio de 2026

Murió Paulino, postal y olvido de las calles de Santiago

 



En el día de hoy murió Paulino a los 75 años. Se fue un eterno personaje de las calles céntricas de Santiago. Consuetudinario mendigo; nadie conoció dónde vivía, cuál era su nombre real, si comía o si tenía hijos. Creo que a la sociedad poco y nada le interesó su vida.

Perduró en el tiempo a pesar de que la vida le fue esquiva. No ofendía a nadie, ni aun cuando se le negaba una limosna. Él seguía deambulando: desaseado, flaco, de pelo duro, desdentado y con evidentes rasgos afro, una condición que también lo marginaba. Tampoco se supo si tuvo educación escolar; hace años, mendigaba junto a su madre.

Lo cierto es que pasaron los años y los gobiernos, y nadie se ocupó de mejorarle la vida a este y a otros personajes de la ciudad. Son postales urbanas, pero no pueden morir así, indigentes y postergados.

No es una exageración lo que relato. En el Nuevo Diario del 27 de julio de 2003 se contaba una anécdota suya en el desaparecido Trust Pastelero, que quedará grabada en la memoria de quienes la vivieron:

"Resulta que el muchacho que atendía la caja estaba muy entretenido mirando la televisión. Habían pedido un lomito y el mozo se lo dejó a un costado para que se fiche. En eso, Paulino, que volvía del baño, se dio cuenta y, como el cajero estaba abstraído, empezó a comerlo: primero un mordisco, después otro y por último se llevó el resto. Todos los muchachos que eran habitués del bar se dieron cuenta, pero no dijeron nada; se unieron en solidaridad y complicidad. Obviamente, cuando el mozo se avivó, fue raudamente a buscarlo a la vereda. Pero Paulino ya andaba por ahí, satisfecho y escabullido entre la gente. ¡Por fin carne!"

Miguel Brevetta Rodriguez escribió un poema "Paulino" y que Tomás Lescano en ritmo de chamamé, lo describe a la perfección y el que grabó interpretándolo por destacados artistas santiagueños:


viernes, 15 de mayo de 2026

Nachi, bailarín, músico y cantor de gran popularidad

 


Nachi Gómez, es por sí mismo una acentuada evocación de nuestro folklore bailable y musical. Es, sin disputa, el santiagueño que más intensamente lo ha vivido. Desde los días inmediatos postcoloniales, Nachi era ya un “chango” a quien arrastraba insensiblemente el baile y el canto popular. En una visión retrospectiva, fugaz y llena de color, nos refiera Nachi sus andanzas de cantor, de bailarín y de músico.

Tenía apenas –dice Nachi- 13 años cuando un hombre como de treinta me desafío a un “malambo”. Yo bailaba descalzo. No tenía zapatos. Así “chaquin ya talla” –con los pies al campo- dice en quichua, me presente. Le gane fácilmente. Sabía yo, muchas mudanzas y tenía las tabas livianas. Me dijeron que el hombre se enojó y que busco para azotarme.

El individuo era de Salavina y pronto se fue. Después de este hecho, mi crédito se agrando. Todos comenzaban a invitarme.

Por esos tiempos –dice haciendo una disgresión- el monte estaba metido todavía en la ciudad. Para llegar a estos lugares –donde hoy vive entre Colon y Pringles, sobre Güemes- al centro, o sea el cabildo, teníamos que ir por un camino de cabras haciendo a un lado los “ichines”, una planta regional sin espinas.

No había mucha gente –prosigue Nachi- que cantara o bailara bien nuestros bailes. Tenían entonces las reuniones, otro carácter. La gente bebía mucho. Los cantores tenían el orgullo cerril de no ser sitio a otros. Cuando se juntaban dos, se producía el reto. Venia la payada, esta seguía de desafíos a beber y cuando no había vencidos evidentes, esta disputa adquiría caracteres más feroces; salían de sus vainas los cuchillos y los hombres se trababan en terrible duelo. Era en los tiempos cosas de machos.

Usted –le decimos a Nachi- debe haber conocido mucha gente y muchos lugares.

Cierto, no había bailes ni fiestas que yo no conociera, en la provincia. Conozco casi todos los santos a los que se hace fiesta. Hombres de todas las categorías. Yo estuve en Rosario con el doctor Manuel Gorostiaga, gran santiagueño. Era ordenanza. Por ahí andando se me ocurrió un percance curioso. Yo no sabía leer. Trabe conocimiento con una “galleguita”. Me enamore y ella se prendió de mí. Y como la mujer enamorada hace milagros, ella me enseñó a leer y escribir. Y en cuanto aprendí, le perdí el amor. Dicen que el diablo también perdió su influencia en la tierra por meterse a enseñar.

Más tarde volví para mis pagos. Cometí otro error, si podemos decir así. Robe a la mujer que hoy es mi esposa y a los tiempos me case. No deje de bailar ni de cantar por eso. Esta era mi pasión más fuerte. Eso si no aprendí ni a beber ni a fumar. Solo tenía la debilidad de “zorriar”. Indica con esto que le cautivaban las faldas. Nachi era además, buen tabeador y los naipes en sus manos, se embrujaban para favorecerlo.

