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viernes, 17 de julio de 2026

El galope que forjó la Patria: Venancio Caro, el chasqui secreto de Belgrano

Mientras los generales firmaban documentos en los escritorios, hombres como este santiagueño arriesgaban la vida en el lomo de un caballo para conectar al Ejército del Norte con la retaguardia. A más de dos siglos de aquellas gestas, el folklore y la memoria popular mantienen vivo el eco de sus cascos.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Solemos imaginar la Independencia argentina gestada en los grandes salones, entre plumas, tinteros y mapas desplegados por los generales. Pensamos en las batallas, en los nombres que quedaron escritos en los libros y en las decisiones tomadas lejos del polvo de los caminos.

Pero hubo otra historia.

Una historia que avanzó sobre el lomo de los caballos, atravesando caminos reales, cruzando el monte y enfrentando las distancias en un tiempo en que un mensaje podía tardar días en llegar, si es que llegaba.

La verdadera columna vertebral de aquella emancipación también se sostuvo allí: en el esfuerzo silencioso de hombres que transportaban órdenes, noticias y esperanzas. Hombres que no ocupaban los grandes escenarios de la historia, pero que eran indispensables para que esa historia pudiera avanzar.

Indagar en la figura de Venancio Caro es acercarse justamente a ese mundo.

Es comprender que la Independencia no solo se escribió con tinta. También se construyó con sudor, resistencia, lealtad y con el galope incansable de los hombres del pueblo.

Un hombre del monte, un chasqui de confianza

Para comprender quién fue Venancio Caro, primero hay que imaginar un tiempo muy diferente al nuestro.

No había teléfonos. No había internet. No existían los mensajes instantáneos ni los caminos pavimentados que hoy permiten recorrer grandes distancias en pocas horas.

Durante la Guerra de la Independencia, la información era uno de los recursos más importantes. Y también uno de los más peligrosos de transportar.

Una orden militar, un informe sobre el enemigo o una noticia sobre una batalla podían cambiar el rumbo de una decisión. Pero para que esa información llegara a destino, alguien tenía que atravesar el territorio.

Ahí aparecía el chasqui.

El término, de origen quechua y adoptado por los criollos, designaba al mensajero que recorría grandes distancias a caballo. No era simplemente un hombre que llevaba correspondencia. Era alguien en quien debía existir confianza.

Venancio Caro era un hombre de la tierra. Un santiagueño familiarizado con la geografía agreste, con los caminos, los atajos y las postas de la provincia.

En un territorio donde las distancias podían convertirse en un obstáculo enorme, conocer el terreno significaba mucho.

El monte podía esconder un camino.

Una senda podía ahorrar horas de viaje.

Una posta podía representar el descanso necesario para continuar.

Y un hombre capaz de orientarse y resistir esas jornadas podía convertirse en una pieza fundamental.

Por eso, la figura de Caro adquiere una dimensión especial. No se trataba solamente de llevar un mensaje. Se trataba de conseguir que ese mensaje llegara.

El llamado de Belgrano y la retaguardia santiagueña

Corría el año 1812. El general Manuel Belgrano acababa de asumir el mando del Ejército del Norte y tenía por delante una tarea enorme. Debía reorganizar las tropas después del Éxodo Jujeño y prepararse para los enfrentamientos decisivos que llegarían en Tucumán y Salta.

En ese escenario, Santiago del Estero estaba lejos de ser un espectador. La provincia constituía un importante sostén de la retaguardia. Desde allí se aportaban mulas, caballos, víveres y milicianos. Recursos indispensables para un ejército que necesitaba movilizarse, alimentarse y sostenerse en campaña.

Pero un ejército no se mueve solamente con hombres y animales. También necesita información. Necesita órdenes.

Necesita saber qué ocurre lejos de sus posiciones.

Y necesita que esas noticias lleguen a tiempo.

Belgrano requería mantener una comunicación rápida y discreta con los caudillos y las autoridades locales santiagueñas. En ese mundo sin telégrafo, sin rutas modernas y sin medios de comunicación instantánea, alguien debía asumir la tarea de unir esos puntos separados por largas distancias.

Venancio Caro, ya fuera por elección directa o por el fervor patriótico que lo llevó a ofrecerse, fue el elegido.

