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jueves, 8 de enero de 2026

Historia de la chacarera "La vieja"

Por José Luis Torres


 

Esta chacarera es una de las obras musicales más puras y auténticas de nuestra música folklórica, además de su primordial característica de chacarera trunca, desde donde reconocemos la exclusividad de su origen santiagueño.

La escuchamos desde nuestra niñez y siempre nos acompañó a la hora de mostrar el ejemplo de una auténtica obra folklórica de origen criollo.

Desde aquellos lejanos años escuchamos que sus autores eran los hermanos Díaz, legendario dúo formado por el Soco y el Cachilo Díaz quienes aportaron obras musicales fundamentales de nuestra música folklórica.

Nacidos en la Villa de Salavina, lugar ubicado en el corazón de Santiago del Estero, tierra quichuista cuna de músicos inolvidables que se preocuparon por recoger y transmitir el tesoro musical y poético heredado de sus abuelos, el Soco y el Cachilo Díaz conformaron un dúo musical que habría de marcar a fuego el cancionero santiagueño.

Hijos de Julián E. Díaz y Crescencia Torres, el hermano mayor Francisco Benicio Díaz, a quien apodaban el Soco, nació el 24 de julio de 1899 y falleció el 12 de noviembre de 1948. Su hermano Julián Antonio Díaz, el Cachilo había nacido en Salavina el 23 de marzo de 1905, falleciendo en Santiago el 28 de septiembre de 1967.

Curiosamente, los hermanos Díaz jamás registraron esta chacarera aunque era de las obras favoritas que conformaba el repertorio del dúo. Creo que no la registraron porque su honestidad como personas les impedía adueñarse de una obra que no les pertenecía.

 La primera obra que registran en Sadaic es la vidala “Andando” con fecha 15 de junio de 1949. Para esa fecha ya había fallecido el Soco Díaz.

Cachilo sigue registrando en Sadaic otras obras hasta 1958, algunas a nombre de su hermano, otras a dúo, y a veces con otros autores (vaya como ejemplo A. Yupanqui).                               

Hasta que en 1963 autoriza a Oscar Valles a poner letra a las obras. A partir de ese momento Oscar Valles registra en Sadaic ocho temas como coautor junto a Cachilo. Curiosamente (o nó) viendo la fecha de estos registros en Sadaic, observamos que la chacarera “La vieja” es la primer obra de los Hnos. Díaz que Oscar Valles registra en Sadaic.

LA VIEJA - Registrada el 10/03/1965 - #94167 | ISWC T-037031559-5 – Julián Antonio, Benicio y O. Mazzanti

LA AMOROSA - Registrada el 08/10/1963 - #107790 | ISWC T-037037129-1 – Julián, Benicio y O. Mazzanti

LA HUMILDE - Registrada el 08/10/1963 - #90126 | ISWC T-037029960-7 - Julián Diaz y Oscar Mazzanti

LA OLVIDADA - Registrada el 08/10/1963 - #29376 | ISWC T0370315891 - Julián y Benicio Díaz - Héctor Roberto Chavero 

LA MOCHA - Registrada el 13/10/1965 - #78868 | ISWC T-037025952-1 - Julián, Benicio y Oscar Mazzanti

EL VENTAJAO - Registrada el 28/12/1965 - #91160 | ISWC T-037030344-8 - Julián Diaz y Oscar Mazzanti

LA ENREDADORA - Registrada el 07/03/1968 - #166316 | ISWC T-037079384-2 – Julián Diaz y Oscar Mazzanti

BREA CORRAL - Registrada el 11/09/1968 - #166054 | ISWC T-037079127-7 - Julián Diaz y Oscar Mazzanti

LA SABAGASTERA - Registrada el 11/09/1968 - #167008 | ISWC T-037080055-7 - Julián Diaz y Oscar Mazzanti

 La aparición de Oscar Valles como letrista de estas composiciones, logró una muy buena repercusión y excelente difusión a través de muchas grabaciones.                                                                       

Es indudable que el hecho de vivir en Buenos Aires, su experiencia en registros en Sadaic y la relación de amistad con distintos intérpretes del folklore contribuyó para ello.                       