Nachi está hoy un poco viejo. Más de setenta años. Posee una memoria extraordinaria para todas estas cosas. Nos hubiera agradado consignar todo lo que nos ha dicho, pero el espacio, severo dictador, nos lo impide.

Nachi es además compositor. Escribió `piezas bailables. Tiene varias que han sido ya grabadas y se difunden en discos. Tiene otras en preparación.

De modo que es Ud. –decimos- quien más a agitado el folklore

-si, por que yo le he bailado, lo he cantado, lo he tocado y lo he vivido. Todavía lo vivo, aunque con menos intensidad, pero con igual fervor.

Fuente: “El Liberal, Numero del Cincuentenario 1898 - 1948”


jueves, 26 de marzo de 2026

Tula Gómez, el caballero de la Plaza Libertad

Con su elegante traje y una rosa en el ojal, Dr. Mario “Tula” Gómez era un personaje inolvidable del microcentro santiagueño. Todas las tardes, desde los cafés frente a la Plaza Libertad, saludaba cortésmente a quienes pasaban, dejando tras de sí una estela de anécdotas y leyendas urbanas.




La figura de Mario “Tula” Gómez emergía cada tarde bajo la sombra de los ficus y los faroles antiguos de la plaza. Alto, delgado y siempre impecable, Tula caminaba con paso altivo entre las mesas de los cafés. Saludaba a las damas con una sonrisa amable y un piropo respetuoso, un ritual tan habitual como la salida del sol. Dicen que su porte elegante y la rosa en el ojal dejaban una fragancia de época: la de un tiempo en que la cortesía era un arte casi perdido.

De la política a los cafés del centro

Detrás de aquel personaje galante se escondía un hombre de buen pasar económico y trayectoria pública. En el primer gobierno peronista, Mario Tula Gómez fue Presidente de la Cámara de Diputados de la provincia. Más tarde, dejó la función legislativa para dirigir el Registro del Automotor, que curiosamente instaló en su propia casa, en la calle 24 de Septiembre al 400. Aquellos que lo conocieron aseguran que, pese a su estatus social, Tula era tan cercano como cualquier vecino de barrio: lo veías subir a su coche gris después de despachar algún trámite, o tomarse un mate en la vereda mientras leía el periódico. Su elegancia no opacaba su humanidad; al contrario, era la cara amable de la burocracia cotidiana.

El ingenio del piropo

No faltan las historias donde su humor fue protagonista. Una anécdota célebre narra que mientras esperaba su turno en la oficina, el doctor Tula entretenía a dos ingenieros explicándoles las mejores maneras de conquistar a una chica. Uno de ellos interrumpió divertido: “No se moleste con tantas explicaciones… mi amigo el ingeniero Fulano es muy amante de su mujer, hombre de iglesia y sumamente correcto”. Ante esta afirmación, Tula los miró con picardía y soltó: “¿Y usted? –Yo, ¿yo? ¡Soy maricón! –respondió con sorna al encontrarse con esa anécdota publicada en el diario local. Este relato da cuenta de su ingenio y de cómo rompía moldes con un humor franco y desinhibido.\

De hombre real a leyenda popular

El encanto de Tula traspasó la realidad cuando la música popular santiagueña lo inmortalizó en un vals. Compuesto por Miguel Brevetta Rodríguez y Tomás Lescano e interpretado por Alberto “Lechuga” Gerez, el tema “Tula Gómez” retrata su imagen con versos poéticos:

Las vecinas lo han visto pasar / con su trajinar altivo al doctor / dejando la fragancia ancestral / de su palpitar, de su bella flor…

El vals prosigue evocando el sombrero al viento y la rosa de equipaje que siempre llevaba consigo, símbolos de un linaje modesto pero orgulloso. En él se escucha una voz nostálgica que señala: “Tula Gómez, ¿quién te vio por esas calles pasar?”. Así, la canción convierte al personaje en una “estampa” que vive para siempre en el paisaje urbano.

Legado y memoria de un personaje popular

Años después, la figura de Tula Gómez sigue viva en la memoria de Santiago del Estero. Para algunos fue simplemente un hombre amable y divertido; para otros, un símbolo de un pasado donde lo cotidiano se teñía de folclore. Más allá de la anécdota o el vals, su historia invita a reflexionar sobre aquellos personajes que dan color al día a día de la ciudad. El Dr. Tula nos recuerda que detrás de cada calle empedrada hay héroes anónimos con historias para contar: hombres que con un saludo cortés o un verso improvisado tejieron la narrativa de una época. Así, caminando por la Plaza Libertad, es fácil imaginar su figura elegante, saludando, piropeando y dejando para quienes quieren escucharlo un mensaje poético escrito en cada flor de su ojal.

Tula Gómez, símbolo de elegancia y picardía

Una rosa en el ojal, un sombrero al viento y un piropo bajo la manga: así recorría Santiago del Estero el inolvidable Dr. Mario “Tula” Gómez. En pocas líneas revive la imagen de este personaje legendario del microcentro santiagueño.