Su destreza como jinete, su resistencia física y su lealtad a la causa lo convirtieron en portador de los "oficios" del general.

Y cada viaje tenía un propósito.

Cada recorrido significaba volver a enfrentarse con la distancia.

Cada mensaje debía llegar.

El peso de la guerra en las alforjas

¿Qué llevaba Venancio Caro en sus alforjas?

A simple vista podían parecer solamente papeles.

Pero aquellos papeles podían contener decisiones capaces de afectar el curso de la guerra.

Los registros históricos y la tradición oral coinciden en que sus alforjas transportaban mucho más que correspondencia. Entre sus mensajes podían encontrarse:

  • Órdenes de reclutamiento destinadas a engrosar las milicias locales.
  • Solicitudes urgentes de caballos y mulas, indispensables para la caballería y para el traslado de la artillería.
  • Informes de inteligencia sobre los movimientos del ejército realista, necesarios para mantener alerta a la población civil.
  • Comunicados de victoria, como aquellos que llevaron la noticia del triunfo de Tucumán, en septiembre de 1812, devolviendo ánimo a un pueblo agotado por la incertidumbre y la guerra.

Detrás de cada uno de esos mensajes había una urgencia.

Y detrás de cada urgencia, un hombre que debía recorrer el camino.

No había otra opción.

La noticia no podía enviarse por teléfono. Una orden no podía transmitirse con un simple clic. Si había que comunicar algo, alguien tenía que montar un caballo y partir.

Venancio Caro cumplía esa tarea atravesando caminos largos, soportando las exigencias del viaje y sorteando los peligros propios de un tiempo convulsionado.

Y entonces aparece una pregunta inevitable:

¿Qué significaba recibir a tiempo una de aquellas cartas?

Podía significar prepararse.

Podía significar movilizar hombres y animales.

Podía significar conocer los movimientos del enemigo.

Podía significar, sencillamente, tener la posibilidad de actuar antes de que fuera demasiado tarde.

Por eso su misión era tan importante.

Caro llevaba correo, sí.

Pero ese correo contenía decisiones, órdenes, advertencias y noticias que podían afectar el destino de la lucha.

La inmortalidad en una zamba

La historia oficial suele recordar a los grandes protagonistas.

Generales.

Batallas.

Gobiernos.

Fechas.

Pero hay nombres que sobreviven de otra manera.

Sobreviven en la música.

Sobreviven en la memoria popular.

Sobreviven porque un pueblo decide no dejarlos desaparecer.

Ese fue el destino de Venancio Caro.

Su figura quedó grabada en la zamba "El Chasqui Venancio Caro", con letra del poeta santiagueño Cristóforo Juárez y música del maestro Carlos Carabajal.

Y allí ocurre algo profundamente significativo.

El hombre que atravesaba los caminos llevando los mensajes de Belgrano dejó de ser solamente una figura del pasado para convertirse en parte de la memoria musical de Santiago del Estero.

La tradición cuenta que Caro murió "de viejo", a los "ciento trece años cabales".

Más allá de la exactitud biográfica de esa cifra, el dato quedó incorporado a la tradición y contribuyó a construir la imagen de un hombre cuya vida parecía extenderse mucho más allá de su tiempo.

Cuando la zamba recuerda que iba "con oficio de Belgrano", aparece algo más que una referencia histórica.

Aparece la imagen del mensajero.

El caballo.

El camino.

Las alforjas.

La distancia.

Y ese galope que, durante aquellos años difíciles, conectaba lugares separados por kilómetros y kilómetros.

Por eso, cuando escuchamos la zamba, no estamos solamente frente a una canción.

Estamos frente a una forma de memoria.

Una memoria que decidió rescatar a un hombre que, de otro modo, quizá habría quedado perdido entre las páginas de una historia escrita principalmente alrededor de los grandes protagonistas.

El legado de los héroes anónimos

Venancio Caro representa a una legión de patriotas semianónimos que participaron de la historia argentina sin ocupar los primeros lugares en los relatos tradicionales.

No llevaba el uniforme de un general.

No aparece asociado a las grandes decisiones políticas.

Su nombre no quedó ligado a una batalla decisiva.

