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viernes, 3 de octubre de 2025

La anécdota que dio nacimiento a “añorando” de Los hermanos Simon

Por Roberto Vozza

 

 



Mañana de mañanita
Y si mi zaino se anima
De un galope tendido
Me vuelvo pa´ Salavina.

 

Desandar el tiempo, recordar momentos y vivencias, es lo que permite descubrir con cariño y nostalgia el protagonismo de quienes cultivando el acervo popular folklórico fueron sumando paginas inolvidables a nuestro rico cancionero.

Ruben Palavecino, en estas horas precisamente evocó el encuentro de su padre, el mítico Don Sixto, con José Simón, integrante de aquel famoso conjunto integrado por los hermanos homónimos.

Palavecino habia dejado hacia poco su Salavina natal junto con su familia para trasladarse a Santiago e instalarse en el capitalino barrio Almirante Brown con su peluquería. Era consciente de que allí sus hijos, Haydee, Carmencita y Rubén, se iban a forjar un porvenir en su formación intelectual como finalmente. Pero era profunda la nostalgia por su pago.

En aquel encuentro con Simón, éste le pregunto…” Sixto, extrañas el pago”?... “La pucha!... mirá José… si tuviera un zaino te aseguro que me voy volando para allá, ahora mismo”, le contestó.

Esa frase habrá de inspirar a Simón para escribir la letra y luego con sus hermanos componer la chacarera “Añorando” en homenaje a tan auténtica nostalgiosa vivencia del músico salavinero.

Así nació “Añorando”…

 

 

AÑORANDO

 

Estoy en tierras lejanas
Y una pena me domina
Cuando recuerdo el pago
El pago de Salavina.
 
Mi ranchito rivereño
Mi morterito añapero
Mi linda majadita
Y mi perrito ovejero.
 
Mi guitarra compañera
Con su fundita de lienzo
Colgadita de un clavo
Junto a mi catre de tientos.
 
Mañana de mañanita
Y si mi zaino se anima
De un galope tendido
Me vuelvo pa´ Salavina.
 
Temblor de algarrobales
Sombritas de los aleros
Si abre escuchao de fiestas
A los viejos vidaleros.
 
Arroyos de torcacitas
vienen del monte vecino
Y una canción que pasa veloz
Las aguas del río.
 
Parece patay la luna
Tu cú tu cú las estrellas
Plantitas de poleo
Van aromando la senda.

Fuente fbk/patio santiagueño

jueves, 27 de marzo de 2025

Aquel mulato pianista y tanguero

 Por Roberto Vozza

 


 En estos días, el revisionista Omar Estanciero publicó la réplica fotográfica de un recorte periodístico donde el doctor José Antonio Faro, abogado santiagueño y compositor folklórico, por muchos años estrechamente ligado a SADAIC, hacia entrega en Santiago de sendas medallas de oro por haber cumplido 50 años como socios de la entidad al poeta y escritor Marcos J. Figueroa y al pianista Plácido Martin, el “Morocho” Martin, aclara el epígrafe de la foto. Este acontecimiento fue el 20 de abril de 1962.

Martín ya estaba radicado en Santiago para ejercer su profesión de músico y permanecer en condición de tal con numerosas actuaciones a lo largo de una década.

Su inserción al medio, en lo social, revistió una característica muy particular. En aquella ciudad chica de los años 60’, comunicativa y expansiva, la presencia de un mulato, a la par de los rubios y morochos lugareños, no dejaba de ser una connotación especial y aun mas siendo músico.

Se lo conoció artísticamente y en la identificación personal simplemente como “Morocho Martín”, sin más detalles. Un hombre, alto y corpulento, de pelo motoso o “mochoso” al decir santiagueño; muy educado, sociable, que en la relación cotidiana no dejaba de mostrar rasgos de simpatía, porque no mezquinaba saludos y caminaba por las calles siempre con un atildado vestir compuesto de saco y corbata esbozando una sonrisa.

Solía vérselo en algunas oportunidades acompañado de una mujer también de color, que sería su esposa, y frecuentaba el desaparecido “Rincón de los Artistas” acodado en el mostrador a la par de aquellos rústicos “pingüinitos” donde se servía el vino al parroquiano.