¿Quién no lo ha visto alguna vez pasear por la Plaza Libertad con su porte altivo? Tula Gómez, de sonrisa fácil y traje impecable, encarnaba un estilo propio en las tardes santiagueñas. Fue diputado provincial en el primer gobierno peronista y, después, director del Registro del Automotor —¡desde su propia casa! —, pero fueron sus piropos corteses y su humor los que conquistaron corazones. Se cuenta que, en una sala de espera, al hablar de amores, soltó con sorna: “¿Y yo? ¡Soy maricón!”, arrancando risas.

Su fama llegó incluso a la música: un vals folclórico lo inmortaliza cantando su altivo caminar con sombrero y rosa. Décadas más tarde, Mario “Tula” Gómez vive en la memoria popular como un caballero pícaro que convertía cada saludo en un verso. Así, bajo la luna santiagueña, su leyenda sigue andando por las veredas, tan viva como siempre.

 

domingo, 8 de marzo de 2026

Una vieja crónica nos permite conocer algo más al enorme “Coquito” Caceres


Por Roberto Vozza.

El conocer más cercanamente aspectos de la vida de aquel célebre “ juglar ” de las calles santiagueñas, “ Coquito ” Cáceres, resultó siempre un misterio pero que no dejó por ello de engrandecer aún más a quien se reconoce como un mito popular.

En estos días, repasando el enorme archivo personal de crónicas del folclore santiagueño que atesora un cultor de estas cosas como lo es Omar “ Sapo ” Estanciero , aparecieron algunas notas dedicadas a él. Son publicaciones de larga data pero que no aportan mucho para conocer en profundidad a quien fue un cantor popular con un sinnúmero de anécdotas graciosas que quedaron para la historia.

Sin embargo, en la entrevista que le hizo Sebastián López, destacado periodista de “ El Liberal ” de entonces, y que se publicó el 27 de junio de 1971, se rescata algo de la intimidad del inolvidable trovador.

El encuentro fue en aquella humilde morada que Cáceres habitó en la calle Caseros casi Alsina. “Un galpón de incompleto techo de chapa por donde se podía ver el cielo, donde Coquito, sentado en un catre destartalado, rasguea suavemente su vieja guitarra acompasando una chacarera que rebota en las paredes donde de un clavo cuelga una deshilachada camisa a cuadros”. Y describe el periodista: “una nota de color en el ambiente frío del piso de tierra recién barrido”.

La pregunta inicial fue cuándo nació.” Seis años antes del comienzo del siglo XX (1894), en octubre, cuando las flores revientan; Por eso estoy alegre. Mirando a otros aprendí a rasguear la guitarra para meterme por esos arrabales de ranchos de quincha y perros desatados y codearme con bohemios y doctores”, contesta.

Cuenta que en 1935 integró la orquesta “Blanco y Negro ” que componían, entre otros amigos de su juventud Pedro Ríos y Juan Loto; pero después se dedicó a la música y al canto solo para actuar en fiestas. Así anduvo por todos los rincones de la provincia como Villa Brana, Las Tinajas, Campo Gallo, Los Telares, Averías, Salavina, Silípica, animando reuniones familiares y en boliches alumbrados a querosén.

Un día se fue a Tucumán con el mismo objetivo donde permaneció cinco años. Después lo intentó Buenos Aires tras un trabajo más rentable. Allí ofició de maestro pastelero, pero sin dejar nunca la guitarra que lo acompañaba a todos lados.

Y volvió a Santiago para rehilar su bohemia y habitar aquel modesto refugio de la calle Caseros, que en un tiempo compartió con su hermano Juanito -conocido por sus improvisados ​​sketches unipersonales- para cantar por las calles de la ciudad y alternar el desaparecido “Rincón de los Artistas ”.

Y mientras el diálogo sigue, el periodista entrevistador observa y describe…” en un brasero próximo, cuatro leños encendidos calientan la triste comida del mediodía. Hierve el agua en la cacerola entibiando un pedazo de hueso y dos papas negras mal peladas que rendirán más tarde tributo al hambre de este viejo cantor de soledades” …

Y no faltó la anécdota, graciosa pero “ no inventada ” como el mismo dice, como ese cuento que afirma que era hijo de Gardel… “ Pero sí, es cierto. Un día cuando iba a una farra en Chumillo me alcanzó un tipo manejando un carro y me invitó a subir… “Yo le contesté… ¡estás loco! ¡No quiero morir en un accidente como Gardel, mi papá!...

Sobre el final de la entrevista reveló haber compuesto algunos temas, no poco graciosos por su contenido ingenioso. Pero uno, titulado “ La Monzonera ” sintetiza la vida de un bohemio trasnochador cuando expresa…” con mi guitarra voy siempre cantando por los caminos, sin saber cómo ni cuándo encontraré mi destino” .

