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domingo, 16 de agosto de 2026

La rebelión que cambió la historia de Santiago del Estero: el día que los soldados dijeron "no" a la Guerra del Paraguay

 Un levantamiento olvidado que puso en jaque al poder de los Taboada y desafió los sueños internacionales de la elite argentina


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Corría el año 1865. La Argentina se había embarcado en lo que muchos llamaban "la gran cruzada civilizatoria" contra el Paraguay, una guerra que el presidente Bartolomé Mitre prometía corta y efectiva. Pero, en el norte profundo, por los polvorientos caminos de Santiago del Estero, los soldados que debían marchar al frente tenían otros planes.

Lo ocurrido en el fortín La Viuda, en septiembre de 1865, fue mucho más que una simple sublevación militar. Fue el momento en que los proyectos internacionales de la elite santiagueña chocaron de frente con la resistencia de hombres que no entendían por qué debían pelear contra quienes consideraban sus "iguales". Y fue también el día en que el poder, tan cuidadosamente construido por la familia Taboada, mostró una grieta que ya no podía ocultarse.

La guerra que prometía gloria

Cuando estalló el conflicto con Paraguay, el presidente Bartolomé Mitre sabía que necesitaba mucho más que voluntad para reunir los 40.000 hombres que requería la campaña. Necesitaba el respaldo político y militar de las provincias. Y en Santiago del Estero encontró a sus mejores aliados: los hermanos Taboada.

Manuel y Antonino Taboada eran los amos y señores de la provincia. Habían construido una extensa red de poder que llegaba desde los salones del gobierno hasta los fortines más remotos de la frontera del Salado. Para ellos, la Guerra del Paraguay representaba una oportunidad. La posibilidad de abandonar el escenario estrictamente provincial y proyectarse hacia una dimensión nacional e internacional.

Soñaban con un lugar en la historia. Con esa "gloria futura" que, según imaginaban, podía traerles el conflicto.

No escatimaron esfuerzos. Militarizaron la provincia, organizaron la logística y pusieron en funcionamiento todo el aparato estatal para reclutar hombres. El decreto era tajante: todos los ciudadanos de entre 16 y 60 años debían alistarse. Santiago del Estero debía contribuir con batallones de 500 plazas y cada departamento tenía que aportar su correspondiente cuota.

La provincia, presentada por Mitre como tierra de "beneméritos", se preparaba para la guerra.

Pero había un problema. Los hombres que debían marchar no necesariamente compartían el entusiasmo de quienes gobernaban.

El otro lado de la historia

La mayoría de los reclutas eran campesinos y hombres humildes de la frontera. Vivían entre la pobreza, las incursiones indígenas y la falta de oportunidades. Para ellos, la guerra era algo lejano, una decisión tomada por otros.

Las palabras "Nación" y "Patria", tan importantes en los discursos oficiales, tenían un significado mucho más difuso en su vida cotidiana. Lo concreto era otra cosa: dejar la tierra, abandonar a la familia y marchar hacia un conflicto que no sentían como propio.

Tampoco comprendían por qué debían enfrentarse a los paraguayos, a quienes veían como sus iguales. Desde su perspectiva, aquella campaña significaba someter a esos "hermanos" a una hegemonía que llegaba desde Buenos Aires.

Y entonces apareció una frase que terminaría convirtiéndose en el grito de la rebelión:

"Nos venden, indios".

No era simplemente una consigna. Era una acusación. Hablaba de traición, de despojo y de una identidad compartida que, para aquellos hombres, podía atravesar las fronteras que el nuevo Estado nacional intentaba consolidar.

El "enganche", como se denominaba al reclutamiento, era prácticamente forzoso. Pocos acudían voluntariamente. Muchos eran capturados y, en algunos casos, engrillados para impedir que escaparan. Quienes conseguían evitar el reclutamiento huían hacia los montes o buscaban refugio en Buenos Aires y Santa Fe.

Mientras tanto, la guerra iba dejando al territorio sin brazos para trabajar la tierra y a muchas mujeres solas, con hijos y ancianos a su cargo.

La mecha que comenzó a arder

La tensión no había aparecido de un día para otro. En otras provincias ya habían estallado rebeliones. Los riojanos se habían levantado, los cordobeses marchaban atados por los codos y los entrerrianos de Basualdo se habían amotinado.

El descontento recorría buena parte del país.

En Santiago del Estero, sin embargo, el gobierno confiaba en que nada semejante ocurriría. Las cartas oficiales transmitían tranquilidad. "Aquí no pasa nada de esas cosas terribles", se decía. "Los santiagueños son leales, nunca se sublevarían".