Podemos decir que su colaboración fue un aporte sumamente valioso para revindicar y hacer conocer las obras de los Hermanos Díaz.

Hasta ahí, la historia que todos conocemos, pero más adelante aparecen datos que modifican parte de este documento.

En 1966 la Revista Folklore Nº 130, publica una entrevista al Cachilo Díaz de su enviada Alma García, prestigiosa periodista y guitarrista.

 Una entrevista muy interesante de la cual transcribimos parte de ella donde Cachilo rememora su viaje a Buenos Aires a instancias de su amigo Adolfo Abalos quien los invitó en 1947 para presentarse en la peña “Achaley Huasi” de Los hermanos Abalos.  

"El dúo de los Hermanos Díaz se inició con un mes en “Achalay huasi”, la peña de moda en ese entonces. Allí se convirtieron éxitos sus composiciones “La finadita” “La amorosa” bautizada así por Estela Peña, “El pintao”, “La vieja” recogida al arpista Gervasio Contreras, “Andando” (vidala), “La olvidada” (Nunca te olvidaremos) y muchas más que casi se popularizaron de tan populares. No olvidaron nunca el éxito que obtuvieron al lado de Adolfo Abalos en el Palacio Municipal de La Plata, antes de regresar a su provincia". 

En este fragmento del testimonio aparece el dato más relevante para nosotros.                                                                                  

Es el mismo Cachilo Díaz quien nos informa que la chacarera es recogida del arpista Gervasio Contreras, dato que nos revela la honestidad del Cachilo al contarnos el origen de la chacarera “La vieja”.

Fue recogida de un arpista, antiguo habitante de Villa Salavina, lugar que vió nacer al Soco y Cachilo Díaz. Y seguramente de allí la recordaban.

 Gervasio Contreras ejecutaba la chacarera que hoy conocemos como “La vieja” en su arpa (aunque el tema no tenía nombre todavía) y podemos suponer con bastante fundamento que era su autor, salvo que alguna investigación fundamente lo contrario.

 Hemos hablado con arpistas actuales y coinciden con la idea de que fue compuesta por un arpista, y que es más sencillo abordarla ejecutando un arpa que por la disposición de cuerdas de este instrumento facilita su interpretación.                                           

Las características musicales de esta chacarera ofrece bastante complejidad al trasladarla a su ejecución en guitarra. Lo que refuerza la idea original sobre la autoría de don Gervasio Contreras.

¿Y quién fue el arpista Gervasio Contreras? Busqué esa información obstinadamente y finalmente encontré una referencia donde se lo nombra. El libro se llama “Sisa pallana”, Antología de textos quichuas santiagueños escrito por Mario C. Tebes y Atila Karlovich F.

Se puede consultar y descargar en https://es.scribd.com/.../Antologia-de-Textos-Quichuas...

 La entrevista ocurrió en 1962, el entrevistado Antonio Aguirre está hablando de una época que podemos ubicar entre 1915 y 1950 aproximadamente.

El violinisto Antonio Aguirre (67 años) / por Domingo A. Bravo – Pág. 226

"Yo a la edad de 15 años compré un violín y comencé a ser músico. Luego de algunos años mi violín ya no servía y otra vez compré uno. Después otra vez se me acabó ese. Ya compré otro. Después cuando tuve ese, me lo quebró un borracho estando en un baile. Después un compañero mío había tenido un violín, y como me lo regaló, ahora tengo ese violín. Hoy en día ya nadie me da trabajo y así yo vivo abandonado, dejando mi violín".                                 

"Hoy en día, porque ya hay músicos modernos, a mí me echan para atrás [no me tienen en cuenta]".