 “Para mí no hay rumbo fijo, voy a donde corre el viento; y aunque sufra lo que sufra, siempre me verán contento ”

Coquito Cáceres le puso música a una chacarera trunca titulada “ Huella del destino ”, y cuya letra es obra de quien fue su protector, don Pedro Evaristo Díaz. Está registrada en SADAIC pero solamente como autoría de don Pedro porque Coquito no acepta figurar.

Entre las memorias de Díaz existe una partitura musical de esa chacarera donde se impronta su nombre y el de José María Cáceres que no es otro que “ Coquito ”. Ahí se revela su nombre auténtico.

Justamente, el dueño del “ Rincón de los Artistas ” decidió un día en un gesto de enorme sensibilidad humana alojarlo en su casa de Moreno y Alsina.

 “Se manifestó ser un hombre afable, correcto y muy educado, y para mí fue una suerte de abuelo postizo ”, supo recordar en estos tiempos Chuni Cardozo, nieto de Díaz.

Seguramente ello coincidió con la entrevista de Sebastián López, quien describe al mítico cantor, con casi 78 años de edad, como si ya estuviera viejo y enfermo.

Por lo demás, siguen las incógnitas como saber dónde nació, en Buenos Aires o Santiago; o de donde vino y si tuvo familia… Tampoco se supo de su final terrenal, cuándo ocurrió y quién se hizo cargo de sus restos mortales. Probablemente, ya modo de ocurrencia, estos habrían sido sepultados en el osario común del cementerio de La Piedad… Nadie se enteró ni se publicó… Acaso siguiendo al derrotero del solitario y romántico cantor del pueblo que quedó convertido en leyenda…

Publicada en Facebook por Patio Santiagueño

Extraída de una vieja crónica de Sebastián López. Fotos de Omar Estanciero


miércoles, 28 de enero de 2026

Tedy Bur: un "bon vivant" por las calles de Santiago

Por Miguel Brevetta Rodriguez


 

Caminaba las calles del centro como un imperativo cotidiano y a su paso derramaba un sin fin de saludos, porque todos lo conocían y apreciaban al primer "mannequin" vivant que tuvo la provincia de Santiago del Estero.

Contaba mi padre que “el gringo” y sus amigos solían “chimpar” en las lagunas que - allá lejos y hace tiempo- se formaban en la esquina de Roca y Rivadavia, sin dejar de rememorar que, en sus continuos viajes a la Capital Federal, casi al final de la década del cuarenta, lo sorprendía la imagen de su amigo sonriendo desde un inmenso cartel al frente del Obelisco, cuando promocionaba los tradicionales cigarrillos Clifton.

Tedy Bur (Juan Carlos Burgos Peralta) modelo publicitario, vivía por entonces en esa convulsionada Buenos Aires que gestaba la segunda revolución popular en 1945 y anunciaba el ascenso del peronismo al poder.

Fue un verdadero pionero del oficio de modelar junto a su amigo, el reconocido Ante Garmaz, y son ellos quienes abonaron los cimientos para que veinte años después se pergeñara la creación de AMA (Asociación Modelos Argentinos) en donde abrevaron Hugo Puigrós (Palmolive), Jorge Lezama (Superuva Donati), Eduardo Murchio (Embajadores); Horacio Bustos (L.M.), Chunchuna Villafañe (Gillete), Marta Cerain (sastrerías Vega) y Karin Pistarini (vino Resero) entre los más conocidos.

Por entonces el “bon vivant”, volvió a Santiago y al poco tiempo lo designaron como administrativo en la planta permanente del Ministerio de Salud, igualmente continuó con su actividad de modelo publicitario para grandes casas de vestir de la época como la sastrería Sirena, New London y Ñaró. Desfiló en el Parque de Grandes Espectáculos, Los Bancarios, el Jockey Club y animó fiestas privadas con su caracterizado glamur distintivo.

Por los años setenta la juventud santiagueña lucia las corbatas “sicodélicas”, comercializadas, distribuidas y firmadas por nuestro personaje, como diseños exclusivos de su autoría. Otra de sus habilidades destacadas, las mostraba en las pistas de los bailes de entonces: “También lo anuncian a: Tedy Bur ese modelo que baila en el centro de la pista, una suerte de zapateo americano, a quien todos le hacemos una especie de círculo para observarlo de cerca, lo bueno es que siempre lo acompañan dos bellas muchachas que, me dijeron, serían de apellido Arias, (que viven cerca del Club Piquito) no tengo más datos”. (1)

Entrados los años noventa era común encontrar a Tedy en las misas vespertinas de la Iglesia San Francisco recolectando las ofrendas o saludando a la feligresía en la puerta de entrada del templo. Los fines de semana asistía como parte de un ritual a compartir un café con nuestro grupo en las mesas del Barquito Bar o el Jockey Club. Siempre elegante, locuaz y distinguido. Falleció a los 88 años, un 19 de agosto del 2008.-  Fuente: brevetta.blogspot.com.ar

martes, 5 de agosto de 2025

Mata Pollo: el inspector callejero que vigilaba a La Banda

 Figura pintoresca y temida, Mata Pollo fue durante años el centinela involuntario de una ciudad en transformación. En su andar errante por las calles de La Banda, dejó una huella imborrable en la memoria popular

Dibujo: Ángel Vicente Garay 

En tiempos donde las ciudades aún conservaban personajes que parecían salidos de una novela costumbrista, La Banda tuvo al suyo: “Mata Pollo”, el nombre con el que lo bautizó el imaginario colectivo. Era el vigilante improvisado de las calles, un inspector sin placa ni sueldo, pero con la convicción —o la obsesión— de cuidar lo que era del Estado.