Y, sin embargo, su tarea era necesaria.

Porque las órdenes tenían que llegar.

Las noticias tenían que circular.

Los recursos debían movilizarse.

Y el Ejército del Norte necesitaba mantenerse comunicado con los pueblos que sostenían su retaguardia.

En ese entramado, hombres como Caro adquirieron un valor que muchas veces resulta difícil de apreciar desde el presente.

Hoy estamos acostumbrados a comunicarnos en segundos.

Un mensaje puede atravesar una provincia, un país o incluso un continente casi de inmediato.

Pero hubo un tiempo en que comunicar una orden significaba montar un caballo y ponerse en camino.

Había que recorrer la distancia.

Había que conocer el territorio.

Había que resistir el cansancio.

Y había que confiar en que el mensaje llegaría.

Esa es, quizá, una de las razones por las que la figura de Venancio Caro conserva tanta fuerza en la memoria santiagueña.

Porque detrás del personaje histórico aparece algo mucho más cercano: el hombre común que cumple una tarea imprescindible.

La historia de la Independencia no está hecha únicamente de grandes batallas ni de nombres consagrados.

También está hecha de caminos.

De postas.

De caballos.

De hombres que partían con las alforjas cargadas.

Y de mensajes que no podían perderse.

Venancio Caro fue uno de ellos.

Por eso, la próxima vez que el viento del norte traiga los acordes de aquella zamba inmortal, quizá valga la pena detenerse un instante y escucharla de otra manera.

Pensar en el hombre.

Pensar en el caballo.

Pensar en los caminos del monte.

Pensar en aquellas distancias que hoy parecen difíciles de imaginar.

Y preguntarnos cuántas veces un mensaje llegó a destino porque alguien decidió ponerse en marcha.

Tal vez, entre el polvo de los caminos y el paso del tiempo, todavía podamos escuchar aquel galope.

El galope de Venancio Caro.

El chasqui santiagueño que llevó los mensajes de la Independencia por los caminos de nuestra tierra.

 


sábado, 27 de junio de 2026

"La zamba de Vargas"

 


El 10 de abril de 1906, en el diario El Siglo, el Capitán Ambrosio Salvatierra, que participara en la Batalla de Pozo de Vargas integrando las fuerzas nacionales, pública sus recuerdos de la misma.

Luego de referir pormenores del reñido encuentro dice: "que al iniciar las fuerzas de Varela con un cañonazo, el Gral. Taboada ,ordenó que se contestara con el mismo, pero como las fuerzas no tenían cañón, el Sargento Mayor José Brizuela, Comandante de la Compañía de Infantería de Catamarca, ordenó a la Banda de dicha Compañía que tocara y ésta, se hizo oír con una zamba, llamada desde entonces "Zamba de Vargas"(...) Sigue más adelante: "el efecto fue electrizante, las tropas al oír el baile nacional, prorrumpieron en gritos, vivas a su General y mueras al enemigo".

El 26 de agosto de 1906, el músico y tradicionalista santiagueño Andrés Chazarreta, hizo conocer la versión de la "Zamba de Vargas " que aprendiera desde su niñez de los labios de su tío Manuel Antonio Chazarreta, combatiente de la batalla que nos ocupa, de su abuela AGUSTINA, además, tal como dice el historiador Luis Alen Lascano (cf. "Andrés Chazarreta Y El Folclore" B.A. 1973), de haber consultado con el citado Capitán Salvatierra y con otro combatiente, el Teniente abanderado José María Gauna, músico fallecido en 1910.

Cabe señalar que esta zamba es la primera obra impresa con dicho género (zamba) en la historia del Movimiento Tradicionalista Argentino.

La versión de Andrés Chazarreta, es publicada por éste en 1908, 1912 y 1914 (en París) e integra su Primer Álbum de Música Folclórica en 1906, acompañada con coplas populares y tradicionales.

Otro músico santiagueño, Manuel Gómez Carrillo, publica en 1921, otra versión con diferentes técnicas de notación musical, sustancialmente semejante a la de CHAZARRETA.

Después se suceden las versiones, recopilaciones, arreglos, transcripciones, etc. Siempre sobre la misma línea melódica fundamental.