"Hace mucho, la música solía ser: el arpista, el finado Gervasio Contreras, su guitarrero, Santiago Coria, su bombisto, Eusebio Jiménez. Y yo en eso aprendí el violín y entonces formamos un cuarteto. Solíamos ser los músicos aquí en Villa Salavina. Debe ser de 30 a 40 años atrás que nosotros empezamos a ser músicos, fue aquí en Villa Salavina".

El Soco y Cachilo Díaz (muy changuitos en ese tiempo) frecuentaron esos músicos con los cuales fueron aprendiendo sus primeros fundamentos de la música criolla salavinera.

En realidad, jamás los hermanos Díaz afirmaron que esa chacarera les perteneciera. El que la registró y los anotó como autores fue Oscar Valles.

Ellos la aprendieron de músicos populares, la interpretaban y recordaron durante mucho tiempo, preservándola del olvido.

 Existe otro testimonio que refuerza el tema de este informe. En 1996 consulté con Adolfo Abalos sobre este tema y me decía que hace mucho tiempo le había preguntado a Soco y Cachilo cual era la chacarera trunca más antigua que conocían y tocaron esta melodía que conocemos como “La vieja”.                             

Estamos hablando de un tema popular que los Hermanos Soco y Cachilo Díaz habían conocido en Salavina y lo incorporaron a su repertorio.   

El mismo Adolfo Abalos en el año 2000 graba un disco a instancias del musicólogo francés Michele Plisson, titulado “Musique tradionnelle de Santiago del estero”.                                               

 El primer tema del disco es “La vieja” chacarera. (Anónimo). Tema recopilado por B. Díaz) Famosa chacarera de la región de Salavina. Considerada como la más antigua de las truncas. No se conoce el autor, pero existen varias versiones, entre las cuales, entre ellas la de B. Díaz que interpreta aquí A. Abalos.

 Esta chacarera tiene al menos 2 letras distintas. La primera la escribió Adolfo Abalos a fines de los años 50 y no la registró por respeto a los Hermanos Díaz, con quienes compartía una larga amistad y total confianza.                                                               

Por esa relación de amistad no pensó que hiciera falta el detalle burocrático de registrarla en Sadaic.

Tanto Michel Plisson como Adolfo Abalos la reconocen como anónima, ellos desconocían que había sido recogida de Gervasio Contreras en Salavina.

Letra de “La vieja” por Adolfo y un detalle para prestar atención. En su estribillo Adolfo aclara: Chacarera, chacarera, la más vieja de las truncas.

 Esta chacarera trunca ha nacido en Salavina,
la tocaban en guitarra el Soco y Cachilo Díaz. 
 La tocaban en guitarra, en guitarra y bandoneón,
mandolín, guitarra y bombo, y así la recuerdo yo.
¡Salavina es un pedazo de Santiago del Estero,
"Es la tierra que más quiero", decía un salavinero! 

¡Chacarera, chacarera la mas vieja de las truncas,
por ahí tal vez te olviden, pero en Salavina, nunca!

¡Uy, vidita con las truncas! ¡Medio bravas por demás!
Y aunque ariscas y cruzadas, churitas para cantar. 
Si te dice algún amigo: "¡Tocamélo una trunquita!",
hacele escuchar "La Vieja" ¡con alma y bien sentidita! 
Una vieja y otra vieja y otra vieja ya son tres,
si las viejas son como estas, ¡vengan todas de una vez! 

Más adelante, en 1964 apareció la versión de Los Quilla Huasi con letra de su integrante Oscar Valles.  Tenía esta letra:

Esta chacarera es trunca, alma y vida de Santiago,
vieja como los coyuyos que cantan allá en mi pago. 
Sangre de salitre y canto que corre por los senderos,
polvadera, vino y farra febril del salavinero. 
Yo la traigo de mi tierra donde el monte besa el cielo,
hecha canto en mi guitarra y la del Sonco en el recuerdo.

Todos la llaman "la vieja" y algunos me la han copiado,
pero esta es la verdadera que canta todo Santiago.