Era más un deseo que una certeza.

Los primeros síntomas aparecieron durante la marcha. El diario de viaje de Manuel Taboada registra las deserciones que comenzaron a mediados de agosto. Primero fue uno. Después, dos. Al día siguiente, cuatro.

Los soldados del Batallón Tucumán fueron los primeros en escapar. Poco después, los santiagueños comenzaron a seguir el mismo camino.

Las condiciones de la marcha tampoco ayudaban. Los reclutas avanzaban a pie o a caballo bajo un sol implacable, con poca agua y una alimentación irregular. Las caballadas se agotaban. Los animales morían. Los hombres enfermaban y algunos no llegaban a destino.

A eso se sumaba la conducta de algunos jefes, que en ocasiones se emborrachaban y vendían alcohol a la tropa.

El malestar crecía. Todavía no era un grito. Era una ola silenciosa que avanzaba por las filas.

El día que explotó la furia

El 8 de septiembre de 1865, en vísperas de la sublevación, las autoridades descubrieron a cuatro sargentos "meditando" un alzamiento.

La advertencia estaba allí, frente a sus ojos. Pero decidieron restarle importancia.

Eran, dijeron, "conversaciones insignificantes". La tropa tenía "buen espíritu".

Fue un error fatal.

Al día siguiente, mientras los soldados acampaban cerca del fortín La Viuda, todo estalló.

En medio de una espantada de caballos comenzaron a escucharse los gritos:

"¡A las armas, nos venden, indios, a la frontera de Córdoba o de Catamarca, a caballo!"

La rebelión se extendió rápidamente.

Los dos batallones santiagueños se alzaron y tomaron el cuartel general. Intentaron asesinar a los jefes militares, entre ellos a los propios Taboada. En medio del caos, cerca de 50 soldados consiguieron escapar en distintas direcciones.

La elite provincial quedó descolocada.

No podían creer lo que estaba sucediendo. Aquellos hombres eran sus soldados. Los mismos que, hasta entonces, habían sido considerados leales.

Pero la lealtad tenía un límite.

La vergüenza y la furia

Ese mismo día, el gobernador Absalón Ibarra escribió dos cartas a Marcos Paz, vicepresidente de la Nación.

La primera intentaba minimizar lo ocurrido. Según Ibarra, se trataba de un incidente aislado provocado por la mala influencia de los federales, esos "enemigos de siempre". Los responsables, aseguraba, estaban en Córdoba, no en Santiago.

Pero pocas horas después tuvo que cambiar el tono.

La realidad ya no podía esconderse: los sublevados eran santiagueños. Pertenecían al Segundo Batallón.

Y había algo todavía peor para el gobierno provincial. Santiago del Estero no podría concurrir a la Guerra del Paraguay.

El sueño de gloria comenzaba a desvanecerse.

La elite provincial reaccionó con furia y prometió castigo. Ibarra escribió que el Gobierno Nacional podía confiar plenamente en el pueblo y el gobierno de Santiago del Estero, que sabría "castigar el hecho ocurrido".

Era, en buena medida, un intento desesperado por salvar las apariencias.

La Viuda, como comenzó a conocerse el episodio, se convirtió en una herida incómoda. Durante décadas, la historiografía local mantuvo el silencio alrededor del hecho. Era difícil admitir que los santiagueños considerados "beneméritos" se habían rebelado contra una guerra que debía otorgar prestigio y gloria a sus dirigentes.

La cacería y el castigo

La represión no tardó en llegar.

Durante más de tres meses, los Taboada organizaron una persecución implacable. Los desertores debían ser buscados "palmo a palmo" por el extenso territorio provincial. No había horarios ni descanso.

Las cartas intercambiadas entre Manuel y Antonino Taboada revelan la obsesión por encontrar y capturar a los sublevados.

Poco a poco comenzaron a aparecer los nombres de los principales cabecillas: Melitón Noriega, Juan Evaristo Catán, el sargento Clímaco y el cabo Abel Albarracín.

Algunos fueron delatados por compañeros sometidos a torturas. Otros fueron capturados mediante engaños. El método parecía importar poco. Lo fundamental era llegar hasta ellos.

El Consejo de Guerra que los juzgó actuó con rapidez y dureza.

Los principales cabecillas fueron condenados a muerte por fusilamiento. Quienes tuvieron "suerte" recibieron penas de entre cinco y diez años en los fortines más hostiles de la frontera. Otros fueron enviados a cumplir servicio en las guardias comunes.

