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viernes, 11 de septiembre de 2026

Remedio Atamisqueño: el galanteo esquinado que nació en el monte santiagueño

 


Hablar de folklore santiagueño es hablar de quichua, de monte y de un ritmo que se mete en las piernas. Pero hay una danza que destaca por su picardía y su elegancia: el Remedio Atamisqueño. No es solo un baile; es un juego de seducción donde los pañuelos y las miradas hacen el trabajo pesado.

El hombre detrás de la danza

Para entender de dónde sale, hay que ir a la fuente: Bailón Peralta Luna. Nacido el 24 de mayo de 1910, Bailón no era solo un bailarín; era profesor, poeta y un obsesivo recopilador de las tradiciones de su tierra.

Junto a su hermano Luis Alberto formó un dúo fundamental. De esa sociedad salieron piezas como la danza “El caballito”, la zamba “Pensando en tu olvido” y la “Resbalosa Atamisqueña”. También le debemos la emblemática “La santiagueña”. Bailón murió en 1967, a los 57 años, pero dejó el folklore argentino marcado a fuego.

Atamisqui: cuna de quichua y de un baile con truco

El Remedio Atamisqueño tiene su cuna en el pueblo de Atamisqui, un bastión histórico de la lengua quichua santiagueña.

Bailón agarró las figuras del "Remedio" tradicional y las llevó a su terreno. ¿Qué cambió? El orden, la extensión musical y, sobre todo, la forma de bailar: lo hizo "esquinado".

Un juego de seducción

Técnicamente, es una danza argentina de pareja suelta y movimiento vivo. Acá los bailarines no se tocan; el galanteo se conquista con el cuerpo y el pañuelo. Pedro Berruti, en su clásico libro Danzas Nativas, lo describió con una precisión que pinta la escena perfecta:

"En su juego coreográfico el caballero festeja asiduamente a su compañera en las esquinas y en las vueltas, luciendo airosos movimientos de pañuelo y le brinda las mejores galas en sus zapateos. La dama, que no le huye a los arrestos de aquel, muestra su donaire tanto en los movimientos del pañuelo como en sus zarandeos y da finalmente su beneplácito a las demandas de su compañero en la coronación, que puede estar engalanada con figuras de pañuelo."

Si te interesa la estructura musical, la cosa es precisa: la danza tiene una introducción y 56 compases de baile. Tanto las esquinas como los zapateos se resuelven en cuatro compases cada uno.

El misterio de su origen

Acá hay un detalle que siempre genera debate entre los estudiosos. Bailón presentó el Remedio Atamisqueño como una danza folklórica, de esas que se transmiten de generación en generación en los pueblos.

Sin embargo, los grandes investigadores de nuestras danzas, como Carlos Vega o Isabel Aretz, nunca la mencionaron en sus estudios sobre el acervo autóctono. ¿Fue una creación de autor que Bailón adaptó para que el pueblo la sintiera propia? ¿O simplemente quedó fuera de los radares de los grandes recopiladores? El origen exacto sigue siendo una incógnita, y eso, en el folklore, siempre le suma valor.

De los discos de pizarra a la inmortalidad

La historia discográfica de la danza también tiene su peso. La primera grabación conocida es de Los Violineros Santiagueños, registrada en aquellos míticos discos de pizarra de 78 rpm del sello TK.

Con los años, la pieza pasó a los equipos de grandes referentes: Waldo Belloso la grabó para el sello Opus Gala, y Marta Viera junto a sus Monterizos la llevaron a Odeón.

Más allá de los datos duros, el Remedio Atamisqueño sigue vivo cada vez que suenan los violines en una peña. Es un recordatorio de que el folklore no es una pieza de museo, sino un lenguaje que se actualiza, se pisa y se siente. La próxima vez que veas a una pareja bailar esquinado, fijate en los pañuelos y en cómo se miran. Ahí está la esencia de Santiago.

Fuente consultada: www.edisalta.ar

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

La pucha con el hombre: cuando la canción popular desnuda la contradicción humana

Hace más de 35 años, en un día de diciembre de 1986, nació una canción que no se quedó en los discos, sino que entró en la piel de quienes la escuchan. La pucha con el hombre, un escondido que se convirtió en un espejo de la condición humana, fue obra de Pablo Raúl Trullenque y Saúl “Cuti” Carabajal. No es solo una canción, es una conversación entre dos voces que, sin pretenderlo, nos descubrieron a nosotros mismos.

#LaPuchaConElHombre #FolkloreQueAbraza #CulturaSantiagueña #CancionesQueQuedan #FolkloreArgentino


Hay canciones que se limitan a sonar y otras que se transforman en verdaderos refugios. "La pucha con el hombre" pertenece a esta última clase: no busca entretener, nos mira directo a los ojos y sacude nuestras certezas con interrogantes devastadores: ¿qué nos define realmente como humanos? ¿Por qué cargamos con una contradicción tan destructiva? La respuesta no descansa en la letra, sino en el peso de la interpretación, el tono elegido y ese silencio abrumador que sobreviene al apagar la música.

Pablo Raúl Trullenque nació en Santiago del Estero el 15 de enero de 1934. La ausencia marcó su vida desde el origen: quedó huérfano de padre a los cuatro meses. Creció bajo la tutela intelectual de don Julio Argentino Jerez —autor de "Añoranzas"—, y antes de ser la voz filosófica de su tierra, se ganó la vida en la calle como lustrabotas, vendedor de diarios y ayudante de sastre. Esa crudeza cotidiana esculpió una sensibilidad poética única.

Tras moldear su talento animando fiestas y recitando sus propias glosas, en 1957 migró a Buenos Aires. Allí unió fuerzas con Roberto Rimoldi Fraga para gestar obras de fuerte arraigo como "Argentino hasta la muerte" y "Revuelo de ponchos rojos". Sin embargo, su mayor esplendor surgió al consagrarse como el pensador más profundo del folklore santiagueño.

En paralelo, Saúl “Cuti” Carabajal crecía en el barrio Los Lagos de La Banda. Nacido el 3 de marzo de 1947 como el menor de doce hermanos, la música fue su destino inevitable. Fundó "Los Changuitos" a los 13 años con su hermano Kali, creó Los Carabajal en 1967 junto a Agustín, Carlos y Kali, y tras un paso clave por Los Manseros Santiagueños, se estableció como un pilar autoral con obras como "Ciudad de La Banda" y "Santiago chango moreno".

El 18 de diciembre de 1986, con ambos creadores cargando años de ruta y desencantos, nació "La pucha con el hombre". La canción arranca con una sentencia desgarradora: “El hombre nace y muere a veces sin vivir”. ¿Acaso hay frustración mayor que llegar al final descubriendo que jamás se habitó la propia existencia? ¿Cuántas vidas se escapan pasando de la niñez a la vejez sin rozar la felicidad, buscándola en horizontes lejanos mientras se diluye al lado nuestro?

Trullenque no suaviza el diagnóstico:

“Tropieza tantas veces en una misma piedra / Fruta es que llega a pasar sin madurar”.

Es el retrato de nuestra propia impotencia: repetir el error, caer en el mismo tropiezo y pudrirse sin haber alcanzado la madurez. Sin embargo, en esa misma naturaleza habita un contraste abismal: “Es muy capaz de dar la vida o de matar”. Somos un río que fluye a ciegas entre la nobleza y el horror.