Versión atamisqueña: una versión totalmente diferente en su música a la mencionada anteriormente, es publicada en 1945, por los tradicionalistas santiagueños Bailón Y Luis Alberto Peralta Luna.

La misma fue recopilada hacia 1938 en Villa Atamisqui, población antigua situada en el centro sud de la provincia, donde se conservó muy viva la tradición del canto, la danza criolla y el habla quichua.

Les fue transmitida a los colectores por los músicos populares: Manuel Roldán Benavidez, José Antonio Sosa y Lindaura Roldán De Santillán, quienes, a su vez, la habían aprendido de viejos pobladores de la zona, músicos de notoria fama regional como los arpistas: Rosario Benavidez, Mercedes Gómez Y María Antonia Sosa.

Las coplas anónimas y populares, dan más realce a Varela, Elizondo y Chumbita que a los propios Taboada.

Se la conoce también con los títulos: "La Vargueña" y "La Taboadista". Musicalmente, como la citada anteriormente, es de las denominadas "cortas" o "de 2 vueltas", por ser su versión original de 32 compases bailables.

(Fuente: "Zambas Históricas Y Tradicionales " José A. Faro, Pag.83/85).

"Zamba De Vargas"(Recop. A. Chazarreta): "Forman los riojanos en Pozo e' Vargas/ los manda Varela, firme en batalla, / contra los santiagueños, / con gran denuedo van a pelear, / ya Don Manuel Taboada, / alta su espada se ve brillar.// Atacó Varela con gran pujanza,/ tocando a degüello a sable y lanza,/ se oyen los alaridos/ y en el estruendo de la carga/ ya pierden terreno/ los santiagueños de Taboada. // Bravo santiagueños!, dijo Taboada/ vencer o la muerte!, vuelvan las cargas,/ por la tierra querida/ demos la vida para triunfar/ y ahí nomás a La Banda, / la vieja zamba, mandó a tocar.// Y en el entrevero se oyó esta zamba, / llevando sus notas bríos al alma./ Y el triunfo consiguieron/ los santiagueños de Taboada, / para eterna memoria/ Zamba de Vargas siempre será".

"Zamba De Vargas"(Versión José Ramón Luna):"Batallón de Varela, Pozo de Vargas,/ formó su pelotón,Manuel Taboada. / Si ay...ay...ay..Manuel Taboada. // Aquel bocón que viene, / ha de acabarnos, / vamos a hacer un tiro/ guapos muchachos. / Ay...ay...ay...guapos muchachos. // Al primer tiro que hizo,/ le dio en la boca,/ fumándose Varela,/valientes tropas!/ Ay...ay...ay...valientes tropas. // Desenvainó su espada/Manuel Taboada/ "si esta guerra pierdo,/ no cargo espada"./ Si ay...ay...ay...no cargo espada ".( Esta versión la cantaba Eusebio More).

"Zamba De Vargas" (Recop. Peralta Luna): " A la carga, a la carga/ dijo Varela, / a la carga artilleros (zambita),/ rompan trincheras.// Rompan trincheras, cierto, / dijo Elizondo, / Batallón lagunero (zambita)/ de 2 en fondo. // A la carga, a la carga,/ dijo Taboada, /" si esta guerra no gano (zambita)/ no cargo espada"./ A la carga, a la carga, / dijo Chimbita,/ "las ansias de quererte ( zambita),/ no se me quitan".

Fuente: Libro Inédito " Historia Del Cancionero Folclórico Santiagueño" De Omar Sapo Estanciero

 

sábado, 18 de octubre de 2025

¿Quién Creó La López Pereyra? La Historia de Artidorio Cresseri

Hace 74 años desaparecía en silencio el creador de "La López Pereyra", la zamba que se convirtió en el himno folklórico de Salta. Su vida fue un viaje entre melodías andinas y aulas escolares, pero terminó en la indigencia. La historia de cómo un compositor genial tuvo que luchar legalmente por reconocer su propia obra.