Unos pocos resultaron absueltos.

Fueron la excepción.

Los fusilamientos se convirtieron en espectáculos públicos. Eran rápidos, visibles y cargados de significado. El poder mostraba su rostro más crudo y dejaba un mensaje inequívoco: la rebelión no sería tolerada.

El cuerpo de los condenados se transformaba así en una advertencia para todos los demás.

Las heridas que quedaron

La rebelión de La Viuda marcó un punto de inflexión.

Los Taboada vieron frustradas sus aspiraciones internacionales. El sueño de proyectarse sobre un escenario mayor se desvaneció entre los gritos de aquellos soldados:

"Nos venden, indios".

Santiago del Estero, que debía ocupar un lugar destacado en la guerra, quedó relegada a un papel secundario.

Pero el episodio dejó algo más profundo.

Para los sectores populares, aquella guerra no era una "cruzada civilizatoria". Era una imposición. Un despojo. Una injusticia.

No eran los "beneméritos" de los discursos de Mitre. Eran campesinos arrancados de sus tierras, obligados a combatir contra hombres a quienes consideraban sus iguales para sostener los proyectos de una elite que los necesitaba como soldados.

Los discursos oficiales hablaban de patriotismo, defensa de la Patria y honor nacional. La voz de los sublevados contaba una historia diferente.

"Nos venden, indios".

En ese grito había una identidad popular y mestiza que se resistía a ser absorbida por el proyecto de nación blanca y liberal que comenzaba a consolidarse.

Lo que La Viuda nos enseña

Más de 150 años después, el episodio de La Viuda continúa siendo una herida incómoda de la historia santiagueña.

Durante décadas fue silenciado. Resultaba demasiado difícil recordar que la elite provincial había sido desafiada por sus propios soldados, aquellos hombres a los que creía tener bajo control.

Pero La Viuda también puede leerse como una historia de resistencia popular.

Muestra que, incluso en una sociedad atravesada por mecanismos de control, vigilancia y coerción, los sectores subalternos encontraron una manera de decir "no".

No a la guerra.

No a la imposición.

No a entregar sus vidas en un conflicto que no sentían como propio.

Y quizá allí esté una de las claves más profundas de este episodio. La historia no está hecha solamente de presidentes, generales, batallas y grandes discursos. También la construyen los hombres anónimos que, en un fortín perdido de la frontera del Salado, decidieron que ya no estaban dispuestos a obedecer.

Aquellos soldados no escribieron tratados ni ocuparon las páginas centrales de los grandes relatos nacionales. Pero dejaron una frase que atravesó el tiempo:

"Nos venden, indios".

Santiago del Estero no concurrió a la Guerra del Paraguay. O, al menos, no lo hizo de la manera en que sus dirigentes habían imaginado.

La Viuda fue el principio del fin de los sueños internacionales de la elite local. Y, al mismo tiempo, se convirtió en la expresión de unos hombres que entendían que aquella guerra no era su guerra.

La historia tiene muchas versiones. La oficial, la que suele aparecer en los libros de texto, habla de héroes, batallas y gestas patrióticas. Pero existe también otra historia, más incómoda, que se cuenta desde los márgenes: la de quienes se negaron a formar parte del relato dominante.

La historia de La Viuda pertenece a esa memoria. Y merece ser contada.

Este artículo se basa en la investigación "Un episodio de la Guerra del Paraguay en Santiago del Estero: La Sublevación en el Fortín La Viuda – 1865 –", de la Dra. María Cecilia Rossi. La investigación fue publicada en formato académico.  

 

miércoles, 9 de julio de 2025

Caudillos, economía y poder en Santiago del Estero (1820-1851)


Introducción

Entre 1820 y 1851, Santiago del Estero vivió un período clave marcado por la construcción de un Estado provincial en medio de guerras civiles, alianzas políticas y transformaciones económicas. Bajo el liderazgo del caudillo federal Juan Felipe Ibarra, la provincia enfrentó desafíos como la reorganización fiscal, el crecimiento poblacional y la tensión entre mitos historiográficos y realidades documentales. Este ensayo explora cómo la economía santiagueña, lejos de la "decadencia" narrada por autores como Orestes Di Lullo, mostró resiliencia a través de su sistema impositivo y su integración a los circuitos comerciales del Río de la Plata, utilizando fuentes contables inéditas hasta el trabajo de Alejandro Yocca (2008).