El hito más crudo y revelador del poema sentencia: “Solo se diferencia del reino animal / Porque es el hombre el único capaz de odiar”. Una verdad incómoda que nos despoja de toda superioridad moral. Pero cuando el abismo parece definitivo, la obra rescata el deseo de redención: mientras el ser humano conserve la capacidad de asombrarse, llorar y reír, seguirá siendo la fantasía que Dios creó. Aun en la ruina de sus contradicciones, late la capacidad intacta de amar, crear y soñar.

Impacto cultural

El impacto de este himno traspasó los límites del género musical:

  • En la academia: Se volvió objeto de análisis en universidades y centros de investigación. Académicas como María Elena de la Fuente destacaron su precisión para condensar la condición humana en un solo verso, convirtiéndola en pieza clave para la crítica social.
  • En lo social: Resonó con fuerza durante la incertidumbre de los años 80 y 90. Se entonó en bares, peñas y casas con el fervor de una confesión íntima, dando voz a quienes buscaban desesperadamente un sentido en medio de profundas crisis económicas y sociales.
  • En el arte: Dejó una marca imborrable en referentes como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y León Gieco, impulsando a nuevas generaciones a abandonar la superficialidad comercial para cantarle a los abismos del alma.

En una época obsesionada con el consumo efímero y el éxito distante, "La pucha con el hombre" opera como un espejo implacable. Nos confronta con una última pregunta: ¿somos apenas una fantasía fallida, o es precisamente esta contradicción entre odiar y amar, entre destruir y soñar, la única fuerza capaz de transformar el mundo?

 

Fortunato Juárez: Creador de identidad y cantor de la tradición santiagueña

 


Don Fortunato Juárez nació el 9 de enero de 1925 en Villa San Martín, Loreto. Toda su familia provenía de la histórica Villa Loreto, un rincón donde el quichua y el castellano se entrelazaban en el habla cotidiana de una “gente feliz, de paz y respeto”. Sin embargo, aquella armonía sufrió un vuelco inevitable: en 1907, casi toda la población se vio obligada a abandonar su tierra para trasladarse al emplazamiento actual. ¿Cómo no arraigarse a la identidad cuando el hogar debe reconstruirse desde las raíces?

En su hogar, la música y el trabajo se heredaban. Su abuelo materno —Tatacu Carmen— y su padre eran carpinteros y músicos, mientras que sus hermanos también abrazaron el folclore. Al crecer en ese ambiente de cuerdas y serrín, nació en él un deseo irrefrenable: emular a sus mayores. Cada día era una búsqueda constante, un aprendizaje nuevo con la guitarra que se profundizó al mudarse a la ciudad de Santiago del Estero, donde debió sostenerse ejerciendo distintos oficios.

Entonces sobrevino el golpe. Un accidente de trabajo en una empresa textil le arrebató una falange del índice de su mano izquierda. Para un guitarrista, una pérdida de tal magnitud amenazaba con silenciar su pasión para siempre. Pero el freno físico no quebró su impulso: continuó tocando y cantando contra todo pronóstico. Con el conjunto Los Hermanos Juárez, recorrió el país entero llevando la música tradicional santiagueña e incorporando las creaciones que nacían de su talento y el de Higinio Juárez.

Su entrega a la música no conocía pausas. Cuando no actuaba con sus hermanos, Don Fortunato aceptaba cualquier invitación para cantar, integrándose a grupos costumbristas. Cada domingo que permanecía en Santiago, llegaba puntualmente a la radio, guitarra en mano, para encontrarse con la gente del Alero Quichua Santiagueño.

En los inicios del Alero Quichua, estuvo profundamente unido al grupo nativista. Más tarde, asumió el compromiso de asesorar al Secretario de la Comisión Directiva en el manejo correcto de libros, documentos y trámites. Integró además el elenco de la obra Casarácoj (El Casamiento), de Don Carlos Maldonado. Fue en ese tiempo de viajes compartidos por la provincia y Buenos Aires donde la gente del Alero descubrió la verdadera magnitud de su figura: un gran creador marcado por una personalidad de enorme humildad y sencillez.

Sus obras terminaron conquistando los escenarios del país. Títulos como Bienhaiga con el Mocito, Para mi Pago, De Ahicito, Así era mi Mama, Loretano Soy, El Violín de Tatacu, Chacarera del Chilalo, El Huajchito, Sumampa Viejo, Plaza Libertad, Soy Santiagueño que Vuelve, El Linyerita o Paisanita de mi Pago son solo una muestra del vasto repertorio criollo que legó.

Don Fortunato Juárez falleció en Santiago del Estero el 7 de septiembre de 2000, a las tres de la tarde.

Más allá de firmar páginas inolvidables para el cancionero argentino, dedicó su vida a formar a nuevos guitarreros y cantores. Fue una labor silenciosa, sin estridencias, pero de un impacto profundo: esa siembra constante a lo largo de su vida no quedó en el olvido, y aún hoy sigue dando frutos.

 

Fuente: Víctor HugoSayago

domingo, 23 de agosto de 2026

Felipe Corpos: la voz quichua que encendió un fuego en Santiago del Estero

Poeta, payador y militante cultural, fundador del Alero Quichua Santiagueño. Su vida fue breve, pero su legado continúa iluminando la memoria y la identidad de un pueblo.




El eco de una lengua ancestral

Cuando se habla de las raíces culturales de Santiago del Estero, el nombre de Felipe Benicio Corpos aparece como una de esas presencias que, aunque breves en el tiempo, dejan huella. Fue poeta, payador, quichuista y uno de los impulsores de un movimiento clave en la defensa del patrimonio lingüístico del norte argentino: el Alero Quichua Santiagueño.

Hablar de él es, inevitablemente, hablar del quichua. Esa lengua que llegó desde los Andes y encontró en Santiago un territorio donde echar raíces propias. Resistió siglos de desprecio y silenciamiento, pero siguió viva en las casas, en las coplas, en los rezos, en las charlas de patio. Felipe entendió temprano que no alcanzaba con resistir: había que darle un lugar visible dentro de la cultura argentina.

Su vida, atravesada por la pasión y el compromiso, también refleja una época en la que las tradiciones luchaban por no quedar arrasadas por la modernidad. Su historia permite ver cómo un hombre del interior del departamento Figueroa logró encender una llama que todavía sigue prendida.

Infancia entre el monte y la lengua quichua

Felipe nació el 23 de agosto de 1935 en Villa Figueroa. Creció en Los Nogales, Pampa Muyoj, en un entorno donde el quichua no era algo excepcional: era el idioma cotidiano. Se hablaba en la familia, en el trabajo, en la vida diaria.

A los nueve años se trasladó a la ciudad de Santiago del Estero con sus padres. Allí terminó la secundaria en la Escuela de Comercio Antenor Ferreyra y se recibió de Perito Mercantil. Ese cambio marcó una tensión que lo acompañaría siempre: el paso de un mundo campesino, íntimamente ligado al quichua, a un espacio urbano donde esa lengua quedaba al margen.