Achalay mi chacarera, sonco y bulla de mi pecho
y rescoldo de las coplas que cantaron mis abuelos.

Apenitas se la escucha la sangre me cosquillea,
y hasta se salen del alma las penas y mudancean.
Compañera de mis noches, llamita de mis adentros
pa' alumbrar a mis paisanos humildes pero contentos.

Me contaba Adolfo Abalos que cuando escuchó la versión de Los Quilla Huasi (posterior a su letra) se incomodó con la copla que decía:

Todos la llaman "la vieja" y algunos me la han copiado,
pero esta es la verdadera que canta todo Santiago.

Esa frase “y algunos me la han copiado” daba a entender que se refería (posiblemente) a Adolfo Abalos, quien había escrito la otra letra mucho antes que Oscar Valles. Pero luego lo tomó con humor y se olvidó del tema.

Aclaración:

Este informe no tiene como finalidad desmerecer la obra de ninguno de estos próceres. Tan solo es producto del afán de investigar con las herramientas que nos proporciona la tecnología actual, sin ellas hubiera sido imposible realizarlo.

Los Hermanos Díaz son un referente imprescindible a la hora de hablar de la música santiagueña y uno de los más claros exponentes de la chacarera trunca, entre tantas obras creadas por ellos.                                                                                       

 Además de otros géneros como zambas, vidalas, gatos, escondidos.

Oscar Valles, legendario compositor y letrista falleció el 7 de Abril del 2003. Marcelo Simón escribió "Murió un Cacho de Argentina" decía: "...Una de las razones más claras por la que debemos agradecer su talento, es porque redescubrió y completó las creaciones de los geniales salavineros Julián y Benicio Díaz...que permitieron mostrar al país y al mundo, fragmentos del dulcísimo lirismo de los campesinos de la Mesopotamia santiagueña..".

 Adolfo Abalos, el genial pianista de Los Hermanos Abalos creó una escuela pianística que podemos considerar el molde inicial del cual se nutrieron durante décadas nuestros pianistas folklóricos.

 Y vaya nuestro reconocimiento para Gervasio Contreras, Tomita Abendaño, Conrado Pérez, Antonio Gómez, Sixto Palavecino, Fortunato Juárez, Don Andrés Chazarreta, Los hermanos Simón, Los hermanos Abalos, Julio Jerez, y tantos otros a veces desconocidos creadores que han enriquecido nuestro patrimonio musical.

 Una curiosidad sobre el tema en cuestión.                        

Atahualpa Yupanqui grabó muchas obras de los Hermanos Díaz de quienes fue muy amigos. Sin embargo “La vieja” nunca la grabó. Prácticamente no hay grabaciones de esta obra en solo de guitarra, lo que nos permite entender en la complejidad de su ejecución.

Conozco solo una versión en solo de guitarra (solo, sin acompañamiento) y está cargo de Miguel Alvarez. Se puede escuchar en este sitio:

https://www.youtube.com/watch?v=YKiQwQBIsOE

José Luis Torres Urquiza – Rosario, 28 de octubre 2020

sábado, 22 de noviembre de 2025

“En el adiós de Cachilo Díaz”

 Por Atahualpa Yupanqui



"¿Por qué sembré la semilla

tan cerca del salitral...?

Si allí no crece una mata

que no tenga gusto a sal."

Así fue siempre el pago de Salavina, vibrante y soledosa comarca santiagueña. Tierra de poca sombra y siesta larga. Tierra de Vichis y Luchos, y Zacarías, Carreños, Díaz, Carrizos.

Fue posta de carretas cuando el verdor detenía el avance del desierto, antes de la sequía grande, antes que el Salado cambiara su cauce. Después, el ferrocarril llamó con largas pitadas al blanco caserío que se estiró junto a los chañares y cerca del Río Dulce. Y allá, sobre el sur-poniente quedó Salavina, olvidada, como una guitarra tumbada sobre los jumiales.