Mata Pollo era el defensor autoproclamado de la Compañía de Electricidad y de Obras Sanitarias de la Nación. Nadie le había encomendado esa tarea, pero él se la tomó como cruzada personal. Su blanco favorito eran los "gringos", a quienes acusaba de enriquecerse mientras los criollos vivían en la pobreza. No se cansaba de repetirlo:

 “Nosotros los criollos somos pobres y los gringos se llenan de plata en la Argentina. Pero ya van a ver, yo les cortaré la luz y los dejaré sin agua para que se vayan de aquí”.

A los ojos de muchos, era el reflejo de una rabia sin rumbo, una mezcla de nacionalismo extremo y resentimiento social. Pero para otros, era simplemente parte del paisaje urbano.

El miedo de los chicos y la paciencia de los vecinos

Durante el día, recorría plazas y esquinas, atento a los niños traviesos que rompían lámparas o abrían canillas “porque sí”. Les gritaba, los amenazaba con contarle todo al “ingeniero” y, si se burlaban, recurría a los cascotes. No era raro que alguno terminara con un chichón por desafiar su autoridad improvisada.

Las madres de la época usaban su figura como advertencia:

“¡Ya verás, si salís a la calle, te va a agarrar Mata Pollo!”

Pero a pesar de su carácter hosco y su aspecto descuidado, no era agresivo con quienes no lo provocaban. Dormía a la intemperie, en la esquina de Belgrano y Las Heras, frente al edificio de Obras Sanitarias, hoy sede del Colegio Fils Pierre.

Una imagen que decía más que mil palabras

Su figura era inconfundible: pantalón fantasía, sobretodo negro, botines con polainas, y un sombrero roto del que asomaban mechones largos y grises. Tenía una barba rala y el aspecto desalineado de alguien que había sido olvidado por el tiempo… o que había decidido salirse de él.

En su excentricidad había una forma de protesta, una manera de habitar el espacio público con presencia desafiante, sin pedir permiso.

Entre el mito urbano y la historia viva

Hoy, Mata Pollo es un recuerdo entre las páginas de libros y publicaciones locales como *La Banda, Imágenes y Recuerdos*. Su historia, recopilada por autores como Ángel Vicente Garay y mencionada por las historiadoras Nene Manfredi y María de las Nieves Salido de Martínez, sobrevive en la memoria colectiva como uno de esos personajes que, sin quererlo, se vuelven íconos populares.

No fue funcionario, pero actuó como tal. No fue villano, aunque generó temor. Fue, ante todo, un personaje que supo encarnar las contradicciones de su tiempo.

Fuente:

*La Banda, Imágenes y Recuerdos. Testimonios*

viernes, 1 de agosto de 2025

"Coo, el guarachero: la música como refugio y el ocaso de un ícono popular"

 

Un ícono en las calles

El domingo 3 de septiembre, Omar Antonio, Coo, el Guarachero, cumpliría 54 años. Treinta de ellos los pasó cantando en las calles de Santiago del Estero, convirtiéndose en un símbolo de la música popular. Con su voz potente y su güiro metálico, compartió escenarios con leyendas como Peteco Carabajal y Jorge Veliz, y deslumbró a músicos de jazz como Leo Genovese. Pero detrás del artista que animó festivales y recibió plaquetas de honor, hubo una vida marcada por el dolor, la resiliencia y, finalmente, la controversia.

El niño que buscaba a su abuelo

Verano de 1988. Omar bajó de un avión en Santiago, escoltado por un policía federal. Tenía 16 años, iba descalzo y llevaba solo un cuerno de vaca y un rayo de bicicleta. Había desaparecido por días, llegando hasta Buenos Aires en el tren Estrella del Norte. "Sentía que se movía, pero estaba cantando", recordaría años después.

Su historia comenzó en el barrio Ocho de Abril, donde nació en 1972, meses antes de que su padre, el boxeador Mario Antonio, muriera en circunstancias nunca aclaradas. A los seis meses, Omar contrajo meningitis, lo que le causó un retraso madurativo. "No hablaba, solo imitaba el sonido de los pájaros —Coo—, por eso le quedó el apodo", explicó su hermana Miriam, su tutora legal, en una entrevista en su casa del barrio La Católica.

La muerte de su abuelo materno, don Tita Silva, lo sumió en una búsqueda obsesiva. "Salía a la calle porque no entendía que se había muerto", relató Miriam. Así comenzó su vida nómade, viajando en colectivos y durmiendo a la intemperie, hasta que la música lo rescató.