Más tarde viajó a Córdoba para estudiar Abogacía. Cursó tres años y entró en contacto con ambientes universitarios y políticos. Ese paso seguramente reforzó su mirada sobre la situación de las lenguas originarias. Sin embargo, decidió volver. Su camino no estaba en los tribunales, sino en la defensa cultural.

El encuentro con Sixto Palavecino

En 1968, ya de regreso en Santiago, conoció a Sixto Doroteo Palavecino. El vínculo fue inmediato. Compartían la misma preocupación: el quichua seguía vivo, pero recluido, sin reconocimiento público.

Mientras buena parte de la sociedad lo consideraba un idioma menor, ellos lo veían como un núcleo cultural profundo. De esa coincidencia nació una amistad y un proyecto común que terminaría cambiando el panorama cultural de la provincia.

Nace el Alero Quichua Santiagueño

El 5 de octubre de 1969, junto a Vicente Salto y Domingo Antonio Bravo, dieron forma al Alero Quichua Santiagueño. Empezó como un programa de radio, pero rápidamente superó ese formato.

Tenía algo distinto: por primera vez, la radio abría un espacio en lengua indígena en Argentina. No se trataba de hablar *sobre* los campesinos, sino de que ellos mismos tomaran la palabra. Desde distintos puntos de la provincia, la gente participaba con relatos, canciones y coplas.

Felipe lo definía con claridad en una de las aperturas del programa: una voz que se eleva desde el Santiago quichua para mostrar su cultura desde adentro. No era una consigna. Era una forma de devolverle dignidad a una lengua.

Escuelas y expansión

El impacto fue rápido. En 1971 se creó la primera filial en Villa Atamisqui, y después llegaron otras en Córdoba, Buenos Aires y Tucumán.

Pero el crecimiento no fue solo territorial. También hubo un impulso educativo fuerte. Se promovieron escuelas de quichua y, en 1973, se incorporó la cátedra de Cultura Quichua en el profesorado provincial. Ese mismo año se dictaron cursos en distintos puntos de Santiago.

El desafío era grande: enseñar a escribir una lengua que durante siglos se transmitió de forma oral. Aun así, la respuesta fue positiva. El quichua empezaba a salir del ámbito doméstico y a ocupar espacio en las aulas.

Discos y debates culturales

El Alero también impulsó proyectos discográficos. En 1971 se editó un disco documental del canto quichua con el sello Diapasón, con apoyo de Alfredo Ábalos. Allí se incluyó la traducción al quichua del Martín Fierro, realizada por Vicente J. Salto.

En 1973, Felipe organizó una mesa redonda radial sobre el origen de la chacarera. Un tema que, todavía hoy, genera discusión. Ese mismo año se lanzó el disco *Santiago del Estero, desde sus coplas al país*, que amplió la difusión de la cultura local.

El poeta detrás del proyecto

Más allá de su rol como gestor, Felipe era poeta. Escribió letras que luego se transformaron en canciones populares, muchas musicalizadas por Sixto Palavecino. De ahí nacieron piezas como El sacherito, Mi tata sabía canta, Pa’ que bailen o La ñaupa ñaupa.

También trabajó con otros músicos en distintas composiciones. Parte de su obra fue grabada, pero otra sigue inédita. Ese material, todavía disperso, es un reservorio cultural que espera ser recuperado.

Compromiso con la vida cotidiana

Para Felipe, la lengua no era un objeto aislado. En sus programas hablaba de la vida rural, de prácticas agrícolas, de saberes transmitidos de generación en generación. Recuperaba refranes, cuentos, formas de entender el mundo.

En 1974 participó en la creación de la Sociedad de Folkloristas Santiagueños. Ese mismo año lanzó el programa *Domingos Santiagueños*, donde profundizaba en temas vinculados a la identidad local.

También colaboró con investigaciones en historia, arqueología y lingüística. Su objetivo era claro: mostrar que la cultura popular no era un adorno, sino un sistema de conocimiento.

Una vida breve

El 13 de diciembre de 1974, un accidente terminó con su vida. Tenía 39 años. La pérdida fue fuerte y dejó un vacío difícil de cubrir.

Sin embargo, su trabajo no se detuvo. El Alero siguió, las escuelas continuaron, y su nombre empezó a consolidarse como referencia dentro de la cultura santiagueña. Hoy lo recuerdan en espacios públicos y en instituciones educativas que llevan su nombre.

Una herencia que sigue

La historia de Felipe Corpos muestra algo concreto: la cultura no se sostiene sola. Necesita gente que la empuje, que la defienda, que la haga visible.

El quichua santiagueño sigue vivo en gran parte por ese tipo de esfuerzos. Cada vez que se canta en esa lengua o alguien la aprende, hay una continuidad que no se cortó.

Su legado no es abstracto. Está en la voz de la gente, en la música, en las palabras que todavía circulan. Y deja una pregunta abierta, bastante directa: qué estamos dispuestos a sostener para que no desaparezca.

Fuentes consultadas:

Alero Quichua Santiagueño- Diario El Liberal-Diccionario Cultural Santiagueño-María Teresa Papalardo-Antología de poetas santiagueños-Alfonso Nassif.

 

jueves, 23 de julio de 2026

Julio Argentino Gerez y su gloriosa humildad

 



SIEMPRE estaba, con su aire triste, su melancólica sonrisa y esa su eterna cordial benevolencia para todos, ante una mesa del bar de Talcahuano y Corrientes, ese buen santiagueño, excelente camarada, gran músico, compositor y tranquilo libador que se llamaba Julio Argentino Gerez. . .

Gerez -él escribía su apellido así, con G-, tenía esa profunda dulzura provinciana, mitad dubitativa esperanza, mitad confianza en la vida.

Julio Argentino -su padre era un roquista irreversible-, llamado, así como homenaje a Julio Argentino Roca, dos veces presidente del país y fianzador de la conquista del desierto, fue desde niño un espíritu contemplativo.

Cuando tuvo 15 años, le llegó a las manos la primera guitarra. Comenzó como jugando. Pero el milagro de la música se hizo en él. Y desde que sacó en el encordado las primeras melodías, no abandonó más el instrumento. Sus hermanos estudiaron. Lograron su carrera profesional. Pero Julio Argentino, abrazado a su guitarra, le entregaba su emoción esperanzada. Vio pasar a su vera a los otros compañeros, distinguiéndose en el comercio, en la industria. Pero Julio Argentino seguía fiel a lo suyo.

Un buen día fue a la estación de La Banda. Tenía cinco pesos en el bolsillo. Estudió la lista de pasajes, el horario de trenes, y con un pasaje de cinco pesos hizo su primer viaje al Sur. Llegó hasta donde alcanzó el dinero. Ahí se detuvo. Y ahí se enfrentó a la vida, por primera vez. Acababa de dejar el hogar de sus mayores y se disponía a la lucha.

Tenía el arma bajo el brazo: su vieja guitarra. Su voz de cantor y su inspiración poética la dotarían de munición...

Su sueño era llegar a Buenos Aires. Anduvo conociendo mundo, y, como él mismo decía: "Correr mundo es duro, pero enseña". Gerez aprendió mucho. Aprendí ante toda la música de los lugares por donde transitaba. Así, apenas cumplidos los 25 años, llegó a Buenos Aires. Y pasó aquí una vida dura, de lucha y de sacrificios, hasta que, en 1927, cuando se produjo en la ciudad un interés por las cosas folklóricas, entró en la radio.