El 18 de octubre de 1950, en una habitación del Asilo Santa Ana de Salta, falleció Artidorio Cresseri a los 86 años. Pocos periódicos lo mencionaron. Pocos asistieron a su funeral. Sin embargo, la melodía que este hombre de origen italiano había creado décadas atrás seguía viva, vibrando en las voces de miles de argentinos que la cantaban sin conocer el nombre de su compositor. Era como si Cresseri hubiera dejado su alma en las notas de una zamba y se fuera del mundo habiendo entregado todo lo que tenía: su música, su enseñanza, su vida entera.

Un niño salteño criado entre mulas y melodías

Artidorio Cresseri nació en Salta el 5 de marzo de 1862, en el seno de una familia italiana de artistas y poetas. Su padre era uno de esos comerciantes arriesgados que recorría los caminos andinos: llevaba mulas engordadas en los valles salteños hacia Bolivia, Perú y otras tierras fronterizas, retornando con monedas de plata y artículos traídos de España. Era el negocio de la época, el comercio que unía regiones y generaba fortunas modestas.

A los once años, el joven Artidorio acompañó a su padre en esos viajes que lo transformarían. Mientras cruzaban serranías y valles, el niño escuchaba las músicas del altiplano, las danzas que pulsaban en pueblos bolivianos, los ritmos que emanaban de una cultura milenaria. Aquellos viajes no fueron turismo: fueron una escuela viva de folklore.

De Tarija a Sucre: El músico que emergió

Tanto le gustó aquella experiencia que Artidorio decidió quedarse. Se instaló en Tarija, desde donde comenzó a viajar con regularidad a Sucre, las dos ciudades más importantes del sur boliviano. Allí continuó sumergiéndose en la música y los bailes andinos, puliendo las lecciones que su madre le había enseñado en Salta.

A los dieciséis años, ya no era un aprendiz: Artidorio Cresseri era "un experto pianista". En 1880, presentó su primera obra significativa: "Bailecito de Bolivia", una pieza que fue "festejada y bailada por los bolivianos" con entusiasmo inmediato. La composición viajó más rápido que el propio Artidorio: pronto llegó a Salta y Jujuy, sembrando su nombre entre los músicos del norte argentino.

El maestro que enseñaba mientras componía

De regreso en su tierra natal, Cresseri no fue solo un compositor romántico dedicado exclusivamente al arte. Fue un hombre práctico que entendía que la música necesitaba difusores. Se dedicó simultáneamente a tres oficios que se retroalimentaban: la composición, la enseñanza y la interpretación musical.

Fue maestro de primeras letras, oficio respetado en aquella época. Luego ascendió a Director de la Escuela Elemental Número 1, posición que lo mantuvo ocupado durante años. Tras su retiro de la educación formal, se entregó de lleno a la enseñanza musical. Pero Cresseri hizo algo más: se convirtió en afinador de pianos, ese oficio manual que lo obligaba a recorrer constantemente las provincias del norte argentino. Cada casa donde afinaba un instrumento era una oportunidad para enseñar, para divulgar el folklore, para sembrar semillas musicales.

Nace "La López Pereyra": La obra maestra

A comienzos del siglo XX, alrededor de 1910, Artidorio Cresseri compuso lo que sería su obra inmortal: "La López Pereyra".

El título original era tan poco glamoroso como revelador: "Chilena dedicada al doctor Carlos López Pereyra". Circula una historia popular sobre sus orígenes: Cresseri habría estado enfrentando una condena judicial, y el doctor López Pereyra lo habría salvado. La zamba sería, en esta versión, un acto de gratitud infinita. Es una historia hermosa, romántica, típica del folklore. Pero como muchas leyendas que rodean a los grandes artistas, probablemente sea solo eso: una leyenda.

Los documentos posteriores sugieren que Cresseri vivió en paz, que se casó y que su esposa murió de causas naturales. Sin embargo, existe otra versión más documentada: el propio doctor López Pereyra colaboró en la versión final de la letra, ajustándola meticulosamente a la melodía que Cresseri había creado. Fue una colaboración que resultó perfecta.

El fantasma de la autoría

Lo que sucedió después cambiaría el curso de la vida de Artidorio Cresseri. La zamba fue registrada por Andrés Chazarreta, un reconocido recopilador santiagueño de música popular. Chazarreta era respetado, era un colector de tradiciones, un hombre que viajaba recogiendo el acervo folklórico del norte.