La veterana cancionista Amalia García, que terció en esta investigación acerca del personaje, contó que Martín conformó una pequeña agrupación orquestal tanguera que actuó en muchos escenarios del medio e integrada por Juan de Dios Gallo al violín, el cieguito Fidel Lucero y Gimenez al bandoneón y Luis Saganias al contrabajo. Todos bajo una dirección concentrada y severa del “Morocho” y donde ella fue la vocalista.

 “Ensayábamos en el auditórium de Radio del Norte. El “Morocho” era muy profesional”.

Apuntó, asimismo: “hasta gestó una suerte de sana rivalidad con el gran e inolvidable pianista y director orquestal santiagueño Luis Napoleón Soria”.

 

La desaparecida emisora fue una suerte de “bastión” musical para él donde intercalaba actuaciones en vivo, y en algunas ocasiones acompañaba a intérpretes foráneos que venían a actuar a la ciudad.

Juan Carlos García, el “colorado” destacado bailarín y estrechamente vinculado al tango por sus orígenes porteños y relaciones con el ambiente, recordó que cuando Américo Navarro formó una agrupación orquestal, Martin actuó como pianista.

 “Yo era el presentador”, cuenta; pero no pudo aportar nada más acerca de otros aspectos de la vida del personaje que hoy recordamos, como para saber acaso qué circunstancias lo trajeron a Santiago, donde fijó su residencia y en qué momento se fue de la ciudad hasta el final de sus días.

¿SERA EL MISMO? ...ASI PARECE

La generosa página web “Todo Tango” registra entre los numerosos compositores de la música porteña a Placido Martin Sixto Simoni Alfaro. Muy escuetamente dice que nació en Buenos Aires en 1903 y registro dos obras como músico tituladas “Nubes negras” y “Tiempo perdido” con letra de Armando Tagini la primera y de Jaime Lloret Reos, la segunda.

En los registros autorales de Sadaic, Simoni Alfaro inscribió “Charrua” con Ernesto Cardenal, “Para que seguir viviendo” con José Gregorio Alfaro, “Pobre rancho” con Joaquin Alvarez y “Sina Sina”con Pablo Amadeo Scolari.

En un libro sobre historia del tango que escribe Horacio Ferrer se dice… “los notables negros o descendientes negros de la historia del tango fueron, entre otros, Rosendo Mendizabal, Carlos Posadas, José Martinez, Leopoldo Thompson, Eduardo Pereyra, José Ricardo, Enrique Maciel, Eduardo Barbieri, Celedonio Flores y PLACIDO SIMONI ALFARO…

En “El Tango y sus intérpretes” de Roberto Gutierrez Miglio, se dice que Simoni Alfaro reemplazó como pianista a José Martinez en la orquesta de Julio de Caro en 1926.

En la conversación con Amalia Garcia esta recordó como dato importante que el apellido del “Morocho” Martin era ALFARO. “Es lo único que sabía de él como persona, porque era en ese aspecto muy hermético”, apunta, lo que no deja de ser un elemento coincidente con el nombre Plácido como se registra en la crónica periodística local, el nombre Martin, su descendencia africana y el apellido Alfaro, que estarían revelando acaso la misma identidad de los dos personajes aquí analizados.

Juan Carlos García apuntó una graciosa anécdota.

Cuenta:” un día se me dio por aprender tocar el piano y le consulto, “Maestro ¿me podrá enseñar”? – Si mi amigo, como no… será un honor- le respondió.

Por entonces él alquilaba un piano en una casa frente Tribunales en la calle Chacabuco. En la esquina de ésta e Yrigoyen había un bar. Concurría a clases tres veces por semana y me cobraba 10 pesos por cada una. Comencé con las dos manos haciendo la escala, y le entregué los 10 pesos…” Siga así que va bien…yo vuelvo enseguida”, me decía. Al segundo día…lo mismo: do re mi fa sol la si…me pedía los 10 pesos y un – siga así va muy bien…ya vuelvo. Así estuve tres semanas y cada clase a la que llegaba, lo primero que me decía era “¿me trajo alguito?” ¿QUE PASABA?: Cuando me decía – va muy bien siga así…ya vuelvo se corría hasta a la esquina a tomarse un vino y regresaba a la hora. Y al retirarme de la clase me apuntaba… usted va a salir bueno” …

El también revisionista “historiador de vivencias santiagueñas” Pedro Rojas Cuozzo, sumó otro aporte importante.