Pero, para desgracia suya, no lo dejaron hacer folklore. Comenzó su actuación como cantor de tangos. Cantaba bien. Tenía hermosa voz. Y su acento santiagueño, aun en la canción, daba a los tangos un no sé qué de exótico, que gusto.

A los tangos ni siquiera los ensayaba. En las horas de descanso de su trabajo en la radio, ensayaba lo suyo. La música nativa. Como trepado en ella, regresaba a sus pagos, oía las cosas queridas, andaba caminos viejos, asomaba su recuerdo a la puerta de los ranchos, ponía de nuevo el oído a las canciones que arrullaron su niñez y alentaron su adolescencia.

Dos años más tarde, en 1929, nace "La engañera". Fue su gran triunfo. Pero Gerez nunca estuvo entusiasmado con su zamba, a la que alguien llamaba "La cumparsita" del folklore. Una vez, en aquel bar de Talcahuano y Corrientes, que aún existe y es frecuentado por gente de la farándula, nos decía: -La música es de zamba. Pero en la letra me salió el tango... No es lo que yo quería... Pero qué se le va a hacer. Hay que aguantar el éxito, como si fuera merecido...

Tras de redimir de ese éxito. Aparecen "Añoranzas.", "Baguala", "Camino de Buenos Aires", "Amarguras"... y su gran éxito: "Noche, noche...".

Trabaja con ardor. Le brota la música. Mas piensa en su tierra, cuando la ciudad parece absorberlo con más intensidad. Es entonces que escribe. Música y letra suyas, casi siempre. Llega a tener cerca de un centenario de composiciones. Pero él, cuando cantaba, no se limitaba a cantar solamente lo suyo. Hacía lo ajeno con más voluntad. Y a él, a su tesón, se debe el éxito de "Debajo de la morera", de Virgilio Carmona. Julio Argentino trabajó esa zamba con todo su entusiasmo, más que si fuera su propio autor.

Así transcurrió la vida de Julio Argentino Gerez. Humilde, pero florecido de bellas cosas. Generoso hasta la abnegación, siempre estaba dispuesto a darlo todo. Jamás pedía nada. Tanto que Corsini mismo, en la época de su apogeo, le pidió personalmente la zamba " Tardecita norteña ", de la que hizo un suceso.

Después de 40 años de lucha, sin regresar a Santiago como músico, decide regresar. Lo hace al frente de un conjunto de diez ejecutantes, para actuar en espectáculos de primera categoría. Recibe así la consagración en su propia provincia. Esto era su sueño. Ya lo había cumplido. Un año más tarde, con la sonrisa gozosa, entra en la eternidad y nace para el recuerdo de todos los que tanto lo quisimos. Su música lo sobrevive, incorporada ya a lo clásico del folklore argentino. Y es eso: musical y poética, la huella que dejó su paso por la vida, don Julio Argentino Gerez.

 

Publicada originalmente en Revista Folklore (15/1/1962)

 

sábado, 20 de junio de 2026

Rosquetes santiagueños ¡Receta criolla!

 


Si sos de Santiago del Estero seguro que los has probado, y si has visitado alguna vez la provincia, probablemente te han invitado unos rosquetes santiagueños. ¡Y estoy mucho más seguro de que quién los ha comido no se los olvida nunca!

Con esta receta, si estamos lejos del pago, podremos prepararnos unos bien ricos. No serán como los loretanos, pero bueno, algo para aplacar la nostalgia del estómago.

Sin más preámbulos te contamos la receta de rosquete santiagueño, bien criollo, bien nuestro.

Cómo hacer Rosquetes santiagueños

Ingredientes que hacen la diferencia:

Para preparar los deliciosos rosquetes santiagueños, necesitarás los siguientes ingredientes:

5 yemas de huevo
1 cucharadita de sal
50 gramos de levadura
200 gramos de azúcar
150 gramos de grasa vacuna derretida
1 kilogramo de harina común (aproximadamente)
Aproximadamente 200 ml de agua tibia

Preparación paso a paso:

Comienza batiendo las yemas hasta que la mezcla espese ligeramente y adquiera una textura cremosa.

Tamiza la harina y agrega la sal alrededor del hueco que formarás en el centro de la harina.

En el hueco, coloque la levadura, una cucharadita de azúcar y un poco de agua tibia. Mezcle estos ingredientes para activar la levadura y lograr una fermentación adecuada.

Luego, incorpora la grasa derretida a la mezcla y continúa agregando el resto del agua tibia poco a poco mientras amasas vigorosamente. Siga amasando hasta obtener una masa suave y elástica.

Divide la masa en pequeñas porciones y forma rollitos de aproximadamente 20 cm de largo (o ajusta el tamaño según tu preferencia). Une los extremos de cada rollito para darles la típica forma de rosquilla.

Coloque los rosquetes en una fuente enmantecada y enharinada, preparándolos para el horneado. Déjalos reposar durante 30 minutos.

Pre-calienta el horno a 200°C y hornea los rosquetes durante unos 35 minutos o hasta que estén dorados y cocidos.

El toque dulce del blanqueo:

El blanqueo es una etapa crucial en la preparación de los rosquetes santiagueños, ya que es lo que les da ese distintivo sabor dulce y la capa brillante. Para blanquear los rosquetes, necesitarás los siguientes ingredientes:

5 claras de huevo
1 taza de azucar
1 taza de agua
Unas gotitas de limón

El proceso de blanqueo:

En una cacerola, lleva a ebullición una taza de agua junto con una taza de azúcar hasta obtener un almíbar a punto de hilo.

Mientras se prepara el almíbar, bate las claras de huevo a punto de nieve, asegurándote de que estén bien firmes.

Agregue lentamente el almíbar caliente a las claras batidas mientras continúa batiendo. También añade unas gotitas de limón para darle un toque de acidez al merengue.

Con la ayuda de un pincel de cocina, cubre los rosquetes con este merengue, asegurándote de cubrirlos completamente para obtener una capa brillante y dulce.

Deja reposar los rosquetes al sol durante un tiempo para que el merengue se seque y se fije sobre ellos.

La degustación:

Una vez que los rosquetes santiagueños han sido blanqueados, es momento de disfrutarlos en todo su esplendor. Su exterior dorado y brillante esconde un interior esponjoso y lleno de sabor. Acompañados de un mate o una buena taza de café, los rosquetes son un verdadero placer para el paladar.

Fte: sursantiago.com.ar

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Primavera del Kakuy, Julioy

 


 

Dos fueron sus despedidas: cuando se fue a Santiago, la más importante, y cuando se fue de la vida, la segunda.

La segunda sucedió el 21 de septiembre de 1954 y no es antojadizo ver en la fecha, todo un símbolo: el canto de Julio Argentino Jerez debía apagarse entonces, en tiempo de vidala en flor, para que quedaran, sobreviviendo todos los inviernos, sus canciones: "La Baguala", "La Engañera", "Chacarera de mis pagos", "Añoranzas"...

Vivía hasta su adiós, en un caserón de Boedo, donde había instalado, en cada habitación, distintas jaulas de pájaros: un presupuesto en alpiste y en ternura.

