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sábado, 4 de abril de 2026

Don Cristóforo Juarez

 


Representan anhelos, pensamientos sueltos del criollo que, pensativo, cumple con su misión diaria y al mismo tiempo sueña con integrarse más al entorno misterioso de la naturaleza que lo rodea. Quisiera permanecer para siempre, de alguna forma, en este ámbito que lo viera nacer y crecer. Quisiera trascender a la existencia terrenal, entregando algo que pueda servir al cuerpo y al espíritu del prójimo. Quisiera ser recordado, para quedarse del todo en estos pagos.

En estos días recordamos especialmente a dos santiagueños que nos han dejado obras, aparentemente distintas, pero cuyos objetivos son los mismos: enaltecer y dignificar al ser humano en forma integral. Ambos fueron docentes. El Profesor y Médico Dr. Ramón Carrillo nos legó un sistema hospitalario ejemplar para toda América del Sud y el concepto de la prevención sanitaria. El Maestro y Poeta Don Cristóforo Juárez entregó a coetáneos y a la posteridad la prosa y poesía que vivió en el suelo santiagueño, mostrándonos nuestra realidad e inquietudes.

Ramón Carrillo nació el 7 de Marzo de 1.906 en Santiago del Estero. Sería largo detallar su brillante paso por las escuelas primaria y secundaria en nuestra ciudad, la Universidad en Buenos Aires, los tres años becado en Europa, los logros para la comunidad en su especialidad, la Neurología... Lo que no hay que obviar es que el genial médico fue el Primer Ministro de Salud de la Nación, que organizó el sistema de salud desde una óptica nueva para la época, que nos parece tan natural ahora: la prevención (aunque no tomemos conciencia en cada uno de nosotros todavía). Bregó por la independencia científica de nuestro país. Impulsó la creación de la primera fábrica argentina de medicamentos. Afirmaba que los adelantos científicos y técnicos no servían si sus beneficios no llegaban a toda la población. Fiel a su creencia de que el pueblo merece una vida sana, digna y prolongada, puso énfasis en la atención materna e infantil. Además, colaboró desde su puesto con la creación de Hogares Escuela y Hogares de Ancianos.

Don Cristóforo Juárez nació en Cúyoj (Dpto. Banda) un día de Julio de 1.900. Conoció la campaña provinciana, su paisaje y su gente. Desde San Carlos (Dpto. Banda), con 16 años de edad y su título de Maestro Rural, partió hacia Verón (Dpto. Salavina) para enseñar y aprender con los criollos y los montes salavineros. En su carrera docente llegó a ser Vocal y Presidente del Consejo de Educación. Las vivencias e inquietudes de su rica vida interior nos quedaron en libros publicados e inéditos. Los cantores mantienen viva su alma de poeta, cantándole al Tiempo de la Fruta Madura (póckoy pacha), a un amor dejado en Pampa de los Guanacos, a la épica vida del Chasqui Venancio Caro o la Rubia Moreno, al lindo pago del Polear, mostrándonos la Estampa del Mansero o el Alma Challuera del santiagueño... Leyendo sus libros podremos percibir plenamente los Reflejos del Salitral, Llájtay, Cantares, La Vara Prodigiosa... Seguiremos degustando sus Coplas Maduras a medida que se publiquen o canten.

El Dr. Carrillo, que había llegado al alto cargo nacional con el afán de servir, cuando hubo realizado lo necesario para producir cambios altamente positivos en la salud de la población, declinó luchar contra quienes ambicionaban su Ministerio. Renunció y fué a Estados Unidos para tratarse de la hipertensión que lo torturaba. Despojado luego de sus bienes en Buenos Aires, se empleó en una empresa norteamericana que lo envió a Belém do Pará (Brasil) donde falleció en Diciembre de 1.956. Desde 1.972, descansa en paz en tierra santiagueña. En su honor, desde el año 2.006, el 7 de Marzo es Día del Médico Santiagueño. Don Cristóforo Juárez, con 79 años de edad, escribía la poesía “He llegado a la cumbre”, cuya última estrofa dice:

 

“Mi pupila se apaga como en la estatua griega
 
la pátina ha borrado la ilusión y la fe
 
estoy sólo en la altura, como un cóndor que llega
 
exhausto hasta la cima, para morir después.”

 

 Don Cristóforo Juárez falleció en la ciudad de Santiago del Estero el 10 de Marzo de 1.980.