Quedaron, con su sola calle larga, Los Telares, Troncal, Chilca Ju- liana, Barrancas, Brea Corral, Paso Chico y Salavina. Dicen los viejos, tan amigos de las leyendas, que el salitral se formó con el llanto de todas las vidalas que allí fueron cantadas, sollozadas, gozadas.

"Miro mi tierra en la tarde.

Sin nada para sembrar.

¡Cuánta lágrima ha caído

pa que esto se vuelva sal!"

En ese paisaje nacieron y crecieron los dos iniciados del miste- rio musical quichuista: Benicio y Julián Díaz. El "Soco", y el "Cachilo". Nacieron, sí, en la Villa de Salavina. Pero travesearon y crecieron en la vieja finca de Brea Corral, hablando un mal castellano y un buen quíchua. Luego, ya camino del bachillerato, habían de marchar a la ciudad, "la ciudar" como ellos decían. Y la "ciudar" les pulió la forma, ya que su esencia era de por sí culta y ejemplarizadora.

Y muy al revés de los campesinos que se aquerencian en las ciudades, Soco y Cachilo vivieron años en la capital santiagueña sin perder su íntima estructura indiana. Seguían siendo “shalacos", hombres de la tierra salada, áspera, fuerte, sin más sombra que la noche, casi siempre breve y plena en sonoridades.

Los dos tocaban guitarra; pero un día el Soco se prendió a un bandoneón. Fue un saludable diálogo, hasta que el "fuelle" aprendió la intención de las chacareras de Salavina.

"Amague el aire sin apretar la nota..." Sabía decir del Soco, cuan- do la oficiaba de entrenador de changos vidaleros o cantores de "truncas".

Treinta años caminó el Soco por entre pencales y arenosas rutas, tocando su "música" para las gentes del pueblo. A su lado, sonora sombra, el Cachilo, con su rasguido apretadito, como "raspa'i fósforo", dejando siempre para su hermano Benicio todas las suertes del lucimiento y el aplauso. Sólo competían en los brindis.

Hace unos cuantos años, Benicio, "El Soco", se fue yendo al amparo de la sombra grande. Y sin dónde repararse, sin el alero mayor, Cachilo colgó su guitarra.

Casi diez años estuvo sin tocar una nota Julián Díaz. Los amigos, le ayudaban a superar esa soledad de cantor: sin aparcero. Y alguna vez, su esposa, la María Luisa, comentó: "Ahí anda el Cachilo como buscando de afinar la guitarra..."

Y al tiempo, los cantores criollos tuvimos un nuevo asunto para la emoción y el gusto, para la danza y el recuerdo: Una chacarera de Cachilo, compuesta con tanto ritmo como timidez. Quizá por eso la bautizó: LA HUMILDE. Sí. Humilde como él; sencilla y salavinera, como él.

Y ya después, superado el conflicto espiritual, tuvo alumnos y anduvo algunas leguas, aunque sin alejarse mucho de Santiago.

Se le arrimaron artistas y sacha-cantores, para copiarle "el modito", tal vez ignorando que cuando Tata Dios hace un artista puro, luego rompe el molde. Cachilo, a todos atendía con su enorme voluntad y una amistosa ternura de chango grande.

Hace unos años, enfermó. Anduvo caidito, triste, visitado solo por los amigos pobres, como siempre ocurre. Y ayer partió su alma, buscando la ruta de la sombra grande.

Estas líneas quizá no ayuden a medir la exacta dimensión del artista nativo, del hombre-paisaje que fue Julián Díaz. Están escritas sobre el campanazo de la noticia de su muerte. Algún día diremos de otra manera, narraremos desde adentro las travesuras en La Menor del Cachilo. Por ahora, solo unas coplas del salitral, como un rezo para el hermano ausente.

Pobre mi tierra, tan seca!

Mis manos quietas están.

El día que siembre adioses,

Ni un adiós germinará...!