Era un bohemio total, definitivo, y dueño, sí, del auténtico carisma, el de los elegidos: sus amigos recuerdan su fácil éxito entre las mujeres, sorprendente pues no se trataba de un buen mozo.

Nada sorprendente pues se trataba de un ser con encanto.

Con el encanto que navega en sus coplas plañideras: "Cuando salí de Santiago, todo el camino lloré. / Lloré sin saber por qué, pero si les aseguro, que mi corazón es duro, pero aquel día aflojé..."

Por eso, pensamos, el mejor recuerdo en este aniversario es referirse a aquella primera, sentida des- pedida, que pocos conocen: el momento en que Julio Argentino se fue de Santiago.

Un comprensivo suyo, Marco Antonio Díaz, le enderezó entonces un sentido discurso, mechado con frases en quechua. Era el 15 de febrero de 1948. Transcribimos ese increíblemente cariñoso testimonio en forma textual.

¿No te parece bien, Julioy? (¿Qué dice tu cabeza, mi Julio?): Ruda como la del tropero, carrero, do- mador, tiene, sin embargo, rasgos que anuncian su contenido; es una máquina sensata, generadora de músicas y bellos pensamientos.

¿No te lo imaginas, Julioy? (¿Qué dicen tus ojos...?): Que te pierdes en sueños mientras muestran, además, fiereza montaraz.

Imaina uiaricum voznike? (¿Cómo se oye tu voz?): Arrulladora, como un susurro. Está apagada por las miles de horas de canto que resonaron en tu garganta, ¡y por las siete mil aguardentadas!... (sic).

Viaikeka gestojlla (sólo con el gesto de tu cara) nos llenas de misterio y nos lleva, involuntariamente, a las regiones de tus cantos.

Yo te vi retozando en las trincheras p'al carnaval, en medio del alboroto del paisanaje (¡como potro en las praderas!): ahí estabas. Y te he visto en reunión de familia: ¡sabías estar!

Nunca me olvidaré que te he visto en el Tipiro salir de la reunión, cruzar los alambrados y ostensiblemente, como si hubieras distinguido a tu propio Tata, obsequiar un trago a ese viejo que horquetiaba la fiesta sobre su mulo pardo...

Julio, Julioy, ¡me cuesta creer que seas humano!

¡Supieras los celos que sientes cuando te vas, cuando te alejas de tu selva!... Pero no podemos atajarte porque sos como tu Huayra Rupaj, más allá del Zonda y, aurita nomás, el Huayra Muioj.

¡Cómo me gustaría, Huaukey, verte tallado en quebracho, asentado en las pashkas de un árbol de nuestros montes, guitarra en mano y en actitud de canto!

Y no puedo resistir más, Julioy: ¡tengo el presentimiento de que vos sois la encarnación del Kakuy en los seres humanos!

Publicado originalmente en Revista Folklore

viernes, 15 de mayo de 2026

Nachi, bailarín, músico y cantor de gran popularidad

 


Nachi Gómez, es por sí mismo una acentuada evocación de nuestro folklore bailable y musical. Es, sin disputa, el santiagueño que más intensamente lo ha vivido. Desde los días inmediatos postcoloniales, Nachi era ya un “chango” a quien arrastraba insensiblemente el baile y el canto popular. En una visión retrospectiva, fugaz y llena de color, nos refiera Nachi sus andanzas de cantor, de bailarín y de músico.

Tenía apenas –dice Nachi- 13 años cuando un hombre como de treinta me desafío a un “malambo”. Yo bailaba descalzo. No tenía zapatos. Así “chaquin ya talla” –con los pies al campo- dice en quichua, me presente. Le gane fácilmente. Sabía yo, muchas mudanzas y tenía las tabas livianas. Me dijeron que el hombre se enojó y que busco para azotarme.

El individuo era de Salavina y pronto se fue. Después de este hecho, mi crédito se agrando. Todos comenzaban a invitarme.

Por esos tiempos –dice haciendo una disgresión- el monte estaba metido todavía en la ciudad. Para llegar a estos lugares –donde hoy vive entre Colon y Pringles, sobre Güemes- al centro, o sea el cabildo, teníamos que ir por un camino de cabras haciendo a un lado los “ichines”, una planta regional sin espinas.

No había mucha gente –prosigue Nachi- que cantara o bailara bien nuestros bailes. Tenían entonces las reuniones, otro carácter. La gente bebía mucho. Los cantores tenían el orgullo cerril de no ser sitio a otros. Cuando se juntaban dos, se producía el reto. Venia la payada, esta seguía de desafíos a beber y cuando no había vencidos evidentes, esta disputa adquiría caracteres más feroces; salían de sus vainas los cuchillos y los hombres se trababan en terrible duelo. Era en los tiempos cosas de machos.

Usted –le decimos a Nachi- debe haber conocido mucha gente y muchos lugares.

Cierto, no había bailes ni fiestas que yo no conociera, en la provincia. Conozco casi todos los santos a los que se hace fiesta. Hombres de todas las categorías. Yo estuve en Rosario con el doctor Manuel Gorostiaga, gran santiagueño. Era ordenanza. Por ahí andando se me ocurrió un percance curioso. Yo no sabía leer. Trabe conocimiento con una “galleguita”. Me enamore y ella se prendió de mí. Y como la mujer enamorada hace milagros, ella me enseñó a leer y escribir. Y en cuanto aprendí, le perdí el amor. Dicen que el diablo también perdió su influencia en la tierra por meterse a enseñar.

Más tarde volví para mis pagos. Cometí otro error, si podemos decir así. Robe a la mujer que hoy es mi esposa y a los tiempos me case. No deje de bailar ni de cantar por eso. Esta era mi pasión más fuerte. Eso si no aprendí ni a beber ni a fumar. Solo tenía la debilidad de “zorriar”. Indica con esto que le cautivaban las faldas. Nachi era además, buen tabeador y los naipes en sus manos, se embrujaban para favorecerlo.

Nachi está hoy un poco viejo. Más de setenta años. Posee una memoria extraordinaria para todas estas cosas. Nos hubiera agradado consignar todo lo que nos ha dicho, pero el espacio, severo dictador, nos lo impide.

Nachi es además compositor. Escribió `piezas bailables. Tiene varias que han sido ya grabadas y se difunden en discos. Tiene otras en preparación.

De modo que es Ud. –decimos- quien más a agitado el folklore

-si, por que yo le he bailado, lo he cantado, lo he tocado y lo he vivido. Todavía lo vivo, aunque con menos intensidad, pero con igual fervor.

Fuente: “El Liberal, Numero del Cincuentenario 1898 - 1948”


miércoles, 13 de mayo de 2026

La mudanza del silencio: El zapateo femenino como acto de resistencia y memoria

Históricamente narrado como un duelo de virilidad y destreza masculina, el malambo esconde bajo la tierra las huellas de mujeres que desafiaron su tiempo. Recuperar su historia no es solo un ejercicio académico, sino un acto político para desarmar los mitos que nos impidieron verlas.

#MalamboFemenino #FolkloreArgentino #MujeresEnLaHistoria #CulturaNacional #DanzaArgentina





El golpe del zapateo es seco, de esos que te retumban en el pecho. Siempre nos dijeron que ese retumbo contra el suelo era cosa de hombres, casi una prueba exclusiva de la fuerza del gaucho. Pero si prestamos atención a la historia, el zapateo también se bailó en clave de mujer. La presencia femenina en el malambo no es una moda ni un invento reciente; existió desde siempre, solo que una mirada machista prefirió taparla.