Encontraremos al Dr. Ramón Carrillo en cada hospital de Sudamérica, en cada posta sanitaria y en cada Médico de Acción Radiante que recorre la zona rural. En cuanto al maestro y poeta bandeño, Juan Carlos Carabajal sintetizó así su permanencia entre nosotros:

 

“Cristóforo Juárez vuelve: 

 

en cada copla del alma
 
y tienen las chacareras
 
olor a Tierra Mojada.”

 

http://aleroquichua.org/sitio/nota_verduc.php?id=8

martes, 10 de marzo de 2026

El Poeta del Salitral: La Huella de Cristóforo Juárez

 


Fue una de las principales personalidades de la cultura santiagueña y de la región. Maestro, docente, escritor, poeta, investigador, periodista, deportista. Un hombre muy comprometido con las raíces de su tierra natal.

Nació en el paraje Cuyoj, en el departamento Banda, el 24 de julio de 1900. Sus padres fueron don Vicente Juárez y doña Rosario Páez Jerez. Fueron ellos los que advirtieron el desarrollo que tenía el gran pueblo Banda, y eso los llevo a instalarse más cerca de la floreciente ciudad. De esa manera se trasladaron al lugar denominado San Carlos, en el mismo departamento Banda. La familia estaba conformada por siete hermanos, cuatro varones y tres mujeres.

A los nueve años, Cristóforo quedó huérfano de padre. Fue su madre una matrona con fuertes principios cristianos, quien quedó a cargo de sus siete hijos.

Había heredado de su esposo varias hectáreas de campos, y con los frutos de la tierra crió y educó a sus hijos.

El docente

A los dieciséis años se recibió de maestro en la Escuela Normal de La Banda y su primer trabajo como docente fue en Verón, departamento Salavina. De esa manera y allí en relación con la naturaleza y su problemática, esa influencia telúrica de ese hábitat fue lo que trasuntó tiempo después en su obra. Allí captó el conocimiento profundo del monte santiagueño que luego afloró en el poeta y escritor.

Ya casado, junto con su esposa Clara Rosa Caporaletti se trasladó a Suncho Corral y en una escuelita de Azogasta, departamento Sarmiento, a orillas del río Salado, en plena región shalaca santiagueña, continuó su etapa como maestro, para luego trasladarse a la ciudad de La Banda, al barrio La Isla, donde se jubiló como director de su querida Escuela Nacional 409, que él mismo había acunado en su casa, donde vivía con su familia (1955).

Llegó a ocupar el más alto cargo que puede aspirar un docente en Santiago del Estero, fue presidente del Consejo General de Educación y también fue vocal de este estamento oficial.

Obra literaria

Su primer libro “Reflejos del salitral” data del año 1939, con dos ediciones más en 1951 y 1973. Se destacan allí, entre otros poemas, las vidalas restauradas y la poesía dialectal, subtitulada “Brazos de carbón”. En esa obra literaria, con prólogo del escritor, poeta, investigador y abogado santiagueño Bernardo Canal Feijóo, don Cristóforo rescata el valor de la soledad y el dolor por el misterio del monte: ”Me he bañado en la luz de sus lunas nevadas y he pasado corriendo, como sombra ligera de una nube lejana, sin dejarle mis rastros, sin dejarle mis lágrimas, tan salobres y amargas, que se estancan en mi alma como un gran salitral”.

Fue esta obra literaria la que le permitió a nuestro apasionado, respetuoso, sencillo poeta ingresar en ese prestigioso y recordado cenáculo de la historia literaria y política santiagueña: La Brasa.

Esta institución muy cerrada lo admitió en los últimos años de su existencia. Pablo Rojas Paz dijo de nuestro protagonista: “Los que entendemos su lenguaje telúrico llegamos hasta la esencia de su poesía de pueblo castigado, de alma sedienta, de sol rajante, de ceniza caliente, de árbol con las raíces del aire…”.

En 1956 estrena con mucho éxito en el Teatro 25 de Mayo, su obra teatral “La Rubia Moreno”, un drama en tres actos y que fue repuesta muchos años después en 1984.

Don Cristóforo le dedicó como un auténtico eje de su obra un poema a “la Rubia Moreno” y además realizó una investigación histórica de la vida de esta mujer bandeña, Santos Moreno, y su actuación en las luchas por la Independencia provincial y nacional (publicada con estilo periodístico por el diario EL LIBERAL el 18/11/1979) .

Después de algunos años, manifestó su obra con la edición de otra publicación literaria: “Cantares” (1972), allí incluyó chacareras, zambas, gatos, vidalas y coplas, muchas de ellas de carácter histórico y descriptivo (“Romance del Chasqui Venancio Caro” o “Pampa de los Guanacos”. Esta obra sirvió a muchos músicos y cantores para rescatar viejas letras del folclore poético. Allí nuestro poeta dice: “El hombre santiagueño está identificado con el paisaje que lo rodea por la copla, expresión simple y llana; madura de elocuencia y de honda raigambre sentimental”.