Pero aquí comienza el conflicto: la zamba comenzó a circular como anónima, o con atribuciones vagas. Mientras Cresseri seguía con su vida, enseñando y afinando pianos en pueblos del norte, su obra adquiría una vida propia, una existencia que no le pertenecía del todo. Otros compositores y artistas la popularizaban. A mediados del siglo XX, artistas de envergadura como Los Chalchaleros y Los Fronterizos convertían "La López Pereyra" en un himno folklórico de dimensiones nacionales.

La zamba se había convertido en "la zamba por excelencia de la provincia de Salta", pero su creador permanecía en la sombra.

La batalla legal por la verdad

Fue necesaria una batalla legal para restaurar la justicia. Los conflictos sobre la autoría derivaron en un largo y tortuoso proceso judicial. No fue rápido ni fácil. Recién a finales de los años veinte del siglo XX se resolvieron las primeras discusiones sobre quién era el verdadero autor. Pero el caso no terminó allí.

Fue necesario esperar hasta 1978 —28 años después de la muerte de Cresseri— para que la justicia argentina reconociera definitivamente a Artidorio Cresseri como coautor legítimo de la obra. Le otorgaron el 50% de los derechos de autor. Era tardío, pero era algo. Era al menos una validación legal de lo que siempre había sido cierto.

Los últimos años: Pobreza y olvido

Mientras su zamba se convertía en un clásico del folklore argentino, mientras generaciones de salteños la cantaban y la bailaban, Artidorio Cresseri vivía sus últimos años luchando contra la pobreza. Ese hombre que había educado a generaciones de estudiantes, que había viajado por todo el norte sembrando música, que había regalado al país una de sus obras maestras, terminó sus días sin fortuna, sin reconocimiento material, sin la recompensa que cualquier creador merece en vida.

El 18 de octubre de 1950, murió en el Asilo Santa Ana, perteneciente a la Iglesia del Valle —conocida popularmente como León XIII—, en la ciudad de Salta. Tenía 86 años. Su partida pasó casi desapercibida.

Cierre reflexivo

La ironía es cruel y perfecta: Artidorio Cresseri se hizo inmortal precisamente porque murió en la pobreza y fue olvidado. Su melodía sobrevivió cuando él no. "La López Pereyra" permanece viva, vibrante, resonando en cada provincia del norte argentino como la voz más pura del alma salteña. Pero su nombre, durante décadas, fue apenas un susurro.

Quiz los grandes artistas tienen dos muertes: la del cuerpo y la del olvido. Cresseri experimentó ambas. Lo que nos queda es la lección amarga de que la inmortalidad artística no siempre viene acompañada de justicia temporal. Su obra lo trascendió, pero él tuvo que irse sin ver ese triunfo consolidado, sin disfrutar del reconocimiento material que sus creaciones merecían.

Hoy, 74 años después de su muerte, al recordar a Artidorio Cresseri no solo recordamos al compositor de una zamba. Recordamos al maestro que enseñó en aulas olvidadas, al afinador de pianos que llevó música a pueblos remotos, al viajero que aprendió de las serranías andinas y supo transformar lo que vio en arte inmortal.

Su música nos pertenece ahora. Pero le pertenecía primero a él.

Fuente: Por José de Guardia de Ponté. Según documentos oficiales del Registro Nacional de la Propiedad Intelectual (1978).


sábado, 16 de agosto de 2025

Zambas históricas: cuando la música guarda memoria de batallas y pasiones

Coplas que nacieron entre la guerra y la vida cotidiana siguen latiendo en el folclore del norte argentino. No fueron solo canciones: muchas veces fueron crónicas cantadas, pañuelos al aire que también hablaban de héroes, derrotas, amores y despedidas.



La zamba argentina no siempre fue únicamente un baile de miradas cómplices. La verdad es que, en más de una ocasión, se convirtió en una forma de contar la historia. En sus letras quedaron atrapados los recuerdos de luchas, de amores contrariados y de identidades que buscaban afirmarse. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, en pueblos de Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja o Tucumán, las melodías no eran solo entretenimiento: eran relatos colectivos que sobrevivieron de boca en boca, como si fueran cartas que viajaban de generación en generación.