La mujer más allá de la sombra

Durante años, la historia oficial del folklore dejó a la mujer en un segundo plano: la que acompaña, la que luce el vestido y suaviza la escena. Sin embargo, investigaciones como las de Carlos Vega muestran una realidad mucho más potente: el malambo jamás tuvo un solo dueño.

Que la mujer no apareciera en los libros no fue un descuido, sino el reflejo de una época que ninguneaba su capacidad técnica. Aun así, ellas estuvieron ahí, adueñándose del baile para volcar su destreza, su creatividad y una fuerza que a muchos les resultaba incómoda.

El eco de 1921: Ellas en el centro de la pista

En la Encuesta Nacional de Folklore de 1921 quedó registrado un dato clave: Lorenzo Maratini, de 65 años, dejó constancia de que existían competencias de malambo con parejas mixtas.

Esto no es un simple detalle de color. Es la prueba de que hace más de un siglo las mujeres competían mano a mano, sin pedir permiso ni actuar de adorno. Desafiaban la norma en la pista y demostraban que la técnica y el ritmo no son cuestión de género, sino de pasión.

Un lenguaje de liberación que sigue vivo

Hoy, el renovado interés por nuestras raíces hizo que miles de bailarinas reclamen ese legado. Ya no buscan imitar al varón, sino adueñarse del malambo desde su propia corporalidad y sus propias vivencias.

Aunque el camino sigue teniendo sus trabas y persisten prejuicios en certámenes y festivales, la movida no se detiene. Los talleres y espacios de formación para mujeres no solo enseñan a zapatear: buscan reparar la historia para que ellas sean, al fin, las dueñas de su propio ritmo.

La tierra habla

Reconocer a las mujeres en el malambo es devolverle al folklore su historia completa. No se puede hablar de una danza nacional si dejamos fuera a la mitad de quienes la mantuvieron viva.

El malambo solo estará completo cuando sea un reflejo de todos. Mientras más mujeres marquen sus mudanzas sobre la tierra, el eco de aquellas pioneras de 1921 seguirá resonando para recordarnos que este baile es, ante todo, un grito de libertad.

 

 

martes, 12 de mayo de 2026

Zamba de Vargas, Versión del zapateador y guitarrero Narciso "Nachi"Gómez

 


Sobre esta zamba: Tanto en Santiago del Estero como en La Rioja, se han recopilado distintas versiones de la zamba de Vargas, llegándose a contabilizar hasta 39, que exaltan a uno u otro ejército según su procedencia. Algo similar sucedió en las provincias vecinas. Es que la denominada ‘canción patriótica’ surgida a partir de la gesta revolucionaria de mayo, como una canción de protesta, había ido transformándose en la denominada canción partidista, que caracterizó al período de las luchas intestinas de mediados del siglo XIX, tanto en el bando unitario como en el federal. Muchas de estas piezas del denominado folclore histórico, transmitidas en forma oral, se perdieron a lo largo de los años por falta de una recopilación sistemática de las mismas, aunque algunas perviven en la memoria colectiva.

Oscar Segundo Carrizo tomó del zapateador y guitarrero Narciso Gómez, ¨Nachi Gómez¨, la siguiente versión:

Nachi Gómez es por sí mismo una acentuada evocación de nuestro folklore bailable y musical. Es, sin disputa, el santiagueño que más intensamente lo ha vivido. Desde los días inmediatos postcoloniales, Nachi era ya un “chango” a quien arrastraba insensiblemente al baile y al canto popular. En toda una visión retrospectiva, fugaz y llena de color, nos refiere Nachi sus andanzas de cantor, de bailarín y de músico.

Tenía apenas –dice Nachi- 13 años cuando hombre como de treinta me desavió a un “malambo”. Yo bailaba descalzo. No tenía zapatos. Así “chaquin ya talla” –con los pies al campo- dice en quichua, me presenté. Le gané fácilmente. Sabía yo muchas mudanzas y tenía las tabas livianas. Me dijeron que el hombre se enojó y que me buscó para azotarme. El individuo era de Salavina y pronto se fue. Después de este hecho mi crédito se agrandó. Todos comenzaban a invitarme.

Por esos tiempos -dice haciendo una digresión- el monte estaba metido todavía en la ciudad. Para llegar a estos lugares -donde hoy vive en Colón y Pringles, sobre Güemes- al centro, o sea al Cabildo, teníamos que ir por un caminito de cabras, haciendo a un lado los “ichiles”, una planta regional sin espinas.

No había mucha gente -prosigue Nachi- que cantar o bailara bien nuestros bailes. Tenían entonces las reuniones otro carácter. La gente bebía mucho. Los cantores tenían el orgullo cerril de no ceder sitio a otros. Cuando se juntaban dos, se producía el reto. Venía la payada, esta seguía el desafío a beber y cuando no había vencidos evidentes, esta disputa adquiría caracteres más feroces: salían de sus vainas los cuchillos y los hombres se trababan en terrible duelo. Era en los tiempos cosas de machos.

Usted, -le decimos a Nachi- debe haber conocido mucha gente y muchos lugares.

Cierto, no había bailes ni fiestas que yo no conociera en la provincia. Conozco casi todos los santos a los que se hace fiesta. Hombres de todas las categorías. Yo estuve en Rosario con el doctor Manuel Gorostiaga, gran santiagueño. Era ordenanza. Por ahí andando me ocurrió un percance curioso. Yo no sabía leer. Trabé conocimiento con una “galleguita”. Me enamoré de ella y ella se prendió de mí. Y como la mujer enamorada hace milagros, ella me enseñó a leer y escribir. Y en cuanto aprendí le perdí el amor. Dicen que el diablo también perdió su influencia en la tierra por meterse a enseñar.

Más tarde volví para mis pagos. Cometí otro error si podemos decir así. Robé a la mujer que es hoy mi esposa y a los tiempos me casé. No dejé de bailar ni de cantar por eso. Esta era mi pasión más fuerte. Eso sí, no aprendí ni a beber ni a fumar. Sólo tenía la debilidad de “zorriar”. Indica con esto que le cautivaban las faldas. Nachi era, además, buen tabeador y los naipes en sus manos, se embrujaban para favorecerlo.

Nachi está hoy un poco viejo. Más de setenta años. Posee una memoria extraordinaria para todas estas cosas. Nos hubiese agradado consignar todo lo que nos ha dicho, pero el espacio, severo dictador, nos lo impide.

Nachi, es además compositor. Escribe piezas bailables. Tiene varias que han sido ya grabadas y se difunden en discos. Tiene otras en preparación.

De modo que es Vd. -decimos- quien más ha agitado el folklore.

-Sí, porque yo lo he bailado, lo he cantado, lo he tocado y lo he vivido. Todavía lo vivo, aunque con menos intensidad, pero con igual fervor

jueves, 7 de mayo de 2026

¿Un Quilombo en Santiago del Estero?

San Félix, la única localidad del país en la que todos sus habitantes son afrodescendientes.