En el año 1974 apareció “Llajtay” (pago mío), que es un estudio de carácter histórico-literario en prosa y en verso sobre los orígenes de La Banda, sus personajes, tradiciones, sus árboles, anécdotas de niño, el tren real que unía Buenos Aires con el norte. Ahí demuestra su valoración hacia lo que él consideraba su pueblo. “Absalón el cautivo”, “Carnavales bandeños”, “Los quebrachos colorados”, o sus relatos sobre Antajé, El Polear y Cúyoj, nos conceden a todos los santiagueños el conocimiento profundo de un indiscutible hombre de las letras santiagueñas que marcó el rumbo de esa expresión.

En 1979 nos entrega “La vara prodigiosa”, allí se muestra como un consumado autor de sonetos con entonación filosófica.

Y su obra póstuma “Coplas maduras”, editada por sus hijas y su familia en el año 2011, es una recopilación de varios textos que él no llegó a editar. Allí abundan sus poesías, varias inéditas, letras con métrica de chacareras, zambas, vidalas, todas con esa sangre santiagueña que brotó desde su corazón y que su familia rescató para que su obra perviva en la literatura y el cancionero popular folclórico.

Debemos acotar también que colaboró con destacadas revistas literarias en nuestra provincia como “Picada”, “Vertical” y también en los prestigiosos “Cuadernos de Cultura” en los años setenta.

Su obra musical

Son innumerables los músicos y compositores santiagueños que fundamentaron con melodías sus textos literarios. Sus palabras fueron rescatadas y hoy conforman ese legado vernáculo donde aflora constantemente la esencia tradicional en simbiosis con el ser santiagueño y nacional.

Su primera obra registrada en Sadaic data del año 1964, un 24 de abril y es tal vez la canción que debe tener más versiones. Me estoy refiriendo a la chacarera “A la sombra de mi mama”, con melodía de don Carlos Carabajal.

La familia Carabajal, tanto don Carlos como Agustín, Cuti y Peteco, fueron cautivados por la obra de don Cristóforo Juárez. Pero no fueron los únicos, debemos agregar a esa gran lista nombres prestigiosos del cancionero popular santiagueño de raíz folclórica como: Los Hermanos Simón, Alberto Pérez, Leocadio Torres, Los Hermanos Luis y Antonio Ríos, Orlando Gerez, Juan Díaz, Álvaro Capello, Eduardo Marcos, Hilario Pueyo, Manuel Augusto Jugo, Fortunato Juárez, entre otros, que en dúo autoral con don Cristóforo nos ofrecen manifestaciones musicales de honda influencia musical y poética que se transformaron con el tiempo en cabales enseñanzas para las nuevas generaciones de músicos, cantores, poetas y compositores santiagueños y argentinos que cargan en sus destinos la herencia, convicción y propagación de un mensaje musical que representa la cultura popular de un pueblo.

Cristóforo Juárez pertenece a la especie de esos artistas de una meritoria labor como cronista de la historia, tradiciones y costumbres de su tierra natal, cimentando desde su lugar de escritor, autor, poeta, investigador y periodista, esa búsqueda de representar y dejar constancia de los hechos que marcaron el rumbo y la tradición cultural de esta provincia cuatro veces centenaria.

                     Por: Miguel Coria

lunes, 26 de enero de 2026

Tata Nachi

 


Vuelve, vuelve Tata Nachi con tu bombito aparcero, para curarlo de antojo zapateando en entreveros. Aún se me hace que lo veo con su rastra y su ponchito, soñador dándose al viento con su bombo al infinito. Hecha flor a su recuerdo que le pongan yo quisiera en su Huaico Hondo querido una cruz de chacarera. Dale, dale Tata Nachi repicando allá en Huaico Hondo que a tu bombo camorrero de la banda le respondo. Zamba nochera es su zamba, se fue al galope de un sueño, por un camino de estrellas, en el corcel de su dueño. Se hizo carne de misterio porque su alma fue la tierra y en los retumbos te nombra por valles campos y sierras. Ronda que ronda la noche de los viejos carnavales se van vidalas y cajas borrando penas y males. Dale, dale Tata Nachi......que con su bombito vive en la piel y en las estofas del enorme, Cristóforo Juárez, tercer hijo de Vicente Juárez y Rosario Páez.