 

 

miércoles, 9 de octubre de 2024

"Así cantaba un paisano, paisano salavinero"

 


¿QUIEN de nosotros no tarareó alguna vez "¿La olvidada”, “La alabanza” o “La blanca rosa”? Lo hicimos más de una vez, por cierto, y por el milagro de la música nos sentimos transportados a la tierra del algarrobo y el chañar: una chacarera juguetona y las parejas que levantan polvareda mientras la bailan...

Ese es el gualicho que encierran todas las obras que nos han entregado a lo largo del tiempo los hermanos Díaz; su música pura, sacada de la tierra misma, nos conduce imaginariamente a sus fuentes naturales. Es mucho lo que les debe el folklore santiagueño a los hermanos Díaz; lamentablemente sólo podemos hablar con uno de ellos, dado que Benicio, a quien apodaban el Zoco, falleció hace varios años (1948).

Conversamos con Julián Antonio, más conocido como Cachilo Díaz; su casa son dos brazos abiertos siempre dispuestos a recibir a los amigos. Allí se realizan fiestas criollas y es dable escuchar a conjuntos o solistas de renombre, que llegan a visitarlo. Entre éstos merece una mención aparte Atahualpa Yupanqui; con don "Ata" no sólo ha firmado obras, sino que hay entre ambos una amistad que nace en viejas cacharpayas, donde juntos supieron pasar horas inolvidables.

UN POCO DE HISTORIA

Julián Antonio Díaz, éste es su nombre completo, nació en Salavina; fue el 23 de marzo de 1905 y eran sus padres Julián E. Díaz y Crescencia Torres.

Desde pequeño se sintió atraído por la música, llegando así a dominar varios instrumentos. Primero fue la armónica; más tarde creyó haber encontrado su verdadera vocación en el violín; tal es así que mientras cursaba sus estudios primarios en Buenos Aires, concurría al Conservatorio de Música que estaba bajo la dirección de los profesores Fracassi y D'Andrea. Al año siguiente (1917), retorna a Santiago, donde continúa rus estudios primarios y comienza con el aprendizaje de la guitarra, progresando rápidamente.

NACE UN DÚO

Tiempo después formó un dúo con el Zoco y no había fiesta criolla donde no estuvieran presentes estos dos hermanos. Juntos recorrieron gran parte de Santiago y tuvieron así ocasión de escuchar a los más diversos músicos; pero quizá quienes más contribuyeron a inspirar sus creaciones, fueron esos paisanos lugareños, fieles intérpretes del sentir folklórico.

Los hermanos Díaz supieron escuchar, supieron compenetrarse, y no tardaron en ocupar un primer plano en el campo de la composición. Entre sus numerosas obras, todas ellas de un marcado sabor telúrico, se encuentran: "El pintao", "Achalay", "Don Benicio", "El pilón" (gatos), "La alabanza" (chacarera) y "La amorosa" (zamba); estos dos últimos títulos han cobrado circulación no hace mucho en el mundo del disco: la primera, en versión de Los Huanca Hua, y "La amorosa", con versos de Oscar Valles, ha sido grabada por Los Cantores de Quilla Huasi.

Los Hnos. Díaz también llevaron al disco sus propias canciones; en 1947 grabaron para la R.C.A. Víctor dos chacareras: "La olvidada" y "La finadita", y dos zambas: "La del 11" y 'La amorosa" (sin letra aún).

Al año siguiente fallece el Zoco Díaz, por lo que Cachilo decide hacer acallar su guitarra... Pero al cabo de dos años comprende que la mejor manera de recordar al hermano perdido, es templando dicho instrumento. Fue entonces cuando Cachilo Díaz sintió renacer su fibra de compositor, mereciendo destacarse entre sus últimas obras 'La humilde" (chacarera grabada por Atahualpa Yupanqui y Los Hermanos Simón entre otros) y la vidala "Sentido estoy", dedicada al querido Zoço con letra de Atahualpa Yupanquí.