Recordó que en 1964, cuando murieron en forma casi sucesiva Julio Sosa, Francisco Canaro, Juan de Dios Filiberto y otro exponente destacado de la música porteña que no recuerda con precisión, el “Morocho” compuso un tango con letra de Mariano Chajud - bonaerense pero santiagueño por adopción que reside en Santiago - titulado “Cuatro estrellas para el cielo”.

Mariano está muy enfermo y no es posible hablar con él. Pero su esposa, que hace de interlocutora de quien fue un notable verseador y payador entre los santiagueños, algo recordó de lo que él supo decirle. Por caso el de que la identificación de “Morocho” Martín era un nombre más artístico que el usar su verdadera identidad que “era tan larga”. Y apuntó ser un individuo de bajo perfil.

 “El Morocho” Martín, sin duda se inscribe como un personaje de la música y el cancionero popular de los santiagueños, dejando una impronta que no puede escapar a la memoria. Pero dejó incógnitas no develadas y sepultadas por los años- esas que desvelan al murmurar comarcano – como el saber qué lo trajo a estos pagos habiendo cumplido un papel importante en la música de Buenos Aires y ser socio de SADAIC. Y si acaso es el mismo Simoni Alfaro de marras, por qué ocultó su verdadero nombre y trayectoria desarrollada en Buenos Aires- aparentemente aquí nadie lo supo y supuestamente él lo habría ocultado exprofeso- y por qué se fue un día sin saberse más nada de él cuando esta tierra lo cobijó como lo hace siempre con los foráneos que hacia ella vienen. Fuente: Patio Santiagueño

lunes, 20 de enero de 2025

"Coquito" Cáceres, el bohemio cantor

Coquito Cáceres” era un personaje que deambulaba por la noche santiagueña con su guitarra y su cigarro en chala que, a la hora que llegaba al Rincón, ya venía con algunas copas de más y hacía su entrada triunfal entonando grandes versos que luego perduraron en la memoria de los habitués.


                                                                                                

Por Roberto Vozza

Para las tres últimas generaciones de santiagueños, hablar de “Coquito” Cáceres y de su bohemia guitarrera y poética es una novedad. Para aquellos que pasamos el medio siglo de vida, su nombre forma parte del folclore ciudadano vuelto personaje y por ende sigue siendo inolvidable e irrepetible.

Muy poco se puede referenciar puntualmente de él. Se dice que a mediados del siglo pasado llegó desde su pueblo natal que habría sido en la provincia de Buenos Aires para formar parte de un espectáculo denominado “100 guitarras”. Pero comentan que fue tal su mala fortuna, que “ovillado en el alcohol” como refiere la zamba que a él le dedicaron, se cayó en la desaparecida acequia de la Avenida Belgrano y su traje blanco con el que se acordó debían llevar los integrantes de esa numerosa formación de músicos en la actuación prevista quedó amarronado y sucio. Coquito se vio por ello impresentable para actuar; pero aquel episodio le marcará la decisión de permanecer desde entonces y hasta su muerte en suelo santiagueño.

Y así comenzó a deambular por la noche con su guitarra y su cigarro en chala, con la consabida parada en el desaparecido “Rincón de los Artistas” de la entonces calle Tucumán, para entonar estrofas o recitar antiguos poemas gauchescos que habrían de perdurar en la memoria de los concurrentes a aquel salón donde el folclore se engalanaba con la presencia de artistas populares.

Su propietario, don Pedro Evaristo Díaz, protector de los humildes músicos y poetas que allí se refugiaban, habría de darle albergue y cuidar a Coquito con el paso de los años en su casona de Avda. Moreno casi Alsina.