El nacimiento del Guarachero

En 1986, durante el carnaval del Ocho de Abril, unos niños lo animaron: "Coo, vos cantá". Armó una comparsa con tarros de dulce de leche como percusión y un carrilín (carrito) para transportar a los chicos. Poco después, descubrió el sonido estridente de los cuernos de vaca, que lavaba y raspaba con rayos de bicicleta. "Mi casa era un cementerio de cuernos", bromeó Miriam.

La guaracha santiagueña —una mezcla de chacarera y música tropical— se convirtió en su bandera. Jorge Veliz, su ídolo, lo vio cantar en el boliche Árbol Solo. Pero su consagración llegó en 2015, cuando el pianista de jazz Leo Genovese lo escuchó en la peatonal Tucumán. "Tiene un groove que pocas veces he visto", dijo Genovese, quien lo invitó a cerrar el Festival Internacional de Jazz en el Teatro 25 de Mayo. Esa noche, Omar, con un saco rojo robado del ropero de un amigo y el pelo teñido de amarillo, hizo bailar al público con un medley de Los Bonys y Primavera.

La fama y la caída

Omar se volvió viral. Su Facebook sumó 5,000 amigos en 72 horas; lo invitaron a Frías como invitado de honor y hasta saludó a la gobernadora Claudia Zamora con un video. "La gente lo sigue, le pide fotos... no se puede andar con él", contó Miriam.

La fama y las contradicciones

Omar Antonio, Coo el guarachero, vivió su época de mayor esplendor entre aplausos y reconocimientos. Compartió escenarios con figuras como Piñón Fijo y Ricardo Fort, y hasta recibió el saludo público de la entonces gobernadora Claudia Zamora, quien compartió en sus redes un video del artista cantando. En Frías fue recibido como una celebridad: le entregaron una plaqueta de honor, lo alojaron en un hotel y lo pusieron como atracción principal en el escenario mayor de la ciudad.

Sin embargo, detrás de la imagen festiva se escondía una realidad más oscura. Mientras su voz resonaba en festivales, en su barrio circulaban rumores sobre su conducta. "Siempre le gustaron los niños", comentaban algunos vecinos, sin sospechar la gravedad de sus acciones. En septiembre de 2024, la justicia lo detuvo por abuso sexual simple contra un menor de 10 años. Aunque fue excarcelado, quedó bajo estrictas medidas: tratamiento psiquiátrico obligatorio, prohibición de acercarse a niños y control semanal en OMAS. El informe forense no dejó dudas: "Comprende la criminalidad de sus actos y es peligroso".

De la calle al olvido: Los últimos días

Tras la orden judicial, Omar se recluyó en su casa del barrio La Católica. "Ya no era el mismo", confesó un vecino. El hombre que antes llenaba la peatonal Tucumán con su voz potente y su güiro metálico ahora evitaba las multitudes. Sus apariciones públicas se volvieron esporádicas, y su salud —tanto física como mental— comenzó a deteriorarse rápidamente.

Su familia, que lo acompañó hasta el final, no especificó las causas exactas de su muerte, pero descartó cualquier indicio de violencia o suicidio. "Fue en paz, rodeado de los suyos", aclaró Zulema, su hermana y tutora legal. Así, el mismo artista que una vez deslumbró a músicos como Leo Genovese con su ritmo y energía, terminó sus días lejos de los escenarios, en medio del silencio y la sombra de sus errores.

El legado de un pájaro libre

Este jueves 3 de julio de 2025, Santiago del Estero conoció la noticia que conmocionó a sus calles: Omar Antonio, Coo, el guarachero, falleció a los 53 años. Su familia confirmó el deceso a través de redes sociales, desatando una ola de condolencias de seguidores que por décadas lo vieron cantar en plazas, peatonales y festivales. "Se fue como vivió: dejando huella", escribió su hermana Miriam junto a una foto de Omar con su güiro y el pelo amarillo encendido. La muerte llega apenas nueve meses después de su excarcelación por abuso sexual a un menor, un capítulo oscuro que opacó su legado, pero no borró su arraigo en la cultura popular.

Fuentes: Testimonios de Miriam Antonio y Zulema Antonio (entrevista en La Católica, 2023), archivos de El Liberal (2024), crónicas de Tasso (1984) y documentación judicial de la causa penal. Ernesto Picco.

domingo, 22 de diciembre de 2024

"Pucho Salvatierra", "Marqués" de cantarrana

Por Roberto Vozza / Publicado por Patio Santiagueño II

 


 Fue un personaje que mezcló su aire aristocrático con lo popular. Protagonista de cientos de anécdotas muy originales y graciosas donde lo grotesco tenía ese aire especial culturoso que provenía de su origen familiar.