 A los 16 años se recibió de maestro en la Escuela Normal de La Banda e inmediatamente comenzó a trabajar como tal en Salavina. Su carrera fue brevemente interrumpida por el servicio militar obligatorio, luego de lo cual, a los 22 años se casó con Clara Rosa Caporaletti, y juntos fueron a enseñar a Suncho Corral. Luego pasó a La Isla, departamento Banda, donde se jubiló como director en 1955. Fue presidente del Consejo de Educación y también vocal. De su matrimonio nacieron cuatro hijas Nilda Rima, Selma Ruth (ya fallecida), Clara Rosa y Alba Alicia.

Se lo recuerda como un hombre inquieto y poco afecto a pasear en reuniones sociales: tuvo inquietudes artísticas, como que pintaba con el profesor Luis Schettini, publicó artículos periodísticos y poemas en la revista Picada, fue asiduo concurrente al Tiro Federal de La Banda: tiraba con fusil y carabina y obtuvo algunos premios e hizo saltos hípicos con un recordado caballo oscuro.

Publicó “Reflejos del salitral”, libro del que se hicieron tres ediciones, la primera en 1939. En ese tiempo halló en sus líneas el disparador de la soledad, el dolor que comenzaba con su papel protagónico en la literatura y la poesía del bandeño: “Me he bañado en la luz de sus lunas nevadas y he pasado corriendo, como sombra ligera de una nube lejana, sin dejarle mis rastros, sin dejarle mis lágrimas, tan salobres y amargas, que se estancan en mi alma como un gran salitral”.

En 1972 editó su libro “Cantares” que sirvió como fuente para muchos músicos que rescataban las viejas letras del folclore poético del Norte. Allí dice: “El hombre santiagueño está identificado con el paisaje que lo rodea por la copla, expresión simple y llana; madura de elocuencia y de honda raigambre sentimental”.

En 1974 apareció su libro Llajtay, de narraciones y poemas, en el que describe misterios y curiosidades de La Banda,  desde sus personajes más relevantes, hasta las costumbres, sus paisajes, sus árboles, quebrachos, anécdotas de niño con el risueño tren real que une Buenos Aires con el norte argentino en una demostración de la valorización e instrumento vital de la unión de los pueblos y en 1979, “La Vara Prodigiosa”.

Un detalle poco conocido de su vida; era primo de Julio Argentino Gerez, considerado uno de los más grandes cultores de la música tradicional argentina, pues sus madres eran hermanas.

Su hija Alba Alicia lo recuerda como un hombre centrado, callado y muy ordenado, de trato afable pero firme con las hijas y con un hogar bien constituido y sólido.

Entre sus creaciones más originales y conocidas se cuentan “A la sombra de mi mama”, “Achalay tierra mojada”, “Quishcaloro, quishcaloro”, “Pancho Raco”, “Taruca Pampa”, “Qué más se puede pedir”, “Tata Nachi”, “Pampa de los Guanacos”, “Rubia Moreno”, “Pockoy pacha”, zambas y chacareras a las que músicos acreditados de Santiago y de la Argentina pusieron música para hacer que perdure su memoria en el pueblo que las sigue cantando. Escribió un ensayo sobre el folklore en Santiago del Estero y su familia conserva todavía versos inéditos que redactaba con su particular letra en prolijos cuadernos que el tiempo ha vuelto amarillentos, entre ellos, “Cartas de Cruz a Martín Fierro”, en décimas y otros.

Fue amigo de casi todos los cantores populares santiagueños de su tiempo, como Agustín y Carlos Carabajal, Alfredo Abalos y otros, que pusieron música a sus versos o los cantaron en noches al sereno, cuando las estrellas se marchan del cielo dando lugar a la alborada feliz del pago.

Falleció en Santiago, el 10 de marzo de 1980, en su casa de la calle Urquiza, a metros del parque Aguirre donde una placa todavía lo recuerda.

Extraído de una nota sin firma, del 27 de febrero del 2011, de Nuevo Diario. Extraida del blog de Juan Manuel Aragon, "Santiagueños".

viernes, 24 de octubre de 2025

Rubia Moreno, la Pulpera Indomable: De la Batalla de Pozo de Vargas a la Inmortalidad de una Zamba

En el corazón de un Santiago del Estero convulsionado por las guerras civiles del siglo XIX, una mujer de ascendencia europea y alma gaucha desafió todas las convenciones. Su historia, marcada por la lealtad, la traición y la tragedia, fue rescatada del olvido por una de las zambas más emblemáticas del folclore argentino, convirtiendo a la "Rubia Moreno" en un mito imperecedero de la identidad norteña.