Zamba de Vargas: la voz de Atamisqui

Publicada en 1945 pero recopilada unos años antes en Villa Atamisqui, la “Zamba de Vargas” es el mejor ejemplo de cómo una melodía puede guardar la memoria de un pueblo. Los músicos populares Manuel Roldán Benavidez, José Antonio Sosa y Lindaora Roldán fueron sus portadores, pero detrás de ellos estaban los viejos arpistas de fama regional.

Y es que en sus coplas no se canta a cualquiera: se mencionan nombres como Varela, Elizondo y Chumbita, mientras los atamisqueños evocaban su paso por el Batallón Salavina bajo las órdenes de Taboada. Así, cada verso se volvía un testimonio de tiempos convulsos, donde la música era refugio y recuerdo.

Naranjo esquina: coplas unitarias

Contemporánea a la anterior, esta zamba nos lleva a la década de 1860. Allí aparece la figura del coronel José Miguel Arredondo, un militar uruguayo que perseguía a los derrotados de Pozo de Vargas por los valles del noroeste.

Además, tenía otros nombres que circulaban entre la gente: “Arbolito, arbolito”, “Cueca de Arredondo”, “Canto de los Unitarios”. La recopiló Andrés Chazarreta y, en sus coplas, política y épica se entrelazan. Estanislao Medina, los hermanos Saa, Varela… todos desfilan en la memoria cantada de un país que aún estaba lejos de encontrar paz.

Caspi Cuchara: la zamba de los soldados

El solo nombre ya despierta curiosidad: “Caspi Cuchara”, la cuchara de palo de los soldados. El aire marcial de esta zamba deja en claro su raíz militar. En Santiago se la cantaba hacia 1896, cuando los jóvenes eran llamados a la primera conscripción nacional.

En otros lugares adoptó apodos distintos: “La Artillera” en Salta, “La del 19” en Tucumán. Y aunque la tradición oral quiso vincularla a la Guerra del Paraguay, los investigadores coinciden en que su estructura es posterior, de fines del siglo XIX. De todos modos, cada vez que suena, parece que uno pudiera escuchar el eco lejano de marchas y clarines.

Zamba del 11: música y patriotismo

Dedicada al Regimiento 11 de Línea, que brilló en batallas de la Independencia y luego fue destinado al norte, esta zamba es puro homenaje.

Algunos la atribuyen al maestro Cañete, director de banda en Tucumán; otros al doctor Acuña en Catamarca. Incluso hay quienes hablan del maestro Bonfiglio, que publicó un álbum criollo en 1889. Más allá de esas disputas, lo cierto es que “La Zamba del 11” se convirtió en símbolo: una canción que acompasaba el paso de soldados y, al mismo tiempo, dejaba la emoción de una despedida en la voz de quienes los esperaban.

La Familiar y 🪘 La Huanchaqueña: entre pañuelos y fronteras

No todas las zambas nacieron al calor de la guerra. También hubo espacio para el amor y la melancolía. “La Familiar”, publicada por Chazarreta en 1923, es prueba de ello: en sus versos aparecen pañuelos blancos y celestes, lágrimas que lavan recuerdos y amores que parecen escaparse entre los dedos.

En cambio, “La Huanchaqueña” viajó desde Bolivia, ligada a Huanchaca, cerca de Potosí. Para 1914 ya había cruzado fronteras y se publicó incluso en París, gracias a Lugones. Con el tiempo, sus versiones se multiplicaron en Tucumán y en todo el norte argentino. Sus coplas, que hablan de oro, plata y ojos negros que fulminan de amor, se convirtieron en un canto compartido, un puente musical entre pueblos hermanos.

Un legado vivo

Cada una de estas zambas es más que una melodía: son pequeñas cápsulas de historia. En ellas resuenan las batallas, las despedidas de los conscriptos, el amor de quienes se quedaban esperando y el orgullo de una identidad en construcción.

Escucharlas hoy no es solo un acto cultural: es dejar que esas voces antiguas nos cuenten, otra vez, cómo el pueblo supo transformar dolores y alegrías en canto. Como si cada compás, cada pañuelo al aire, siguiera recordándonos que la música no olvida.