El mismo se autocaratuló como el "Marques de Cantarranas" por cuanto nació y vivió siempre en su casa paterna de la calle San Martín, en la vecindad del club de sus amores: Central Córdoba: el club que nació en el primitivo nombre de "Cantarranas" y que tuvo su personalidad y definición vecinal. Pucho fue siempre soltero. Se desempeñó como celador en la Escuela de Agricultura y Ganadería de la Unse, en El Zanjón, donde ejerció una suerte de paternidad para con los muchachos que se alojaban allí por los estudios. Me contó precisamente un ex - alumno que ejercía cierto rigor en la atención de ellos durante los días de semana. Los controlaba, pero también les daba sus momentos de esparcimiento. Los viernes al atardecer, cuando volvía a su casa "Pucho" comenzaba con la ronda de libaciones que perduraban hasta el domingo. Mientras mostró su inclinación por la bebida " tomemos una cerveza para estimular el jugo gástrico", decía, sus ocasiones acompañantes lo disfrutaban hasta que el alcohol mostraba sus huellas profundas y lo dejaban abandonado en la calle a su buena suerte. Con el paso de los años, se alejó del vicio y perdió buena parte de sus finas ocurrencias que lo convirtieron en personaje. En Central Córdoba, al pie de la tribuna popular y asumiendo poses doctorales, arengaba a la hinchada que le tenía un enorme respeto. Después del partido, se organizaba con parte de esa concurrencia local para entregarse a la distracción en algún boliche.

Luis Ambrosio Salvatierra fue su nombre. Escribir sus anécdotas ameritaría una suerte de libro. Tuvo muchos amigos que concurrían al igual que él al Jockey Club o al Centro de Viajantes. Cuando entró en años resultó de estos una suerte de protegido. Renegó siempre con la cultura del populacho. Y lo manifestaba diciéndoles "negros"!, pero nunca le perdieron el respeto ni causaba enojos. Fue un símbolo. Cerca de cumplir 90 años tuvo un accidente callejero que le costó la fractura de cadera. Estuvo internado bajo celosos cuidados de esos amigos que tanto lo querían, Cuando llegó el momento de retirarse de la clínica y continuar el proceso de rehabilitación en su hogar, le advirtieron que debía internarse en un geriátrico a lo que él enfáticamente dijo... "pero medio pupilo ehhh?". En ese lapso sufrió una descompensación que lo llevó a la muerte. "Pucho" dejó su sello. Inolvidable.

Fotos de Marcelo Augusto Argañaraz,

 

EL MARCAS DE CANTARRANAS:

 

Adobadito el niño
viene orillando por la ciudad
con su pasito al trote
viene buscando con quien tomar
y por la esquina de sus amores
pasan las barras para Central
y te vuelves para el oeste
allá¡ la fiesta va a comenzar.
 

Marques de Canta Rana
la barra brava te saluda
jueguen, jueguen mis negros
se viene abajo la popular.
Y en la estirpe de tu figura
macha segura vas a encontrar
y al piropo de tu ironía
va la alegría para ganar.

Don Luis Ambrosio gritan de allá

cállese negro que estoy acá
canten todos siga la fiesta
jueguen muchachos viva Central.

 

Por el Zanjón lo han visto
sembrando rosas al rosedal
nada más que un domingo
cuando las palmas hay que golpear
no me apuren no sirvan mucho

se escucha a Pucho decir nomas
al vinito por más mansito
cuando lo apuras te va a machar.

 

En la platea se siente
cuando entra el duende para alentar
bailen, bailen mis negros
flores y aromas quiero ofrendar
a la hinchada la más sufrida
la más querida les digo ya
griten mucho que los escucho
que viva Pucho y viva Central.

 

Miguel Brevetta Rodríguez

 

 

 


viernes, 13 de diciembre de 2024

Personajes si los hubo...Dido Silvetti

Por Roberto Vozza

Retrato realizado por Marcelo Augusto Argañaras

Santiago, como muchas ciudades chicas del interior argentino, ha tenido sus personajes. Aquellos que por el destino que les marcó la vida se caracterizaron por algún rasgo físico, de personalidad o temperamento que los identificaba para ganarse de ese modo la simpatía o la curiosidad de quienes lo frecuentaban y recoger de ellos un sinnúmero de graciosas anécdotas que aún quedan en la evocación.

Baste con mencionar, por caso, y cada uno en su ámbito social, al “besador” Amílcar Moyano, al conductor de coches de plaza “Bola” Buitrago que le daba gaseosa al caballo porque le divertían sus eructos, al popular “Vilila”, excelente cocinero del Hospital Regional con sus  asumidos modos homosexuales pero no exento de gracejo  en sus decires ocurrentes ; y mas al centro, “Pucho” Salvatierra y sus cultas y espontáneas palabras o definiciones que lo ubicaron también en los primeros planos del contexto humorístico en el anecdotario santiagueño.

Y aquí surge ahora el perfil de otro singular personaje: Dido Silvetti.

Alto, delgado, de cara angulosa y gruesos bigotes que se ganó la simpatía popular como boxeador, maratonista, actor de cine – “Muerte Civil”- de teatro y fakir, siempre convencido de que podía asumir todos esos roles que se afanaba y ufanaba al representar cuando eran en realidad una jocosa parodia.

En la década del 50’ cuando el Inti Club montaba sus espectáculos boxísticos, no faltaron sus numerosos enfrentamientos como parte del espectáculo con otro personaje singular como lo fue “Kid Sungo”.