El polvo del Camino Real se levanta con cada soplo del viento norte, un sendero milenario que ha sido testigo mudo del nacimiento de una nación. En sus orillas, donde el tiempo parece discurrir a otro ritmo, se tejieron historias de coraje, de amor y de sangre. Imagine por un momento ser un viajero de mediados del siglo XIX: un comerciante, un soldado, un chasqui llevando noticias urgentes. Tras leguas de monte agreste y sol implacable, divisa un rancho junto a la barranca del Río Dulce, en la bajada del antiguo camino al Polear. Es una pulpería, un oasis en la inmensidad santiagueña. Al entrar, el murmullo de los hombres cesa de golpe. No por la llegada de un forastero, sino por la presencia que domina el lugar. No es un gaucho recio ni un patrón de estancia. Es una mujer joven, de trenzas rubias y ojos verdes como el agua profunda del río, con una falda roja como la sangre federal, un poncho tejido sobre los hombros y el brillo de un puñal en su cintura. Su nombre es Santos Moreno, aunque la historia y la leyenda la conocerían para siempre como "La Rubia Moreno", la pulpera gaucha cuya vida fue tan intensa y trágica como la tierra que la vio nacer.

El Origen de la Leyenda: Una Niña Llamada Santos

Alrededor del año 1840, en esa geografía hostil y magnética de Santiago del Estero, un matrimonio de inmigrantes vascos franceses, los Moreno, buscaba forjarse un futuro. Instalaron un negocio de ramos generales, una pulpería, ese epicentro social, comercial y político de la campaña argentina. En un mundo donde la fuerza física y el trabajo rural eran ley, la pareja anhelaba un hijo varón que continuara con el negocio, cuidara la hacienda y defendiera lo suyo, si era necesario, con las armas en la mano. Pero el destino, siempre caprichoso, les entregó una niña. Una criatura pálida, de llanto penetrante y una salud de hierro. Desafiando las costumbres, la bautizaron con un nombre masculino: Santos.

La vida de Santos Moreno estuvo marcada desde el principio por la adversidad. La temprana muerte de su madre dejó su crianza exclusivamente en manos de su padre. Lejos de las enseñanzas domésticas reservadas para las señoritas de la época, el padre de Santos la educó en el único mundo que conocía: el campo y la pulpería. La niña aprendió a montar a caballo con la destreza de los mejores jinetes, a entender el lenguaje del monte y a manejar con firmeza el mostrador del negocio familiar. Creció entre el aroma a yerba, tabaco y aguardiente, escuchando las conversaciones de gauchos, soldados, carreros y comerciantes de carne. Su mundo no era el del bordado y el rezo, sino el de la palabra empeñada, el trato directo y la supervivencia diaria.

Con el paso de los años, aquella niña se transformó en una mujer de una belleza singular. Su cabello rubio y sus ojos verdes, herencia de sus ancestros europeos, contrastaban de manera llamativa con la piel cobriza curtida por el sol santiagueño. Sin embargo, su carácter se había moldeado a imagen y semejanza de su entorno. De tanto tratar con hombres, absorbió sus modales, su franqueza y su temple. Su voz, acostumbrada a dar órdenes y a hacerse oír por encima del barullo, adquirió un tono de mando que imponía un respeto inmediato. Cuando Santos Moreno entraba en su propia pulpería, se producía un silencio casi marcial. No era miedo, era la admiración por la imponente autoridad que emanaba de aquella joven.

Su atuendo era una declaración de principios, una fusión de lo femenino y lo gauchesco que rompía con todos los moldes. Abandonó las ropas tradicionales de mujer por una pollera roja, tan amplia y vibrante que parecía un poncho ceñido a su cintura. Complementaba su vestimenta con un poncho tejido, alpargatas, una vincha colorada sujetando sus trenzas y, como sello de su independencia y su capacidad para defenderse, un afilado puñal de cabo de plata que nunca la abandonaba. Era la estampa de una mujer que no pedía permiso para ser quien era.

El Grito de la Guerra: Lealtad y Sangre en Pozo de Vargas

Para entender la trayectoria de la Rubia Moreno, es imprescindible sumergirse en el turbulento contexto político de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX. El país se desangraba en una lucha fratricida entre dos proyectos antagónicos: el Unitarismo, que propugnaba un poder centralizado en Buenos Aires, y el Federalismo, que defendía la autonomía de las provincias. En Santiago del Estero, la facción liberal, aliada del presidente Bartolomé Mitre, estaba liderada por los hermanos Taboada, Manuel y Antonino. Eran hombres de poder, caudillos que gobernaban la provincia con mano de hierro.