Por Cristian Alarcón


Un pueblo que es cosa de negros

Perdido en Santiago del Estero, está habitado por cuarenta familias, unas doscientas personas. Su nombre hace honor al hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje que ya suma seis generaciones: el rubio capitán de montoneras Félix Alderete. Cómo llegaron a ese paraje indómito los primeros esclavos. Las marcas del mestizaje y el orgullo por su identidad.

Para seguir la huella africana en Santiago del Estero hay que probar el sabor del polvo. Es como el clima: caliente y poroso, áspero y seco. Sabe a tierra húmeda cuando se deshace en el paladar. Levita por largos minutos apenas se lo espanta con una sola pisada, hundida unos 25 centímetros en el talco espeso que es el suelo de San Félix, el único pueblo del país en el que todos sus habitantes –cuarenta familias, unas doscientas personas– son descendientes de negros. Aunque la sexta generación de los Guerra tiene la piel más clara, se le ve en el rostro la marca del mestizaje de más de cien años, desde que los primeros esclavos llegaron a este paraje indómito con los Frías, terratenientes dueños de doscientas mil hectáreas de monte santiagueño. San Félix hace honor al nombre del hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje de afrodescendientes: la historia de amor de esa pareja mixta, entre la turgente y bella Felipa y el alto, fornido y rubio capitán de montoneras Félix Alderete, es la huella más fuerte de la familia que ahora se busca en sus antepasados, llena de orgullo por la identidad afro de una provincia en la que, durante la primera mitad del siglo XIX, el 50% de la población era afro.

El cronista llega al paraje acompañado por una troupe que más bien parece la de un circo ambulante: representantes del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación) con Flavio Rapisardi a la cabeza; gente de la Secretaría de Cultura de Santiago del Estero; funcionarios de la Jefatura de Gabinete provincial, todos han aportado una 4x4 para llegar a San Félix este sábado. La temperatura, dicen, nos perdona la vida. Las camionetas tienen que salir de la capital con un intervalo de media hora entre una y otra: el talco de arcilla cuando no ha llovido –la condenada sequía lleva nueve meses, ni una gota de agua desde enero– limita el tránsito, porque la cortina polvorienta y gris que levanta el paso de cualquier vehículo es tan volátil que demora en desaparecer. La ruta 5 nos lleva hacia Pozo Hondo –un punto que apenas si figura en los mapas–. Desde allí hay que tomar un camino de tierra poceado y pleno del bobadal: así se llama ese tipo de senda, por su composición terrosa. Se avanza a veinte kilómetros por hora. La tierra se levanta y cae sobre los vidrios de la camioneta como si la tiraran del cielo. Cualquier otro auto, sin ruedas patonas y doble tracción, quedaría varado porque el radiador colapsaría de tos.

UTURUNGO. –Ésta era una estancia llamada Uturungo.

Dice don Loyolo Alderete, hombre de casi dos metros, como su tatarabuelo, don Félix. Y golpea con el pie enorme el suelo de su patio, a la entrada del paraje. Tiene más de setenta, la piel cobriza, bigotes blancos y prolijos, las canas bien peinadas y cierta elegancia rural del que ha mandado, del jefe de un clan.

–Aquí hay hermanos negros negros y otros rubios. Por allá lejos tenemos un changuito con los ojos verdes y el pelo mota. Acá siempre se ha dicho, para reírse de ellos, de los que heredaron ese pelo de negros, que, cuando se les echa agua a la cabeza, no se les moja.

Ríe don Loyolo de su gracia, y su esposa, que permanece como una anciana quieta y silenciosa a su lado, le sigue la corriente.

–Sí, no se les moja la cabeza. Dice.

La huella de la negritud de San Félix se pierde en la memoria del pueblo. Reside allí donde llegan los recuerdos de sus habitantes más antiguos: don Loyolo alcanza a dibujar el árbol genealógico hasta su madre, la hija de Delfín Alderete, nieto del Félix que desposó a Felipa. Su padre era Cirilo Matías –otro de los apellidos que abunda en la zona–, un “gringo”, dice Loyolo, que es como se les decía a los españoles que llegaban en aquellos tiempos siguiendo el camino que durante la colonia unía Córdoba con Potosí, atravesando el duro interior santiagueño.

–Cirilo Matías vino de España en 1916, y en 1921 llegó a Pozo Hondo. Andaba como vendedor de mercadería ambulante. Mi mamá, María Alderete, lo conoce entonces. Se enamora, se casan y él se instala. Ella tenía su porción de tierra que le correspondía porque era nieta de Felipa Guerra. Aquí mismo era el casco de la estancia Uturungo, que es como le dijeron siempre a la parte que los Frías les dieron a los negros cuando comenzó todo esto.

Uturungo es una voz quechua, una vieja leyenda según la cual un indio se metamorfosea en puma –el Uturungo–. La creencia es que un hombre que necesita vengarse de una ofensa, de un crimen, o de una mancha moral puede hacerlo si pacta con el diablo –“supay”– en una ceremonia en la que se convertirá en el tigre revolcándose sobre el cuero de un animal. Vuelto animal salvaje recorrerá los alrededores de los pueblos y las estancias aterrorizando a la gente que le teme. La prueba de su existencia es que las vacas y los caballos solían aparecer despedazados, y en los alrededores de la bestia yacente, las huellas de un puma que no tiene cuatro dedos, sino cinco, como un ser humano.

PUMA. Los Guerra, los Alderete, los Matías abundan como el sol que todo lo alcanza dieciocho horas al día. En este clan de figuras míticas se han ido cociendo algunas, pocas, historias que le dan sentido a la insularidad de San Félix. Según uno de esos cuentos de fogón, hubo un hombre valiente, en el comienzo de casi todo, que cazaba pumas como si apresara gallinas. Era el hijo del patriarca, Félix Alderete, y llevaba, por primogénito, el nombre de su padre. Salía a buscar las fieras al monte cuando se acercaban demasiado y se atrevían a masticarle las vacas. La mayor hazaña de Félix hijo fue jugarse la vida como un Uturungo, casi transformado en puma. Subió por las ramas de un paraíso y se deslizó con la suavidad del felino hacia lo alto. El animal vigilaba cómodamente afincado sobre un grueso tronco, entre el follaje. El valiente le metió el cuchillo desde abajo, hacia el corazón, lo hundió como si fuera una espada. Cayeron los dos al piso. El puma lo abrazó como quien quiere asfixiar al amante. Le clavó las garras en la espalda y exhaló en el intento. Las heridas en la carne del cristiano fueron profundas. Curarlas llevó tres meses de postración boca arriba. Fue su madre, la mítica Felipa Guerra, ya en una silla de ruedas, la que lo cuidó hasta sanarlo.

Felipa era una negra hermosa. Y fue la matriarca de este clan, aunque no la primera. Era la hija de los primeros negros del lugar. Carlos Torres, sexta generación en la saga familiar y habitante de una casa en la que vende vino frío y picadas de mortadela y queso de campo a los extraños visitantes de la Capital, lo dice con letras de molde:

–Mis antepasados, Julián Guerra, venido de África como esclavo, y Felipa Iramain, traída del Brasil, se casaron, y, como regalo de bodas, los que habían sido sus dueños, los Frías, les dieron una legua cuadrada, que en realidad estaba medida en varas (86 centímetros), por eso la propiedad no tiene 2.500 hectáreas, sino 1.800. Era poco al lado de las 200 mil hectáreas que tenían los Frías en esa época. Luego, a otros negros, en mérito de la lucha federal, les dieron media legua cuadrada, que serían luego los pueblos vecinos de San Andrés y San Ramón. Todos los negros tuvieron el mismo apellido puesto por sus patrones: todos fueron Guerra.