Ovillado por el vino
tu canto eriza la noche
y al escuadrón guitarrero tu voz
con el lucero lo esconde.
Y al escuadrón guitarrero tu voz
con el lucero lo esconde.

Con estos descriptivos versos de su personalidad, el poeta Marcelo Ferreyra (Cola i’ Gallo en el ambiente) se inspiró para dedicarle esta “Zamba para un bohemio guitarrero”, a la que aportó su sensibilidad musical Carlos Carabajal.

“Coquito” era de baja estatura, pelo encanecido, con visibles arrugas en la frente y el rostro más su voz aguardentosa al hablar y cantar, que le conferían, ya bien entrado en edad, esa particular semblanza del personaje bohemio que convocaba a la diversión de quienes lo rodeaban en la calle siempre con su modesta guitarra a la que un día, dijo “tuvo que venderla para comprar cuerdas”. De allí que, de boca en boca, como ese gracioso dicho, se fueron conociendo presuntas anécdotas que hoy la memoria puede rescatar.

Guitarrero enamorado
abrazao' a la pobreza
miras del cielo llorando el ayer
las estrellas con tristezas.
Miras del cielo llorando el ayer
las estrellas con tristezas.

Una de las más graciosas que se le recuerda fue aquella cuando antes de interpretar un tango dijo: “Quiero contarles a ustedes esta hermosa historia… Una historia de amor… Cuando Carlos Gardel vino a actuar a Santiago conoció a una santiagueña con la que mantuvo un breve romance. Luego se fue y nunca más volvió sin saber que había gestado un hijo… Señoras y señores, voy a cantar de Le Pera y mi papá… “Volver”

Solito como la urpila
Coquito Cáceres canta
canta pechando la pena en su voz
de su bohemia atormentada.
Canta pechando la pena en su voz
de su bohemia atormentada.

Solía decir que Leo Dan era “su hijo” artístico, por cuyo motivo interpretaba “Adiós a las penas” del gran baladista santiagueño…O proponía hacer escuchar una canción en francés de su autoría titulada “Tu corazón es un témpano de yelo” y cuya letra decía… “ Ra taf taf taf taf taf… Meau… Meau… Meau…

Tu canto beben las calles
de mi pueblo santiagueño
cuando el silencio se hace soledad
y la noche ata el sueño.
Cuando el silencio se hace soledad
y la noche ata el sueño.

En folclore, una de sus zambas preferidas para cantar en cualquier esquina o bar de Santiago era la famosa “ Angélica“- Pero él la pronunciaba “ARGELICA”… y en medio de la interpretación solía detenerse para decir… “ viene la parte dramática”… “No olvidaré cuando en tu Córdoba te ví”…. por favor, me dan 10 pesos ahora”?

Indudablemente que estas ocurrencias de “Coquito” generaban un momento inolvidable y gracioso entre sus circunstantes.

Siempre estaba “atento” al convite del vino a cambio de alguno de sus reideros cantos, pero cuando la copa no llegaba se tornaba remiso para ello.

En una ocasión, rodeado de un grupo de jóvenes en una confitería céntrica, asumió tal postura negativa.

Fue entonces cuando uno de los presentes mirando al mozo le dijo…” un vino, por favor!!!”. Inmediatamente Coquito respondió… “zamba va…”

Madurando carnavales
tu guitarra moja el alba
y en el remanso de tu corazón
una chacarera baila.
Y en el remanso de tu corazón
una chacarera baila.

Él se sentía artista, convencido de sus “dotes” como cantor y recitador, y hasta se animaba a juzgar a quienes se consideraban lo mismo para animarse a juzgarlo con tono sentencioso y decirle a uno de ellos por ejemplo… “ vos no puedes cantar, porque te falta mímica”…

Un día cualquiera de un año cualquiera, Coquito Cáceres se fue de este mundo. Muy pocos lo deben haber sabido…Un silencio envolvió su muerte. Tampoco fue noticia en los diarios…El bohemio guitarrero no obstante dejó una inolvidable impronta para sumarse a la ya extinguida lista de los personajes populares que tuvo el Santiago de ayer.