PREFERIDOS

Cuenta Cachilo que en su infancia escuchó con frecuencia a un violinista no vidente, allá por Salavina; su nombre era Conrado Pérez, y actuaba acompañado por su tío Epifanio. Posteriormente recuerda haber escuchado a otros músicos, pero ningunos tan buenos como aquéllos (habría nacido aquí su presunta vocación por el violín). En cuanto a los artistas profesionales de hoy, admira a los Hermanos Simón por su fidelidad interpretativa.

HOGAR, DULCE HOGAR

Cachilo Díaz está casado con María Luisa Terribile, y precisamente el pasado 17 de junio cumplieron las bodas de plata. Tienen un hijo, Luis Mariano, a quien todos lo conocen como el Tushca; guitarrero y buen bombisto (como todo santiagueño), colabora con el padre en la enseñanza de música nativa...

Nosotros cerramos aquí nuestra nota con la esperanza de haber saldado, en parte, la deuda que teníamos con Cachilo Díaz.

Publicado en Revista Folklore Nº 74 (4/8/1964)

Santiago del Estero: Corazón folklórico nos da hombres como “Cachilo” Díaz

 


Visitando en Santiago del Estero, en una cálida tarde de invierno, a un amigo poetas, la conversación recayó, naturalmente, en lo folklórico. ¿Qué pasa en Santiago con el folklore? ¿Gustan los santiagueños del cancionero de Leo Dan más que el de Chazarreta? Nos propusimos averiguarlo y comenzamos a requerir datos y direcciones de los más renombrados músicos del lugar. Sólo disponíamos de unas horas en esa capital norteña y queríamos aprovecharlas bien.

 -Puede comenzar sus visitas por lo de Cachilo Diaz -nos dijeron.

 -¿Dónde vive? En Santiago, todo queda "ahicito nomás". También lo de Cachilo Díaz.

En efecto. Dimos vuelta a la esquina y ahí, a media cuadra, abría sus brazos acogedoramente la fachada de un viejo chalet provinciano pintado de blanco, con añosos árboles y plantas de jardín. Golpeamos las manos y salió a recibirnos una señora, que luego supimos era la esposa del músico. Sin saber quiénes éramos; sólo el expresado deseo de cambia: unas palabras con el dueño de casa, bastó para que nos hiciera pasar al vestíbulo. Allí, en un hall transformado en estudio, un pequeño de unos nueve años deletreaba las notas de una partitura y tocaba en la guitarra, demasiado grande para él. El maestro nos saludó sin demostrar extrañeza ante nuestros rostros forasteros, pero su rostro se mostró muy expresivo cuando le dijimos nuestros nombres y el de la revista. De repente se acortó la lección del pequeño y quedamos solos. Desde las paredes, nos contemplaban partituras, fotos, pergaminos y mil recuerdos más de la carrera de los Hermanos Díaz. Porque eran dos: Julián Antonio y Benicio.

Estamos ante Julián; 61 años cumplidos el 24 de marzo de este año. Enseguida quiere saber de Buenos Aires. Su único contacto con la capital es la radio. "En ella escucho a los solistas-dice-. Quisiera ir a las peñas de Buenos Aires y ver a toda la gente famosa y que ama el folklore".

Julián Diaz, natural del pueblo de Salavina, inmortalizado en varias composiciones musicales, se radicó en Santiago en 1916, para estudiar violín. Había nacido en un hogar de músicos; su abuela tocaba el arpa y la otra abuela la guitarra. Tuvo que abandonar el estudio de violín porque el profesor se mudó de provincia, pero no se resignó a dejar la música. Entonces se compró una armónica y comenzó a sacar en ella, de oído, aires tradicionales. No terminaron allí los inconvenientes musicales. A raíz de una operación de paperas, le prohibieron tocar la armónica, y lo enviaron al campo a recuperarse. Pero tampoco eso fue bastante para amilanarle y se las ingenió entonces para que un peón del campo donde pasaba esas forzosas vacaciones le enseñara tres tonos en la guitarra.