Santos Moreno, quizás sin una profunda formación ideológica, pero con un agudo instinto político forjado en las conversaciones de su pulpería, se convirtió en una ferviente y leal partidaria de los Taboada. Su negocio, ubicado en un punto estratégico del Camino Real, era un hervidero de información y un centro de reclutamiento informal para la causa liberal. La Rubia no era una simple simpatizante; era una activista comprometida hasta la médula.

La prueba de fuego llegó en 1867. El caudillo federal riojano Felipe Varela, conocido como "el Quijote de los Andes", lideraba el último gran levantamiento montonero contra el gobierno de Mitre. Su avance por el noroeste argentino era una amenaza directa para el poder de los Taboada. Ante la inminencia del enfrentamiento, Santos Moreno demostró su valía y su inquebrantable lealtad. No se limitó a ofrecer palabras de aliento. Abrió generosamente sus corrales y donó caballos y vacas para alimentar a las tropas. Puso a disposición su peonada, hombres que la respetaban y seguían sus órdenes. Y en un acto de convicción suprema, convenció a su propio padre y a su marido, Juan Manuel Barrionuevo, para que se alistaran en el ejército de Antonino Taboada.

El 10 de abril de 1867, las fuerzas se encontraron en Pozo de Vargas, en las afueras de la ciudad de La Rioja. La batalla fue una de las más sangrientas y decisivas de las guerras civiles. Las tropas de Varela llegaron exhaustas y sedientas, tras días de marcha bajo un sol abrasador, solo para encontrar que el ejército de Taboada controlaba el único pozo de agua de la zona. La lucha fue desesperada y brutal. Durante más de tres horas, el aire se llenó del estruendo de los pocos fusiles, el choque de las lanzas y los gritos de los combatientes.

La Rubia Moreno tuvo una participación activa en la contienda, aunque las crónicas no detallan si combatió directamente o si su rol fue de apoyo logístico y moral. Lo que sí se sabe es que ese día, la causa por la que tanto había sacrificado le asestó el golpe más cruel. Al atardecer, entre los más de mil muertos que quedaron en el campo de batalla, se encontraba su padre, degollado en el fragor del combate. La victoria de Taboada fue también la tragedia personal de Santos.

La Traición y el Ocaso: Del Poder a la Pobreza

Tras la batalla de Pozo de Vargas, la Rubia Moreno regresó a su pulpería en Santiago del Estero. La victoria unitaria había consolidado el poder de sus aliados, los Taboada, y ella, heroína de la causa, debería haber gozado de una posición de privilegio. Sin embargo, la política es un juego de lealtades frágiles y vientos cambiantes. Mientras Antonino Taboada mantuvo su influencia, Santos Moreno conservó su estatus y sus bienes. Pero el tiempo pasa y los caudillos caen.

Con el fallecimiento de Antonino Taboada y el inevitable reacomodamiento del poder político en la provincia, aquellos que habían sido sus más fieles seguidores se encontraron de repente en una posición de vulnerabilidad. El nuevo orden, surgido de las cenizas del taboadismo, no tuvo piedad con sus antiguos adversarios ni con sus aliados caídos en desgracia. En un acto de cruel revanchismo político, Santos Moreno fue sistemáticamente despojada de todas sus posesiones. La pulpería, los campos, la hacienda, todo aquello por lo que había luchado y por lo que su padre había muerto, le fue arrebatado.

La caída fue vertiginosa y total. Aquella mujer dominante y respetada, dueña de su destino, se vio sumida en la más absoluta pobreza. Hacia 1880, la Rubia Moreno ya no era la imponente pulpera del Camino Real. Era una mujer anciana, debilitada por las penurias y los golpes de la vida. Para sobrevivir, tuvo que aceptar un destino que jamás habría imaginado en sus años de esplendor: trabajar como empleada doméstica. Su patrona fue su propia tía, María Rojas, en una casa ubicada en lo que hoy serían las calles San Carlos y Las Heras de la ciudad de La Banda. La mujer que una vez comandó hombres y contribuyó a decidir el destino de una provincia, terminó sus días en el anonimato del servicio, un fantasma de su propio pasado glorioso.

Su final fue tan humilde como trágico. Murió en la pobreza, y sus restos fueron a descansar al Cementerio de la Misericordia, en una tumba sin nombre ni epitafio que recordara su increíble historia. Parecía que el polvo del olvido, tan implacable como el del camino que la vio reinar, la cubriría para siempre.

El Rescate de la Memoria: La Zamba que la Hizo Inmortal

La historia de Santos Moreno podría haber terminado allí, como la de tantas otras mujeres anónimas cuyo papel en la construcción de la patria fue borrado por las crónicas oficiales, escritas por y para hombres. Pero el arte, y en especial la música popular, tiene una capacidad única para rescatar del olvido a sus héroes y heroínas. La salvación de la Rubia Moreno llegó en forma de zamba.