Solito como la urpila
Coquito Cáceres canta
canta pechando la pena en su voz
de su bohemia atormentada.
Canta pechando la pena en su voz
de su bohemia atormentada.

Fuente: mileniomdq.blogspot.com.ar/

viernes, 13 de diciembre de 2024

Personajes si los hubo...Dido Silvetti

Por Roberto Vozza

Retrato realizado por Marcelo Augusto Argañaras

Santiago, como muchas ciudades chicas del interior argentino, ha tenido sus personajes. Aquellos que por el destino que les marcó la vida se caracterizaron por algún rasgo físico, de personalidad o temperamento que los identificaba para ganarse de ese modo la simpatía o la curiosidad de quienes lo frecuentaban y recoger de ellos un sinnúmero de graciosas anécdotas que aún quedan en la evocación.

Baste con mencionar, por caso, y cada uno en su ámbito social, al “besador” Amílcar Moyano, al conductor de coches de plaza “Bola” Buitrago que le daba gaseosa al caballo porque le divertían sus eructos, al popular “Vilila”, excelente cocinero del Hospital Regional con sus  asumidos modos homosexuales pero no exento de gracejo  en sus decires ocurrentes ; y mas al centro, “Pucho” Salvatierra y sus cultas y espontáneas palabras o definiciones que lo ubicaron también en los primeros planos del contexto humorístico en el anecdotario santiagueño.

Y aquí surge ahora el perfil de otro singular personaje: Dido Silvetti.

Alto, delgado, de cara angulosa y gruesos bigotes que se ganó la simpatía popular como boxeador, maratonista, actor de cine – “Muerte Civil”- de teatro y fakir, siempre convencido de que podía asumir todos esos roles que se afanaba y ufanaba al representar cuando eran en realidad una jocosa parodia.

En la década del 50’ cuando el Inti Club montaba sus espectáculos boxísticos, no faltaron sus numerosos enfrentamientos como parte del espectáculo con otro personaje singular como lo fue “Kid Sungo”.

Aquellos “combates” que sostuvieron no fueron otra cosa que un show humorístico imperdible e inolvidable para regocijo de la concurrencia.

Cuando el atleta etíope Abebe Bikila ganó dos maratones olímpicas consecutivas en la década del 60’, Dido hizo el intento de imitarlo – tal vez mimetizando su biotipo con el del famoso atleta - en la clásica prueba pedestre  que anualmente hace disputar el diario “El Liberal”. Entonces fue de la partida y como Bikila, corrió descalzo. Claro, al kilómetro de lanzada la prueba debió desertar porque sus pies se llenaron de ampollas, hecho que para la concurrencia no dejó de ser un episodio revestido de humor.

Pero Dido – que residía en el populoso barrio 8 de Abril, a la vera del Río Dulce y se dedicaba a la cría y venta de porcinos – tuvo otra gran debilidad: el fakirismo.

Seguía con suma atención precisamente lo que hacian aquellos magos e ilusionistas que llegaban a Santiago para mostrar sus habilidades.

Por caso, Kakuma Blacamán, que se hacía enterrar vivo y encadenar adentro de un cajón de vidrio; Joe Carson, que se hacía pasar un auto por encima; Fu Man Chú, tragando sables de fuego; Tarabei, ayunando en la vereda del desaparecido cine Splendid; Tu Sam en la cancha de Estudiantes Unidos, metiéndose lámparas prendidas en el estómago, según lo recuerda Jorge Rosemberg en su original obra literaria “Zoco de la Buri Buri”.

Y Silvetti no solo que después los imitaba sino que los quería superar, ante el reidero de la gente, a lo cual el respondía seriamente diciendo: “ellos habrán hecho todo lo que hicieron aquí, pero ninguno lo que yo hice, porque soy el único fakir en el mundo que comió mierda”.

Dido Silvetti murió hace unos años, pero sus anécdotas no quedaron en el olvido para muchas generaciones.

Fuente: Patio Santiagueño

El Algarrobo en la medicina Popular