Aquellos “combates” que sostuvieron no fueron otra cosa que un show humorístico imperdible e inolvidable para regocijo de la concurrencia.

Cuando el atleta etíope Abebe Bikila ganó dos maratones olímpicas consecutivas en la década del 60’, Dido hizo el intento de imitarlo – tal vez mimetizando su biotipo con el del famoso atleta - en la clásica prueba pedestre  que anualmente hace disputar el diario “El Liberal”. Entonces fue de la partida y como Bikila, corrió descalzo. Claro, al kilómetro de lanzada la prueba debió desertar porque sus pies se llenaron de ampollas, hecho que para la concurrencia no dejó de ser un episodio revestido de humor.

Pero Dido – que residía en el populoso barrio 8 de Abril, a la vera del Río Dulce y se dedicaba a la cría y venta de porcinos – tuvo otra gran debilidad: el fakirismo.

Seguía con suma atención precisamente lo que hacian aquellos magos e ilusionistas que llegaban a Santiago para mostrar sus habilidades.

Por caso, Kakuma Blacamán, que se hacía enterrar vivo y encadenar adentro de un cajón de vidrio; Joe Carson, que se hacía pasar un auto por encima; Fu Man Chú, tragando sables de fuego; Tarabei, ayunando en la vereda del desaparecido cine Splendid; Tu Sam en la cancha de Estudiantes Unidos, metiéndose lámparas prendidas en el estómago, según lo recuerda Jorge Rosemberg en su original obra literaria “Zoco de la Buri Buri”.

Y Silvetti no solo que después los imitaba sino que los quería superar, ante el reidero de la gente, a lo cual el respondía seriamente diciendo: “ellos habrán hecho todo lo que hicieron aquí, pero ninguno lo que yo hice, porque soy el único fakir en el mundo que comió mierda”.

Dido Silvetti murió hace unos años, pero sus anécdotas no quedaron en el olvido para muchas generaciones.

Fuente: Patio Santiagueño

miércoles, 9 de octubre de 2024

Coco Caceres: "Entré por la Pellegrini, salí por la tropical, mi comprao camiseta en lo de Abraham Miguel...chacarera"

 


Cuando la peatonal Tucumán se llamaba calle Tucumán, El Rincón de los Artistas, llamado también Bar Casino, comandado por don Pedro Evaristo Díaz, albergaba noche tras noche a músicos y poetas, a gente de campo, y fue hasta su cruel desaparición, el último reducto de artistas campesinos que tuvo la ciudad.

No obstante, íbamos a sentarnos en aquellas melancólicas sillas de lata, los que amamos toda nuestra música santiagueña.

Una noche de verano de lluvia pavorosa, el fantasma de Coco Cáceres se paró empapado en la puerta de entrada y dijo a todos los presentes con voz alta y ronquilla: “Compasión no quiero, quiero indiferencia”, un estuche atigrado y sucio guardaba en sus adentros una guitarra desgastada por el tiempo y su dolor.

Entró, se mandó varios vasos de vinito blanco y comenzó a cantar. Entré por la Pellegrini, salí por La Tropical, mi comprao una camiseta en el casa de Abraham Miguel. (Chacarera)

El desfile de músicos solía ser incesante: Víctor Hugo, al que le decían Tarzán, ese bombo que nacía debajo de la tierra. El Chango Ledesma y su sonrisa. Napoleón Soria, su piano, su ritmo, su bicicleta y el triciclo del hijo. El Cielo Lucero, Chupete y su contrabajo fabuloso. El Mandinga del bandoneón y tantos otros.

Enrique Simón, de mesa en mesa cantaba tangos acompañado por guitarras anónimas y fabulosas, fabulosos bandoneones.

El baño de aquel inolvidable lugar estaba al fondo a la derecha y después a la izquierda, y la pared de aquel baño colindaba con uno de los calabozos de la provincia, desde allí el detenido se deleitaba por las noches con la música que penetraba por entre los barrotes enclavados arriba del mingitorio.

Supongamos que usted lector o lectora, hubiese sido hipotéticamente aquel preso, y desde aquel baño, por entre las rejas una mano anónima y precisamente santiagueña, le alcanzara dos porciones de pizza y un vaso de vino, lo hubiera recibido seguramente con gusto y hasta hubiera rechazado explosivos de trotil para su liberación, con tal de seguir escuchando aquella música en cautiverio, situación emocionalmente parecida, me supongo, al comienzo del amor, o a la recompensa que deriva del castigo, como el arrepentimiento verdadero.

Desde que desapareció “El Rincón de los Artistas”, desde que en nombre del modernismo, ocurrió aquella aberración que destruyó un rincón irreconstruible de nuestra cultura, los presos alojados en aquel calabozo, fueron en adelante, presos comunes.

De la columna El Zoco de la Buri Buri, de Jorge Rosenberg en Nuevo Diario.

Publicado en FBK por Patio Santiagueño

El Algarrobo en la medicina Popular