Crecimiento poblacional y contradicciones historiográficas

Contrario a la narrativa de una sociedad en "franco retroceso" (Di Lullo, 1946), los datos censales revelan un crecimiento demográfico significativo. Entre el censo de Vértiz (1778) y el primer censo nacional (1869), la población en algunas jurisdicciones se multiplicó por diez (Yocca, 2007, Gráfico 1).

Este aumento cuestiona las tesis de Luis Alen Lascano (1996), quien atribuyó el empobrecimiento provincial al libre comercio y las guerras independentistas. Alberto Tasso (2007) matiza esta visión, señalando que la competencia con manufacturas importadas solo se intensificó hacia fines del siglo XIX.

El contexto político: Ibarra, Taboada y la guerra civil

Santiago del Estero emergió como provincia autónoma en 1820, tras separarse de Tucumán. Ibarra gobernó con interrupciones —como las invasiones unitarias de 1831 y 1840—, consolidando un régimen federal aliado a Juan Manuel de Rosas. Su muerte en 1851 desencadenó la ascensión de Manuel Taboada, quien confiscó sus bienes acusándolo de malversación: "administrar los caudales de la provincia arbitrariamente" (Alen Lascano, 1996, p. 203). Esta rivalidad reflejó la pugna entre facciones caudillistas y la instrumentalización de la fiscalidad como herramienta política.

Estructura impositiva: entre la herencia colonial y las urgencias de guerra

El estado santiagueño heredó impuestos coloniales como las alcabalas (4% sobre transacciones) y el diezmo, pero innovó con tributos adaptados a su realidad:

Impuestos clave: Las alcabalas y el piso de carretas (gravamen al tránsito mercantil) fueron los pilares recaudatorios, representando el 60% de los ingresos (Yocca, 2008, Cuadro 1).

Medidas extraordinarias: Empréstitos forzosos y confiscaciones a unitarios (1842) financiaron campañas militares.

Burocracia incipiente: La percepción dependió de receptores locales y la venta de cargos, como el encargado de papel sellado (Yocca, 2008, p. 19).

Economía y comercio: más allá del mito de la decadencia

Los registros fiscales desmienten el estancamiento económico. Rubros como la exportación de cueros y mulas tuvieron impuestos específicos desde 1830, evidenciando su vitalidad. Además, la sequía de 1847-1848 —que obligó a Rosas a enviar auxilios— no paralizó la recaudación, que se mantuvo estable (Gráfico N°1). Como señala Yocca: "el cambio [económico] de orientarse hacia Buenos Aires en vez de Potosí no generó decrecimiento" (2008, p. 3).

Fuentes y legado: un archivo por explorar

El Archivo Histórico de Santiago del Estero (AHSE) conserva balances y libros de caja que revelan la "abundancia de fuentes contrastada con el desorden" (Yocca, 2008, p. 19). Documentos como el Reglamento Provisorio de 1830 muestran intentos por regular la fiscalidad, aunque primó la improvisación. La ausencia de estudios sistemáticos previos —salvo recopilaciones tucumanas como las de Bousquet (1878)— resalta el valor pionero de esta investigación.

Conclusión

La Santiago del Estero de Ibarra fue un laboratorio de construcción estatal donde economía y política se entrelazaron. Lejos de la "agonía" descrita por Di Lullo, la provincia demostró capacidad de adaptación, con una fiscalidad que priorizó el comercio y la tierra pública. Las tensiones entre Taboada e Ibarra, así como los vaivenes entre unitarios y federales, ilustran cómo el control de los recursos definió el poder. Este ensayo invita a profundizar en fuentes aún no catalogadas, que podrían reescribir la historia económica del noroeste argentino.

Fuentes citadas

Yocca, A. (2008). Caudillos y negocios provincianos... XXI Jornadas de Historia Económica.

Alen Lascano, L. (1996). Historia de Santiago del Estero. Plus Ultra.

Tasso, A. (2007). Ferrocarril, Quebracho y alfalfa... Alción Editora.

Gargaro, A. (1944). El Poder Legislativo santiagueño... Amoroso.

Buchbinder, P. (2004). Caudillos de pluma... Prometeo Libros.

Nota final: Este ensayo se basa en documentos primarios del AHSE y estudios académicos, contrastando versiones para mostrar una Santiago del Estero más compleja que la narrada por sus mitos.

"La historia se escribe con documentos, pero también con la voluntad de cuestionar sus silencios" (Yocca, 2008, p. 20).