Fue Cristóforo Juárez, un maestro rural, poeta, escritor e investigador de la cultura santiagueña, quien quedó cautivado por la figura de esta mujer bandeña. Nacido en 1900, Juárez dedicó su vida a documentar y celebrar las raíces de su tierra. Investigó la vida de Santos Moreno, reconoció su importancia histórica y le dedicó un poema y una obra de teatro en tres actos, "La Rubia Moreno", estrenada con gran éxito en 1956. Pero fue su poesía la que trascendería todas las fronteras.

En colaboración con uno de los patriarcas del folclore argentino, Agustín Carabajal, Juárez transformó su poema en la letra de una zamba. El 18 de mayo de 1966, la obra "Rubia Moreno" fue registrada en SADAIC. La música de Carabajal, con su melodía nostálgica y su ritmo profundo, fue el vehículo perfecto para la lírica descriptiva y poderosa de Juárez. La zamba pintaba un retrato inolvidable:

 

Rubia Moreno, pulpera gaucha,

de falda roja, vincha y puñal.

No había viajero que no te nombre,

por el antiguo camino real.

 

En apenas unos versos, la canción encapsulaba toda su esencia. La describía como una fuerza de la naturaleza, "hecha entre el bronco bramar del dulce", y destacaba la intensidad de su mirada con una metáfora inolvidable: "Eran tus ojos dos nazarenas, clavas espuelas en el mirar". La letra también exploraba su carácter indomable, comparándola con las leonas de los juncales y dejando un halo de misterio sobre su vida sentimental: "Tuviste amores, tuviste celos, bella pulpera sin corazón".

La zamba se convirtió rápidamente en un clásico del cancionero popular. Fue interpretada por los más grandes nombres del folclore: Los Manseros Santiagueños, Los Chalchaleros, el Dúo Coplanacu, Horacio Banegas y, por supuesto, la familia Carabajal. Sin embargo, fue la voz grave y profunda de Jorge Cafrune la que, según muchos, la "catapultó a la inmortalidad". En su interpretación, la figura de la Rubia Moreno adquiría una dimensión épica, casi mítica.

Gracias a esta zamba, la historia de Santos Moreno trascendió los archivos polvorientos y las memorias locales. Se instaló en el corazón del pueblo argentino, en las peñas, en los fogones, en las radios de todo el país. La música logró lo que la historia le había negado: justicia poética y memoria eterna.

La Huella Imborrable de la Pulpera Gaucha

La vida de Santos Moreno es un microcosmos de las contradicciones, la violencia y la pasión que forjaron la Argentina. Es la historia de una mujer que se negó a ocupar el lugar que la sociedad le asignaba, construyendo su propia identidad en la frontera entre dos mundos: el de sus raíces europeas y el de la cultura gaucha que adoptó como propio. Fue una figura transgresora que desafió las normas de género, empuñando el poder y la autoridad en un ámbito exclusivamente masculino.

Su biografía es también una amarga lección sobre la lealtad política y la ingratitud del poder. Lo dio todo por una causa en la que creía, solo para ser abandonada y despojada por los mismos que se beneficiaron de su sacrificio. Su trágico final en la pobreza y el anonimato es un recordatorio de los innumerables protagonistas olvidados de nuestra historia, cuyas contribuciones fueron barridas bajo la alfombra de los grandes relatos.

Pero hoy, la Rubia Moreno no es solo un personaje histórico; es un símbolo. Es la encarnación de la fortaleza femenina, de la resistencia ante la adversidad y del espíritu indomable del norte argentino. Su figura, rescatada y engrandecida por el folclore, nos interpela desde el pasado y nos obliga a preguntarnos cuántas "Rubias Moreno" han quedado en el camino, esperando que un poeta o un músico les devuelva la voz.

Cada vez que suenan los acordes de su zamba, en algún rincón del país, la pulpera gaucha de falda roja vuelve a la vida. Su nombre resuena en el viento, cabalgando junto al Río Dulce, inmortal y legendaria, como una figura de cuño real que el tiempo no ha podido, ni podrá, borrar.