Cuando regresó a la ciudad, ya la guitarra era su pasión. Algunos pensionistas en su casa tocaban ese instrumento y pudieron ayudarlo a buscar nuevos tonos. Después, se empleó en el Gabinete Dactiloscópico de la Policía y el destino quiso que su jefe, don Manuel Zamora, también tocara la guitarra. Ese fue el lazo más efectivo para iniciar una larga amistad. Y ambos comenzaron un estudio de guitarra por cifra, con gran dedicación y entusiasmo.

Por ese entonces, su hermano Benicio tocaba mandolín y bandoneón. ¿Qué mejor, entonces, que formar un dúo? De entonces, Julián Diaz recuerda con una sonrisa melancólica cómo cada vez que actuaba en público encontraba su guitarra totalmente desafinada, producto de una broma pesada de su hermano.

El dúo de los Hermanos Diaz se inició con un mes en "Achalay Huasi", la peña de moda de ese entonces. Allí se convirtieron en éxitos sus composiciones "La finadita", "La amorosa", bautizada así por Estela Peña, "El pintao", "La vieja", recogida al arpista Gervasio Contreras. "Andando" (vidala), "La olvidada" (Nunca te olvidaremos) y muchas más que casi se folklorizaron de tan populares.

No olvidaron nunca el éxito que tuvieron al lado de Adolfo Abalos en el Palacio Municipal de La Plata, antes de regresar a su provincia.

Julián creó así más de sesenta obras, que se las "pasaba" silbando a su hermano Benicio. Cada nueva obra era es- trenada en una "cacharpaya" por Benicio y allí se la bautizaba. Así pasó con "El pintao", que fue llamado así por Rodolfo Paz, inspirado en un gato manchado.

Una vez llegó a Santiago, en una de sus giras, Atahualpa Yupanqui, y Julián Diaz lo buscó y lo llevó a su casa. De esto hacen ya 35 años de profunda amistad.

La amistad es para Cachilo Díaz un valle donde se refugian todas las personas que lo reconocen. Y también los que no lo conocen pero lo presienten desde el umbral del canto. Hasta los jóvenes, los que quieren beber de la fuente, acuden a su lado desde todos los rincones de nuestra tierra cantora. Hace unos días, fueron Los Peregrinos que llevaron a su lecho de enfermo su acento sureño en canciones de amistad. y consuelo. Los jóvenes Peregrinos cantaron por y para Cachilo Diaz al pie del sol santiagueño, en un simbólico abrazo: de la tradición y su futuro.

La belleza de las melodías, el encanto del ritmo netamente tradicional conquistaron siempre a los oyentes, que aplaudieron fervorosamente sua obras, y también a otros compositores, que desearon hacer su aporte espiritual a ellas. De esta manera fue que Oscar Valles y Atahualpa Yupanqui le solicitaron autorización para poner palabras a su música, y actualmente han salido ya algunas de ellas.

Fallecido su hermano Benicio, se retrae en su refugio provinciano.

Hace pocos años, un espasmo cerebral le dejó como saldo una leve parálisis del brazo y le aconsejaron dedicarse a la enseñanza de la guitarra, como sistema práctico de reeducación del miembro afectado. Desde entonces, su casa está siempre frecuentada por sus alumnos de todas las edades.

Jubilado de su cargo como empleado de los Tribunales, sus alumnos le ayudan a vivir sus horas de música en alegre compañía. Puede dedicar sus horas de paz a la composición. y al estudio de un instrumento que es siempre un misterio.

Conversando con Julián Díaz, casi se nos pasó la hora del almuerzo. Sin embargo, no quisiéramos despedirnos, envueltos como estamos en su mundo de recuerdos, todos gratos. La tarde santiagueña cae a plomo sobre nuestras cabezas que repiten la melodía de "El pintao", mientras caminamos hasta el hotel, que "queda ahicito nomás..."

Alma Garcia

Publicada originalmente en Revista Folklore Nº 74 (27/9/1966)