La primogénita de la pareja de negros fue Felipa Guerra. Ella y sus hermanos poblaron Uturungo. Pero fue ella la que se enamoró de Félix Alderete, el capitán de montoneras que vino de la costa del río Salado para quedarse y formar un linaje de bellos mulatos afincados para siempre en el lugar.

LUJO Y ORO. Son bien grandes los Alderete. Los hijos de don Loyolo lo visitan este sábado calenturiento. Uno de ellos es maestro y anda con su pibe, de unos doce años. El chico heredó los rasgos africanos de su tatarabuela pero en una piel blanca. La nariz chata de fosas redondas y el pelo ensortijado, de ese que no se moja. Don Loyolo sabe que los funcionarios que han venido a verlo hoy trajeron tambores desde Santiago, y un cine móvil de la Secretaría de Cultura. Esa pantalla blanca le permitirá ver por primera vez su propia imagen proyectada en la escuelita rural de San Félix, en la que cuarenta niños de los campos vecinos pasan la semana junto a siete maestros. Allí es la fiesta. Hacia el patio rodeado de paraísos y quebrachos, caminan las familias de morenos despintados por las mixturas raciales de un siglo.

Hace muchos años que la pobreza, la sequía y la migración de los más jóvenes –que parten hacia la capital provincial a buscar trabajo– han dejado sin fiestas a San Félix. Lejos quedaron las bacanales de los antiguos, de “los principales”, los siete hijos que tuvieron los esclavos libertos Julián y Felipa a quienes todos les podían ver las marcas que les habían impuesto en los mercados de Buenos Aires y alguna ciudad del Brasil. La pareja había conocido el lujo en la casa de los patrones Frías. Y cuando pudieron, criaron a su descendencia en la comodidad. Tres generaciones duró aquella abundancia.

–Mi abuela me contaba que esto era como vivir en un palacio de reyes. Cómo serían de pretenciosos los negros que no querían comer terneros machos, sólo se les antojaban las terneritas hembras. Las fiestas podían durar tres días. Cada familia mataba un animal y lo repartía, eran miles de cabezas de ganado. Se hacían hormas y hormas de queso. Se ponía la leche en un cuero de vaca, el noque, y en ese cuero entero se lo dejaba. Dos mujeres, una de cada lado, lo llevaban. El lujo les venía de Felipa Guerra, la abuela de mi abuela. Ella terminó en una silla de ruedas que estaba hecha con piezas de oro.

Dice Loyolo.

La fiesta de este sábado es austera pero profunda y sentida. Algo campea el aire de la tarde, algo parecido al respeto, a una memoria silenciosa de niños bien portados que esperan ansiosos el cine jugando a la mancha en el patio. El documental muestra con imágenes de archivos históricos el camino de los esclavos llegados a la Argentina desde África y Brasil, los mercados, las marcas a fuego en la piel, las guerras a las que fueron enviados. El camino Real, entre Córdoba y Potosí, la posición de San Félix y, hacia el final, las imágenes del pueblo. Entonces, las risas de los chicos, las sonrisas de los grandes, la cara iluminada de Loyola que se ve, y se escucha, enorme sobre la pantalla, contando sus recuerdos de la negritud. El INADI ha invitado a la coordinadora del Foro Afro, Mameto Kiamasi, una negra bien argentina que les habla vestida con una amplia pollera blanca, de túnica, y turbante:

–Debemos estar orgullosos de ser negros, de venir de esa sangre.

Les dice.

El nieto. A medio kilómetro de la escuela vive el hombre más anciano del pueblo. Le dicen Titilao, un apodo de niño travieso que le quedó puesto por su abuela, la mismísima Felipa Guerra. Nadie, ni él, sabe cuántos años tiene. Noventa y tantos como mínimo. Sale de su rancho asistido por dos nietos, que lo llevan como bastones hasta la tranquera. Los ojos pequeños se le pegan, y hace esfuerzos por abrirlos y mirar a los extranjeros. Todos sus movimientos son de una lentitud ceremonial. Pero cuando habla, con la voz cascada, la rapidez mental sorprende.

–Los he conocido a los principales. Yo le diré los principales pero usted no anote ahora: Juliana, Isolina, Gregoria y Caucana, Vicente, Félix, Delfín y Ángel. Estanislao es el hijo de Ángel. Es el único que no se casó nunca, ni tuvo hijos. Cumplió funciones de cura. Era el rezador del pueblo. El que casaba. El que bautizaba. El que daba las extremas unciones. El que quedó para contar lo que era Félix Alderete, el patriarca.

–Mi abuela Felipa era bien negrita. Mi abuelo era rubio. Usaba chiripás. Andaba al alba por las camas de los hijos despertándolos cuando iba a llover para que salieran a encerrar los animales. “¡Los bueyes!”, gritaba. Los negros, hermanos de Felipa, le querían pegar cuando se chupaban. Le daban duro los negros. Mi abuelo se reía de ellos. Les decía “cola e’ pishinga” porque se vestían a la moda, usaban camisas blancas, pantalones negros, con un pañuelo blanco que les salía del bolsillo de atrás, como la cola de los zorrinos. –Y dicen que las fiestas eran buenas.

–Acá gustaba el vino. La abuela se iba a San Roque de a caballo con otras negras, y volvían, con las bordelesas cargadas. Dejaban a los maridos a cargo.

Don Félix, cuenta Titilao, fue inteligente y les fue prestando plata a sus cuñados los negros, a quienes les gustaba apostar fuerte. Solían juntarse alrededor del pozo de agua, el jagüel del que aún se proveen todos de un agua termal que sale tibia de las canillas. Todo terminaba a cuchillazo limpio.

Don Titilao cruza las piernas con garbo. Pide un cigarro. Lo enciende. Le pregunta al cronista: –¿Que anota tanto? ¡Éste –les dice al resto de los que lo escuchan– va a tener para escribir una novela en Buenos Aires!

Reímos de las gracias de don Titilao. Y él, feliz de la visita, nos obsequia con sus cantos.

Cuando el sol se pierde en el monte santiagueño, Estanislao Guerra, nieto de Felipa Guerra y Félix Alderete, canta una vidala de esas que entonaba en las fiestas de negros de las épocas de lujo.

Se viene la semana afro en la Argentina

Por tercer año consecutivo, el INADI realizará “Argentina también es Afro”, jornadas político-culturales de reflexión, visibilización y reclamo del movimiento afroargentino. Organizadas junto a la Embajada de Brasil, se podrá participar de mesas de debate, obras de teatro y una ceremonia de tambores con grupos como La Chiringa (Argentina) y Afroreagge (Brasil). Se realizará entre el 9 y el 15 de noviembre próximo.

Fuente: http://alejandrofrigerio.blogspot.com/2009/10/un-quilombo-en-santiago-del-estero.html