 

Fuentes:

* Omar Sapo Estanciero, "Zambas con Historias"

* Cristóforo Juárez, investigación histórica sobre Santos Moreno

* Registro SADAIC del 18/05/1966 - "La Rubia Moreno"

* Archivo histórico de Santiago del Estero

* Testimonios orales de la tradición santiagueña

* Eldiariodecarlospaz.com.ar


domingo, 5 de octubre de 2025

Cristóforo Juárez: El guardián de las historias de La Banda

 



"Llajtay” (Pago mío), fue editado en 1974 por el docente, escritor, poeta y autor bandeño Cristoforo Juárez. Es un libro de carácter histórico-literario en prosa y verso, sobre los orígenes de La Banda con anécdotas, parajes, flora. y personajes como:

Shinfu "El Curador": "En el boliche de Luis Gramajo en Falcón (hoy San Carlos), conocí a este singular personaje. Corría el año 1908 cuando le vi, tomando una ginebra. Mostraba tener más de 80 años, pero, a pesar de su ancianidad, su porte era grave circunspecto. Su palabra era escuchada y respetada como la de un hombre sabio.

Vestía bombacha y calzaba botines de alta caña y, por sobre ellos, las medias levantadas que le cubrían parte de la bombacha. Un poncho con flecos color gris cubría su cuerpo menudo y encorvado.

El vulgo decía que curaba por "las aguas”. En efecto, le bastaba mirar la orina del enfermo a contra luz para diagnosticar y dar su receta. Estas y otras hazañas más, le hicieron famosos que, desde largas distancias, venían a consultarlo”.

"Blas, el rastreador": era natural de El Tajamar. En su juventud había prestado amplios servicios a los criadores de Cúyoj, Bajo Grande y lugares vecinos, siguiendo el rastro de animales perdidos, de pumas dañinos y de cuatreros.

Por su maestría, como por su conducta recta y honrada, se le confiaba investigaciones difíciles de las que salía triunfante, dejando a todos satisfechos.

Hacia 1895, se trasladó con su familia a Media Flor. Puede decirse, sin exageración, que su mente era un archivo viviente de todas las cabalgaduras de la zona. Su memoria prodigiosa conservaba la estampa del rastro y no era oírle decir: "Fulano del Bajo Grande, ha pasado esta madrugada pal pueblo, montada su mula sillonera", cuando hacía 4 o 5 años que había visto los rastros supuestos(...)

Don Ramón Corvalán, me narró, que allá por años 1897/98, cuando asaltaron una noche en El Puestito a la familia Gallo, fue solicitado por el Comisario a la madrugada. Fue en busca de un agente y se fueron de rastrillaje y al pasar por la acequia Pintos, descubrió una señal y conoció cuentos de caballos y quienes montaban y esto fue determinante para dar con los asaltantes.

En 1911, persiguió los rastros de 3 rusos que asaltaron la boletería del Ferrocarril Argentino en Tucumán y la Policía, gracias a Blas Noriega, les dio alcance ".

"Eusebio More, el violinista": "Andrés Luna, que vivió hasta los 101 años, me refirió que fue compañero de andanzas de Eusebio More. Luna fue más tarde, guitarrista de More. El violinista vivió humildemente en El Polear, desconocido y sin dar a trascender sus grandes virtudes de creador y ejecutante.

Siendo alumno de la Escuela N°24 de Rubia Moreno, lo escuché tocar al conjunto. Ejecutaron la chacarera "Mañana de mañanita" y en un estilo cantaron una dedicatoria a la Directora Antonina de Stemberg.

Del Maestro Manuel Gómez Carrillo, escuché siendo su alumno, sus palabras de elogio: "Ayer he tenido la satisfacción de escuchar un violinista nativo de El Polear y les confieso que he gozado tanto, como si hubiera sentido una ópera en París. Mas, es un virtuoso que saca melodías extraordinarias a su instrumento".

Murió en la mayor pobreza, solo conocido por sus coterráneos".

"CHACARERA DE EL POLEAR"( CJ/ CC): "Yo soy de este pago lindo/ que le llaman El Polear,/ dichoso de aquel que nace/ y muere en ese lugar.// Allí nació Eusebio More/ que al violín lo Hacía hablar,/ dueño de la chacarera/ con que yo aprendí a silbar.// Pago del viejito Shinfu, alliyachej curador,/ y también del Blas Noriega, / el famoso rastreador.//Chacarera, chacarera, / rupaj chico de El Polear / brasita que enciende el pucho/ dolido de mi cantar.// Callejones polvorientos, / llenos de luna y de sal,/ con sus recuerdos se pone/ chaupi chaupi el corazón // Me voy en sueños cantando, / camino de Media Flor. / y en la represa yo busco/ reflejo de un viejo amor.// Ánimas de Tata Mañu/ que me vengan a tocar/ con su arpita milagrosa/ chacareras del lugar ".

 

Del libro inédito "historia del cancionero folclórico santiagueño" de Omar sapo Estanciero